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Argentina, otra vez en caos, otra vez en megadevaluación, a pesar de que el Banco central incrementó drásticamente la tasa de interés de referencia al 60%, el peso argentino se ha devaluado más de un 25% frente al dólar en menos de una semana, pasando de aprox. 30 a hasta 42 pesos por dólar.
De esto, que en México viviamos hasta principios de los 90’s fue de lo que nos libramos con los gobiernos sensatos de Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. Ojalá que el Presidente López Obrador siga rodéandose más de zedillistas que de populistas viejos. Ojalá que México sigamos viendo con pena ajena la necedad de los argentinos en lugar de volver a sentir verguenza propia nuestra propia necedad.
 
Y, por cierto, desde hace meses Javier Milei, a quien entrevistamos en mayo pasado, durante su gira con México Libertario, estaba advirtiendo que esto pasaría, pero el idiota de Mauricio Macri se aferró a sus keynesianos. ¡Ahora que se joda! y a ver si por fin aprender los argentinos esa lección que en México entendimos desde hace 30 años. 
Aquí la entrevista:

Por: Víctor H. Becerra*

Parece una película o una nueva serie de Netflix, pero fue real: durante 10 años, el chofer de Roberto Baratta, un muy alto funcionario argentino, anotó en varios cuadernos, con precisión y meticulosidad, cada uno de los millonarios sobornos que recibía dicho funcionario, por parte de empresarios contratistas del ramo de la Energía, sobornos que a su vez entregaba al presidente Nestor Kirchner y, después, a la muerte de éste, a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Al anotar todo lo que veía y escuchaba (acompañándolo también con fotografías y videos), el chofer Oscar Centeno construyó una sorpresiva y enorme prueba de la trama de corrupción del kirchnerismo, del sistema para hacer negocios que se impuso por años entre el Estado argentino y sus contratistas.



Los cuadernos fueron revelados a la prensa y a la justicia hace una semana por un amigo del chofer, quien se los dejó en resguardo, metidos en una caja de galletas. Son relatos cuidadosos y exactos de entregas, recibos y montos de sobornos. Escépticos, neutros, casi sin opiniones personales. Y con serias implicaciones sobre toda la estructura del gobierno kirchnerista y potencialmente destructivas contra la propia ex presidenta: Según los cuadernos, Cristina Kirchner cobró sobornos hasta apenas un mes antes de dejar el gobierno, cuando ya Mauricio Macri era presidente electo. Y recibía bolsos con millones de dólares en su domicilio particular y en la quinta presidencial de Los Olivos, ataviada con trajes deportivos, ese atuendo favorito de Fidel Castro y otros ‘progresistas’.

El Cuadernogate o escándalo de Los cuadernos de las coimas, como ya se le conoce, ha causado la detención de varios ex funcionarios y de una decena de los principales empresarios argentinos, muchos de los cuales aceptaron ser informantes en la investigación judicial, para evitar la cárcel. Casi todos han señalado que los sobornos les fueron solicitados para financiar las campañas políticas del kirchnerismo.

El propio socialismo lleva a la corrupción. No se puede ser honesto en un sistema que anula cualquier incentivo a la probidad, decencia e independencia.

Pero esta versión ya flaquea. En realidad serían meros sobornos, coimas, sin eufemismos, que aceitaban un mecanismo grosero: Los empresarios acordaban precios inflados en un 20 por cierto en las obras públicas o negocios energéticos que concursaban, y se presentaban a las licitaciones, a sabiendas de quién ganaría o perdería cada contrato, repartiéndoselos equitativamente. En tanto, el gobierno adjudicaba y pagaba un 20 por cierto de adelanto de la obra o negocio. Ese dinero de los contribuyentes salía sin dilación de las cajas del Estado para terminar enseguida en manos de los funcionarios recaudadores, quienes lo trasladaban al jefe político de la banda. Una buena parte de ese dinero terminaría en cuentas bancarias, sociedades offshore, cajas fuertes y el pago de propiedades de los implicados y sus familiares.

El kirchnerismo en Argentina es inagotable en su capacidad de sorprendernos. El Cuadernogate es solo el último de una larga cadena de escándalos: Ya otro funcionario, compañero de Baratta, responsable de la contratación de obras públicas, fue detenido tratando de enterrar millones de dólares y euros en un convento; el último vicepresidente de Cristina Kirchner acaba de ser condenado a varios años de cárcel, por querer apropiarse la imprenta de los billetes del Estado; la hija está procesada por acumular millones de dólares en cajas de seguridad; sigue irresuelto el asesinato del fiscal que investigaba a la ex presidenta, junto con presiones e intimidaciones mafiosas contra jueces dictadas presuntamente por ella, mientras los procesos abiertos contra ella misma siguen acumulándose y profundizándose. Todo ello aderezado con detalles como la práctica de los Kirchner de no contar el dinero que recibían de sobornos, sino que sólo lo pesaban (dada las enormes, inmanejables cantidades), el uso de los aviones presidenciales para transportar el dinero, la enfermiza obsesión de los Kirchner por las cajas fuertes, e incluso, rumores inconcebibles de que el mismo mausoleo del ex presidente funcionaría como bóveda de seguridad.

Si algo deja en claro el Cuadernogate es que los implicados no fueron políticos que se corrompieron circunstancialmente, sino que son mafiosos que se hicieron con el poder político nacional por largos doce años con el beneplácito de los ciudadanos: baste recordar que los implicados fueron altos funcionarios de Nestor Kirchner desde su época de gobernador de Santa Cruz (1991-2003) y que Cristina Kirchner logró su reelección presidencial en 2011 con un abrumador porcentaje del 54%, una de las votaciones más altas de toda la historia argentina. La corrupción no era un sistema en Kirchnerlandia: era EL sistema.

Y todo esto fue posible usando al socialismo como mecanismo y cobertura lubricante. El mismo Nestor Kirchner señaló, durante un viaje a México, que “ser de izquierda da fueros”, impunidad. Así, el socialismo facilitó el atraco. Porque el socialismo es el poder absoluto de la Economía en manos del Estado. Y todos sabemos que el poder absoluto corrompe absolutamente. Incluso, el socialismo, como la esclavitud, busca tomar la posesión más valiosa: a la propia persona, como puede ahora atestiguar Oscar Centeno. Así, el problema es el mismo socialismo, porque propende inevitablemente a la corrupción. Y no se puede ser honesto e íntegro en un sistema que en la práctica anula cualquier incentivo a la probidad, a la decencia y a la independencia, porque todo lo quiere controlar, centralizar, decidir, prever, dar seguridades y, en cambio, lo único que logra es, precisamente, corrupción para enriquecer a quienes deciden y a sus súbditos favoritos, y empobrecer a todos los demás.



Aún es temprano para prever cómo terminará el escándalo y sus posibles derivas. Como sabemos de escándalos similares, sus trayectorias suelen ser incontrolables, sus consecuencias imprevisibles y sus damnificados los menos esperados. Todo puede pasar. Incluido un cataclismo político como los sucedidos en EEUU, Italia o México, espoleado por la imparable crisis económica del país. Quizá lo único seguro sea el aniquilamiento del kirchnerismo como opción político-electoral. En hora buena.

Hubo un tiempo en que decirse kirchnerista (o chavista o lulista o como fuera el apellido del mandamás de cada pandilla) tal vez quiso significar progresismo, solidaridad, revolución, derechos humanos. Hoy sólo es sinónimo de robo, delincuencia organizada, saqueo sistemático, a manos llenas, desvergüenza. Con suerte, esperemos que en adelante también sea sinónimo de político preso y en descrédito.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Como si detrás hubiera una operación concertada, la izquierda latinoamericana salió durante los últimos días en defensa de sus exponentes más distinguidos, específicamente Cristina Fernández de Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva y Rafael Correa. Pero en realidad solo fue una reacción de desesperación frente al avance de la justicia. Esa izquierda poco podrá hacer cuando la justicia efectivamente toque a sus puertas. Al respecto, si algo debiera de destacarse en estos momentos es el creciente vigor y profesionalismo de los sistemas de justicia en casi toda América Latina (México y Venezuela serían sus grandes hoyos negros), bajo el empuje de jueces independientes, medios de comunicación libres y una empoderada y actuante sociedad civil.

La actuación desesperada de la izquierda comenzó a principios de julio, con el pedido de cárcel preventiva contra el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa, y enseguida, la solicitud de captura de su auto exilio en Bélgica, por su vinculación en el breve secuestro del político Fernando Balda, antiguo aliado suyo, en Colombia, durante 2012; sobre ello, la Interpol aún debe decidir si acepta o no dicho pedido de captura internacional. No debe perderse de vista que este caso es el más avanzado en contra de Correa, pero que hay otros, en temas como corrupción con fondos públicos, la venta irregular de petróleo a China y otros casos menores que van sustanciándose.



Quizá estos procesos contra Correa no se habrían desarrollado sin la disputa por el poder entre el propio Correa y el sucesor que él mismo designó, el presidente Lenin Moreno. Estaríamos pues frente a un simple vendetta entre pandillas rivales, o quizá, una simple estratagema para ocultar los problemas del país y la creciente impopularidad presidencial. Pero hasta ahora ha sido cuidadosa y quizá hasta intachable la actuación de la justicia ecuatoriana. Habrá que esperar un mayor avance del caso o su conclusión para determinar si hubo o no un completo proceder fundado en derecho.

Pero la fuerte presión de la justicia ecuatoriana en contra de Correa llevó a un intempestivo contraataque por parte de Nicolás Maduro, defendiendo también a Lula Da Silva y a Cristina Kirchner, la cual está cada vez más implicada en sus crecientes problemas judiciales, los que la tienen a un paso de la cárcel. Pero casi de manera simultánea comenzó en Brasil, con Lula Da Silva, una especie de capítulo de los Looney Tunes, con el Pato Lucas poniendo el cartel de “Liberado” y Bugs Bunny superponiendo otro de “No Liberado”, y así hasta el infinito.

Esto fue el intento de liberar a Lula de la cárcel, donde está desde el pasado 6 de abril, purgando una sentencia de 12 años y un mes por corrupción pasiva y lavado de dinero, por parte de militantes de su partido, el Partido dos Trabalhadores (PT). Al respecto, y a pedido de legisladores del PT, el juez Rogério Favreto ordenó reiteradamente la liberación de Lula, argumentando que el encarcelamiento atentaba contra su derecho a ser candidato a la Presidencia de la República en los comicios del próximos 7 de octubre. Hasta en tres ocasiones jueces distintos rechazaron el pedido, aduciendo que Favreto no tenía ninguna facultad para ocuparse del caso.

Pero en la cuestión de fondo, la cárcel no castiga los derechos políticos de Lula Da Silva: estos aún se harán valer en otras instancias, ajenas a la penal. Al respecto, Lula tiene recursos pendientes, a desahogarse durante agosto y septiembre próximos por las instancias electorales y tal vez la Corte Suprema, que debieran permitirle (o impedirle) postular a la Presidencia. En tal sentido, su fallido intento de liberación fue solo una tentativa política, de mero espectáculo público, a fin de forzar a las instancias electorales para aceptar ya a Lula como candidato presidencial, pero que no varía lo fundamental: Lula es un político que hoy está en la cárcel por corrupto, según lo determinó un proceso judicial riguroso y por distintos jueces en varias instancias sucesivas. Así, su postulación tendrá que vérselas con la ley brasileña de “Ficha Limpia” (aprobada en 2010, bajo la segunda Presidencia de Lula y respaldada por él), por la que ningún condenado por un delito confirmado en dos instancias (precisamente el caso de Lula) puede postularse para un cargo electo durante al menos ocho años. Pero la última palabra la tiene el Supremo Tribunal Electoral.

El inicio de una investigación contra el juez Favreto, por la presunción de que actúo motivado por intereses políticos, dada su antigua y larga militancia (19 años) en el partido fundado por Lula, el haber sido funcionario a las órdenes de Lula y ser nombrado juez por la presidenta Rousseff, sin la trayectoria judicial para serlo, fundamentan esta idea de que todo fue una puesta en escena, para chantajear a las instituciones electorales.

Pero el daño a la credibilidad del sistema brasileño de justicia ya estaba hecho, y fue como el pistoletazo de salida para que la izquierda latinoamericana se lanzara a defender a sus héroes. En esta defensa de Correa y Lula, principalmente, no hubo ni decencia ni cuidado. Decencia, para referirse a otros casos de mayor relevancia y urgencia, como la masacre contra jóvenes nicaragüenses por parte del régimen cuasi dictatorial de Daniel Ortega. Cuidado, para revisar siquiera mínimamente las causas judiciales de sus defendidos. De haberlo hecho, seguramente habría actuado con la prudencia pedida por el ex canciller chileno Heraldo Muñoz, a la ex presidenta Bachelet y a otros políticos chilenos de izquierda, por la carta de apoyo a Lula que suscribieron.  El gesto de Muñoz, que por su antiguo rango debe poseer muchos datos no públicos del caso Lula, fue un gesto solitario (y honorable) entre la izquierda de la región.

Tanto Lula, como Correa y Cristina Kirchner seguramente terminarán por recibir la pena que merecen por las vías judiciales, sin importar las presiones políticas. Y eso debiera ser una buena noticia y un gran rasgo distintivo respecto a nuestro pasado. Hoy, más de dos decenas de gobernantes latinoamericanos están en la cárcel o en riesgo de estar en ella, además de cientos de políticos investigados y que poco a poco son procesados. Nunca antes en nuestra historia habíamos visto a tantos políticos castigados por una justicia imparcial y profesional, con un mayoritario apoyo social.



Los regímenes políticos en Latinoamérica durante el siglo XX se permitían todo o casi todo. Bajo la forma de regímenes autoritarios, dictaduras militares o democracias imperfectas, los gobernantes tenían control absoluto o casi absoluto sobre las instituciones, especialmente los aparatos judiciales, lo que les permitía administrar la justicia en función de sus intereses políticos, lo que explica muchísimos hechos corruptos que pasaron desapercibidos y quedaron sin castigo en nuestra historia común. En contraste, gracias a las reformas de los sistemas judiciales que se han dado en los últimos 20 años y a una vigorosa reacción social, hoy líderes, ministros, exministros y cientos de funcionarios de altos cargos se enfrentan a la acción de los tribunales. Algunos ya están presos, muchos están siendo procesados y varios más terminarán en la cárcel.

El creciente protagonismo de las instituciones de justicia es una buena noticia para América Latina, una que por desgracia no valoramos en toda su importancia. Los actuales aprietos judiciales de Lula, Correa y Kirchner son un gran cambio cualitativo respecto a nuestro pasado, no dejando sus posibles crímenes al arbitrio de la impunidad o la venganza política. Y eso es algo que debiera alegrarnos a todos, por encima de las diferencias ideológicas.

Al respecto, es natural que la mayoría de los procesados sean hoy políticos de izquierda, tras sus varios lustros de poder, casi sin contrapesos. Y es natural también, hasta cierto punto (un punto antes de la ceguera interesada y la alcahuetería), que muchos en la izquierda se sientan acosados. Pero esa izquierda (si es honrada) no debiera perder de vista que, tras de ellos, seguramente seguirán muchos de los actuales gobernantes de otros signos ideológicos, si dejan a la justicia madurar más y ganar todavía mayor profesionalismo e independencia.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]sta semana el economista Javier Milei ha estado de visita en México, con una intensa gira en universidades organizada por México Libertario. El jueves 10 de mayo estuvo de visita en la ciudad de Salamanca y Gerardo Garibay Camarena, editor de Wellington.mx, lo entrevistó en exclusiva sobre la situación política en Argentina, la nefasta influencia del keynesianismo en América Latina y lo que podemos hacer para contrarrestarla.