martes, julio 17, 2018
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El mecanismo

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Por: Víctor H. Becerra*

Netflix, la plataforma de streaming, recientemente estrenó la primera temporada de su serie El mecanismo, basada en hechos y personajes reales y que en tono de thriller policial, busca mostrar los engranajes de la operación “Lava Jato” (Autolavado), el multimillonario esquema de sobornos y lavado de dinero que estremeció la política de Brasil, con fuertes reverberaciones en el resto de América Latina con el caso Odebrecht (tema de la segunda temporada). Todos aquellos que, por muchos años e incluso hasta hoy, pese a toda evidencia, endiosaron a la izquierda de Lula en Brasil como un modelo idóneo para América Latina, deberían darse un rato para verla.



El mecanismo al que alude el título es el del mercantilismo (o capitalismo de amigos), la connivencia interesada entre empresarios y políticos, mediante los favores, privilegios y protecciones que se otorgan unos a otros y les permiten medrar y prosperar. Pero ciertamente la serie televisiva no es un tratado de economía política, por lo que el mecanismo que narra es sólo una fracción del mecanismo real de saqueo y enriquecimiento de unos cuantos, a expensas de la mayoría, que funciona en América Latina.

El mecanismo real funcionaría así: Nuestras sociedades han fijado la igualdad económica como un fin ético en sí mismo y por tanto, con la intervención del Estado, se organiza nuestra vida política y económica sobre los cimientos de la envidia. Así que el Estado tiene la función asignada (ratificada promesa tras promesa, elección tras elección) de robar al trabajador y al exitoso para, con lo robado, mantener satisfechos, callados y votando a los vagos o pocos exitosos (que son la mayoría), incluyendo a intelectuales y académicos, que dado que el mercado no premia su “gran saber”, frecuentemente inútil o poco capitalizable, son propensos a ser activistas de tiempo completo en contra del mercado y a favor de la igualdad, del Estado y de los servicios públicos, “gratuitos” y de pésima calidad.

Pero el secreto de este mecanismo es que a estos vagos y/o pocos exitosos, se le dan migajas de lo saqueado (precisamente por algo son poco exitosos: se les engaña fácilmente o se conforman con lo necesario) siendo el político el que realmente se enriquece, escudándose en los “pobres” a los que dice ayudar, y legalizando el robo desde el Estado. La sociedad (como cualquiera de las nuestras) se convierte de esa manera en una sociedad de saqueadores. Y si aún quedara en nuestras manos algún dinero a salvo, tarde o temprano llegará un político a quedárselo, con el cuento de la “justicia social”.

Ese es el mecanismo real que está en el trasfondo del funcionamiento de las sociedades de América Latina, de norte a sur, y que es la explicación, en buena medida, de nuestro fracaso histórico, el que nos ha hecho países trituradores de riqueza, sociedades abusadoras que destruyen valor, iniciativas, personas.

Necesitamos desmontar ese mecanismo. Y sólo lo lograremos desalojando al Estado del centro de la economía, limitando y achicando todo lo posible la posibilidad de que políticos y burócratas manejen discrecionalmente decisiones estratégicas y fondos públicos, y reorientando con educación los valores sociales, para que el propósito no sea acabar con “los ricos” (que frecuentemente son aquellos que apenas tienen un poco más que cualquiera de nosotros), sino acabar con la pobreza y con ella, tal vez, con la envidia y el resentimiento que muchas veces generan.



Hacerlo no es una tarea fácil, aunque otros países lo han logrado, como deja ver cualquier índice de libertad económica. Por ello debemos esforzarnos, a riesgo de perpetuar nuestro fracaso y seguir siendo las sociedades intervencionistas y destructoras que somos desde hace mucho, que premian la envidian, castigan el éxito y tienen al Estado como saqueador y distribuidor, gracias al perverso mecanismo señalado.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

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