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Por: Víctor H. Becerra*

Este martes 1 de enero y tras obtener casi 58 millones de votos en segunda vuelta, Jair Bolsonaro tomará posesión de la Presidencia brasileña, para iniciar cinco años de gobierno, con posibilidad de una reelección consecutiva. Ojalá sea exitoso en su gestión: el país y su gente lo merecen.

Pero Bolsonaro aún no ocupa el Palacio de Planalto, sede de la Presidencia de Brasil, y ya es acosado por al menos tres escándalos judiciales, quizá menores, pero significativos.

El primero, una investigación en curso por una serie de pagos hechos, hace unos meses, a la cuenta bancaria de un asesor de su hijo Flávio (algunos señalan que su real labor de asesoría era ser su chofer), entonces diputado regional y hoy senador electo, por un monto relativamente pequeño (300 mil dólares), por parte de miembros del staff parlamentario del propio Flávio Bolsonaro. De esa misma cuenta, salieron posteriormente pagos a Bolsonaro y a su esposa (supuestamente en pago por un préstamo personal hecho al asesor). Por hoy, el asesor se encuentra desaparecido y sin dar la cara a la justicia en la investigación que se sigue sobre el caso, aunque se ha revelado súbitamente cómo un “exitoso” hombre de negocios.

El segundo, una condena (sujeta aún a apelación) por improbidad administrativa a su próximo ministro de Medio Ambiente (integrante de Novo, el partido libertario brasileño), por supuestos malos manejos durante un cargo previo, como secretario de Medio Ambiente del estado de São Paulo, a fin de favorecer a empresas y amigos en la modificación de planes de manejo de reservas territoriales.

Adicionalmente, se reveló recientemente que su próximo ministro de la Casa Civil (una especie de jefe de Gabinete) Onyx Lorenzoni (un antiguo y muy destacado miembro de DEM, el partido liberal brasileño, aunque forma parte de la ODCA, los Demócratas Cristianos de América), está siendo investigado por recibir ilegalmente donaciones de empresas a fin de financiar campañas políticas; anteriormente ya se le había comprobado un cargo similar y tuvo que pedir perdón. Al menos otros tres ministros también estarían sujetos a controversias judiciales.

Estos casos que ponen en cuestión al propio Bolsonaro y a sus más cercanos (y que han dado material de sobra a medios tan parciales como RT, Telesur, etc.), sirven para dejar en claro que la corrupción es estructural a la política brasileña, como lo es en muchos otros países de la región. Lula, en tal sentido, no es un producto atípico de la política brasileña, sino apenas uno de sus representantes promedios; recordemos, simplemente, que el presidente Michel Temer dejará la Presidencia tan solo para quizá enseguida terminar en una mazmorra, por una investigación que se le hace por corrupción y blanqueo de dinero.

Por supuesto que puede haber políticos brasileños (y latinoamericanos) honrados e intachables. Pero serían raros. Verdaderos garbanzos de a libra. Es útil tener en mente esto ahora que de manera bastante irreflexiva se destacan las luces de Bolsonaro, sin reparar en sus sombras. Así que ese cuidado que debiera tenerse sobre los antecedentes de Jair Bolsonaro y su futuro gobierno, debiera también observarse con relación a su agenda.

Al respecto, su próximo Gabinete es un amasijo poco coherente: Un vicepresidente militar, un ministro de Hacienda liberal, una predicadora evangélica como ministra de Derechos Humanos, un militar nacionalista como jefe de su Gabinete de Seguridad, lobistas de empresas de agronegocios en los ministerios de Agricultura y de Medio Ambiente, un militar inexperto al frente de la Secretaría de Gobierno (encargada de la negociación política con el Congreso), militares, más militares… Con tal diversidad, ¿qué puede salir mal?

Profundizando, creo que la agenda económica de Bolsonaro es valiente, coherente con las necesidades de desarrollo del país tras una prolongada y durísima recesión. En problema estaría pues en otra parte, que debiera de considerarse con detenimiento, sin extenderle un cheque en blanco solo porque su propuesta económica suena bastante bien (otra cosa muy distinta será que logre aplicarla, ante su minoría parlamentaria).

Así, Bolsonaro ha prometido mano dura contra la delincuencia, el narcotráfico y la corrupción, con un discurso populista que pone el acento en la seguridad pública y que comienza a copiarse en otros países, por sus réditos políticos en sociedades justamente desesperadas frente a la delincuencia y la violencia de todos los días, pero por ello, con un alto nivel de tolerancia ante posibles violaciones a los DDHH.

En consecuencia, Bolsonaro ha propuesto usar a las Fuerzas Armadas en tareas de combate a la delincuencia, como prometió en campaña, aplicando un discurso de duro militarismo que está en auge en toda la región, como ya podemos ver en las estrategias militaristas de los gobiernos de Bolivia, México y Paraguay, de muy distinto signo ideológico unos de otros.

Militarizar la seguridad pública implica incorporar la idea de una guerra interna (así lo ha dicho Bolsonaro abiertamente) para utilizar, por tanto, técnicas de guerra y una relación más agresiva y de sospecha en el trato con la ciudadanía, abriendo la puerta a eventuales violaciones a DDHH por parte de las Fuerzas Armadas, los cuerpos de seguridad y el propio gobierno (es el “dispara primero y averigua después” que conocemos bien en México). Esto en un país con unos ya de por sí altísimos índices de homicidios y de letalidad policiaca.

Adicionalmente, Bolsonaro ha propuesto reducir la edad de responsabilidad penal, a los 16 años, limitar las penas de prisión reducidas y dar cobertura legal a las fuerzas de seguridad por delitos cometidos en el cumplimiento del deber. Está por verse cómo afectará todo esto a los Derechos Humanos y en la tolerancia y respeto a diversas minorías (LGBTI, indígenas, negros, etc.), pero las perspectivas no son tranquilizadoras, en vista del propio historial discursivo de Bolsonaro, del que él tanto se enorgullece.

El temor de algunos de que Bolsonaro pueda atentar contra algunas minorías debe tomarse con seriedad. Bolsonaro está obligado a cumplir su promesa de “gobernar para todos los brasileños sin distinción de raza, sexo o religión”. Y los libertarios debiéramos de ser los primeros en exigírselo, por mera congruencia (y por profunda convicción respecto a todo gobierno, cualquier gobierno, de cualesquiera signo ideológico), en lugar de extenderle apresurados y truchos certificados de “hermandad” en ideas.

Desde mi perspectiva (limitada y personal como es), Bolsonaro simplemente es un populista que ha hecho sintonía con algunos aspectos del discurso libertario, del que se ha servido para presentarse como un político “anti sistema”, a pesar de que desde 1991 ha ocupado cargos legislativos (¡casi 30 años como diputado!, con un desempeño más bien gris, solo destacable por sus escándalos). Pero toda su prédica política, de seguridad, de moralidad religiosa y de orden social son meras regurgitaciones del más crudo conservadurismo, que le han acercado a otros conservadores latinoamericanos, que por mero marketing o calculada indefinición se dicen “libertarios”.

Pero liberales y libertarios no luchamos por imponer un modelo de sociedad. Buscamos tan solo la libertad del individuo, la libertad de que le dejen en paz. Cuando supuestos libertarios buscan imponer un modelo dado de sociedad o de moralidad, en esa misma medida se alejan de las ideas libertarias. Porque tarde o temprano para imponer ese modelo (o en temas específicos tales como aborto, matrimonio, sexualidad, idea de familia, educación, etc.) lo harán con la fuerza del Estado.

Muchos de los libertarios que hoy nombran a Bolsonaro como una especie de hermano mayor o guía moral y política (el gran Capitão), son meros nuevos fanáticos obsesionados con mejorar a la humanidad. En masa y a la fuerza si fuera necesario. En la lucha personal que creen a muerte contra la izquierda (con su mantra todoterreno del “marxismo cultural”) han olvidado que Libertad no es coacción, no es amenaza, no es violencia, no implica vulneración de derechos de otros: es libertad, sin imponer y sin que te impongan, sin que te den y sin que te quiten, sin agredir y en tolerancia.

La manipulación de la esperanza y su par, la desesperanza, tiene consecuencias, reales, sin importar si esa manipulación es hecha por la izquierda o los conservadores o quien fuera. Y los libertarios debiéramos ser, en mi humilde opinión, los primeros en advertir de los peligros supervenientes, antes que aplaudir y vitorear a los nuevos manipuladores, solo porque supuestamente son “libertarios”.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

La credibilidad de un gobierno, y con él, de un país (al menos mientras los gobiernos ocupen espacios tan amplios en la actividad económica) es fundamental para asegurar estabilidad, promover políticas públicas serias, fomentar un mejor clima de negocios, atraer inversiones y con ello, crear más y mejores empleos, los que promueven a su vez mayor consumo y más consumidores, y bajo su empuje, de nuevo más empleos: oportunidades de mayor bienestar.

Por el contrario, los inversionistas huyen como la peste de países donde el capricho es el sustento de las políticas públicas o de las leyes; nada es seguro en un país de políticos caprichosos y arbitrarios. La irresponsabilidad y el capricho políticos son repelentes del dinero y de los inversionistas. Hoy ese es el caso de México con Andrés Manuel López Obrador, que aunque aún no toma posesión de la Presidencia, amenaza con regresar a México al “país de un solo hombre” y de “la Presidencia imperial”, propios de la etapa del PRI hasta inicio de los años 90s.

En apenas unos meses (y reitero: sin haber tomado aún el poder), López Obrador y su coalición gobernante ya en el Congreso, causaron un gran estropicio económico: un fuerte aumento del dólar, caídas en el mercado de valores, un aumento en la deuda del país, por la volatilidad cambiaria, una caída del 75 por ciento en la inversión extranjera directa durante el tercer trimestre, una reducción de empleos registrados en la seguridad social, y una inicial estampida de inversiones hacia mercados con mayor confianza y previsibilidad.

Esto lo lograron cancelando un mega aeropuerto ya muy avanzado en su construcción, mediante una ilegal y sesgada “consulta ciudadana” (organizada, vigilada y dictaminada por su propio partido y cuya figura será, al parecer, en lo sucesivo, su instrumento preferido para pasar por encima de toda legalidad), y las millonarias pérdidas causadas a las empresas privadas y fondos de pensiones que habían invertido en el aeropuerto; enseguida, un proyecto de ley para usar las reservas internacionales del Banco central para “promover” el “desarrollo”, otro más para eliminar las comisiones por los servicios bancarios, y uno más para expropiar los fondos privados de ahorro para el retiro, junto con el anuncio de endurecer la regulación contra las compañías mineras, desplomando su valor, y el propósito de crear el Tren Maya y la Refinería de Dos Bocas, que en el papel se ven como megaproyectos fantasiosos e improductivos, entre los principales desatinos.

Como consecuencia, en octubre salió una importante cantidad de dinero del mercado de deuda mexicano: Más de 11 mil millones de dólares, en parte (aunque no exclusivamente) por la tensión causada por la cancelación del proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de Texcoco. Y apenas hace unos días entraron a Brasil 367 millones de dólares, mientras que en México salieron 214 millones de dólares de los mercados de valores, siendo México el único mercado emergente con pérdidas. López Obrador y su coalición van demostrando que el populismo y la irresponsabilidad son costosos.

Al respecto, resulta muy interesante comparar esta situación con la de Brasil y el gobierno venidero de Jair Bolsonaro, electo poco menos de cuatro meses después que López Obrador. Ambos asumirán el poder con apenas un mes de diferencia. Su sincronía permitirá una privilegiada observación de dos estrategias económicas diametralmente opuestas, y de sus resultados finales, en las dos principales economías de América Latina: Una estrategia, la de López Obrador, de redistribución de la riqueza; la otra, de creación de riqueza.

En contraste con López Obrador, los primeros anuncios económicos de Jair Bolsonaro, en Brasil, han sido serios, cautelosos y dirigidos a crear condiciones de certeza y credibilidad. Así, el área económica del gobierno brasileño y la empresa petrolera están siendo ocupadas por los llamadosChicago Boys, lo que sin duda es una buena noticia, en vista de los resultados excepcionales (vigentes hasta la fecha) de esta Escuela económica en un país como Chile.

Pero no todo será sencillo para el gobierno Bolsonaro: el Congreso brasileño ya ha puesto freno a algunos proyectos de su próximo gobierno. Si no logra destrabarlos, negociando con el podrido sistema de partidos brasileños, otros proyectos como la privatización de empresas estatales o, más aún, la indispensable reforma del sistema de pensiones y la reducción del persistente déficit fiscal, serán simples castillos en el aire.

Apenas el año pasado, Brasil dejó dos años consecutivos de crisis, la peor recesión de su historia, creciendo apenas 1 por ciento. La expectativa es que este año crezca alrededor del 1.3 por ciento y que el crecimiento vaya incrementándose lentamente a futuro. Estas previsiones, modestas, han recibido un fuerte impulso con la elección de Bolsonaro, al grado de que al impacto positivo en la economía brasileña por su elección ya se le llama el Bolsorally.

De esa manera, ya se anuncian millonarias inversiones en Brasil, por parte de empresas globales como EneliFood, Toyota, Shell, Carghill y otras, en sincronía con la confianza que Bolsonaro genera en los mercados. Del mismo modo, ya se habla de lograr un mayor acercamiento con la economía estadounidense, quizá en detrimento de Mercosur, y un freno a la creciente presencia de China en la economía brasileña.

Así, parece ser un hecho que las inversiones que salgan de México, como efecto de la incertidumbre política y económica, irán principalmente a Brasil, tal como ya lo pronostican las principales empresas calificadoras y los fondos de inversión, apuntalando el crecimiento en ciernes de ese país.

De tal modo, hay un inicial trasvase de fondos e inversiones de México a Brasil, que podría acrecentarse en el futuro, si el nuevo gobierno mexicano no logra transmitir calma a los mercados o su coalición partidaria sigue actuando irresponsablemente. El tiempo que tarde en lograrlo será crucial: Un año espantando inversionistas y empresas podrían significar desperdiciar medio periodo de gobierno de López Obrador. O más. Esto lo lamentaremos muchísimo si es que llega a concretarse el escenario de recesión en EEUU, que los especialistas prevén para 2019 o 2020: en lugar de aprovechar el sólido crecimiento actual de EEUU, estuvimos desperdiciando el tiempo “ablandando” inversionistas (¿a fin de prepararlos para un esquema irregular de financiamiento político similar al Lava Jato de Lula Da Silva? Pareciera).

El dinero no tiene ideología. Solo busca condiciones de confianza para crecer y multiplicarse. Y por ahora, los mercados han dictado un KO claro a favor de Bolsonaro y en contra de López Obrador en el terreno económico. Por desgracia, no se ven señales de que López Obrador mejore en el futuro cercano su desempeño. Al contrario: su daño a la economía podría extenderse también a la democracia y al Estado de Derecho.

Sobre Bolsonaro hay dudas reales sobre su real compromiso con la democracia y los Derechos Humanos. Sobre López Obrador hay cada vez menos dudas, cómo dejan ver sus teatrales “consultas ciudadanas”, su culto a la personalidad, su propuesta de centralización del poder, atacando el federalismo y la división de poderes… Pero en unos días, una vez tomando el poder, tendremos hechos reales de uno y otro, no solo declaraciones y proyectos.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Finalmente, tras efectuarse este domingo la primera vuelta de la elección presidencial en Brasil, el resultado final se decidirá en un balotaje el próximo 28 de octubre entre Jair Bolsonaro (del Partido Social Liberal) y Fernando Haddad (del Partido de los Trabajadores, fundado por Lula). O, como les llaman sus detractores, Bolsonazi y Malddad. Quien resulte electo, sucederá a Michel Temer, el mandatario más impopular desde la restauración de la democracia en 1985, quien por cierto, al dejar el poder el próximo 1 de enero, perderá su inmunidad y podría enfrentar varios procesos judiciales en su contra. Si entonces se le procesa, la Justicia brasileña habrá ratificado su credibilidad y cimentado un mayor apoyo.

La elección entre Bolsonaro y Haddad no es, contra lo que muchos han querido hacer creer, elegir entre un demócrata o un fascista. En realidad, uno y otro son expresiones particulares de un acendrado populismo: Un populismo clientelar y corrupto en el caso de Haddad; un populismo autoritario y conservador en el caso de Bolsonaro. En tal sentido, ambos candidatos ni por asomo son las visiones de un país moderno, competitivo y de más oportunidades que requiere una de las mayores economías del mundo y la principal de América Latina. Ambos son, simplemente, resultado de los detritus que dejaron Lula Da Silva y su Corte de ladrones.

La crítica situación del país explica, aunque no justifica, elegir entre ambas desesperanzas, Bolsonazi o Malddad, como si de elegir entre el cáncer o el SIDA se tratara. Con 64 mil asesinatos al año, una violencia endémica, catapultada por el narcotráfico, 13 millones de desempleados, con un decrecimiento del PIB del 11% en dos años, una reactivación económica que no alcanza a tomar vuelo y que podría tardar aún un par de años en hacerlo, y un profundo desencanto social ante el quiebre del “milagro brasileño” y, sobre todo, las corruptelas que involucran a buena parte de sus élites política y empresarial, la situación de Brasil no es fácil ni prometedora.

Lula y a su sucesora, Dilma Rousseff, son los causantes, en buena medida, de este cuadro, y en consecuencia, de que la campaña presidencial se haya movido en un clima divisivo y de polarización, de antipetismo y fake news. Así, la dura competencia entre Bolsonaro y Haddad evidenció una aguda e irreparable división social en el país, pero no la creó: ya estaba allí. Y lo más probable es que seguirá allí, sea quien llegue al Palacio de Planalto: Para los bandos enfrentados, será más atractivo tratar de obstaculizar y hasta destruir al rival que cooperar con él. Y la democracia brasileña sufrirá: sus peores momentos, en consecuencia, aún están por delante.

Con 46% de los votos emitidos este domingo, Jair Bolsonaro seguramente no es el candidato perfecto para muchísimos brasileños, pero en el clima de polarización del país, a ellos les bastó con saber que no era miembro del PT. Así, Bolsonaro explotó una imagen de candidato anti Lula y anti establishment, a pesar de su larga carrera política en varios partidos. Y dada su carrera de ex capitán del Ejército, pudo hacer creíble su discurso de orden, autoridad y honestidad, frente a una desesperada sociedad brasileña por el crimen y la inseguridad, y que quizá por ello, estuvo dispuesta a obviar sus posturas misóginas, anti minorías, tradicionalistas, de cierta nostalgia por la dictadura y cercanas a las poderosas iglesias evangélicas.

Al respecto, ¿Bolsonaro es un fascista, un peligro para la democracia, como dicen sus críticos? Tengo para mí que no: es solo un conservador autoritario, ciertamente sin un filtro conectado entre mente y boca, lo que por otra parte le ha sido útil para mostrarse como un hombre honesto, que dice lo que piensa. Pero quienes lo tachan de fascista, olvidan convenientemente, por ejemplo, que tanto Lula, como Dilma, acomodaron sus posturas en el poder a las ideas de las iglesias evangélicas, en temas como aborto, familia y reconocimiento de derechos LGBT, además de que Dilma frenó todo esfuerzo público contra la homofobia, y rehuyó cualquier acercamiento con los grupos de diversidad sexual y de género, quienes le entregaron el “premio” Pau de sebo como enemiga del movimiento LGTB.

Con Bolsonaro en la Presidencia, ciertamente los Derechos Humanos pueden sufrir, por lo que habrá que exigirle contención y un escrupuloso respeto a la legalidad y a las garantías individuales. Igualmente, habrá que observar sus propuestas económicas, donde ha sido evasivo e impreciso, aunque muestra cierta proclividad al nacionalismo económico y el proteccionismo comercial. En cualquier caso, solo con mucho entusiasmo o falta de criterio, puede creerse que Bolsonaro es un aliado liberal. No lo es. Y conviene tenerlo claro para no asumir desde ahora sus culpas y errores.

Con 29% de los votos, el desempeño del Fernando Haddad es el peor en dos décadas del PT y anuncia un cambio de época en Brasil. En 2006, Luiz Inácio Lula da Silva había logrado el 48,6% de los votos, casi ganando en primera vuelta. Ese fue el mejor desempeño electoral del PT, y comparado al de este domingo, equivale a una pérdida de 20 puntos porcentuales en 12 años. De ese tamaño fue el categórico castigo de los brasileños a la inmensa corrupción prohijada por Lula y el PT.

Casi como un amargo símbolo de esa debacle electoral, Dilma Rousseff fue derrotada este domingo en su intento de retornar al escenario político, compitiendo por un escaño en el Senado por el estado de Minas Gerais. Pero con apenas el 15% de los votos, se quedó fuera, tan sólo dos años después de haber dejado la Presidencia, bajo el halo de sufrir un “golpe de Estado” y ser una “perseguida política”. Una “perseguida política” por cierto, a la que la Justicia brasileña dejó competir, pese a la múltiples impugnaciones a su candidatura, desmintiendo así una supuesta “persecusión judicial” en contra del PT y de Lula.

En tan sólo tres semanas hasta la segunda vuelta, Haddad deberá demostrar que no es un instrumento de Lula, despejando toda duda sobre su propia y cuestionada honestidad y precisando sus propuestas, hasta ahora bastante vagas, como las de Bolsonaro. Haddad necesitará venderse como el candidato anti Bolsonaro, a fin de captar la casi totalidad de los votos de los brasileños que no se inclinaron por aquel, y a la vez, ser el candidato anti Lula, para distanciarse creíblemente de su padre político y de su partido, un equilibrismo que se ve bastante difícil que pueda lograr.

De modo que solo un vuelco radical, improbable, el próximo 28 de octubre, evitará que Jair Bolsonaro gobierne a partir del 1 de enero el país y la economía más grande de América Latina.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Como si detrás hubiera una operación concertada, la izquierda latinoamericana salió durante los últimos días en defensa de sus exponentes más distinguidos, específicamente Cristina Fernández de Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva y Rafael Correa. Pero en realidad solo fue una reacción de desesperación frente al avance de la justicia. Esa izquierda poco podrá hacer cuando la justicia efectivamente toque a sus puertas. Al respecto, si algo debiera de destacarse en estos momentos es el creciente vigor y profesionalismo de los sistemas de justicia en casi toda América Latina (México y Venezuela serían sus grandes hoyos negros), bajo el empuje de jueces independientes, medios de comunicación libres y una empoderada y actuante sociedad civil.

La actuación desesperada de la izquierda comenzó a principios de julio, con el pedido de cárcel preventiva contra el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa, y enseguida, la solicitud de captura de su auto exilio en Bélgica, por su vinculación en el breve secuestro del político Fernando Balda, antiguo aliado suyo, en Colombia, durante 2012; sobre ello, la Interpol aún debe decidir si acepta o no dicho pedido de captura internacional. No debe perderse de vista que este caso es el más avanzado en contra de Correa, pero que hay otros, en temas como corrupción con fondos públicos, la venta irregular de petróleo a China y otros casos menores que van sustanciándose.



Quizá estos procesos contra Correa no se habrían desarrollado sin la disputa por el poder entre el propio Correa y el sucesor que él mismo designó, el presidente Lenin Moreno. Estaríamos pues frente a un simple vendetta entre pandillas rivales, o quizá, una simple estratagema para ocultar los problemas del país y la creciente impopularidad presidencial. Pero hasta ahora ha sido cuidadosa y quizá hasta intachable la actuación de la justicia ecuatoriana. Habrá que esperar un mayor avance del caso o su conclusión para determinar si hubo o no un completo proceder fundado en derecho.

Pero la fuerte presión de la justicia ecuatoriana en contra de Correa llevó a un intempestivo contraataque por parte de Nicolás Maduro, defendiendo también a Lula Da Silva y a Cristina Kirchner, la cual está cada vez más implicada en sus crecientes problemas judiciales, los que la tienen a un paso de la cárcel. Pero casi de manera simultánea comenzó en Brasil, con Lula Da Silva, una especie de capítulo de los Looney Tunes, con el Pato Lucas poniendo el cartel de “Liberado” y Bugs Bunny superponiendo otro de “No Liberado”, y así hasta el infinito.

Esto fue el intento de liberar a Lula de la cárcel, donde está desde el pasado 6 de abril, purgando una sentencia de 12 años y un mes por corrupción pasiva y lavado de dinero, por parte de militantes de su partido, el Partido dos Trabalhadores (PT). Al respecto, y a pedido de legisladores del PT, el juez Rogério Favreto ordenó reiteradamente la liberación de Lula, argumentando que el encarcelamiento atentaba contra su derecho a ser candidato a la Presidencia de la República en los comicios del próximos 7 de octubre. Hasta en tres ocasiones jueces distintos rechazaron el pedido, aduciendo que Favreto no tenía ninguna facultad para ocuparse del caso.

Pero en la cuestión de fondo, la cárcel no castiga los derechos políticos de Lula Da Silva: estos aún se harán valer en otras instancias, ajenas a la penal. Al respecto, Lula tiene recursos pendientes, a desahogarse durante agosto y septiembre próximos por las instancias electorales y tal vez la Corte Suprema, que debieran permitirle (o impedirle) postular a la Presidencia. En tal sentido, su fallido intento de liberación fue solo una tentativa política, de mero espectáculo público, a fin de forzar a las instancias electorales para aceptar ya a Lula como candidato presidencial, pero que no varía lo fundamental: Lula es un político que hoy está en la cárcel por corrupto, según lo determinó un proceso judicial riguroso y por distintos jueces en varias instancias sucesivas. Así, su postulación tendrá que vérselas con la ley brasileña de “Ficha Limpia” (aprobada en 2010, bajo la segunda Presidencia de Lula y respaldada por él), por la que ningún condenado por un delito confirmado en dos instancias (precisamente el caso de Lula) puede postularse para un cargo electo durante al menos ocho años. Pero la última palabra la tiene el Supremo Tribunal Electoral.

El inicio de una investigación contra el juez Favreto, por la presunción de que actúo motivado por intereses políticos, dada su antigua y larga militancia (19 años) en el partido fundado por Lula, el haber sido funcionario a las órdenes de Lula y ser nombrado juez por la presidenta Rousseff, sin la trayectoria judicial para serlo, fundamentan esta idea de que todo fue una puesta en escena, para chantajear a las instituciones electorales.

Pero el daño a la credibilidad del sistema brasileño de justicia ya estaba hecho, y fue como el pistoletazo de salida para que la izquierda latinoamericana se lanzara a defender a sus héroes. En esta defensa de Correa y Lula, principalmente, no hubo ni decencia ni cuidado. Decencia, para referirse a otros casos de mayor relevancia y urgencia, como la masacre contra jóvenes nicaragüenses por parte del régimen cuasi dictatorial de Daniel Ortega. Cuidado, para revisar siquiera mínimamente las causas judiciales de sus defendidos. De haberlo hecho, seguramente habría actuado con la prudencia pedida por el ex canciller chileno Heraldo Muñoz, a la ex presidenta Bachelet y a otros políticos chilenos de izquierda, por la carta de apoyo a Lula que suscribieron.  El gesto de Muñoz, que por su antiguo rango debe poseer muchos datos no públicos del caso Lula, fue un gesto solitario (y honorable) entre la izquierda de la región.

Tanto Lula, como Correa y Cristina Kirchner seguramente terminarán por recibir la pena que merecen por las vías judiciales, sin importar las presiones políticas. Y eso debiera ser una buena noticia y un gran rasgo distintivo respecto a nuestro pasado. Hoy, más de dos decenas de gobernantes latinoamericanos están en la cárcel o en riesgo de estar en ella, además de cientos de políticos investigados y que poco a poco son procesados. Nunca antes en nuestra historia habíamos visto a tantos políticos castigados por una justicia imparcial y profesional, con un mayoritario apoyo social.



Los regímenes políticos en Latinoamérica durante el siglo XX se permitían todo o casi todo. Bajo la forma de regímenes autoritarios, dictaduras militares o democracias imperfectas, los gobernantes tenían control absoluto o casi absoluto sobre las instituciones, especialmente los aparatos judiciales, lo que les permitía administrar la justicia en función de sus intereses políticos, lo que explica muchísimos hechos corruptos que pasaron desapercibidos y quedaron sin castigo en nuestra historia común. En contraste, gracias a las reformas de los sistemas judiciales que se han dado en los últimos 20 años y a una vigorosa reacción social, hoy líderes, ministros, exministros y cientos de funcionarios de altos cargos se enfrentan a la acción de los tribunales. Algunos ya están presos, muchos están siendo procesados y varios más terminarán en la cárcel.

El creciente protagonismo de las instituciones de justicia es una buena noticia para América Latina, una que por desgracia no valoramos en toda su importancia. Los actuales aprietos judiciales de Lula, Correa y Kirchner son un gran cambio cualitativo respecto a nuestro pasado, no dejando sus posibles crímenes al arbitrio de la impunidad o la venganza política. Y eso es algo que debiera alegrarnos a todos, por encima de las diferencias ideológicas.

Al respecto, es natural que la mayoría de los procesados sean hoy políticos de izquierda, tras sus varios lustros de poder, casi sin contrapesos. Y es natural también, hasta cierto punto (un punto antes de la ceguera interesada y la alcahuetería), que muchos en la izquierda se sientan acosados. Pero esa izquierda (si es honrada) no debiera perder de vista que, tras de ellos, seguramente seguirán muchos de los actuales gobernantes de otros signos ideológicos, si dejan a la justicia madurar más y ganar todavía mayor profesionalismo e independencia.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]ncerrado en su celda de Curitiba, Luiz Inácio Lula da Silva se volvió, de la noche a la mañana, en un impresentable para la izquierda, al menos para la izquierda mexicana. Entre sus militantes más destacados no hubo nada de manifestaciones o protestas a su favor, llamados de solidaridad o denuncias por su “injusta” condena. Vaya: ni siquiera tuits o post fraternos. Actitud extraña, cuando antes todos los políticos mexicanos de izquierda decían ser herederos de Lula y querían reunirse y fotografiarse junto a élfestejarlo con dinero públicocortejarlo celosamente, a pesar de sus negocios con el Gobierno del presidente Peña Nieto, recibir sus consejos, declarar que aplicarían sus políticas en el país y hasta que trasplantarían a México toda, toda su plataforma política.



Hoy tan devaluado se encuentra Lula, que solo el matrimonio Dolores Padierna-René Bejarano (que carga permanentemente con el descrédito de la corrupción) le externó abiertamente su apoyo. Incluso su ‘introductor’ en México y santón de la izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas, apenas dedicó a su encarcelamiento un par de tuits y, a través de su fundación, un más bien escueto comunicado de tres párrafos, cuando antes todo eran abrazos y premios que le ofrendaban a Lula, encuentros privados muy publicitados y el discurso de que él y Lula eran uno mismo, al calor de una supuesta sólida alianza política entre ellos.

El mismo silencio guardan hoy los idólatras de Andrés Manuel López Obrador, tanto nacionales como extranjeros, que apenas ayer decían que, de llegar al poder, López Obrador sería otro Lula. Entonces, hasta el propio López Obrador se comparaba con el brasileño, en medio del proceso de copia mexicanizada que hacia de la estrategia de Lula para llegar al poder.



Al respecto, recordemos que desde 2002, durante el primer debate de los aspirantes presidenciales de ese año en Brasil, Lula había establecido su estrategia, bajo la frase de: “Lulinha no quiere pelear. Lulinha quiere paz y amor“. Entonces, ya había perdido tres elecciones presidenciales sucesivas y optó por endulzar su imagen y su discurso, y esconder los símbolos radicales de su partido. Así, comenzó a vestir de traje y a acercarse a la misma iniciativa privada que había denunciado en sus tiempos de líder sindical, esto bajo la tutela de Duda Mendoça, el mejor publicista de Brasil y creador del lema “Lulinha: Paz y Amor” (al margen, hoy sabemos que el propio Mendoça está implicado en los financiamientos ilegales de Odebrecht al uribismo en Colombia y de la constructora brasileña OAS a Michelle Bachelet y a Marco Enríquez-Ominami en Chile).

Ese nuevo discurso de Lula luego fue copiado con éxito por el exguerrillero tupamaro José Mujica, para ser presidente de Uruguay en 2010, y por el exmilitar golpista Ollanta Humala, para ser presidente del Perú, en 2011. De allí López Obrador lo retomó en 2012, quien fue entonces rebautizado como “AMLOVE”, derivado de sus siglas AMLO, por sus discursos en los que defendía los principios de una “república amorosa”. Hoy López Obrador sigue siendo consistente en su tropicalización de Lula y reiteradamente llama “a la paz y a el amor”.

Al respecto, es fascinante tratar de establecer un paralelismo entre Lula y López Obrador más allá de la copia del discurso. Así, López Obrador es un hombre que se jacta de ser “incorruptible” y de combatir la corrupción, como Lula, pero que se ha rodeado de corruptos a lo largo de toda su carrera política, igual que Lula. Parecido a Lula, López Obrador es un político que ha vivido permanentemente entre los innumerables escándalos de corrupción de él mismo y de sus cercanos, y siguiendo la opacidad administrativa de Lula, ni siquiera fue capaz de hacer pública la información de sus principales obras como gobernante de la Ciudad de México, el único cargo significativo de Gobierno en su larga trayectoria pública. Y como Lula, López Obrador es un político que tiene una nómina de empresarios favoritos para realizar las obras públicas que se propone emprender como presidente, una insalubre alianza política con contratistas que ya vimos cómo terminó con Lula.

Al respecto, tanto Lula como López Obrador han dicho una y otra vez que no conocían los montajes y ocultamientos de sus cúpulas partidistas y gubernamentales, ni de la corrupción de sus respectivas manos derechas de gobierno: José Dirceu, en el caso de Lula, y René Bejarano, en el de López Obrador. La alucinante semejanza entre López Obrador y Lula llega, incluso, a que tanto Bejarano con López Obrador, como José Dirceu con Lula Da Silva, prefirieron sufrir la cárcel antes que implicar a sus caciques, aunque Bejarano solo estuvo unos meses en el reclusorio, gracias a un parcial y politizado sistema de justicia en la Ciudad de México, mientras que a Dirceu se le han ido acumulando las condenas, pero en compensación, su propia casa es su cómoda prisión. Más similitudes: hoy Bejarano ha regresado al servicio de López Obrador en esta su tercera aventura presidencial, como Dirceu al de Lula en la cárcel. Quizá hasta aquí terminan los paralelismos, sin poder establecerse una relación personal entre ellos, ya que al parecer existió cierto desencuentro entre ambos, en el contexto de la pasada campaña presidencial del mexicano.

Para dar una última vuelta de tuerca, el paralelismo entre Lula y López Obrador se asemeja al de sus propios países: Brasil y México parecen un espejo el uno del otro. Así, suele ocurrir que cuando uno crece, el otro también lo hace, pero que mientras en uno se establece un régimen de gobierno más conservador, o amigable con los mercados financieros, el otro gira hacia Gobiernos más proteccionistas o estatistas. Y luego giran en sentido inverso, precisamente como frente a un espejo. Ojalá que el paralelismo entre López Obrador y Lula no llegue al extremo de que sus vidas políticas terminen igual, aunque para ello se requeriría que México tuviera un sólido e independiente sistema de justicia como el de Brasil, y eso se ve muy difícil hoy.

Ingrato es quien niega el beneficio recibido; ingrato, quien lo disimula; más ingrato, quien no lo restituye; pero de todos, el más ingrato es quien lo olvida, escribió Séneca. Por eso la ingratitud es una madre fértil: produce siempre muchos hijos dignos de ella, como hoy los políticos mexicanos de izquierda respecto a Lula. Ciertamente no se trata de que la izquierda mexicana se suicide y se vaya con Lula de cabeza directo al basurero de la historia, para usar esa frase tan gustada entre los “progresistas”. Se trata simplemente de que sus militantes sean coherentes con su discurso y la trayectoria que dicen tener, y reconozcan su parecido y deuda con el expresidente brasileño para, quizá, con suerte, corregir lo andado y ahorrarse el mismo final.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]T[/dropcap]ras una larga y barroca puesta en escena para evitar ser detenido y burlar a la Justicia, el expresidente brasileño Lula Da Silva se encuentra desde el sábado cumpliendo su condena en la cárcel de Curitiba, donde inició en 2013 la investigación de la ya famosa operación judicial Lava Jato (Lava Autos), que condujo a su condena de 12 años de prisión. Lula, que fue uno de los políticos más populares del planeta, es el primer presidente en la historia de Brasil encarcelado por corrupción, lo que sin duda tiene un poderoso simbolismo político.



La historia está llena de políticos que se agigantan frente a la prisión. No fue el caso de Lula y su tragicómica tentativa de escapar a la cárcel, refugiado desde el jueves en el sindicato de metalúrgicos donde inició su carrera política, rechazando entregarse durante más de 20 horas, en medio de una misa religiosa, abrigado por la impresentable dirigencia del partido que fundó y por su familia, beneficiarios directos de la corrupción por la que se le condenó, y llamando a sus simpatizantes a defenderlo. Su prisión se dirime ahora en el terreno del simbolismo político. Así, desde muchos sectores de la izquierda (extrañamente no desde la izquierda mexicana, en plena campaña electoral, que espera capear, muda y disimuladamente, el vendaval) se busca victimizar y hasta mitificar a Lula, para que siga siendo la “reserva moral” de una izquierda en bancarrota. Por el falseamiento, manipulación e implicaciones que ello extraña, se deben desmentir los argumentos que se esgrimen en esa estrategia.

Así, Lula ha mencionado que el único crimen que cometió fue “haber luchado para reducir la pobreza en Brasil y mejorar la condición de vida de los brasileños”. No: Se le condenó porque aprovechó la corrupción que prohijó, tal como se comprobó en el juicio del caso ‘Triplex de Guarujá’, dentro de la operación Lava Jato. Dicha causa es solo una entre otros seis juicios que se le siguen y dos denuncias más en proceso, que involucran cargos como lavado de activos, corrupción pasiva, tráfico de influencias y obstrucción a la Justicia, entre otros. Es decir, a esta primera condena por 12 años, le seguirán al menos otras seis. En tal contexto, Lula no es un heroico preso político, sino un político preso por corrupción. Un político que por cierto, debió quedar preso desde hace mucho tiempo, desde el escándalo Mensalão, durante su primer periodo de gobierno. Pero como dice el clásico: La justicia tarda, aunque termina llegando.

Los defensores de Lula afirman que se le condenó sin pruebas, lo que también es falso. El juicio del ‘Triplex de Guarujá’ contó con infinidad de pruebas: testimonios de más de 70 personas, documentos, archivos de la constructora OAS, grabaciones y mensajes telefónicos, el registro de visitas de Lula y su esposa a la propiedad, las reuniones entre funcionarios de la constructora y del Partido de los Trabajadores (PT, creado por Lula) para tratar la reforma del departamento, etc. En cambio, Lula nunca pudo justificar porqué OAS tuvo con él y su esposa tantas atenciones respecto al triplex: ampliación a casi 300 metros cuadrados desde la propiedad original (de 87 metros cuadrados) firmada en 2005 por su esposa, una reforma multimillonaria, construcción de un elevador privado, el carácter de ser una propiedad “reservada” que OAS nunca puso a la venta desde 2009, etc. Al respecto, se olvida que el juicio no tuvo que ver con que Lula fuera dueño o no de un apartamento, sino de beneficiarse del triplex como una ventaja indebida por haber practicado actos de corrupción cuando fue presidente del país, en este caso, el tráfico de influencias y la asignación de contratos públicos multimillonarios a OAS, Odebrecht y otras 11 empresas contratistas investigadas en la operación Lava Jato.

¿Se encarceló a Lula, como sostienen sus fans, para impedir que fuera  de nuevo candidato a la Presidencia brasileña? No: Lula no es un heroico perseguido, sino un delincuente juzgado, condenado y ratificado a lo largo de varias instancias legales y por múltiples jueces. Pero su prisión no es, de por sí, un impedimento para ser candidato. En realidad, bajo la ley brasileña conocida como “Ficha Limpia” (aprobada en 2010, bajo la Presidencia de Lula y respaldada por él), ningún condenado por un delito confirmado en dos instancias puede postularse para un cargo electo durante al menos ocho años. Esa ley (no la sentencia del juez Sergio Moro por el ‘Triplex de Guarujá’) es la que descarta la postulación de Lula a la Presidencia. Pero ojo: la decisión final sobre si puede o no postularse dependerá del Tribunal Superior Electoral, que tiene hasta el 15 de agosto para pronunciarse, precisamente cuando se inscriban las candidaturas. Y eso si el PT decide finalmente registrarlo como candidato, lo que está por verse. Al respecto, ya se habla de que más bien podría postular a Fernando Haddad, ex alcalde de Sao Paulo y coordinador de la campaña del ex presidente, o bien, a Jacques Wagner, ex gobernador de Bahía y ex jefe de gabinete de Dilma Rousseff, es decir, podría buscar a un emergente entre la camarilla de siempre, en un supuesto partido de “trabajadores”.

¿Se le encarceló para evitar que fuera presidente de nuevo, como también se dice? No. La historia es al revés: Lula buscó ser presidente por tercera ocasión, a sus 73 años, para gozar de la inmunidad presidencial (como la que hoy goza injusta pero legalmente Michel Temer), y lo decidió apenas un par de horas después de que era claro que la Justicia brasileña iría por él, tras de que se conoció que el dueño de Odebrecht testificó que su empresa entregó varios millones de dólares en efectivo a Lula. Según la Constitución brasileña, el jefe del Ejecutivo no puede ser responsabilizado por actos ajenos a su ejercicio en funciones. Por ello, la Presidencia era para Lula la salvaguarda para no entrar a la cárcel y permanecer impune, lo que finalmente no le resultó.

También se dice que la condena a Lula es una operación contra la democracia en Brasil y en América Latina. Al decirlo, se pasa por alto la actuación imparcial, minuciosa y ejemplar, a mi parecer, de la Justicia brasileña en la Lava Jato. Precisamente una justicia imparcial y vigilante del debido proceso, que garantice que nadie esté por encima del Estado de Derecho, es la mejor defensa de la democracia y de la sociedad. Incluso, en aras de la observancia del debido proceso y la plena legalidad, todavía Lula podría salir libre en algún momento, si el Supremo Tribunal de Justicia y el Supremo Tribunal Federal revisan la causa a pedido de la defensa. Estos tribunales ya no analizarían las pruebas a favor o en contra del ex mandatario, pues esa etapa acabó en la segunda instancia, pero pueden determinar si el proceso en su contra se condujo dentro de la más estricta legalidad.

Finalmente, se ha dicho que el encarcelamiento es una estrategia para barrer con el “legado” de Lula. Interesadamente se olvida que el propio Lula y su sucesora Dilma Rousseff barrieron ya con dicho “legado”, hace mucho. Con la quiebra de un gasto público estratosférico, que no pudo sostenerse tras la caída en 2009 del precio de las materias primas, Lula y Dilma regresaron a los brasileños al círculo perverso de altas tasas de interés e inflación, mayor servicio de la deuda, contracción de las finanzas públicas, menor crecimiento, inestabilidad, huída de inversiones, desempleo, pobreza, crisis política… del que apenas empiezan a salir. En buena medida, la muy dura crisis económica de los últimos ocho años en Brasil, fue la que impulsó a echar luz sobre los reales fundamentos de los dos períodos presidenciales de Lula y descubrir, retrospectivamente, los cadáveres escondidos en el clóset. Así que si se habla de “legado” eso es solo una justificatoria mentira colectiva, que queda en un pasado irrecuperable e ilusorio.



La cárcel será dura para Lula. Y para todos aquellos que, con él, se acostumbraron a vivir del robo y en la impunidad. En cierta medida, por la mala prensa que las perseguirá por un tiempo, las izquierdas brasileña y latinoamericana quedaron encerradas con Lula en Curitiba. Con justicia, porque fue la propia izquierda brasileña la que decidió beneficiarse de la corrupción creada por Lula. Nadie la obligó a ser corrupta. Como nadie obligó a la izquierda latinoamericana a escoger a un corrupto como estandarte y “reserva moral”. Nadie puso tampoco una pistola en la cabeza a los partidos latinoamericanos de izquierda nucleados en el Foro de Sao Paulo, para ser traficantes de influencias en sus países de origen, a favor de Odebrecht, OAS y otros contratistas brasileños. Tampoco nadie obligó a los votantes de Lula a pensar “Lulinha robó, sí, pero hizo algo por mí“, razonamiento que demuestra que no debe considerarse a muchos izquierdistas como “idealistas sinceros pero engañados”. La idea de robar a unos por beneficio propio no es un ideal. El robo y el delito no son idealistas, no importa cuáles sean sus propósitos, y esa es una buena lección que la izquierda debiera de aprender de este episodio.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]N[/dropcap]etflix, la plataforma de streaming, recientemente estrenó la primera temporada de su serie El mecanismo, basada en hechos y personajes reales y que en tono de thriller policial, busca mostrar los engranajes de la operación “Lava Jato” (Autolavado), el multimillonario esquema de sobornos y lavado de dinero que estremeció la política de Brasil, con fuertes reverberaciones en el resto de América Latina con el caso Odebrecht (tema de la segunda temporada). Todos aquellos que, por muchos años e incluso hasta hoy, pese a toda evidencia, endiosaron a la izquierda de Lula en Brasil como un modelo idóneo para América Latina, deberían darse un rato para verla.



El mecanismo al que alude el título es el del mercantilismo (o capitalismo de amigos), la connivencia interesada entre empresarios y políticos, mediante los favores, privilegios y protecciones que se otorgan unos a otros y les permiten medrar y prosperar. Pero ciertamente la serie televisiva no es un tratado de economía política, por lo que el mecanismo que narra es sólo una fracción del mecanismo real de saqueo y enriquecimiento de unos cuantos, a expensas de la mayoría, que funciona en América Latina.

El mecanismo real funcionaría así: Nuestras sociedades han fijado la igualdad económica como un fin ético en sí mismo y por tanto, con la intervención del Estado, se organiza nuestra vida política y económica sobre los cimientos de la envidia. Así que el Estado tiene la función asignada (ratificada promesa tras promesa, elección tras elección) de robar al trabajador y al exitoso para, con lo robado, mantener satisfechos, callados y votando a los vagos o pocos exitosos (que son la mayoría), incluyendo a intelectuales y académicos, que dado que el mercado no premia su “gran saber”, frecuentemente inútil o poco capitalizable, son propensos a ser activistas de tiempo completo en contra del mercado y a favor de la igualdad, del Estado y de los servicios públicos, “gratuitos” y de pésima calidad.

Pero el secreto de este mecanismo es que a estos vagos y/o pocos exitosos, se le dan migajas de lo saqueado (precisamente por algo son poco exitosos: se les engaña fácilmente o se conforman con lo necesario) siendo el político el que realmente se enriquece, escudándose en los “pobres” a los que dice ayudar, y legalizando el robo desde el Estado. La sociedad (como cualquiera de las nuestras) se convierte de esa manera en una sociedad de saqueadores. Y si aún quedara en nuestras manos algún dinero a salvo, tarde o temprano llegará un político a quedárselo, con el cuento de la “justicia social”.

Ese es el mecanismo real que está en el trasfondo del funcionamiento de las sociedades de América Latina, de norte a sur, y que es la explicación, en buena medida, de nuestro fracaso histórico, el que nos ha hecho países trituradores de riqueza, sociedades abusadoras que destruyen valor, iniciativas, personas.

Necesitamos desmontar ese mecanismo. Y sólo lo lograremos desalojando al Estado del centro de la economía, limitando y achicando todo lo posible la posibilidad de que políticos y burócratas manejen discrecionalmente decisiones estratégicas y fondos públicos, y reorientando con educación los valores sociales, para que el propósito no sea acabar con “los ricos” (que frecuentemente son aquellos que apenas tienen un poco más que cualquiera de nosotros), sino acabar con la pobreza y con ella, tal vez, con la envidia y el resentimiento que muchas veces generan.



Hacerlo no es una tarea fácil, aunque otros países lo han logrado, como deja ver cualquier índice de libertad económica. Por ello debemos esforzarnos, a riesgo de perpetuar nuestro fracaso y seguir siendo las sociedades intervencionistas y destructoras que somos desde hace mucho, que premian la envidian, castigan el éxito y tienen al Estado como saqueador y distribuidor, gracias al perverso mecanismo señalado.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra