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2019

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Por: Víctor H. Becerra*

Los latinoamericanos terminamos amando al político (o a la política, que las mujeres también tienen lo suyo) que nos roba, nos asalta, nos golpea, abusa de nosotros. Eso se ve claramente en un país como Argentina: Los electores argentinos colocaron, en sus pasada elecciones PASO (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias), en primer lugar, enfilada a la Presidencia, a la dupla integrada por Alberto Fernández y Cristina de Kirchner, tal como si no los conocieran, como si fueran un par de neutros outsiders de la política, ciudadanos inocentes metidos a políticos.

Es claro que en estas primarias (en realidad, un macrosondeo electoral), la gente mostró un gran repudio a la política económica de Mauricio Macri. Pero la misma gente olvidó todos los males del régimen Kirchner: Default, control de pagos, corrupción a manos llenas, el chantaje elevado a la categoría de política de Estado, uso de las instituciones con fines facciosos, agresión a críticos y opositores, extrema polarización social, alineamiento con el chavismo y el llamado socialismo del siglo XXI…

Por eso es que la perspectiva de que el kirchnerismo recupere la Presidencia y regrese a sus comportamientos ya conocidos, causó gran nerviosismo en los mercados, provocando que el peso argentino, perdiera en unos días hasta el 30% de su valor, la Bolsa se hundiera, la inflación se disparara, al igual que el riesgo país, causara un tsunami financiero en otras economías latinoamericanas…

Hoy, entre los argentinos hay mucha gente candorosa que cree que con Alberto Fernández y Cristina Kirchner, capitaneando a un peronismo unificado, las cosas serán diferentes para bien, cuando muy probablemente serán distintas, pero para mal. La dupla obtuvo 47% de los votos; el 27 de octubre, en la primera vuelta presidencial, les bastaría retener un 45% para ser declarados presidente y vicepresidenta electos.

Su discurso es un discurso ganador: Es uno que insiste en “vamos a salir del pozo”, no en “vamos a volver”, y en la reconciliación nacional. Por lo demás, Alberto Fernández cumple bien su papel de parapeto político, que atenúa el repudio contra Cristina de Kirchner y ayuda a unificar al peronismo.

En contraste, se ve difícil, muy cuesta arriba el horizonte para el presidente Macri, que obtuvo solo el 32% de los votos, en una contundente desautorización de su política económica de los pasados cuatro años.

De allí la inmediata renuncia de su ministro de Hacienda y que sus primeras decisiones tras la paliza electoral sean de corte económico, en la mejor tradición populista y de abjuración de la ortodoxia financiera: redujo el IVA en alimentos y el impuesto a la renta, otorgó pagos extras a los funcionarios, aplazó deudas fiscales y congeló el precio de la gasolina. Se entiende, pero no se justifica: Macri debe remontar en las generales del próximo 27 de octubre 15 puntos de desventaja.

En países como Rusia, Venezuela o Hong Kong, muchísimos de sus ciudadanos se juegan hoy la vida, todo los días, para recuperar o defender la democracia. En Argentina, en contraste, casi la mitad del electorado decidió rendirse, sin pelear, frente a sus verdugos. Pocas veces se ha visto tamaña falta de valor cívico, de cobardía política, de renuncia a los valores civilizatorios.

En cuatro años verán el costo de hacerlo: El kirchnerismo y los peronistas nunca decepcionan, siempre son los verdugos, los castigadores sin piedad de sus propios conciudadanos. Bastará solo esperar.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Dr. Adrián Cervantes Dávila*

La llamada Cuarta Transformación viene golpeando más rápido de lo que la mayoría de los críticos de López Obrador esperábamos. Todo parece indicar que el presidente tiene prisa por instaurar un régimen socialista que llevaría a los mexicanos a una crisis económica y social sin precedentes en el país, después de todo, él mismo lo dijo hace unos días: avanzar lo más que se pueda por si vuelve «la mafia del poder». Solo que las políticas con las que pretende avanzar, llevan el rumbo contrario.

Una situación muy particular se vive en el sector salud, sobre el que en las últimas horas ha trascendido se encuentra en crisis.  Notas un tanto alarmistas, de momento, pues si bien dicha crisis no ha llegado, el sector salud mexicano se encarrila directo y veloz hacia ella.

Desde que López asumió en diciembre pasado, se han llevado a cabo recortes presupuestales al sector salud, incluido el cierre del programa Prospera, que se encargaba de la atención médica de las familias con menos recursos. Aunque el Presidente afirme que no ha habido despidos del personal médico y paramédico, al cierre de este programa sí fueron cesados miles de trabajadores que laboraban con contratos semestrales y que a partir del 1 de enero no les fueron renovados. Los derechohabientes antes adscritos a Prospera, hoy abarrotan otras unidades de salud y hospitales, donde el personal disponible no se da abasto para la atención de estos pacientes.

Otro asunto que la 4T no ha sabido dimensionar, es la importancia de los becarios en el funcionamiento más o menos decente de la salud pública mexicana. Hace apenas unas semanas se resolvía el paro de labores convocado por los médicos residentes de algunos de los hospitales públicos más importantes del país, a quienes no se les había cubierto el pago de su beca por varias quincenas. Con este antecedente inmediato, la semana pasada trascendió que a partir de agosto, los médicos, odontólogos, nutricionistas y enfermeras pasantes del servicio social verán disminuida su beca en un 50%. Estos pasantes del servicio social son estudiantes de pregrado en el último año de su respectiva carrera, que tienen que prestar servicio, usualmente en comunidades rurales y marginadas, lejos de su lugar de origen y familia, y que en la mayoría de los casos deben arreglárselas para vivir con esa beca que, en el caso de los médicos, los mejor pagados, es de aproximadamente 3500 pesos mensuales (unos 185 dólares americanos). La pregunta en este caso es si los becarios van a quedarse callados o exigirán, como ya lo hicieron los médicos residentes, que se respeten sus becas.

El mismo López Obrador acepta que existe hoy un desabasto de medicamentos, y en un acto de cinismo, asegura que antes de su administración era peor. Este desabasto ocasionado por un veto a las empresas farmacéuticas que en el sexenio pasado proveían al sector salud de medicamentos, a las que acusa de corrupción, pero como en el caso del huachicol, sin ninguna investigación, demanda penal o detenidos de por medio. Será difícil de momento conocer la verdadera magnitud del desabasto, pues sabemos que AMLO miente descaradamente, lo acepta y se justifica, como lo acaba de hacer al aceptar que la crisis del desabasto de gasolina fue más seria de lo que se dijo en su momento, pero dice, mintió «por estrategia». Al final no conocemos la razón real que propició el desabasto de antirretrovirales y otros medicamentos, pero pareciera que lo único que tiene López en mente es destruir todo lo que dejó el que él llama periodo neoliberal. Algunos medicamentos ya han sido licitados a nuevas compañías, lamentablemente sé de buenas fuentes que algunos de ellos son de más baja calidad que los que solían manejarse.

Quizá la situación más mediática, en medio de esta crisis que se está fraguando, sea la renuncia de Germán Martínez como director del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Antiguo presidente del Partido Acción Nacional (PAN) durante el sexenio de Felipe Calderón, se unió a la campaña presidencial de López Obrador y este a cambio le dio la dirección del IMSS. Ni medio año duró su gestión, y se despide del Instituto firmando una carta que se puede resumir en que no puede hacer tanto con tan poco. Si el mismísimo Director del IMSS no puede trabajar con los recortes al presupuesto, ¿qué les espera a los trabajadores que se encuentran frente a un paciente encamado? Sin medicamentos, sin insumos, sin personal.

Mi postura como libertario ante cualquier recorte del gasto público es evidentemente a favor. Sin embargo, no estamos en ese caso, puesto que todo el dinero que dejo de destinarse a los programas de salud irán a parar a las ocurrencias del presidente López Obrador, como la promoción al béisbol, o los errados proyectos del Aeropuerto de Santa Lucía, el Tren Maya o la Refinería de Dos Bocas. Los recursos que se destinaban a la detección y atención del cáncer de mama en el Instituto Nacional de Cancerología fueron reducidos a cero, mientras que se destinarán 350 millones de pesos al béisbol.

La realidad es que gracias a la formación socialista que reciben en México los estudiantes de medicina y otras ciencias de la salud, el personal médico y paramédico está acostumbrado a los maltratos, a la falta de insumos y a jornadas largas y pesadas de trabajo, por lo que, trabajando a marchas forzadas, el sector salud podría aguantar meses antes de iniciar la verdadera crisis. Los recortes se dan hoy, las consecuencias las veremos en meses o incluso años, pero no lo dude, serán catastróficas de continuar en el mismo tenor.

*Dr. Adrián Cervantes Dávila. Médico Cirujano por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, Profesor de Nutrición en la Universidad Tecmilenio, colaborador de Potosinos Libertarios. Twitter: @DrACervantesD

Por: Gerardo Garibay Camarena*

La esperanza es el nombre del juego. López Obrador lo entendió mejor que nadie y centró sus esfuerzos en una estrategia dual de comunicación, que por una parte erosionó continuamente el respeto hacia los partidos e instituciones de la era tecnocrática (contando con bastante ayuda de la escandalosa corrupción peñanietista) y por la otra se enfocó en controlar la bandera de la esperanza y ondearla en todo lo alto de su proyecto político.

El modelo funcionó, y fue tal el éxito, que llegó a Palacio Nacional con 30 millones de votos, casi el doble de los que obtuvo en los comicios del 2012. Ello se tradujo el porcentaje de apoyo electoral más alto desde hace 37 años. Es decir, en la era democrática, ningún presidente inició su mandato con un apoyo siquiera parecido al que respaldó a Andrés Manuel López Obrador. Así de claro.

Sin embargo, también queda muy claro que no es lo mismo prometer que cumplir, y en los primeros meses de su gobierno, Andrés Manuel está experimentando de primera mano el vértigo de estar al borde de ese abismo que separa las esperanzas de los hechos, donde tantos otros demagogos se han despeñado en la historia de nuestro país. Y, mientras pisa justo en el borde, titubea, culpa, pretexta y renueva promesas, que al igual que las enormes expectativas que alimentó en campaña, se quedarán en el aire o en todo caso lo acompañarán hasta las profundidades.

Esta semana, la renuncia de Germán Martínez al Instituto Mexicano del Seguro Social fue la grave señal de un paso más al vacío, no solo por el impacto logístico de un reemplazo en el IMSS a menos de medio año del inicio de la administración, sino porque refleja de forma inocultable un resquebrajamiento de la alianza política que construyó López Obrador. Después de todo, Germán Martínez no llegó al Seguro Social por su linda cara o sus muy discutibles talentos, sino por el capital financiero o político que aportó a la campaña, y debemos entender sus denuncias contra el equipo de Andrés Manuel en el marco de la guerra intestina del gabinete presidencial, acuciada por sus caprichos y la incompetencia de los funcionarios que provocan crisis sin sentido, desde el cerro fantasma de Santa Lucía hasta la falta de antiretrovirales o la eliminación de recursos para combatir el cáncer. Para usar el término tenístico, son “errores no forzados”, léase idioteces de a gratis, que son potencialmente letales para cualquier administración.

Por otra parte, conforme avanzan las campañas del 2019 y mientras empiezan a mostrar el cobre los gobiernos locales que ganó el año pasado, Morena se revela ante los ojos del público como un partido político más, culpable de las mismas mañas y corruptelas que hicieron que las personas rechazaran a los anteriores, con el problema añadido de que su único punto de identidad es la figura presidencial, y eso quizá sea suficiente para sobrevivir una campaña en elecciones generales, pero a mediano plazo es una receta para el desastre. Como ya se empezó a ver con el fuego amigos contra Barbosa en Puebla, los peores enemigos del obradorismo serán ellos mismos.

Estos tres elementos: la fractura de su alianza, la incompetencia de sus colaboradores y la caída del mito de Morena, son los grandes riesgos para el éxito del proyecto político que se ha articulado alrededor de la figura de Andrés Manuel y que aun ahora resplandece de orgullo con sus mayorías legislativas, impulsadas por el inestable combustible de la esperanza, que puede estallarles en las manos.

Si lo que se encendió como esperanza estalla convertido en odio, el peligro no es solo para Obrador, sino para el país, especialmente porque –al menos hasta ahora- la oposición parece absolutamente incapaz de recuperar para sí la bandera de la esperanza, e incluso si los ciudadanos llegan a la conclusión de que Obrador es corrupto e inepto, eso no borra de las mentes de millones de mexicanos su percepción respecto a que todos los otros también lo son.

Entonces, aparecen en el panorama dos fantasmas. El primero es el del pleno cinismo, donde nada importa, el rey va en cueros y los súbditos se burlan de sus miserias, lo que a mediano plazo es mortal para cualquier sistema político, porque la coacción del estado solo es tolerable cuando se legitima al vestirse con mitos: de justicia, estado de derecho, representación y demás. Si se le quitan sus disfraces, nos queda la violencia desnuda del aparato gubernamental. Eso elimina los diques simbólicos que mantienen la lucha política en un cauce relativamente pacífico e incentiva el uso directo de la esa misma violencia como arma de negociación.

El segundo es el fantasma del radicalismo. Los más encendidos seguidores de AMLO, al enfrentarse a la realidad de su fracaso, no reconocerán su error, sino que lo explicarán culpando a la debilidad del proceso. Dirán que el problema de Obrador no estuvo en sus propuestas o acciones de gobierno, sino en que no destruyó con la rapidez necesaria los restos del antiguo sistema. Por lo tanto, proclamarán con un hilo de locura en sus ojos que la solución es la revolución: Acelerar las reformas del obradorismo, desmontar radicalmente los contrapesos, recurrir a la violencia contra los opositores.

¿Cómo impedirlo? ¿Generando un nuevo líder que retome la esperanza? Quizá esta, por improbable que resulte, pareciera la solución más simple en el corto plazo, pero no es la mejor opción.

¿Por qué?

Porque poner la esperanza en los políticos alimenta un ciclo permanente de decepciones. Incluso si encontráramos a la proverbial persona honesta y le entregáramos las llaves de Palacio Nacional, el margen de maniobra de los gobernantes es bastante más limitado de lo que gente cree, y el potencial destructivo de la administración pública es mucho mayor que su capacidad de construir.

¿Entonces?

La esperanza que tenemos que recuperar es la que surge de la libertad de cada persona, que visualiza el futuro, que enfrenta la incertidumbre y que colabora en la familia, la comunidad o la empresa para darle vida a esa visión, con madurez, audacia y creatividad. En todo caso habrá que construir liderazgos e instituciones que surjan de esa misma esperanza, pero no podemos simplemente encajarle un slogan bonito a un tipo con carisma y esperar que nos saque del atolladero, esa falsa esperanza siempre termina en fiasco.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Hiram Pérez Cervera*

Llegaron los datos del primer trimestre para la economía mexicana y, se confirmó lo que muchos esperábamos, la mayoría de los indicadores dieron en negativo. Esto último, no es lo que ahora debe ser motivo para enfocar toda nuestra preocupación, estimado lector, la razón que debiera cautivar nuestro desasosiego es la negación en la que se mantiene el gobierno federal ante los síntomas mostrados en este primer tramo del año; tonos burlones como el de Alfonso Romo al decir que:

“Hablar de cifras precisas es complejo y difícil, pero el objetivo está en 4 por ciento promedio, no hay duda, pero lo que importa es la tendencia. Este primer trimestre nos dio una ‘cachetadita’ y eso es como cuando uno monta a caballo, te vuelves a subir para saltar mejor”[1]

Lo que el Jefe de la Oficina de la Presidencia de la República revela es la falta de seriedad o quizás el alto grado de fanatismo que le tiene al líder, algo que afirmo sin ningún temor a equivocarme, que es muy peligroso para la integridad, no sólo de la democracia, sino de la república en general.

De acuerdo con el INEGI, el Producto Interno Bruto (PIB) tuvo un crecimiento de apenas un 0.2% que, comparado con el año anterior, refleja una contracción de nuestra economía[2]. Durante el mes de marzo se registró un aumento en el desempleo, ubicándose en un 3.6%, que si vemos los datos mes anterior se puede notar un aumento de 0.2% y, así mismo sucede con el mismo mes del año anterior el cual aumenta un 0.3%[3]. Podrá parecer poco en términos porcentuales, pero la realidad es que hoy 2 millones de personas no tienen empleo.

A lo anterior debemos sumar un dato más para tener un panorama general de la situación, México ha caído 8 lugares en el Índice Global de Confianza de Inversión Extranjera Directa en este año, dejándonos en último lugar, lo que significa que los inversionistas no tienen una buena perspectiva – por mucho que HSBC y JP Morgan vengan al rescate- sobre lo que podría pasar con sus inversiones en nuestro país[4].

Mucho se advirtió, desde las campañas presidenciales de 2018, que no había un proyecto económico ni político realista dentro de los planes de López Obrador. Desde el 1° de diciembre se ha podido constatar dicha advertencia en todas y cada una de las decisiones de peso que se ha tomado el presente gobierno. A continuación, mencionaré algunos ejemplos:

El triunfalismo después de la cancelación del aeropuerto de Texcoco, el proyecto inviable del aeropuerto de Santa Lucía, donde la ineptitud del gobierno se ha mostrado con especial esmero; la apuesta perdedora por una refinería en Dos Bocas, cuya licitación quedó desierta porque ninguna empresa ve posible lograr en tiempo y forma la culminación del proyecto; la opacidad con la que se han otorgado por la vía de asignación directa los contratos; la falta de seriedad en las huelgas de Matamoros y, la constante descalificación en sus conferencias mañaneras se convirtieron en señales que van a provocar golpes en la pared por parte de esta administración ante la constante repetición de malos resultados que van venir, porque con todo lo anterior, han dinamitado la confianza que se podía tener en el país. Lo que nadie en el gabinete de Andrés Manuel parece entender es que no se crecerá a una tasa acelerada si no hay inversión.

A todo ello la reacción del presidente, nuevamente es una señal muy mala, pues en respuesta a las declaraciones de Alfonso Romo citadas aquí, López Obrador nuevamente optó por negar la realidad para afirmar con su característico tono burlón que “[…]  le hemos dado una cachetada a los corruptos, eso sí, con guante blanco[5]e insistir que la economía va muy bien cuando todos los números y los pronósticos son negativos.

La cachetada se las ha dado la realidad con 14 días consecutivos de caídas en la bolsa y el aumento de la inflación en el mes de abril. Una nación no puede prosperar solo con palabras, se requieren acciones inteligentes que estén sustentadas en el mundo real, no en luchas imaginarias contra conservadores imaginarios.

Esa promesa de crecimiento del 4% necesita una inversión equivalente al 9.2% del PIB, lo cual únicamente puede llegar a través de un manejo razonable de la economía, un Estado de Derecho que genere confianza y menos impuestos, no de un merolico negando la realidad todos los días en una conferencia por las mañanas.

Lo que se ve y lo que no se ve.

Constantemente se presume, y se usa como argumento, la estabilidad del peso en estos días para darle la razón al gobierno, cuando dice que la economía está bien porque el tipo de cambio no ha mostrado pérdidas; esto es lo que se ve, lo que no se ve es que dicha estabilidad sólo puede ser atribuida a que el Banco de México mantenga sus tasas de interés arriba del 8%, lo cual además de ser un incentivo para invertir en bonos del gobierno, evita que la economía mexicana se inunde con dinero de nueva creación a través del crédito barato.


[1] https://www.elfinanciero.com.mx/economia/1t19-nos-dio-una-cachetadita-pero-objetivo-de-que-economia-crezca-al-4-sigue-alfonso-romo

[2] https://www.inegi.org.mx/temas/pib/

[3] https://www.inegi.org.mx/temas/empleo/

[4] https://expansion.mx/economia/2019/05/07/mexico-cae-ocho-lugares-en-indice-de-inversion-extranjera

[5] https://www.eluniversal.com.mx/nacion/le-hemos-dado-una-cachetada-los-corruptos-amlo

*Hiram Pérez Cervera es internacionalista, enfocado en el estudio del impacto de la política sobre la economía. En twitter lo encontrará como: @hiram_perezc

Por: Gerardo Garibay Camarena*

La semana pasada les comentaba que la gran tragedia de la oposición mexicana es su miopía tecnocrática y que para enfrentar en forma efectiva la amenaza autoritaria de López Obrador necesitamos empezar respondiendo las preguntas básicas: ¿Cómo se ve “nuestro” México? ¿Por qué debería la gente tener esperanza en nuestro México? ¿Qué podemos proyectar que sea lo suficientemente poderoso como para que las personas resistan la tentación de los “apoyos sociales” y el cobijo autoritario que les ofrece Andrés Manuel? ¿Por qué habrían de afrontar las personas de a pie las dificultades inevitables en una lucha contra el nuevo partido de estado?

Bueno, pues en este camino no necesariamente tenemos que inventar la rueda. Hay ejemplos de una derecha efectiva y sorprendentemente exitosa, incluso en términos electorales, incluso a pesar de enfrentarse a toda la maquinaria mediática de la izquierda. Está Bolsonaro en Brasil, Trump en Estados Unidos, José Antonio Kast en Chile, por poner tan solo algunos ejemplos, pero hoy les quiero hablar del caso de España.

Hasta hace unos años, VOX era apenas una manchita verde en el rocambolesco panorama electoral español, sumando un par de miles de votos y relegado a un papel menos que marginal dentro del debate público, que para entonces se concentraba en el PP y Ciudadanos a la derecha, enfrentados al PSOE y Podemos en la izquierda.

Sin embargo, poco a poquito, VOX se construyó una base de apoyos, a pesar de tener prácticamente cerradas las puertas de los medios de comunicación, que solo se referían al nuevo partido para descartarlo –sin prueba alguna- como un partido radical y de “ultraderecha” ese fantasma retórico con el que los socialistas han manipulado y espantado a sus rivales desde hace décadas.

La novedad de VOX es que sus líderes no se acobardaron. Santiago Abascal, Rocío Monasterio y compañía saltaron al debate público planteando opiniones políticamente incorrectas e incluso políticamente suicidas a los ojos de consultores y opinólogos. Entonces algo pasó: La imprudente autenticidad de estos líderes hizo que la gente empezara a ponerles atención, y conforme lo hicieron, se toparon con un partido que representaba de manera valiente muchos de los valores y las preocupaciones de las que los partidos tradicionales –en competencia por verse “respetables” a los ojos de la progresía- se han olvidado.

Entonces, contra todo y contra todos, VOX dio el gran campanazo el año pasado en las elecciones de Andalucía, obteniendo una docena de escaños en un parlamento que durante 40 años había estado fácilmente controlado por la izquierda del PSOE. Ahora, a unas semanas de las elecciones generales del 28 de abril, el partido de Santiago Abascal suma más del 10% de los apoyos en las encuestas a nivel nacional, lo que podría traducir en más de 20 representantes en el parlamento español, consolidándose como una de las grandes fuerzas políticas españolas y convirtiéndose en pieza indispensable para la viabilidad de un gobierno de derecha que reemplace a la desastrosa administración del socialista Pedro Sánchez.

La historia de VOX viene al caso, porque el ejemplo de este partido es justamente el que es urgente que entienda la derecha mexicana. En pocas palabras: Hablar claro, no rendirse ante la aplanadora progre, conectar con las personas, generar un planteamiento a partir de los valores y aspiraciones, no desde la tecnocracia. En ese sentido, Santiago Abascal es justo lo contrario de lo que fue acá en México Ricardo Anaya, que apostó por mimetizarse con la izquierda y quedó desdibujado a mitad del camino, mientras la aplanadora Obradorista se tradujo en el triunfo más contundente de un candidato presidencial desde 1982.

Ojo, no se trata necesariamente de copiar o de aplaudir a pie juntillas toda la agenda de VOX, sino de entender que la autenticidad en el discurso y en la visión de país que se proyecta hacia los ciudadanos es fundamental para hacer política, especialmente cuando se tiene en contra a la prensa y al presupuesto del gobierno, un escenario parecido –con sus matices- al que enfrentaremos desde 2021 los opositores al lopezobradorismo.

Por supuesto, hay mucho más por analizar. Pero por lo pronto me quedo con las palabras de Santiago Abascal, durante la presentación de los candidatos de VOX para Madrid, ante un lleno en la Cubierta de Leganés, el pasado 6 de abril: “No estamos viendo las encuestas a ver qué es conveniente decir, decimos lo que sentimos, lo que pensamos, y sabemos que muchas cosas de las que sentimos y pensamos no identifican a todo el mundo, ni siquiera a todos los que estáis aquí, pero os vais a ir de aquí absolutamente convencidos de que no os hemos engañado a nadie, de que hemos dicho la verdad, de que estáis ante una opción política auténtica.”

No estamos viendo las encuestas a ver qué es conveniente decir.

Hemos dicho la verdad.

Somos una opción política auténtica.

Empecemos por ahí.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.