miércoles, diciembre 13, 2017
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Por un Nuevo Libertario

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Por: Jeff Deist*

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aludos a todos en la conferencia Corax 2017, y saludos también a los asistentes aquí en nuestra Mises University anual. Como pueden ver ambos eventos están sucediendo simultáneamente, por lo que no pude estar personalmente con ustedes esta tarde, pero aprecio mucho el haber sido invitado por Sofia y Martin para dar esta conferencia, y de hecho los habría acompañado en Malta cualquier otra semana. Asimismo, admiro a Sofia y Martin por tener el valor de dejar Suecia y comenzar esta nueva empresa en Malta, que según comentan no sólo es un lugar más cálido, ¡sino también mucho más razonable!

Hoy, más que hablar sobre el libertarismo en sí mismo, quisiera hablar respecto a los libertarios, y les pido que consideremos si es que los libertarios han perdido el camino.


El título “Por un Nuevo Libertario” es, espero, una obvia referencia al título del famoso libro de Murray Rothbard, “For a New Liberty.” Es un libro subestimado, quizá menos conocido que The Ethics of Liberty. Muchos autores tienen el ego de llamar a sus libros como “un manifiesto”, pero pocas obras realmente son dignas de tan audaz subtítulo. Ese libro lo es.

Me encanta la frase de Murray: “El libertarismo es, entonces, una filosofía en busca de una política.” Me pregunto si es que él modificaría esa frase actualmente, si pudiera ver en lo que se ha convertido la facción de “política pública” dentro del libertarismo. Quizá él debería haber escrito: “El libertarismo es una filosofía en busca de mejores libertarios.”

También elegí el título para plantear el importante punto de que no necesitamos un “nuevo libertarismo” o nada tan elaborado. Gracias a los grandes pensadores que han venido antes, y que siguen entre nosotros, no tenemos que hacer el trabajo difícil –lo que es una buena noticia, ¡porque no muchos de nosotros somos lo suficientemente listos como para plantear una nueva teoría! Por el contrario, todos podemos servir felizmente como transmisores de ideas.

Algunas veces los libertarios caen en la trampa de necesitar algo nuevo, lo que podríamos definir como una trampa de la modernidad. Se ha puesto de moda imaginar que la tecnología crea un nuevo paradigma, una nueva “tercera vía” que volverá obsoleto al gobierno sin la necesidad de un desplazamiento intelectual. La era digital es tan plana, tan democrática y tan descentralizada, que será imposible que los estados inherentemente jerárquicos puedan controlarnos. El libre flujo de la información –dicen- hará inevitable el libre flujo de bienes y servicios, al tiempo en que desenmascara a las tiranías que ya no pueden ocultarles la verdad a sus ciudadanos.


Aunque ciertamente espero que esto sea cierto, no estoy tan seguro. Me parece que los estados están cambiando del ámbito nacional al supranacional, que de hecho el globalismo implica un control más centralizado a manos de un cartel emergente de estados aliados, como la Unión Europea y las organizaciones no gubernamentales –por no mencionar los llamados a la convergencia de los bancos centrales bajo una organización global como el Fondo Monetario Internacional. Deberíamos tener nuestras sospechas respecto a la noción determinista de que existe un arco inevitable en la historia humana.

Y aunque todos nos beneficiamos de las maravillas del progreso tecnológico, y le damos la bienvenida especialmente a la tecnología que le dificulta al estado el gobernarnos -por ejemplo, el Bitcoin, o Uber, o la encriptación- debemos recordar que los avances en la tecnología también facilitan que los gobierno espíen, controlen e incluso asesinen a los pueblos bajo su control.

Por ello sospecho que mientras los humanos sigan existiendo, su necia tendencia a formar gobiernos seguirá siendo un problema. La elección entre organizar las actividades humanas por medio económicos o hacerlo por medios políticos no se resolvió con la imprenta de tipos móviles, ni con la revolución industrial, o la electricidad, o los numerosos avances tecnológicos. Por lo tanto, no podemos asumir que la liberación llegará a través de la revolución digital.

No, la concepción de la libertad planteada por Rothbard se ha mantenido vigente durante casi medio siglo. Los seres humanos son soberanos sobre su mente y cuerpo, lo que significa que usted es dueño de sí mismo. De ello se deriva que el ineludible corolario de los derechos de propiedad, implicando que los individuos tienen una afirmación valida sobre los productos de sus mentes y cuerpos -axiomáticamente sabemos que los seres humanos deben actuar para sobrevivir. A partir de la autodeterminación y los derechos de propiedad llegamos a una teoría de cuándo es permisible el uso de la fuerza, específicamente en defensa propia. A su vez, estas ideas de autodeterminación, derechos de propiedad y no agresión deberían aplicar a todos, incluso cuando un grupo se reúne y se hace llamar “gobierno”. Ya que los gobiernos necesariamente usan la fuerza de muchas otras formas más allá de la defensa propia, son inválidos bajo la formulación Rothbardiana.

Es una teoría hermosa, simple y lógica. Por supuesto, al menos un cierto grado de los tres elementos: libertad individual, derechos de propiedad y un entendimiento de la ley que proteja a ambos- es necesario y presente para el verdadero progreso humano. Lo sé, lo sé: los esclavos construyeron las pirámides, aunque los egiptologistas nos dicen lo contrario, y los científicos no eran libres, pero aun así construyeron bombas nucleares -probablemente para evitar un viaje a Siberia- pero sabemos que el argumento es cierto: la libertad y el progreso humanos están inextricablemente enlazados.

Entonces, tenemos esta fantástica e irrefutable teoría Rothbardiana de la libertad. Pero no es suficiente. Murray fue enfático al respecto. Él fue el primero en destacar la importancia de las personas y el activismo, no sólo de las ideas y de la educación. Pero ¿qué clase de personas, y qué clase de activismo? Esa era la pregunta en tiempos de Murray, y sigue siéndolo en la actualidad.

  1. Reconocer que la libertad corresponde a la naturaleza humana.

Si hay algún punto predominante que deberíamos recordar es el que la libertad es natural y orgánica, y corresponde a la acción humana. No requiere un “hombre nuevo.” Sin embargo, los libertarios tienen una mala tendencia a caer en el utopianismo, representando la libertad como algo evolucionado y de la nueva era. En este sentido pueden sonar mucho como los progresistas, diciendo que la libertad funcionará: cuando los humanos finalmente abandonen sus necias y anticuadas ideas acerca de la familia y la tribu, convirtiéndose en librepensadores puramente racionales (siempre lo opuesto), rechazando la mitología de la religión y la fé y abandonando sus viejas alianzas étnicas, nacionalistas o culturales, a cambio del nuevo credo hiper-individualista. Debido a lo anterior el libertario arquetípico es presentado como un actor económico casi desalmado, alguien que dejaría todo y se mudaría a Singapur mañana, sólo para ganar $20,000 dólares más en la gig economy.



Bueno, pues resulta que así no es cómo son realmente los humanos. Son frágiles, y falibles y jerárquicos e irracionales, recelosos y gregarios al menos tanto como son un grupo de heroicos Hank Reardens.

De hecho, Rothbard habla justamente al respecto en su sección respecto a la estrategia libertaria en la parte final de For a New Liberty. Él nos recuerda que los progresistas utópicos son quienes creen que el hombre no tiene naturaleza y es “infinitamente maleable.” Ellos creen que el hombre puede perfeccionarse y convertirse en el siervo ideal del nuevo orden; Por el contrario, los libertarios creemos en el libre albedrío, señala.

Las personas se moldean a sí mismas, y por lo tanto es un disparate esperar un cambio drástico que se adapte a nuestra estructura preferida. Nosotros esperamos que las personas actúen moralmente y creemos que la libertad brinda los incentivos adecuados para el perfeccionamiento moral, pero no dependemos de ello para hacer que la libertad funcione. De hecho, sólo el libertarismo acepta a los humanos como son, aquí y ahora. Es en este sentido que Rothbard ve a la libertad como algo “eminentemente realista,” la “única teoría que realmente consistente con la naturaleza del hombre y del mundo.”

Por lo tanto, entendamos -y promovamos- la libertad como un enfoque profundamente pragmático para organizar la sociedad, uno que resuelve problemas y conflictos al avanzar con las mejores soluciones privadas y voluntarias que estén disponibles. Rechacemos las grandilocuentes visiones y utopías de lo que siempre será un mundo desordenado e imperfecto. “Mejor, no perfecto” debería ser nuestro lema.

  1. Los libertarios deberían asumir en lugar de rechazar las instituciones de la sociedad civil

Mi segundo punto se relaciona con la sociedad civil en sí misma, ya que mientras los libertarios entusiastamente aceptan a los mercados, por décadas han cometido el desastroso error de parecer hostiles a la familia, la religión, la tradición, la cultura y las instituciones cívicas o sociales -en otras palabras, hostiles a la sociedad civil como tal.

Si nos ponemos a analizarlo, esto es bizarro. La sociedad civil brinda los propios mecanismos que necesitamos para organizar a la sociedad sin el Estado. Además, siguiendo con el argumento de Rothbard acerca de la libertad y la naturaleza humana, la sociedad civil se organiza a sí misma orgánicamente, sin fuerza. Los seres humanos quien ser parte de algo más grande que ellos mismos. ¿Por qué los libertarios no logran entender esto?

Poco necesita decirse que la familia ha sido siempre la primera línea de defensa en contra el Estado, y la fuente más importante de lealtad primaria -o de lealtad dividida, desde la perspectiva de los políticos. Esa conexión con los ancestros, y nuestra preocupación por los descendientes, forma una historia en la que el Estado no es el protagonista. La familia constituye nuestro primer entorno, que por lo tanto es el más formativo -y al menos como un ideal, la familia brinda apoyo tanto material como emocional. Las familias felices realmente existen.

Sin embargo, el gobierno nos quiere atomizados, solitarios, quebrados, vulnerables, dependientes y desconectados. En consecuencia, trata de romper a las familias al quitarles a sus hijos tan pronto como sea posible, adoctrinándolos en escuelas estatales, usando las prestaciones sociales y la ley de impuestos como cuña, desalentando el matrimonio y las familias grandes, de hecho, desalentando cualquier clase de intimidad que no esté sujeta al escrutinio público, promoviendo el divorcio, etc. etc.

Todo esto podría sonar como argumentos derechistas, pero ello no los vuelve falsos.

Queremos familias fuertes, queremos familias de élite, queremos familias prósperas que no tengan miedo del gobierno. Queremos grandes familias extensas a las que las personas puedan acudir en tiempos de problemas. Y como una nota al pie: asumiendo que aproximadamente el 10% la población de los Estados Unidos está razonablemente mentalizado hacia la libertad, estamos hablando de 32 millones de personas. Imagine si cada uno de ellos tuviera tres hijos, ¡crearíamos un ejército de 100 millones de personas!

La religión forma otra importante línea de defensa en contra el Estado. De hecho, la historia entera de la humanidad no puede entenderse sin comprender el rol de la religión. Incluso actualmente un saludable porcentaje de las personas en occidente creen en Dios, más allá de su observancia religiosa. Además, la creencia en una deidad desafía por sí misma el estatus y la omnisciencia del Estado. Una vez más, la religión se presenta como un rival potencial en la lucha por la lealtad del individuo -y tiene una incómoda tendencia a resurgir sin importar qué tanto los gobiernos autoritarios traten de suprimirla.

Más allá de la familia de la fe, hay un número infinito de instituciones no estatales que ofrecen comunidades para casi cualquier interés imaginable. Todas ellas, desde los negocios, hasta las organizaciones sociales y cívicas, realizan la función civilizadora de organizar a las personas sin el poder estatal.

Permítanme también plantear un punto importante: es razonable creer que una sociedad más libertaria sería menos libertina y más conservadora culturalmente -por la simple razón de que, conforme el Estado se reducen importar si poder, las largamente suprimidas instituciones de la sociedad civil crecerían en importancia y poder. Además, en una sociedad más libertaria, es más difícil imponerle a los demás los costos de nuestro estilo de vida. Si usted depende de la ayuda que le brinden la familia, la Iglesia o la caridad, estas quizá impondrán condiciones para ese apoyo.

Les aseguro que no estoy interesado en conocer o juzgar sus creencias personales o sus preferencias de estilo de vida – y tampoco lo estaba Murray Rothbard. por supuesto, el libertarismo como tal no tiene nada que decir acerca de la forma en que vive el individuo. Sin embargo, sigue siendo cierto que la sociedad civil debería ser celebrada a cada momento por los libertarios. Creer lo contrario es ignorar lo que los humanos realmente quieren y realmente hacen, que es crear comunidades. Hay una palabra para definir a las personas que no creen en nada: ni en el gobierno, ni en la familia, Dios, la sociedad, la moralidad, o la civilización. Esa palabra es “nihilista”, no libertario.

  • El universalismo político no es la meta.

Mi argumento final es acerca de la terca tendencia de los libertarios a promover alguna clase de arreglo político universal. Hasta el punto en que existe una meta política para los libertarios, esta es la de permitirle a los individuos vivir como crean conveniente. La meta política es la autodeterminación, al buscar reducir el tamaño, ámbito y poder del Estado.

Sin embargo, la idea de los principios libertarios universales se mezcló con la idea de las políticas libertarios universales. El vive y deja vivir se reemplazó con la noción de una doctrina libertario universal, muchas veces acompañada de un elemento cultural.

Debido a esto, los libertarios suelen caer en la trampa de sonar como los conservadores y los progresistas, que se imaginan a sí mismos como si estuvieran cualificados para dictar arreglos políticos en todas partes de la tierra. Sin embargo, ¿qué tiene de libertario decirles a otros países qué hacer? ¿No debería ser nuestra meta política la autodeterminación radical, en lugar de los valores políticos universales?

Ya es suficientemente malo escuchar a los neoconservadores en la televisión, mientras hablan de lo que es mejor para Siria, o Irak, o Corea del norte, o Rusia, desde sus cómodos percheros occidentales. Sin embargo, es incluso peor escuchar esto de parte de los libertarios en Reason. Ello es un error tanto político como táctico.



La doctrina universalista va más o menos así: El voto democrático es el derecho político sagrado en un mundo post monárquico. Resulta en democracias sociales con robustas redes de seguridad, capitalismo regulado, protecciones legales para las mujeres y las minorías, y normas ampliamente con censadas en cuanto a temas sociales. Las concepciones occidentales de los derechos civiles ahora aplican en todos lados, y a través de la tecnología podemos superar las antiguas fronteras de los estados nación.

Los sabores son ligeramente diferentes: los liberales de izquierda enfatizan un estado administrativo supranacional (“un gobierno mundial”), mientras que los conservadores enfocan en esquemas de comercio globalmente administrados y en “exportar la democracia.” Sin embargo, ambos bandos pasaron el siglo XX insistiendo en que sus acuerdos políticos preferidos son aplicables en todos lados, e inevitables en todos lados.

Esta narrativa no le ayuda los libertarios. El universalismo brinda los apoyos filosóficos para el globalismo, pero el globalismo no es libertad: en lugar de ello, amenaza con crear nuevos niveles de gobierno. Por otra parte, el universalismo no es ley natural; de hecho, suele estar directamente enfrentado con la naturaleza humana y la (verdadera) diversidad humana.

Más aún, resulta que muy pocas cosas realmente están consensadas a nivel universal. No la gobernanza, ni los derechos, ni el rol de la religión, ni la migración, ni el capitalismo, ni el neoliberalismo. Ya de por sí tenemos una labor lo suficientemente difícil ganando el respeto para la libertad individual y los derechos de propiedad en occidente, donde contamos con una fuerte tradición de derecho consuetudinario.

Aun así, los libertarios están ocupados promoviendo el universalismo incluso mientras el mundo se mueve en la dirección opuesta. Trump y el Brexit golpearon la narrativa globalista. El nacionalismo está en ascenso lo largo de Europa, poniendo a la unión europea a la defensiva, existen movimientos de secesión en Escocia, en Cataluña, en Bélgica, en Andalucía, incluso en California. El federalismo y los derechos de los estados son repentinamente populares con los progresistas en los Estados Unidos. El mundo desesperadamente quiere darle la espalda a Washington y a Bruselas, y a las Naciones Unidas, y al Fondo Monetario Internacional, y a todas las instituciones globalistas. las personas promedio sospechan un engaño.

Deberíamos aprovechar esto.

La Meca no es París, un irlandés no es un aborigen, un budista no es un Rastafariano, una soccer mom no es un ruso. ¿Es nuestra meta convencerlos a todos de convertirse en rigurosos Rothbardianos? ¿Deberían los libertarios preocuparse acerca el matrimonio homosexual en Arabia Saudita, o insistir en que las mismas condiciones fronterizas de Mónaco existan en Brownsville, Texas? ¿Deberíamos agitar en Francia, promoviendo leyes de portación abierta de armas al estilo de Texas, para prevenir el siguiente Bataclan?

O, por el contrario, ¿no estaría mejor empleado nuestro tiempo en promover la descentralización política, la secesión y la subsidiariedad? En otras palabras, ¿deberíamos dejar que Malta sea maltesa?

Ludwig von Mises rechazó el universalismo, y vio la autodeterminación como la más elevada meta política. Murray Rothbard planteó el argumento de que las naciones orgánicas se separen de las naciones políticas, en una de las últimas cosas que escribió -un artículo titulado Naciones por Consenso.

En otras palabras, la autodeterminación es la máxima meta política. Es el camino a la libertad, aunque sea imperfecta. Un mundo de 7 mil millones de individuos auto gobernados es el ideal, pero a falta de ello deberíamos preferir los Liechtensteins que las Alemanias, y los Luxemburgos que las Inglaterras. Deberíamos apoyar el derecho de los estados a la federalización en los Estados Unidos, y aplaudir el rompimiento la Unión Europea. Deberíamos respaldar los movimientos secesionistas en lugares como Cataluña, Escocia y California. Deberíamos favorecer el control local por sobre las lejanas legislaturas y cuerpos administrativos, y por lo tanto rechazar los acuerdos comerciales multilaterales. Deberíamos, en resumen, preferir lo pequeño que lo grande, cuando se trata del gobierno.

La descentralización política, la secesión, la subsidiariedad y la nulificación son mecanismos que nos acercan a nuestra meta política de autodeterminación. Insistir en acuerdos políticos universales es un enorme error táctico para los libertarios. Es precisamente porque no sabemos lo que es mejor para 7.5 mil millones de personas en el mundo, que somos libertarios.

Conclusión: ¿por qué deberían pelear?

Para concluir, mencionaré un intercambio de correos electrónicos que tuve recientemente con el bloguero Bionic Mosquito. ¡Si ustedes no están leyendo a Bionic Mosquito, deberían hacerlo! Le hice la misma pregunta hipotética que tengo para ustedes: ¿Por qué pelearías? La respuesta a esta pregunta nos dice mucho acerca de los temas que deberían preocupar a los libertarios.

Con ello me refiero a por qué razón ustedes pelearían físicamente, sabiendo que hacerlo pudiera implicar lesiones serias o la muerte, o arresto y encarcelamiento, o la pérdida de su casa, su dinero y sus posesiones.



Estoy seguro de que todos nosotros pelearíamos por nuestras personas físicas si fuéramos atacados, o por nuestras familias y fueran atacadas. Quizá podríamos pelear también por amigos cercanos. Quizá incluso por nuestros vecinos. De hecho, quizá nos guste pensar que en algunas circunstancias defenderíamos físicamente a un completo extraño, por ejemplo, a una anciana a que está siendo atacada y asaltada.

Además, tal vez pelearíamos por otros pueblos y comunidades, si estos fueran físicamente invadidos por una fuerza externa, incluso aunque no conocemos personalmente a todas las personas en osos pueblos y comunidades.

También podríamos pelear por la propiedad, quizá no con tanta ferocidad. Ciertamente protegería más nuestros hogares, pero ello es debido a las personas que se encuentran adentro. ¿Qué pasaría con los vehículos? ¿Se involucraría en la confrontación física con un ladrón armado que estuviera llevándose su vehículo? ¿O lo dejaría ir, sin arriesgarse a las lesiones o la muerte, sólo para salvar su auto? ¿Qué pasaría con su billetera? ¿Qué pasaría si el instituida robando el 40% de su ingreso, como muchos gobiernos lo hacen? ¿Tomaría usted las armas para evitarlo?

Probablemente no pelearíamos por el bitcoin, o la neutralidad e Internet, o un aumento en el impuesto sobre ganancias de capital. ¿Y que tal respecto a una abstracción, como pelear por “su país” o por la libertad, o por su religión? Aquí es donde las cosas se vuelven más tenues. Muchas personas han peleado y pelearán por dichas abstracciones. Sin embargo, si le pregunta los soldados ellos le responderán que en el calor de la batalla realmente están peleando por sus compañeros, para proteger a los hombres en sus unidades -y para cumplir con un sentido personal del deber.

En otras palabras, la sangre y el suelo, y Dios y la nación, le siguen importando a la gente. Los libertarios ignoran esto a riesgo de ser irrelevantes.

Muchas gracias.

*Jeff Deist es Presidente del Mises Institute

Traducido por: GaribayCamarena.com

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