política

Entre Peña y Díaz Ordaz

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Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]n septiembre de 1969, menos de un año después de los acontecimientos de Tlatelolco y durante su quinto informe de gobierno, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz afirmó que “Asumo íntegramente la responsabilidad personal, ética, social, jurídica, política e histórica por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año pasado.”

Sin embargo, conforme avanza la investigación sobre aquellos sucesos queda claro que en realidad el presidente no fue directamente responsable, y las teorías apuntan cada vez más a que la verdadera responsabilidad de la tragedia recae en el entonces Secretario de Gobernación, Luis Echeverría. La pregunta entonces es ¿por qué Díaz Ordaz optó por sellar el vínculo entre su legado político y un acto de represión, que prácticamente le garantizaba ocupar un lugar de vergüenza en la historia nacional?

La respuesta es, porque entendía que en política lo que parece, es y que especialmente en el sistema mexicano es mucho peor para un presidente reconocer que no estaba en control de la situación, pues admitirlo implicaría transmitir un mensaje de debilidad, que a su vez multiplicaría los conflictos. Para don Gustavo fue preferible pasar a la historia como tirano que como títere.

Ahora, casi 50 años después, otro Presidente de la República ha perfeccionado el arte de la administración para convertirse tanto en títere como en tirano a los ojos de millones de personas. La administración Peña Nieto ha cultivado el propio descrédito con tanta constancia que pareciera hacerlo a propósito. No es que el tipo sea el peor presidente en la historia (de hecho es medianón), sino que se esfuerza en parecerlo.

Va como primer ejemplo el tema de la Casa Blanca. El escándalo se hubiera extinguido de inmediato si, tras las revelaciones de Aristegui, en Los Pinos hubieran reaccionado anunciando que no se cometió ninguna irregularidad, pero, para que no quedara lugar a dudas, la casa sería devuelta y el dinero pagado por ella se destinaría a obras sociales. En lugar de ello, Peña y señora tragaron camote durante meses y acabaron haciendo tanto la disculpa como la devolución, pero sin que nadie se los tomara a favor.

Peor tantito, hace un par de días nos enteramos, por medio de una investigación realizada por The Guardian, de que, incluso después de la monumental chamuscada previa, Angélica Rivera sigue usando un departamento de 2 millones de dólares en Miami, que es propiedad de Grupo Pierdat, otra empresa dedicada a la obtención de contratos gubernamentales, igualita que la de la “Casa Blanca”. ¿En serio pensaban que nos los iban a descubrir?

Semejante ineptitud o francos deseos de suicidio político ha mostrado el equipo de Peña en el manejo de crisis como la de Ayotzinapa (¿se acuerdan de Murillo Karam y su “ya me cansé”?) donde, merced a la ineptitud de los comunicólogos de presidencia, la izquierda logró convertir el asesinato de 43 jóvenes a manos de policías bajo el mando de administraciones del PRD en un “crimen de estado” cometido por el gobierno federal.

Más o menos el mismo libreto se repite con las manifestaciones de la CNTE. El gobierno lo mismo amenaza que incumple sus advertencias, rebota entre el papel de policía bueno y policía malo mientras que los granujas de la Coordinadora despedazan la economía del sureste del país y los empresarios pierden la paciencia. En todos estos casos lcoincidencia es que la figura presidencial ya ni siquiera da la impresión de estar en control de los acontecimientos. Por el contrario, Peña parece un pasajero pidiéndoles a todos los santos que el avión no se desplome antes de aterrizar.

Esta transformación del paradigma presidencial no es una buena noticia porque la preeminencia del patrón de Los Pinos no ha sido reemplazada por una modernización de las instituciones o una recuperación de las libertades individuales, sino por una multiplicación de autoritarismos sectoriales.

El deleznable canto solista del presidencialismo del siglo XX se ha convertido en un incomprensible coro de caciques, cuya estridencia que amenaza con ahogar los avances del proceso de transición y llevarnos de regreso al caudillismo o al  populismo de los 70’s, ese en el que fuera maestro Luis Echeverría, (sí, el mismo angelito de Tlatelolco).

¿Hay esperanza? Sí; el evidente fracaso (al menos en términos de opinión pública) del refrito presidencialista encabezado por Peña Nieto puede ser una gran oportunidad para entender que la solución de los problemas no va a provenir de la fortaleza o la sabiduría del ejecutivo y que aumentar el poder del gobierno siempre nos va a dejar sufriendo con autoritarios como Díaz Ordaz, pillos como Echeverría o pasajeros como Peña Nieto. Así no se puede.

¿Entonces? ¿Cómo sí se puede? Ampliando los espacios de libertad de las personas, protegiendo su vida y su propiedad privada, dejando que sea la colaboración voluntaria la que marque el ritmo del desarrollo y dejándole de estorbar a los emprendedores. Sería una buena forma de empezar.

Por cierto…

Hablando de pillos y autoritarios, quienes son ciudadanos en Estados Unidos no están obligados a votar por Clintrump. Hay una tercera opción, con mucho que ofrecer. Busquen en Google a Gary Johnson y al Partido Libertario.

*Gerardo Garibay Camarena es columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

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