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2018

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Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]a economía mexicana se había mantenido relativamente inmune a la posibilidad de que Andrés Manuel López Obrador triunfe en las próximas elecciones presidenciales. Hasta estos días, en los que esa inmunidad parece haber caducado. Los economistas discuten si la reciente volatilidad en el tipo de cambio se debe a que los mercados comienzan, ahora sí, a procesar el peligro que López Obrador representa. Para algunos, los movimientos cambiarios tienen más que ver con otras causas: Siria, Corea, la revisión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el aumento de tasas de referencia en EEUU, etc. Aunque lo cierto es que suceden tras un duro desacuerdo entre el candidato presidencial y los empresarios, especialmente con Carlos Slim a propósito del nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, lo que da solidez a la idea de que son una reacción a su prominente posición en las encuestas.



Desde la resignada idea de dar el beneficio de la duda a un posible gobierno de López Obrador, se ha pasado dramáticamente en unos días hasta una creciente alarma por sus propuestas, sobre todo entre empresarios y analistas financieros. Así, comienzan a circular escenarios de un fuerte deterioro en los principales indicadoreseconómicos tras un posible triunfo de López Obrador: aumento de inflación, altas tasas de interés, salida de inversiones, y se habla, incluso, de que el precio del dólar podría llegar a los 25 pesos por dólar, desde los 19 en la actualidad, lo que sería una verdadera hecatombe para la economía y para todos los mexicanos.

La creciente autoconfianza en su probable triunfo ha estimulado de más la lengua de López Obrador y de sus aliados (sin contar a su enorme ejército de bots y troles con que ataca a sus críticos, y en el que el racismo, el clasismo, la misoginia y la descalificación son casi su monopolio), llevándoles a prometer, envalentonados, desde una confusa amnistía a delincuentes, hasta la expropiación de todas aquellas empresas que no se plieguen a los designios del nuevo gobierno, pasando por una autosuficiencia alimentaria, mediante el control de precios, en detrimento del floreciente sector exportador agropecuario, o la reiterada amenaza de echar atrás todas las reformas estructurales en economía y educación. Cualquiera de estas propuestas, por sí sola, cimbraría esta u otra economía. En conjunto, son un programa económico que ha resultado una gran catástrofe donde quiera que se ha aplicado.

La hemorragia discursiva de López Obrador en esta campaña, y los efectos que ya se dejan ver en la economía real de todos los mexicanos, reflejan bien uno de los problemas esenciales de nuestras democracias: los políticos promueven ideas y toman decisiones que afectan a todos pero jamás asumen un costo personal cuando éstas salen mal. Cuando eso sucede, saltan al siguiente puesto, a promover otras ideas y tomar más decisiones… sin ningún tipo de consecuencia directa para ellos.

Pensemos solo en todo el daño irreparable que López Obrador ya ha causado a la economía mexicana y al bienestar de todos los mexicanos

Así vistas las cosas, para avanzar en democracias más eficientes y sociedades más justas, deberíamos exigir que aquellos que toman decisiones de gobierno y que impulsan políticas públicas se vean de algún modo afectados por las consecuencias de lo que hacen y promueven, pues siempre es fácil ser generoso, creativo y arriesgado cuando los demás pagan la cuenta.

La diferencia, esencial, ahora, es que López Obrador y sus aliados están pidiendo el voto. Lo necesitan con premura y desesperación, para tener algún chance de concretar sus proyectos y continuar sus carreras. De algún modo, negarles ese voto sería el único mecanismo de rendición de cuentas a nuestra alcance. Y antes de que las consecuencias sean peores: Peores para nosotros, claro, pero sin ningún costo para él ni sus aliados durante los siguientes años.

Negarles ese voto no debiera ser difícil. Pensemos solo en todo el daño irreparable que López Obrador ya ha causado a la economía mexicana y al bienestar de todos los mexicanos: Los bloqueos petroleros de 1995, la incontrolada corrupción durante su gobierno en Ciudad de México entre 2000-2005, la crisis política y el cierre del Paseo de la Reforma en 2006, los sindicatos casi delincuenciales que ha tutelado y que hoy se parapetan tras su candidatura, sus periódicos escándalos de corrupción (finalmente todos impunes), su permanente discurso de odio que ha dividido en bandos al parecer ya irreconciliables a la sociedad mexicana… Todos estos daños debieran ser una luz preventiva para sus actuales seguidores: Sus necesidades y proyectos realmente no le importan a López Obrador ni los comparte, le son ajenos, meramente instrumentales; de importarle, habría actuado de otra manera, sin cometer el mismo agravio una y otra vez. Lo único que le ha interesado, siempre, ha sido el poder y a él ha sacrificado el bienestar y los sueños de todos.

Es probable que la enorme ventaja de López Obrador apenas haya comenzado a erosionarse

Ha transcurrido solo una tercera parte del período asignado oficialmente a las campañas electorales. En este lapso, es probable que la enorme ventaja de López Obrador apenas haya comenzado a erosionarse, por su pésimo desempeño en el primer debate presidencial y por la inquietud económica que innecesariamente está causando, como veremos en las próximas encuestas. En los dos meses que restan, serán cada vez más visibles los altos costos de su posible triunfo. Y probablemente, una volatilidad económica más y más acentuada conforme se acerque el 1ero. de julio, lo que será un poderoso disuasor para muchos electores hasta hoy decididos a votar por él. Esperemos que el resto necesario para evitar su triunfo lo haga el propio elector, mediante una evaluación realista de los perjuicios reales que ha sufrido a manos de López Obrador en su ya larga carrera política.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra


Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]R[/dropcap]icardo Anaya, José Antonio Meade, Margarita Zavala, y Jaime Rodríguez “El Bronco” están entrelazados por declaraciones, revanchas, rencores e intereses en conflicto. Han pasado más de un año en una amarga lucha por fagocitar los simpatizantes de los otros y en el camino han provocado heridas y repartido golpes bajos. Y no les ha servido de nada.

La encuesta publicada ayer por Reforma debe ser la llamada de atención definitiva para los candidatos y sus equipos de campaña, y sus conclusiones deben igualmente resultar tan claras como preocupantes: El grosero linchamiento mediático e institucional del gobierno federal en contra de Ricardo Anaya no le dio un solo voto a Meade, sino que transfirió el ímpetu de Anaya hacia Obrador. Los pataleos de Margarita Zavala y su campaña a medio vapor no han convencido a nadie más allá de su círculo de incondicionales y la supuesta fuerza del zavalismo (que en su cuartel de campaña calculaban en un 16% el año pasado) en la realidad no ha pasado ni pasará del 5%. Lo mismo El Bronco, atorado en 3%.



En pocas palabras, Reforma muestra a Obrador con una ventaja de 2 a 1 sobre sus rivales. Al 15 de abril, AMLO tiene 48% de las preferencias efectivas, contra un 26% de Ricardo Anaya (que ha perdido 6 puntos en un par de meses), un 18% de Meade (es decir, el voto duro del PRI, del que no pasa) y un 8% de Zavala y El Bronco. Y no es sólo esta encuesta, en términos generales llevan por lo menos 1 mes mostrando un ascenso de Andrés Manuel acompañada de la caída o al menos el estancamiento de los otros.

Más aún, muestran un dominio prácticamente absoluto de Obrador en el sur del país y un crecimiento sostenido en el norte, una zona del país en la que AMLO no había tenido éxito en 2006.

A nivel regional, la encuesta de Reforma presenta una ventaja gigantesca de Andrés Manuel en tres de las cinco circunscripciones del país: De dos a uno en la primera circunscripción (desde Jalisco hasta Baja California norte y Sonora); y de más de tres a uno, tanto en la tercera circunscripción (de Veracruz a Yucatán), como en la cuarta (de la Ciudad de México a Puebla).

Por su parte, Anaya y Obrador pelean con uñas y dientes la segunda circunscripción (de Guanajuato a Nuevo León, con 28% de Anaya, contra 27% de AMLO) y la quinta circunscripción (de Colima al Estado de México, con 30% de AMLO contra 28% de Anaya).

¿Qué significa todo esto?

  • En primera, que es hora de enfrentar la realidad. Sigo viendo a muchos simpatizantes de Anaya, Meade y demás, que siguen aferrados a que “Obrador pierde siempre”, a que “así estaban las encuestas en 2006” o a que “Hillary le llevaba ventaja a Trump”. Sin embargo, ni Obrador pierde siempre, (pregúntenle a la ciudad de México en 2000), ni las condiciones de hoy son como las del 2006 y tampoco aplica el ejemplo Hillary, pues ella efectivamente ganó el voto popular con casi 2 millones de sufragios de ventaja (la diferencia es que en Estados Unidos el presidente es electo través del colegio electoral, y no por voto popular). Es decir: no esperemos que el destino nos salve.
  • En segunda, que lo que hemos visto en las campañas de los candidatos presidenciales (todos) se ha quedado muy corto y necesitarán mejorar muchísimo su mensaje para ser realmente competitivos con Andrés Manuel.

En particular, siguen sin dejar claro cuál es su proyecto de nación. ¿Cómo se ve México en 2024 con Anaya, Meade, Zavala o El Bronco como presidentes? Y ¿Por qué ese México es preferible al México con obrador? Estas son las dos grandes preguntas que necesitan responder, pero que ni siquiera están planteando.

  • En tercera, que pegarse entre ellos es una estupidez. Peña utilizó a la PGR como ariete contra Anaya con la esperanza de que los votos que perdiera Ricardo se movieran hacia Meade, pero todas las encuestas razonablemente serias muestran que esa estrategia fracasó por completo.

La gente que se espantó con las acusaciones viró hacia Andrés Manuel y lo mismo va a suceder con cualquier otro ataque entre los candidatos. El único beneficiario de las patadas entre ellos será López Obrador, porque cada nueva denuncia de corrupción respalda ante los ojos de la sociedad su argumento en contra de la “clase política”. 



  • En cuarta, que razonar con los obradoristas es imposible, como ha quedado abundantemente claro ante los evidentes tropiezos lógicos de Obrador en el tema el aeropuerto, los solovinos (y conste que quien les puso así fue él) se lanzaron a una rutina de malabarismos semánticos dignos del Cirque du Soleil, todo con tal de no aceptar ni siquiera el más pequeño de los errores por parte de su líder.

El hecho es que están demasiado enojados con el sistema como para aceptar cualquier razonamiento que vaya en contra de su coraje. A estas alturas “pejezombies” ha dejado de ser un insulto para convertirse en mera descripción de las auténticas marabunta que recorren las redes y el mundo real respondiendo a todo problema o argumento con el gruñido de “AMLO 2018”.

  • En quinta y última, que ni Anaya, ni Meade y mucho menos Zavala o El Bronco pueden ganar solos. Observando tanto las cifras actuales de las encuestas como las tendencias que hemos confirmado una y otra vez a lo largo del año, incluso aliados será difícil derrotar a Andrés Manuel. Hacerlo solos sería directamente imposible, y más nos vale que los equipos de campaña y los propios candidatos entiendan esta realidad lo más pronto posible.

Si queremos evitar el triunfo de Obrador y el monumental retroceso populista y demagógico que éste traería consigo, más nos vale que a los candidatos y sus aduladores les caiga el 20 de que sus egos y sus pleitos nos valen un cacahuate, y un cacahuate será más que lo que valgan sus institutos políticos si AMLO logra hacerse con el control del país. Si la evaporación del PAN y el PRI en la ciudad de México después del año 2000 fue dramática, no tienen idea de lo que les espera en todo México una vez que Andrés Manuel empiece a repartir presupuestos, subsidios y canonjías.

¿Cuál es la esperanza?

  1. Que los partidos entiendan esto a tiempo. Que lleguen al debate del domingo con el acuerdo de enfocar todas sus baterías en exhibir las incoherencias, las tropelías, los actos de corrupción y los peligros de la trayectoria y las propuestas de López Obrador.
  1. Que salgan a partir del lunes 23 en unidad, si no oficial al menos en la práctica, respaldando al candidato que verdaderamente pueda competir con Andrés Manuel, perfil que en estos momentos parece ser el de Ricardo Anaya.

En pocas palabras: ¡Únanse, carajo!

Que, si no, seguro se los lleva la trampa.

Por cierto…

Hace 20 años en Venezuela el candidato que lanzó el régimen contra Hugo Chávez fue Henrique Salas Römer, un economista egresado de Yale, igual que José Antonio Meade.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

 

 

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]M[/dropcap]éxico está peor que nunca, sumido en la crisis más grave de su historia, ahogado en un mar de violencia nunca antes visto, con un porcentaje de pobreza que se eleva incesantemente y sumerge a las ciudades en escenas de marginación que antes hubieran sido impensables. Así lo dicen con mal disimulada alegría “expertos”, políticos, quejumbrosos profesionales y amateurs. Pero no es cierto.

De hecho, la verdad es justo la opuesta. Basta una cucharada de sentido común y una mirada a la historia para comprobar que en todo caso sería más cierto afirmar que, por el contrario, México está mejor que nunca.



Sin embargo, la sociedad mexicana es particularmente pesimista respecto a su situación actual, al grado de que un estudio publicado en diciembre del año pasado por el Pew Research Center arrojó que un 68% de los mexicanos cree que se vivía mejor en 1967 y sólo un 13% afirma que la vida es mejor en la actualidad, y esa percepción trágica se refrenda constantemente en redes sociales, debates políticos y diálogos familiares.

La pregunta es ¿por qué?

En parte se debe al funcionamiento de nuestro cerebro: los seres humanos estamos diseñados para enfocarnos en las memorias más felices de nuestro pasado, y además la certeza de saber lo que sucedió ayer es comparativamente más cómoda que el estrés provocado por la incertidumbre actual. Sin embargo, eso solo explica la mitad de la historia.

Detrás de la otra mitad del pesimismo desbordado se encuentra una estrategia de manipulación política, con el objetivo claramente definido de convencer a las personas de que rechacen las transformaciones institucionales impulsadas a lo largo las últimas décadas y respalden nuevamente a los grupos de poder y los paradigmas del viejo PRI, ahora disfrazado de izquierda.

Sólo así se explica la flagrante deshonestidad intelectual, por ejemplo, del estudio publicado hace unas semanas por la UNAM afirmando que en 1987 bastaban menos de cinco horas de trabajo para adquirir la canasta básica, y que en cambio hoy se necesitan más de 24 horas. Cualquier persona que tenga más de 35 años recordará que México en 1987 no era una utopía de desarrollo en la que un trabajador con salario mínimo comiera a llenar y además adquiriera toda la canasta básica trabajando medio tiempo.

El mensaje que transmite (con toda mala fe) ese panfleto del Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM es que los trabajadores están hoy proporcionalmente seis veces peor de lo que estaban en 1987, justo en el momento culminante de la larga crisis económica la década de los ochentas. Simplemente falso.

Más o menos la misma tonada cantan los coros que denuncian que ha aumentado la pobreza en México, comparando para ello las espurias cifras del gobierno mexicano en la época dictatorial del PRI, con las mediciones actuales del Coneval (producto de un análisis mucho más estricto y que contemplan la pobreza como un fenómeno multidimensional, mucho más allá de la sola falta de alimentos). Para decirlo claro, si hubiéramos analizado la realidad de México en 1967 usando las herramientas actuales, la pobreza hubiera sido mucho mayor a la actual.

Entonces, ¿cómo afirmar que de hecho la situación está mejor ahora que nunca en la historia?

Fácil, recurriendo a los datos que se refieren directamente a aquellos elementos que tradicionalmente consideramos como reflejo del progreso económico: por ejemplo: disponer de un vehículo, tener acceso servicios de salud, a servicios públicos como drenaje, agua potable y luz eléctrica, consumir productos considerados para clase media o media alta, y tener acceso al sistema bancario. En todos estos ámbitos es claro el avance.

  • Empezamos con los coches. De acuerdo con datos del Inegi, el parque vehicular pasó de 5.7 millones en 1980 a 42.9 millones en 2016. Es decir, que actualmente hay 800% más vehículos. Millones de familias que antes dependían sólo de la bicicleta o del camión hoy tienen un coche propio, lo que de hecho ha provocado nuevos desafíos en materia de infraestructura vial.
  • En materia de salud de los avances son incluso mayores. En 1967, cuando según la percepción de las encuestas “vivíamos mejor que ahora” la tasa de mortalidad infantil en bebés era de un 8.4%, hoy es de apenas el 1.2%; la esperanza de vida pasó de 60 años en 1967 a más de 76 años en 2016; el porcentaje de niños con bajo peso se redujo de un 13.9% en 1990 a prácticamente nada en 2016; todo ello de acuerdo al Banco Mundial.

A esto hay que añadir (más allá del debate sobre si la salud debería o no estar en manos del gobierno) la cobertura del Seguro Popular, con más de 53 millones de afiliados, que antes no podían cotizar en el IMSS o en el ISSSTE, y por supuesto el maravilloso sistema de consultorios gratuitos (o casi gratuitos) anexos a miles de farmacias privadas en todo el país, así como el acceso a medicamentos genéricos, que han permitido reducir enormemente el costo del tratamiento privado de enfermedades.

  • Por lo que se refiere a los servicios públicos, la cobertura de energía eléctrica pasó de un 94% en 1990 a más de un 99% en 2014, la de agua potable se elevó de un 78% en 1990 a 94.4% en 2015 y la de alcantarillado brincó de un 61.5% en 1990 a un 91.4% en 2015.
  • En cuando a ingresos, el porcentaje de personas que viven con menos de dos dólares al día se redujo de 9% a 3% entre 1990 y 2016; en ese mismo periodo el porcentaje de ingresos obtenido por el 20% más pobre de la población aumentó en una quinta parte, de 4% a 5.1%.

A estas cifras hay que sumarle la evidencia ante nuestros ojos: Los centros comerciales se han multiplicado no sólo en la capital, sino en ciudades grandes y medianas. tan sólo la ANTAD tiene registro de 5,410 tiendas de autoservicio, 2,307 departamentales y 43,992 especializadas, con más de 27 millones de metros cuadrados de piso de venta.

A tiros y jalones, pero la economía ha crecido en forma constante desde 1996 y ciudades que antes tenían sólo un pequeño mercado hoy tienen varios centros comerciales de gran tamaño que ofrecen marcas internacionales y que están repletos incluso cuando no es día de quincena. Evidentemente millones de personas que hace 50 o 30 años no habrían podido comprar ahí, ahora sí están consumiendo. 

  • Cerramos con el acceso a los servicios bancarios. Durante muchos años este ha sido uno de los puntos pendientes de la modernización económica de México. Sin embargo, hay elementos para señalar que la situación está mejorando: De acuerdo con la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2015, ese año un 68% de los adultos contaban al menos con un producto financiero, un marcado incremento respecto al 56% del 2012.

Pero entonces, ¿esto implica decir que la situación es maravillosa?

Quienes manipulan la percepción para hacernos creer que todo está “peor que nunca” tratan también de encerrarnos en un callejón sin salida, alegando que si rechazamos su visión catastrofista negamos que sigan existiendo problemas. Es lo que se conoce como falacia del falso dilema, en la que se plantean sólo dos opciones posibles, sin considerar la alternativa.

La alternativa es entender que:

aunque siguen existiendo problemas, la situación ha mejorado en términos generales.

¿Que existe pobreza? Por supuesto que sí, pero era mucho peor en 1980 o 1967, cuando millones de personas no sólo enfrentaban la falta de recursos económicos, sino también de agua potable, de luz eléctrica, de servicios médicos básicos y de acceso a oportunidades elementales de educación y de empleo.

Efectivamente siguen existiendo partes del país, particularmente en zonas serranas, donde los niveles de pobreza son lacerantes, pero no debemos cometer el error de tomar el caso extremo como si fuera la regla, tampoco debemos pecar de ingenuos al comprar el discurso catastrofista sin dedicarle un poco de atención a entender su objetivo.



Además, si en serio queremos facilitar condiciones que permitan seguir avanzando en beneficio de los más pobres, es indispensable hacerlo partiendo de bases firmes, basadas en datos que tengan el respaldo de la experiencia práctica, y de principios políticos claros: libertad de acción y asociación, respaldo voluntario y subsidiario, preferentemente desde la propia sociedad. Especialmente es necesario perseverar en la eliminación de las cadenas caciquiles y corporativistas, que durante décadas han mantenido a millones de familias bajo el oprobio de la marginación.

¿Qué quieren los que nos dicen que todo está peor que nunca?

Quienes nos dicen que todo tiempo pasado fue mejor pretenden justamente convencernos de regresar a ese, su pasado: al México de la economía controlada centralmente por el Estado, es decir por las burocracias y los grupos de poder que hoy se quejan amargamente de haber perdido sus privilegios: sindicatos, mafias del viejo PRI, académicos que anhelan empresas paraestatales donde meter mano, etc.

Ellos sí están “peor que nunca.”

 

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]R[/dropcap]ecuerdo vívidamente un seminario que organicé, en Brasil, hace poco más de diez años, sobre la situación política en América Latina. Entre ponentes y auditorio, tocando el tema electoral, todo era caras largas, pesimismo, un inconsolable ambiente de derrota permanente. En ese entonces, el avance de la izquierda parecía irresistible, sobre todo bajo el patronazgo del Socialismo del Siglo XXI.


Hoy, en contraste, ¿qué queda del proyecto político de la izquierda en América Latina? Sólo muertos bajo su represión, acusaciones y sumarios judiciales, sueños difícilmente reciclables y retazos marginales de poder. Así, hoy la izquierda solo gana mediante el fraude, la represión, el clientelismo y el uso faccioso del presupuesto público, como dejan ver las situaciones de Venezuela, Nicaragua o Bolivia.

Durante sus años en el poder, la izquierda exhibió una sórdida tolerancia frente a la intolerancia, la corrupción y la incapacidad de sus propios correligionarios en el poder. Y donde les dejaron votar libremente, los electores terminaron cobrándosela. Por eso conviene echar un vistazo sobre cómo la izquierda, antes sólida y aparentemente imperecedera, se va desvaneciendo en el aire, como lección que quizá sirva a otras expresiones políticas.

Tras su victoria en diciembre pasado en segunda ronda, Sebastián Piñera tomó posesión hace unos días, el 11 de marzo, desalojando a los socialistas de La Moneda. Su objetivo, ha dicho, será “derrotar el subdesarrollo y la pobreza” y para ello, empezará por realizar una reforma fiscal para bajar impuestos y contener el deficit público. Si el nuevo presidente logra así su cometido de convertir a Chile en un país de primer mundo, para lo que requiere no repetir la tibieza y los bandazos que se le reprochan en su primer mandato (2010-2014), bien puede cumplirse el augurio hecho por Carlos Alberto Montaner: Piñera y Chile podrían probar de una vez y para siempre, que el mercado, la democracia liberal y la educación son el camino al desarrollo, nunca el populismo empobrecedor.

En El Salvador, las elecciones municipales y legislativas del pasado 3 de marzo significaron una no prevista derrota para la izquierda que hoy ocupa el Ejecutivo (perdió el control del Congreso y queda con la más baja representación parlamentaria de toda su historia), lo que aleja su posibilidad de ganar la Presidencia por tercera vez consecutiva en los comicios presidenciales del próximo año. La incapacidad y descrédito del presidente Sánchez Cerén y de su gobierno, su gradual e impopular acercamiento con el chavismo, el creciente problema de inseguridad pública y también el desgaste tras nueve años en el poder, han terminado por escribir el epitafio de la izquierda salvadoreña.

La de Costa Rica es una cultura sui generis: alejada de los extremos que han destrozado tantos países de la región, ese alejamiento se refleja en su balotaje del próximo 1 de abril, entre un par de candidatos que despiertan poco entusiasmo, aunque sí algunas interrogantes: el conservador Fabricio Alvarado Muñoz, y el socialdemócrata Carlos Alvarado Quesada (del partido en el poder). Por ahora, el tradicional bipartidismo tico quedó destrozado por completo y realmente no se avisora un izquierdismo radical e irresponsable en el poder, aunque el activismo religioso de Fabricio Alvarado puede tratar de llevar al país al otro polo, en caso de ganar, lo que las encuestas por ahora permiten avizorar.

En Colombia ocho candidatos presidenciales se disputan la primera vuelta electoral del 27 de mayo venidero. Al respecto, cada vez se hace más y más factible la posibilidad de que los candidatos que pasen a la probable segunda vuelta electoral sean Iván Duque (centro derecha) por un lado, y Gustavo Petro (izquierda) por el otro, con ligera ventaja para el primero, por ahora, aunque nunca antes la izquierda colombiana había llegado a sus actuales niveles de preferencia electoral. En los días venideros los candidatos negociarán posiciones, incluidos los nombres de sus compañeros a la Vicepresidencia, y es probable que tras dichas negociaciones, no lleguen al 27 de mayo los actuales ocho candidatos, sino menos.

De cualquier manera, es de notar que hasta hace unas semanas Gustavo Petro parecía un muy creíble vencedor, habiendo rebasado al entonces favorito por más de seis puntos. Hoy la situación no le pinta tan fácil, habiendo sido, a su vez, rebasado ya por Duque, descendiendo semana tras semana en prácticamente todas las encuestas y estando bajo los reflectores de una inquisitiva prensa que por ahora no ha logrado enfrentar con solvencia. El fantasma de un chavismo colombiano en el poder no se ha conjurado, pero ya no es una posibilidad tan inescapable como hace un par de meses.

En México, hoy por hoy, el candidato de la izquierda más retrógrada y proto chavista, Andrés Manuel López Obrador, encabeza todas las encuestas, igual que durante las elecciones presidenciales de hace seis años, y las de hace doce, que terminó perdiendo. Pero los casi 100 días de campaña ni siquiera inician y bien podría pasarle lo mismo que a Petro, con una amplia ventaja que irá desmoronándose día tras día durante la campaña, como ya le sucedió en 2006 y 2012. No es un escenario improbable.

López Obrador ciertamente puede llegar a la Presidencia, sobre todo si el presidente Peña Nieto por miedo de terminar en la cárcel, sigue persiguiendo a Ricardo Anaya, el único candidato con ciertas posibilidades de enfrentar a López Obrador (¡Paradójico destino de la izquierda mexicana de terminar aliada con el PRI! Un destino, digamos, muy echeverrista). Pero sería un fenómeno sumamente raro y a contracorriente de lo que viene sucediendo en América Latina, desde la elección de Mauricio Macri en Argentina en 2015. De llegar a Los Pinos, López Obrador será un mandatario débil en lo interno (sin mayoría en el Congreso y en un país dividido y distanciado) y aislado en el ámbito externo, sólo cómodo con mandatarios como Raúl Castro o Nicolás Maduro, aunque sin el poder de ellos: Una larga parálisis en el Congreso y en una ríspida relación con los gobiernos estatales seguramente terminaría minando lenta pero inexorablemente su Presidencia, sin capacidad de llevar adelante ninguno de sus proyectos.



Seguramente, en el futuro, la izquierda regresará al poder en América Latina, en uno o varios países donde dejó el poder y/o en aquellos donde, con suerte, seguirá dejándolo pronto. Porque en la democracia no hay derrotas (ni victorias) de una vez y para siempre. Porque las sociedades no aprenden ni tienen memoria. Porque siempre se busca “lo nuevo”. Y porque muchos políticos de la “derecha” que hoy gobiernan no son mejores que aquellos a quienes sustituyeron: su corrupción y mala gestión saldrá a la luz, tarde o temprano. Ojalá que para entonces se hayan construido marcos institucionales sólidos y transparentes, que resistan a los nuevos caudillos indispensables y a las voraces pandillas, como tuvimos en América Latina en los poco más de diez años pasados.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

[dropcap type=”default”]D[/dropcap]esde 1964 y durante más de 50 años, las autonombradas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) sembraron el terror y la violencia a lo largo de Colombia, en una de las guerras civiles más crueles e inútiles del continente.

Sus líderes se disfrazaron de defensores del pueblo para imponer una grotesca tiranía sobre los territorios que controlaban y mantener a sangre y fuego un millonario flujo de ganancias provenientes de la extorsión, el secuestro y el crimen organizado.



Durante décadas también los crímenes de las FARC fueron “justificados” o escondidos por buena parte de la dizque intelectualidad de izquierdas alegando que la guerrilla se mantenía en la lucha porque tenía el respaldo del pueblo.

Bueno, pues eso es completamente falso.

Ayer, las FARC participaron por primera vez en unas elecciones, ahora convertidas en Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, y no los apoyó prácticamente nadie.

Las FARC, que presumían miles de guerrilleros y de supuestos apoyos sociales obtuvieron apenas el 0.2% de los apoyos, que equivalen a 32,636 votos en las elecciones para la Cámara de Representantes.

Es decir, apenas 1 de cada 500 personas respalda el proyecto comunista de las FARC, que llenó de tumbas durante 50 años el campo y las ciudades de Colombia.

Más aun, considerando que desmovilizaron aproximadamente 7,000 pistoleros tras los acuerdos de paz, eso significa que, ya sin la amenaza de las balas “revolucionarias” ni siquiera las familias directas de esos guerrilleros apoyaron con su voto a las FARC.

Una vez más queda muy claro: La capacidad de la izquierda radical para asesinar, para extorsionar y para hacer ruido mediático es mucho mayor que su respaldo real entre la gente a la que dicen defender mientras someten bajo un puño de hierro, de sangre y de muerte.

Así de Claro.

Por: Luis Pazos*

[dropcap type=”default”]P[/dropcap]ara tener la posibilidad de ganar las elecciones, EPN escogió para el PRI un candidato a Presidente que no lo vieran como un priista más, pues a todos los potenciales candidatos priistas los relacionaban con la corrupción rampante de los miembros de ese partido. Por ello seleccionó a un no priista, quien colaboró como Secretario de Hacienda en el gobierno del PAN. Bien visto por muchos empresarios y con fama de honesto.



A pesar de tener José Antonio Meade cualidades positivas, la carga negativa del PRI, el partido que representa, pesó más en la precampaña que sus cualidades. De 17% de preferencias al iniciar la precampaña, la terminó en 14%, cayó 3 puntos, y quedó en un lejano tercer lugar; mientras sus principales competidores subieron: AMLO de 31 a 33%, 2 puntos, y Anaya de 19 a 25%, 6% puntos. (Encuesta de Reforma).

Medios internacionales, como The Economist, señalaron que la lucha por la Presidencia será entre AMLO y Anaya, sin darle posibilidades al candidato del PRI, José Antonio Meade, quien a pesar de su fama de honesto no pudo inflar al PRI.

La estrategia de poner un candidato no priista, y con buenos antecedentes, no le funcionó al PRI para entrar a la campaña en un segundo lugar, y a la hora de las elecciones captar el voto útil de varios panistas y el del miedo a AMLO de la mayoría de los indecisos, que en principio decidirán la elección.

El estigma del PRI es la corrupción. Para emparejar al PRI con el PAN en ese rublo, denunció que Anaya también es un corrupto como los priistas, y que la ventaja del PRI, aunque parezca increíble, es tener un candidato no priista, no corrupto, a diferencia de sus “gobers” y políticos priistas.



La estrategia del PRI es mandar al candidato del PAN al tercer lugar y subirse, utilizando todos los medios, legales e ilegales, al ring con AMLO, y buscar el triunfo con el voto del miedo a AMLO. Ese es el tortuoso plan de los priistas, que a cualquier costo quieren recetarle a los mexicanos, a quienes buscan convencer mediante un multimillonario presupuesto de comunicación social a su servicio, que son la mejor opción, a pesar de que está claro que EPN generó un retroceso en el campo económico, aumentó la inseguridad y la corrupción.

*Luis Pazos es economista, autor de decenas de libros y director del Centro de Investigaciones Sobre la Libre Empresa, A.C

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]l candidato a la Presidencia por la coalición “Juntos Haremos Historia”, Andrés Manuel López Obrador, ha cruzado una línea muy preocupante dentro de ese deporte nacional de proponer estupideces, que tanto le gusta practicar a los candidatos al calor de las campañas…digo, de las intercampañas, en las que se supone que no hacen campaña, pero sí hacen, sólo que procuran que no se note, más o menos.

¿Qué hizo ahora Obrador?




El martes, al registrarse como candidato del PES, partido ligado tanto a grupos evangélicos como a Osorio Chong, Andrés Manuel prometió que, al triunfar en las elecciones presidenciales, procederá a convocar la formación de una asamblea constituyente, la cual se encargará de elaborar una “Constitución moral“. Esta constitución tiene el objetivo de convertirse en un “código del bien”, con el objetivo de “establecer las bases para una convivencia futura sustentada en el amor y en el hacer el bien para alcanzar la verdadera felicidad.”

¿Por qué es tan preocupante?

Como explica Jordan B. Peterson (en su libro Maps of Meaning), cualquiera que pretenda transformar el mundo haciendo cambiar a los demás debe ser visto con sospecha, y eso es justamente lo que implican iniciativas como las de la Constitución moral, que además hace eco de una añeja tendencia que ha demostrado múltiples López Obrador: el hacer que las personas se porten bien por decreto, como lo ha mencionado una y otra vez al señalar que con él en la presidencia los corruptos y los narcotraficantes dejarán de hacer maldades.

¿AMLO es como Chávez?

Cualquier parecido con el Viceministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo del régimen venezolano no es mera coincidencia. De hecho, conforme el chavismo se consolidó en el poder, recurrió cada vez más a argumentos “morales”, llegando hace un par de años al grado de proclamar oficialmente y en eventos multitudinarios el Chávez nuestro que estás en los cielos:

“Chávez nuestro que estás en el cielo, en la tierra, en el mar y en nosotros, los y las delegadas, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu legado para llevarlo a los pueblos de aquí y de allá, danos hoy tu luz para que nos guíe cada día, no nos dejes caer en la tentación del capitalismo, mas líbranos de la maldad de la oligarquía, del delito del contrabando porque de nosotros y nosotras es la patria, la paz y la vida. Por los siglos de los siglos, amén. Viva Chávez”.

Y no es sólo una similitud con el chavismo por ser ambos de izquierda, esa tentación también está presente en políticos de centro y de derecha. En realidad, la verdadera división no se encuentra entre izquierda y derecha, sino entre autoritarismo y libertad, y como explicaba hace año y medio en otro artículo, la gran peligrosidad de López Obrador y de los políticos de calaña semejante estriba en:

“…la actitud de considerar a las relaciones entre la humanidad y el legislador como si fueran semejantes a las que existen entre el barro y el artesano, como también lo denuncia Bastiat. Es la llamada “ingeniería social”, que asume a las personas como entes cuya voluntad y felicidad están sujetas al genio del gobernante, un “papá gobierno” con la atribución de decidir por los ciudadanos lo que éstos pueden o no desear, comer, fumar y, en términos generales, hacer con sus vidas.”



Se trata de ese delirio de grandeza que tienta particularmente a quienes se sienten elevados por encima de los simples mortales y se asumen con el derecho de resolver injusticias reales, imaginarias, pasadas y futuras. Cuando nadie los sigue, acaban considerados como locos, pero cuando sí tienen seguidores enloquecen a naciones enteras.

Por eso:

No le busquen, no le justifiquen, no le den vueltas, AMLO es uno de esos peligrosos iluminados. Es uno más de aquellos que a lo largo de la historia han pretendido imponer por medio del Estado una moral y felicidad construida a su gusto, convirtiendo a los opositores no sólo en adversarios, sino en herejes y a la lucha política en masacre en nombre del “bien.”

En pocas palabras, si Obrador convierte al Estado en guardián de la moral, cualquier oposición al gobierno deja de ser una discrepancia política y se transforma en una blasfemia.

Como explicó hace décadas C.S. Lewis, aquellos que nos atormentan “por nuestro propio bien,” nos atormentarán sin fin, pues lo hacen con la aprobación de su propia conciencia, y hacia eso apunta Andrés Manuel con su Constitución Moral, a convertirse en un tiranzuelo de buena conciencia, y esos son los peores.

Si en Venezuela rezan el “Chávez nuestro que estás en los cielos”, en México tendremos el evangelio según Pejehová. Los que no se sometan a la “buena nueva” serán torturados en la hoguera de la represión y todos los demás compartirán con ellos el bautizo del hambre, pues no vivirán de pan, sino de la demagogia que salga de la boca de AMLO, y tendrán hasta quedar hartos.

Y no hablo en primera persona, porque yo no me quedo a aguantar ese desgarriate.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.