Tag

Crisis

Browsing

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

El 20 de abril de 2020 fue un día fatídico para la historia de la industria petrolera, con precios que se desplomaron a -37 dólares por barril. Aunque esto fue una aberración debido a la caída global en medio de la pandemia COVID-19 y al miércoles s6 de mayo los precios se han “recuperado” al rango de 20 dólares por barril, está claro que los viejos tiempos de la bonanza petrolera (cuando los gobiernos corruptos podían contar con precios de hasta 100 dólares por barril para financiar sus regímenes), se han ido para siempre. En los próximos años, las corporaciones que sobrevivan en el negocio del petróleo serán aquellas con 1) equipos modernos, 2) buena administración y 3) una sólida cultura de innovación. A PEMEX le faltan las tres.

Petróleos Mexicanos se ha convertido en un símbolo nacional de corrupción y es una de las petroleras más endeudadas e ineficientes del mundo entero. A pesar de los supuestos esfuerzos del gobierno para rescatar la compañía, las pérdidas de PEMEX se duplicaron el año pasado, pasando de 9,575 millones de dólares en 2018 a 18,367 millones de dólares en 2019 y luego a casi 22,000 millones de dólares en el primer trimestre de 2020.

Es un muerto viviente, con una infraestructura tan anticuada que en febrero de 2020, cuando todavía no llegaba la pandemia, su producción de gasolina cayó en un 24%, su producción de diésel cayó en un 36% y sus exportaciones de petróleo se desplomaron en un 32%, mientras que la empresa apuesta por una “inversión” de 8,000 millones de dólares en la refinería de Dos Bocas, un proyecto que casi toda la industria ve con escepticismo por los daños ambientales y la alta propensión a las inundaciones en la zona. Con este tipo de antecedentes, no es de extrañar que incluso antes del vodevil del 20 de abril dos de las tres principales agencias calificadoras (Moody’s y Fitch) ya habían rebajado la calificación de PEMEX al nivel de bonos basura y que una eventual quiebra sea prácticamente segura.

Así que, en síntesis: PEMEX es una empresa en su lecho de muerte, con niveles de deuda irremontables, una infraestructura casi colapsada, una sombría historia de corrupción, posibilidades casi nulas de recuperarse y una carga que amenaza con ahogar toda la economía mexicana. Y todo eso ya era ANTES de la pandemia y la recesión global subsiguiente. Por lo tanto, el diagnóstico debe ser claro. La única forma racional de avanzar sería preparando a PEMEX para su bancarrota, buscando posibles inversores o construyendo una estrategia para minimizar los daños del inevitable colapso. Pero no. Eso no sucederá.

En lugar de dejarla descansar en paz, el gobierno mexicano ha optado por derramar los pocos recursos que aún posee en un esfuerzo delirante por traer a la empresa estatal de vuelta de la muerte y convertirla en una piedra angular de la economía nacional. El 2 de abril, el presidente López Obrador tomó el control directo de varios fideicomisos cuyo valor combinado se acerca a los 30 mil millones de dólares, para usar ese dinero en respaldar a PEMEX (junto otras “prioridades”) y el 21 de abril, el gobierno federal le dio a la compañía otros $2.7 mil millones de dólares en forma de reducción de impuestos.

La pregunta es, ¿por qué? Por supuesto, gran parte del misterio puede explicarse con el famoso aforismo de Thomas Sowell: Es difícil imaginar una forma más estúpida o más peligrosa de tomar decisiones que poner esas decisiones en manos de gente que no paga ningún precio por estar equivocada.

Sin embargo, parece haber más en esta historia que la mera incompetencia de un puñado de burócratas sin nada que perder personalmente en la apuesta. Detrás de la tragedia de PEMEX y la insistencia del gobierno en mantenerlo vivo hay más que irresponsabilidad. Hay fanatismo, puesen nuestro país el petróleo es mucho más que una mercancía. Es casi sagrado, un elemento vital en la adoración del estado.

Comenzó el 18 de marzo de 1939, cuando el gobierno cardenista decretó que todas las empresas locales de la industria petrolera (principalmente de origen estadounidense, británico y holandés) serían expropiadas para asegurar la “dignidad nacional” y la independencia. A partir de ahí, el gobierno creó una versión mexicana del “mito del Ejército Rojo” soviético; sólo que esta vez no se trataba de que los soldados comunistas hicieron retroceder a los reaccionarios en la Guerra Civil Rusa, sino de que los trabajadores mexicanos se levantaron para ocupar todos los puestos de alto rango, que habían estado en manos de los extranjeros y convirtieron a PEMEX en una potencia a través de la pura fuerza de su patriotismo.

Esa historia fue predicada durante décadas. Incluso en los años noventa, e incluso en las escuelas católicas privadas (como las que asistí cuando niño), cada mes de marzo se llenaba de referencias al supuesto heroísmo que había detrás de la expropiación de la industria petrolera. Los maestros nos contaban, casi con lágrimas en los ojos, sobre los niños que en 1939 le habían dado sus alcancías al presidente Cárdenas para ayudarlo a pagar la expropiación.

Así, el gobierno logró convertir a PEMEX primero en un monopolio y luego en fuente de orgullo nacional y en el pilar de la legitimidad del régimen. La sacralidad del petróleo en el altar del Estado alcanzó su punto máximo a partir de los 70’s, tras el descubrimiento de enormes reservas en el Golfo de México, que llevaron al presidente López Portillo a proclamar que a partir de entonces el reto de México sería “administrar la abundancia”, porque PEMEX era nuestro boleto al primer mundo.

Pero, como siempre sucede, la realidad se impuso. La supuesta abundancia se convirtió en una enorme crisis económica y el sindicato de trabajadores petroleros de PEMEX, liderado por Joaquín Hernández “La Quina”, se convirtió en una organización cuyos métodos habrían hecho sonrojar a Jimmy Hoffa. Mientras los líderes del sindicato se convertían en magnates con el dinero y los privilegios otorgados por el gobierno, los trabajadores de base acumularon una serie de “conquistas laborales” y beneficios inauditos en el resto de la economía mexicana, ahogando a la empresa en exceso de personal y despilfarros. Hernández Galicia fue arrestado en 1989, pero PEMEX y su sindicato permanecieron casi igual de corruptos. En el 2000 el sindicato financió ilegalmente la campaña presidencial del candidato del régimen, durante los gobiernos de Fox y Calderón acumuló un culebrón de escándalos y en el 2016 la empresa estuvo directamente involucrada en la trama de sobornos de la multinacional Odebrecht.

Por supuesto, la corrupción de PEMEX no fue un incidente aislado. Todas las empresas controladas por el gobierno mexicano (en ramas desde los teléfonos hasta la energía, bancos, distribución de alimentos e incluso bebidas alcohólicas) eran desastres andantes que habían convertido al país en una tierra distópica de opresión burocrática. Sin embargo, a principios de los 1990s, el Gobierno vendió casi todas ellas y rompió el monopolio estatal en industrias como la banca, el servicio telefónico y los ferrocarriles. Las únicas excepciones importantes fueron las compañías eléctricas y PEMEX, en la industria petrolera.

En 2013 la reforma energética permitió cierta medida de competencia privada en los negocios de petróleo y gasolina en México, pero PEMEX se mantuvo como el actor dominante. Aún así, millones de mexicanos sintieron que esta reforma equivalía a una traición a la patria, y el actual presidente López Obrador hizo campaña con la promesa de dar marcha atrás y devolverle a la petrolera su antigua “gloria”. Obrador no ha revocado la reforma energética – hasta ahora, pero ha detenido cualquier otra privatización, ha proclamado oficialmente que proteger a PEMEX equivale a “rescatar la soberanía nacional” y su administración está bombeando miles de millones de dólares en lo que todo el mundo sabe que es una causa perdida.

Ese es el poder de los mitos construidos por el Estado. Desde el 2017, cuando se abrieron las primeras gasolineras independientes a PEMEX, la mayoría de la gente ha optado por llenar sus tanques en Shell, Mobil, BP, o Chevron, pero muchas de esas mismas personas gritarían con ira ante la idea misma de privatizar PEMEX: ¡¿CÓMO TE ATREVES? ¿ERES UN TRAIDOR?!

Esa imagen de los niños de 1939, alineados con sus alcancías en la mano para ayudar al presidente Cárdenas, todavía está impresa en sus mentes. Son incapaces de entender que el petróleo es mercancía, no soberanía; y están dispuestos a sufrir un mal servicio, un sindicato corrupto y un monopolio criminal sólo para sentir que no están traicionando a esos niños. Eso es más que una mera irresponsabilidad. Es fanatismo.

Este artículo fue publicado originalmente (en inglés) por Mises.org

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra*

Apenas pueden exagerarse las graves consecuencias que tendrá la pandemia de COVID-19 para la economía mexicana: Algunos reportes ya hablan de una caída en el PIB anual del -7 por cierto (tras el nulo crecimiento del 2019) y del -35% en el correspondiente al segundo trimestre del año (y sin el socorro del petróleo en las finanzas públicas, que ya anda en casi los 10 dólares por barril, costando más producirlo que venderlo); se preve la pérdida de miles de empleos en áreas como turismo y servicios: sólo en turismo se habla de medio millón de empleos que se perderán en el país; las consecuencias sobre las microempresas (4.1 millones de establecimientos) y pymes (112 mil) serán devastadoras: En unos días más de inactividad productiva, no podrán pagar la nómina de más de 30 millones de mexicanos a los que dan empleo, ni impuestos, ni créditos pendientes; en el país ya empiezan a darse saqueos en establecimientos comerciales, que podrían generalizarse en poco tiempo; y pronto veremos nuevos conflictos con EEUU, por la indetenible y urgida migración desde México y Centroamérica. Y el problema apenas inicia: Hasta el sábado pasado, el gobierno mexicano hizo un llamado a permanecer en casa por al menos 30 días.

Y mientras el país se derrumba, el gobierno está ausente y el presidente López Obrador paseando y haciendo lo que mejor sabe hacer: Asustando a la inversión productiva, destruyendo riqueza y sembrando más desconfianza y polarización. 

En el recuento final de la gestión mundial para detener al COVID, seguramente los esfuerzos del gobierno mexicano serán un ejemplo, un ejemplo de lo que no debe hacerse: Sin la realización oportuna de pruebas, ni una estrategia temprana de detección desde los aeropuertos; sin la compra oportuna de equipos y materiales; subvalorando el problema, con un presidente diciendo y haciendo una cosa y la Secretaría de Salud diciendo otras; con un presidente, perdido, anunciando que el 19 de abril terminaría la emergencia, frente al coordinador de los esfuerzos oficiales que lo lisonjea y le da por su lado; enfrentando la emergencia con un sistema de salud devastado, desabastecido y en ruinas, por malas decisiones recientes; sin protocolos de qué hacer con los enfermos en las instituciones de salud y ni siquiera contar con áreas confinadas; obstaculizando a los gobiernos locales que decidieron actuar a tiempo; con la sospecha creíble de que se ocultó la real incidencia y el número de muertes… todo lo que no debía salir mal frente a la emergencia del COVID-19, el gobierno mexicano se empeñó en hacerlo mal y a destiempo.

Y peor: La emergencia sanitaria se veía venir desde enero y el gobierno mexicano decidió no hacer nada, por irresponsabilidad o por simple falta de recursos, tras el despilfarro de los mismos en los proyectos faraónicos del presidente. Lo que ha ocurrido debería ser un escándalo internacional.

Vendrá la segunda emergencia, la económica, la más dura y que tendrá una incidencia mayor que la sanitaria, y para la que el gobierno tampoco está preparado: Sus únicas decisiones reales han sido pedirle a las empresas y las personas que sigan pagando impuestos, “por solidaridad”, sin importar la caída en la actividad, y amenazar a las empresas que decidan bajar sueldos y/o dejar de emplear a sus trabajadores. Por parte del gobierno de López Obrador, ni un solo sacrificio: La única solidaridad que entiende es para consigo mismo, nunca con los demás. Así, se ratifica una vez más que no importa cuánto hablen los políticos de solidaridad: jamás la tienen para con los contribuyentes ni los productores (Thomas Sowell dixit). 

México va camino a la peor crisis de su historia, con destrucción de la planta productiva, desempleo masivo y una catástrofe sanitaria nunca antes vista. Mientras el gobierno mexicano está desorientado y sin liderazgo, y en Palacio Nacional, López Obrador sigue comiendo pasteles.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

Quien haya acuñado la famosa frase “López Obrador es un peligro para México”, fue un buen adivino o un gran profeta. En unos meses, efectivamente, López Obrador colocó a México cerca de una gran catástrofe económica.

En el sexenio pasado se creció, por ejemplo, todos los trimestres. Y entonces nos parecía mediocre un crecimiento anual del 2%. En contrate, con Andrés Manuel López Obrador, en solo siete meses de gobierno, llevamos dos trimestres seguidos contrayéndose la economía, generando más pobreza, desempleo. Y ciertamente, no se ve en el corto plazo ninguna solución que nos saque del actual retroceso. Al contrario.

La economía mexicana es hoy una economía llena de sombras, incertidumbres. Y se le acumulan: Hay desconfianza sobre las políticas públicas y los proyectos improductivos del presidente López Obrador, que ahuyentan y limitan la inversión; sobre la falta de garantías y seguridades en México, frente a la inacción de un gobierno incompetente; sobre las siempre presentes presiones comerciales de Donald Trump; sobre si nos afectará aún más la Guerra comercial entre EEUU y China, que desacelera la exportación de manufacturas; sobre una posible próxima desaceleración en la economía estadounidense, durante 2020, y para la cual México, como siempre, no está preparado; sobre la actual desaceleración económica internacional…

Las dudas se acumulan si sumamos la inconclusa aprobación del T-MEC; los problemas financieros de PEMEX, con la petrolera estatal siempre al borde de la quiebra, arrastrado consigo a la calificación crediticia del país; el alza en el servicio de la deuda mexicana por el aumento en los réditos; la perspectiva de que algunas calificadoras, como Moody’s, puedan disminuir aún más la calificación soberana del país, originando de inmediato una salida masiva de capitales del país…

El Bank of America habló hace unos días de que la economía mexicana se encontraba en “recesión técnica”; sólo faltaría algo de tiempo para confirmarla. Sería la primera recesión originada por factores internos en 23 años. Recordemos que entre 2008 y 2009 México vivió una recesión, pero originada por la crisis subprime internacional. Esta es una recesión sin ningún factor de crisis económica externa o interna que la explique, con una economía estadounidense floreciente y dinámica, con alto crecimiento. Una recesión, la actual, originada por los desvaríos económicos del régimen de López Obrador.

López Obrador fue un buen candidato, a pesar de frases como las señaladas, pero ha sido un mal presidente, por soberbia, arbitrariedad e ineptitud. Lo que ha causado en su gobierno no se llama recesión en realidad, sino simple socialismo, redistribución para aumentar la pobreza, populismo autoritario: su gobierno ha sido solo tirar dinero, a la basura, o creando clientelas personales y perdiendo credibilidad frente a inversionistas y mercados, con solo un “yo tengo otros datos” para justificar sus errores.

Al respecto, los argumentos utilizados por López Obrador y sus personeros para hablar de una “economía que va muy bien”, solo se refieren al trabajo de las instituciones especializadas, como el Banco de México, en relación con la inflación. O al nivel cambiario del peso, solo sostenido por las altas tasas de interés que debemos pagar. Pero los fundamentos económicos se están resintiendo: La casa se incendia y solo el inquilino presidencial y sus empleados no lo ven.

López Obrador prometió un crecimiento anual del 4% durante su gestión y un superávit primario del 1%. Estamos muy lejos del primer objetivo, sin acciones creíbles para alcanzarlo, y sobre el segundo, en algún momento López Obrador decidirá entre sostener el equilibrio de las finanzas públicas o regalar todo el dinero que quiere y cree necesitar: De allí su empecinamiento por rescatar a PEMEX contra toda evidencia. Sueña a PEMEX como esa PVDSA que sostuvo al régimen chavista y su popularidad durante muchos años.

Con la pelea de López Obrador con los mercados financieros (una pelea perdida de antemano), quizá ya cruzamos el punto donde el gobierno y el presidente perdieron toda confianza de inversionistas y mercados, siendo irrecuperable en lo que resta al final del sexenio, en 2024. De cualquier modo, el papel de López Obrador debiera ser, de ahora en adelante, el de generar la mayor confianza aún posible entre ellos. El presidente todavía puede evitar que miles de empresas quiebren y millones de empleos se pierdan. Evitarlo será la real medida de éxito de su gobierno.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

El presidente López Obrador está a unos días de cumplir sus primeros cien días de gobierno. A las puertas de esa fecha, siempre significativa en las efemérides de cualquier gobierno, las malas noticias económicas se le siguen acumulando a su administración, junto con otras de índole política, producto de malas decisiones. Así, por ejemplo, la principal calificadora internacional de riesgo crediticio, S&P, bajó la perspectiva de calificación del país, de estable a negativa, aduciendo menores previsiones de crecimiento económico y la inviable situación de pagos de PEMEX.

Si en unos meses se concreta dicha baja crediticia del gobierno mexicano y, a mediano plazo, consecuentemente se produce la pérdida del grado de inversión del país, esto significará de inmediato una corrida financiera de grandes proporciones, un muy elevado costo para la deuda del gobierno mexicano y una mayor escasez de recursos, con su impacto correspondiente en el crecimiento del país y en la economía de todos los mexicanos.

La eventualidad de un escenario de este tipo probablemente no significará una crisis económica como las que el país sufrió de 1976 a 1995. México avanzó mucho en estos últimos 25 años en materia de solidez macroeconómica. Por ello, tal escenario quizá sólo se refleje en un crecimiento aún más bajo (1.5%) que el de los últimos 20 años (2.6%), muy lejos de la promesa de López Obrador de alcanzar un 4% anual. La economía mexicana entraría entonces en un estado de semi-letargo, durante un lapso imprevisible de tiempo.

Una vez terminada la fiebre del “dinero gratis” vía los subsidios que está otorgando a su clientela política, López Obrador será evaluado muy seguramente por su manejo económico y su real aporte a la estabilidad económica, al crecimiento del país y a la mejora en la economía de los mexicanos. En tal sentido, el juicio social no será benigno, a diferencia de hoy, donde la opinión pública todo le festeja, cebada y enceguecida por esa idea del “dinero gratis”.

Ese festejo social interesado es un estímulo al comportamiento irresponsable del presidente, quien en lugar de estar preocupado por el difícil escenario económico que se avecina y que él ayuda a construir todos los días, sigue adelante con su agenda propia: Autosuficiencia energética y alimenticia, inutilizar varias reformas estructurales recientes, continuación de varios proyectos faraónicos de infraestructura, su lucha contra las “mafías del poder” (la última: La mafía del poder de las mujeres!), etc.

Y es su comportamiento diario, el que ha ahondado la desconfianza de empresarios e inversionistas. Así, López Obrador es un presidente de pastelazos: Todos son malos, menos él. Todos son corruptos y neoliberales, menos él. Habla siempre de un pasado idílico, sólo existente en su memoria, cuando era beneficiario del sistema corrupto, populista y autoritario del viejo PRI. Promete regresar a etapas irrevocables como las del “desarrollo estabilizador” de los 60s o de “economía mixta” de los 70s. La suya es una visión donde todo se resuelve dando subsidios. Y donde todo crítico es su enemigo personal y además, corrupto conservador. Y siempre es posible culpar a otros de los fracasos propios.

En estos casi cien días de gobierno, ha quedado claro que López Obrador es un presidente lleno de prejuicios, frases hechas, datos erróneos o mal interpretados y peor comprendidos. El país donde vive López Obrador, es el del siglo XIX, con su pugna entre conservadores y liberales. La suya es una visión maniquea y reduccionista. Así, una metáfora de su comportamiento es equipararlo con esos muñecos que “hablan”, con un número limitado de frases. Quizá un “menuco” en la silla presidencial daría mejores resultados, comparativamente: al menos habría evitado sus peores decisiones.

López Obrador podrá culpar a los medios o a sus críticos y entonces satanizarlos, o bien, modificar cuantas leyes quiera para que todo el país se alinee vertical y autoritariamente a sus deseos. Pero todo ello no modificará la realidad, donde empieza a emerger una cada vez más inevitable amenaza económica para el país. En suma: El fenómeno ya conocido en México y toda América Latina cuando la izquierda más irresponsable y derrochadora ocupa el poder.

Finalmente: En los últimos días, he encontrado una legítima inquietud en muchas personas sobre qué hacer frente a las cada vez más desacertadas decisiones de López Obrador, sobre cómo evitar tal escenario de quiebra y ruina. Es difícil decirlo. Lo único cierto es que todos podemos hacer algo involucrándonos en la crítica y la exigencia. No todo son soluciones “mágicas”, como crear otro partido político o esperar a que la oposición política recupere su vocación. Más bien pasa por el involucramiento personal de cada individuo, y usando cualquier herramienta a su alcance. Lo que usted no puede hacer es solo hincarse y esperar a que el vendaval llegue y se vaya. Eso no sucederá y lo más probable es que, si se hinca, dicho vendaval lo arrastre.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Dos artículos recientes se preguntan si llegó la hora de empujar a Nicolás Maduro fuera del poder en Venezuela. Uno es de Richard Hass, presidente del Council on Foreign Relations de EEUU. El otro fue escrito por Jorge G. Castaneda, ex secretario mexicano de Relaciones Exteriores. La revista colombiana Semana también dedicó su número más reciente al tema. Con distinta intensidad y argumentos, los tres trabajos se responden que pese al doloroso drama de la población venezolana, aún no están dadas las condiciones para un eventual Golpe de Estado o una intervención militar externa, existiendo aún algunos (pocos) recursos para presionar a Maduro y su régimen.

Pero el clamor para sacar del poder a Maduro se acrecienta. A mediados del recién concluido mes de septiembre, el propio secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) habló abiertamente de la posibilidad de una intervención militar para expulsarlo del poder. Donald Trump habla de lo mismo un día sí y otro también, mientras anuncia nuevas sanciones a funcionarios venezolanos, y se filtran informaciones de que militares rebeldes venezolanos se entrevistaron con funcionarios del gobierno Trump. Iguales declaraciones hace el nuevo presidente colombiano, Iván Duque, así como analistas militares norteamericanos.

A ello se suman otros acontecimientos que hablan de la creciente desesperación internacional en contra de Maduro, aunque ninguno de ellos tendrá un efecto inmediato y quizá tampoco ningún efecto práctico. Así, seis países americanos pidieron a la Corte Penal Internacional (CPI) que abra un proceso contra el gobierno venezolano por abusos a los Derechos Humanos, en la primera ocasión que Estados miembros refieren ante el tribunal a otro Estado miembro. Paralelamente, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU adoptó el jueves una resolución histórica sobre Venezuela en la que demanda al gobierno de Maduro “aceptar la ayuda humanitaria” para solucionar los problemas de falta de alimentos y medicamentos, y pidió a la presidente del Consejo, Michelle Bachelet, que presente un “informe completo” sobre la situación en Venezuela en la 41 sesión del Consejo, que tendrá lugar hasta junio de 2019.

Los organismos internacionales más respetados en materia de DDHH también echan luz sobre la “violencia armada endémica” en Venezuela, la cual ha provocado un aumento de las ejecuciones extrajudiciales practicadas por el Estado y que están especialmente dirigida hacia jóvenes pobres, y sobre las crecientes evidencias del grado de brutalidad dictatorial que ha alcanzado el régimen chavista bajo el mando de Nicolás Maduro. Hoy, Maduro es tan indefendible y tan impresentable como lo fueron en su momento Fidel Castro o Augusto Pinochet.

Pero a pesar de la creciente repulsa internacional en contra de Maduro y su régimen, conviene preguntarse si es obligación de los gobiernos, ciudadanos y contribuyentes de otros países el expulsarlo del poder, por cualquier medio. No sé que responderá usted, lector, pero en lo personal creo que no. Gobiernos y ciudadanías de América Latina ni siquiera pueden arreglar sus economías ni sus contrahechos regímenes políticos como para aspirar a arreglar medianamente bien los de Venezuela. Una solución real y duradera a la tragedia venezolana sólo puede venir de los propios venezolanos, que fueron, al final de cuentas, quienes eligieron a Maduro. Y en dos distintas oportunidades, en una reiteración de lo que, ya en el siglo XVI, Étienne de La Boétie llamó, no sin cierta perplejidad, la “servidumbre voluntaria”.

Al respecto, no debemos subestimar el apoyo popular con el cual aún cuenta Maduro dentro de Venezuela: Mandatarios como Enrique Peña Nieto o Michel Temer estarían satisfechos con sus números. Si bien tal apoyo es claramente minoritario porque la mayoría de los venezolanos quiere un cambio, las evaluaciones recientes de su respaldo se mantienen, en parte debido a las políticas sociales de su gobierno, la inscripción (obligada pero creciente) en el llamado Carnet de la Patria (por el cual se distribuyen subsidios, bonos y racionamientos a las clientelas chavistas) y el aumento sustancial de los salarios, aunque tales aumentos pronto se desvanezcan en el aire hiperinflacionario. Podrá alegarse que tales instrumentos no son más que demagogia o perversidades populistas, pero son populares (como todo populismo, claro), le generan respaldo y le permiten a Maduro y al chavismo comprar tiempo.

Tiempo extra que vale el doble si consideramos que no hay actores en la oposición que sean, ahora, una alternativa real a Maduro. Esto en parte gracias a las duras restricciones y la represión contra la oposición, y también, por el desprestigio de la mayoría de los líderes opositores, por no hablar de que muchos de tales “opositores” no son más que versiones light de Maduro: creen lo mismo que él, en sus mismas “soluciones”, harían casi lo mismo que él, sólo que con manos limpias, lavanda y mejores modales.

¿Qué es pues lo que los países del continente pueden hacer para erradicar la podredumbre del chavismo, representada por Nicolás Maduro? Poco en realidad. Pero más de lo que han hecho hasta ahora. Podrían tratar de aislar diplomáticamente al régimen; perseguir financiera y judicialmente a sus principales funcionarios; dar y promover un mayor reconocimiento político y protagonismo a los actores en el exilio (aunque muchos ellos no sean más que chavistas caídos en desgracia); aplicar un embargo al petróleo venezolano, para retirar al chavismo todo soporte financiero; remover obstáculos para que los migrantes venezolanos sean inmediatamente productivos en los países de acogida. Pueden hacer aún algunas cosas, más allá de la sola retórica empleada hasta hoy, antes de siquiera plantearse apoyar un golpe de Estado o, peor aún, una intervención militar concertada.

Las experiencias de países como Irak o Afganistán o Ucrania muestran que una intervención externa no resuelve ninguna crisis. Al contrario: las perpetúa. Máxime en un escenario como el venezolano, en donde Cuba, Irán y China comandan allí una intervención de baja intensidad. La dura realidad es que una intervención militar externa en Venezuela no es la panacea para sus actuales y gravísimos problemas. De hecho, es posible que empeorara las cosas en una vorágine de extremismos, oportunismos y guerra civil. Al respecto, es útil recordar lo que dijo Ron Paul a propósito de la crisis en Ucrania: El intervencionismo mata.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Argentina, otra vez en caos, otra vez en megadevaluación, a pesar de que el Banco central incrementó drásticamente la tasa de interés de referencia al 60%, el peso argentino se ha devaluado más de un 25% frente al dólar en menos de una semana, pasando de aprox. 30 a hasta 42 pesos por dólar.
De esto, que en México viviamos hasta principios de los 90’s fue de lo que nos libramos con los gobiernos sensatos de Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. Ojalá que el Presidente López Obrador siga rodéandose más de zedillistas que de populistas viejos. Ojalá que México sigamos viendo con pena ajena la necedad de los argentinos en lugar de volver a sentir verguenza propia nuestra propia necedad.
 
Y, por cierto, desde hace meses Javier Milei, a quien entrevistamos en mayo pasado, durante su gira con México Libertario, estaba advirtiendo que esto pasaría, pero el idiota de Mauricio Macri se aferró a sus keynesianos. ¡Ahora que se joda! y a ver si por fin aprender los argentinos esa lección que en México entendimos desde hace 30 años. 
Aquí la entrevista:

Por: Víctor H. Becerra*

El mundo está con el Jesús en la boca, atestiguando expectante la crisis financiera en la que se hunde Turquía. Así, la moneda de Turquía, la lira, se desplomó un 25% en los últimos días, sus mayores pérdidas en una década, en el contexto de los problemas diplomáticos de Turquía con EEUU y el gobierno de Donald Trump, arrastrando a los bonos y divisas de los mercados emergentes a sus niveles más bajos en un año. ¿Tendrá la turbulencia económica de Turquía un efecto aislado o, más bien, de contagio, como muchos temen, desatando una crisis global?

Al respecto, precisemos primero que Turquía no está en crisis por Trump o porque el mundo le tenga mala voluntad al gobierno turco. En realidad su crisis se vino gestando en los últimos años, como resultado de la propensión de su gobierno y sus empresas a endeudarse con créditos baratos, para hacer crecer más su economía y, de paso, apuntalar la popularidad del presidente Recep Tayyip Erdoğan. Esto provocó un enorme deficit fiscal, mientras los créditos comenzaron a encarecerse en el último año, irremediablemente. Las señales de deterioro eran claras desde hace tiempo: La lira se ha devaluado 45% desde principios de año y apenas el mes pasado Turquía tuvo una inflación del 16%.



A ello sumemos la irresponsabilidad política: el presidente Erdoğan asumió la presidencia de Turquía hace apenas un mes, tras recibir el 53 por ciento de los votos, para un nuevo periodo con poderes mucho más amplios y casi mayoría absoluta en el Congreso. Así, nombró a su yerno como ministro de Finanzas, asumiendo un control personal sobre la economía, y socavó la autonomía del banco central, al protestar contra la posibilidad de tasas de interés más altas, la única salida a la crisis, argumentando que aumentarlas causaría más inflación, cuando en realidad harían lo contrario y retendrían inversiones nerviosas. En su lugar, como buen dictador, ha responsabilizado de su crisis a los especuladores, a Trump, a la Unión Europea, etc. y propuesto soluciones irreales y erráticas. Pero lo único que ha logrado es extender la creencia en los mercados mundiales de que ha perdido contacto con la realidad, avivando la desconfianza y la percepción de riesgo.

Al margen, cabría preguntarse porqué estas charlatanerías económicas y teorías de conspiración, tienen oídos receptivos en tantos dictadores y gobernantes autoritarios y populistas, como escribió recientemente la profesora rusa Nina Khrushcheva. Así, las ideas de Erdoğan sobre los efectos inflacionarios de aumentar las tasas, se corresponden a las ideas de, por ejemplo, Trump sobre el déficit comercial, de Maduro y Cristina Kirchner sobre la emisión monetaria y los controles de precios, de Lula y Dilma Rousseff sobre las virtudes interminables de estimular el mercado interno, o de López Obrador sobre la autosuficiencia alimentaria. Quizá dictadores y autoritarios de toda laya les prestan oídos porque les permiten acrecentar su popularidad y poder, mientras socavan a instituciones y rivales renuentes a su control, y no las corrigen tras sus malos resultados, porque se arriesgan entonces a enajenarse el apoyo de los leales con que aún cuentan.

El contagio de la crisis turca ha sido más bien moderado, hasta ahora: Argentina, Rusia, Sudáfrica, Indonesia, India. Pero aún tiene el potencial de convertir una crisis local, restringida, en una global, sin control. Los inversionistas extranjeros tienen miedo. De modo que han estado sacando dinero de Turquía. En la práctica, eso significa que venden liras y compran dólares u otras monedas. Y lo mismo han hecho otros inversores en países emergentes, empezando a deshacer algunas posiciones en bonos y acciones, generando reacciones en cadena en los mercados financieros.

Una de las vías a través de las cuales el problema se extiende es el sistema bancario. Es lo que está pasando con los bancos europeos y especialmente, con los españoles BBVA y Santander, con muy fuertes posiciones en Turquía y también en América Latina. Esto sucede porque los bancos prestan dinero a compañías, inversionistas y gobiernos. Conforme quienes recibieron los préstamos no pueden cumplir con sus pagos, en los países afectados por una crisis, causan pérdidas enormes que amenazan la salud del sistema financiero a miles de kilómetros de distancia.

Hasta hace un año, los mercados prestaban dinero a prácticamente cualquiera que alzara la mano. Eso ya terminó. La subida de tipos en Estados Unidos hace cada vez menos atractivas estas arriesgadas inversiones. Ya hay un rechazo al riesgo que representan los mercados emergentes. Al mismo tiempo, un dólar más fuerte representa malas noticias para los países y compañías que piden préstamos en dólares, ya que un dólar más caro hace más difícil pagar los préstamos en esa moneda.

Por ello, ahora los países, entre ellos muchos de América Latina, deberán hacer en tiempos extras lo que no hicieron cuando podían y debían: mantener variables macroeconómicas estables, como un superávit primario, baja inflación, control en el crecimiento de la deuda, reducir el gasto público y disciplina fiscal, así como actuar con seriedad en todas sus decisiones, a fin de resistir mejor los vaivenes económicos y la percepción de riesgo sin distingos.



Aún es pronto para saber si la crisis turca acabará teniendo un impacto significativo en otros países. Todo depende de que Erdoğan tome pronto la amarga medicina de la disciplina fiscal, financiera y monetaria. Al respecto, antes de fin de año, gobierno y acreedores privados en Turquía deben efectuar una reestructuración de la deuda por valor de 230,000 millones de euros, lo que corresponde a más de una cuarta parte del producto interno bruto de ese país.

Esto abre la posibilidad de que los problemas financieros en ese país puedan expandirse entonces a otros países de rápido crecimiento. Así, naciones como Colombia, México o Brasil podrían ser las siguientes en resentir sus efectos, en un contexto donde el crecimiento de los emergentes es el día de hoy muy relevante para la economía mundial. Por ello, la crisis en Turquía debería preocuparnos (y ocuparnos) a todos.

Finalmente: Lo de Turquía es una muestra más de cómo las decisiones irresponsables de un líder carismático y demagogo, sin contrapoderes, pueden arruinar a un país prometedor, una lección que hemos repasado una y otra vez en América Latina, con pocos resultados.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]a economía mexicana se había mantenido relativamente inmune a la posibilidad de que Andrés Manuel López Obrador triunfe en las próximas elecciones presidenciales. Hasta estos días, en los que esa inmunidad parece haber caducado. Los economistas discuten si la reciente volatilidad en el tipo de cambio se debe a que los mercados comienzan, ahora sí, a procesar el peligro que López Obrador representa. Para algunos, los movimientos cambiarios tienen más que ver con otras causas: Siria, Corea, la revisión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el aumento de tasas de referencia en EEUU, etc. Aunque lo cierto es que suceden tras un duro desacuerdo entre el candidato presidencial y los empresarios, especialmente con Carlos Slim a propósito del nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, lo que da solidez a la idea de que son una reacción a su prominente posición en las encuestas.



Desde la resignada idea de dar el beneficio de la duda a un posible gobierno de López Obrador, se ha pasado dramáticamente en unos días hasta una creciente alarma por sus propuestas, sobre todo entre empresarios y analistas financieros. Así, comienzan a circular escenarios de un fuerte deterioro en los principales indicadoreseconómicos tras un posible triunfo de López Obrador: aumento de inflación, altas tasas de interés, salida de inversiones, y se habla, incluso, de que el precio del dólar podría llegar a los 25 pesos por dólar, desde los 19 en la actualidad, lo que sería una verdadera hecatombe para la economía y para todos los mexicanos.

La creciente autoconfianza en su probable triunfo ha estimulado de más la lengua de López Obrador y de sus aliados (sin contar a su enorme ejército de bots y troles con que ataca a sus críticos, y en el que el racismo, el clasismo, la misoginia y la descalificación son casi su monopolio), llevándoles a prometer, envalentonados, desde una confusa amnistía a delincuentes, hasta la expropiación de todas aquellas empresas que no se plieguen a los designios del nuevo gobierno, pasando por una autosuficiencia alimentaria, mediante el control de precios, en detrimento del floreciente sector exportador agropecuario, o la reiterada amenaza de echar atrás todas las reformas estructurales en economía y educación. Cualquiera de estas propuestas, por sí sola, cimbraría esta u otra economía. En conjunto, son un programa económico que ha resultado una gran catástrofe donde quiera que se ha aplicado.

La hemorragia discursiva de López Obrador en esta campaña, y los efectos que ya se dejan ver en la economía real de todos los mexicanos, reflejan bien uno de los problemas esenciales de nuestras democracias: los políticos promueven ideas y toman decisiones que afectan a todos pero jamás asumen un costo personal cuando éstas salen mal. Cuando eso sucede, saltan al siguiente puesto, a promover otras ideas y tomar más decisiones… sin ningún tipo de consecuencia directa para ellos.

Pensemos solo en todo el daño irreparable que López Obrador ya ha causado a la economía mexicana y al bienestar de todos los mexicanos

Así vistas las cosas, para avanzar en democracias más eficientes y sociedades más justas, deberíamos exigir que aquellos que toman decisiones de gobierno y que impulsan políticas públicas se vean de algún modo afectados por las consecuencias de lo que hacen y promueven, pues siempre es fácil ser generoso, creativo y arriesgado cuando los demás pagan la cuenta.

La diferencia, esencial, ahora, es que López Obrador y sus aliados están pidiendo el voto. Lo necesitan con premura y desesperación, para tener algún chance de concretar sus proyectos y continuar sus carreras. De algún modo, negarles ese voto sería el único mecanismo de rendición de cuentas a nuestra alcance. Y antes de que las consecuencias sean peores: Peores para nosotros, claro, pero sin ningún costo para él ni sus aliados durante los siguientes años.

Negarles ese voto no debiera ser difícil. Pensemos solo en todo el daño irreparable que López Obrador ya ha causado a la economía mexicana y al bienestar de todos los mexicanos: Los bloqueos petroleros de 1995, la incontrolada corrupción durante su gobierno en Ciudad de México entre 2000-2005, la crisis política y el cierre del Paseo de la Reforma en 2006, los sindicatos casi delincuenciales que ha tutelado y que hoy se parapetan tras su candidatura, sus periódicos escándalos de corrupción (finalmente todos impunes), su permanente discurso de odio que ha dividido en bandos al parecer ya irreconciliables a la sociedad mexicana… Todos estos daños debieran ser una luz preventiva para sus actuales seguidores: Sus necesidades y proyectos realmente no le importan a López Obrador ni los comparte, le son ajenos, meramente instrumentales; de importarle, habría actuado de otra manera, sin cometer el mismo agravio una y otra vez. Lo único que le ha interesado, siempre, ha sido el poder y a él ha sacrificado el bienestar y los sueños de todos.

Es probable que la enorme ventaja de López Obrador apenas haya comenzado a erosionarse

Ha transcurrido solo una tercera parte del período asignado oficialmente a las campañas electorales. En este lapso, es probable que la enorme ventaja de López Obrador apenas haya comenzado a erosionarse, por su pésimo desempeño en el primer debate presidencial y por la inquietud económica que innecesariamente está causando, como veremos en las próximas encuestas. En los dos meses que restan, serán cada vez más visibles los altos costos de su posible triunfo. Y probablemente, una volatilidad económica más y más acentuada conforme se acerque el 1ero. de julio, lo que será un poderoso disuasor para muchos electores hasta hoy decididos a votar por él. Esperemos que el resto necesario para evitar su triunfo lo haga el propio elector, mediante una evaluación realista de los perjuicios reales que ha sufrido a manos de López Obrador en su ya larga carrera política.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra


Por: Luis Pazos*

[dropcap type=”default”]R[/dropcap]obert Lucas, profesor de la Universidad de Chicago, obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1995 por cimentar la teoría de las expectativas racionales, la cual señala que las acciones futuras de los agentes económicos: inversión, precios, tasas de interés, entre otras variables, son impactadas por lo que esperemos del futuro de la economía.

Por: Gerardo Garibay Camarena

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]o de Venezuela está dejando de ser tragicómico para quedarse en trágico a secas, literalmente, porque la cerveza se ha vuelto tan escasa que la gente desesperada saquea camiones de la marca “Polar” en plena carretera, mientras la cruda social y política provocada por la borrachera populista del chavismo, sigue destrozando a la república que alguna vez fue el ejemplo democrático de América del sur.