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Por: Víctor H. Becerra*

Este martes 1 de enero y tras obtener casi 58 millones de votos en segunda vuelta, Jair Bolsonaro tomará posesión de la Presidencia brasileña, para iniciar cinco años de gobierno, con posibilidad de una reelección consecutiva. Ojalá sea exitoso en su gestión: el país y su gente lo merecen.

Pero Bolsonaro aún no ocupa el Palacio de Planalto, sede de la Presidencia de Brasil, y ya es acosado por al menos tres escándalos judiciales, quizá menores, pero significativos.

El primero, una investigación en curso por una serie de pagos hechos, hace unos meses, a la cuenta bancaria de un asesor de su hijo Flávio (algunos señalan que su real labor de asesoría era ser su chofer), entonces diputado regional y hoy senador electo, por un monto relativamente pequeño (300 mil dólares), por parte de miembros del staff parlamentario del propio Flávio Bolsonaro. De esa misma cuenta, salieron posteriormente pagos a Bolsonaro y a su esposa (supuestamente en pago por un préstamo personal hecho al asesor). Por hoy, el asesor se encuentra desaparecido y sin dar la cara a la justicia en la investigación que se sigue sobre el caso, aunque se ha revelado súbitamente cómo un “exitoso” hombre de negocios.

El segundo, una condena (sujeta aún a apelación) por improbidad administrativa a su próximo ministro de Medio Ambiente (integrante de Novo, el partido libertario brasileño), por supuestos malos manejos durante un cargo previo, como secretario de Medio Ambiente del estado de São Paulo, a fin de favorecer a empresas y amigos en la modificación de planes de manejo de reservas territoriales.

Adicionalmente, se reveló recientemente que su próximo ministro de la Casa Civil (una especie de jefe de Gabinete) Onyx Lorenzoni (un antiguo y muy destacado miembro de DEM, el partido liberal brasileño, aunque forma parte de la ODCA, los Demócratas Cristianos de América), está siendo investigado por recibir ilegalmente donaciones de empresas a fin de financiar campañas políticas; anteriormente ya se le había comprobado un cargo similar y tuvo que pedir perdón. Al menos otros tres ministros también estarían sujetos a controversias judiciales.

Estos casos que ponen en cuestión al propio Bolsonaro y a sus más cercanos (y que han dado material de sobra a medios tan parciales como RT, Telesur, etc.), sirven para dejar en claro que la corrupción es estructural a la política brasileña, como lo es en muchos otros países de la región. Lula, en tal sentido, no es un producto atípico de la política brasileña, sino apenas uno de sus representantes promedios; recordemos, simplemente, que el presidente Michel Temer dejará la Presidencia tan solo para quizá enseguida terminar en una mazmorra, por una investigación que se le hace por corrupción y blanqueo de dinero.

Por supuesto que puede haber políticos brasileños (y latinoamericanos) honrados e intachables. Pero serían raros. Verdaderos garbanzos de a libra. Es útil tener en mente esto ahora que de manera bastante irreflexiva se destacan las luces de Bolsonaro, sin reparar en sus sombras. Así que ese cuidado que debiera tenerse sobre los antecedentes de Jair Bolsonaro y su futuro gobierno, debiera también observarse con relación a su agenda.

Al respecto, su próximo Gabinete es un amasijo poco coherente: Un vicepresidente militar, un ministro de Hacienda liberal, una predicadora evangélica como ministra de Derechos Humanos, un militar nacionalista como jefe de su Gabinete de Seguridad, lobistas de empresas de agronegocios en los ministerios de Agricultura y de Medio Ambiente, un militar inexperto al frente de la Secretaría de Gobierno (encargada de la negociación política con el Congreso), militares, más militares… Con tal diversidad, ¿qué puede salir mal?

Profundizando, creo que la agenda económica de Bolsonaro es valiente, coherente con las necesidades de desarrollo del país tras una prolongada y durísima recesión. En problema estaría pues en otra parte, que debiera de considerarse con detenimiento, sin extenderle un cheque en blanco solo porque su propuesta económica suena bastante bien (otra cosa muy distinta será que logre aplicarla, ante su minoría parlamentaria).

Así, Bolsonaro ha prometido mano dura contra la delincuencia, el narcotráfico y la corrupción, con un discurso populista que pone el acento en la seguridad pública y que comienza a copiarse en otros países, por sus réditos políticos en sociedades justamente desesperadas frente a la delincuencia y la violencia de todos los días, pero por ello, con un alto nivel de tolerancia ante posibles violaciones a los DDHH.

En consecuencia, Bolsonaro ha propuesto usar a las Fuerzas Armadas en tareas de combate a la delincuencia, como prometió en campaña, aplicando un discurso de duro militarismo que está en auge en toda la región, como ya podemos ver en las estrategias militaristas de los gobiernos de Bolivia, México y Paraguay, de muy distinto signo ideológico unos de otros.

Militarizar la seguridad pública implica incorporar la idea de una guerra interna (así lo ha dicho Bolsonaro abiertamente) para utilizar, por tanto, técnicas de guerra y una relación más agresiva y de sospecha en el trato con la ciudadanía, abriendo la puerta a eventuales violaciones a DDHH por parte de las Fuerzas Armadas, los cuerpos de seguridad y el propio gobierno (es el “dispara primero y averigua después” que conocemos bien en México). Esto en un país con unos ya de por sí altísimos índices de homicidios y de letalidad policiaca.

Adicionalmente, Bolsonaro ha propuesto reducir la edad de responsabilidad penal, a los 16 años, limitar las penas de prisión reducidas y dar cobertura legal a las fuerzas de seguridad por delitos cometidos en el cumplimiento del deber. Está por verse cómo afectará todo esto a los Derechos Humanos y en la tolerancia y respeto a diversas minorías (LGBTI, indígenas, negros, etc.), pero las perspectivas no son tranquilizadoras, en vista del propio historial discursivo de Bolsonaro, del que él tanto se enorgullece.

El temor de algunos de que Bolsonaro pueda atentar contra algunas minorías debe tomarse con seriedad. Bolsonaro está obligado a cumplir su promesa de “gobernar para todos los brasileños sin distinción de raza, sexo o religión”. Y los libertarios debiéramos de ser los primeros en exigírselo, por mera congruencia (y por profunda convicción respecto a todo gobierno, cualquier gobierno, de cualesquiera signo ideológico), en lugar de extenderle apresurados y truchos certificados de “hermandad” en ideas.

Desde mi perspectiva (limitada y personal como es), Bolsonaro simplemente es un populista que ha hecho sintonía con algunos aspectos del discurso libertario, del que se ha servido para presentarse como un político “anti sistema”, a pesar de que desde 1991 ha ocupado cargos legislativos (¡casi 30 años como diputado!, con un desempeño más bien gris, solo destacable por sus escándalos). Pero toda su prédica política, de seguridad, de moralidad religiosa y de orden social son meras regurgitaciones del más crudo conservadurismo, que le han acercado a otros conservadores latinoamericanos, que por mero marketing o calculada indefinición se dicen “libertarios”.

Pero liberales y libertarios no luchamos por imponer un modelo de sociedad. Buscamos tan solo la libertad del individuo, la libertad de que le dejen en paz. Cuando supuestos libertarios buscan imponer un modelo dado de sociedad o de moralidad, en esa misma medida se alejan de las ideas libertarias. Porque tarde o temprano para imponer ese modelo (o en temas específicos tales como aborto, matrimonio, sexualidad, idea de familia, educación, etc.) lo harán con la fuerza del Estado.

Muchos de los libertarios que hoy nombran a Bolsonaro como una especie de hermano mayor o guía moral y política (el gran Capitão), son meros nuevos fanáticos obsesionados con mejorar a la humanidad. En masa y a la fuerza si fuera necesario. En la lucha personal que creen a muerte contra la izquierda (con su mantra todoterreno del “marxismo cultural”) han olvidado que Libertad no es coacción, no es amenaza, no es violencia, no implica vulneración de derechos de otros: es libertad, sin imponer y sin que te impongan, sin que te den y sin que te quiten, sin agredir y en tolerancia.

La manipulación de la esperanza y su par, la desesperanza, tiene consecuencias, reales, sin importar si esa manipulación es hecha por la izquierda o los conservadores o quien fuera. Y los libertarios debiéramos ser, en mi humilde opinión, los primeros en advertir de los peligros supervenientes, antes que aplaudir y vitorear a los nuevos manipuladores, solo porque supuestamente son “libertarios”.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

La credibilidad de un gobierno, y con él, de un país (al menos mientras los gobiernos ocupen espacios tan amplios en la actividad económica) es fundamental para asegurar estabilidad, promover políticas públicas serias, fomentar un mejor clima de negocios, atraer inversiones y con ello, crear más y mejores empleos, los que promueven a su vez mayor consumo y más consumidores, y bajo su empuje, de nuevo más empleos: oportunidades de mayor bienestar.

Por el contrario, los inversionistas huyen como la peste de países donde el capricho es el sustento de las políticas públicas o de las leyes; nada es seguro en un país de políticos caprichosos y arbitrarios. La irresponsabilidad y el capricho políticos son repelentes del dinero y de los inversionistas. Hoy ese es el caso de México con Andrés Manuel López Obrador, que aunque aún no toma posesión de la Presidencia, amenaza con regresar a México al “país de un solo hombre” y de “la Presidencia imperial”, propios de la etapa del PRI hasta inicio de los años 90s.

En apenas unos meses (y reitero: sin haber tomado aún el poder), López Obrador y su coalición gobernante ya en el Congreso, causaron un gran estropicio económico: un fuerte aumento del dólar, caídas en el mercado de valores, un aumento en la deuda del país, por la volatilidad cambiaria, una caída del 75 por ciento en la inversión extranjera directa durante el tercer trimestre, una reducción de empleos registrados en la seguridad social, y una inicial estampida de inversiones hacia mercados con mayor confianza y previsibilidad.

Esto lo lograron cancelando un mega aeropuerto ya muy avanzado en su construcción, mediante una ilegal y sesgada “consulta ciudadana” (organizada, vigilada y dictaminada por su propio partido y cuya figura será, al parecer, en lo sucesivo, su instrumento preferido para pasar por encima de toda legalidad), y las millonarias pérdidas causadas a las empresas privadas y fondos de pensiones que habían invertido en el aeropuerto; enseguida, un proyecto de ley para usar las reservas internacionales del Banco central para “promover” el “desarrollo”, otro más para eliminar las comisiones por los servicios bancarios, y uno más para expropiar los fondos privados de ahorro para el retiro, junto con el anuncio de endurecer la regulación contra las compañías mineras, desplomando su valor, y el propósito de crear el Tren Maya y la Refinería de Dos Bocas, que en el papel se ven como megaproyectos fantasiosos e improductivos, entre los principales desatinos.

Como consecuencia, en octubre salió una importante cantidad de dinero del mercado de deuda mexicano: Más de 11 mil millones de dólares, en parte (aunque no exclusivamente) por la tensión causada por la cancelación del proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de Texcoco. Y apenas hace unos días entraron a Brasil 367 millones de dólares, mientras que en México salieron 214 millones de dólares de los mercados de valores, siendo México el único mercado emergente con pérdidas. López Obrador y su coalición van demostrando que el populismo y la irresponsabilidad son costosos.

Al respecto, resulta muy interesante comparar esta situación con la de Brasil y el gobierno venidero de Jair Bolsonaro, electo poco menos de cuatro meses después que López Obrador. Ambos asumirán el poder con apenas un mes de diferencia. Su sincronía permitirá una privilegiada observación de dos estrategias económicas diametralmente opuestas, y de sus resultados finales, en las dos principales economías de América Latina: Una estrategia, la de López Obrador, de redistribución de la riqueza; la otra, de creación de riqueza.

En contraste con López Obrador, los primeros anuncios económicos de Jair Bolsonaro, en Brasil, han sido serios, cautelosos y dirigidos a crear condiciones de certeza y credibilidad. Así, el área económica del gobierno brasileño y la empresa petrolera están siendo ocupadas por los llamadosChicago Boys, lo que sin duda es una buena noticia, en vista de los resultados excepcionales (vigentes hasta la fecha) de esta Escuela económica en un país como Chile.

Pero no todo será sencillo para el gobierno Bolsonaro: el Congreso brasileño ya ha puesto freno a algunos proyectos de su próximo gobierno. Si no logra destrabarlos, negociando con el podrido sistema de partidos brasileños, otros proyectos como la privatización de empresas estatales o, más aún, la indispensable reforma del sistema de pensiones y la reducción del persistente déficit fiscal, serán simples castillos en el aire.

Apenas el año pasado, Brasil dejó dos años consecutivos de crisis, la peor recesión de su historia, creciendo apenas 1 por ciento. La expectativa es que este año crezca alrededor del 1.3 por ciento y que el crecimiento vaya incrementándose lentamente a futuro. Estas previsiones, modestas, han recibido un fuerte impulso con la elección de Bolsonaro, al grado de que al impacto positivo en la economía brasileña por su elección ya se le llama el Bolsorally.

De esa manera, ya se anuncian millonarias inversiones en Brasil, por parte de empresas globales como EneliFood, Toyota, Shell, Carghill y otras, en sincronía con la confianza que Bolsonaro genera en los mercados. Del mismo modo, ya se habla de lograr un mayor acercamiento con la economía estadounidense, quizá en detrimento de Mercosur, y un freno a la creciente presencia de China en la economía brasileña.

Así, parece ser un hecho que las inversiones que salgan de México, como efecto de la incertidumbre política y económica, irán principalmente a Brasil, tal como ya lo pronostican las principales empresas calificadoras y los fondos de inversión, apuntalando el crecimiento en ciernes de ese país.

De tal modo, hay un inicial trasvase de fondos e inversiones de México a Brasil, que podría acrecentarse en el futuro, si el nuevo gobierno mexicano no logra transmitir calma a los mercados o su coalición partidaria sigue actuando irresponsablemente. El tiempo que tarde en lograrlo será crucial: Un año espantando inversionistas y empresas podrían significar desperdiciar medio periodo de gobierno de López Obrador. O más. Esto lo lamentaremos muchísimo si es que llega a concretarse el escenario de recesión en EEUU, que los especialistas prevén para 2019 o 2020: en lugar de aprovechar el sólido crecimiento actual de EEUU, estuvimos desperdiciando el tiempo “ablandando” inversionistas (¿a fin de prepararlos para un esquema irregular de financiamiento político similar al Lava Jato de Lula Da Silva? Pareciera).

El dinero no tiene ideología. Solo busca condiciones de confianza para crecer y multiplicarse. Y por ahora, los mercados han dictado un KO claro a favor de Bolsonaro y en contra de López Obrador en el terreno económico. Por desgracia, no se ven señales de que López Obrador mejore en el futuro cercano su desempeño. Al contrario: su daño a la economía podría extenderse también a la democracia y al Estado de Derecho.

Sobre Bolsonaro hay dudas reales sobre su real compromiso con la democracia y los Derechos Humanos. Sobre López Obrador hay cada vez menos dudas, cómo dejan ver sus teatrales “consultas ciudadanas”, su culto a la personalidad, su propuesta de centralización del poder, atacando el federalismo y la división de poderes… Pero en unos días, una vez tomando el poder, tendremos hechos reales de uno y otro, no solo declaraciones y proyectos.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Brasil se alista para un casi seguro gobierno de Bolsonaro. El derechista Jair Bolsonaro, que obtuvo el pasado 7 de octubre un 46% de los votos frente al 29,2% del socialista Fernando Haddad, es el favorito en la más reciente encuesta de la firma Datafolha para ganar la segunda vuelta presidencial, a efectuarse el próximo 28 de octubre, con un 58% del apoyo electoral. En contraste, Haddad hoy tiene el 42% de intención de voto. Si no acontece un hecho extraordinario, Bolsonaro será el próximo presidente de Brasil.

Su posible triunfo ha preocupado a muchos. Con algo de exageración, se le ha adjetivado de múltiples formas: “ultraderechista”, “fascista”, “nazi”, “racista”, “peligro contra la democracia”, “misógino”, “homófobo”… aunque algunos de esos adjetivos puedan tener cierta base en las propias declaraciones de Bolsonaro, en realidad todos son normales en una tradicional guerra sucia de índole electoral.

En todo caso, extraña que quienes así lo llaman no tengan adjetivos equivalentes para los políticos del Partido dos Trabalhadores, que usaron fondos públicos para comprar o, en su defecto, destruir a políticos rivales; corromper y pervertir el funcionamiento de los poderes legislativos y judicial; enriquecer a familiares, adictos y clientelas políticas; financiar dictaduras como las de Cuba o Venezuela, o favorecer a regímenes, partidos y dictadorzuelos ideológicamente afines. Si de ser un “peligro para la democracia” se trata, Lula Da Silva, Dilma Rousseff, Fernando Haddad y otros líderes petistas fueron mas allá de las meras declaraciones y convirtieron la democracia brasileña en una enorme fosa séptica.

Al respecto, el rechazo mayoritario del electorado brasileño contra ese estado de cosas, y no un apoyo acrítico a sus deslices declarativos, es la explicación del porqué las mujeres votaron más a Bolsonaro que a Haddad. De porqué los negros votaron más a Bolsonaro que a Haddad. De porqué una cantidad enorme de gays votó a Bolsonaro. De porqué una gran porción de los votantes tradicionales del PT se trasladó a Bolsonaro. Y de porqué un partido como el suyo, el Partido Social Liberal, pasó de no tener un solo diputado, a tener ahora el segundo mayor grupo parlamentario, detrás del PT. Todo ello, meras consecuencias del descrédito en el que se hundieron los partidos políticos brasileños tras la revelación del mega esquema de corrupción del Lava Jato en 2014.

Al respecto, sorprende ver cómo se desfondó el tradicional sistema brasileño de partidos, lo que recuerda en algo al Tsunami electoral mexicano del pasado 1 de julio. Y también sorprenden los paralelismos entre Bolsonaro y el presidente electo mexicano, Andrés Manuel López Obrador: su recurrente amenaza de no reconocer una posible derrota y las denuncias de supuestas maniobras de fraude; su auto asunción como outsiders políticos y candidatos “antisistema”, pese a sus extensas carreras políticas, la mayoría como tránsfugas partidarios; su común intolerancia a toda crítica; el discurso de odio contra grupos sociales específicos; las frecuentes descalificaciones contra rivales políticos y medios de comunicación; su cercanía a las iglesias evangélicas; un común discurso tradicionalista y conservador en lo social, y anticorrupción en lo político; el abundante y cotidiano uso de mentiras y exageraciones que enardecen y fomentan la polarización… sería agotador tratar de ser exhaustivos. Pero tantos paralelismos no dejan de sorprender.

Aunque López Obrador aún no toma el poder, ocupa cada día porciones más y más significativas del entramado institucional, de la influencia social y del debate público. Así, ya pueden prefigurarse las grandes líneas maestras de su futuro gobierno: una administración ineficaz y llena de ocurrencias faraónicas, por la falta de cuadros políticos profesionales para ocupar los cargos más importantes; una gestión caótica por las alianzas políticas indiscriminadas y al por mayor; la puesta en duda de manera continuada y flagrante de las más elementales normas democráticas y de división de poderes; un poder personalísimo, sin contrapesos efectivos, propenso al capricho y a simplemente sustituir a unos políticos y empresarios corruptos por otros, iguales; funcionarios que alardean de demócratas, pero se consideran la encarnación del pueblo, por lo que atropellan a particulares, descalifican a sus rivales políticos, ignoran a las minorías, subyugan la justicia y los procesos electorales, y amenazan a los medios de comunicación… en suma, una democracia iliberal, que supuestamente respeta la voluntad popular pero desprecia la ley, los procedimientos y las instituciones independientes que controlan al poder.

La democracia es así: con mucha frecuencia se trata de elegir la opción que se cree la menos mala. En el caso de México, elegimos entre corruptos y autócratas. Y nos aprestamos a sobrellevar las consecuencias de elegir a los segundos. A la vista de esas consecuencias, quizá los brasileños se lo piensen dos veces de aquí al 28 de octubre.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Finalmente, tras efectuarse este domingo la primera vuelta de la elección presidencial en Brasil, el resultado final se decidirá en un balotaje el próximo 28 de octubre entre Jair Bolsonaro (del Partido Social Liberal) y Fernando Haddad (del Partido de los Trabajadores, fundado por Lula). O, como les llaman sus detractores, Bolsonazi y Malddad. Quien resulte electo, sucederá a Michel Temer, el mandatario más impopular desde la restauración de la democracia en 1985, quien por cierto, al dejar el poder el próximo 1 de enero, perderá su inmunidad y podría enfrentar varios procesos judiciales en su contra. Si entonces se le procesa, la Justicia brasileña habrá ratificado su credibilidad y cimentado un mayor apoyo.

La elección entre Bolsonaro y Haddad no es, contra lo que muchos han querido hacer creer, elegir entre un demócrata o un fascista. En realidad, uno y otro son expresiones particulares de un acendrado populismo: Un populismo clientelar y corrupto en el caso de Haddad; un populismo autoritario y conservador en el caso de Bolsonaro. En tal sentido, ambos candidatos ni por asomo son las visiones de un país moderno, competitivo y de más oportunidades que requiere una de las mayores economías del mundo y la principal de América Latina. Ambos son, simplemente, resultado de los detritus que dejaron Lula Da Silva y su Corte de ladrones.

La crítica situación del país explica, aunque no justifica, elegir entre ambas desesperanzas, Bolsonazi o Malddad, como si de elegir entre el cáncer o el SIDA se tratara. Con 64 mil asesinatos al año, una violencia endémica, catapultada por el narcotráfico, 13 millones de desempleados, con un decrecimiento del PIB del 11% en dos años, una reactivación económica que no alcanza a tomar vuelo y que podría tardar aún un par de años en hacerlo, y un profundo desencanto social ante el quiebre del “milagro brasileño” y, sobre todo, las corruptelas que involucran a buena parte de sus élites política y empresarial, la situación de Brasil no es fácil ni prometedora.

Lula y a su sucesora, Dilma Rousseff, son los causantes, en buena medida, de este cuadro, y en consecuencia, de que la campaña presidencial se haya movido en un clima divisivo y de polarización, de antipetismo y fake news. Así, la dura competencia entre Bolsonaro y Haddad evidenció una aguda e irreparable división social en el país, pero no la creó: ya estaba allí. Y lo más probable es que seguirá allí, sea quien llegue al Palacio de Planalto: Para los bandos enfrentados, será más atractivo tratar de obstaculizar y hasta destruir al rival que cooperar con él. Y la democracia brasileña sufrirá: sus peores momentos, en consecuencia, aún están por delante.

Con 46% de los votos emitidos este domingo, Jair Bolsonaro seguramente no es el candidato perfecto para muchísimos brasileños, pero en el clima de polarización del país, a ellos les bastó con saber que no era miembro del PT. Así, Bolsonaro explotó una imagen de candidato anti Lula y anti establishment, a pesar de su larga carrera política en varios partidos. Y dada su carrera de ex capitán del Ejército, pudo hacer creíble su discurso de orden, autoridad y honestidad, frente a una desesperada sociedad brasileña por el crimen y la inseguridad, y que quizá por ello, estuvo dispuesta a obviar sus posturas misóginas, anti minorías, tradicionalistas, de cierta nostalgia por la dictadura y cercanas a las poderosas iglesias evangélicas.

Al respecto, ¿Bolsonaro es un fascista, un peligro para la democracia, como dicen sus críticos? Tengo para mí que no: es solo un conservador autoritario, ciertamente sin un filtro conectado entre mente y boca, lo que por otra parte le ha sido útil para mostrarse como un hombre honesto, que dice lo que piensa. Pero quienes lo tachan de fascista, olvidan convenientemente, por ejemplo, que tanto Lula, como Dilma, acomodaron sus posturas en el poder a las ideas de las iglesias evangélicas, en temas como aborto, familia y reconocimiento de derechos LGBT, además de que Dilma frenó todo esfuerzo público contra la homofobia, y rehuyó cualquier acercamiento con los grupos de diversidad sexual y de género, quienes le entregaron el “premio” Pau de sebo como enemiga del movimiento LGTB.

Con Bolsonaro en la Presidencia, ciertamente los Derechos Humanos pueden sufrir, por lo que habrá que exigirle contención y un escrupuloso respeto a la legalidad y a las garantías individuales. Igualmente, habrá que observar sus propuestas económicas, donde ha sido evasivo e impreciso, aunque muestra cierta proclividad al nacionalismo económico y el proteccionismo comercial. En cualquier caso, solo con mucho entusiasmo o falta de criterio, puede creerse que Bolsonaro es un aliado liberal. No lo es. Y conviene tenerlo claro para no asumir desde ahora sus culpas y errores.

Con 29% de los votos, el desempeño del Fernando Haddad es el peor en dos décadas del PT y anuncia un cambio de época en Brasil. En 2006, Luiz Inácio Lula da Silva había logrado el 48,6% de los votos, casi ganando en primera vuelta. Ese fue el mejor desempeño electoral del PT, y comparado al de este domingo, equivale a una pérdida de 20 puntos porcentuales en 12 años. De ese tamaño fue el categórico castigo de los brasileños a la inmensa corrupción prohijada por Lula y el PT.

Casi como un amargo símbolo de esa debacle electoral, Dilma Rousseff fue derrotada este domingo en su intento de retornar al escenario político, compitiendo por un escaño en el Senado por el estado de Minas Gerais. Pero con apenas el 15% de los votos, se quedó fuera, tan sólo dos años después de haber dejado la Presidencia, bajo el halo de sufrir un “golpe de Estado” y ser una “perseguida política”. Una “perseguida política” por cierto, a la que la Justicia brasileña dejó competir, pese a la múltiples impugnaciones a su candidatura, desmintiendo así una supuesta “persecusión judicial” en contra del PT y de Lula.

En tan sólo tres semanas hasta la segunda vuelta, Haddad deberá demostrar que no es un instrumento de Lula, despejando toda duda sobre su propia y cuestionada honestidad y precisando sus propuestas, hasta ahora bastante vagas, como las de Bolsonaro. Haddad necesitará venderse como el candidato anti Bolsonaro, a fin de captar la casi totalidad de los votos de los brasileños que no se inclinaron por aquel, y a la vez, ser el candidato anti Lula, para distanciarse creíblemente de su padre político y de su partido, un equilibrismo que se ve bastante difícil que pueda lograr.

De modo que solo un vuelco radical, improbable, el próximo 28 de octubre, evitará que Jair Bolsonaro gobierne a partir del 1 de enero el país y la economía más grande de América Latina.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra