sábado, agosto 18, 2018
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El Síndrome de la Profecía del Fin del Mundo.

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Por Carlos Gutiérrez Heredia*

Es un fenómeno muy interesante aquel que se manifiesta en aquellas personas que están politizadas y han alcanzado un grado de polarización en las sociedades, es decir, ese fenómeno que hemos advertido bastante pero que normalmente no le prestamos atención.

Las personas (generalmente, pero no siempre) de izquierda, suelen tener un discurso en extremo pesimista en referencia a la situación del mundo y de su sociedad. Vemos por ejemplo especie de profecías en el que el mundo acabará o que ocurrirán grandes cataclismos que castigarán a los habitantes del planeta.



Sí, efectivamente este fenómeno lo podemos apreciar también en líderes religiosos o simples fanáticos, y de hecho, desde tiempos remotos la Historia ha tomado registro de estos personajes en todos los centros urbanos importantes del pasado. En esta situación, podríamos pensar que de hecho es un comportamiento natural, solo que cabría la necesidad de preguntarse: ¿por qué existe y por qué se manifiesta este comportamiento tan insistentemente?

¿Hay más pobreza? No ¿hay menos oportunidades? No ¿estamos peor que Venezuela? Por supuesto que no.

Hay básicamente dos tipos de manifestación en esta clase de profetas de la destrucción: aquellos que por cuestiones religiosas advierten del fin del mundo; y aquellos que creen que su sociedad está cerca del fin por cuestiones menos supersticiosas. Nos enfocaremos en los segundos, aunque los dos están relacionados.

De aquellos que se manifiestan en fenómenos más realistas, suelen ser proféticos en cuanto a la destrucción de su sociedad, ya sea a grandes rasgos o pequeños, desean el fin del status quo.

Por ejemplo, podemos notar y muy reiteradamente que los izquierdistas viven haciendo predicciones del fin del capitalismo, que evidentemente no llega, sino que más bien cada vez se vuelve más resiliente. Podemos ver a aquellos que desean el colapso del sistema financiero internacional, y en el caso de México, y seguro se observa en otros países, aquellos que desean de todo corazón ver al país hundirse en pobreza, miseria, llegando al grado de asegurar que todo está hundido y no hay escapatoria, cuando en realidad los números y los hechos demuestran que se vive todo lo contrario.

En todo este fenómeno hay espectros de manifestación, pero estos últimos que desean ver arder el mundo tienen algo muy característico.

Para todos los no fanáticos de la izquierda y que nos hemos informado de la situación real, podremos saber que nada de lo que dicen estos militantes es real. ¿Hay más pobreza? No ¿hay menos oportunidades? No ¿estamos peor que Venezuela? Por supuesto que no. Sin embargo, estas huestes insisten en creer que el país está hundido en la desesperanza.

Mucho de este fenómeno tiene que ver del sentimiento derrotero que nos han inculcado desde nuestra educación al concebirnos como “derrotados”, “conquistados” y “robados”. Estos ánimos nacionales permean duro y fuerte en nuestra psique individual y colectiva. Pero, por otro lado, podemos observar esta insistencia en algunas personas, la razón es ¿por qué?

Para poder entender esto, debemos comprender que todos los humanos tenemos ese germen de la autodestrucción, y que todos sentimos una atracción por el fin del mundo y esos cataclismos, pero aún así es diferente a como lo manifiestan estas personas. ¿hay algo común en estas personas que manifiestan tales actitudes? ¿hay algo que los hile con otras actitudes? Sí. En primero lugar, los que se aglutinan y aseguran tal declive, son personas en extremo frustradas con sus vidas personales; y en segundo lugar, suelen juntarse entre ellas para poder reforzar esta idea de derrotismo y esperan que algo o alguien venga a cambiar el estatus quo de las cosas en forma de un caudillo.

En esencia: las personas que desean el fin de cierto status quo lo hacen por un lado por ver que aquellos que les va bien les deje de ir bien; y por otro porque creen que de este modo se “rebarajean” las cartas de la vida y se puede iniciar un nuevo juego. O por así decirlo, como cuando alguien va perdiendo por paliza en un juego y lo que quiere es volver a repetir en ceros. Pero aún más importante y esto es lo principal: hacer cuadrar la versión de que el sistema es el que está mal y no ellos, y que si ellos están así de mal no es su culpa, es la culpa del sistema y este debe de terminar.

El frustrado quiere ver arder al mundo porque quiere ver a los otros estar en la misma situación que ellos, no es casualidad que el socialista hable de igualdad destruyendo a otros, solo que unos toman acción y otros solo desean que alguna catástrofe reinicie el mundo. Esto en esencia, es la igualdad de la que pregonan tantos: rebajar a los que han triunfado.

La diferencia con los profetas del Apocalipsis religioso estriba en que estos en su megalomanía creen poder someter al mundo a sus designios de los que creen ser parte y sentirse así superiores. Los otros, los derrotistas, quieren sobajar junto con ellos a los demás. Es decir: unos se quieren elevar sobre los demás mediante la destrucción; y los otros quieren rebajar a los demás mediante la destrucción.



Esta actitud tiene una lógica evolutiva, pues de hecho parte de los grandes movimientos sociales ha sido a partir de estos descontentos sociales ¿pero es posible que estos no siempre tengan razón? Efectivamente, de hecho, por manipulación populista, por frustraciones personales, por la siembra de odio a base de “fake news” y sobre todo por esa desesperación humana al vivir en un sistema que ya ha dado todo de sí, y que solo repite los mismos vicios una y otra vez.

La frustración de la que se valen los populistas no la crean realmente ellos, ya está ahí y la exacerban

Es decir, la frustración de la que se valen los populistas no la crean realmente ellos, ya está ahí y la exacerban. Podría decirse que de hecho los populistas son el producto inevitable de un sistema que da vueltas en sí mismo y necesita ser reiniciado, y ellos y sus huestes son esas células que fagocitan el sistema para reiniciarlo. Por eso las personas son tan receptivas el discurso de que todo está mal y reciben a estos líderes tan fácilmente.

También es necesario hacer diferencias en los espectros de manifestación de este fenómeno, pues algunos, aunque no viven tan mal como otros, quieren sentir que son parte de un evento de mayor envergadura, es decir, ser parte de algo mayor a sí mismos.

Viéndolo objetivamente, y desde este punto de vista, el error no es de ellos, pues aún con su obvia frustración y responsabilidad personal, los humanos vivimos en una ilusión donde creemos decidir nuestras posturas, cuando estas sin saber, están decididas por mecánicas cualitativas que difícilmente podemos apreciar. Que este sistema esté saturando presión como en una olla exprés, es porque precisamente falta evolucionar a otro sistema, y pues mientras se da ese salto, el sistema dará vueltas en sí mismo, pasando entre izquierdas y derechas, aunque cada vez menos radicales. La solución en realidad está en un salto cualitativo del sistema, y este afortunadamente no se encuentra tan lejos.

Sea como sea, creo fue pertinente escribir sobre este fenómeno social de autodestrucción y pesimismos que se ve más claro en sociedades tan adoctrinadas a la derrota. Pero es menester comprender que no es un fenómeno aislado y que, en cierta forma, todo es causa y efecto de sí mismo.

*Carlos Gutiérrez Heredia nació hace 32 años en la Ciudad de México. Tiene estudios en psicología y derecho. Autodidacta en muchos otros temas. Empresario, freelancer y actualmente escribe un libro sobre filosofía.

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