martes, noviembre 12, 2019
historiainternacional

¡Hasta nunca, Fidel Castro!

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Por: Gerardo Garibay Camarena*

La semana pasada Fidel Castro partió al otro mundo, arropado por el llanto de sus cómplices y el dolor de una auténtica legión de plañideras socialdemócratas que en el fondo del corazón llevan ese deseo de imitar los pasos del tirano que gobernó Cuba durante casi 6 décadas, armado de balazos y demagogia, sin matar por placer, como el psicópata del Ché, pero matando de todos modos y de todas formas.

Vamos, que el macabro historial de Fidel no lo discute nadie sensato, ni siquiera en la izquierda. Están plenamente documentados aproximadamente 8 mil asesinatos realizados u ordenados directamente por Castro o por su equipo cercano, a los que se suman decenas de miles de personas desaparecidas, torturadas o encarceladas por motivos políticos y millones que sufrieron tanto el robo de sus propiedades como la imposición de un régimen construido en base a la más grotesca represión.

Aun así, nos dicen, a Castro hay que perdonarle sus crímenes porque convirtió a la isla de un agujero de pobreza en una potencia educativa y de salud. Es un argumento no sólo inmoral, sino falso, y ahorita le explico por qué.

En cuanto a la calidad de vida en general, el hecho es que antes de Castro Cuba era uno de los países más desarrollados de América Latina, con un nivel de riqueza similar al de Italia o España. La Habana era una de las ciudades más modernas del mundo y, en lugar de salir, los barcos llenos de migrantes entraban a la isla, repletos de europeos atraídos por las oportunidades que ofrecía el suelo cubano. En pocas palabras, Castro no construyó nada, mantuvo algunas cosas congeladas en el tiempo, y muchas otras de plano las destruyó.

En cuanto a la salud, Cuba pasó de tener menos mortalidad infantil que Japón, Alemania, Luxemburgo o Bélgica, a tener incluso el doble de muertes por cada mil nacimientos que esos países. Algo similar sucede con la alimentación: en 1957, antes de Castro, Cuba era el segundo país mejor alimentado de Latinoamérica (debajo de Uruguay); después de Castro el racionamiento ha convertido a cosas tan ordinarias como la leche en un auténtico producto de lujo. De hecho, buena parte de la vida de los cubanos se va en investigar en dónde pueden conseguir víveres de forma subrepticia, porque en los centros de abasto del régimen simplemente no hay.

Es una tragedia cotidiana que incluso ha denunciado la prensa de izquierdas, como por ejemplo en este artículo de The Guardian (equivalente a La Jornada en Inglaterra): https://www.theguardian.com/world/2015/apr/24/cubans-food-struggle-rations-consuming-obsession

Lo de los hospitales de primer nivel también es un mito, más allá del relativo lujo en las instalaciones donde se atiende la élite gubernamental, los nosocomios para el pueblo exhiben un grado de abandono digno de película post-apocalíptica. http://yusnaby.com/fotoreportaje-mira-estado-se-encuentra-hospital-sagua-la-grande/, https://www.cibercuba.com/noticias/2016-07-30-u73624-alarmante-impactantes-fotos-revelan-estado-critico-de-hospital-materno-en, https://www.youtube.com/watch?v=qLhAgTcJnzQ

En cuanto a la educación es cierto que las estadísticas del gobierno cubano hablan de una supuesta maravilla. Sin embargo, sólo podremos saber hasta qué punto el nivel académico de los cubanos está basado en hechos, cuando caiga el régimen y se cuente con datos confiables que puedan comparase con los de otros países.

En todo caso, el ejemplo cubano es una muestra indiscutible de que la educación por sí misma no es la puerta al desarrollo. Es importante y abre nuevos espacios de oportunidades, pero sólo funciona cuando aquellas personas bien educadas cuentan con un ambiente de libertad en el cual puedan expresar sus talentos y crear valor. De nada sirve tener un país lleno de doctores si no tienen ni qué comer y su única esperanza de vida es escapar en balsa.

Por lo pronto la trágica realidad es que la única “área del conocimiento” en la que el régimen cubano le ha permitido desarrollarse a las personas de a pie es el sexoservicio. De hecho, se calcula que la prostitución es 10 veces mayor en la actualidad que en los años previos a Castro, y no es de sorprender, pues en Cuba una prostituta puede ganar en una noche el equivalente a lo que un profesionista gana en dos meses, aunque en muchas ocasiones ni siquiera es el dinero, sino la esperanza de que algún extranjero las saque de la isla.

Para los demás, durante décadas la única esperanza ha sido la balsa, y es una esperanza mortal. Cerca de 80 mil personas habían muerto hasta el 2003 en alta mar, y cientos, quizá miles más, han perecido desde entonces en su intento de escapar del supuesto “paraíso” cubano, que transformó a Cuba de ser un país a la vanguardia de Hispanoamérica en un museo viviente del fracaso comunista, visitado por socialistas, que buscan satisfacer sus ilusiones de juventud; y por depravados, que buscan juventud para satisfacer sus “ilusiones”.

Quizá el ejemplo más simbólico del delirio y el fracaso del régimen castrista es el de la industria azucarera. Desde el siglo XVI la producción de azúcar ha sido una de las mayores fortalezas de la economía cubana, y desde los años posteriores a la I Guerra Mundial, esa relativamente pequeña isla se había consolidado como el principal exportador de dicho producto a nivel mundial. Antes de que los comunistas tomaran el poder, Cuba básicamente controlaba el precio internacional.

Una vez en el poder, Castro y su pandilla se dedicaron al robo sistemático de los bienes de dicha industria, y la convirtieron en uno de los símbolos del nuevo gobierno. Fidel Castro en persona lanzó una campaña conocida como “La Zafra de los 10 millones” para el año de 1970, con el objetivo de obtener 10 millones de toneladas de caña en una cosecha, para lo cual literalmente se paralizaron todas las industrias del país y en un auténtico éxtasis de colectivismo buenoíde, miles de estudiantes, obreros, profesionistas y artesanos fueron obligados, a punta de pistola a trabajar en los cañaverales.

La consecuencia fue el desastre que cualquier persona con dos gramos de sentido común habría previsto. Se perdieron decenas millones de dólares al dejar a las ciudades sin trabajadores; en el campo, algunas personas murieron, miles quedaron heridas al no saber manejar las herramientas para la zafra y muchas más se lesionaron a propósito para escapar del infierno de esos cañaverales, para los que no tenían ni la fuerza física, ni la experiencia o la capacitación. ¿El resultado? Incluso después de un intenso maquillaje (léase, invento) de cifras por parte del régimen, no se alcanzó la meta. Castro destrozó la economía cubana para lograr una meta faraónica, y fracasó.

Y esa misma historia de colapsos se siguió escribiendo en la industria azucarera. La de este año alcanzó apenas 1.2 millones de toneladas de caña de azúcar sin procesar, es decir, menos de una cuarta parte de las 5 millones de toneladas que Cuba producía antes de Castro.

Mientras tanto, el comandante Fidel honró en sus actos el cliché de los líderes comunistas, robándose lo suficiente para amasar un botín de $900 millones de dólares, que incluye decenas de mansiones de lujo, esparcidas a lo largo de la isla, con restaurantes privados. A semejanza del cerdo Napoleón hizo vida la proclama de George Orwell, pues en Cuba, como en la granja, todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.

Ese es el legado de Castro, una verdadera y desgarradora tragedia, un fracaso que profetizó Edmund Burke, desde finales del siglo XVIII:

Una perfecta igualdad se producirá –es decir, igual miseria, igual indigencia …y una horrible, desesperanzada y desesperada decepción. Este es el resultado de todas las igualdades forzosas. Arrastran lo que está arriba; nunca elevan lo que se encuentra debajo; suprimen junto lo alto y lo pequeño, sumiendo ambos por debajo del nivel que originalmente era el peor.

Casi letra por letra esto ha vivido Cuba, esto provocó Fidel, a cambio de hinchar su ego de halagos, su cartera de dólares y su conciencia de cadáveres. Por eso y mucho más, ¡hasta nunca, Fidel Castro!

Y, por cierto…

¡Viva Cuba Libre!

 

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