Por: Hugo Marcelo Balderrama*

Es verdad que no estábamos preparados para la pandemia del COVID-19, pero tampoco lo estábamos para la cuarentena -que, en países como el mío, ya se volvió tan letal como el coronavirus-. Por eso, mientras la mayoría de la población espera un retorno a su vida cotidiana, los Estados nos hablan de una «nueva normalidad», de distanciamiento social, de un rebrote de la enfermedad y de una inminente crisis económica.

Ahora bien, ya que la pobreza es la condición natural de la humanidad, sólo la producción constante es lo que nos permite un mejor nivel de vida. Por lógica, un parón de la economía nos está llevando al punto de partida otra vez. Y eso no es una especulación teórica, sino una realidad palpable. Por ejemplo, en Bolivia, Perú y Ecuador los índices económicos muestran quiebras, despidos masivos, recesiones y escasez de productos. Tristemente, las políticas keynesianas de los gobiernos empeoraran la situación.

Pero, de todas maneras y con la complicidad de una población aterrorizada, distintos gobiernos alrededor del mundo usaron la pandemia para implantar el estado de excepción, utilizar la fuerza sobre sus ciudadanos e incrementar el número de atribuciones y competencias del Estado sobre la economía -medidas que hubieran causado la envidia de Mao Tse-Tung Joseph Stalin-.

Eso presenta algunos dilemas serios. No hay una manera realista de conducir una economía compleja e interconectada durante un periodo extendido de tiempo cuando un país -o incluso grandes porciones de este- está clausurado. Un problema similar surge si el coronavirus demuestra no ser un visitante de una sola vez, sino que resulta pareciéndose a las epidemias de influenza que van y vienen cada año, pero que nunca se van totalmente. Además de los obstáculos económicos, las poblaciones encerradas a la fuerza se resentirán profundamente, con justa razón, si sus vidas son interrumpidas repetidas veces por mandatos de los burócratas. También deberíamos estar preocupados acerca de los precedentes que estamos sentando. No queremos que los funcionarios públicos demasiado cautelosos o ególatras estén tentados a imponer medidas drásticas en respuesta a emergencias menores de salud o de otra índole. Y no se trata de buena voluntad u honestidad, sino de ontología, ya que los Estados tienen una naturaleza represiva, por ende, jamás podrán crear riqueza ni sacarnos de la miseria, pero si esclavizarnos a nombre de una buena causa.

Entonces ¿Qué deberíamos hacer para superar la crisis económica y emocional en la que nos metieron?

Primero, volver a refugiarnos en la familia, que como bien lo dice el premio nobel en economía James Heckman:

La familia es la fuente de vida y crecimiento. Las familias construyen valores, fomentan (o desalientan) a sus hijos en la escuela y fuera. Las familias, mucho más que las escuelas, crean o inhiben las oportunidades de vida. Una gran cantidad de evidencias muestran el poderoso papel de las familias para dar forma a la vida de los hijos.

Hoy nos encontramos en casa, algunos añorando la presencia de seres queridos que no podemos ver, y algunos otros, quizás, cansados de la apretada convivencia familiar. Pero, si algo nos ha enseñado esta cuarentena, es que este es el momento para amar más al que tenemos cerca, y valorar a los que están lejos.

La pandemia puede ser, para todos, una oportunidad de acercarse al otro, de ejercitar las virtudes -y tener paciencia con los defectos-, para que la vida familiar no sólo se tolere, sino que se disfrute, para que los padres escuchen a sus hijos y los hijos aprendan de sus padres, este puede ser un momento para aprender algo nuevo, para ayudar, solidarizar, y para volver los vínculos familiares más sólidos y auténticos. Sobre la revitalización de la familia, descansará la sociedad, que saldrá de este acuartelamiento siendo más fuerte, más unida, con una mayor identidad y armonía. No pretendo mostrar un mundo color rosa y sin problemas, porque apenas volvamos a las calles, la enfermedad y los problemas seguirán ahí. Pero es necesario ante las dificultades, que se anuncian por venir, estemos preparados y que la unión familiar sea la mayor conquista para sobrellevar actuales y futuros tiempos de dolor.

Y segundo, exigir un paquete de medidas económicas que liberen los mercados, fortalezcan la propiedad privada y limiten la acción de los Estados.

Verbigracia, una mayor flexibilidad laboral. Muchos trabajadores preferirían sacrificar una porción de su sueldo temporalmente a tener que perder, quizás permanentemente, su trabajo. Adicionalmente, para que las empresas retengan a sus empleados, se debe rebajar la carga tributaria y crear incentivos.

El impuesto sobre las utilidades empresariales, en el caso de Bolivia, para todas las empresas debería bajar a un 15%. Adicionalmente, para aquellas que retengan al 90% de sus empleados durante los próximos 3 años se les podría aplicar un impuesto de solo 5%.

Finalmente, ya que los consumidores verán su bolsillo golpeado por gastos extra frente a la crisis e ingresos menores -además, se enfrentarán a la escasez de ciertos productos-. Los gobiernos pueden ayudar eliminando todos los aranceles a las importaciones. En resumen, se necesita menos Estado y más familia.

*Hugo Marcelo Balderrama es Licenciado en economía y licenciado en Ciencias políticas. Se desempeña como profesor de economía, comercio exterior y planificación financiera. 

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