lunes, diciembre 9, 2019
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El gobierno de López Obrador, un fracaso

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Por: Víctor H. Becerra*

Las fechas se acumulan y las confirmaciones llegan y abundan, por desgracia: El gobierno de López Obrador está siendo un gran fracaso, y una decepción para muchos de sus seguidores. Por ese camino, no terminará bien su administración para el país. Ojalá tenga la capacidad de cambiar (poco, mas aún hay tiempo para hacerlo), pero las actitudes suyas y de sus colaboradores no dejan demasiada esperanza.

López Obrador ha incumplido prácticamente todas y cada una de las promesas que hizo para llegar al poder: No redujo el precio de la gasolina ni de la electricidad; no combatió a la corrupción y más bien se ha hecho cómplice de ella; no redujo la delincuencia ni la violencia en el país, y estás siguen frenéticas, impunes y sin control; no combatió el huachicoleo (robo de combustible) y éste sigue campeando a sus anchas en las áreas cercanas a las refinerías mexicanas; prometió “austeridad” y ésta ha solo una reasignación de recursos a programas clientelares; ofreció salvar a PEMEX, pero sus malas decisiones lo acercan al abismo, día con día, y con él, a la economía del país; no ha creado más empleo ni llegan más inversiones; la economía está paralizada en el 0% frente a su ofrecimiento de crecer al 4% anual; ofreció descentralizar las dependencias desde la Ciudad de México y la oferta ya se olvidó; prometió mantener una política exterior firme y digna frente a Donald Trump, pero convirtió al país y a su gobierno en servidores impresentables de Trump y del trabajo sucio de su administración.

Quizá su único ofrecimiento cumplido fue dar recursos económicos gratis y sin control a sus clientelas políticas, aunque nunca advirtió que sería a costa del sistema de salud, de los tratamientos a derechohabientes más pobres o a niños (claro: los niños no votan) para enfermedades como cáncer, insuficiencia renal o SIDA, del abasto de medicamentos, de desaparecer las guarderías infantiles y tantos más programas oficiales (cuidado de bosques, la promoción turística y comercial del país, etc.), de despedir a un gran número de burócratas sin ninguna contraprestación… Si lo hubiera hecho, seguramente su triunfo no habría sido tan holgado.

Lo último ha sido proteger a un viejo aliado, Manuel Bartlett, de los señalamientos más que documentados de corrupción, la que excedería incluso la de casos paradigmáticos en el gobierno Peña Nieto. Incumplir su principal promesa, combatir la corrupción, para proteger a un aliado, sin duda es un quiebre moral y político para su administración, la cual se ve ahora no muy distinta a las anteriores.

Otro incumplimiento reciente fue lanzarse con enorme voracidad fiscal, incumpliendo su promesa de que no habría nuevos impuestos o un aumento de los existentes, además de perseguir a los contribuyentes mediante las figuras de la Extinción de Dominio y de Delincuencia Organizada, en caso de no pagar impuestos o presentar documentos falsos, así sea inadvertidamente.

A ello sumemos lo ya conocido y evidente: El desperdicio impune de recursos en la cancelación del Aeropuerto de Texcoco y de las reformas educativa y energética, mientras continuan proyectos inviables como el aeropuerto de Santa Lucía, la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya; la desconfianza que genera su proyecto de gobierno entre inversionistas, nacionales y extranjeros, calificadoras y organismos internacionales; la falta de opciones y de ambición para resolver la problemática del país, ejemplificadas en una Guardia Nacional que sólo es el Ejército travestido; la falta de coherencia, dirección y objetivos entre su equipo de gobierno y su partido: López Obrador nominalmente gobierna, pero en los hechos cada funcionario parece autárquico, sin importarle lesionar la imagen o el funcionamiento del conjunto, mientras López Obrador es incapaz de imponer orden y disciplina.

A unas pocas semanas de concluir su primer año de gobierno, pareciera que la única función de gobierno en la que López Obrador se siente cómodo es en sus conferencias matutinas y en los discursos de sus giras, más bien improvisados y por eso, de cierto radicalismo. O en eventos populares como el de El Grito, en conmemoración de la Independencia del país. Pero a López Obrador no se le paga por arengar ni gritar, sino por gobernar.

En todo lo demás, su gobierno avanza a tumbos y a tontas y locas, y el país con él. Quizá sea hora de aceptar que este primer año de su gobierno es ya papel mojado, con poco de útil y rescatable, y que eso no permite avizorar nada venturoso para los cinco años restantes.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

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