miércoles, diciembre 13, 2017
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Occidente es una idea portátil, no sangre y suelo

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Por: Jeffrey A. Tucker*

No todo el que va celebrando los logros de occidente y lamentando su destrucción es un amigo de la libertad. Hemos sabido este desde hace por lo menos un siglo, cuando el aclamado historiador alemán escribió su magistral obra “La decadencia de occidente” (1919).

El libro abarca 800 páginas acerca de la magnificencia de las artes, ciencias, literatura y riqueza occidental, pero eso no es su tesis. El propósito del tratado era lanzar una obscura advertencia: Occidente debe tribalizarse bajo un nuevo Cesarismo, y rápido, antes de que las otras poderosas tribus del mundo ganen la lucha por el control.



Las ideologías del liberalismo y el socialismo están muertas, escribió Spengler, al igual que la economía basada en dinero, que es demasiado delgada y débil para entrar en la lucha por el control de la historia. Una nueva forma de dictadura, respaldada por la visión y voluntad consciente de los amos políticos, que guíen al pueblo, era necesaria para ganar el día.

El gran libro de Spengler fue recibido con una sorprendente aclamación pública, pero ¿qué presagiaba? Observe a la Europa de entre guerras y lo verá.

El discurso de Polonia

El libro viene a la mente por el discurso de Donald Trump en Polonia, que fue algunas veces bello e inspirador, y otras extrañamente ominoso. Tomó algunos días, pero gradualmente las personas se están dando cuenta de que el discurso redactado por el consejero de políticas públicas Stephen Miller fue más que una recitación de las usuales trivialidades políticas. Fue una propuesta para reenfocar la filosofía de gobierno de los Estados Unidos a un nivel profundo, e  inculcar la consciencia de la singular identidad y misión de lo que él repetidamente llamó “Occidente” –un término que no había tenido resonancia política en décadas.

Occidente, en la forma que el discurso lo planteó, no es sólo una idea, sino un pueblo, una nación en sí misma, unida por grandes logros, incluyendo el triunfo en grandes conflictos. Por ejemplo, el discurso recordó el remarcable heroísmo de aquellos que resistieron a los nazis en el alzamiento de Varsovia, de 1943, y fue más allá para celebrar la resistencia más reciente a la ocupación soviética.

La forma en que recordó la historia fue simplemente maravillosa e inspiró al público a una incesante ovación de pie.

Además buscó forjar una solidaridad –incluso una identidad- entre Polonia y los Estados Unidos, como algo específico llamado Occidente, que Trump describió hermosamente de la siguiente manera.

“No hay nada como nuestra comunidad de naciones. El mundo nunca ha visto algo como nuestra comunidad de naciones. Escribimos sinfonías. Nos dedicamos a la innovación. Celebramos a nuestros antiguos héroes, abrazamos nuestras ancestrales tradiciones y costumbres, y siempre buscamos explorar y descubrir nuevas fronteras. Recompensamos la genialidad. Nos esforzamos por la excelencia, y valoramos a las inspiradoras obras de arte que honran a Dios. Atesoramos el estado de derecho y protegemos el derecho a la libertad de expresión. Empoderamos a las mujeres como pilares de nuestra sociedad y nuestro éxito. Ponemos a la fe y a la familia, no al gobierno y la burocracia, en el centro de nuestras vidas. Y debatimos todo. Desafiamos todo. Buscamos saber todo, de forma que podamos conocernos mejor a nosotros mismos.”

He escrito en contra de buena parte de las políticas y comportamientos de Trump, pero estas palabras son emotivas y verdaderas (al igual que mucho del libro de Spengler) y ya era tiempo de que alguien las pronunciara en esta generación. Sin embargo, noten lo que es diferente acerca de su planteamiento. Él se esforzó en decir que estos rasgos le pertenecen a una cierta “comunidad de naciones”, un pueblo específico unido detrás de una cierta forma de vida.

A diferencia de sus predecesores, se negó a describir esto como sellos distintivos del ideal humano, como un anhelo universal, sino que centró su visión en un pueblo particular –no en las ideas que mantienen las personas (las ideas pueden portarse donde sea), sino de algún modo como algo encarnado en un sector demográfico en particular.

Dos enemigos

Trump además alertó que Occidente está bajo una profunda amenaza de dos enemigos: el arrogante estado burocrático y la invasión de una ideología externa (el Islam radical). Para luchar contra estas dos amenazas, Trump prescribió una nueva consciencia de la singularidad de la tradición occidental.

“La cuestión fundamental de nuestro tiempo es si occidente todavía tiene la voluntad para sobrevivir. ¿Tenemos la confianza en nuestros valores para defenderlos a cualquier costo? ¿Tenemos el suficiente respeto hacia nuestros ciudadanos como para proteger las fronteras? ¿Tenemos el deseo y el valor de preservar nuestra civilización frente a aquellos que la subvertirían y destruirían?”




¡Es mucho para analizar! Trump está posicionando una amenaza existencial que solo puede enfrentarse con una consciencia activa de la identidad. ¿A qué lleva esta consciencia? A la disposición de defender, al valor para pelear, al deseo de sobrevivir. ¿En defensa de qué? Una forma de vida que reside dentro de un angosto rango de la experiencia humana. No es universal.

Esta no es sólo mi interpretación. David French, del National Review, perspicazmente contrasta el discurso de Trump con mensajes de Bush y Obama, y observa que: Trump “localizó directamente en un contexto occidental los valores que otros presidentes han considerado como universales, y rechazo específicamente el universalismo y la equivalencia moral.”

El artículo de French parece representar muchas opiniones en la derecha del espectro político, donde las personas están hartas de sentir como si necesitaran disculparse por los logros de Occidente y que deberían enorgullecerse de ellos. Como dice French, Trump se esforzó en ubicar estos logros históricos en la experiencia de un pueblo en particular, emparejado con una visión Judeo-Cristiana igualmente particular.

Sin embargo, realmente hay una diferencia entre celebrar a la libertad y participar en un crudo chauvinismo cultural. Hay un mundo de diferencia entre el argumento de que la libertad se desarrolla a partir de ciertas instituciones (“Lo primordial,” dijo Ludwig von Mises, es “la idea de la libertad respecto al estado”) y alegar que esta se encuentra enraizada en la sangre y el sueño.

¿Dónde está la libertad?

La visión de que la sangre-y-suelo son lo que hace grande a una civilización se contradice ante nuestros propios ojos. El mundo actual muestra el éxito de la libertad y los derechos en muchas culturas a lo largo del planeta. Los mercados existen en todo el mundo. También los derechos humanos y el estado de derecho. También las sinfonías, la gran arquitectura, la innovación, la libertad de expresión, y el arte. Donde sea que a las personas se les de libertad respecto al estado, prosperan.

Para demostrarlo basta consultar el Índice de Libertad Económica. Campeones que incluyen a Hong Kong, Singapur, Australia, Mauricio, los Emiratos Árabes Unidos y Chile, están esparcidos en todo el globo y abarcan muchas razas. Lo que tienen en común no es sangre, religión, geografía o idioma, sino eso primordial, la libertad.

Una cosa es señalar que aquello a lo que llamamos Occidente fue el primero en desarrollar plenamente ideas liberales. Esto hace la idea de Occidente un tema de documentación histórica y un hecho indiscutible. Pero es completamente distinto el postular que pertenece a un cierto pueblo por derecho de …¿qué? Este fue el aspecto no hablado del discurso de Trump. ¿Qué es lo que verdaderamente quiere decir? ¿Es la religión, la geografía, los grandes líderes, el lenguaje o …la raza, quizá?

Escuchando entre líneas

El prospecto de que el discurso de Trump fue en realidad el disfraz de una agenda más obscura llevó a Peter Beinart a declarar que el mensaje de Trump fue nada más que un ejercicio de paranoia política y racial. El Occidente no es una definición geográfica, ya que “Polonia está más al este que Marruecos. Francia está más al este que Haiti. Australia está más al este que Egipto. Sin embargo Polonia, Francia y Australia son consideradas parte de Occidente. Marruecos, Haiti y Egipto, no.”

Si no es geográfica, ¿Qué es?

“Polonia es mayormente homogénea en términos étnicos. Así que cuando un presidente polaco dice que ser occidental es parte de la identidad nacional, está básicamente definiendo a Polonia en contraste con las naciones hacia el este y el sur. América es racial, étnica y religiosamente diversa, así que cuando Trump dice que ser occidental es la esencia de la identidad americana, está en parte definiendo a América en oposición a parte de su propio pueblo. No está hablando como presidente de los Estados Unidos. Está hablando como el jefe de una tribu.”



Antes de rechazar los argumentos de Beinart como los divagues de un provocador racial de izquierdas, considere que la formulación de Trump respecto a Occidente como un pueblo y una experiencia, más que como una idea, representa un significativo alejamiento de los antiguos ideales liberales. En particular, el discurso añade un giro particular a los ideales de la ilustración que asignamos a pensadores como Hume, Locke, Smith y Jefferson, canalizándolos a través del lente de una tradición de pensamiento opuesta a esos ideales. Lo que realmente está proponiendo es otra forma de política identitaria, que rechaza al universalismo en hechos y metas.

El problema con el universalismo

Ciertamente, la causa de los derechos universales ha sido usada como pretexto para violar esos mismos derechos. Cuando Condoleezza Rice dijo que la libertad y la democracia le pertenecen a todos, estaba justificando la clase de construcción nacional por las que fueron conocidas las administraciones de Bush y Clinton. A lo que lleva esta política en los hechos no es a la libertad, mucho menos a la democracia, sino al caos del estilo que vemos en las naciones destrozadas por la guerra en el medio oriente. El universalismo de esta clase deriva en imperialismo.

Esa es la clase equivocada de universalismo. Imagina que ya que todos tienen derechos humanos, la nación más poderosa debería garantizarlos a la fuerza, incluso a costa de los derechos humanos de aquellos descartados como “daño colateral”. La crítica de esta visión también es correcta. La libertad crece de un firmamento cultural, gradualmente, como una extensión de los corazones de la gente. No puede imponerse a punta de pistola, ya sea que lo intenten los neoliberales de tendencia izquierdista o los neoconservadores de tendencia derechista.

Muchas personas que actualmente apoyan las políticas de Trump han identificado este mismo problema con las políticas universalistas, pero ¿están escogiendo el reemplazo correcto? Debe haber una alternativa al “universalismo” imperialista, además del proteccionismo, el aislamiento, el chauvinismo cultural y la supremacía religiosa-racial.

La verdadera alternativa liberal

De hecho, sí hay una alternativa. Alguna vez fue llamada liberalismo y hoy es conocida como liberalismo clásico o libertarismo. Respecto a este problema, la doctrina puede resumirse de esta forma: derechos universales, localmente aplicados. Reconoce que el anhelo de libertad es un ideal universal, pero previene en contra de cualquier intento de que los gobiernos usen su poder, a expensas de la libertad, para imponerla.

Siguiendo a Tocqueville, reconoce las tradiciones culturales y populares de los pueblos, reconociendo que hay infinitas maneras en las que los derechos universales se integran en la experiencia humana real. Es tolerante y respetuosa de todas. En los escritos de Ludwig von Mises, este liberalismo ve su realización en límites al poder estatal, la libertad de expresión y movimiento para todos los individuos, el libre comercio y la paz y armonía entre los pueblos y naciones.



El liberalismo de esta clase no descansa en una obscura visión Hegeliana de la historia, como la expresada por Oswald Spengler hace un siglo. Un nuevo Cesarismo no salvará a Occidente, sino que le arrebataría su característica más definitoria: la libertad del individuo respecto al estado.

Los nuevos moderados

¿Dónde deja esto a aquellos de nosotros que no podemos apoyar la visión de Trump o de aquellos que la desprecian? Quizá nos deja en una posición envidiable.

Jimmy Wales, de Wikipedia hizo un comentario fugaz en la FEEcon que me impactó. Desde hace mucho él ha sido un estudiante del trabajo de F.A. Hayek y un sólido libertario. Él dice que estos días se siente menos estridente que nunca antes, por una simple razón. La izquierda y la derecha se han vuelto intensamente partidistas, irracionales, internas y vituperantes en sus lealtades tribales, y eso es precisamente lo que quieren sus líderes. Hay dos tribus peleando por el botín de un sistema corrupto y fracasado. En esa guerra nadie puede ganar.

Esto ha puesto a Wales y a muchos de nosotros en la implausible posición de sentirnos como moderados. Somos capaces de razonar con cualquier persona razonable, sin cambiar nuestros principios. Un libertario puede ser la persona más radicalmente moderada en la sala.

El camino hacia adelante es abandonar el anhelo de un gran y decisivo conflicto tribal, y movernos hacia un sistema de paz, prosperidad y armonía social para todos. No se trata de la sangre y el suelo. Se trata acerca de la búsqueda de la felicidad, que es derecho de todas las personas.

El mensaje de que la libertad universal no necesita caudillos tribales nunca ha sido más atractivo, o más necesario.

*Jeffrey Tucker es Director de Contenido de la Foundation for Economic Education.

Publicado originalmente en FEE.org 

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