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Por: José Juan Hernández Moncada*

El pasado fin de semana, probablemente será recordado como uno de los más nefastos y desastrosos en la historia reciente de México, principalmente dos noticias oscurecen el ya de por sí complicado panorama que el país enfrentará en los meses y años venideros.

Atendiendo principalmente criterios políticos y atavismos ideológicos anclados en una época pasada, el viernes 15 de mayo; la Secretaría de Energía publicó de noche en el Diario Oficial de la Federación un cambio en las reglas del juego, titulado con el eufemismo de “la nueva política de confiabilidad, seguridad, continuidad y calidad del Sistema Eléctrico Nacional” lo que a resumidas cuentas significa un golpe casi mortal a la generación de energías limpias y renovables, además de suponer otro golpe a la inversión y la confianza del país[1], de tantos que ha recibido por parte de esta autodenominada cuarta transformación. A pesar de que esta artera maniobra, realizada de noche y bajo el abrigo de la distracción generada por la crisis del Covid-19 que asola al planeta, supone el hipotecar el futuro de generaciones; al comprometer severamente el porvenir económico y el impacto ecológico que representa, no se trata de lo más grave de los acontecimientos del pasado fin de semana.

La cereza del pastel llegó el domingo 17 de mayo, bajo el mismo modus operandi nocturno, alrededor de las 22:00 vía twitter se filtró un comunicado, firmado ni más ni menos que por Alfonso Ramírez Cuellar el presidente nacional del partido gobernante, el cual obedece ciegamente los caprichos y designios del presidente López. En los contenidos de dicho comunicado se encuentra la propuesta más fascista, nefasta y aterradora de la historia del México contemporáneo, en las dos cuartillas lo que se puede leer resulta terriblemente inverosímil, la ominosa propuesta de Ramírez Cuellar, quitándole los numerosos eufemismos, prácticamente plantea que el INEGI se constituya como una policía política, con amplias facultades para allanar e investigar a cualquier ciudadano, así como confiscar el patrimonio de los mismos de manera arbitraria. [2]

Acorde a la magnitud de la gravedad de lo que se plantea en la propuesta de Ramírez Cuellar, podríamos incluso creer que se tratase más de un simple arranque de fanatismo u ocurrencia aislada, sin embargo la situación nos obliga a analizar el contexto, primeramente que la propuesta no viene de un funcionario menor o de algún otro personaje de escasa relevancia; si no del mismísimo presidente nacional de MORENA ; a esto le sumamos los dichos y declaraciones vertidas por el presidente López Obrador, quien en pasados días declaró que la brutal crisis de salud, social y económica, en la que nos encontramos inmersos le ha caído “como anillo al dedo” para consolidar su proyecto político; del mismo modo recientemente declaró en su homilía mañanera que no era necesario tener más allá de un par de zapatos o también que los indicadores económicos carecen de valor ante la espiritualidad y la felicidad entre otras joyas surgidas de pantomima de todas las mañanas.

Dice un viejo dicho que “el que avisa no es traidor”, estos hechos y declaraciones solo revelan ya de manera clara las verdaderas intenciones dictatoriales de López y su corte de serviles. No conforme con desgastar las instituciones y contrapesos del estado mexicano; ni con minar, dividir y descreditar a la sociedad civil organizada; el autonombrado presidente de los pobres pretende la pauperización total de los ciudadanos, dado que una sociedad miserable es más fácilmente controlable, la visión de la llamada 4t no es más que un país sometido a los caprichos y dádivas del caudillo.

Estamos ante un punto de no retorno, de por sí la situación es ya bastante grave con 10 millones de nuevos pobres,[3] provocados en parte por la pandemia de Covid-19 pero situación agravada por la tardía y deliberadamente mala reacción que el gobierno de López está teniendo para enfrentarla;  con datos y proyecciones que plantean el peor escenario de crisis y depresión en alrededor de un siglo;[4] con un desplome del casi 30% de la inversión en el país;[5] millones de empleos perdidos y una generación que este año ingresa al mercado laboral con escasas o nulas oportunidades de empleo, estamos en problemas; esta situación ya ahora inevitable  quizá nos lleve una década revertirla. De consolidarse las intenciones dictatoriales de López y su partido como las manifestadas este fin de semana, estaremos ante el punto de no retorno que no podrá ser revertido ni en décadas ya que supondría la ruina total del país y la irremediable muerte de todos los avances democráticos de las ultimas décadas.

Es por esto que no debemos permitir como sociedad este artero golpe a la democracia, la libertad y nuestro porvenir, el tiempo para la indecisión y beneficio de la duda ha pasado, el monstruo que enfrentamos ha revelado su verdadera forma; es ahora y cuando podemos hacer algo para impedirlo. Nunca antes en la historia reciente del país hemos estado en un riesgo similar ¿Cómo nos recordarán las generaciones venideras? Es ahora o nunca, porque si el gobierno cruza este punto de no retorno todo se habrá perdido y ya no habrá nada que hacer.

Tiempo al tiempo…

*José Juan Hernández Moncada es Historiador amante de la Libertad. Síguelo en Twitter: @JoseJuanHdzm


[1] https://expansion.mx/empresas/2020/05/15/sener-madruga-al-sector-de-las-renovables-y-da-super-poderes-a-la-cfe

[2] https://politica.expansion.mx/mexico/2020/05/18/morena-pide-modificar-la-constitucion-para-que-el-inegi-mida-la-riqueza-del-pais

[3] https://aristeguinoticias.com/1105/mexico/hasta-10-millones-mas-de-pobres-por-covid-19-en-mexico-se-revertiria-desarrollo-de-una-decada-alerta-coneval/

[4] https://www.elfinanciero.com.mx/economia/economia-mexicana-se-contraera-8-4-en-2020-preve-jpmorgan

[5] https://www.ejecentral.com.mx/se-desploma-26-inversion-extranjera-directa-a-mexico/

Por: Víctor H. Becerra*

El viernes pasado, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, suscribió un acuerdo que entrega, “de manera extraordinaria”, a las Fuerzas Armadas las tareas de seguridad pública del país.

Es una militarización del Estado, de hecho y de Derecho: No sólo durante el gobierno de López Obrador se han asignado al Ejército servicios públicos como la construcción del nuevo Aeropuerto de Santa Lucía y la prestación de servicios de salud por covid-19, sino que además ahora militariza la seguridad pública, apoyado presuntamente en la Constitución.

Recordemos, al margen, que México es uno de los pocos países en la región que no cuenta con un ministro de las Fuerzas Armadas que sea civil, y que el gobierno no ha establecido mecanismos para garantizar el control civil total sobre los militares (en realidad, el principal y casi único papel de supervisión del Congreso mexicano sobre el Ejército es aprobar su presupuesto), y ni siquiera es posible someterlos al aparato de justicia civil.

El acuerdo de López Obrador es una repetición de las estrategias fallidas de los ex presidentes Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, que no redujeron la violencia (más bien al contrario) y provocaron gravísimas y reiteradas violaciones a los derechos humanos. Así, por ejemplo, desde 2007, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) ha recibido 10 mil quejas por violaciones de derechos humanos cometidas por miembros del Ejército. Adicionalmente, entre 2007 y junio de 2017, la CNDH emitió 148 recomendaciones dirigidas a las Fuerzas Armadas de México por violaciones graves a los derechos humanos, incluidos casos documentados de tortura, desaparición forzada, ejecuciones extrajudiciales y uso ilegal de la fuerza, entre otras.

Tendremos ahora una repetición, con el agravante de que López Obrador tardó año y medio, un cuarto de su administración, en darse cuenta del fracaso de su estrategia de combatir con “besos y abrazos” a los carteles del crimen organizado, y de crear una Guardia Nacional que no ha rendido resultados, más allá de la vergüenza de videos que muestran la corrupción de sus integrantes o como éstos son apaleados por vecinos soliviantados.

El acuerdo presidencial simula cumplir con la Constitución, pero no señala cómo acatar las obligaciones de fiscalización, regulación y subordinación sobre el Ejército en estas nuevas tareas, obligaciones que la misma Constitución establece. De esa manera, tendremos un Ejército metido en las calles, deteniendo a civiles y combatiendo a los carteles del crimen, pero sin fiscalización, ni regulación ni mando civil: el escenario ideal para la violación sistemática e impune de los derechos individuales.

Ahora bien: ante el incontenible clima de violencia en el país (con cifras alucinantes como un homicidio cada 15 minutos en promedio), ¿fue esta la mejor decisión que se podía tomar? Probablemente no había otra. Pero también reconozcamos que ni este gobierno ni los anteriores se preocuparon por construir una nueva y mejor solución. Incluso, en campaña, el propio López Obrador e integrantes importantes de su partido, hoy miembros prominentes de su gobierno, del Congreso o de los programas de comunicación oficialistas, criticaron las estrategias de militarización de los anteriores gobiernos, marcharon contra ellas y hasta las impugnaron ante la Justicia; López Obrador incluso prometió regresar a los militares a su cuartel en seis meses. A cambio, en estos 17 meses de gobierno, no presentó ninguna nueva idea o plan. Todo fue engaño y mero oportunismo político para atacar a los adversarios.

Esto demuestra que a López Obrador y su gente realmente no les molestaba la conducción del país ni las decisiones por parte de Calderón o Peña Nieto y sus equipos. Lo único que querían era ocupar sus puestos y disfrutar sus privilegios.

Al final, la traición política del presidente a sus electores, establece una mayor centralización de las labores de seguridad pública en el Ejército, un nuevo y poco auspicioso arreglo civil-militar en el país, y una inédita concepción del entramado de seguridad nacional, en donde el factor castrense será el eje principal de una renovada visión de poder y control, sin contrapesos. Similar a tantos países que cayeron en el llamado Socialismo del Siglo XXI.

En este escenario, el recargado empoderamiento castrense será clave para fortalecer y retroalimentar el autoritarismo de López Obrador, el cual es cada vez más y más palpable. De ese modo, una mayor concentración de poder en la persona de López Obrador, ahora con las Fuerzas Armadas como su clientela política, podría servir para imponer fácilmente en México un régimen dictatorial en el mediano plazo, si el presidente quisiera. Y para muchos mexicanos, eso es precisamente lo que López Obrador quiere y hacia allá tiende, sin tregua ni descanso.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

La gestión de la crisis por la pandemia de covid-19 en México ha exhibido al gobierno de López Obrador como un gobierno incapaz, plagado de corrupción o al menos descuidado en la compra de insumos y materiales, negligente en su reacción: Baste observar que la mayor nueva obra de la principal agencia sanitaria estatal, el IMSS, para atender la pandemia en la Ciudad de México,  la más grande concentración de infectados en el país, apenas lleva una semana de construcción (a pesar de que la declaración por parte de la OMS de “emergencia de salud pública global” por el coronavirus proviene desde enero), con solo un 15% de avance y se espera concluirlo hasta fines de mayo (si bien les va), no obstante que se preve que el pico de infectados alcance su mayor altura este 6 de mayo, y de que el presidente López Obrador habla, triunfalmente, de que su gobierno ya ‘aplastó’ la curvada contagios y “domó” a la pandemia.

A ello hay que agregar la negativa de su gobierno de dar apoyo fiscal a las empresas, empujando a miles de ellas a la quiebra, el clientelismo oficial en el reparto de apoyos económicos para enfrentar la cuarentena, la caída de sectores enteros en la insolvencia, como las compañías aéreas, frente a la inacción gubernamental, por no hablar de que México es el último lugar de los países de la OCDE en pruebas de covid-19 por cada mil personas: El país libra su más dura batalla con los ojos vendados y las manos esposadas. 

Así, la pandemia ha exhibido la incapacidad del gobierno mexicano, aún cuando lo más grave todavía está por llegar.

Pero hay un fenómeno sobre el que conviene detenerse un poco: Mientras el gobierno de López Obrador da un paso atrás, los grupos del crimen organizado ocupan su lugar. Así, desde hace un mes aparecen cada vez con mayor insistencia, en redes sociales y medios de comunicación, fotografías y videos de grupos de narcotraficantes entregando dinero, comida y despensas a población vulnerable, en medio de la cuarentena obligada por el propio gobierno, que ha causado hambre y pobreza. El mensaje de esos grupos parece ser: Si el Estado te abandona, nosotros sí te respaldamos.

Se ha documentado la entrega en varios estados del país, principalmente en Tamaulipas, Chihuahua, Jalisco, Michoacán, San Luis Potosí, Colima, Guanajuato, Veracruz y Guerrero. Los mismos grupos criminales exhiben las imágenes en redes sociales, exhibiendo las narcodespensas con pegatinas con los nombres de los carteles criminales, o imágenes de El Chapo Guzmán, los jefes criminales de la zona y hasta de Osama Bin Laden. Mas la tarea de estos grupos no se limita sólo a la entrega de narcodespensas: También actúan pidiendo que la gente no salga de casa y obligando al cumplimiento de la cuarentena, amenazando con su poder de fuego. Cuarentena o plomo.

Parecería que la publicidad de estos apoyos, aparentemente caritativos, cumple varios objetivos: Primero, advertir a otros grupos criminales que ellos son los dueños de la plaza. También, evitar que su base de apoyo los abandone, ahora que la producción, el trasiego y el comercio de drogas se encuentran supuestamente paralizados, como toda la economía del país. Y finalmente, lograr un apoyo en las comunidades para construirse un “escudo social” que proteja sus actividades, les advierta de peligros y sirva como base para el reclutamiento de nuevos integrantes.

Esto se da un contexto de creciente violencia en el país, por parte de los mismos grupos criminales: En abril pasado, por ejemplo, se dieron 2,492 homicidios dolosos en el país, es decir, un promedio de 83 homicidios por día, más de un homicidio cada 20 minutos, uno de los registros más altos, no sólo del gobierno de López Obrador, sino en la historia del país. Hoy, más gente llora en México por la violencia y la inseguridad pública que por la crisis de coronavirus.

Así, mientras mucha de la fuerza pública está ocupada en la vigilancia de hospitales y buscando que la población acate la cuarentena y el distanciamiento social, los carteles de la droga y del robo de combustibles aprovechan ese repliegue para seguir disputándose territorios e incrementando sus operaciones.

México vive bajo el acoso de dos pandemias: La del coronavirus y la de los grupos del crimen organizado. Frente a ambas, el gobierno de López Obrador ni tiene respuestas, ni estrategias, ni preparación, ni resultados. Y ambas durarán aún bastante tiempo más, desangrando al país.

El Estado mexicano se revela frente a ellas como una torpe ficción, una mala broma, muy cara. El rey está desnudo.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por Efrén Zúñiga*

Al diablo con la sensatez. En economía, los incentivos dirigen a los agentes económicos a tomar una u otra decisión. En Pemex ya se dan a notar. Ante los reveses sufridos por las calificadoras; la salida de capitales, así como el encarecimiento del crédito son dos males irremediables. Como cualquier mercado de crédito, ante mayor riesgo, mayor será el costo del crédito; esto ante la tentación de refinanciarse, lo cual será casi un hecho. Añada que dado el precio actual del crudo (el cual no mejorará en demasía durante un buen tiempo), la empresa será más ineficiente. Los Estados Unidos, nuestro principal cliente, enfrenta una sobre oferta del hidrocarburo. Por si fuera poco, falta conocer a cuánto han ascendido las pérdidas de la paraestatal. Aquí solo queda (o debería) haber espacio para la sensatez, pero sobre todo para la prudencia; esto es, detener la producción y parar la obra de Dos Bocas. El Presidente Andrés Manuel no reculará, se morirá con la suya, llevándose entre las patas a millones de mexicanos.

Que nos agarren confesados. Si por algo han sido merecedores de desprestigio, mis colegas economistas, es por la gran cantidad de predicciones erráticas. Sobresalen, sobre todo, en situaciones tan dramáticas como lo fue en la crisis financiera del 2008. No obstante, no hay mejor forma de intuir lo venidero que siguiendo sus expectativas. Lo que auguran para México puede, por lo menos, dejarnos sin aliento: Standard & Poor’s pronostica una caída del -6.7%, en el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas -6.7%, Banorte -7.8%, JP Morgan -7.5%, Scotiabank -8.4%, entre otros. Pero esto no es lo peor, me llama la atención los casos de Citibanamex y BBVA, quienes en sus estimaciones contemplan dos escenarios, uno pesimista y otro optimista, esto en el sentido de las medidas que pueda o no tomar la actual administración.  Dichos pronósticos son del -9% y -11% para Citibanamex, mientras que para BBVA son del -9% y -12%. El consenso es la recesión (lo cual es obvio), la discrepancia es la magnitud. Hoy los mercados no ven una señal clara de cuando podrá repuntar la economía, y es que el principal ignoto sigue siendo el mismo que ocurría antes de la pandemia, la desconfianza en el actual gobierno.

A rio revuelto, ganancia de pescadores. Como casi siempre ocurre, ante la desgracia económica, ciertos sectores emergen con mayor fuerza. Tal es el caso de las aplicaciones móviles como Uber Eats o Rappi, por mencionar algunas, que ante el llamado #quédateencasa, se han adueñado de buena parte del mercado de comida para llevar. Otro ejemplo, es el incremento en el consumo de ciertos bienes, tales como las bebidas alcohólicas con un 63% (motivado en gran parte por la cerveza), la leche con un 30% y los refrescos con un 15%. Más aún, la aseguradora Qualitas reportó una utilidad del 20.3%, ante el descenso del registro de siniestralidad durante el primer trimestre, ocasionado por la reducción de salidas en vehículos particulares. En otro ámbito, tenemos que quizá sea el activo más seguro, y me refiero al oro, reportó un avance en su precio del 11.2%, ello como consecuencia de la búsqueda de activos que sirvan de refugio. Con ello nos damos cuenta, que ante una u otra circunstancia, y durante algún lapso, habrá quienes hagan su agosto.

Pataleando boca arriba. Bastante irrisible parece la promesa del Presidente López Obrador de generar 2 millones de empleos, más aún, si no deja ver cómo lo conseguirá. Entes como la Organización Mundial del Trabajo, Coparmex y Concamin ya auguran una pérdida de empleos entre 1.5 y 2.1 millones. La Asociación de Emprendedores de México por su parte, pone sobre la mesa que el 87% de las Mipymes perderán, clientes, ventas y nuevos trabajos; además de que una de cada cuatro despedirá personal. Hubiera sido más sensato que López Obrador prometiera retener en lugar de generar, pero eso es mucho pedir. Otro golpe en el proyecto de la 4T será el que concierne a la deuda pública. Primero que nada, dejemos claro que éste, como los otros gobiernos, se ha endeudado. La obsesión del Presidente, en voz de sus colaboradores, consiste en el cociente de la deuda pública con respecto al PIB. El año anterior fue del 44.9%, este año, de acuerdo a documentos oficiales, será del 51.2%, esto es, un incremento de más del 6.3%, muy cercano al 7.7% de la administración de Peña Nieto. En lo que refiere a crecimiento económico, el Presidente se fijó un objetivo del 4% promedio y cerrar con un 6%. Sin Covid-19 se creció 0%, para el presente, por ahora, el consenso ronda entre el -7%. Dicho esto, el objetivo del crecimiento también se ha desvanecido. Naturalmente, estos datos no serían muy distintos si en la silla presidencial estuviera Meade o Anaya, la tragedia deriva de la pandemia; sin embargo, lo que sí es absolutamente cuestionable son las absurdas propuestas con las que se ha salido a mitigar la tragedia. No, las economías no se componen por decreto.

EL PILÓN. Es casi unánime el conceso de los economistas, en que para salir más rápido de esta tragedia se debe caer en déficit. Si bien esto casi del todo cierto, también debemos seguir de cerca otro aspecto ¿a dónde va el dinero? ¡Ahí está el detalle!  

*Efrén Zúñiga es Licenciado en Economía por la Universidad de Guanajuato. En twitter: @EfrenZuS

Por: Víctor H. Becerra*

El presidente López Obrador presentó este domingo su plan económico contra la emergencia por el COVID-19. El resultado es que no hay plan y que el presidente no inspira confianza ya a nadie, fuera de su círculo de adictos: La caída inmediata, tras de su presentación, de la paridad para un nuevo máximo histórico de 25.68 pesos por dólar, así lo deja ver.

López Obrador y sus voceros anunciaron toda la semana que el domingo presentaría su plan económico, pero esto sólo sirvió para generar interés en uno más de sus cada vez más intrascendentes y anti-climáticos informes trimestrales de gobierno. Seguramente por eso tal vez será su informe más visto. Pero éste quinto informe fue como los otros: una nueva colección de los”éxitos” de su gestión, con datos falsos y logros imaginarios. Por ejemplo, la supuesta reducción de los homicidios en el primer trimestre de este año, según él en un 0.3%, cuando en realidad tuvieron un incremento del 3.6%. O la ilusoria terminación de la Línea 3 del Tren Ligero de Guadalajara. O el “logro” de haber reducido el costo de la gasolina, atribuyéndose el efecto colateral de la actual guerra petrolera y de la baja mundial en su consumo.

López Obrador se presentó en un patio vacío, sin omitir los honores presidenciales, solo frente a las cámaras de televisión, y solitario en el escenario, como a él le gusta: Para que nadie le dispute la atención. Tan pequeño e indigente en capacidades se sabe, que no tolera ninguna distracción de su persona. Es como diría Javier Milei: Lo que hizo López Obrador en su informe de papel crepé y cartón, es equivalente a lo que hacen los hombres que pertenecen al club de los penes cortos, pero con dinero, que compensan solo para sentirse más, sin ser nada.

El solitario de Palacio Nacional. Es como ese personaje de “El Chavo del Ocho”, que armaba sus propios juegos sólo para jugar él, divertirse él y ganar él. Si a López Obrador le quitas su insignificancia, se quedaría sin nada. Lo cual sería ridículo si no fuera trágico, tratándose de la máxima autoridad de un país en su hora más desesperada y oscura en muchísimo tiempo.

Por eso es que mucha gente esperaba con expectación su plan, jaloneado entre rumores de que anunciaría la nacionalización de bancos y supermercados, o bien, el anuncio anticipado por dirigentes empresariales, de que informaría de apoyos fiscales para las empresas, para sortear en lo inmediato la crisis por el COVID-19. Pero nada de eso pasó. Ni de nada. El presidente nunca reconoció la gravedad de la emergencia. La economía y las empresas y sus trabajadores están solos frente a esa emergencia: Sólo dependen de sí mismos. Qué triste, caray: Justo en su peor momento, el país está en las peores manos.

Su plan es solo que continuará y ampliará sus actuales programas sociales, con los últimos recursos que los diferentes gobiernos “neoliberales” (según él) ahorraron durante los últimos 15 años para emergencias y compromisos, en el Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios, en el Fondo Mexicano del Petróleo, y en diversos fideicomisos, y que con ello creará 2 millones de empleos, como ya sabemos que lo hará: Llamando “empleos” a sus becas y subsidios, que no son más que premios por obediencia y obligación de voto para sus bases partidistas.

López Obrador gastará los últimos recursos de que puede disponer: Que vaya sobre ellos evidencia la real situación de las finanzas del país y su desorden. Después de eso, ya no habrá ahorros ni recursos ni forma de sostener sus programas sociales, con una economía en declive. A menos que suceda lo impensable: Que su rapiña pronto se dirija a los fondos privados de pensiones y sobre las reservas del Banco de México. Algo impensable… y que podría suceder. En tal sentido, el de López Obrador no es un gobierno en crisis terminal, como sostienen muchos: Aún conserva intacta su enorme capacidad de hacer daño. 

En el fondo, el plan de contingencia de López Obrador es mero ejercicio descarnado de poder: En lugar de salvar empleos productivos, seguirá engordando a sus bases sociales, que reciben subsidios y transferencias. Y hasta donde el presupuesto público alcance. Esto, para ganar las elecciones intermedias del Congreso en el 2021.

Seguramente la mala gestión de la crisis sanitaria y de otros problemas del país (el desempleo que viene, la quiebra de muchísimas empresas, la violencia y la inseguridad pública, los saqueos que habrá, etc.) podrán costarle varios puntos de popularidad, pero él apuesta a sacar a votar a sus bases, dentro de un año, y con eso revalidar y fortalecer su proyecto político, conservando su mayoría en el Congreso. No hay secreto en ello: Es el mensaje detrás de su “plan”. Y la suya podría ser una apuesta ganadora, frente a la inacción de la oposición y la atomización y desorganización de la sociedad civil que lo critica y se le resiste.

A cambio, la economía mexicana entrará en una caída gravísima, sin fondo ni plazo de terminación: será su peor depresión económica en 100 años, mayor que las de 2009, 1994, 1982, 1976… Ya se habla incluso de una recesión anual del 10%. Así, la economía quedará intubada a un respirador artificial, en peligro cierto de muerte. La mortandad en turismo, servicios, microempresas y pymes será muy pronunciada. Se estarían salvando vidas del COVID-19 (si se salvan) sólo para entregarlas a la muerte de la economía y a la pobreza y la falta de horizontes. Donde no habrá creación de riqueza ni empleos o bienestar real sin empresas vivas y actuantes.

Lo que sucedió el domingo es algo que todos sabíamos de López Obrador, sin asumir sus consecuencias últimas: Sólo le importan él mismo y su proyecto político. A esto sacrificará todo, cueste lo que cueste, caiga quien caiga. Y lo está haciendo.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Héctor Uriel Rodríguez Sánchez*

AMLO ignora la crisis del Covid-19 y sus efectos económicos por que sabe que implican el fin de su proyecto político. Incapaz de aceptar sus errores para manejar la crisis que sabía que venía, él, cobarde y soberbio, prefiere morir y ver morir a su pueblo que aceptar que se equivocó. Ahora por eso se hace el loco y ha empezado a luchar contra molinos de viento, solo. Sueña con inmolarse en la enfermedad y morir en la pose correcta para ocupar el cuadro central de la monografía de la pape. Su “fuerza moral” se ha convertido en fuerza de contagio.

Antier, tímidamente y en un soporífero video de YouTube, finalmente cedió algo, pero cedió sin ceder, cumplió lo que seguramente le exigieron los que pueden exigirle y dio un mensaje cuerdo. Pero solo lo dijo para quienes quisieron escucharlo, no lo hizo para quienes debían escucharlo. Dispone de casi dos horas diarias de “cadena nacional” que desperdicia en verdades a medias, cortinas de humo y payasadas, pero no tuvo ni un minuto para dar el mensaje más importante que él tenía que darle a México: También me quedo en casa.

Llegó el momento en que el sobajado subsecretario de Salud, al lado del siempre ausente que tiene el nombramiento de Secretario, quién sabe bajo qué presión, tuvo que pedir enérgicamente, con vehemencia, lo que ya todos sabíamos que debíamos hacer: ¡Quédate en casa! Repitió tres veces a México, en un mensaje sin Presidente, sin líder, sin el otrora redentor, sin ocurrencias, sin estampitas, sin burlas y sin locuras. Andrés Manuel se fue a esconder a una gira.

Es tarde para que el gobierno se comporte a la altura. El dique de mentiras montado por el Presidente no resistió. La realidad es demasiado grande, demasiado contundente y viene lo que viene. El daño está hecho y el Gobierno de López Obrador está desahuciado, lo sabe todo el mundo, literalmente. La crisis le sepulta, pero se ha matado solo, con cada decisión que ha tomado creyéndose invencible e inmune a las consecuencias de sus errores, de la ineptitud, la chabacanería y el cinismo. Él y nadie más es el asesino de “La Esperanza de México”.

Habrá que hacer lo posible por salvar a México. Es lo que nos queda. Esperemos no caer en peores manos. Las consecuencias de las malas decisiones suelen ser largas y muy caras. Quién mandará ahora ¿Ebrard? ¿El ejército? ¿Nadie?

Entre tanto resistamos. El México nuevo será de supervivientes a la enfermedad, a la crisis económica, social y política, a la pobreza, a la locura y a la ignorancia. A las consecuencias de votar con el hígado, vamos.

Aprendamos.

Por ahora #QuédateEnCasa

*Héctor Uriel Rodríguez Sánchez. Apasionado de la Política, Speaker y Consultor de Negocios. En Twitter: @hectoruriel y en Facebook: /hectoruriel.r

Por: Víctor H. Becerra*

Una pregunta recorre México, apremiante, nerviosa: ¿La reciente baja en la popularidad del presidente López Obrador será un quiebre definitivo en su gobierno, hacia una impopularidad permanente y tal vez, quizá, marque el fin adelantado de su sexenio?

Hace unos días, varias casas encuestadoras publicaron sus resultados midiendo la actual popularidad presidencial. Todas ellas, sin excepción, reportaron una sensible baja en los niveles de aceptación presidencial: Su popularidad bajó del 78-80% (iniciando su gobierno, a principios de 2019) a un rango del 57-62% (en la actualidad, según la encuesta que se prefiera), mientras aumentó considerablemente su desaprobación, de 14-18% al 29-35%, hoy.

Ningún presidente mexicano había llegado con tanto poder y popularidad como López Obrador. Pero como dicen señaló Abraham Lincoln: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Así que tras 15 meses en el poder, López Obrador hoy resiente los primeros efectos de un gobierno incompetente, inepto: Desconfianza de empresarios e inversionistas; una economía en recesión; desempleo creciente; la crisis del sector hospitalario que ha costado decenas de víctimas (muchas de ellas niños) y que puede magnificarse con la epidemia de coronavirus en puerta; 100 asesinatos diarios en promedio, muchos de mujeres y niños, como resultado de una inseguridad pública imparable; una corrupción galopante, como deja ver que el 78% de los contratos de su gobierno sean adjudicaciones directas, opacas y a empresas de reciente creación, muchas vinculadas a personajes de la propia administración; 346 mil millones de pesos en pérdidas en PEMEX, además de cientos de millones en proyectos descabellados, debilitando unas finanzas públicas de por sí pendientes de un hilo. Es un gobierno que ha fluctuado, estos 15 meses, entre las malas noticias, las feas y las pésimas. Pobre país, en manos de un necio incapaz.

El daño hecho en estos meses iniciales de gobierno, será difícil de revertir, máxime cuando no hay siquiera voluntad de reconocer errores. Pero el problema real es que ninguno de estos problemas se solucionará en el corto plazo. Vamos: Ni siquiera se prevé una ligera mejoría pronto, menos con el reciente desplome del precio del petróleo (la gran apuesta del sexenio), y con él, el del peso mexicano y del gasto del gobierno, un golpe que dependiendo de su profundidad y duración, sí puede descarrilar el sexenio de López Obrador. Así que la popularidad presidencial seguirá cayendo.

Reconocer y prever esto no implica, empero, suponer que su gobierno colapsará o que le espera un fuerte castigo en las aún lejanas elecciones intermedias de julio de 2021, perdiendo la mayoría legislativa que hoy tiene en la Cámara de Diputados.

En realidad, sus niveles de aceptación aún son grandes, similares a los de cualquier otro gobernante: Casi cualquier presidente latinoamericano estaría satisfecho con sus números. Además, las encuestas dejan ver que su reciente impopularidad tiene más que ver con los resultados de su gobierno, que con un rechazo a su figura: Él, en lo personal, sigue contando con altos niveles de simpatía y adhesión, gracias a una hábil comunicación personal y miles de millones de pesos en programas sociales y en la operación con medios de comunicación y redes sociales.

Peor aún: A pesar de la naciente impopularidad de su gobierno, ningún partido político ni ninguna otra figura política se ven beneficiados de ella. Partidos y políticos de oposición se encuentran en puntos muy bajos de aceptación, prácticamente sin cambios desde que López Obrador llegó al poder. Si cae la popularidad de López Obrador, no aumenta la de la oposición ipso facto. En tal sentido, es una suposición sin bases esperar que perderá la mayoría en el 2021. Es más: A López Obrador sólo le basta movilizar a una fracción de los beneficiarios de sus programas sociales para retener entonces la Cámara de Diputados.

Así que mas le vale a la oposición y a los ciudadanos críticos seguir trabajando en el cuestionamiento y la exigencia al gobierno de López Obrador, en lugar de esperar de que sus propios errores lo lleven a la tumba política: Sigue reteniendo una alta aceptación y muchísimos recursos de todo tipo, por lo que más vale no confiarse ni cantar victoria antes de tiempo.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

Cuando la izquierda no gana las elecciones, busca destruir al país. Eso sucede en Chile. Cuando las gana, lo destruye. Eso está pasando en México.

Así, son enormes los déficit en la gestión del presidente López Obrador, en sólo un año de gobierno en México: Un récord histórico de muertos y desaparecidos, producto de la narcoviolencia y la inseguridad pública, y a la vez, menor crecimiento económico, del 0 por ciento en 2019 y, con suerte, del 1 por cierto en 2020. Baja en la inversión, pública y privada, mientras aumenta la percepción de corrupción: El último informe de Transparencia Internacional coloca a México como el segundo país más corrupto del mundo, a despecho de la promesa de López Obrador de eliminar la corrupción desde el primer día de su gobierno.

Por otra parte, los datos oficiales evidencian una enorme destrucción de empleos y una menor generación de éstos, mientras el gobierno se empeña más bien en capturar, desacreditar y destruir a las instituciones del Estado. Por su parte, la política exterior es fuente de permanente descrédito: sirve sólo para defender a sátrapas de izquierda y ser obsequiosos con Donald Trump, mientras después de muchísimo tiempo o nunca antes, se expulsa a un embajador mexicano por intentar violar el orden jurídico de un país anfitrión.

Y los déficit pueden extenderse sin fin: Desabasto de combustible al inicio del gobierno y, a lo largo del año, su robo que no ha logrado detenerse; avance prácticamente nulo en los proyectos insignia del nuevo gobierno: el aeropuerto de Santa Lucía, la nueva refinería de Dos Bocas y el Tren Maya; entrega de la educación pública al hampa sindical, mientras se destruye al sector salud, con desabasto de medicamentos, falta de servicio en hospitales y la cancelación del Seguro Popular sin haber construido ni dado opciones de cómo sustituirlo: una negligencia que está costando miles de vidas, muchas de ellas de niños. En el sector energético, supuestamente la mayor prioridad de López Obrador, hay conflicto con gasoductos, certificados de energía limpia, subastas de adjudicación y farmouts, parálisis en proyectos, reversión de apertura y caída de inversiones.

En seguridad pública, el proceso de puesta en operación de la Guardia Nacional avanza con una lentitud incompatible con la urgencia del tema (hasta pareciera que el objetivo fuera proteger a los carteles del crimen organizado, no combatirlos), mientras amplios sectores del país (Guanajuato, Chihuahua, Guerrero, Tamaulipas…) son paisajes de guerra, y las principales ciudades de las fronteras norte y sur se convierten en zonas de crisis humanitaria por la situación migratoria. Y para adelante, poco que rescatar: El gobierno deja ya de ver sus intenciones de reformar la legislación para eliminar más garantías individuales, acrecentar aún más su poder y apoderarse de la institución organizadora de todas las elecciones, federales y locales.

A López Obrador ya se le fue la quinta parte de su período de gobierno: Un 20 por cierto de su gestión se ha ido en nada y en ruinas. Si no es ahora, ¿cuándo comenzará a dar resultados, en positivo? Prometió renovarlo todo, mejorarlo todo, cambiarlo todo, y no ha hecho nada que justifique su llegada al poder. Ni la ilusión y las esperanzas que generó en millones de mexicanos.

Si hoy terminara su gobierno, López Obrador pasaría a la historia como un gobernante incompetente y criminal, no como el gran estadista que él supone ser. Lo trágico es que su frenesí destructivo y su manía autocelebratoria, desapegada de toda realidad, le están causando a México (especialmente a sus habitantes más pobres) un daño que tomará décadas reparar y superar.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

En entrevista con el canal internacional NTN24, Gerardo Garibay, editor de Wellington.mx, habló sobre el desastre de AMLO en Culiacán. Queda claro que Obrador no tiene en su equipo a personas que le ayuden a pelear esta guerra, el tema de la inseguridad lo ha rebasado, quedando a misericordia de los cárteles, porque el gobierno federal simplemente no tiene idea.

Les comparto el video de mi entrevista con NTN24 sobre el desastre de AMLO en Culiacán. Queda claro que Obrador no tiene en su equipo a personas que le ayuden a pelear esta guerra, el tema de la inseguridad lo ha rebasado, quedando a misericordia de los cárteles, porque el gobierno federal simplemente no tiene idea.

Posted by Gerardo Enrique Garibay Camarena on Tuesday, October 22, 2019

Por: Víctor H. Becerra*

En voz baja, en México se viene hablando, desde hace tiempo, de la peculiar relación del gobierno del presidente López Obrador con los carteles del narcotráfico, particularmente con el que encabezó Joaquín “El Chapo” Guzmán (hoy encarcelado y condenado en EEUU), el llamado Cartel de Sinaloa. Los comentarios subieron de tono tras los graves incidentes del jueves pasado, cuando la ciudad de Culiacán estuvo por varias horas en poder de dicho cartel, sustraída a la autoridad del Estado mexicano.

Culiacán no es cualquier ciudad: Es la capital del estado de Sinaloa y tiene alrededor de 900 mil habitantes (una población similar a la total de Chipre, un tercio más a la total de Luxemburgo, casi tres veces la de Islandia, o bien, similar a la de ciudades como San Francisco o Indianápolis en EEUU), con un PIB per capita estatal de 148,680 pesos anual, equivalentes a 7,780 dólares (datos del INEGI de 2017), menor al promedio mexicano pero superior al de la India, por ejemplo. No es pues ninguna ciudad sin importancia, aislada o marginal.

Pues esa ciudad fue tomada como rehén por el Cartel de Sinaloa, el pasado jueves 17 de octubre, a fin de lograr la liberación del hijo de El Chapo, Ovidio Guzmán, aparentemente detenido por el gobierno mexicano en un operativo en la casa de su novia, para cumplimentar un pedido de extradición del gobierno de EEUU, un operativo conducido por la flamante Guardia Nacional, con solo 30 elementos, sin orden de aprehensión ni estrategia, sin comunicación ni solicitud de apoyo con el Ejército o las autoridades locales. Como respuesta, al Cartel le bastaron 15 minutos para trasladar a un pequeño ejército, temiblemente armado, rodear a la Guardia Nacional, controlar la ciudad mediante bloqueos y amenazar la unidad habitacional donde viven las familias de los soldados del cuartel militar de la región. Al final, tras algunas horas, el gobierno de López Obrador tuvo que entregarles a Ovidio Guzmán, para restablecer el orden en la ciudad y cesar las amenazas del Cartel.

De esa manera, el narco demostró a propios y extraños que puede desestabilizar fácilmente al gobierno mexicano, paralizar y secuestrar cualquier ciudad del país, atacar impunemente al Ejército en sus propios hogares y someter a voluntad a la población, por medio del terror y el chantaje. En vista de la facilidad y sus resultados, no sería raro volver a ver pronto otros casos similares.

En su disculpa, López Obrador aduce que al liberar al hijo del capo, salvó miles de vidas. Quizá. Pero no debe olvidarse que él mismo y su gobierno las pusieron primero en grave peligro, con un operativo insuficiente, caótico e improvisado. Así que agradecer o vitorear su decisión es un despropósito: Significa premiar la planeación incapaz y la ejecución fallida del operativo, partes de una estrategia de seguridad pública que simplemente no funciona. Es disculpar la irresponsabilidad. Es estar de acuerdo con un Estado de Derecho ridículo. Es querer tapar el sol con un dedo, para defender a un gobierno que, a quienes estuvieron en medio de la balacera o escondidos y aterrorizados en sus casas o empleos, simplemente no les sirve de nada… es hacernos tontos nosotros mismos.

El gobierno de López Obrador simplemente no funciona, las instituciones públicas están rebasadas, son inoperantes. Esto, en principio, por la incapacidad de un gobierno que no distingue entre el uso de la fuerza para reprimir y su uso para hacer valer los derechos de vida, propiedad y libertad de sus conciudadanos. López Obrador parece no comprender que no todo uso de la fuerza del gobierno es represión. En tal sentido, evitar muertes pasa precisamente por preservar los derechos individuales de los ciudadanos. O de lo contrario, ante la incapacidad manifiesta, permitir que los ciudadanos se armen y se defiendan, por su cuenta. Al margen, de cualquier modo, urge en México legislar a favor de la libre adquisición y portación de armas de fuego.

Lo que sucedió en Culiacán supondría una gran negligencia e incapacidad de López Obrador y su gobierno. Pero también podría suponer otra cosa, distinta, intencionada. Por ello, debemos hacernos la pregunta que hoy muchos solo piensan:  ¿López Obrador fue financiando por el narco en algún momento de su larga carrera política, lo que lo obligaría a un trato preferencial al menos hacia ese cartel? Quizá. La opacidad de sus ingresos personales en los últimos 14 años, la sospecha sobre los recursos de sus distintas campañas, los interminables escándalos sobre su financiamiento (Bejarano, Mandoki, contratos en el gobierno de Marcelo Ebrard, las “cooperaciones voluntarias” al PRD y MORENA de empleados de gobierno, Eva Cadena…) hablan al menos de un manejo poco escrupuloso en temas financieros.

Un trato preferente al Cartel de Sinaloa puede rastrearse al menos desde la gestión de privilegios migratorios para la madre del Chapo Guzmán, Consuelo Loera, a fin de que pudiera visitar a su hijo en Estados Unidos, y las condolencias de López Obrador por la condena de El Chapo: “Nadie merece algo así”, diría López Obrador conmovido sobre la suerte del multiasesino. O que el propio secretario de Seguridad lopezobradorista posea propiedades que fueron de narcotraficantes, o que en otros puestos haya empleado a personajes vinculados a los carteles o hasta que uno de sus hijos haya compartido aula escolar con el propio Ovidio Guzmán.

Y como cereza en el pastel, la conferencia de prensa del abogado de la familia Guzmán Loera, agradeciendo al presidente López Obrador el haber liberado a Ovidio. Al respecto, ¿cuándo habíamos visto que los delincuentes agradecieran públicamente en un show mediático a un presidente por no ser detenidos? ¡Y todavía lo invitan a su centro de operaciones, Badiraguato, para festejarlo e inaugurar una universidad! 

Todo ello arroja una sospecha inquietante, que trasciende la posible incapacidad del gobierno: El operativo para detener a Ovidio Guzmán fue planeado y ejecutado deliberadamente para fallar. Así, el presidente buscó quedar bien con el Cartel, sin ganarse la animadversión del gobierno de EEUU. Simplemente trató de quedar bien con Dios y con el Diablo.

Al final, sea una operación “planeada” por incompetentes o por mal intencionados, lo grave es el mensaje que envía a los otros cárteles del narco (algunos con mucha mayor capacidad de fuego que el de Sinaloa) y demás grupos delictivos: Todo vale frente a un gobierno cómplice y puesto de rodillas. De modo que lo que sucedió el jueves pasado, volverá a ocurrir, tarde o temprano, y tal vez con mayor gravedad, para desgracia de todos. 

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.