domingo, octubre 20, 2019
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Netflix y el Cine Mexicano: el Estatismo metido en la creatividad.

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Por: Sergio Romano Muñoz*

La Edad de Oro del Cine Mexicano. Esa era que duró aproximadamente 25 años, que representa una suerte de México bronco pero simpático y de buen corazón, que no existió del todo pero que de alguna manera nos despierta la añoranza de esos tiempos, similar a como son percibidos los 50’s para la población blanca estadunidense. Esa era de Sara García, Pedro Infante, Dolores del Río, Emilio “El Indio” Fernández, María Félix, Joaquín Pardavé o Ismael Rodríguez, que nos fue inculcada a base de infinitas repeticiones en los canales de Televisa, es considerada el pináculo de la industria cinematográfica en el país, le dio al país su héroe icónico en Pedro Infante y tuvo algún logro en Cannes (María Candelaria, 1946), incluso fue terreno fértil para que un director tan icónico como el español Luis Buñuel pudiera desarrollar su carrera después de huir de la España franquista. La explicación para esta bonanza es que el público era más afecto a lo nacional, que durante la Segunda Guerra Mundial la producción de Hollywood decayó en número (que no en calidad) y que la calidad era razonable, amén de ser una empresa privada con relativo poco apoyo estatal.



Esa época terminó abruptamente en 1960, según muchos, por una serie de razones: que tradicionalmente dichas películas estaban realizadas en blanco y negro, además de la cada vez mayor penetración que tenían las películas de Hollywood, la explosión de los cines japonés, italiano y francés, el surgimiento del cine de ficheras y que la demografía del país cambiaba a pasos agigantados pasando de rural a urbano. En el cine nacional se mantuvieron estrellas de la Edad de Oro como Cantinflas, surgieron figuras como la de Mauricio Garcés, y películas como Los Caifanes (1967) ya en entornos urbanos, muy alejados de los sombrerudos de apenas 10 años antes.

Y en los 70’s, durante la presidencia de Luis Echeverría, se propuso que el Gobierno subsidiara al cine nacional.

Otro tiempo, otro lugar. A principios de los 80’s se popularizó en Estados Unidos la renta de películas para verse en casa. El formato resultaba muy cómodo, más barato que ir al cine, tenía la ventaja de que gente que no podía permitirse ir al cine, como padres de familia ocupados, no había horarios fijos y, para los estudios, representaba una forma de extender las ganancias de las películas después de estrenadas en cines. Una franquicia en especial, Blockbuster, capitalizó la nueva tendencia, y en México, Televisa, que manejaba, al amparo del poder, el monopolio de la industria del entretenimiento, mantuvo dos cadenas, Videovisa y Videocentro hasta que Blockbuster entró al país en 1991.

Cuando el Estado se mete donde no debe: disminuye la calidad, se obliga al contribuyente a mantener zánganos que producen mediocridades y se eleva el precio a costa del consumidor

Blockbuster se convirtió en un monstruo a nivel internacional. Durante los 90’s, en plena era de múltiples películas taquilleras, su valor de mercado llegó a los 7,000 millones de dólares al momento en que fue adquirida por el gigante de la comunicación Viacom. Luego, en 1997 surgiría un nuevo modelo con una pequeña empresa llamada Netflix, que rentaba su amplio catálogo físico, como el de Blockbuster, en línea y le era enviado al cliente en su hogar a un precio módico para luego ser regresado a la tienda por correo. Eso evitaba uno de los grandes inconvenientes del videoclub, el tener que ir hasta la tienda física pero al mismo tiempo tenía muy pocos suscriptores, al punto que en el año 2000, y perdiendo mucho dinero, hubo un intento de venta a Blockbuster que la última rechazó. En 2007 Netflix empezó con el streaming de películas, al tiempo que la otrora exitosa franquicia Blockbuster se tambaleaba, quebraba, intentaba ponerse en pie y finalmente cerraba.

Netflix ingresó en la producción de contenido propio en 2013 con enorme éxito, y desde entonces se ha enfocado en lo original, aun manteniendo un catálogo de fondo de programas de TV y películas de otras productoras.

Durante los 90’s, el cine en México se vio revitalizado bajo el slogan “El Nuevo Cine Mexicano”. Películas de buenas a extraordinarias: Como Agua Para Chocolate (1992) de Alfonso Arau; Cronos (1993) de Guillermo del Toro; El Callejón de los Milagros (1995) de Jorge Fons… pero que fue un oasis en un panorama generalmente desolador. Fue una buena época, pero desde entonces la industria ha decaído en calidad, si bien no en cantidad. Ya no se hace cine de ficheras o películas de los Hermanos Almada, pero ahora se crean, mayormente, obras estereotipadas con “consciencia social” y mensajes populistas o de Izquierda con realización deprimente. Las pocas joyas que de repente aparecen, que las hay, quedan sepultadas en un mar de mediocridad. ¿La razón? Estas cintas, en vez de estar financiadas por inversores particulares como ocurre en Hollywood, con la consiguiente presión para obtener dividendos, suelen tener como socio al Gobierno a través de sus diversos programas de “estímulo”, entre ellos EFICINE 189, FIDECINE o FOPROCINE por lo que pueden relajar el nivel de la producción.

Uno pensaría que es mala receta para el negocio, y lo es. Uno pensaría que la financiación de películas a través de los impuestos es un robo y lo es, porque nadie tiene por qué pagar por un producto (y el cine lo es) que no quiere. Uno pensaría que eso sólo ocurre en países de tendencia socialista, y se tendría razón.

Pero resulta que México, que alguna vez tuvo una floreciente industria cinematográfica, no está solo en el subsidio al decadente cine autóctono. Sorprendentemente, en países del Primer Mundo también sucede. Menos sorprendentemente, ocurre en Europa, específicamente Alemania tiene un impuesto hacia las productoras de contenido audiovisual en diversos formatos que se va dedicado a financiar la industria cinematográfica del país europeo.



Netflix fue condenada a pagar dichos impuestos. La empresa, por supuesto, interpuso una apelación en Bruselas, donde está asentada la sede de la Unión Europea, y la Corte resolvió su apelación como improcedente. Ahora Netflix tendrá que ayudar a subsidiar el cine alemán, y quién sabe si dentro de poco otras naciones europeas sigan el ejemplo.

Por supuesto, quien acaba pagando esto en realidad es el consumidor. La empresa va a transferir el costo del impuesto a sus suscriptores subiendo su tarifa.

Y esto es lo que ocurre cuando el Estado se mete donde no debe: se disminuye la calidad del producto o servicio prestado, se obliga al contribuyente a mantener zánganos que producen mediocridades y se eleva el precio a costa del consumidor para mantener el ciclo continuado. Una receta para el desastre.

*Sergio Romano Muñoz es, además de libertario convencido, experto en la industria del entretenimiento. Ha sido agente de artistas, productor de radio y TV, scouter de bandas musicales y director de una editorial. En la actualidad trabaja en su primera novela y en una serie de cómics.

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