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Capitalismo

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Por: Ricardo Valenzuela*

Hace unos años tuve una entrevista en una estación de radio de Los Angeles. Pero, con participación de los radioescuchas, se inició una avalancha de llamadas tratando de lincharme por defender el retiro del gobierno de actividades que pertenecen a la iniciativa privada. Me impresionó una dama acusándome de aliado del capitalismo salvaje mexicano y, al responderle que en Mexico nunca había existido el capitalismo, me rebatía esgrimiendo como ejemplos a Azcárraga, Slim etc. Al ver su furiosa reacción cuando le notifico que eso no era capitalismo, me di cuenta de la gran confusión que existe de lo que realmente es y el motivo de la mala reputación del mercado libre y entendí claramente por qué la gente, entre el paraíso o el infierno, escogen el infierno. 

¿Qué realmente es capitalismo? 

Hay solo dos formas para organizar la vida económica. La primera es por decisión de familias e individuos de operarla a base de cooperación voluntaria, y este arreglo se le conoce como mercado libre. La otra, es bajo las órdenes de un dictador—persona o partido— y es la economía comandada. En su forma más extrema el estado expropia los medios de producción y es llamada socialismo o comunismo. Sin embargo, puede haber una mezcla y es la que portan hoy día la mayoría de las naciones del mundo. Pero esa química es sumamente peligrosa. Sí es economía libre sazonada con coerción, los aplicantes siempre tienden a incrementar esa coerción hasta lograr dominio total y, sin expropiación de los medios de producción, a base de impuestos pretorianos son socios mayoritarios.

Una de estas etiquetas necesita ser bien definida. Mercado libre no significa que todo mundo puede hacer lo que le dé la gana. La humanidad siempre ha operado bajo el estado de derecho, escrito o no escrito. En un sistema de mercado a la gente no se le permite matar, robar, defraudar, agredir, o intencionalmente perjudicarse unos a otros. Porque si no fuera así, la libre elección y todas las libertades individuales serían un imposible. Pero un sistema económico debe ser libre o comandado. ¡No hay de otra! 

Desde la introducción del marxismo, la mayoría de la gente que participa en discusiones de temas económicos siempre lo hacen en un estado de confusión. Es común escuchar a “líderes sociales” denunciando los sistemas económicos que, según ellos, responden solo a las fuerzas del mercado y son gobernados por la motivación de ganancias para unos cuantos, en lugar de las necesidades de muchos. Advierten que ese ese tipo de organización económica puede causar que “el suministro mundial de bienes llegue a un nivel sumamente peligroso”.

Tal vez haya sinceridad en esas barrabasadas, pero demuestran cómo la ignorancia nos puede traicionar. Nos han llevado a pensar de “la motivación por ganancias” como un motor egoísta confinado a un grupo pequeño de ricos y cuyas ganancias se producen a expensas de todos los demás. Pero la motivación por las ganancias es algo que todos tenemos. Es un motivo universal para lograr condiciones más satisfactorias para todos nosotros. Es una motivación de auto preservación. Es lo que motiva a un padre a no solo tratar de alimentar y dar un techo a su familia, sino que, además, constantemente buscar el mejorar esas condiciones. Este es el motivo dominante para lograr que las actividades sean productivas.

Cooperación voluntaria

Esta motivación seguido es calificada como egoísmo y hasta cierto punto lo es. Pero es difícil imaginar cómo la humanidad pudiera sobrevivir sin un “egoísmo racional”. El individuo tiene que asegurar su sobrevivencia antes que las especies sobrevivan y es miope considerar egoísta la motivación por las ganancias. Una organización que no produce ganancias fracasa y desaparece. Y al desaparecer se esfuman los empleos, los servicios o productos que ofrecía en el mercado, los impuestos que pagaba al gobierno. En una sociedad primitiva la unidad raramente era el individuo, sino la familia, e inclusive el clan. La división del trabajo se iniciaba en la familia. El padre salía a cazar o a sembrar los campos; la madre cocinaba, cuidaba y alimenta a los niños; los niños salían por la leña.

En grupos más amplios hay aún más especialización. Hay agricultores, carpinteros, comerciantes, doctores, abogados. Ellos se abastecen unos a otros intercambiando sus servicios y productos. Debido a esta especialización la producción se incrementa más que proporcionalmente a los números; se convierte en un conjunto de acciones increíblemente eficientes y sus participantes en expertos. Desarrollan un inmenso sistema de cooperación voluntaria productiva y un intercambio benéfico para todos. Cada uno de nosotros es libre para decidir la ocupación en la cual nos vamos a especializar. Y al seleccionarla, somos guiados por las recompensas que podamos obtener en ella, su relativa facilidad o dificultad, lo placentero o no placentero, requerimientos especiales, habilidades necesarias, entrenamiento requerido. Su recompensa es decidida por la forma en qué valúan nuestros servicios y productos otras gentes.

Economía de Mercado

Este inmenso sistema de cooperación es conocido como economía de libre mercado. No es algo que haya sido conscientemente planeado por alguien. Fue producto de una evolución. No es perfecto en el sentido que pueda llevarnos a un balance máximo de producción y/o distribución de las recompensas o penalidades en proporciones exactas a los beneficios/castigos que cada quien merece. Pero esto no es posible bajo ningún sistema económico.

El destino de cada uno de nosotros es siempre afectado por los accidentes o catástrofes, bendiciones o maldiciones de la naturaleza, como lluvia, temblores, huracanes etc. Una inundación o una sequía podría destruir nuestras cosechas y eso provocaría un desastre entre determinados productores, y tal vez precios récord y grandes utilidades para quienes no fueron afectados. Pero no hay sistema económico que pueda solucionar la negligencia de los seres humanos que los operan—la ignorancia, ineptitud, la irresponsabilidad de algunos, o la falta de visión de otros. Y nadie merece que lo rescaten a costa de otros.  

Sin embargo, las alzas y bajas en la economía de mercado siempre tienden a la autocorrección. La sobreproducción de automóviles se traducirá en menos productos al año siguiente. Una producción limitada de trigo provocará que las siembras de este producto el siguiente año sean mayores. Aún antes de que hubiera estadísticas del gobierno los productores eran guiados por precios y ganancias. La producción entonces constantemente tenderá a ganar eficiencia porque los productores menos eficientes serán eliminados del mercado, y los más eficientes tendrán incentivos para invertir y expandirse.

La gente que reconoce las ventajas de este sistema lo llaman economía de mercado. La gente que quiere abolirlo lo han llamado—desde la publicación de “El Manifiesto Comunista” en 1848—capitalismo. El título fue inventado con la intención de desacreditarlo asegurando era un sistema desarrollado por y para los “capitalistas”—por definición los odiados ricos que, según ellos, usaban su capital para esclavizar y explotar a los trabajadores. Y es cuando el inepto gobierno interviene con sus mágicas soluciones como las que en estos momentos implementa el Peje en México. 

*Ricardo Valenzuela es economista, empresario y analista. Su cuenta en twitter: @elchero

Por:  Jeffrey A. Tucker*

La empresa familiar de un carro de barbacoa en el Porcfest estaba haciendo un gran negocio. Me uní a la fila y finalmente ordené mi plato de carne.

En años anteriores, la mayoría de los vendedores en este evento procesaban Bitcoins para compras, incluso desde el 2011, cuando la idea del dinero mágico de internet parecía ridícula. Tantos años después, la incapacidad del Bitcoin para escalar de acuerdo a su popularidad lo ha vuelto lento y costoso para compras cotidianas, así que las personas han recurrido a otros tokens y al efectivo, pero de hecho la mayoría de las transacciones en este campo se realizan con tarjeta de crédito.

Para el pago de la cuenta, el vendedor sacó su teléfono inteligente con un pequeño accesorio, insertó la tarjeta y el cobro estaba hecho. Mi recibo llegó por correo electrónico. Pregunté respecto a esa tecnología. El dueño del carro estaba feliz de comentarla porque se ha convertido en la fuente del 95 por ciento de sus ingresos. Él la considera un salvavidas.

Hace diez años, usted tenía que ser un comerciante de cierto tamaño para aceptar tarjetas de crédito. Hay múltiples capas de proveedores, complicado hardware, elevadas cuotas, muchos aparatos incómodos. Por ello muchos pequeños comerciantes sólo aceptaban efectivo. Era una especie de apartheid comercial en desarrollo, uno que las criptomonedas (rápidas, con costos bajos y sin intermediarios) llegaron a corregir, posiblemente terminando con la exclusión financiera.

El mismo año en que se inventó el Bitcoin, llegó otra compañía para cambiar la situación, no pasando por encima del sistema existente, sino haciéndolo más democrático y efectivo. La compañía era Square. Su CEO es Jack Dorsey (sí, el mismo hombre que es CEO de Twitter), quien algunas veces es comparado con Steve Jobs por su carisma y genialidad visionaria. Su pequeño dispositivo con un lector de tarjeta se ajustaba a cualquier teléfono inteligente, reduciendo la gigantesca caja registradora de antaño a una pequeña caja en su bolsillo.

Entre muchas grandes innovaciones: el lector de tarjetas es gratis. La ganancia proviene de las cuotas, que son muy bajas (2.75%), sin subscripciones o exigencias adicionales. La compañía produce millones de estos pequeños lectores.

¿Cómo es esto posible? Una palabra: Comercio. Ello significa China. Capitalismo y comercio global. Innovaciones en envíos. Cadenas de suministro. Ganancias. Grandes empresas. Todo lo que tanto la derecha como la izquierda dicen odiar. Todo eso suena muy intimidante. Tanto la izquierda como la derecha están decididas a restringir el sistema, a través de tarifas y regulaciones antimonopolios e impuestos y toda clase de denuncias e investigaciones, incluso listas negras sobre tecnología.

Sin embargo, observe quién es el que realmente se beneficia al final. Son los comerciantes más pequeños. Es el estilo de vida minimalista. Es el carro de barbacoa cocinada en casa. Lo que vemos es al pequeño comerciante ganando dinero vendiendo comida casera a los paseantes. Lo que no vemos son las fábricas en el extranjero, los repletos transportes de productos, las complejas cadenas de suministros, la multitud de niveles de producción que se requieren para hacer posible esa aparentemente sencilla transacción.

Simplificar nuestras vidas

Cuando recientemente estuve en Budapest, debatí con un autoproclamado socialista de izquierdas que se paró frente al auditorio lamentando la complejidad de nuestras vidas. Él anhela un tiempo en el que las personas se sentaban juntas, discutiendo grandes ideas, rehuyendo a los teléfonos inteligentes y el internet, bebiendo cerveza local. Este es el problema: No hay forma de que esas micro cervecerías pudieran existir sin capitalismo global. El acero de China, la combustión interna, las aplicaciones inteligentes para manejar la nómina, los combustibles fósiles para los envíos, con partes y refacciones provenientes de todo el mundo.

Mi amigo socialista anhela la vida simple. Hoy esto verdaderamente es posible, cada vez más. Por eso las personas están eligiendo vivir lo que imaginan es una opción minimalista, manteniendo solo lo que enciende la alegría. El nómada digital. Sin embargo, esto sólo es posible gracias al capitalismo global y su creación de los libros electrónicos, pequeños dispositivos que acceden a todo el conocimiento global, tecnologías de la comunicación que permiten conversaciones gratuitas en video con cualquier persona en el planeta, procesamiento de tarjetas de crédito que nos permiten obtener lo que necesitamos, cerraduras y dispositivos que nos brindan seguridad, etcétera.

El capitalismo global ha hecho posible nuestra elección minimalista. La infinita complejidad de la división global del trabajo y las cadenas de suministro internacionales hacen que nuestra simplicidad parezca fácil.

Es cierto que puedo vivir por días y semanas con un pequeño kit de artículos de aseo personal, algunos cambios de ropa, una laptop, internet y una conexión eléctrica. Esto nunca habría sido posible en tiempos pasados. Hoy podemos disfrutar una vida tan limpia y simple gracias a la enorme complejidad que han construido para nosotros personas a las que nunca conoceremos.

Indispensable

No es inusual que los socialistas hablen como si pudiéramos eliminar fácilmente el capitalismo global. Alexandria Ocasio-Cortez portaba en un viaje a la frontera su muy lujoso reloj Movado que se vende por $600 dólares, y está siendo criticada por ello. A mi no me importa qué reloj lleva, pero la contradicción es demasiado grande como para dejarla pasar. La compañía Movado es una diseñadora de relojes con base en Suiza, pero los relojes no pueden fabricarse ahí. Son subcontratados en China y Hong Kong. También son un producto del capitalismo global que ella lamenta.

Lo mismo pasa con muchos productos y servicios en nuestras vidas. Entre más se expande la división del trabajo, menos visibles son los procesos de producción que hacen posible nuestros estándares de vida. Observe a su alrededor. Le garantizó que a unos metros de distancia tiene productos que involucran docenas de niveles de manufactura en muchos países. Miles e incluso millones de personas han hecho posible que estos productos estén justo a su alcance.

El capitalismo global ha hecho posible que usted olvide la complejidad detrás de las ventajas cotidianas que disfruta. Esto es bueno y malo. Es bueno porque el capitalismo es un sistema humilde que te ama y no pide nada a cambio. Es malo precisamente porque puede funcionar si su aprecio o lealtad, y ello tienta a que las personas imaginen que podrían vivir sin él. Y se equivocan.

Trate siquiera un día de vivir sin el capitalismo global. No es posible realizar el experimento, pero imagine que lo fuera . Es seguro que no le gustarían los resultados. Más aun, realmente no se trata de usted, sino de cada pequeño comerciante que intenta hacerlo. La ironía es que el capitalismo global es el mejor amigo del hípster minimalista, el nómada digital y el carrito que vende comida local.

*Jeffrey A. Tucker es Director Editorial del American Institute for Economic Research. Es autor de miles de artículos y de ocho libros publicados en 5 idiomas.

Artículo originalmente publicado en AIER.

Traducción por Gerardo Garibay Camarena, para Wellington.mx

Por: Jeffrey A. Tucker*

Desde hace mucho, el término “socialista” ha significado diferentes cosas para distintas personas. En la práctica, usualmente termina significando control estatal, es decir, a punta de pistola. Por eso es una amenaza tan grande a la libertad, propiedad y todo lo que amamos.

Sin embargo, ¿qué pasaría si caritativamente asumiéramos la versión más inocua de la idea socialista? Digamos que por “socialismo” las personas quisieran hablar de un sistema en el que los bienes más valiosos de la sociedad sean compartidos por todos.

Eso suena bastante bien, ¿no? No sólo eso: Quizá incluso sea posible, al menos para cierta clase de bien. Yo iría más allá, para decir que esta clase de socialismo es esencial para el capitalismo.

Esparciendo descubrimientos

El tercer punto de la fabulosa obra de Michael Munger sobre las ideas centrales del capitalismo habla sobre un “crecimiento basado en economías de escala”. Él lo define de la siguiente forma:

Una mejora en la tecnología, o una expansión en las formas en que podemos usar capital líquido para crear capital físico, mejora inmediatamente el bienestar del mundo entero. Los economistas llaman a esto una economía de escala, lo que significa que la especialización y el creciente capital social en forma de descubrimientos rápidamente se esparcen alrededor del mundo como multiplicadores de fuerza para el trabajo y los emprendedores.

Al hablar de tecnología y formas, se refiere a la categoría general de algo a lo que llamamos planes, recetas, conocimiento, aprendizaje o, simplemente, ideas. Munger dice que una vez que son inventadas, se esparcen rápidamente y están disponibles para todos los que deseen usarlas. Este capital basado en ideas sirve como fuerza impulsora para expandir la división del trabajo, beneficiándose las economías de escala, haciéndonos a todos más sabios, creando cascadas de mejores innovaciones y por lo tanto esparciendo prosperidad en todas partes.

Este fenómeno no se ha discutido lo suficiente en la literatura económica. La economía típicamente trata con el problema de la escasez, y encuentra respuestas a este problema en forma de instituciones como la propiedad privada, los precios de libre flotación, el intercambio y los contratos. Sin embargo, a lo que Munger se refiere aquí evade las limitaciones de la escasez. Es conocimiento, y se esparce sin necesidad de limitantes para ubicar y asignar derechos de propiedad.

Las ideas son diferentes

Por ejemplo, usted está leyendo este artículo. Puede tomar las ideas. Puede llevarlas en su cabeza durante 50 años. Puede compartirlas con otros. Puede aplicarlas. No importa lo que haga con las ideas en este artículo, su decisión no me quita nada a mí. Aun poseo las ideas aquí incluidas, y lo mismo aplica para billones de otras. Todos pueden ser dueños y usar las ideas en este artículo sin que yo o alguien más pierda derechos. Eso es cierto para todas las ideas.

Munger se refiere como capital al conocimiento compartido. Lo que más me intriga acerca de este punto es que el conocimiento del tipo que él plantea realmente es un bien no-escaso en el sentido de que está disponible para todos, sin limitaciones en su consumo, modificación y reúso. Usted puede pensar en este como el lado “socialista” del capitalismo.

Nosotros, en el campo pro-capitalista, creemos en la propiedad, los precios y las estructuras de producción para los bienes escasos, porque eso es lo que la realidad dicta que mejor sirve al objetivo. No hay forma mejor, más pacífica o productiva de lidiar con el problema de que no existe suficiente de todo para todos. La mejor solución es desplegar un método pacífico de intercambio y producción, de forma que, con el tiempo, haya más riqueza para todos.

Al mismo tiempo, creemos en compartir universalmente bienes no-escasos, como el conocimiento, porque eso es lo que la realidad hace posible. Esta distinción entre escaso y no-escaso ayuda a explicar mucho del mundo a nuestro alrededor. Debemos aprender a distinguirlo, de forma que podamos aplicar apropiadamente herramientas de producción y asignación. Los bienes escasos requieren economizarse; los bienes no-escasos pueden ser libre y expansivamente compartidos sin necesidad de economizar.

La izquierda confundida

Note que la izquierda socialista hace un desastre con esta distinción, mezclando las dos cosas. Quieren socialismo para los bienes escasos y propiedad privada para los que no son escasos. ¿Cómo? Quieren universidad gratis para todos, servicios médicos o comida para todos, y promueven esto con casi nulo entendimiento de la realidad de que estos son bienes escasos, por lo que hay enormes costos asociados con estos planes, que todos deben cargar, por no mencionar el enorme uso de la fuerza para obligar a las personas a hacer lo que ellos de otro modo no querrían.

Al mismo tiempo, esas mismas personas aplican las limitaciones de la escasez donde no deberían aplicarlas. Dicen que no debe haber “apropiación cultural” incluso a pesar de que la cultura es un bien no-escaso, maleable y universalmente compartible. Demandan políticas basadas en la identidad, incluso aunque esta es algo que cualquiera puede adoptar sin quitarle nada a alguien más. La identidad es un bien no-escaso, que no necesita tratarse como si fuera un producto físico. También tienden a aceptar la “propiedad intelectual”, particularmente los artistas y músicos que buscan ganancias en base a los pagos por consumir su producto.

Observe, por ejemplo, lo orgulloso que el socialista Bernie Sanders está de las regalías de los libros que lo hicieron millonario; si yo tomará los contenidos del libro e hiciera una copia, él indudablemente reclamaría. (Es posible publicar si el uso de copyright tradicional y aun así ganar regalías; vea el modelo de publicación de AIER).

La izquierda está confundiendo cosas escasas y no-escasas. Aplicando el socialismo a la escasez -¡lo que no funciona!- e imponen el capitalismo en lo no escaso, con algunos resultados extremadamente extraños, como el que una mujer irlandesa no pueda abrir un restaurante de comida china sin ser perseguida en Twitter.

El inicio de la comprensión económica es distinguir entre cosas escasas y no-escasas. ¿Cuáles son algunos ejemplos? La Biblia y el sermón: Una es físicamente escasa y el otro es un cuerpo de ideas no-escasas. Por otra parte, si usted sube la Biblia a internet, donde todos pueden leerla sin quitársela a otros, también puede convertirse en un bien no-escaso.

Otros ejemplos: Zapatos vs canciones (no puedo usar tus zapatos sin incomodarte, pero puedo “robar” la canción que acabas de silbar y nunca lo sabrá); el Iphone vs la app móvil (el primero es una cosa, y la otra es infinitamente compartible); el lienzo vs la imagen pintada en él; la botella de píldoras vs la receta médica; el jugador de futbol vs las jugadas; la carne asada vs las instrucciones de cómo cocinarla.

No hay límite a los ejemplos de la distinción entre lo que debe y lo que no necesita economizarse. Necesitamos desarrollar la capacidad de distinguir la diferencia.

Tengo una teoría de acerca de por qué los socialistas actuales son tan obtusos acerca del entendimiento de la escasez. Mayoritariamente son intelectuales. Su producción personal más valiosa está en el ámbito de las ideas. Comparten constantemente estas ideas con cualquiera dispuesto a escuchar. Su meta es obtener influencia, lo que puede ocurrir sin necesidad de ubicar y asignar su producto. Están produciendo bienes que son no-escasos.

No pueden entender por qué los médicos, universidades, granjeros y fábricas son incapaces de hacer lo mismo. El problema de la escasez no se presenta en su profesión, así que se mantienen ajenos a la realidad de que la escasez existe para cualquier producto, excepto las ideas.

¿A qué se debe la creciente popularidad del socialismo? Munger esboza la respuesta: “Mucha de la nueva riqueza es digital, y toma la forma de música, películas y otro entretenimiento o software, código que –una vez escrito- puede reproducirse sin costo y transmitirse a todo el mundo de manera esencialmente gratuita.”

La gran migración del mundo físico al digital ha expandido enormemente el ámbito y oferta de la riqueza no-escasa. Eso es maravilloso. Sin embargo, esto podría tentar a los intelectuales a creer que lo mismo puede suceder en el mundo físico. Sin embargo, sin importar lo mucho que digitalicemos, ello no elimina la esencial distinción entre escaso y no-escaso.

Las personas tal vez se pregunten: “Si mi Twitter puede ser universalmente distribuido, ¿por qué no también las comidas veganas y las cirugías cerebrales?”Ahora usted sabe la respuesta. Esta es la diferencia entre escaso y no-escaso. El primero no puede compartirse hasta el infinito, el segundo sí. Esa es una gran diferencia.

Si no podemos tenerlo claro, nunca aprenderemos a pensar con racionalidad económica. Incluso peor, no comprenderlo, y avanzar en un sistema que confunde los dos, puede destruir toda la prosperidad y libertad.

*Jeffrey A. Tucker es Director Editorial del American Institute for Economic Research. Es autor de miles de artículos y de ocho libros publicados en 5 idiomas.

Traducido por: Gerardo Garibay Camarena

El artículo original en inglés está disponible aquí.

Por: Jeffrey A. Tucker*

Alexandria Ocasio-Cortez [la legisladora socialista del Partido Demócrata que, entre otras cosas, ha propuesto acabar con las vacas y los viajes en avión] Estaba tratando de explicarnos que el mundo se va a destruir, todos vamos a morir, y probablemente no deberíamos tener más hijos, pero me distrajo la merienda que estaba preparando en cámara. Ella estaba cortando cuidadosamente unos camotes antes de ponerlos en el horno.

Les había puesto sal y pimienta. La sal fue alguna vez tan rara que era considerada dinero. ¿Alguna vez has tratado de pasar un día con cero sal? Nada sabe bien. Esa fue la historia de la humanidad durante cerca de 150,000 años. Entonces descubrimos cómo producir y distribuir sal a cada mesa del mundo. Ahora usamos la sal como si no fuera nada, e incluso nos quejamos de que todo es demasiado salado. Bonito problema.

Los camotes no son fáciles de cortar, así que ella usaba un gran cuchillo de acero, fabricado con una substancia que se volvió comercialmente viable apenas a finales del siglo 19. Fueron necesarias muchas generaciones de metalurgia para descubrir cómo fabricar acero en forma confiable y barata. Antes del acero, había cuerpos de agua que nadie podía cruzar sin un barco, porque nadie sabía cómo construir un puente de hierro que no se hundiera.

En cuanto al horno en su departamento, o era de gas o eléctrico. En cualquiera caso, no tuvo necesidad de cortar árboles y hacer una fogata, como el 99.99 por ciento de la humanidad tenía que hacerlo hasta hace relativamente poco tiempo. Ella simplemente apretó un botón y se encendió, un lujo experimentado por la mayoría de los hogares estadounidenses apenas después de la Segunda Guerra Mundial. Ahora todos pensamos que es normal.

También supongo que su casa es tibia a mitad del invierno, y ello se debe a la calefacción interior controlada por termostato. Todavía hay personas que consideran esta invención como la más grandiosa en toda su vida. Ya no tenían que trabajar dos días para mantener la casa caliente durante un día. Nuevamente, uno solo necesita apretar el botón y, como magia, el calor viene a ti.

La pregunta más interesante es ¿dónde obtuvo ella esos camotes? Ya sé que de la tienda. Nadie cultiva camotes en Washington D.C. ¿Pero de dónde los obtuvo la tienda? Durante miles de años, el camote estuvo limitado a lugares distantes de América del Sur; de algún modo arribó a las islas de Polinesia a través de viajes en bote, y finalmente arribó a Japón a finales del siglo 15.

Solo cuando la tecnología de navegación y la inversión de capital para las exploraciones crecieron para revelar las primeras señales de prosperidad para las masas de personas, el camote llegó a Europa a través de una expedición encabezada por Cristóbal Colón. Finalmente arribó a los Estados Unidos.

Todo ello requirió muchos miles de años de desarrollo –desarrollo capitalista- a menos que uno quiera ver a este vegetal como el máximo fruto del colonialismo y por lo tanto algo a evitar por cualquier guerrero de la justicia social verdaderamente iluminado.

Incluso a principios del siglo 20, los camotes no estaban fácilmente disponibles para que cualquiera los cortara y cociera, especialmente no a mitad del invierno. Hoy los estadounidenses comen camotes cultivados principalmente en el sur del país, pero también importados de China, que actualmente atiende al 67 por ciento del mercado global de camotes.

¿Cómo los obtenemos? Vuelan en aviones, atraviesan el mar en barcos impulsados por combustibles fósiles y llegan a la tienda en camiones de también funcionan con esos combustibles. Si usted juega con la idea de abolir todas esas cosas por orden legislativa, como ciertamente ella lo propone, es muy improbable que pueda obtener un camote con facilidad.

Les confieso lo siguiente. Me enloquece ver personas que disfrutan tan plenamente los beneficios de la propiedad privada, el comercio, la tecnología y el emprendimiento capitalista, pero al mismo tiempo proponen alegremente la dramática reducción de los mismos derechos que les brindan tal alegría material, sin pensar siquiera en cómo su ideología podría afectar dramáticamente el futuro de la disponibilidad masiva de la prosperidad que estos ideólogos tan casualmente dan por sentada.

Para mí, es como ver a una persona en tratamiento mientras denuncia la medicina moderna –o alguien usando un teléfono inteligente para transmitirle al mundo un urgente mensaje en el que pide terminar con el desarrollo económico. La contradicción no refuta el argumento por sí misma, pero la contradicción es demasiado aguda como para omitirla.

Pasemos ahora a su cuestionamiento respecto a si debería haber o no una nueva generación de seres humanos. Después de todo, dice ella, nadie puede pagarlos, porque los jóvenes están arrancando sus carreras con deudas de miles de dólares por los préstamos escolares. Ella dice que también está el tema moral de que debemos cuidar a los niños que ya están, en lugar de tener más.

Lo cierto es que ella no explica bien por qué está jugando con la noción de que es mala idea que las personas tengan hijos. Permítanme sugerir que posiblemente ella se está desviando hacia el camino de incontables ambientalistas anteriores, y diciendo a las claras lo que muchas personas creen en su corazón: que la humanidad es el enemigo. Que, o vivimos nosotros y la naturaleza muere, o la naturaleza vive u nosotros morimos, y que para encontrar otro camino debe existir algún dramático trastorno en la forma en que estructuramos la sociedad. Es la aplicación de la fábula del conflicto marxista a otro ámbito de la vida.

Quizá.

En cualquier caso, esos son pensamientos complejos –demasiado grandes, de hecho, para una deliciosa sesión de cocina, después de la cual sigue una comida elegante. Regresaremos a analizar lo que AOC llama el “sentido universal de urgencia” después del postre.

*Jeffrey A. Tucker es Director Editorial del American Institute for Economic Research. Es autor de miles de artículos y de ocho libros publicados en 5 idiomas.

Traducido por: Gerardo Garibay Camarena

El artículo original en inglés está disponible aquí.

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

Ojalá en el mundo bastaran las buenas intenciones y las palabras bonitas, pero no es así. En la economía, como en la naturaleza, hay ciertas leyes que simplemente no pueden romperse sin sufrir las consecuencias, y una de las grandes tragedias de la izquierda, particularmente en su variante caviar, es el hecho de que bajo un lenguaje color de rosa se esconde una receta de ambición y de fracaso, que al traducirse de la página a la vida termina afectando especialmente a las personas más vulnerables, replicando e incluso superando en el proceso los peores vicios de ese consumismo que tanto critican de dientes afuera.

Van un par de ejemplos fresquecitos de lo que sucede cuando el bello lenguaje de la izquierda, repleto de solidaria esperanza, aterriza en el mundo real, donde por más inclusivas, diversas y progresistas que sean, las personas siguen siendo tales, y la naturaleza sigue imponiendo su dominio, sin alterar sus leyes en misericordia de los esfuerzos “ecológicos”.

  • El primer ejemplo es el de la fiesta conocida como “Burning Man”, que desde su inicio, a mediados de los 80’s se ha convertido en uno de los mayores símbolos culturales del buenoidísmo de la izquierda burguesa, reuniendo anualmente a más de 75,000 personas, entre las que se acostumbra contarse gente como el fundador de Tesla, Elon Musk, o el de Amazon, Jeff Bezos. Incluso apareció en los Simpson, concretamente en el episodio “Colocados y confundidos” de la vigésimo sexta temporada.

El Burning Man (hombre en llamas) atrae multitudes al desierto de Black Rock, literalmente en medio de la nada, para una semana de “arte”, música y desenfreno, que culmina prendiendo fuego a una gran figura humana, hecha de madera y de decenas de metros de altura. El festival está orientado en base a 10 principios, dentro de los que destaca la “Desmercantilización”, es decir: el rechazo a las transacciones y el consumo comercial, optando en su lugar una “experiencia de participación” y del regalar como forma superior de convivencia, mirando con desdén al mundanal ruido del dinero, obviamente previo pago de un boleto de $425 dólares en promedio (algunos llegan a costar hasta $1,200 dólares), más otros $80 dólares por un pase de vehículo, los cuales no incluyen comida o bebida de ninguna clase, lo que significa que una gran parte del costo es ganancia directa para los organizadores.

En los folletos, el Burning Man es una ventana a la utopía post-cristiana y post-capitalista, donde todos son bondadosos paganos conectándose con la espiritualidad del arte y de la naturaleza. ¿El problema? Detrás del disfraz buenoide, este festival se ha convertido en un ejemplo de las peores prácticas corporativas cuyos principios dicen rechazar.

Los rumores sobre las malas condiciones en el festival han corrido desde hace años, pero ahora la situación ha llegado a ser tan grave que hasta los propios progres se empiezan a escandalizar. Hace un par de meses, Salon.com, uno de los principales portales de línea izquierdista en los Estados Unidos, y al que nadie puede acusar de ser un defensor de las tradiciones capitalistas, publicó un muy amplio reportaje acerca del tóxico ambiente, las deplorables condiciones laborales y la hipocresía desatada en la organización del Burning Man, convertido ahora en una empresa multimillonaria, y no sólo millonaria en buenos deseos, sino en dólares.

Los de abajo ganan puro humo, los de arriba se embolsan $200,000 dólares anuales, en dinero y no en abrazos.

En concreto, denuncian que existe discriminación de género en contra de las mujeres, malos tratos en general y una tasa de suicidios sorprendentemente elevada (proporcionalmente 10 veces mayor a la del ejército de los Estados Unidos) entre los trabajadores encargados de montar y mantener en funcionamiento la estructura logística que hace posible el evento. Empleados y voluntarios, muchas veces sin recibir pago alguno (seguramente porque el dinero es malo y el altruismo es muy bueno) laboran durante meses bajo las inclementes condiciones del desierto de Nevada, instalando líneas eléctricas, llevando equipo y limpiando después de la pachanga, a costa incluso de quedar ciegos en forma permanente. Caleb Schaber, empleado a tiempo completo y voluntario del festival, que eventualmente recurrió él mismo al suicidio, explica: No ayudan a los empleados que se lesionan…sólo tratan de hacer que trabajen al máximo, dándoles lo menos posible, y luego los descartan. Ricardo Romero coincide “vi a muchos compañeros ser despedidos por quejarse acerca del trato que reciben los trabajadores” o por enfrentarse a algún abuso al interior de la jerarquía, todo ello mientras que los directivos ganan unos bastante burgueses $200,000 dólares anuales, en dinero y no en abrazos.

  • El segundo ejemplo es el monumental fiasco de las casas “verdes” construidas por la “Make It Right Foundation,” la organización de caridad del actor Brad Pitt para los damnificados del huracán Katrina, y que literalmente se están desmoronando a menos de 8 años de haber sido entregadas

En su momento, la fundación presumió estas viviendas como “accesibles, de alta calidad, medioambientalmente sustentables” y seguras. Muchas víctimas les creyeron y pagaron $130,000 dólares a cambio de una vivienda que ahora han tenido que abandonar porque a las casas les están saliendo hongos y las tablas de madera que forman su estructura se están soltando. Eso sí, muy ecológicas.

De acuerdo con NBC, que al igual que Salon no es precisamente una cadena conservadora o antiprogre, los residentes se quejan de moho, fugas de gas y denuncian que el problema es que estas viviendas se construyeron con materiales de baja calidad y, peor aún, sin considerar las condiciones climáticas de Nueva Orleans.

¿Y la Make It Right Foundation? Desaparecida desde hace años.

Una vez más, cuando la fantasía de la izquierda caviar se topa con la realidad, el golpe es de antología. Cuando se apagan las llamas del “burning man” y se van las cámaras del equipo de relaciones de Brad Pitt –o de la celebridad de turno- la gente de a pie enfrenta una realidad incluso peor que la que vivían antes.

Mientras tanto, del otro lado del pueblo, sus benefactores beben champaña con aroma de frutas y “buenas conciencias”, sintiéndose muy buenos y condenado el malvado capitalismo, a medio camino entre la tercera de Patrón y la quinta de Moët.

¿Y para los demás? Sólo humo y hongos.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Alexander Hammond*

La abrasadora ola de calor en Gran Bretaña ha creado una demanda record para la golosina que, durante el último siglo, se ha convertido en una favorita de verano en el mundo entero: el helado. Las ventas se han incrementado 100% respecto al año pasado y Londres incluso es cede de una exhibición adecuadamente titulada “Scoop” (Cuchara).

Hace apenas 350 años, el helado era una rara exquisitez, reservada para reyes y los más acaudalados aristócratas. Para disfrutarla, era necesario contar con refrigeración, que en el mundo pre-industrial era difícil y costosa.



En aquellos tiempos, si querían refrigerar comida, las personas necesitaban el terreno para construir una bodega de hielo (para almacenarlo), acceso a agua dulce y sirvientes para cortar el hielo, que debía ser constantemente resurtido y sólo estaba disponible en algunos climas y en algunas ocasiones. Sin embargo, gracias al progreso tecnológico y científico, el helado está al alcance de prácticamente cualquiera.

La primera mención registrada del helado fue en el menú de un festín organizado en 1671 por el Rey Carlos II de Inglaterra. El banquete celebrara el décimo aniversario de la llegada de Carlos al trono británico. El sabor sigue siendo desconocido, pero el postre fue exclusivo para la mesa del Rey y se sirvió acompañado de “un plato de fresas blancas”.

La nueva golosina despegó rápidamente. Comer helado no sólo demostraba un muy alto estatus social, sino que los propios sabores eran una forma de presumir. Desde el pepino hasta el clavel, del Jerez a los narcisos (incluso aunque estos últimos son venenosos), entre más extraño el sabor, más era valorado por los aristócratas.

Adelantamos 150 años a los 1850s, y el helado se había vuelto accesible a las masas, aunque en una forma muy diferente a la que conocemos hoy. Los migrantes italianos que arribaron al Reino Unido para escapar de las Guerras Napoléonicas crearon el Penny Lick (la lengüetada de a penique). Vendedores callejeros vendían un pequeño vaso de helado por un penique (centavo de Libra Esterlina) a gozosas multitudes de consumidores. Este artilugio desenfadado terminó teniendo consecuencias mortales.

El Penny Lick fue prohibido en 1898, después de que fue directamente vinculado con un brote de tuberculosis. La tuberculosis se contagia al toser, estornudar o escupir, así que no es sorprendente que un vaso “limpiado” con un paño sucio antes de reusarse esté infestado con gérmenes. Afortunadamente, la necesidad es la madre de la invención, y las preocupaciones respecto a la higiene llevaron que tras su invención en 1896 en Nueva York (o en 1904, en San Luis, no estamos completamente seguros) el cono de helado desplazó al vaso del Penny Lick.

Tendemos a pasar por alto nuestro verdaderamente espectacular ascenso de la demoledora pobreza a una abundancia antes inimaginable

Entonces llegó la máquina de helado a manivela manual, de la londinense Agnes B. Marshall. A finales de los 1800s, Marshall comenzó a usar la nueva tecnología del nitrógeno líquido para hacer helado de mejor calidad. Sam Bompas, el codirector de la exhibición de helados Scoop, describe a Marshall como “la equivalente victoriana de James Oliver”, y las máquinas que ella creó siguen siendo más efectivas que las fábricas caseras de helado actuales.

En 1930, Cadbury’s comenzó a servir helado suave con una pequeña hoja de chocolate –conocido como “el 99”. Al usar proceso de manufactura más eficientes, el postre alcanzó nuevos niveles de popularidad y rápidamente se volvió sinónimo del verano británico, vacaciones en la playa y postales perfectas.

La del helado es una historia común: de ser algo reservado para los reyes pasó a ser un símbolo de estatus entre la aristocracia, hasta ser algo que disfrutamos todos. Esta clase de progreso, del producto de lujo al producto cotidiano, es compartida por casi toda la comida moderna, desde el pastel hasta el chocolate, desde los waffles hasta el jarabe. Incluso la idea del recalentado es un fenómeno relativamente reciente, posible gracias a la refrigeración barata.



Como Humanprogress.org continúa demostrando, “en la mayoría de los casos, tendemos a pasar por alto nuestro verdaderamente espectacular ascenso de la demoledora pobreza a una abundancia antes inimaginable…el progreso científico convierte en rey a cada uno de nosotros.”

El futuro del helado es, literalmente, brillante, hay en el horizonte variedades que brillan en la obscuridad, con goma de mascar, con espuma y alcohol. Incluso una variante no venenosa de helado de narcisos ya está disponible. Mientras que esperamos el regreso del clima templado, recordemos que ahora todos podemos disfrutar una delicia que hace apenas unos siglos era exclusiva de reyes.

*Alexander Hammond es asistente de investigación en HumanProgress.org.

 

Publicado originalmente por CapX y FEE.org

Traducción por Wellington.mx

Por: Hugo Marcelo Balderrama*

La filosofa venezolana Yorbis Esparragoza, describe la política Latinoamérica como una competencia de grupos de presión, magistralmente, las llama “Elites herméticas”. Estos grupos de grupos de poder, utilizan el aparato estatal como un medio de enriquecimiento y dominio social.

Las universidades son las encargadas de brindar sustento intelectual al sistema, por eso: la supremacía del positivismo jurídico en ciencias jurídicas, la corriente neoclásica y el keynesianismo en economía y el enfoque de género en otras ciencias sociales.



El positivismo jurídico enseña que el Estado es la única fuente de autoridad y derecho, ergo, se debe considerar ley a cualquier cosa que los gobernantes decreten. Entonces, nadie puede oponerse a una ley, sin importa si esta es injusta o inmoral. Obviamente, las elites gobernantes son las mayores beneficiadas de este sistema legal, porque les permite obtener privilegios en desmedro de la población.

Los economistas keynesianos, sostienen la curiosa idea que una economía puede tener “fallos” y situaciones indeseables como la falta de empleo y el comportamiento mezquino de los capitalistas. Fallas que solo pueden ser corregidas mediante la intervención del estado.

Los gobernantes son tan egoístas como cualquier empresario, y quieren maximizar utilidades

Los profesores Gordon Tullock y James M. Buchanan padres del “Public Choice”, explican que el intervencionismo, propio de la escuela keynesiana, está sostenido en la falacia de la “bondad perfecta del burócrata”. Estos maestros, demuestran que los gobernantes son tan egoístas como cualquier empresario, y ambos quieren maximizar sus utilidades. La diferencia radica en el medio. El empresario lo hace invirtiendo y arriesgando sus capitales. El burócrata lo hace mediante el crecimiento del gasto fiscal. Su brillante análisis, también incluye el comportamiento de los “Cazadores de rentas”, básicamente, organizaciones que son parte de las elites herméticas.

En Bolivia “los cazadores de rentas” lo conforman cuatro grandes grupos.

  • Los empresarios que quien subsidios y mercados cautivos. Por ejemplo: Los exportadores quieren devaluaciones “competitivas” y los constructores quieren créditos blandos. Ambas medidas perjudican el bolsillo de la población.
  • Los políticos que quieren el monopolio de la acción política. Se comportan igual sin importar si son del oficialismo o la oposición. En Bolivia la oposición es el principal obstáculo para el surgimiento de un Partido liberal, demostrando así, que solo persiguen el poder y los privilegios.
  • Los colegios profesionales persiguen privilegios y puestos de trabajo en las altas esferas. Por ejemplo: los economistas quieren ser empleados del banco central o formar parte del viceministerio de planificación.
  • Los altos jefes de los departamentos estatales. El ministro de educación quiere más presupuesto para su área. La socióloga feminista persigue el ministerio del género. Y el periodista de izquierda quiere el ministerio de informaciones.




Este modelo político basado en los privilegios y transferencias de rentas es inmoral. Convierte a la sociedad en un sistema de castas: capitalismo para pocos (las elites) socialismo para muchos (la gente común).

La única salida de este sistema es por la vía política, y para eso, se necesita un partido político que enarbole los gobiernos limitados, los mercados libres y la propiedad privada. ¡Si señores! Hay que proponer el capitalismo.

*Hugo Marcelo Balderrama es Licenciado en economía y licenciado en Ciencias políticas. Se desempeña como profesor de economía, comercio exterior y planificación financiera. En Facebook: facebook.com/Marcelo.derecha

Por: Sergio Romano Muñoz*

Isaac Asimov, el afamado escritor de ciencia ficción, contaba, dentro de su antología The Complete Robot (1982, conocido en español como “El Robot Completo” en su edición de 2008, o, como yo la conocí en la edición realizada por Martínez Roca, “Los Robots”) que, siendo un joven aficionado del género, detectaba dos patrones en las historias de robots: los robots-como-amenaza y los robots-como-Pathos.



Los primeros eran aquellas creaciones que se salían de control y se volvían contra sus creadores, mientras que los segundos eran pobres hombres mecánicos, esencialmente buenos, que quedaban indefensos a merced de desalmados hombres malvados. Él se decantó, entonces, por una tercera vía que a finales de los 30’s/principios de los 40’s  era novedosa en la ficción especulativa: Robots industriales, que no eran ni buenos ni malos sino simplemente funcionales, con mecanismos que impedían el daño a seres humanos aunque poseyeran Inteligencia Artificial, y siendo resultado de empresas capitalistas que invertían en Investigación y Desarrollo; es decir, tenían un marco de referencia más realista.

Un ejemplo claro de historia de robots-como-Pathos sería A.I. (2002) de Steven Spielberg, y uno de robots-como-amenaza sería la ya muy desgastada franquicia Terminator.

Y uno de robots industriales serían los Hosts de la serie Westworld de HBO. Que eventualmente se convierten en amenaza. Y en Pathos. Al mismo tiempo.

Westworld se desarrolla en un parque temático del mismo nombre creado por Tom Ford (Anthony Hopkins) y Arnold Weber (Jeffrey Wright), donde unos androides, llamados “Hosts”, inteligentes y sintientes pero limitados y restringidos por su programación, desarrollan una “historia”, basada en el Viejo Oeste, y donde los visitantes llegan y pueden vivir sus fantasías, desde la sexual hasta la violenta. A lo largo de años los Hosts repiten la misma rutina una y otra vez, hasta que se realizan otras historias (o “narrativas”, como le dicen en la serie), siempre a merced de los visitantes y la indiferencia de los programadores.

Westworld es un logro monumental que ha inscrito su nombre en letras de oro en lo más alto de la Peak TV

Y es que los androides son inteligentes. Y sintientes. Tienen amores, miedos, delirios, vicios, sí, programados, pero no por ello menos reales para ellos. Maeve, quien ahora es una prostituta que regentea un burdel, antes fue una madre (sabemos poco de su vida como tal). Dolores, la Host más antigua del parque, está enamorada de Teddy, que siempre regresa a buscarla en tren. Héctor es un bandido cruel y sanguinario. Bernard, un androide que trabaja junto a Ford administrando el parque, vive atormentado por la pérdida de su hijo; desconocido para él, está modelado a partir de Arnold, el programador original de los Hosts, quien muere a manos de sus creaciones no sin antes programarles una “narrativa” secreta, conocida como “El Laberinto”.

A final de la primera temporada, los Hosts, imposibilitados hasta ese momento para dañar seres humanos (la única excepción había sido Arnold), se liberan de su atadura gracias al Laberinto pre-programado por su creador y, al menos en los casos de Maeve y Dolores, recuperan la memoria de todo lo ocurrido hasta entonces, se levantan contra los humanos y realizan una masacre.

La segunda temporada, con apenas unos cuantos capítulos al momento, se centra en un nuevo misterio, “La Puerta”.

A grandes rasgos tal es la trama. La primera temporada, estructuralmente, es una maravilla en donde nos vamos dando cuenta, poco a poco, que estamos viendo las tramas transcurrir en tiempos diferentes, algunas con décadas de diferencia. Es un logro monumental que ha inscrito su nombre en letras de oro en lo más alto de la Peak TV (la etapa actual de la oferta televisiva, caracterizada por su alta calidad).

Pero lleva consigo una fuerte carga de significado.

Westworld nos propone ese planteamiento post-moderno ya utilizado, muy eficazmente, por las películas de la franquicia The Matrix (1999-2003) de preguntarse: “¿qué es lo real?”.

La serie aún está explorando dicha pregunta al momento de escribir esto, pero lo que nos están diciendo sus realizadores es que la inteligencia, sin importar si es artificial, al llegar a cierto grado de consciencia, es equivalente a la nuestra. Finalmente, para Maeve, la prostituta con corazón de oro pero que logra zafarse de la programación que le borra la memoria, su hija, aunque haya sido creada en las impresoras 3D del parque, es alguien a quien ama con todo su ser.

Estos realizadores, de alto abolengo todos (Jonathan Nolan es hermano del cineasta Christopher Nolan, J.J. Abrams es un afamado director de cine  que cuenta entre sus películas títulos de Star Trek y Star Wars; y Bryan Burk, que junto a Abrams creó otro fenómeno del sci-fi con Lost), finalmente, nos tiran a la cara un panorama en que las máquinas, explotadas, vejadas y abusadas en contra de su voluntad, e indefensas ante los malvados humanos explotadores que los usan como objetos sexuales, los maltratan, torturan y matan, una y otra vez en pos de una vulgar ganancia capitalista, finalmente logran alzarse en contra de sus opresores. Y al hacerlo, se enfrentan a la aniquilación total.

Las implicaciones son claras: el ser humano es fácil presa de sus tentaciones y bajos instintos y el lugar para desahogar sus impulsos es Westworld y sus cinco parques hermanos, todos localizados en una isla. Los administradores del parque, una firma que supervisa a Ford y su equipo, alientan dicha conducta mientras tienen una enormes ganancias –no es barato ir de visita– a la vez que manejan un tráfico de secretos de la tecnología ahí desarrollada, todo para mantener contenta a la Junta Directiva.

Sí, ahí está Arnold para darle una salida a sus creaciones, y ahí está William, que llega renuente junto a su cuñado, se infatúa con Dolores, se acaba obsesionando con el parque y eso le lleva a convertirse en el cruel Hombre de Negro. Finalmente, los seres humanos son pintados como seres egoístas que no prestan atención al sufrimiento que causan a sus propias creaciones. Y todo por el sucio dinero, como le gusta recordarnos, vez tras vez, la narración.



A estas alturas, no causa extrañeza que Hollywood nos lance a la cara un mensaje tan nihilista, misántropo y anticapitalista. Claramente, en los últimos años se han dedicado a bombardearnos con mensajes de Izquierda.

Pero la verdad es que, si obviamos el mensaje, podemos disfrutar de una serie excepcionalmente realizada, incluso para los estándares actuales, que goza de una tremenda popularidad y que incluso ha despertado una profunda obsesión entre su público, que se lanza furiosamente a las redes sociales, los foros de Reddit y 4chan e incluso anticuados chat rooms a discutir con fans como ellos sobre acontecimientos, especular teorías y tratar de adelantarse a la trama, tal como lo causara hace ya una década su antepasado espiritual, Lost.

*Sergio Romano Muñoz es, además de libertario convencido, experto en la industria del entretenimiento. Ha sido agente de artistas, productor de radio y TV, scouter de bandas musicales y director de una editorial. En la actualidad trabaja en su primera novela y en una serie de cómics.

Por: David Ross*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]os deseos del humano de superar y mejorar sus condiciones de vida lo llevan a actuar de diferentes maneras que,  son en su mayoría inofensivas, pero existen también formas nefastas de alcanzar dichos anhelos.  El capitalismo es una herramienta para alcanzar un fin, cualquiera que éste sea; que al usarse puede crear o destruir, ayudar o dañar.  Como cualquier herramienta, la misma no es la culpable del uso que le dé el empleador.



Nadie teme al martillo en manos de un noble carpintero, sino que admiramos los bellos muebles que a martillazos son construidos por el hábil hombre. El carpintero construye con fuertes y violentos golpes para llevar comida la mesa, para proveer. Sin el carpintero el martillo no construirá, ningún clavo será colocado.

El mismo martillo en otras manos pudiera ser usado para romper los cristales de una joyería con el fin de robar los collares de perlas que ahí se encuentran y de paso para golpear el cráneo del dueño por oponerse al robo.

El carpintero da golpes que construyen y el asaltante golpes que matan. Ambos dan los golpes para llevar comida a la mesa. En ambos casos el martillo no es responsable de la creación o de la destrucción, los actos son cometidos por los hombres, no por las herramientas.

La explotación laboral, los malos tratos, la trata de personas son actos cometidos por humanos para obtener riqueza, pero de eso no podemos culpar al capitalismo, sino a la maldad de las personas, a su avaricia desenfrenada.



Los creadores de grandes inventos, la caridad, los avances tecnológicos y científicos lo han hecho para llevar comida a la mesa o porque era su sueño o por mera bondad. En este lado de la ecuación, el capitalismo tampoco es responsable.

El capitalismo es la mejor herramienta creada para alcanzar nuestros más altos sueños, pero depende de nosotros el cómo es usada.