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Por: Víctor H. Becerra*

Hong Kong está sumida hoy en una situación cercana al caos, tras 18 semanas de manifestaciones, mayoritariamente pacíficas, pero con una represiva respuesta por parte de la policía, dependiente del gobierno local semiautónomo y de la dictadura de Beijing. La respuesta policial ha implicado cientos de heridos (algunos con arma de fuego) y miles de presos. Esto da sustento a la denuncia de muchos manifestantes de que Hong Kong “se ha convertido ya en un Estado policial de hecho”.

Las protestas han bloqueado carreteras, paralizado el aeropuerto, suspendido eventos internacionales (como la fecha del calendario de la Fórmula E), obstaculizado el dinamismo económico, y puesto sombras sobre el futuro de la ciudad, temiendo que China en cualquier momento intente una salida militar al conflicto o al menos, declare el “estado de emergencia”, para exigir la potestad de autorizar detenciones, censurar a la prensa, cambiar leyes, pasar por encima del Consejo Legislativo local (sesgado a favor de Beijing) o tomar el control total del transporte. Esto no deja de ser inquietante: Si Hong Kong se convierte en un campo de batalla militar, político o ideológico, la paz y la prosperidad se verán afectadas gravemente tanto en la ciudad como en el continente asiático, generando una elevadísima indignación internacional y empeorando la actual crisis.

El iniciador de esas protestas fue un proyecto de ley de extradición, promovido en febrero pasado por Carrie Lam, la Jefa del gobierno local dependiente de Beijing, que muchos temieron pudiera extender el poder de China sobre el sistema judicial hongkonés, que tradicionalmente ha sido independiente, imparcial y de muy altos estándares. El proyecto de ley imponía el arresto y la extradición de supuestos delincuentes a jurisdicciones con las que Hong Kong no tiene un tratado, incluido el territorio continental chino (un país donde los tribunales se atienen por completo a las órdenes del Partido Comunista, y donde éste persigue descaradamente a sus disidentes), lo que implicaría un manejo político de la justicia y un posible instrumento de intimidación, secuestro político y represión contra opositores al régimen chino, críticos y periodistas.

Hoy las demandas de los manifestantes en Hong Kong incluyen la retirada de la ley de extradición (que ya sucedió) y que las marchas no se categoricen como “revueltas”, lo que criminaliza a organizadores y participantes, un calificativo que sirvió para la represión de Tiananmen, en 1989. También quieren una investigación independiente en relación con las tácticas y la brutalidad de la policía, la liberación y amnistía para todos los manifestantes detenidos y la reactivación del proceso de reformas políticas en la ciudad, que debiera incluir el sufragio universal total para la elección de sus gobernantes. Sin embargo, nuevas demandas surgen y van acumulándose, agudizando el escenario.

Esto es muy complicado: Lograr mayor democracia y una real participación de los ciudadanos en su gobierno apenas está apuntado pero no implementado en la llamada Ley Básica, que convirtió a la ciudad en una de las dos regiones administrativas especiales de China (la otra es Macao), por un lapso de 50 años y por la cual, China recuperó la soberanía sobre Hong Kong el 1 de julio de 1997 y que concretó el compromiso de “un país, dos sistemas”, preservando así los fundamentos económico, político y legal capitalistas necesarios para el desarrollo de la ciudad en las siguientes cinco décadas. Sin embargo, con mucha valentía, los manifestantes están intentado ampliar su autonomía política, económica y jurídica, haciendo realidad esa consigna del Mayo del 68: “Sé realista: Pide lo imposible”. Son ciudadanos que saben todo lo que juegan y están actuando en concordancia con la gravedad del momento.

Es importante aclarar: Solo una minoría de los manifestantes apoya la demanda de plena independencia de Hong Kong, incompatible con la Ley Básica y con el principio de integridad territorial, tan caro para la dictadura china. La mayoría se ha decantado por exigir mayor democracia para defender el valioso y muy preciado sistema económico y judicial del territorio, que son la base de la prosperidad del país y de su gente, con libertades que no se disfrutan en el resto de China. Pero la dinámica de las manifestaciones pudiera congregar cada vez más apoyo a ese punto; incluso, ya se habla, al calor de las protestas, de un himno no oficial para la ex colonia británica.

Al respecto, Hong Kong ocupa el puesto número uno en el Índice de Libertad Económica del Fraser Institute, con Singapur, Nueva Zelanda, Suiza y EEUU detrás, completando el Top 5. Es una libertad que le ha permitido ser uno de los territorios más ricos del mundo. En dicho Índice, Hong Kong cuenta con excelentes calificaciones en el área de regulaciones a negocios, al crédito y al trabajo. La ciudad también ocupa el puesto 16 en el Índice de Estado de Derecho del Proyecto de Justicia Mundial, justo detrás de Japón y por delante, por ejemplo, de democracias consolidadas como Francia (17º), España (21º) e Italia (28º). Sin embargo, la calificación de su sistema legal aunque es alta, ha venido declinando gradualmente en los últimos años, según se puede ver en el Índice del Fraser, al menos desde los datos para 2010. Tal declinación y el intento de imposición de nuevas prohibiciones y la injerencia china en las instituciones de Hong Kong, dan base al miedo de muchos hongkoneses que temen que en 2047, cuando termine el estatus especial de la ciudad, ya no les queden libertades.

Para atenuar la crisis y explorar una salida seria a las protestas que comenzaron en junio pasado, Beijing debería reafirmar un firme respeto al principio de “un país, dos sistemas”: el Gobierno de China se haría un gran favor si lo expresara. Bastante tiene ya con una guerra comercial con Estados Unidos, que va para largo, como para correr el riesgo de implosionar por la periferia, a la manera de la ex Unión Soviética.

Las protestas de Hong Kong (donde al menos un tercio de los habitantes de la ciudad ha participado en ellas) son un claro ejemplo de lucha por los Derechos Humanos y por la libertad (una libertad sustantiva, no la de los discursos cursis, sino la de comprar y vender al precio que se quiera lo que sea, sin que se entrometa el gobierno) de una población que no quiere renunciar a ellos. Saben que donde quiera que se practican las ideas socialistas  y estatistas, como las que sigue la dictadura china, la vida empeora, se hace miserable. No hay una sola excepción a esta regla. Ni una sola.

Al respecto, el altísimo compromiso cívico de los hongkoneses contrasta con la deserción cívica generalizada en América Latina. Ciudadanos mexicanos que miran con indiferencia como el presidente López Obrador atenta contra la independencia judicial y contra los organismos autónomos. O argentinos que se preparan a votar alborozados por el Kirchnerismo, pasando por alto la herencia de corrupción, asesinatos y abuso de su anterior gobierno. O bolivianos y nicaragüenses que han visto, casi impasibles, las reiteradas violaciones constitucionales de los gobiernos de Evo Morales y Daniel Ortega. O venezolanos incapaces de unificarse frente a la dictadura chavista y que buscan que la “intervención externa” resuelva el problema que ellos mismos generaron. O peruanos que ven a lo lejos, en sordina, el reciente golpe de Estado del presidente Vizcarra, son muestras de una falta real de compromiso de los latinoamericanos con sus derechos y libertades.

Los ciudadanos de Hong Kong dan hoy una muestra, real, ejemplar, de valentía cívica y respeto a la libertad a los más bien fantasmales y esquivos ciudadanos latinoamericanos.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Angélica Benítez*

No sólo sucede en épocas electorales, sino con lamentable frecuencia a lo largo y ancho del territorio mexicano: Llegan los autobuses con los colores distintivos del partido político del gobierno en turno. Bajan a muchísima gente de evidente carencia económica en algún espacio con templete al frente. Llega entonces el candidato -o el gobernante- a decir su discurso, mientras suena de fondo una balada que mueve sentimientos y lo hace lucir como un héroe. Los asistentes se llevan una “despensita” a su casa como premio por haber sido parte de un evento cuya logística, planeación y realización nos cuesta a todos los ciudadanos que trabajamos. Al final se toma una fotografía que se publicará posteriormente en todos los periódicos, con el implícito mensaje de que el candidato/gobernante es un político generoso y querido.

Lo vi personalmente durante los cuatro años que laboré en dependencias de gobierno, y las fotos siempre salen excepcionales. Incluso quienes colaboran en ello sienten muchas veces que, efectivamente, están haciendo una labor que ayudará noblemente al progreso de sus comunidades. ¿Cómo no va a ser así, si personas de escasos recursos salen contentos y con alimento para varios días?

Todo parte del concepto erróneo que tenemos sobre la función del Estado y, desde luego, para qué son los recursos que le otorgamos. La transparencia de las instituciones no es suficiente, es necesario replantearnos las prioridades, pues de lo contrario nos encontraremos cada vez con más lobbys que reclamen como emergencia nacional temas que no cuentan con esa calidad de importancia. Por ejemplo, un grupo de ciudadanos aseguran que el aborto debe ser legal (y pagado por todos los ciudadanos a través de sus impuestos) porque miles de mujeres mueren de forma anual a consecuencia de la clandestinidad, mientras que las cifras del INEGI muestran alrededor de veinte decesos reales al año por esta causa. ¿Es realmente la despenalización del aborto una emergencia nacional, cuando verdaderamente miles de mujeres mueren a causa de cáncer de mama o desnutrición? Transparencia y prioridades con base en datos reales resultan indispensables para tomar decisiones informadas. El recurso que maneja el Estado debe estar justificado con base en la razón y no en el populismo.

La asistencia social, si bien parece un tema noble, en Latinoamérica se ha convertido en la mejor estrategia populista para mantener a los pobres en su pobreza, sin posibilidad de “aprender a pescar”. ¿Entonces hay que dejar solos a los más vulnerables? Desde luego que no: hay que brindarles capacitación, educación, empleo, apoyos para emprender. Y esto rara vez lo hace el gobierno, pues generalmente son las mismas organizaciones de la sociedad civil (o la misma iniciativa privada) quienes se encargan de este sector de manera integral. No son “mascotas” como equivocadamente dice López Obrador, sino seres humanos dotados de dignidad, a quienes se les ha negado el derecho a salir adelante por medios propios.

El Estado no utiliza sus propios recursos para llevar a cabo estas acciones porque, desde luego, ¡el gobierno no crea riqueza! Sólo utiliza el dinero de otros, y cuando utilizamos el dinero de otros, normalmente no nos duele malgastarlo. Es fácil gastarlo en cualquier cosa, y más aún si se trata de la autopromoción, como hacen muchos funcionarios con el pretexto de “publicidad gubernamental”.

El gobierno debe ser entonces un organismo para evitar que se viole el Estado de Derecho y generar leyes justas. No tiene el deber de educar a los niños en valores (esa es función de la familia) ni de mantener inútil a su población a través de perversas estrategias de adoctrinamiento. El gobierno está para ver por nuestra seguridad, por la paz, por la justicia. Irónicamente, es donde la mayoría de los funcionarios están “reprobados”, pues están tan concentrados en brindar pan y circo disfrazado de apoyos sociales, que tienen a sus ciudades gobernadas por la delincuencia.

*Angélica Benítez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por parte de la Universidad Autónoma de Baja California. Cuenta con una Maestría en Administración de Empresas por parte de CETYS Universidad, y se desempeña actualmente como docente universitaria.

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

Jeff Deist, presidente del Mises Institute, visitó México hace unas semanas, invitado por México Libertario, y tuve la oportunidad de platicar con él en exclusiva, acerca de la situación actual y del panorama para la libertad.

Esta semana les presento la tercera y última parte, en la que conversamos respecto a a la lucha contra el socialismo y la tiranía disfrazada de “corrección política” la transcripción (en inglés) está en Wellington.mx

Gerardo Garibay: Quisiera preguntarte acerca del camino para el avance de la libertad. ¿Cuáles son los mayores desafíos y esperanzas que percibes en el horizonte? ¿Apostarías por un mayor impacto del mensaje libertario del ciclo electoral del 2020 [en Estados Unidos] en adelante?

Jeff Deist: No estoy seguro acerca del 2020… creo que [el enfoque] va a ser Trump. La izquierda no va a aceptar candidatos de un tercer partido. Van a decir: “No, no, no, tenemos que vencer a Trump, nada puede avanzar hasta entonces”. Y creo que en el lado de Trump van a decir: “No, no, no, tenemos que reelegir a Trump, nada puede avanzar con ustedes los de los terceros partidos”.

En cuanto a momentos políticos, el libertarismo ha tenido algunos picos [por ejemplo] con la “Revolución” de Ron Paul [en 2012] y la candidatura de su hijo, Rand Paul, al Senado. Siendo honestos, creo que, desde una perspectiva política, el interés en el libertarismo se ha reducido un poco, pero en el ámbito ideológico y educativo está creciendo, porque cada vez más personas entienden a qué nos enfrentamos.

Cuando las cosas se vuelvan menos cómodas materialmente en los Estados Unidos, las personas van a comenzar a interesarse en estudiar las inmortales ideas de personas como Menger, Mises y Hayek. Hasta entonces, creo que, desde un punto de vista táctico y estratégico, los libertarios deberíamos promover la descentralización, federalismo, e incluso secesión en el caso de lugares como Cataluña en España, aunque no todos concuerdan.

Muchos libertarios piensan: “No sólo necesitamos una ética libertaria universal, sino también un programa [de acción] universal o globalista, y tener una especie de liberalismo occidental para el mundo.” Yo creo que eso sería incorrecto y tácticamente inadecuado.

En los Estados Unidos, necesitaríamos que setenta millones de personas votaran por un Rand Paul, que es solo medio libertario, para ganar la presidencia. Eso es algo muy difícil de lograr. Sin embargo, si promovemos el federalismo, si promovemos la subsidiariedad –de forma similar al modelo de Suiza- podemos avanzar mucho para hacer que occidente sea un lugar más hospitalario.

Por ejemplo, California –que tiene un gobernador y una mayoría legislativa de izquierda- tratará algunas novedades. Van a subir impuestos y probar iniciativas ambientales que serán muy costosas. Y creo que en consecuencia muchas personas se irán de California. Y está bien, siempre y cuando no tenga que pagar [por esas políticas públicas] como un ex-Californio. Ya no vivo ahí…Creo que está clase de federalismo es el camino a seguir a corto plazo. Podríamos tener estados más o menos libertarios, y dejar que las personas voten con los pies.

En cierta forma ya está sucediendo. Un estado como Texas, con menos impuestos, está prosperando mientras muchas personas llegan desde otros estados. Quisiera ampliar mucho más este experimento, y aplicarlo al mundo. Fui un gran seguidor del Brexit, me gustaría ver que los escoceses se independicen del Reino Unido –incluso aunque probablemente serían más de izquierda en [el parlamento escocés de] Holyrood de lo que son en el Parlamento de Londres. Me gustaría ver a Cataluña tomar su propio camino, incluso si quieren ser más de izquierdas. Quisiera ver separarse a más estados de EE.UU., si eso es lo que desean.

Creo que –especialmente a corto plazo- la meta no es solo educacional, sino que, al tratarse de tácticas o estrategia, la descentralización, la secesión y el federalismo son los terrenos más fértiles para lograr avances.

Gerardo Garibay: Finalmente, un mensaje para los libertarios de México y América Latina.

Jeff Deist: Creo que cuando salimos de los saciados y cansados Estados Unidos, y de la cansada y saciada Europa Occidental, y vamos a lugares como América Latina o Asia, percibimos un gran entusiasmo e interés en las ideas.

Quizá ello se deba a que Estados Unidos ha sido rico desde hace tanto tiempo que se han vuelto un poco perezosos y confiados. En áreas como América Latina vemos que hay cada vez más interés, porque las personas quieren entender qué es lo que hace próspera a una sociedad, qué nos hace ricos y qué sucedería si todo se eliminara. Esta es una pregunta muy importante, y no es retórica o académica. Es una pregunta real para muchas personas.

Cualquier país que quiera avanzar, que quiera aliviar la pobreza y ser un mayor jugador en la escena mundial, que quiera ser más próspero y más avanzado tecnológicamente o quiera atraer capital, necesitará contar con una sociedad que sea –al menos económicamente- más libertaria.

Este sería mi mensaje para México o cualquier país en América Latina: abracen el capital y verán que México se vuelve cada vez más próspero.

Gerardo Garibay: Muchas gracias por esta entrevista y gracias nuevamente a todos los integrantes y al equipo del Mises Institute por el gran trabajo que hacen para promover la Escuela Austriaca de Economía, la libertad y el aprendizaje para todos nosotros.

Jeff Deist: Muchas gracias.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra*

Este martes 6 de noviembre hubo elecciones intermedias en EEUU. Los resultados permiten muchas lecturas. De hecho, Republicanos y Demócratas han hecho un intenso esfuerzo para presentarse, unos u otros, como los reales ganadores. Hay elementos para apoyar ambos discursos. De lo que sí no hay duda, es que estas elecciones traerán importantes consecuencias para México y quizá, también para América Latina. Vayamos por partes.

1) El martes se renovaron toda la Cámara de Representantes (435 escaños), un tercio (35 asientos) del Senado, y 36 gobernadores de los 50 estados norteamericanos. Además, en muchos lugares, se votaron una multitud de temas locales, desde cuestiones como el consumo de marihuana o nuevos impuestos hasta el estadio de David Beckham.

Ajustado por la gran fortaleza de la economía estadounidense, el desempeño de los Republicanos el martes pasado, fue el peor de un partido presidencial desde 1918. Después de gobernar dos años sin una oposición importante y dados los buenos resultados económicos, Trump debió haber retenido ambas cámaras. No fue así. En retrospectiva, quizá fue un error de Trump haber centrado su campaña en la amenaza migrante y no en el buen estado de la economía. Quizá. Aunque a estas alturas, quizá Trump sabe que el dinero no necesariamente puede comprarte amor…

2) Los Demócratas ganaron la Cámara de Representantes por primera vez en 8 años. Desde allí pueden bloquear toda la agenda política de Trump, controlar todo el gasto del gobierno (negando, por ejemplo, fondos para construir el muro con México) y los impuestos, y ser un contrapeso real y efectivo, no solo discursivo. Tienen ahora el control de los comités con poder de citación, sometiendo a la administración Trump a un real esquema de checks and balances. Pueden también iniciar un tsunami de investigaciones contra Trump, e incluso (por ahora improbablemente), hasta iniciar un impeachment contra él.

Prestemos atención, tan solo un momento, a que la elección a la Cámara de Representantes fue la única elección verdaderamente nacional del martes. Se votó en todos y cada uno de los distritos del país. Así, perder la Cámara de Representantes mostraría, en principio, que Trump no es invencible y que es, por ahora, un presidente vulnerable, cuyo discurso no es compartido por la mayoría del país.

3) Pero, pero… los Demócratas no ganaron todo lo que esperaban. No se materializó la “ola azul” que muchos preveían y varias de sus prometedoras caras nuevas perdieron. En cambio, los Republicanos mantienen el Senado y refuerzan su mayoría. Esto permitirá a Trump nombrar a nuevos funcionarios de su gobierno y jueces (al respecto, la renuncia del procurador Jeff Sessions inmediatamente después de la elección, es entendible en este contexto). Y también (muy importante) hacer fracasar todo juicio político contra Trump.

Los Republicanos también ganaron las gubernaturas más importantes, sobre todo con miras a la elección presidencial del 2020, incluidas Florida y Ohio. Recordemos que en la elección presidencial se vota por estados y no por el voto popular.

4) Los Demócratas ganaron en las ciudades más grandes y los suburbios urbanos más ricos y mejor educados. Trump en sus estados estratégicos para la elección presidencial del 2020, las ciudades chicas y las zonas rurales. Los resultados muestran un país escindido. Al respecto, todas las encuestas a boca de urna mostraron a electores diametralmente opuestos en sus percepciones, según votaran por Demócratas o por Republicanos. Pero también es una división geográfica, racial, de género, de edad, incluso de clase. La imagen de un legislativo dividido retrata bien la división política y anímica del país.

En tal sentido, inician dos años muy difíciles en Washington, con un alto nivel de conflictividad y cierta parálisis legislativa, con la mira puesta en las elecciones presidenciales del 2020, donde explotar las diferencias y el desacuerdo será un negocio muy rentable, para todos los contendientes. Incluso si se llega, como hasta antes de estas elecciones, a eventuales crímenes de odio y de terrorismo interno.

5) Como le sucedió a George W. Bush en su segundo mandato, y a Obama en 2010 y 2014 (con la diferencia de que Bush y Obama aceptaron entonces su derrota, a diferencia del discurso retador de Trump contra la nueva mayoría Demócrata), enfrentar a una Cámara de Representantes opuesta a sus proyectos políticos, les empujó a dejar en términos secundarios la política interna y concentrarse en el ámbito internacional. Esa no es una buena noticia para México. El riesgo de roces y conflictos entre los gobiernos de ambos países no es algo que deba descartarse. Gobiernos que, por otro lado, estarán en permanente campaña electoral, y con un muy alto contenido de populismo en sus discursos y políticas, lo que acrecentará cualquier propensión a la susceptibilidad y al “machismo” político.

En todo caso, la elección intermedia muestra que la retórica anti inmigrante y anti México le dan resultado a Trump para conservar y galvanizar a su base política. Si sus resultados son mayores a sus débitos, ¿por qué abandonarla con miras al 2020? Al contrario, debe suponer en estos momentos. En tal sentido, una mayoría Demócrata en la Cámara de Representantes debe significar un contrapeso a los planes de Trump de mayor militarización de la frontera y reforma migratoria.

6) Esto mete en un brete inesperado al nuevo T-MEC (sucesor del TLCAN), que espera aprobación en el Capitolio. Al respecto, los Demócratas no tienen incentivos para aprobar el nuevo tratado comercial con México y Canadá. De no aprobarse o en el caso último de rechazarse, el anterior TLCAN continuaría, pero bajo la amenaza constante de Trump de abandonarlo, según convenga a sus intereses electorales.

Serán meses y años difíciles para México, con un Trump apretando una y otra vez el pescuezo del país con su pie. Y en una de esas, después de tantos esfuerzos, México se quedaría, pues, como el perro de las dos tortas: Sin T-MEC y sin TLCAN.

7) En lo que respecta a América Latina y de ser cierto este vuelco de Trump a su flanco externo, éste podría buscar mucho mayor cercanía con los gobiernos de Macri, Bolsonaro, Duque, Piñera. Y en contrapartida, acrecentar la presión contra los regímenes náufragos del llamado Socialismo del Siglo XXI.

En tal sentido, las dictaduras y cuasi dictaduras de Bolivia, Cuba, Nicaragua y Venezuela podrían estar por vivir sus momentos más difíciles. En hora buena.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

El mundo está con el Jesús en la boca, atestiguando expectante la crisis financiera en la que se hunde Turquía. Así, la moneda de Turquía, la lira, se desplomó un 25% en los últimos días, sus mayores pérdidas en una década, en el contexto de los problemas diplomáticos de Turquía con EEUU y el gobierno de Donald Trump, arrastrando a los bonos y divisas de los mercados emergentes a sus niveles más bajos en un año. ¿Tendrá la turbulencia económica de Turquía un efecto aislado o, más bien, de contagio, como muchos temen, desatando una crisis global?

Al respecto, precisemos primero que Turquía no está en crisis por Trump o porque el mundo le tenga mala voluntad al gobierno turco. En realidad su crisis se vino gestando en los últimos años, como resultado de la propensión de su gobierno y sus empresas a endeudarse con créditos baratos, para hacer crecer más su economía y, de paso, apuntalar la popularidad del presidente Recep Tayyip Erdoğan. Esto provocó un enorme deficit fiscal, mientras los créditos comenzaron a encarecerse en el último año, irremediablemente. Las señales de deterioro eran claras desde hace tiempo: La lira se ha devaluado 45% desde principios de año y apenas el mes pasado Turquía tuvo una inflación del 16%.



A ello sumemos la irresponsabilidad política: el presidente Erdoğan asumió la presidencia de Turquía hace apenas un mes, tras recibir el 53 por ciento de los votos, para un nuevo periodo con poderes mucho más amplios y casi mayoría absoluta en el Congreso. Así, nombró a su yerno como ministro de Finanzas, asumiendo un control personal sobre la economía, y socavó la autonomía del banco central, al protestar contra la posibilidad de tasas de interés más altas, la única salida a la crisis, argumentando que aumentarlas causaría más inflación, cuando en realidad harían lo contrario y retendrían inversiones nerviosas. En su lugar, como buen dictador, ha responsabilizado de su crisis a los especuladores, a Trump, a la Unión Europea, etc. y propuesto soluciones irreales y erráticas. Pero lo único que ha logrado es extender la creencia en los mercados mundiales de que ha perdido contacto con la realidad, avivando la desconfianza y la percepción de riesgo.

Al margen, cabría preguntarse porqué estas charlatanerías económicas y teorías de conspiración, tienen oídos receptivos en tantos dictadores y gobernantes autoritarios y populistas, como escribió recientemente la profesora rusa Nina Khrushcheva. Así, las ideas de Erdoğan sobre los efectos inflacionarios de aumentar las tasas, se corresponden a las ideas de, por ejemplo, Trump sobre el déficit comercial, de Maduro y Cristina Kirchner sobre la emisión monetaria y los controles de precios, de Lula y Dilma Rousseff sobre las virtudes interminables de estimular el mercado interno, o de López Obrador sobre la autosuficiencia alimentaria. Quizá dictadores y autoritarios de toda laya les prestan oídos porque les permiten acrecentar su popularidad y poder, mientras socavan a instituciones y rivales renuentes a su control, y no las corrigen tras sus malos resultados, porque se arriesgan entonces a enajenarse el apoyo de los leales con que aún cuentan.

El contagio de la crisis turca ha sido más bien moderado, hasta ahora: Argentina, Rusia, Sudáfrica, Indonesia, India. Pero aún tiene el potencial de convertir una crisis local, restringida, en una global, sin control. Los inversionistas extranjeros tienen miedo. De modo que han estado sacando dinero de Turquía. En la práctica, eso significa que venden liras y compran dólares u otras monedas. Y lo mismo han hecho otros inversores en países emergentes, empezando a deshacer algunas posiciones en bonos y acciones, generando reacciones en cadena en los mercados financieros.

Una de las vías a través de las cuales el problema se extiende es el sistema bancario. Es lo que está pasando con los bancos europeos y especialmente, con los españoles BBVA y Santander, con muy fuertes posiciones en Turquía y también en América Latina. Esto sucede porque los bancos prestan dinero a compañías, inversionistas y gobiernos. Conforme quienes recibieron los préstamos no pueden cumplir con sus pagos, en los países afectados por una crisis, causan pérdidas enormes que amenazan la salud del sistema financiero a miles de kilómetros de distancia.

Hasta hace un año, los mercados prestaban dinero a prácticamente cualquiera que alzara la mano. Eso ya terminó. La subida de tipos en Estados Unidos hace cada vez menos atractivas estas arriesgadas inversiones. Ya hay un rechazo al riesgo que representan los mercados emergentes. Al mismo tiempo, un dólar más fuerte representa malas noticias para los países y compañías que piden préstamos en dólares, ya que un dólar más caro hace más difícil pagar los préstamos en esa moneda.

Por ello, ahora los países, entre ellos muchos de América Latina, deberán hacer en tiempos extras lo que no hicieron cuando podían y debían: mantener variables macroeconómicas estables, como un superávit primario, baja inflación, control en el crecimiento de la deuda, reducir el gasto público y disciplina fiscal, así como actuar con seriedad en todas sus decisiones, a fin de resistir mejor los vaivenes económicos y la percepción de riesgo sin distingos.



Aún es pronto para saber si la crisis turca acabará teniendo un impacto significativo en otros países. Todo depende de que Erdoğan tome pronto la amarga medicina de la disciplina fiscal, financiera y monetaria. Al respecto, antes de fin de año, gobierno y acreedores privados en Turquía deben efectuar una reestructuración de la deuda por valor de 230,000 millones de euros, lo que corresponde a más de una cuarta parte del producto interno bruto de ese país.

Esto abre la posibilidad de que los problemas financieros en ese país puedan expandirse entonces a otros países de rápido crecimiento. Así, naciones como Colombia, México o Brasil podrían ser las siguientes en resentir sus efectos, en un contexto donde el crecimiento de los emergentes es el día de hoy muy relevante para la economía mundial. Por ello, la crisis en Turquía debería preocuparnos (y ocuparnos) a todos.

Finalmente: Lo de Turquía es una muestra más de cómo las decisiones irresponsables de un líder carismático y demagogo, sin contrapoderes, pueden arruinar a un país prometedor, una lección que hemos repasado una y otra vez en América Latina, con pocos resultados.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Frente a nuestros ojos, podría estarse configurando un proceso de implicaciones muy importantes, decisivas para nuestro futuro, sin apenas advertirlo.

Se trata de la intención de los dos bloques comerciales dominantes de la región (la Alianza del Pacífico y el Mercosur), de buscar una mayor integración y crear, en un futuro, una gran zona de libre comercio en la región (tras el fracaso del ALCA en 2005), lo que implicaría la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas entre los países miembros.

Así se anunció en la reciente XIII Cumbre de la Alianza, efectuada del 21 al 24 de julio pasado. Al respecto, recordemos que la Alianza del Pacífico se conformó en 2011 y, gradualmente, se ha venido consolidando como el bloque comercial más dinámico y abierto de la región, al cual se han integrado 52 países como observadores y cuatro naciones (Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Singapur) que están en negociaciones para formar parte de un nuevo esquema de estados asociados. En conjunto, la Alianza es la octava economía del mundo, absorbe el 41 por ciento de toda la inversión que llega a la región y es el quinto receptor de inversión externa directa a nivel global. Conforma un mercado de 220 millones de personas y constituye el 36% del PIB de América Latina y el 57 por ciento del comercio total de la región, habiendo desgravado un 92 por ciento de los productos comercializados entre los países miembros.



Frente a un contexto internacional marcado por el proteccionismo, la exclusión y un unilateralismo basado solo en el poder, la intención de relanzar la integración latinoamericana y dinamizar el multilateralismo interegional con Mercosur, junto con la zona Asia-Pacífico, puede ser el mejor eje estratégico para enfrentar este desafiante escenario mundial.

Una posible integración de ambos bloques concentraría el 90 por ciento del PIB de la región y de los flujos de inversión externa directa, y representaría un mercado de más de 500 millones de consumidores. Esa integración ayudaría a diversificar la estructura productiva y exportadora de la región, y a crear más eficientes economías de escala, a fin de aprovechar el explosivo crecimiento de las clases medias en Asia.

El camino hasta ese horizonte aún será arduo. Como señaló en la Cumbre el presidente uruguayo, Tabaré Vázquez: “No son bloques idénticos pero tampoco excluyentes”. Ambos bloques tendrán mucho por hacer y concluir en los próximos años, antes de plantearse dar pasos decisivos en la dirección planteada. Mas la intención política, por ahora, está dada, como indica la importancia simbólica que tuvo este primer encuentro de los presidentes de ambos bloques, que nunca antes había ocurrido.

Sin embargo, no debe perderse de vista que todo es intención, por ahora. Y todo puede cambiar, mañana. Al respecto, reparemos que faltaron dos de los cuatro presidentes del Mercosur, y que de los seis asistentes a la Cumbre, tres están a punto de dejar el poder en los próximos meses. Así que mucho dependerá de las políticas que decidan impulsar los presidentes que entrarán a ocupar su cargo próximamente, sobre todo en México y Brasil. En el caso particular de México, el desaire de Andrés Manuel López Obrador al no asistir a la Cumbre, a pesar de haber confirmado su asistencia, deja serias dudas sobre su real compromiso con el libre comercio y con la Alianza, aunque quizá todo pudo deberse a la posible presión de su base política para no reunirse con Michel Temer, el presidente brasileño.

La posible creación, a futuro, de una gran zona de libre comercio en América Latina sería un gran acontecimiento, si llega a concretarse, que redundaría en una mejora continuada de las capacidades productivas y económicas de nuestros países y sus sociedades. Al respecto, reparemos que todos los procesos de mejoras en productividad y bienestar del mundo fueron generados en épocas de libre competencia y comercio. Nunca en tiempos de proteccionismo, orientado solo a garantizar la demanda a quien no es competitivo. En América Latina necesitamos comercio y competencia para mejorar. Y la oportunidad está en el horizonte.



Finalmente, reparemos que esto es posible ahora gracias, en buena medida, al derrumbe de la izquierda populista en la región. Gobiernos como los de Correa en Ecuador, Lula y Dilma en Brasil, Chávez y Maduro en Venezuela o Evo en Bolivia eran activos enemigos del libre comercio y establecieron una agenda ideológica en el Mercosur y en otros organismos. Su derrota política, su desprestigio internacional y/o su debacle económica abrieron esta oportunidad, como lo ejemplifica la crítica situación hoy de la Unasur (la Unión de Naciones Suramericanas, creada por impulso de Chávez y Lula), que se debate entre la defección de sus miembros, la vacancia de su cuerpo directivo y el penoso desalojo de su sede central. Hoy la posibilidad de la integración latinoamericana pasa por la aceptación de la diversidad y la racionalidad económica, no por la uniformidad ideológica ni la politización de las relaciones.

Ojalá aprovechemos este impasse para avanzar; no sabemos cuánto puede durar. Algún día la izquierda populista regresará, porque la gente muchas veces olvida el pasado y se mueve al impulso del escándalo de moda, porque quiere novedades, aunque sea para desmejorar, porque mañana puede decir: Mejor Maduro que la decepción de lo que tenemos. Allí está el caso de México: los mexicanos olvidamos nuestro penoso pasado con el viejo PRI y al elegir a López Obrador, decidimos libre y alegremente darle una nueva oportunidad a las arcaicas prácticas, lógica y cultura de ese partido, bajo un nuevo nombre.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Hace unos días se efectuó, en La Habana, el encuentro anual del Foro de São Paulo, la internacional regional que reúne a los partidos latinoamericanos de izquierda, acompañados por una extensa corte de agrupaciones satelitales. Formado en 1990, bajo las figuras tutelares de Fidel Castro y Luiz Inácio Lula Da Silva, el Foro trató entonces de dar una respuesta al mundo post Caída del Muro de Berlín, y frente al veloz derrumbe de la Unión Soviética, que dejaba a la izquierda en orfandad.

Siguiendo la doctrina castrista, el Foro trató entonces de “multiplicar los ejes de confrontación” a fin de remodelar y disfrazar los evidentes fracasos de la revolución proletaria y del enfrentamiento del comunismo contra el capitalismo. Para ello incorporó al discurso de la izquierda temas de grupos sociales, sectoriales, funcionales y territoriales como el feminismo, el indigenismo, el ecologismo, el regionalismo, la defensa de género, de grupos estudiantiles y todos los temas posibles para enfrentar a la democracia que tildó como neoliberalismo.

Ahora, basta leer su Declaración de La Habana y constatar que, tras casi 30 años de elaborado, ese discurso continua, pero que ha envejecido mal, revelando únicamente que ser de izquierda en América Latina, hoy, es adoptar un discurso dogmático, viejo, anacrónico, de frases rituales y acartonadas, de enemigos fantasmales, alejado de la realidad, sin respuestas frente a las perplejidades del mundo.



Pero al momento de su creación, junto con un nuevo discurso, el Foro también dio a la izquierda instrumentos para llegar y mantenerse en el poder. Así, surgió una explosiva mezcla de ideología y corrupción política, pero de manera acentuada a partir de 2002 con la elección presidencial de Lula Da Silva en Brasil: Lula (y después Dilma Rousseff) usó a la constructora Odebrecht como el principal brazo financiero del Foro, financiando la elección de políticos ligados al Foro, a fin de dar viabilidad a un proyecto de poder continental. A cambio, esa contratista (a la que se sumaría después otras pocas empresas) reinaría en la asignación de contratos gubernamentales en varios países, como reveló la Operación Lava Jato.

Lava Jato echó luz sobre las razones detrás del gran avance del Foro de São Paulo en el continente durante casi dos décadas, así como sobre el papel de Odebrecht como recaudadora, financista y distribuidora de dinero, la que ofrecía a los socios del Foro marketing político de alto nivel –inicialmente con Duda Mendonça y luego con João Santana, socio y ahijado profesional del primero–, planes de gobierno con obras caras y la asesoría para su financiamiento, muchas de las cuales recibieron recursos de BNDES, el banco estatal brasileño, y el lobby de alto nivel a cargo del propio Lula Da Silva en persona.



En La Habana quedó claro que esas prácticas son consustanciales al Foro de São Paulo, por lo que éste, sin vergüenza, defendió en su Declaración la corrupción en Brasil y en todo el subcontinente, la violación sistemática de DDHH en Nicaragua y Venezuela, las cruentas prácticas de regímenes que permanecen indefinidamente en el poder contra la voluntad de sus pueblos e ignorando el repudio internacional. Así, la izquierda post moderna, la del Socialismo del Siglo XXI, en connivencia con la vieja, la de la dinastía de los Castro, hoy traduce la utopía socialista en un simple llamado al enriquecimiento de sus líderes, a la tortura de los pueblos en aras del poder sin límites, creyendo que la revolución termina por justificarlo todo.

Con Lula preso, Fidel muerto, Raúl retirado, Maduro martirizando a los venezolanos, Ortega siguiendo el mismo camino, con varios de sus socios Premium a un paso de la cárcel, con el régimen cubano abjurando del comunismo, el Foro se reveló en La Habana, descarnadamente, como lo que fue desde un inicio, sin cosméticos ni falsas ilusiones: el club de ladrones y dictadores de São Paulo.

Un club cuyos productos políticos prohijados en estos años han sido solo tres: Dictaduras sangrientas como las de Daniel Ortega y Nicolás Maduro, dictaduras plebiscitarias con reelecciones infinitas como las de Hugo Chávez y Evo Morales, y episodios de corrupción fabulosa como la exhibida por Lula, Cristina Kirchner o Rafael Correa. Esta herencia del Foro de São Paulo, quedará como ejemplo duradero de uno de los mayores engaños en la historia, perpetrado a nombre de los pobres, pagado por éstos mismos con su hambre y su sangre.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Como si detrás hubiera una operación concertada, la izquierda latinoamericana salió durante los últimos días en defensa de sus exponentes más distinguidos, específicamente Cristina Fernández de Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva y Rafael Correa. Pero en realidad solo fue una reacción de desesperación frente al avance de la justicia. Esa izquierda poco podrá hacer cuando la justicia efectivamente toque a sus puertas. Al respecto, si algo debiera de destacarse en estos momentos es el creciente vigor y profesionalismo de los sistemas de justicia en casi toda América Latina (México y Venezuela serían sus grandes hoyos negros), bajo el empuje de jueces independientes, medios de comunicación libres y una empoderada y actuante sociedad civil.

La actuación desesperada de la izquierda comenzó a principios de julio, con el pedido de cárcel preventiva contra el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa, y enseguida, la solicitud de captura de su auto exilio en Bélgica, por su vinculación en el breve secuestro del político Fernando Balda, antiguo aliado suyo, en Colombia, durante 2012; sobre ello, la Interpol aún debe decidir si acepta o no dicho pedido de captura internacional. No debe perderse de vista que este caso es el más avanzado en contra de Correa, pero que hay otros, en temas como corrupción con fondos públicos, la venta irregular de petróleo a China y otros casos menores que van sustanciándose.



Quizá estos procesos contra Correa no se habrían desarrollado sin la disputa por el poder entre el propio Correa y el sucesor que él mismo designó, el presidente Lenin Moreno. Estaríamos pues frente a un simple vendetta entre pandillas rivales, o quizá, una simple estratagema para ocultar los problemas del país y la creciente impopularidad presidencial. Pero hasta ahora ha sido cuidadosa y quizá hasta intachable la actuación de la justicia ecuatoriana. Habrá que esperar un mayor avance del caso o su conclusión para determinar si hubo o no un completo proceder fundado en derecho.

Pero la fuerte presión de la justicia ecuatoriana en contra de Correa llevó a un intempestivo contraataque por parte de Nicolás Maduro, defendiendo también a Lula Da Silva y a Cristina Kirchner, la cual está cada vez más implicada en sus crecientes problemas judiciales, los que la tienen a un paso de la cárcel. Pero casi de manera simultánea comenzó en Brasil, con Lula Da Silva, una especie de capítulo de los Looney Tunes, con el Pato Lucas poniendo el cartel de “Liberado” y Bugs Bunny superponiendo otro de “No Liberado”, y así hasta el infinito.

Esto fue el intento de liberar a Lula de la cárcel, donde está desde el pasado 6 de abril, purgando una sentencia de 12 años y un mes por corrupción pasiva y lavado de dinero, por parte de militantes de su partido, el Partido dos Trabalhadores (PT). Al respecto, y a pedido de legisladores del PT, el juez Rogério Favreto ordenó reiteradamente la liberación de Lula, argumentando que el encarcelamiento atentaba contra su derecho a ser candidato a la Presidencia de la República en los comicios del próximos 7 de octubre. Hasta en tres ocasiones jueces distintos rechazaron el pedido, aduciendo que Favreto no tenía ninguna facultad para ocuparse del caso.

Pero en la cuestión de fondo, la cárcel no castiga los derechos políticos de Lula Da Silva: estos aún se harán valer en otras instancias, ajenas a la penal. Al respecto, Lula tiene recursos pendientes, a desahogarse durante agosto y septiembre próximos por las instancias electorales y tal vez la Corte Suprema, que debieran permitirle (o impedirle) postular a la Presidencia. En tal sentido, su fallido intento de liberación fue solo una tentativa política, de mero espectáculo público, a fin de forzar a las instancias electorales para aceptar ya a Lula como candidato presidencial, pero que no varía lo fundamental: Lula es un político que hoy está en la cárcel por corrupto, según lo determinó un proceso judicial riguroso y por distintos jueces en varias instancias sucesivas. Así, su postulación tendrá que vérselas con la ley brasileña de “Ficha Limpia” (aprobada en 2010, bajo la segunda Presidencia de Lula y respaldada por él), por la que ningún condenado por un delito confirmado en dos instancias (precisamente el caso de Lula) puede postularse para un cargo electo durante al menos ocho años. Pero la última palabra la tiene el Supremo Tribunal Electoral.

El inicio de una investigación contra el juez Favreto, por la presunción de que actúo motivado por intereses políticos, dada su antigua y larga militancia (19 años) en el partido fundado por Lula, el haber sido funcionario a las órdenes de Lula y ser nombrado juez por la presidenta Rousseff, sin la trayectoria judicial para serlo, fundamentan esta idea de que todo fue una puesta en escena, para chantajear a las instituciones electorales.

Pero el daño a la credibilidad del sistema brasileño de justicia ya estaba hecho, y fue como el pistoletazo de salida para que la izquierda latinoamericana se lanzara a defender a sus héroes. En esta defensa de Correa y Lula, principalmente, no hubo ni decencia ni cuidado. Decencia, para referirse a otros casos de mayor relevancia y urgencia, como la masacre contra jóvenes nicaragüenses por parte del régimen cuasi dictatorial de Daniel Ortega. Cuidado, para revisar siquiera mínimamente las causas judiciales de sus defendidos. De haberlo hecho, seguramente habría actuado con la prudencia pedida por el ex canciller chileno Heraldo Muñoz, a la ex presidenta Bachelet y a otros políticos chilenos de izquierda, por la carta de apoyo a Lula que suscribieron.  El gesto de Muñoz, que por su antiguo rango debe poseer muchos datos no públicos del caso Lula, fue un gesto solitario (y honorable) entre la izquierda de la región.

Tanto Lula, como Correa y Cristina Kirchner seguramente terminarán por recibir la pena que merecen por las vías judiciales, sin importar las presiones políticas. Y eso debiera ser una buena noticia y un gran rasgo distintivo respecto a nuestro pasado. Hoy, más de dos decenas de gobernantes latinoamericanos están en la cárcel o en riesgo de estar en ella, además de cientos de políticos investigados y que poco a poco son procesados. Nunca antes en nuestra historia habíamos visto a tantos políticos castigados por una justicia imparcial y profesional, con un mayoritario apoyo social.



Los regímenes políticos en Latinoamérica durante el siglo XX se permitían todo o casi todo. Bajo la forma de regímenes autoritarios, dictaduras militares o democracias imperfectas, los gobernantes tenían control absoluto o casi absoluto sobre las instituciones, especialmente los aparatos judiciales, lo que les permitía administrar la justicia en función de sus intereses políticos, lo que explica muchísimos hechos corruptos que pasaron desapercibidos y quedaron sin castigo en nuestra historia común. En contraste, gracias a las reformas de los sistemas judiciales que se han dado en los últimos 20 años y a una vigorosa reacción social, hoy líderes, ministros, exministros y cientos de funcionarios de altos cargos se enfrentan a la acción de los tribunales. Algunos ya están presos, muchos están siendo procesados y varios más terminarán en la cárcel.

El creciente protagonismo de las instituciones de justicia es una buena noticia para América Latina, una que por desgracia no valoramos en toda su importancia. Los actuales aprietos judiciales de Lula, Correa y Kirchner son un gran cambio cualitativo respecto a nuestro pasado, no dejando sus posibles crímenes al arbitrio de la impunidad o la venganza política. Y eso es algo que debiera alegrarnos a todos, por encima de las diferencias ideológicas.

Al respecto, es natural que la mayoría de los procesados sean hoy políticos de izquierda, tras sus varios lustros de poder, casi sin contrapesos. Y es natural también, hasta cierto punto (un punto antes de la ceguera interesada y la alcahuetería), que muchos en la izquierda se sientan acosados. Pero esa izquierda (si es honrada) no debiera perder de vista que, tras de ellos, seguramente seguirán muchos de los actuales gobernantes de otros signos ideológicos, si dejan a la justicia madurar más y ganar todavía mayor profesionalismo e independencia.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Hugo Marcelo Balderrama*

La cosmovisión es la principal diferencia entre los Estados Unidos y las naciones sudamericanas. Para los padres fundadores de EEUU, la disputa con la corona británica fue en torno a principios fundamentales ¿Cuál es el origen del poder? ¿Quién definía los derechos del rey y los súbditos? ¿Cuáles son los límites de actuación de los gobernantes?

Fue en ese contexto histórico que Estados Unidos proclamó en la declaración de la independencia que “todos los hombres son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables, entre los que están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.



El gobierno limitado, la propiedad privada, los mercados libres y las familias solidas son los pilares que sostienen a la hermosa nación del norte. Por ejemplo, James Wilson, uno de los firmantes de la Declaración de independencia y profesor de derecho de la universidad de Pennsylvania, escribió: “El gobierno para asegurar el ejercicio de los derechos naturales de los ciudadanos. Y todo gobierno que no tiene esto como objetivo principal, no es un gobierno legitimo”.

Durante el siglo XX, personajes como Wilhelm Reich y Herber Marcuse migraron a Estados, la idea era gozar de libertades que no tenían en sus propios países, pero además, empezar una batalla cultural. Durante su aburguesada vida como revolucionario de escritorio, Marcuse publicó su libro “Eros y Civilización”. Catalogar la cultura occidental como una enfermedad mental es la tesis central del libro. Insiste Marcuse en que el “orden dominante” solo acepta relaciones sexuales con fines reproductivos para alimentar un sistema cruel, prohibiendo cualquier otra expresión sexual. El movimiento hippie, con su cultura anti americana, fue el primer gran triunfo de los marxistas en EEUU.

¿Y no hubo voces de alerta? Si, y muchas, pero fueron ignoradas. Por ejemplo, W. Cleon Skousen en 1958 identificó algunos planes de la izquierda, entre ellos: Tomar el control del sistema educativo, destrozar los valores morales americanos, fomentar las migraciones masivas, atacar el derecho a la tenencia de armas y usar la homosexualidad como bandera política. Todo muy bien documentado en su libro “The Naked Communist”. A conclusiones parecidas llegan David M. Howard y Roger Kimball.

Durante la Guerra Fría la izquierda sabía que un ataque militar a EEUU era un suicidio, entonces, había que debilitar al coloso desde adentro. Y eso, es lo que ha hecho, al destrozar los valores culturales americanos. Solo así, se entiende que Emma Gonzales, una cubanoamericana, lidere el movimiento antiarmas. Y que sean los migrantes hispanos los impulsores del “Estado de Bienestar”, modelo económico que hundió en la miseria a sus países de origen.

Dentro ese contexto es que se debe entender la importancia del triunfo de Donald J. Trump. La victoria del excéntrico multimillonario es la mayor derrota de la izquierda en los últimos 15 años. Y el mayor triunfo de las minorías silenciosas desde Ronald Reagan.



Trump heredó un país quebrado y con altas dosis inflacionarias, pero sus medidas van en la dirección correcta. La política monetaria quizás es su mayor desafío, como muy bien lo explica mi amigo, el economista Mauricio Ríos García.

¿Por qué es importante apuntalar la gestión de Trump? Porque tras la caída de Europa, Estados Unidos es el último bastión de occidente. Si la izquierda toma la nación del norte, toda nuestra civilización habrá terminado.

*Hugo Marcelo Balderrama es Licenciado en economía y licenciado en Ciencias políticas. Se desempeña como profesor de economía, comercio exterior y planificación financiera. En Facebook: facebook.com/Marcelo.derecha

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]sta semana el economista Javier Milei ha estado de visita en México, con una intensa gira en universidades organizada por México Libertario. El jueves 10 de mayo estuvo de visita en la ciudad de Salamanca y Gerardo Garibay Camarena, editor de Wellington.mx, lo entrevistó en exclusiva sobre la situación política en Argentina, la nefasta influencia del keynesianismo en América Latina y lo que podemos hacer para contrarrestarla.