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Por: Gerardo Garibay Camarena*

El infame Hugo Chávez de Venezuela, el británico Jeremy Corbyn, el estadounidense Bernie Sanders proclaman su promesa inquebrantable de ayudar a los «pobres» aumentando la intervención del gobierno para mejorar sus condiciones de vida y luchar contra las injusticias de la desigualdad y el capitalismo. De acuerdo con su mensaje, los pobres son pura y perpetuamente impotentes, las víctimas condenadas de un sistema cruel y podrido que los anclan en una desventaja permanente, un destino cruel del que sólo los sabios [nombre su político favorito] pueden rescatarlos.

Por supuesto, se podría explicar esta narración atribuyéndola a un mero pragmatismo electoral. El relato de la desafortunada y noble víctima, oprimida por el malvado capitalista, tiene innegables beneficios para el político que se disfraza como el valiente caballero de brillante armadura que desafiará a los villanos ricos para rescatar a la damisela en apuros y aliviar su sufrimiento. Sin embargo, si toda esta narración es sólo una pose, entonces es una máscara de personaje bastante pesada para llevar todo el día, a lo largo de los largos años de una carrera política. Y eso es en una profesión en la que todos, desde los abiertos rivales políticos hasta las figuras supuestamente aliadas dentro de su propio partido, están siempre listos para atacarte a la primera señal de debilidad.

Por lo tanto, tiene que haber algo más. Sólo que tal vez se preocupan por los pobres. Sólo que no lo suficiente como para querer que mejoren y se eleven más allá de la pobreza. Piensa en gente como Sanders o Chávez; ellos muestran lo que parece ser empatía e interés genuino por los menos afortunados. No suenan como esos falsos burócratas que leen un guión. Cuando Joe Biden dice que se preocupa por los pobres, sabes que es falso. Cuando Sanders lo dice, bueno, no es tan fácil descartar al tipo.

Algo similar está pasando en México. Nuestro actual presidente, López Obrador, es ese tipo de político. Cuando dice que se preocupa por los pobres, realmente hace una conexión, por lo que ganó las elecciones de 2018 con la mayor parte de los votos (53 por ciento) desde 1982. Vuela en aviones comerciales y nunca se sienta en primera clase, se detiene a comer en restaurantes baratos de la carretera y libra una guerra verbal casi diaria contra los «fifís» (jerga para gente adinerada y refinada), a los que identifica como los principales enemigos de su régimen.

Sin embargo, la empatía no es una garantía, porque sentir el sufrimiento de alguien más y ayudarle son dos cosas muy diferentes. Puede escribir mil discursos y jurar mil juramentos, pero si su plan se basa en la centralización y la intervención del gobierno, esa empatía se vuelve hueca. En cuestión de diecinueve meses, López Obrador ha aumentado significativamente el poder de la presidencia, tomando el control casi completo del poder legislativo y judicial; ha paralizado la modernización de la industria energética; ha puesto en marcha tres grandes proyectos de infraestructura con un apoyo técnico casi nulo (un aeropuerto, una refinería y un tren que cruzará la selva); ha cancelado el flamante aeropuerto de la Ciudad de México, que estaba a más de la mitad de su construcción; y ha centralizado la sanidad pública, debilitando al mismo tiempo a los estados y el sistema de controles y equilibrios dentro del gobierno federal.

También planea la desaparición de decenas de entidades autónomas, no porque odie la burocracia, sino porque no le gusta compartir el poder. Mientras tanto, el país ha estado en recesión desde 2019, cuando el resto del mundo todavía estaba creciendo. Al crear incertidumbre y consumir los fondos de emergencia de la nación, Obrador esencialmente puso a la economía en el camino hacia la peor crisis en décadas, y eso fue antes de la pandemia del COVID-19. Y los pobres serán los más perjudicados.

Pero él se preocupaba por los pobres, ¿verdad?

Bueno, como dije antes, preocuparse y mejorar son dos cosas diferentes. La mayoría de Obrador habla de sacar a la gente de la pobreza, pero a veces la verdadera agenda se arrastra a la superficie. Por ejemplo, en su conferencia de prensa diaria del 11 de mayo, dijo:

Tenemos que buscar la austeridad… si ya tenemos zapatos, ¿por qué más? Si ya tienes la ropa indispensable, [guarda] sólo eso. Si puedes tener un vehículo modesto para tus desplazamientos, [entonces] ¿por qué el lujo?

«Si ya tenemos zapatos, ¿por qué más?» Esta cita puede encajar bien en un servicio dominical de un predicador, pero cuando la analizas en el contexto de lo que está pasando en México, llegas a una realización mucho más oscura: la pobreza no es un subproducto de un gobierno fallido, sino una aspiración, una característica en lugar de un error. ¿Por qué? Porque el fin de la cohorte de Obrador es el control total de la sociedad mexicana, y para que eso suceda, los pobres tendrán que seguir siendo pobres. Yeidckol Polvensky, uno de sus socios más cercanos, dijo algo así en una entrevista de la televisión nacional hace un par de años. Cito: «El problema que tendríamos que entender [es que]… cuando sacas a la gente de la pobreza, y se convierten en clase media… olvidan de dónde vienen y quién los sacó de allí».

Ahí lo tienen. Se preocupan por los pobres. Sienten su dolor. Pero en el fondo, no quieren que esas familias de bajos ingresos escapen de la pobreza. Pueden parecer, incluso ser comprensivos y comprensivos, pero no lo suficiente como para renunciar al control. Así que, para que el salvador de los pobres permanezca en el poder, los pobres tendrán que seguir siéndolo, y se saldrá con la suya porque su preocupación por los pobres parece lo suficientemente genuina como para hacer que la gente lo apoye.

Hace setenta y seis años, Hayek habló de cómo cuando la sociedad toma el camino de servidumbre los peores suben a la cima, y tenía razón. Las ideas y los partidos socialistas perduran, porque engendran un tipo especial de político, como López Obrador, que puede preocuparse sinceramente por la gente y que, con la misma sinceridad, la arruinará aún más.

Este artículo originalmente se publicó, en inglés, en Mises.org

*Gerardo Garibay Camarena es un escritor y analista político. Es editor de Wellington.mx y su nuevo libro es “Cómo jugar al ajedrez sin dados, una guía para leer la política y entender a los políticos.

Por: Víctor H. Becerra*

La estrategia del gobierno mexicano de contención del covid-19 ha sido un verdadero desastre. Desde la negativa por realizar pruebas de diagnóstico hasta la equivocación constante para determinar el pico de la pandemia, pasando por la compra tardía de equipo  y materiales, han fallado todos y cada uno de los pasos de la estrategia de López Obrador, y todo básicamente para seguir financiando sus “proyectos estrella” y disfrazar los cada vez más frecuentes casos de corrupción en su gobierno, incluyendo ya varios escándalos en el mismo sector salud.

Mientras miles de mexicanos mueren, López Obrador y su gobierno han hecho política y corrupción con la pandemia.

Los datos avalan esto: Hoy México se coloca entre los países, según los registros oficiales, con los índices más altos en la pandemia, tanto en número de contagios diarios como de muertes diarias: el décimo y el cuarto lugares, respectivamente.

Durante 2019, López Obrador gastó parte de su capital político en rediseñar por completo el sistema de salud: Desapareció el Seguro Popular y creó en su lugar el INSABI (Instituto de Salud para el Bienestar), para atender a los 75 millones de mexicanos sin seguridad social; para ello, eliminó o no re-contrató 10 mil plazas de trabajadores de la salud, estableció un nuevo sistema de compras de medicamentos e insumos que causó su insuficiencia crónica de los mismos, y durante el primer trimestre de 2020, cuando ya se veía la llegada de la pandemia a México, decidió reducir dos terceras partes del presupuesto de salud respecto a 2019, y gastar sólo un peso de cada 100 gastados por su gobierno, en dicho sector. Esa insuficiencia explica políticas tales como la negativa a realizar testeos masivos, el no considerar los cubrebocas como auxiliares importantes contra contagios o la compra atrasada y sobre las rodillas de equipos e insumos: Todo para no gastar más.

¿Fue incompetencia? No, simple decisión política considerando los réditos electorales: Antes que la salud de los mexicanos, le interesa sobre todo fondear sus proyectos insignia: Las becas de clientelismo político a jóvenes, el aeropuerto de Santa Lucía, el llamado Tren Maya y la refinería de Dos Bocas, todos los cuales solo significan pérdidas hoy y significarán pérdidas mañana. Los resultados de esa decisión están a la vista.

Así, en México son cosas de todos los días las protestas de padres de familia porque a sus hijos se les restringieron quimioterapias o medicamentos contra el cáncer, de trabajadores de la salud que dicen no contar con el equipo necesario de protección contra el coronavirus, de familiares de enfermos que fueron descuidados para dar prioridad a aquejados por covid 19, de médicos a los que se les dejó de pagar o se les restringieron prestaciones… la salud pública en México es un campo de desastre en apenas 18 meses de gestión de López Obrador.

Pero no para todos. Recientemente nos fuimos enterando, por primera vez y gracias a una investigación del diario digital mexicano Animal Político, de algunas características del convenio entre los gobiernos de México y Cuba, por el que se trajo al país a 585 médicos y enfermeros cubanos para enfrentar la pandemia en diferentes hospitales de la Ciudad de México. Otros convenios se habrían suscrito para destinar médicos a otros estados del país. Hasta ahora, el gobierno mexicano había sido lacónico al respecto y lo poco que se sabía del tema, era por información indirecta.

Dicho convenio implica un gasto de 6.2 millones de dólares, a cargo del INSABI (es decir, a expensas de los mexicanos más pobres), para pagar a los trabajadores cubanos de la salud, dando un promedio de 10,700 dólares por trabajador, aunque en realidad éstos sólo han recibido 220 dólares por mes, según el Diario de Cuba, desde su llegada el pasado 27 de abril. Los gastos en hospedaje corren a cargo de “donaciones” de empresas hoteleras y la alimentación es responsabilidad del gobierno capitalino.

Cabe aclarar que las autoridades de salud mexicana han señalado que parte de estos 6.2 millones de dólares, se destinará a “pagar diversas actividades que tiene que ver con capacitación, especialización, atención directa, asesoría e investigación conjunta”, exactamente el mismo fraseo y recurso técnico que se usó en Brasil, durante los gobiernos de Lula Da Silva y Dilma Rousseff, para transferir todos los recursos al gobierno cubano e impedir la transparencia y la rendición de cuentas ante el Congreso.

Como ya había señalado en un artículo anterior, la dictadura cubana se apropia del 75 por ciento del salario de esos médicos, y del 25 por ciento restante sólo entrega a los trabajadores la mitad, depositando la otra mitad en una cuenta en Cuba, que se le entregaría a los trabajadores a su regreso, como forma de evitar su deserción. Otros recursos para evitar su huída son retenerles el pasaporte a su llegada a México, la presencia de un grupo de espías para vigilarlos de cerca, el impedimento de usar teléfonos celulares y de hacer amistad con la población local, así como el alojamiento y la transportación en grupo para un mayor control, además de la amenaza sobre su familia en Cuba. Sin embargo, esto no ha impedido las deserciones, que supuestamente ya se empiezan a dar.

Los recursos de los que se adueña la dictadura castrista cuadruplican los ingresos por turismo de la isla, y equivale a cerca del 6% de su PIB, convirtiéndose en un gran negocio de tráfico de personas que ayuda a que no se hunda la decadente economía de la isla, golpeada por su permanente crisis estructural, el desplome del turismo, el impacto del coronavirus y el recrudecimiento de las sanciones norteamericanas decretadas por la administración Trump.

Así, es un régimen de semi-escavitud: trabajadores vigilados por el aparato de seguridad de su país, impedidos de viajar acompañados de sus familias y despojados de la mayor parte de su salario. Los Castro son los negreros modernos, sin que nuestros “anti-racistas” modernos se hayan atrevido a alzar la voz hasta ahora. 

Lo más grave aún es que según hechos documentados en Brasil, Venezuela, Nicaragua y otros países, estas “brigadas” se introducen bajo el camuflaje de “labor humanitaria”, pero en realidad realizan actividades políticas: de identificación de liderazgos, capacitación y entrenamiento, difusión y divulgación de propaganda política e ideológica, conformación de “brigadas” de defensa de la “revolución” y labores de espionaje.

Al respecto, existen múltiples testimonios y documentos que prueban que antes que realizar labores médicas, hacen lobby político -ideológico en favor del gobierno del país, del socialismo y de la dictadura cubana. Incluso, en México, su competencia médica y su preparación han sido ya cuestionadas por sus pares mexicanos. Al final, los enviados por el aparato de espionaje y seguridad cubano terminan ocupando importantes cargos en todo el gobierno, como en Venezuela, incluidas las fuerzas armadas.

La llegada de las brigadas médicas cubanas podría ser un aviso, uno más, de que el gobierno de López Obrador ha decidido acudir a cualquier recurso a su alcance para conservar el poder todo lo que pueda, preocupado frente a la constante caída de su popularidad, teniendo enfrente las vitales elecciones intermedia de julio de 2021, y al caos y desprestigio que sacuden a su partido, MORENA.

Y que lo hará entregándose ya sin remilgos a la dictadura cubana.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

La gestión de la pandemia de covid-19 está siendo otro fracaso en el gobierno de López Obrador. Aunque un fracaso más doloroso y abultado que otros, porque involucra vidas humanas, 10 mil fallecido a la fecha, además de 90 mil contagios, sin contar el subregistro ya reconocido oficialmente. Pocos antecedentes pueden encontrarse de un gobierno con tantos fracasos al hilo: Pareciera que el mandato de López Obrador es de desgobierno e ineptitud, no de gobierno y eficacia.

No se trata sólo de remarcar aspectos puntuales, pero injustificables de cualquier modo, como el crónico déficit de materiales, personal, medicamentos y equipos en el sistema de salud gubernamental durante esta pandemia, como atestiguan las casi diarias protestas y quejas de médicos y enfermeras en todo el país. O la compra tardía de algunos insumos, ya cuando la crisis estaba en plena expansión y se producían los primeros muertos. O la acogida a 8 mil trabajadores de la salud cubanos, ayudando a perpetuar una dictadura esclavista.

Tampoco de remarcar la consabida insensibilidad de López Obrador para contribuir a salvar empleos y empresas, la que será en buena medida responsable de una caída en el PIB de alrededor del 12 por ciento este año. O la enorme crisis de inseguridad pública que sobrevendrá tras de que pase la pandemia (eso algún día tendrá que suceder), producto del hambre, el desempleo crónico, la desesperación, los posibles saqueos y la continuación de la violencia entre carteles criminales.

No, trato de decir que toda su estrategia de prevención de la pandemia en México, desde su propia concepción, ha sido un notorio fracaso, ya que se basó en el oportunismo y el autoritarismo políticos y no en consideraciones científicas u objetivas.

Así, las medidas oficiales de prevención y confinamiento fueron tardías y mal planeadas y ejecutadas, con un presidente de la República que no desperdiciaba ninguna oportunidad de restarle credibilidad a los esfuerzos de su gobierno, ni de disminuir seriedad a la grave crisis que se avecinaba, mandando el mensaje explícito de que no era necesario cuidarse ni hacer nada, durante las valiosas semanas previas a los primeros casos.

Enseguida, el gobierno de López Obrador decidió cerrar y dejar caer la economía, sin reparar seriamente en otras opciones, sólo para satisfacer a una opinión pública histérica cuando se empezaron a dar las primeras muertes, pero también orientado por una visión ideológica, en detrimento de la inversión privada, y que propendía a un corporativismo de amigos, estableciendo como “actividades esenciales” aquellas ramas útiles al gobierno, y exhibiendo su incapacidad para regular a los actores económicos aliados del presidente. 

Después del gran daño realizado, ya que en estos dos meses de emergencia ni se cuidó la salud ni se salvó la economía, el gobierno inicia ahora un proceso de desconfinamiento antes de llegar siquiera al pico de contagios, y tras haber fracasado todas las previsiones gubernamentales de cuándo llegaría éste y dándose las muertes por racimos, sin ninguna idea de cuándo amainarán. Y esto al compás de un semáforo sobre los contagios, que está resultando en una rebatinga política con los gobernadores de los estados de la República.

En resumen, salimos del encierro peor de lo que entramos. Así, iniciamos mal y terminamos peor: Confinamos tarde y mal. Ahora desconfinamos antes de llegar al pico máximo. De modo que: O la estrategia “científica” del gobierno tiene una lógica distinta a las de otras partes del mundo. O simplemente, como en realidad es, ha mandado el oportunismo político del presidente López Obrador.

Así, México es el único país del mundo que empezará a levantar las medidas de restricción en pleno pico de la pandemia. Junto con un presidente que iniciará una gira de una semana por varios estados, haciendo eventos públicos e iniciando obras gubernamentales en ciudades y estados con los mayores riesgos de contagio, como Cancún y Veracruz.

Esto demuestra que la prioridad del gobierno no fue, nunca, salvar la vida de las personas, ni mucho menos la economía, sino cuidar la estrategia electoral y el proyecto político de López Obrador, con vistas a las estratégicas elecciones legislativas intermedias de julio de 2021. Con ese propósito, medio gobierno se cargó la vida de muchísimos mexicanos y la economía de todo el país. El otro, lo permitió y secundó.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: José Juan Hernández Moncada*

El pasado fin de semana, probablemente será recordado como uno de los más nefastos y desastrosos en la historia reciente de México, principalmente dos noticias oscurecen el ya de por sí complicado panorama que el país enfrentará en los meses y años venideros.

Atendiendo principalmente criterios políticos y atavismos ideológicos anclados en una época pasada, el viernes 15 de mayo; la Secretaría de Energía publicó de noche en el Diario Oficial de la Federación un cambio en las reglas del juego, titulado con el eufemismo de “la nueva política de confiabilidad, seguridad, continuidad y calidad del Sistema Eléctrico Nacional” lo que a resumidas cuentas significa un golpe casi mortal a la generación de energías limpias y renovables, además de suponer otro golpe a la inversión y la confianza del país[1], de tantos que ha recibido por parte de esta autodenominada cuarta transformación. A pesar de que esta artera maniobra, realizada de noche y bajo el abrigo de la distracción generada por la crisis del Covid-19 que asola al planeta, supone el hipotecar el futuro de generaciones; al comprometer severamente el porvenir económico y el impacto ecológico que representa, no se trata de lo más grave de los acontecimientos del pasado fin de semana.

La cereza del pastel llegó el domingo 17 de mayo, bajo el mismo modus operandi nocturno, alrededor de las 22:00 vía twitter se filtró un comunicado, firmado ni más ni menos que por Alfonso Ramírez Cuellar el presidente nacional del partido gobernante, el cual obedece ciegamente los caprichos y designios del presidente López. En los contenidos de dicho comunicado se encuentra la propuesta más fascista, nefasta y aterradora de la historia del México contemporáneo, en las dos cuartillas lo que se puede leer resulta terriblemente inverosímil, la ominosa propuesta de Ramírez Cuellar, quitándole los numerosos eufemismos, prácticamente plantea que el INEGI se constituya como una policía política, con amplias facultades para allanar e investigar a cualquier ciudadano, así como confiscar el patrimonio de los mismos de manera arbitraria. [2]

Acorde a la magnitud de la gravedad de lo que se plantea en la propuesta de Ramírez Cuellar, podríamos incluso creer que se tratase más de un simple arranque de fanatismo u ocurrencia aislada, sin embargo la situación nos obliga a analizar el contexto, primeramente que la propuesta no viene de un funcionario menor o de algún otro personaje de escasa relevancia; si no del mismísimo presidente nacional de MORENA ; a esto le sumamos los dichos y declaraciones vertidas por el presidente López Obrador, quien en pasados días declaró que la brutal crisis de salud, social y económica, en la que nos encontramos inmersos le ha caído “como anillo al dedo” para consolidar su proyecto político; del mismo modo recientemente declaró en su homilía mañanera que no era necesario tener más allá de un par de zapatos o también que los indicadores económicos carecen de valor ante la espiritualidad y la felicidad entre otras joyas surgidas de pantomima de todas las mañanas.

Dice un viejo dicho que “el que avisa no es traidor”, estos hechos y declaraciones solo revelan ya de manera clara las verdaderas intenciones dictatoriales de López y su corte de serviles. No conforme con desgastar las instituciones y contrapesos del estado mexicano; ni con minar, dividir y descreditar a la sociedad civil organizada; el autonombrado presidente de los pobres pretende la pauperización total de los ciudadanos, dado que una sociedad miserable es más fácilmente controlable, la visión de la llamada 4t no es más que un país sometido a los caprichos y dádivas del caudillo.

Estamos ante un punto de no retorno, de por sí la situación es ya bastante grave con 10 millones de nuevos pobres,[3] provocados en parte por la pandemia de Covid-19 pero situación agravada por la tardía y deliberadamente mala reacción que el gobierno de López está teniendo para enfrentarla;  con datos y proyecciones que plantean el peor escenario de crisis y depresión en alrededor de un siglo;[4] con un desplome del casi 30% de la inversión en el país;[5] millones de empleos perdidos y una generación que este año ingresa al mercado laboral con escasas o nulas oportunidades de empleo, estamos en problemas; esta situación ya ahora inevitable  quizá nos lleve una década revertirla. De consolidarse las intenciones dictatoriales de López y su partido como las manifestadas este fin de semana, estaremos ante el punto de no retorno que no podrá ser revertido ni en décadas ya que supondría la ruina total del país y la irremediable muerte de todos los avances democráticos de las ultimas décadas.

Es por esto que no debemos permitir como sociedad este artero golpe a la democracia, la libertad y nuestro porvenir, el tiempo para la indecisión y beneficio de la duda ha pasado, el monstruo que enfrentamos ha revelado su verdadera forma; es ahora y cuando podemos hacer algo para impedirlo. Nunca antes en la historia reciente del país hemos estado en un riesgo similar ¿Cómo nos recordarán las generaciones venideras? Es ahora o nunca, porque si el gobierno cruza este punto de no retorno todo se habrá perdido y ya no habrá nada que hacer.

Tiempo al tiempo…

*José Juan Hernández Moncada es Historiador amante de la Libertad. Síguelo en Twitter: @JoseJuanHdzm


[1] https://expansion.mx/empresas/2020/05/15/sener-madruga-al-sector-de-las-renovables-y-da-super-poderes-a-la-cfe

[2] https://politica.expansion.mx/mexico/2020/05/18/morena-pide-modificar-la-constitucion-para-que-el-inegi-mida-la-riqueza-del-pais

[3] https://aristeguinoticias.com/1105/mexico/hasta-10-millones-mas-de-pobres-por-covid-19-en-mexico-se-revertiria-desarrollo-de-una-decada-alerta-coneval/

[4] https://www.elfinanciero.com.mx/economia/economia-mexicana-se-contraera-8-4-en-2020-preve-jpmorgan

[5] https://www.ejecentral.com.mx/se-desploma-26-inversion-extranjera-directa-a-mexico/

Por: Víctor H. Becerra*

El viernes pasado, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, suscribió un acuerdo que entrega, “de manera extraordinaria”, a las Fuerzas Armadas las tareas de seguridad pública del país.

Es una militarización del Estado, de hecho y de Derecho: No sólo durante el gobierno de López Obrador se han asignado al Ejército servicios públicos como la construcción del nuevo Aeropuerto de Santa Lucía y la prestación de servicios de salud por covid-19, sino que además ahora militariza la seguridad pública, apoyado presuntamente en la Constitución.

Recordemos, al margen, que México es uno de los pocos países en la región que no cuenta con un ministro de las Fuerzas Armadas que sea civil, y que el gobierno no ha establecido mecanismos para garantizar el control civil total sobre los militares (en realidad, el principal y casi único papel de supervisión del Congreso mexicano sobre el Ejército es aprobar su presupuesto), y ni siquiera es posible someterlos al aparato de justicia civil.

El acuerdo de López Obrador es una repetición de las estrategias fallidas de los ex presidentes Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, que no redujeron la violencia (más bien al contrario) y provocaron gravísimas y reiteradas violaciones a los derechos humanos. Así, por ejemplo, desde 2007, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) ha recibido 10 mil quejas por violaciones de derechos humanos cometidas por miembros del Ejército. Adicionalmente, entre 2007 y junio de 2017, la CNDH emitió 148 recomendaciones dirigidas a las Fuerzas Armadas de México por violaciones graves a los derechos humanos, incluidos casos documentados de tortura, desaparición forzada, ejecuciones extrajudiciales y uso ilegal de la fuerza, entre otras.

Tendremos ahora una repetición, con el agravante de que López Obrador tardó año y medio, un cuarto de su administración, en darse cuenta del fracaso de su estrategia de combatir con “besos y abrazos” a los carteles del crimen organizado, y de crear una Guardia Nacional que no ha rendido resultados, más allá de la vergüenza de videos que muestran la corrupción de sus integrantes o como éstos son apaleados por vecinos soliviantados.

El acuerdo presidencial simula cumplir con la Constitución, pero no señala cómo acatar las obligaciones de fiscalización, regulación y subordinación sobre el Ejército en estas nuevas tareas, obligaciones que la misma Constitución establece. De esa manera, tendremos un Ejército metido en las calles, deteniendo a civiles y combatiendo a los carteles del crimen, pero sin fiscalización, ni regulación ni mando civil: el escenario ideal para la violación sistemática e impune de los derechos individuales.

Ahora bien: ante el incontenible clima de violencia en el país (con cifras alucinantes como un homicidio cada 15 minutos en promedio), ¿fue esta la mejor decisión que se podía tomar? Probablemente no había otra. Pero también reconozcamos que ni este gobierno ni los anteriores se preocuparon por construir una nueva y mejor solución. Incluso, en campaña, el propio López Obrador e integrantes importantes de su partido, hoy miembros prominentes de su gobierno, del Congreso o de los programas de comunicación oficialistas, criticaron las estrategias de militarización de los anteriores gobiernos, marcharon contra ellas y hasta las impugnaron ante la Justicia; López Obrador incluso prometió regresar a los militares a su cuartel en seis meses. A cambio, en estos 17 meses de gobierno, no presentó ninguna nueva idea o plan. Todo fue engaño y mero oportunismo político para atacar a los adversarios.

Esto demuestra que a López Obrador y su gente realmente no les molestaba la conducción del país ni las decisiones por parte de Calderón o Peña Nieto y sus equipos. Lo único que querían era ocupar sus puestos y disfrutar sus privilegios.

Al final, la traición política del presidente a sus electores, establece una mayor centralización de las labores de seguridad pública en el Ejército, un nuevo y poco auspicioso arreglo civil-militar en el país, y una inédita concepción del entramado de seguridad nacional, en donde el factor castrense será el eje principal de una renovada visión de poder y control, sin contrapesos. Similar a tantos países que cayeron en el llamado Socialismo del Siglo XXI.

En este escenario, el recargado empoderamiento castrense será clave para fortalecer y retroalimentar el autoritarismo de López Obrador, el cual es cada vez más y más palpable. De ese modo, una mayor concentración de poder en la persona de López Obrador, ahora con las Fuerzas Armadas como su clientela política, podría servir para imponer fácilmente en México un régimen dictatorial en el mediano plazo, si el presidente quisiera. Y para muchos mexicanos, eso es precisamente lo que López Obrador quiere y hacia allá tiende, sin tregua ni descanso.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

La gestión de la crisis por la pandemia de covid-19 en México ha exhibido al gobierno de López Obrador como un gobierno incapaz, plagado de corrupción o al menos descuidado en la compra de insumos y materiales, negligente en su reacción: Baste observar que la mayor nueva obra de la principal agencia sanitaria estatal, el IMSS, para atender la pandemia en la Ciudad de México,  la más grande concentración de infectados en el país, apenas lleva una semana de construcción (a pesar de que la declaración por parte de la OMS de “emergencia de salud pública global” por el coronavirus proviene desde enero), con solo un 15% de avance y se espera concluirlo hasta fines de mayo (si bien les va), no obstante que se preve que el pico de infectados alcance su mayor altura este 6 de mayo, y de que el presidente López Obrador habla, triunfalmente, de que su gobierno ya ‘aplastó’ la curvada contagios y “domó” a la pandemia.

A ello hay que agregar la negativa de su gobierno de dar apoyo fiscal a las empresas, empujando a miles de ellas a la quiebra, el clientelismo oficial en el reparto de apoyos económicos para enfrentar la cuarentena, la caída de sectores enteros en la insolvencia, como las compañías aéreas, frente a la inacción gubernamental, por no hablar de que México es el último lugar de los países de la OCDE en pruebas de covid-19 por cada mil personas: El país libra su más dura batalla con los ojos vendados y las manos esposadas. 

Así, la pandemia ha exhibido la incapacidad del gobierno mexicano, aún cuando lo más grave todavía está por llegar.

Pero hay un fenómeno sobre el que conviene detenerse un poco: Mientras el gobierno de López Obrador da un paso atrás, los grupos del crimen organizado ocupan su lugar. Así, desde hace un mes aparecen cada vez con mayor insistencia, en redes sociales y medios de comunicación, fotografías y videos de grupos de narcotraficantes entregando dinero, comida y despensas a población vulnerable, en medio de la cuarentena obligada por el propio gobierno, que ha causado hambre y pobreza. El mensaje de esos grupos parece ser: Si el Estado te abandona, nosotros sí te respaldamos.

Se ha documentado la entrega en varios estados del país, principalmente en Tamaulipas, Chihuahua, Jalisco, Michoacán, San Luis Potosí, Colima, Guanajuato, Veracruz y Guerrero. Los mismos grupos criminales exhiben las imágenes en redes sociales, exhibiendo las narcodespensas con pegatinas con los nombres de los carteles criminales, o imágenes de El Chapo Guzmán, los jefes criminales de la zona y hasta de Osama Bin Laden. Mas la tarea de estos grupos no se limita sólo a la entrega de narcodespensas: También actúan pidiendo que la gente no salga de casa y obligando al cumplimiento de la cuarentena, amenazando con su poder de fuego. Cuarentena o plomo.

Parecería que la publicidad de estos apoyos, aparentemente caritativos, cumple varios objetivos: Primero, advertir a otros grupos criminales que ellos son los dueños de la plaza. También, evitar que su base de apoyo los abandone, ahora que la producción, el trasiego y el comercio de drogas se encuentran supuestamente paralizados, como toda la economía del país. Y finalmente, lograr un apoyo en las comunidades para construirse un “escudo social” que proteja sus actividades, les advierta de peligros y sirva como base para el reclutamiento de nuevos integrantes.

Esto se da un contexto de creciente violencia en el país, por parte de los mismos grupos criminales: En abril pasado, por ejemplo, se dieron 2,492 homicidios dolosos en el país, es decir, un promedio de 83 homicidios por día, más de un homicidio cada 20 minutos, uno de los registros más altos, no sólo del gobierno de López Obrador, sino en la historia del país. Hoy, más gente llora en México por la violencia y la inseguridad pública que por la crisis de coronavirus.

Así, mientras mucha de la fuerza pública está ocupada en la vigilancia de hospitales y buscando que la población acate la cuarentena y el distanciamiento social, los carteles de la droga y del robo de combustibles aprovechan ese repliegue para seguir disputándose territorios e incrementando sus operaciones.

México vive bajo el acoso de dos pandemias: La del coronavirus y la de los grupos del crimen organizado. Frente a ambas, el gobierno de López Obrador ni tiene respuestas, ni estrategias, ni preparación, ni resultados. Y ambas durarán aún bastante tiempo más, desangrando al país.

El Estado mexicano se revela frente a ellas como una torpe ficción, una mala broma, muy cara. El rey está desnudo.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por Efrén Zúñiga*

Al diablo con la sensatez. En economía, los incentivos dirigen a los agentes económicos a tomar una u otra decisión. En Pemex ya se dan a notar. Ante los reveses sufridos por las calificadoras; la salida de capitales, así como el encarecimiento del crédito son dos males irremediables. Como cualquier mercado de crédito, ante mayor riesgo, mayor será el costo del crédito; esto ante la tentación de refinanciarse, lo cual será casi un hecho. Añada que dado el precio actual del crudo (el cual no mejorará en demasía durante un buen tiempo), la empresa será más ineficiente. Los Estados Unidos, nuestro principal cliente, enfrenta una sobre oferta del hidrocarburo. Por si fuera poco, falta conocer a cuánto han ascendido las pérdidas de la paraestatal. Aquí solo queda (o debería) haber espacio para la sensatez, pero sobre todo para la prudencia; esto es, detener la producción y parar la obra de Dos Bocas. El Presidente Andrés Manuel no reculará, se morirá con la suya, llevándose entre las patas a millones de mexicanos.

Que nos agarren confesados. Si por algo han sido merecedores de desprestigio, mis colegas economistas, es por la gran cantidad de predicciones erráticas. Sobresalen, sobre todo, en situaciones tan dramáticas como lo fue en la crisis financiera del 2008. No obstante, no hay mejor forma de intuir lo venidero que siguiendo sus expectativas. Lo que auguran para México puede, por lo menos, dejarnos sin aliento: Standard & Poor’s pronostica una caída del -6.7%, en el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas -6.7%, Banorte -7.8%, JP Morgan -7.5%, Scotiabank -8.4%, entre otros. Pero esto no es lo peor, me llama la atención los casos de Citibanamex y BBVA, quienes en sus estimaciones contemplan dos escenarios, uno pesimista y otro optimista, esto en el sentido de las medidas que pueda o no tomar la actual administración.  Dichos pronósticos son del -9% y -11% para Citibanamex, mientras que para BBVA son del -9% y -12%. El consenso es la recesión (lo cual es obvio), la discrepancia es la magnitud. Hoy los mercados no ven una señal clara de cuando podrá repuntar la economía, y es que el principal ignoto sigue siendo el mismo que ocurría antes de la pandemia, la desconfianza en el actual gobierno.

A rio revuelto, ganancia de pescadores. Como casi siempre ocurre, ante la desgracia económica, ciertos sectores emergen con mayor fuerza. Tal es el caso de las aplicaciones móviles como Uber Eats o Rappi, por mencionar algunas, que ante el llamado #quédateencasa, se han adueñado de buena parte del mercado de comida para llevar. Otro ejemplo, es el incremento en el consumo de ciertos bienes, tales como las bebidas alcohólicas con un 63% (motivado en gran parte por la cerveza), la leche con un 30% y los refrescos con un 15%. Más aún, la aseguradora Qualitas reportó una utilidad del 20.3%, ante el descenso del registro de siniestralidad durante el primer trimestre, ocasionado por la reducción de salidas en vehículos particulares. En otro ámbito, tenemos que quizá sea el activo más seguro, y me refiero al oro, reportó un avance en su precio del 11.2%, ello como consecuencia de la búsqueda de activos que sirvan de refugio. Con ello nos damos cuenta, que ante una u otra circunstancia, y durante algún lapso, habrá quienes hagan su agosto.

Pataleando boca arriba. Bastante irrisible parece la promesa del Presidente López Obrador de generar 2 millones de empleos, más aún, si no deja ver cómo lo conseguirá. Entes como la Organización Mundial del Trabajo, Coparmex y Concamin ya auguran una pérdida de empleos entre 1.5 y 2.1 millones. La Asociación de Emprendedores de México por su parte, pone sobre la mesa que el 87% de las Mipymes perderán, clientes, ventas y nuevos trabajos; además de que una de cada cuatro despedirá personal. Hubiera sido más sensato que López Obrador prometiera retener en lugar de generar, pero eso es mucho pedir. Otro golpe en el proyecto de la 4T será el que concierne a la deuda pública. Primero que nada, dejemos claro que éste, como los otros gobiernos, se ha endeudado. La obsesión del Presidente, en voz de sus colaboradores, consiste en el cociente de la deuda pública con respecto al PIB. El año anterior fue del 44.9%, este año, de acuerdo a documentos oficiales, será del 51.2%, esto es, un incremento de más del 6.3%, muy cercano al 7.7% de la administración de Peña Nieto. En lo que refiere a crecimiento económico, el Presidente se fijó un objetivo del 4% promedio y cerrar con un 6%. Sin Covid-19 se creció 0%, para el presente, por ahora, el consenso ronda entre el -7%. Dicho esto, el objetivo del crecimiento también se ha desvanecido. Naturalmente, estos datos no serían muy distintos si en la silla presidencial estuviera Meade o Anaya, la tragedia deriva de la pandemia; sin embargo, lo que sí es absolutamente cuestionable son las absurdas propuestas con las que se ha salido a mitigar la tragedia. No, las economías no se componen por decreto.

EL PILÓN. Es casi unánime el conceso de los economistas, en que para salir más rápido de esta tragedia se debe caer en déficit. Si bien esto casi del todo cierto, también debemos seguir de cerca otro aspecto ¿a dónde va el dinero? ¡Ahí está el detalle!  

*Efrén Zúñiga es Licenciado en Economía por la Universidad de Guanajuato. En twitter: @EfrenZuS

Por: Víctor H. Becerra*

El presidente López Obrador presentó este domingo su plan económico contra la emergencia por el COVID-19. El resultado es que no hay plan y que el presidente no inspira confianza ya a nadie, fuera de su círculo de adictos: La caída inmediata, tras de su presentación, de la paridad para un nuevo máximo histórico de 25.68 pesos por dólar, así lo deja ver.

López Obrador y sus voceros anunciaron toda la semana que el domingo presentaría su plan económico, pero esto sólo sirvió para generar interés en uno más de sus cada vez más intrascendentes y anti-climáticos informes trimestrales de gobierno. Seguramente por eso tal vez será su informe más visto. Pero éste quinto informe fue como los otros: una nueva colección de los”éxitos” de su gestión, con datos falsos y logros imaginarios. Por ejemplo, la supuesta reducción de los homicidios en el primer trimestre de este año, según él en un 0.3%, cuando en realidad tuvieron un incremento del 3.6%. O la ilusoria terminación de la Línea 3 del Tren Ligero de Guadalajara. O el “logro” de haber reducido el costo de la gasolina, atribuyéndose el efecto colateral de la actual guerra petrolera y de la baja mundial en su consumo.

López Obrador se presentó en un patio vacío, sin omitir los honores presidenciales, solo frente a las cámaras de televisión, y solitario en el escenario, como a él le gusta: Para que nadie le dispute la atención. Tan pequeño e indigente en capacidades se sabe, que no tolera ninguna distracción de su persona. Es como diría Javier Milei: Lo que hizo López Obrador en su informe de papel crepé y cartón, es equivalente a lo que hacen los hombres que pertenecen al club de los penes cortos, pero con dinero, que compensan solo para sentirse más, sin ser nada.

El solitario de Palacio Nacional. Es como ese personaje de “El Chavo del Ocho”, que armaba sus propios juegos sólo para jugar él, divertirse él y ganar él. Si a López Obrador le quitas su insignificancia, se quedaría sin nada. Lo cual sería ridículo si no fuera trágico, tratándose de la máxima autoridad de un país en su hora más desesperada y oscura en muchísimo tiempo.

Por eso es que mucha gente esperaba con expectación su plan, jaloneado entre rumores de que anunciaría la nacionalización de bancos y supermercados, o bien, el anuncio anticipado por dirigentes empresariales, de que informaría de apoyos fiscales para las empresas, para sortear en lo inmediato la crisis por el COVID-19. Pero nada de eso pasó. Ni de nada. El presidente nunca reconoció la gravedad de la emergencia. La economía y las empresas y sus trabajadores están solos frente a esa emergencia: Sólo dependen de sí mismos. Qué triste, caray: Justo en su peor momento, el país está en las peores manos.

Su plan es solo que continuará y ampliará sus actuales programas sociales, con los últimos recursos que los diferentes gobiernos “neoliberales” (según él) ahorraron durante los últimos 15 años para emergencias y compromisos, en el Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios, en el Fondo Mexicano del Petróleo, y en diversos fideicomisos, y que con ello creará 2 millones de empleos, como ya sabemos que lo hará: Llamando “empleos” a sus becas y subsidios, que no son más que premios por obediencia y obligación de voto para sus bases partidistas.

López Obrador gastará los últimos recursos de que puede disponer: Que vaya sobre ellos evidencia la real situación de las finanzas del país y su desorden. Después de eso, ya no habrá ahorros ni recursos ni forma de sostener sus programas sociales, con una economía en declive. A menos que suceda lo impensable: Que su rapiña pronto se dirija a los fondos privados de pensiones y sobre las reservas del Banco de México. Algo impensable… y que podría suceder. En tal sentido, el de López Obrador no es un gobierno en crisis terminal, como sostienen muchos: Aún conserva intacta su enorme capacidad de hacer daño. 

En el fondo, el plan de contingencia de López Obrador es mero ejercicio descarnado de poder: En lugar de salvar empleos productivos, seguirá engordando a sus bases sociales, que reciben subsidios y transferencias. Y hasta donde el presupuesto público alcance. Esto, para ganar las elecciones intermedias del Congreso en el 2021.

Seguramente la mala gestión de la crisis sanitaria y de otros problemas del país (el desempleo que viene, la quiebra de muchísimas empresas, la violencia y la inseguridad pública, los saqueos que habrá, etc.) podrán costarle varios puntos de popularidad, pero él apuesta a sacar a votar a sus bases, dentro de un año, y con eso revalidar y fortalecer su proyecto político, conservando su mayoría en el Congreso. No hay secreto en ello: Es el mensaje detrás de su “plan”. Y la suya podría ser una apuesta ganadora, frente a la inacción de la oposición y la atomización y desorganización de la sociedad civil que lo critica y se le resiste.

A cambio, la economía mexicana entrará en una caída gravísima, sin fondo ni plazo de terminación: será su peor depresión económica en 100 años, mayor que las de 2009, 1994, 1982, 1976… Ya se habla incluso de una recesión anual del 10%. Así, la economía quedará intubada a un respirador artificial, en peligro cierto de muerte. La mortandad en turismo, servicios, microempresas y pymes será muy pronunciada. Se estarían salvando vidas del COVID-19 (si se salvan) sólo para entregarlas a la muerte de la economía y a la pobreza y la falta de horizontes. Donde no habrá creación de riqueza ni empleos o bienestar real sin empresas vivas y actuantes.

Lo que sucedió el domingo es algo que todos sabíamos de López Obrador, sin asumir sus consecuencias últimas: Sólo le importan él mismo y su proyecto político. A esto sacrificará todo, cueste lo que cueste, caiga quien caiga. Y lo está haciendo.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Héctor Uriel Rodríguez Sánchez*

AMLO ignora la crisis del Covid-19 y sus efectos económicos por que sabe que implican el fin de su proyecto político. Incapaz de aceptar sus errores para manejar la crisis que sabía que venía, él, cobarde y soberbio, prefiere morir y ver morir a su pueblo que aceptar que se equivocó. Ahora por eso se hace el loco y ha empezado a luchar contra molinos de viento, solo. Sueña con inmolarse en la enfermedad y morir en la pose correcta para ocupar el cuadro central de la monografía de la pape. Su “fuerza moral” se ha convertido en fuerza de contagio.

Antier, tímidamente y en un soporífero video de YouTube, finalmente cedió algo, pero cedió sin ceder, cumplió lo que seguramente le exigieron los que pueden exigirle y dio un mensaje cuerdo. Pero solo lo dijo para quienes quisieron escucharlo, no lo hizo para quienes debían escucharlo. Dispone de casi dos horas diarias de “cadena nacional” que desperdicia en verdades a medias, cortinas de humo y payasadas, pero no tuvo ni un minuto para dar el mensaje más importante que él tenía que darle a México: También me quedo en casa.

Llegó el momento en que el sobajado subsecretario de Salud, al lado del siempre ausente que tiene el nombramiento de Secretario, quién sabe bajo qué presión, tuvo que pedir enérgicamente, con vehemencia, lo que ya todos sabíamos que debíamos hacer: ¡Quédate en casa! Repitió tres veces a México, en un mensaje sin Presidente, sin líder, sin el otrora redentor, sin ocurrencias, sin estampitas, sin burlas y sin locuras. Andrés Manuel se fue a esconder a una gira.

Es tarde para que el gobierno se comporte a la altura. El dique de mentiras montado por el Presidente no resistió. La realidad es demasiado grande, demasiado contundente y viene lo que viene. El daño está hecho y el Gobierno de López Obrador está desahuciado, lo sabe todo el mundo, literalmente. La crisis le sepulta, pero se ha matado solo, con cada decisión que ha tomado creyéndose invencible e inmune a las consecuencias de sus errores, de la ineptitud, la chabacanería y el cinismo. Él y nadie más es el asesino de “La Esperanza de México”.

Habrá que hacer lo posible por salvar a México. Es lo que nos queda. Esperemos no caer en peores manos. Las consecuencias de las malas decisiones suelen ser largas y muy caras. Quién mandará ahora ¿Ebrard? ¿El ejército? ¿Nadie?

Entre tanto resistamos. El México nuevo será de supervivientes a la enfermedad, a la crisis económica, social y política, a la pobreza, a la locura y a la ignorancia. A las consecuencias de votar con el hígado, vamos.

Aprendamos.

Por ahora #QuédateEnCasa

*Héctor Uriel Rodríguez Sánchez. Apasionado de la Política, Speaker y Consultor de Negocios. En Twitter: @hectoruriel y en Facebook: /hectoruriel.r

Por: Víctor H. Becerra*

Una pregunta recorre México, apremiante, nerviosa: ¿La reciente baja en la popularidad del presidente López Obrador será un quiebre definitivo en su gobierno, hacia una impopularidad permanente y tal vez, quizá, marque el fin adelantado de su sexenio?

Hace unos días, varias casas encuestadoras publicaron sus resultados midiendo la actual popularidad presidencial. Todas ellas, sin excepción, reportaron una sensible baja en los niveles de aceptación presidencial: Su popularidad bajó del 78-80% (iniciando su gobierno, a principios de 2019) a un rango del 57-62% (en la actualidad, según la encuesta que se prefiera), mientras aumentó considerablemente su desaprobación, de 14-18% al 29-35%, hoy.

Ningún presidente mexicano había llegado con tanto poder y popularidad como López Obrador. Pero como dicen señaló Abraham Lincoln: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Así que tras 15 meses en el poder, López Obrador hoy resiente los primeros efectos de un gobierno incompetente, inepto: Desconfianza de empresarios e inversionistas; una economía en recesión; desempleo creciente; la crisis del sector hospitalario que ha costado decenas de víctimas (muchas de ellas niños) y que puede magnificarse con la epidemia de coronavirus en puerta; 100 asesinatos diarios en promedio, muchos de mujeres y niños, como resultado de una inseguridad pública imparable; una corrupción galopante, como deja ver que el 78% de los contratos de su gobierno sean adjudicaciones directas, opacas y a empresas de reciente creación, muchas vinculadas a personajes de la propia administración; 346 mil millones de pesos en pérdidas en PEMEX, además de cientos de millones en proyectos descabellados, debilitando unas finanzas públicas de por sí pendientes de un hilo. Es un gobierno que ha fluctuado, estos 15 meses, entre las malas noticias, las feas y las pésimas. Pobre país, en manos de un necio incapaz.

El daño hecho en estos meses iniciales de gobierno, será difícil de revertir, máxime cuando no hay siquiera voluntad de reconocer errores. Pero el problema real es que ninguno de estos problemas se solucionará en el corto plazo. Vamos: Ni siquiera se prevé una ligera mejoría pronto, menos con el reciente desplome del precio del petróleo (la gran apuesta del sexenio), y con él, el del peso mexicano y del gasto del gobierno, un golpe que dependiendo de su profundidad y duración, sí puede descarrilar el sexenio de López Obrador. Así que la popularidad presidencial seguirá cayendo.

Reconocer y prever esto no implica, empero, suponer que su gobierno colapsará o que le espera un fuerte castigo en las aún lejanas elecciones intermedias de julio de 2021, perdiendo la mayoría legislativa que hoy tiene en la Cámara de Diputados.

En realidad, sus niveles de aceptación aún son grandes, similares a los de cualquier otro gobernante: Casi cualquier presidente latinoamericano estaría satisfecho con sus números. Además, las encuestas dejan ver que su reciente impopularidad tiene más que ver con los resultados de su gobierno, que con un rechazo a su figura: Él, en lo personal, sigue contando con altos niveles de simpatía y adhesión, gracias a una hábil comunicación personal y miles de millones de pesos en programas sociales y en la operación con medios de comunicación y redes sociales.

Peor aún: A pesar de la naciente impopularidad de su gobierno, ningún partido político ni ninguna otra figura política se ven beneficiados de ella. Partidos y políticos de oposición se encuentran en puntos muy bajos de aceptación, prácticamente sin cambios desde que López Obrador llegó al poder. Si cae la popularidad de López Obrador, no aumenta la de la oposición ipso facto. En tal sentido, es una suposición sin bases esperar que perderá la mayoría en el 2021. Es más: A López Obrador sólo le basta movilizar a una fracción de los beneficiarios de sus programas sociales para retener entonces la Cámara de Diputados.

Así que mas le vale a la oposición y a los ciudadanos críticos seguir trabajando en el cuestionamiento y la exigencia al gobierno de López Obrador, en lugar de esperar de que sus propios errores lo lleven a la tumba política: Sigue reteniendo una alta aceptación y muchísimos recursos de todo tipo, por lo que más vale no confiarse ni cantar victoria antes de tiempo.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.