lunes, septiembre 16, 2019
sociedad

Socialista sardónico

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Por: Eduardo Ruiz Cuevas*

¿Qué es el socialismo? Es mirar una estrella y pestañear varias veces. El socialismo es una promesa que aspira a la fraternidad humana. Arroja frente a sus feligreses la esperanza de un nuevo tipo de sociedad, donde habrán de renunciar a la individualidad y libertad, a cambio de seguridad e igualdad, y es que libertad e igualdad no fueron paridas por la misma madre.

Un socialista no necesariamente cree que la sociedad pueda armonizar de manera perfecta, pero sí cree que tal sociedad podría ser mucho mejor de la que existe en su presente. Considera que todos los males cometidos por el hombre vienen de la injusticia provocada por la desigualdad. ¿Qué puede pensarse de esto? Que la base del socialismo es el humanismo.

El humanismo marxiano puede coexistir como lo hace cualquier religión, depende de la promesa y la creencia. Asume que el hombre es una criatura limitada que tiende hacia el mal; que sus impulsos, pasiones y deseos son meramente un acto egoísta. El altar del nuevo templo se llama Estado.  

El redentor socialista es totalitario, no se pertenece, él es el pueblo y habla a través del pueblo en forma de Estado. La promesa es el paraíso que se toca, el que se vive y siente; es la materia. La predicación ha superado a la fábula, pues aquél nuevo santo se dice científico y descubridor de estrellas.

¡Oh, hermanos míos! el paraíso terrenal nunca se ha “materializado”, pero la “idea” es perfecta, tanto que es utópica. La materia se extingue y desaparece. Así ha pasado con el socialismo cuando ha sido llevado a la práctica: ha caído por todas partes; ha creado estatuas de gigantes que después han aplastado a sus adoradores; ha creado canciones para deleitar los oídos con miel, después llegaron moscas a pegarse y convertirse en costras. El socialismo se desmorona y extraordinariamente se levanta y rehace con nuevos nombres, pero siempre con la misma esencia. Es la idea quien permanece. ¡Ah! no hay belleza comparable. Sigue el tempo de la naturaleza, juega y se esconde, muestra y oculta cual apariencia seductora que en sus formas se sabe cautivante, pero tal natura está enferma, viciada y torcida.

El rasgo principal de un socialista es su pasión por la mentira, el ardid y la estafa ¿acaso no terminan comiéndose los unos a los otros? El líder le habla al corazón del oprimido -es cautivante- no olvidemos que posee algo y mucho de apóstol. El discurso tiene fines subversivos, esto es parte del encanto: la venganza, la dulce venganza del eterno perdedor que encuentra cobijo en el calor de la plaza pública.

La metafísica socialista se encuentra en lo patético, pues lo patético es aquello que permite que las doctrinas igualitarias permanezcan: subrayar el dolor, resaltar la arbitrariedad, encender la caldera del rencor y el resentimiento para generar la sed de venganza, venganza, venganza. Este lado emotivo tiene más simpatía que el racional, pues da un aire de imploración a la revuelta y a la idealización revolucionaria.

El manifiesto es un panfleto semejante al libro catequista: palabra divina que autoriza a los humildes reclamar la igualdad como regla y fundamento. Es esta la fórmula sentimental de todo marxista, comer y predicar el patetismo. Es así como el socialismo se constituye como religión, una que pretende bajar el cielo a la tierra para construir el paraíso, sin embargo, al intentarlo no sólo mató al cielo sino que en la tierra impuso el infierno.

La tarea es desnudar al socialismo, no importa que el rojo sacerdote aparezca para recubrirle. El método es la burla, pues el socialista es un corazón apasionado que no entiende de razones, mientras que la risa y la ironía son los elementos que aniquilan la seriedad de un enamorado. Así se mata el corazón de un socialista, haciéndole reír, ridiculizando aquella solemnidad de cristo rojo que le constituye. Ríete de Lenin, el gran patriarca, hoy una momia millonaria; ríete del troglodita de Stalin refrigerando soviéticos en los gulags; ríete de los Castro, los empresarios socialistas más exitosos de la historia; ríete de los Chávez, los Maduro, los Ortega, los Morales, los Kirchner, los Lula,  los Obrador, todos ellos simples aprendices que apenas saben hablar; ríete del pueblo, de cercanos y no tan cercanos, de aquellos que fueron amigos, pero sobre todo de ti mismo, pequeño socialista sardónico.

*Eduardo Ruiz Cuevas es profesor de literatura y filosofía. Además dirige una editorial en ciernes “La Sombra de Prometeo”.

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