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Competitividad

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Por: Víctor H. Becerra*

Hace unos días, el Foro Económico Mundial (WEF, por las siglas en inglés) publicó su reconocido Reporte de Competitividad Global 2018 (The Global Competitiveness Report), el cual ha desarrollado y publicado anualmente desde 1979. La edición de este año, fue elaborada por un equipo de consultores y economistas que lideran Klaus Schwab, Presidente Ejecutivo del WEF, y por Xavier Sala y Martin, catedrático de la Universidad de Columbia, junto con más de 160 institutos contraparte a nivel mundial.

Antes de entrar al análisis de sus datos, es importante destacar que el Reporte cuenta con una nueva metodología e incluye cambios importantes; es su cuarta revisión importante desde que se creó. De modo que los resultados no son comparables con todos los reportes previos; esta edición incluye solamente resultados de 2017 para efectos de referencia. Así que ascensos y descensos respecto a la edición previa son más un reflejo de los cambios metodológicos que una mejoría/empeoramiento del desempeño de cada país.

El trabajo entiende por competitividad a la capacidad de una nación para atraer, retener y multiplicar inversiones directas, que producen bienes y servicios, crean empleos y generan ingresos y bienestar. Mide 140 países, cuyas economías representan el 99% del producto bruto de todo el planeta, a través de 98 indicadores (60% de esos indicadores  son nuevos este año), organizados en cuatro grandes categorías: entorno propicio para la competitividad, capital humano, mercados y ecosistema de innovación, y en 12 “pilares”.

El Reporte incorpora a partir de este año los motores de la Cuarta Revolución Industrial, como capital humano, innovación, pensamiento crítico y resiliencia, a fin de analizar qué impulsa el crecimiento a largo plazo y la productividad. Así, la nueva metodología incluye varios factores relativamente novedosos, como la generación de ideas, la cultura empresarial, la apertura y la agilidad (con énfasis en temas de capital social, preparación para el futuro, negocios disruptivos, la apertura del comercio de servicios, la deuda, uso de Internet, entre otros).

En el Reporte, la puntuación media a nivel mundial es de 60, entre el primer lugar (EE.UU., con 85.6 puntos) y el último, el 140º (Chad, con 35,5 puntos), existiendo en ese intermedio una amplia gama de rendimiento en todas las regiones y países. Estados Unidos es la economía más competitiva del mundo según el Reporte y se encuentra en la cima de competitividad por primera vez desde la crisis financiera de 2007-2009, superando a Singapur, Alemania, Suiza y Japón, los otros cuatro mercados principales.

Al respecto, “diez años después de la crisis, la economía se ha recuperado, pero hay una fragilidad que persiste”, dijo en la presentación del reporte el investigador del WEF y uno de los coautores del informe, Thierry Geiser. Una fragilidad que no necesariamente yace en la economía y que parece expresarse a través de fenómenos como el extremismo y el populismo, agregó.

En cuanto a América Latina (se analizan todos los países, excepto Cuba), este año la economía chilena ha consolidado su liderazgo regional en el Reporte. En contraste, una región como Centroamérica pierde competitividad. Al respecto, sorprende que solo dos países latinoamericanos se encuentren en el Top 50 del ranking: Chile (lugar 33) y México (45). Y sorprende porque al menos desde los años 80s, los gobiernos latinoamericanos dedicaron cada vez más tiempo y recursos para supuestamente promover la competitividad, asumiéndola muchas veces casi como una tarea privativa del Estado, creando un sinfín de dependencias para ese efecto. Casi 40 años después, podemos apreciar lo magro de los avances y el enorme desperdicio de recursos.

Al respecto de América Latina, apunta el Reporte: “La competitividad de la región sigue siendo frágil y podría verse amenazada por una serie de factores, entre los que cabe citar un mayor riesgo de proteccionismo comercial en Estados Unidos; las repercusiones de la crisis económica y humanitaria de Venezuela; la incertidumbre política a raíz de las elecciones en las mayores economías de la región y las perturbaciones derivadas de las catástrofes naturales que amenazan al Caribe. La inseguridad y la debilidad de las instituciones representan dos de los mayores desafíos para la mayoría de los países”, indica.

Conviene detenerse un poco en este dignóstico: El desempeño promedio de la región en el pilar de las instituciones es aproximadamente el mismo que el de África subsahariana. Es decir, tenemos instituciones estatales con altos niveles de corrupción y descrédito, con poca confianza sobre los funcionarios encargados de hacer cumplir las leyes, y nuestros países clasifican entre los menos seguros del mundo: Por ejemplo, El Salvador en el lugar 140º, Venezuela en el 139 y Honduras en el 136. En suma, en 12 de los 18 países latinoamericanos analizados, la calidad de las instituciones es un lastre para la competitividad, más que un apoyo o un factor de “promoción”. Y en cuatro de los seis restantes, es un factor “neutro”.

Es decir: Simplemente en Latinoamérica no tenemos instituciones públicas que funcionen de manera eficiente, integrada, sólida, y nuestros gobiernos han sido, generalmente, lo bastante superficiales, dispersos y corruptos como para asumir tareas que implican mucha profundidad y profesionalismo, o que simplemente no debieron de asumir. Los márgenes de progreso son inmensos en estos puntos.

Al final, solo cabe asumir que si América Latina quiere mejorar en su competitividad, para así atraer inversiones y generar riqueza y bienestar social, sólo le queda apelar a su empresariado y a la ciudadanía (como ha sido siempre), no a sus políticos, y que sean aquellos quienes muevan la carreta, mejoren en sus procesos y saquen adelante a nuestros países. Nuestros políticos demuestran una y otra vez que no son capaces de ello. Seguir confiando en ellos es la mejor receta para, algún día futuro, suspirar por la “época dorada” cuando a nuestros países los comparábamos con los de Somalia o el Congo.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Peter Van Doren*

La reducción en el costo de los paneles solares y la amplia adopción de estos para los techos de edificios en California llevó a muchas discusiones de cóctel acerca de la competitividad de la energía verde. Aunque a primera vista podría parecer que la energía solar y de otras fuentes renovables puede competir con los recursos convencionales, un examen más a fondo de las características y costos de los sistemas de electricidad demuestra que actualmente las tecnologías renovables no son económicamente competitivas.



Tanto los costos fijos de los sistemas eléctricos como los costos de capital de los sistemas de transmisión y distribución son enormes. Las tarifas eléctricas normalmente no recuperan por separado los costos fijos y el uso de electricidad. En lugar de ello los recuperan a través de cargos por kWh. Si los precios de la electricidad fueran más eficientes, los consumidores pagarían principalmente por el uso de los sistemas de transmisión y de distribución, y una cuota variable separada por el consumo. (Ver este artículo de Ahmad Faruqui y Mariko Geronimo Aydin en la edición de “Regulation” correspondiente al otoño de 2017 para un análisis más completo sobre los precios de la electricidad.) Por lo tanto, las cuentas actuales no le informan a los consumidores lo elevados que son realmente los costos fijos del sistema.

Entender el significado y la recuperación de los costos fijos es importante debido a la forma en que se reembolsa a los consumidores con paneles solares por la energía que generan. La producción solar en muchos estados, especialmente en California, se reembolsa al precio completo de venta. Sin embargo, cuando un hogar produce energía solar y reduce el consumo de la generada por el sistema, este último ahorra sólo los costos marginales de la electricidad que no necesitó producir, los cuales suelen ser mucho menores al precio de venta. Mientras tanto, el sistema no ahorra en ninguno de los grandes costos fijos.

En California, debido a su estructura de precios por rango, la discrepancia entre el dinero que se reembolsa y los ahorros para el sistema a causa de la producción solar es muy elevada. El costo marginal de la generación eléctrica se mueve entre 6 a 10 centavos por kWh, pero a los consumidores se les reembolsa al 100% del precio de venta (muchos incluso a 30 centavos kWh) en lugar de abonarles sólo los menores costos marginales de generación. Este reembloso transfiere los costos fijos del sistema eléctrico de los hogares con paneles solares hacia el resto de los usuarios. Sin esos pagos excesivos la energía solar descentralizada no sería competitiva.

Otras fuentes renovables parecerían ser competitivas con la generación de gas natural. De acuerdo con los estimados del costo total de diversas tecnologías de generación durante su vida operativa, la electricidad solar centralizada y a gran escala en los desiertos del suroeste de Norteamérica, al igual que la generación de energía eólica a gran escala en las costas, tienen costos competitivos con los del gas natural. (La energía eólica en el mar es mucho más costosa. Lea mi blog sobre Cape Wind, un plan fallido para construir una granja de viento frente a la costa de Massachusetts.)

Sin embargo, incluso si los costos totales del viento y la energía solar fueran similares a los del carbón o el gas natural, la equivalencia necesita matizarse. Las diferentes tecnologías de generación eléctrica son substitutos muy imperfectos. El valor marginal de la electricidad varía con el tiempo, porque la demanda se mueve de acuerdo a la hora del día y al espacio disponible a causa de las limitaciones de transmisión.

Por ejemplo, la disponibilidad de energía eólica es mayor durante las noches de invierno, cuando la demanda es baja, y menor durante el verano, cuando la demanda es mayor. El viento es también más abundante en áreas lejanas a donde las personas viven y consumen electricidad, lo que significa costos adicionales para transportarla al público.

Al menos la producción solar es elevada durante la demanda pico de las tardes de verano, pero ni la energía solar ni la eólica son despachables. Es decir, no se puede hacer que su suministro se reduzca o eleve.

Hasta que esté disponible energía verde que sea tanto despachable como competitiva en cuanto a costos, las fuentes de energía renovable requieren el respaldo de la generación convencional. Ya que el Sol eventualmente se pone, y el viento deja de soplar, la generación de gas natural, cuya producción puede modificarse (algunas veces con rapidez) debe permanecer disponible como respaldo. Los costos fijos y variables de dicho respaldo deben ser pagados por alguien. Estos costos ocultos necesitan tomarse en cuenta para cualquier cálculo de “competitividad de costos”.



Futuros avances tecnológicos, como baterías más eficientes para almacenar electricidad y fuentes de energía solar despachables y más económicas podrían hacer que la energía verde sea un mejor sustituto para los generadores convencionales. Sin embargo, por lo pronto, sin que los gobiernos manipulen la balanza, la energía verde no es competitiva.

Escrito con investigación y asistencia de David Kemp

*Peter Van Doren es editor de la publicación académica trimestral “Regulation” y experto en la regulación de vivienda, tierra, energía, medio ambiente, transporte y trabajo.

Publicado originalmente por el CATO Institute y FEE.org

Traducción por Wellington.mx

Por: Sergio Romano Muñoz*

En más de un sentido, aquellos países que se toman en serio el futbol reflejan el tipo y grado de desarrollo que tienen.

Arsène Wenger es un venerable señor francés de 68 años. Fue un mediocre futbolista (jugó de volante) con una carrera que se extendió entre finales de los 60’s y principios de los 80’s, en equipos pequeños, a veces incluso en categorías inferiores. Aun así, logró un campeonato de Liga con el Estrasburgo casi al final de su carrera.



Desde 1984, se hizo entrenador, donde destacó como perteneciente a esa rara raza de desarrolladores de talento muy joven, junto al holandés Louis Van Gaal, el argentino Marcelo Bielsa y muy pocos más, lo que lo suele colocar en desventaja al competir por títulos.

La lista de talentos que ha ayudado a florecer es amplia y va desde el campeón del mundo y superestrella Thierry Henry hasta al mismísimo presidente de Liberia. No, no me refiero al presidente del futbol de dicho país, me refiero al presidente de la nación, George Weah. También detectó, e intentó moldear, a nuestro propio Carlos Vela, y aunque el quintanarroense es un futbolista casi imposible de manejar, algo hizo bien el francés que es el jugador mexicano con mejor técnica y condiciones futbolísticas de la actualidad (aunque no siempre quiera explotar sus cualidades).

Wenger se hizo entrenador del equipo inglés Arsenal, con base en Londres, en 1996, y se aferró al puesto hasta este verano 2018, 22 años en los que, basado en una red de buscadores de talento y contactos en escuelas futbolísticas, rastreaba el mercado futbolístico año con año y se llevaba a los jóvenes a los que les veía futuro, iniciando una muy molesta práctica para otros equipos, en la que se llevaba jugadores muy jóvenes, de entre 15 y 17 años, a veces un poco más grandes, de las así llamadas “canteras” de diversos equipos. Y no siempre eran equipos chicos: muchas veces, clubs de la talla del Barcelona fueron sus víctimas, incapaces de pagarle al futbolista lo que le ofrecían en el Arsenal.

Sus dos mercados favoritos eran el español y el francés. Durante años, sacó niños de esos países para hacerlos hombres en las canchas inglesas, y si bien ganó pocos campeonatos, los grandes negocios que hacía le otorgaban renovaciones a su contrato; el caso paradigmático es el del delantero Nicolas Anelka, al que le pagó al Paris Saint-Germain alrededor de €600,000, para cederlo al Real Madrid dos años después por poco más de €25 millones.

El primer campeonato mundial de Francia, en 1998 varios de los alumnos de Wenger eran titulares: Emmanuel Petit, Lilliam Thuram, Patrick Vieira, David Trezeguet o Thierry Henry le aprendieron directamente, lo mismo que la España campeona del 2010 tenía en su plantilla al catalán Césc Fábregas, jugador clave del combinado ibérico.

Durante un tiempo, Wenger se concentró en el mercado español, hasta que pareció desecharlo. Cuando le preguntaron el por qué, dijo secamente: “ya no son la mejor cantera de jugadores. Ésa está ahora en Francia”.

La influencia de Wenger en el futbol mundial había disminuido en los últimos dos lustros en base a ganar prácticamente nada, pero tenía razón: Francia ha estallado estos últimos tiempos, al nivel de poder dejar fuera de la lista de 23 seleccionados para el Mundial de Rusia no menos de 10 figuras de nivel internacional entre los que destacan el delantero Karim Benzema, (titular del Real Madrid), el volante André Rabiot o el defensa Laurent Koscielny, sin que nadie los extrañe. De hecho, ganaron el Mundial.

Revisando las selecciones ganadoras de Mundiales desde 1986: Argentina en 1986 –aunque todo lo que hacían bien se ha ido al garete desde hace unos diez años–, Alemania en 1990 y 2014, Brasil en 1994 y 2002, Francia en 1998 y 2018, Italia en 1986 y España en 2010, sólo los italianos no tienen un programa extensivo de desarrollo de talento; eso se extiende incluso a los equipos subcampeones: Alemania en 1986 y 2002, Argentina en 1990 y 2014, Italia en 1994, Brasil en 1998, Francia en 2006 y Holanda en 2010; de hecho, con la excepción de ésta última selección, se repiten los nombres (aunque Holanda es una gran productora de talento por derecho propio y con muy mala suerte).

¿Y Croacia, que este domingo 15 de julio se convirtió en la actual sub-campeona? En realidad, más de lo mismo: ya desde la última etapa del dominio comunista en la entonces Yugoslavia, los jugadores brotaban como hongos, reflejado con el triunfo en 1991 del equipo Estrella Roja de Belgrado en la última Copa de Campeones de Europa (pasaría a llamarse Champions League un año después), y tras la desintegración de Yugoslavia en los diversos países balcánicos –Croacia, Serbia, Montenegro, Albania, Kosovo, Eslovenia– cada una de las selecciones balcánicas tiene al menos una gran estrella, y en el caso de Croacia y Serbia, múltiples talentos. De hecho, Croacia ya había alcanzado una semifinal en 1998.

Entonces, ¿por qué México, que ya le ganó a Croacia en 2002 y en 2014 en Mundiales, no puede pasar de octavos de final desde 1986? En parte, porque no saca tantas estrellas.

Eso se debe a su muy peculiar organización federativa. Mientras en otros países, notablemente Inglaterra pero en general todas las ligas desarrolladas, la Federación (es decir, el organismo que sirve de enlace entre el futbol de un país y la FIFA y que organiza el trabajo de las diferentes selecciones) y la Liga (que aglutina a los clubes y les ayuda a formar bloque de negociación frente a patrocinadores, compradores de derechos de transmisión y otros) suelen ser entidades separadas, cada una con su propia forma de financiarse y trabajar, en México están dominadas por la misma gente, bajo el control indisimulado de Televisa, y sus ganancias mayores no son las transmisiones o el patrocinio (que tampoco es un número despreciable), sino los juegos de la Selección, sobre todo los llamados “partidos moleros”, y el tráfico de futbolistas extranjeros en los equipos nacionales, llegando a extremos de tener un equipo la posibilidad de tener 11 extranjeros tapando el talento joven nativo, y es que implica menos trabajo comprar cinco ecuatorianos sin nombre, a ver cuál funciona, que desarrollar jugadores desde edad infantil. Sólo Pachuca, América, Chivas y Cruz Azul tienen un desarrollo relativamente serio de jugadores jóvenes, pero incluso los tres últimos no pueden darse el lujo de tenerles paciencia a los jóvenes ante la presión constante de ganar campeonatos.

Mientras tanto, los mexicanos en Europa suelen medrar en equipos de segundo nivel (cuando bien les va) y los muy pocos que llegan a equipos de élite (como Chicharito en Manchester United y Real Madrid o Héctor Moreno en Roma) no pasan de suplentes con pocos minutos. Por el contrario, los croatas tienen jugadores que han disputado las últimas cinco Champions League en cada uno de los equipos que han llegado –Atlético Madrid, Real Madrid, Juventus, Barcelona y Liverpool– siendo titulares.

¿Por qué, entonces, si a Croacia México sí se le ha podido ganar? Porque no hay competencia.

El Chicharito no es un gran futbolista, sólo un relativamente buen rematador muy poco útil en el futbol actual, en donde se requiere que hasta los porteros sean hábiles y creativos, pero es tremendamente popular. Su única competencia por el puesto son el muy veterano Oribe Peralta, que se retira como seleccionado, y Raúl Jiménez, un futbolista muy creativo, pero poco goleador para su puesto. Las grandes estrellas, como Héctor Herrera o Hirving Lozano, que tienen muy buen nivel, saben que serán titulares pase lo que pase, misma tragedia que le ocurre a la excelente generación de futbolistas que tiene Chile.



En cambio, si analizamos a Francia, que hace dos años jugó la final del torneo de selecciones europeas perdiendo contra Portugal, veremos que titulares como Dimitri Payet, Bacary Sagna, Moussa Sissoko o las estrellas en ascenso Kingsley Coman o Anthony Martial ni siquiera fueron tomados en cuenta.

He ahí la importancia de tener un proceso eficiente de captación, capacitación, desarrollo y oportunidad para los nuevos talentos, ya no en futbol sino en cualquier actividad empresarial. Se requiere de ese tipo de cultura, algo que en México no se tiene y se refleja en todas las áreas, pero que es especialmente notoria en la industria del entretenimiento, donde nuestro país está para llorar.

*Sergio Romano Muñoz es, además de libertario convencido, experto en la industria del entretenimiento. Ha sido agente de artistas, productor de radio y TV, scouter de bandas musicales y director de una editorial. En la actualidad trabaja en su primera novela y en una serie de cómics.

Por: Efrén Zúñiga*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]as elecciones mexicanas llegaron a su fin. Algunos tendrán motivos para regodearse, otros tantos habrán de lamentarse por el resultado y muchos más tendrán un largo tiempo para reflexionar. A los politólogos y demás analistas, les corresponderá hacer un diagnóstico de los resultados arrojados. Habrá entre los distintos partidos políticos señalamientos de todo tipo, se buscarán culpables y en muchos casos, comenzará la cacería de brujas. En fin, dejemos a los especialistas y/o actores políticos hacer su trabajo.

Es por ello que en este espacio pretendemos realizar un análisis distinto. Sencillo, pero altamente objetivo, basado en el elemento más imparcial, los números. Conviene adelantar que no será complejo, lo que facilitará su compresión. En el mismo sentido, solo emplearemos algunos de los indicadores agregados comúnmente más empleados y cuya función no es más que la de medir la competitividad electoral, estimando el número efectivo de partidos.


Como todo, cada uno tiene sus ventajas/desventajas. Por ello y con ánimo de motivar al lector, iremos brindando una breve explicación para cada uno.

El primer indicador es el número efectivo de partidos (N)[1], este índice representa la cantidad de partidos políticos que tienen el mismo efecto de concentración. Los valores de N van de 1.0 hasta el número de partidos con una concentración considerable. Es decir, en un escenario extremo donde existan diversos partidos, pero solo uno concentre todos los votos, entonces N sería 1. En contraposición, donde N sea cercano o mayor 2, significaría que al menos dos partidos políticos tienen una representación efectiva[2]. Ahora pues, apliquemos el indicador N al caso mexicano.

Los resultados de N para las elecciones fueron los siguientes:

  • 1988 – 2.634,
  • 1994 – 3.007,
  • 2000 – 2.977,
  • 2006 – 3.303,
  • 2012 – 3.205, y
  • 2018 – 2.736.

Con ello podemos percatarnos que, de 1988 a la fecha, la concentración de partidos o bien, el número efectivo de partidos fue mayor 2 y en el peor de los casos cercano a 3 (1988).

Con lo anterior podemos afirmar que, de acuerdo al indicador N, las elecciones de 1988 fueron las menos competitivos y en contraposición las de 2006 fueron las más competidas.

El siguiente indicador es el denominado número de partidos (NP)[3]. NP es más empleado en las situaciones en las que se presenta un sistema multipartidista (como es el caso de México). Dicho esto, revisemos que resultados se presentaron para las últimas 6 elecciones.

El indicador NP arrojó los siguientes resultados:

  • 1988 – 1.859,
  • 1994 – 1.743,
  • 2000 – 2.194,
  • 2006 – 2.485,
  • 2012 – 2.377, y
  • 2018 – 1.585.

Como podemos apreciar, el indicador NP es más estricto y nunca toma valores superiores a N.

De aquí se desprende que, según los resultados del índice NP, las elecciones del 2018 fueron las menos competitivas, por el contrario, las del 2006 fueron las más competitivas.

El tercer indicador es un índice derivado de N, nos referiremos a él como N subíndice infinito (N_)[4]. Este indicador se emplea de manera conjunta con N cuando se asume que es una elección de al menos dos competidores efectivos. Vale la pena comentar que, en determinadas circunstancias, el valor de N y N_, tiende a ser idéntico. Además, N_ tiene la ventaja de tener un cálculo simple.

De análoga manera, procedemos a revisar los resultados de N_:

  • 1988 – 1.986,
  • 1994 – 2.054,
  • 2000 – 2.352,
  • 2006 – 2.785,
  • 2012 – 2.618, y
  • 2018 – 1.880.

Con esta información podemos aseverar que, de acuerdo al indicador N_, las elecciones del 2018 fueron las de menor competitividad, mientras que las del 2006 fueron las más competidas.

 Pasemos ahora al último indicador. Este índice es empleado en otras disciplinas como la economía, sin embargo, para temas electorales es conocido como “número de autonomías” (NA)[5]. El indicador supone que “a mayor grado de dominancia de uno o dos partidos en un sistema, menor número de partidos autónomos”[6]. NA adquiere un valor superior a 2, cuando dos partidos opositores logran una votación superior al partido más votado y por debajo de ese valor cuando no la alcanzan.

Echemos un ojo a los resultados de NA:

  • 1988 – 1.934,
  • 1994 – 1.799,
  • 2000 – 2.194,
  • 2006 – 2.657,
  • 2012 – 2.737, y
  • 2018 – 1.602.

Con ello se puede sostener que, de acuerdo al indicador NA, las elecciones más competidas fueron las de 2012 y en contraste las de 2018 fueron las menos competitivas.

Una vez revisados los últimos resultados, nos vemos obligados a caer en la comparación entre los diversos índices, en lo que respecta a sus resultados e hipótesis. Para ello conviene apoyarse en Fig. 1 que se muestra más delante.

Como podemos observar, los cuatro indicadores guardan sus coincidencias en los que refiere a la identificación de las elecciones más y menos competitivas.



En lo que corresponde a las elecciones más competitivas, tres indicadores (N, N_¥ y NP) sugieren que fueron las del 2006. Ojo que aquí no refiere el hecho de que las distancia entre el primero (Felipe Calderón) y el segundo (Andrés Manuel López Obrador) fuera de unas décimas; lo que plantean es que pudo ser una elección de tres partidos, pues la distancia entre los punteros y el tercer lugar fue de 13 puntos porcentuales, además de que el puntero no alcanzaba una mayoría absoluta.

Ahora bien, en lo que corresponde a las elecciones menos competitivas, notamos como en tres de los indicadores (N_¥, NP y NA) son las más recientes elecciones las menos competidas de los últimos 20 años, peor aún, en ninguno de los tres indicadores se alcanza el umbral de las 2 unidades, lo que en términos simplistas se podría interpretar como “de los dos no se hace uno” refiriéndome desde luego a los candidatos Ricardo Anaya y José Antonio Meade.

Estos son solo números, sin embargo, ayudan a desnudar el trágico acontecimiento del pasado 1 de julio. Y por trágico no me refiero únicamente al hecho de que AMLO haya sido electo, sino que de acuerdo a los números, no hubo quien fuera capaz de darle una digna competencia.

*Efrén Zúñiga es Licenciado Economía por la Universidad de Guanajuato. @EfrenZuS

[1] M. Laakso y R. Taagepera, “Efective Number of Parties: A Measure whit Application in to West Europe”. Compartive Political Studies, núm. 12, 1979, pp. 3-27.

[2] Esta misma explicación se aplicará en el resto de los índices (NP, N_¥ y NA), entre otras cosas que mencionaremos más delante, lo que diferencia un indicador de otro es la forma en que se estiman dichos valores, así como la interpretación, por ello se omitirá reiterar la explicación en el resto de esta colaboración.

[3] Juan Molinar, “Counting the number of parties: an alternative index”, The American Political Science Review, vol. 85, núm. 4, diciembre 1991, pp. 1383 – 1391.

[4] Rein Taagepera, op. cit., pp. 497-504.

[5] Pascual García Alba, “El índice de dominancia y el análisis de competencia de las líneas aéreas mexicanas”, Gaceta de Competencia Económica, núm. 1. marzo-agosto, México, 1998, pp. 15-32.

[6] Ricardo de la Peña, “El número de autonomías y la competitividad electoral”, Política y Cultura, 2005, núm. 24. Pp. 497-504.