martes, noviembre 12, 2019
Economíahistoria

¿Por qué no hay carritos de tacos en cada esquina?

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Por: Charles Johnson*

Cuando Marcos Gutiérrez, fundador y vocero del poco conocido y escasamente poblado grupo de apoyo “Latinos por Trump” recientemente trató de advertirle a América de los grandes peligros de las fronteras abiertas y la libre migración, usando la imagen de “camiones de tacos en cada esquina,” la mayoría de los televidentes, tanto latinos como anglosajones, parecieron experimentar la visión de una posible nueva utopía. La frase inmediatamente se convirtió en tendencia en Twitter, no en pánico, sino en casi universal celebración de la posibilidad.

Lo que las personas no saben es lo duro que el gobierno ha trabajado durante años para evitar que esto suceda. La guerra contra la comida callejera se ha peleado durante más de 100 años.

Y no son sólo los tacos. También hay tamales ilegales. Observe este titular de una historia publicada el año pasado por Los Ángeles Times: “450 tamales ilegales provenientes de México decomisados en LAX e ‘incinerados’”.

“Aparentemente hay tamales ilegales.

Un pasajero en el aeropuerto internacional de Los Ángeles se enteró de esto a la manera difícil a principios de este mes, cuando trató de introducir tamales de puerco, provenientes de México, a los Estados Unidos.

El pasajero arribó de México el 2 de noviembre y fue detenido por especialistas de agricultura de la Aduana estadounidense, quienes encontraron 450 tamales de puerco, envueltos en bolsas de plástico dentro del equipaje.

El pasajero aparentemente negó que los tamales estuvieran hechos de puerco, el cual se encuentra la lista de productos que los viajeros no puedo entrar al país en base a las regulaciones de aduanas.

Para muchas familias, los tamales son una esencial tradición de las festividades. Hacer una olla requiere días de planeación y preparación exhaustiva -todo para una sabrosa mordida de harina de maíz, salsa de chile rojo y cerdo, bistec o pollo.

El pasajero no habré tenido problemas y hubiera tratado de ingresar tamales de dulce -esos de pura masa que siempre padecen quedarse.

Al pasajero, que no fue identificado, se le multó con $1000 dólares porque las consideraron que los tamales iban a ser vendidos y distribuidos.

En cuanto a los tamales, estos encontraron su fin, pero no de la forma tradicional: siendo devorados. Los 450 fueron destruidos. Los tamales fueron literalmente “incinerados”, explicó un vocero de aduanas.”[1]

Por supuesto, el departamento de aduanas está siendo ridículo, invasivo y ruin. Se trata de una costosa multa y de un inútil asalto a la libertad de un viajero pacífico, que no hizo nada para violar los derechos de siquiera un alma viviente.

También es un desperdicio de tamales perfectamente buenos, y simplemente una completa vergüenza. Sin embargo, esto no es (¡qué pena!) nada nuevo. Se trata sólo del más reciente episodio en una larga y ridícula historia de la maldosa y ruin guerra del gobierno contra los tamales y los tamaleros, y contra los vendedores de comida mexicana callejera en general. Como lo explica el escritor culinario y periodista mexicoamericano Gustavo Arellano:

“Para 1901 más de 100 carritos de tamales circulaban en Los Ángeles, cada uno de ellos pagando un dólar al mes a cambio de una licencia comercial expedida por la ciudad. Su popularidad alentó a otros en las ciudades cercanas a seguir su ejemplo. En 1906, el migrante sonorense Alejandro Morales comenzó a vender los tamales preparados con su mujer en una carreta que dirigía a lo largo de Anaheim.

Morales, excavador de tumbas por profesión, desarrolló el concepto para convertirlo en un restaurante, después en una fábrica de tamales, y más adelante en Alex Foods, un imperio multimillonario ahora conocido como Don Miguel Mexican Foods…No eran sólo los latinos quienes operaban carros de tamales -afroamericanos, migrantes europeos y blancos también participaron en la industria. En 1905, incluso la YMCA abrió temporalmente un carro de tamales para recaudar fondos, de forma que pudiera enviar a un equipo juvenil de pista y campo a competir en Portland, Oregón”[2]

Sin embargo, conforme se expandió la popularidad de los carros de tamales y de la comida callejera mexicana, la prensa de los negocios establecidos los gobiernos anglosajones observaron a los vendedores de forma cada vez más sospechosa. En San Antonio, los líderes anglosajones de la ciudad comenzaron una serie de ofensivas regulatorias para eliminar la amenaza del chili con carne por medio de regulaciones y prohibiendo el uso de las plazas públicas, para detener los esfuerzos emprendedores de las llamadas “reinas del chili.”

El historiador culinario Jeffrey Pilcher señala que las ciudades fueron reformadas a la imagen de los miedos nativistas y proteccionistas respecto a los efectos disruptivos de un mercado público laissez­faire de alimentos de los migrantes:

“La comida mexicana también era percibida como una amenaza para los trabajadores blancos, tanto a través de la competición y justa, como por medio del radicalismo laboral. Los oponentes nativistas a los trabajadores migrantes alegaban que la dieta mexicana de tortillas y chili, al igual que el arroz chino, reducía el estándar nacional de vida.

“Ningún hombre blanco puede trabajar a cambio de salarios mexicanos,” reportó un periodista desde un puesto de chili en El Paso en 1884. “Un tazón de esta cosa cuesta $0.10,” explicó citando a un trabajador sin hogar… La comida mexicana también se asociaba con el anarquismo y la organización de sindicatos. Los vendedores de tamales fueron culpados de los disturbios de Navidad de 1913, cuando la policía intervino en un mitin sindical en la plaza Los Ángeles. La plaza Milam, en San Antonio, donde las reinas del chili trabajaban en los 1920s, era un prominente centro de reclutamiento para trabajadores migrantes. Los consumidores podían comer su chili mientras escuchaban apasionados discursos de anarco sindicalistas de los Trabajadores del Mundo y del Partido Liberal Mexicano.”[3]

Similarmente, en Los Ángeles, Arellano documenta a la prensa ya la policía local presentando cada vez más al negocio de los carros de tamales, a sus propietarios y consumidores, como una amenaza al orden público, y moviéndose para limitar su actividad o expulsarlos por completo:

“Los extraños que llegan a Los Ángeles, reportó The Times, nota la presencia de tantos restaurantes al exterior, y se maravillan del sistema que permite a los hombres… Instalar comercios en las calles públicas… Compitiendo con los empresarios que pagan altas rentas a cambio de espacios en donde servir comida al público.

No todo mundo apreció estas primeras loncheras. La prensa de Los Ángeles sensacionalizaba cualquier pelea, disputa o robo cometido alrededor de los puestos, llevando a una percepción, dentro de los círculos de sociedad, de que no eran seguros (el típico titular: “dice que el carro de tamales es un criadero del crimen”).

Tan pronto como en 1892, los oficiales del gobierno trataron de prohibirlos; en 1897 el concejo de la ciudad propuso no permitir que los carros de tamales abrieran sino hasta las 9:00 de la noche, a solicitud de los dueños de restaurantes, a quienes no les gustaban esas multitudes. Cuatro años después, el jefe de policía, Charles Elton, recomendó que cerraran a la 1:00 de la mañana, porque ofrecían “un refugio para los borrachos que quedan en las calles cuando las cantinas cierran.”

Los administradores escolares de Los Ángeles construyeron cocinas en las preparatorias de la ciudad, en 1905, para ofrecer almuerzos más saludables después de “haber luchado una larga cruzada contra los carros de tamales,” de acuerdo con el Herald. Además, en 1910, 100 empresarios del centro de la ciudad firmaron una carta pidiéndole el consejo que los carros de tamales fueran prohibidos, debido a que no le daban buena imagen al distrito.”[4]

Tanto en Texas como en California, los vendedores callejeros fueron cada vez más populares con la gente, pero batallaron para defenderse de los ataques concertados de parte del gobierno local. Los líderes de la ciudad de San Antonio les redujeron el horario de venta y finalmente expulsaron a los puestos de chili de la plaza Alamo al inicio del siglo, pero encontraron resistencia cuando las reinas del chili continuaron instalando sus puestos en desafío a la ley.

Sin embargo, con el inicio de la Primera Guerra Mundial, San Antonio se convirtió en una importante estación de entrenamiento militar y las autoridades municipales fueron finalmente empoderadas para iniciar una acción concertada, con el objetivo de forzar a los vendedores de chili a lo largo de San Pedro Creek hacia los distritos mexicanos segregados dentro del pueblo.

Los juegos de gato y ratón entre los vendedores de chili y las autoridades continuaron por décadas, hasta que ese negocio fue finalmente regulado hasta la extinción (Pilcher, 110­115). En Los Ángeles, los tamales también lucharon con el respaldo del público de su lado, pero se encontraron siendo empujados cada vez más hacia el abismo debido al constante acoso político:

“Los Tamaleros contraatacaron con su arma más poderosa: sus fans. En 1903, cuando el Consejo trató de prohibirlos, formaron una sociedad de ayuda mutua y presentaron una petición con las firmas de más de 500 consumidores, la cual decía, en parte: ‘nosotros afirmamos que los carros de comida están atendiendo un público que los aprecia, y arrebatarle al pueblo estos convenientes lugares de comida sería una gran pérdida para los muchos comerciantes locales que proveen de ingredientes a los propietarios de los carros’.

También encontraron un aliado en el consejero Fred Wheeler. En 1920, él ofreció una apasionada defensa en el recinto del Consejo, cuando una vez más los carros de tamales enfrentaban el hacha. “El tamal puso a Los Ángeles en el mapa,” exclamó. “Estos carros son casi una institución de nuestra ciudad. Se dice que Cabrillo y sus navegantes los encontraron aquí cuando arribaron. ¿Sacar a estos carros de nuestras calles? ¡Nunca!”

Wheeler convenció a sus compañeros del Consejo a perdonar a los carros de tamales ese año, pero no fue tan afortunado en 1924, cuando una resolución expulsó a los tamaleros de la plaza. Ellos continuaron como siempre, un movimiento que provocó que The Times exclamara, “Estos carros de comida tienen más vidas que las 81 encarnaciones de los nueve gatos de Matusalén.”

Para entonces, los carros vendían más que tamales -la masiva ola de migrantes provenientes del centro de México a lo largo de los 20 años anteriores había introducido otras delicias mexicanas en la ciudad, como la barbacoa, el menudo y los tacos. Sin embargo, su época estaba terminando. “Ellos no pertenecen al nuevo orden de las cosas,” editorializó The Times en 1924. “Ellos nacieron del pueblo -y perecen en la metrópolis.”

La plaza, por supuesto, se transformó en Olvera Street, conforme una nueva generación de Angeleños quería una experiencia culinaria mexicana más refinada que la ofrecida por el caos de Tamale Row. Conforme el automóvil creció en popularidad, las familias latinas cargaron sus camiones y manejaron a lo largo del este de Los Ángeles, vendiendo comida, antes de establecerse en el centro la ciudad, como los precursores de las loncheras de la actualidad.

En 1929, cuando Samuel C. Wilhite recibió la patente de un “Tamale Inn” -un carro de tamales, con forma de dicho snack, con todo y toldo, ventanas e incluso escalones- no había necesidad de él. Lo estacionó en Whittier Boulevard y lo llamó The Tamale, donde la estructura todavía permanece, aunque la actualidad es un salón de belleza. El último carro de tamales en las carreteras del sur de California le perteneció la familia Morales: su carro, un legendario vehículo de arrancones que capturó las mentes de los fans de las carreras durante décadas.”[5]

La verdad es que pudimos -y debimos- tener camiones de tacos en cada esquina, carros de tamales en las principales carreteras y reinas del chili gobernando todas las plazas públicas, desde hace décadas, si no fuera por la sospechosa mirada de los reguladores citadinos, los intereses proteccionistas de los restauranteros establecidos, la irritante híper-regulación de los mejoradores urbanos y el constante efecto de la histeria del control de fronteras, la policía del nacionalismo cultural y los pánicos morales antiinmigrantes. Brindemos por un día en que la comida callejera americana esté libre de dichas cargas.

Liberen a los camiones de tacos y a todos los prisioneros políticos.

*Charles Johnson es un escritor y filósofo que vive y trabaja en Auburn, Alabama.

Este artículo se publicó originalmente en Fee.org

[1] Veronica Rocha, 450 illegal tamales from Mexico seized at LAX

http://www.latimes.com/local/lanow/la­me­ln­450­illegal­pork­tamales­destroyed­20151118­story.html

Los Angeles Times, 18 November 2015.

[2] Gustavo Arellano, Tamales, Los Angeles’ First Street Food

http://articles.latimes.com/2011/sep/08/food/la­fo­tamales­20110908

Los Angeles Times, 8 September 2011

[3] Jeffrey Pilcher, Planet Taco: A Global History of Mexican Food (2012), p. 113.

[4]  Gustavo Arellano, Tamales, Los Angeles’ First Street Food

http://articles.latimes.com/2011/sep/08/food/la­fo­tamales­20110908

Los Angeles Times, 8 September 2011

[5]  Gustavo Arellano, Tamales, Los Angeles’ First Street Food

http://articles.latimes.com/2011/sep/08/food/la­fo­tamales­20110908

Los Angeles Times, 8 September 2011

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