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Por: Víctor H. Becerra*

Socialistas, socialdemócratas, comunistas, progresistas, chairos eligieron a López Obrador pensando que respondería a muchas de sus demandas de inclusión, supuesta tolerancia y apertura. En realidad, llevaron a la Presidencia a un cerrado conservador, que por ejemplo, acaba de proponer el someter a una ilegal consulta popular la despenalización del aborto, sabiendo que dicha propuesta perdería. O que propuso al Congreso para ocupar un asiento en la Suprema Corte de Justicia a tres oportunistas militantes Pro-Vida. O que busca devolver, por vías del arreglo político ilegal y por mera orden presidencial, el registro a su partido aliado, el PES, de origen cristiano.  En realidad, a López Obrador no le importan ni tus expectativas, ni tus propuestas, amigos socialistas, socialdemócratas, comunistas, progresistas, chairos: para él tienen el mismo valor que tres kilos de reata comprados en la tienda de la esquina.

Igual sucede con tantos sinceros militantes pro-Estado, de fuerte ascendencia cepalina, que ven en el Estado a un instrumento para un país supuestamente más justo: el presidente López Obrador está decidido a desmontar mucho de ese Estado “justiciero” a golpes de capricho y arbitrariedad, y en favor únicamente de un proyecto personal de control político. Lo ha dicho en todos los tonos y por todos los medios, desde la destrucción del Seguro Popular, las estancias infantiles y los albergues para mujeres maltratadas, hasta su nombramiento de un delegado plenipotenciario con todo su poder en cada estado del país, pasando por la desafortunada declaración de una de sus funcionarias de que “AMLO es el Estado”. No hay en él, amigos estatistas, burócratas, ningún proyecto de fortalecimiento del Estado, ni de respeto a los contrapesos institucionales que permiten un mejor gobierno, sino un simple afán personalista de control y centralización del poder por el poder mismo. A ustedes también los engañaron. O se dejaron engañar por simple ambición y codicia.

En realidad, el hoy presidente López Obrador ofreció fantasías y engaños a sus distintas clientelas: A los empresarios les ofreció no cancelar el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México; a los consumidores de clase media, bajarles el precio de gasolinas y electricidad; a los mexicanos hartos de la inseguridad, la violencia y la corrupción sin freno del sexenio pasado, el regresar al Ejército a los cuarteles y castigar ejemplarmente la corrupción; a los artistas e intelectuales, el dar mayor apoyo presupuestal a la cultura. Y no sólo incumplió todas esas promesas y muchas más, sino que además, ya en el gobierno, hizo perder trabajo, sueldo, becas a muchos de los seguidores que lo apoyaron.

A todos esos militantes feministas, de izquierda, pro derechos LGBTI, pro aborto y de derechos de la mujer, a favor del Estado laico, en pro de una auténtica democracia sindical, de los derechos de los migrantes, miembros de la comunidad artística e intelectual, que lo apoyaron durante 18 años, en estos apenas cien días de gobierno, López Obrador les ha demostrado que no los quiere, que no le importan, que no los necesita ya, que están perdiendo su tiempo con él, que él está más a sus anchas con la derecha cristiana y que por ello, publica cartillas morales como nuevos catecismos republicanos y todos sus discursos y conferencias de prensa están salpicadas de prejuicios y referencias bíblicas. Y aún falta lo peor: Falta que demuestre que puede conjurar la crisis o el freno económico al que nos empuja día con día, azuzado con soberbia e ineptitud la desconfianza de empresarios, consumidores y mercados.

Y todo esto lo hizo apenas en los primeros 100 días de su gobierno, que se cumplieron este domingo. Y tristemente faltan aún 2,131 días más, en donde seguramente habrá nuevos decepcionados, quienes al fin se darán cuenta de que a Andrés Manuel no le importan ni le importaron, que sólo se importa a sí mismo.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

El presidente López Obrador está a unos días de cumplir sus primeros cien días de gobierno. A las puertas de esa fecha, siempre significativa en las efemérides de cualquier gobierno, las malas noticias económicas se le siguen acumulando a su administración, junto con otras de índole política, producto de malas decisiones. Así, por ejemplo, la principal calificadora internacional de riesgo crediticio, S&P, bajó la perspectiva de calificación del país, de estable a negativa, aduciendo menores previsiones de crecimiento económico y la inviable situación de pagos de PEMEX.

Si en unos meses se concreta dicha baja crediticia del gobierno mexicano y, a mediano plazo, consecuentemente se produce la pérdida del grado de inversión del país, esto significará de inmediato una corrida financiera de grandes proporciones, un muy elevado costo para la deuda del gobierno mexicano y una mayor escasez de recursos, con su impacto correspondiente en el crecimiento del país y en la economía de todos los mexicanos.

La eventualidad de un escenario de este tipo probablemente no significará una crisis económica como las que el país sufrió de 1976 a 1995. México avanzó mucho en estos últimos 25 años en materia de solidez macroeconómica. Por ello, tal escenario quizá sólo se refleje en un crecimiento aún más bajo (1.5%) que el de los últimos 20 años (2.6%), muy lejos de la promesa de López Obrador de alcanzar un 4% anual. La economía mexicana entraría entonces en un estado de semi-letargo, durante un lapso imprevisible de tiempo.

Una vez terminada la fiebre del “dinero gratis” vía los subsidios que está otorgando a su clientela política, López Obrador será evaluado muy seguramente por su manejo económico y su real aporte a la estabilidad económica, al crecimiento del país y a la mejora en la economía de los mexicanos. En tal sentido, el juicio social no será benigno, a diferencia de hoy, donde la opinión pública todo le festeja, cebada y enceguecida por esa idea del “dinero gratis”.

Ese festejo social interesado es un estímulo al comportamiento irresponsable del presidente, quien en lugar de estar preocupado por el difícil escenario económico que se avecina y que él ayuda a construir todos los días, sigue adelante con su agenda propia: Autosuficiencia energética y alimenticia, inutilizar varias reformas estructurales recientes, continuación de varios proyectos faraónicos de infraestructura, su lucha contra las “mafías del poder” (la última: La mafía del poder de las mujeres!), etc.

Y es su comportamiento diario, el que ha ahondado la desconfianza de empresarios e inversionistas. Así, López Obrador es un presidente de pastelazos: Todos son malos, menos él. Todos son corruptos y neoliberales, menos él. Habla siempre de un pasado idílico, sólo existente en su memoria, cuando era beneficiario del sistema corrupto, populista y autoritario del viejo PRI. Promete regresar a etapas irrevocables como las del “desarrollo estabilizador” de los 60s o de “economía mixta” de los 70s. La suya es una visión donde todo se resuelve dando subsidios. Y donde todo crítico es su enemigo personal y además, corrupto conservador. Y siempre es posible culpar a otros de los fracasos propios.

En estos casi cien días de gobierno, ha quedado claro que López Obrador es un presidente lleno de prejuicios, frases hechas, datos erróneos o mal interpretados y peor comprendidos. El país donde vive López Obrador, es el del siglo XIX, con su pugna entre conservadores y liberales. La suya es una visión maniquea y reduccionista. Así, una metáfora de su comportamiento es equipararlo con esos muñecos que “hablan”, con un número limitado de frases. Quizá un “menuco” en la silla presidencial daría mejores resultados, comparativamente: al menos habría evitado sus peores decisiones.

López Obrador podrá culpar a los medios o a sus críticos y entonces satanizarlos, o bien, modificar cuantas leyes quiera para que todo el país se alinee vertical y autoritariamente a sus deseos. Pero todo ello no modificará la realidad, donde empieza a emerger una cada vez más inevitable amenaza económica para el país. En suma: El fenómeno ya conocido en México y toda América Latina cuando la izquierda más irresponsable y derrochadora ocupa el poder.

Finalmente: En los últimos días, he encontrado una legítima inquietud en muchas personas sobre qué hacer frente a las cada vez más desacertadas decisiones de López Obrador, sobre cómo evitar tal escenario de quiebra y ruina. Es difícil decirlo. Lo único cierto es que todos podemos hacer algo involucrándonos en la crítica y la exigencia. No todo son soluciones “mágicas”, como crear otro partido político o esperar a que la oposición política recupere su vocación. Más bien pasa por el involucramiento personal de cada individuo, y usando cualquier herramienta a su alcance. Lo que usted no puede hacer es solo hincarse y esperar a que el vendaval llegue y se vaya. Eso no sucederá y lo más probable es que, si se hinca, dicho vendaval lo arrastre.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

México vive el retorno a su autoritarismo más extremo y también, si las cosas no se corrigen, a una nueva crisis económica durante este gobierno, algo que México no vive desde hace 25 años.

La administración de Andrés Manuel López Obrador, a punto de cumplir apenas los tres meses de gobierno, está haciendo todo lo posible para regresarnos a ambos escenarios. Por un lado, López Obrador está concentrando todo el poder posible, sin importarle atropellar al resto de poderes, instituciones y actores de todo tipo, abusando de su muy amplia mayoría en el Congreso, que funciona como el arma de cualquier asaltante.

Por el otro, sus malas decisiones económicas van acumulando, día tras día, reportes negativos de los mercados y temores de los inversionistas: A diferencia de hace un año, por ejemplo, ahora no hay muchos inversionistas deseosos de invertir su dinero en el país (y un país no puede progresar sin inversión) y se huelen ya las primeras señales de una posible tormenta económica.

Desde el principio de su gobierno, López Obrador fue muy claro y terminante en su propósito de que el Estado tuviera primacía absoluta sobre los mercados y sobre cualquier otro actor. Al respecto, es legítimo que un gobierno piense que es bueno fortalecer la intervención pública en la economía. Pero es ilusorio creer que tal intervencionismo no implica riesgos y costos para los contribuyentes y la competitividad del país, precisamente lo que hoy estamos viendo.

El común de la gente odia la idea de una “mano invisible” en los mercados. Necesitan una mano que puedan ver, enlaces causales simples y de comprensión inmediata. Por eso es hasta cierto punto explicable (sólo hasta cierto punto) que López Obrador olvide que los mercados no votan, no tienen un fin ni un líder ni buscan derrocar gobiernos. Solo sirven para poner un precio a las cosas e intercambiarlas de forma más eficiente. Así, por ejemplo, si usted amenaza con no devolver la cantidad que pidió prestada, quien le presta solicitará un rendimiento más alto. Si él cree que su amenaza es creíble, pues terminará por no prestarle nada. Justo también lo que vemos con la deuda de PEMEX y su gradual contagio a toda la deuda pública.

Y el intervencionismo de López Obrador en la economía también busca aplicarla a la política. Así, al presidente López Obrador le molestan los organismos reguladores autónomos, contra quienes libra una batalla diaria, porque representan un límite al Estado, echan luz sobre sus políticas e instrumentos, frenan el monopolio estatal, así como las decisiones unipersonales e irresponsables de los encargados políticos.

Por otro lado, López Obrador ya cuenta con 335 votos en la Cámara de Diputados, con base en seducción y ‘compra’ de legisladores de otros partidos, permitiéndose contar con una mayoría calificada para iniciar una reforma de la Constitución. Aún le faltarían algunos legisladores para concretar dicha mayoría en el Senado de la República. Pero tal poder prácticamente irrestricto ya dio a luz signos inquietantes, como la aprobación de la figura de la “prisión preventiva oficiosa” para varios delitos, lo que significa que a cualquier persona acusada (incluidos opositores) de alguno de ellos, podrían violársele sus garantías individuales, sin problema alguno, y terminar con sus huesos en la cárcel, sin orden de un juez y enfrentando allí el proceso durante años, sea o no culpable. O bien, la reciente creación de una Guardia Nacional militarizada, muy al estilo de la Guardia Nacional del chavismo, y sobre la cual López Obrador podrá mandar, en todo el país, sin ningún tipo de restricción.

Tal poder cada vez más irrestricto, vuelve a colocar en discusión cuál es la intención final de López Obrador y sus antecedentes. Por un lado, hay quienes opinamos que López Obrador es un simple priista vigesimonónico, que solo busca acumular más poder y mantenerse el mayor tiempo posible en él, sin un proyecto radical de transformación del país. Y una política social cuyo objetivo clientelar último sería engrosar las bases de MORENA, su partido.

Pero también hay quienes creen (con cada vez más elementos a favor) que el gobierno de López Obrador es uno de ascendencia de izquierda chavista, con un proyecto de cambio radical, con Cuba como modelo, y un marxismo de manual escolar, mal digerido y ramplón, pero real. Al respecto, no deja de ser inquietante cómo López Obrador se parece tanto a Nicolás Maduro: niega y combate la ortodoxia del libre mercado, elige a dedo ganadores y perdedores corporativos, usa a militares para fines civiles, degrada la democracia y el Estado de Derecho, se alía con los enemigos de EEUU., dispensa castigo y juicios sumarios a inocentes, mientras da perdón y cuenta nueva a culpables, frente a las cámaras de TV.

Pero al final, creo con todo respeto para quienes defienden ambas posturas, que no hay que saber mucho.

Si la inspiración del gobierno de López Obrador es la izquierda latinoamericana de los último años, pues veamos la situación actual de Venezuela, Nicaragua, Bolivia, Cuba… o el descrédito por corrupción total de gobiernos como los de Correa en Ecuador, los Kirchner en Argentina o Lula en Brasil, para saber cuáles serán sus resultados finales.

Y si por el contrario, su ascendencia es la del viejo PRI, éste ya fracasó reiterada y suficientemente en México: Las crisis económicas de 1976, 1982, 1988, 1994, la década pérdida de los 80s, las matanzas estudiantiles de 1968 y 1971, la corrupción irrefrenable en casi todos sus gobiernos…

El gobierno de López Obrador no es un gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, como cree el dogma democrático. Es simplemente un gobierno del pueblo, por populistas, demagogos y autoritarios, para populistas, demagogos y autoritarios. En tal sentido, no hay que ser adivino para saber en qué acabarán López Obrador y su régimen, para mal del país.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Este martes 1 de enero y tras obtener casi 58 millones de votos en segunda vuelta, Jair Bolsonaro tomará posesión de la Presidencia brasileña, para iniciar cinco años de gobierno, con posibilidad de una reelección consecutiva. Ojalá sea exitoso en su gestión: el país y su gente lo merecen.

Pero Bolsonaro aún no ocupa el Palacio de Planalto, sede de la Presidencia de Brasil, y ya es acosado por al menos tres escándalos judiciales, quizá menores, pero significativos.

El primero, una investigación en curso por una serie de pagos hechos, hace unos meses, a la cuenta bancaria de un asesor de su hijo Flávio (algunos señalan que su real labor de asesoría era ser su chofer), entonces diputado regional y hoy senador electo, por un monto relativamente pequeño (300 mil dólares), por parte de miembros del staff parlamentario del propio Flávio Bolsonaro. De esa misma cuenta, salieron posteriormente pagos a Bolsonaro y a su esposa (supuestamente en pago por un préstamo personal hecho al asesor). Por hoy, el asesor se encuentra desaparecido y sin dar la cara a la justicia en la investigación que se sigue sobre el caso, aunque se ha revelado súbitamente cómo un “exitoso” hombre de negocios.

El segundo, una condena (sujeta aún a apelación) por improbidad administrativa a su próximo ministro de Medio Ambiente (integrante de Novo, el partido libertario brasileño), por supuestos malos manejos durante un cargo previo, como secretario de Medio Ambiente del estado de São Paulo, a fin de favorecer a empresas y amigos en la modificación de planes de manejo de reservas territoriales.

Adicionalmente, se reveló recientemente que su próximo ministro de la Casa Civil (una especie de jefe de Gabinete) Onyx Lorenzoni (un antiguo y muy destacado miembro de DEM, el partido liberal brasileño, aunque forma parte de la ODCA, los Demócratas Cristianos de América), está siendo investigado por recibir ilegalmente donaciones de empresas a fin de financiar campañas políticas; anteriormente ya se le había comprobado un cargo similar y tuvo que pedir perdón. Al menos otros tres ministros también estarían sujetos a controversias judiciales.

Estos casos que ponen en cuestión al propio Bolsonaro y a sus más cercanos (y que han dado material de sobra a medios tan parciales como RT, Telesur, etc.), sirven para dejar en claro que la corrupción es estructural a la política brasileña, como lo es en muchos otros países de la región. Lula, en tal sentido, no es un producto atípico de la política brasileña, sino apenas uno de sus representantes promedios; recordemos, simplemente, que el presidente Michel Temer dejará la Presidencia tan solo para quizá enseguida terminar en una mazmorra, por una investigación que se le hace por corrupción y blanqueo de dinero.

Por supuesto que puede haber políticos brasileños (y latinoamericanos) honrados e intachables. Pero serían raros. Verdaderos garbanzos de a libra. Es útil tener en mente esto ahora que de manera bastante irreflexiva se destacan las luces de Bolsonaro, sin reparar en sus sombras. Así que ese cuidado que debiera tenerse sobre los antecedentes de Jair Bolsonaro y su futuro gobierno, debiera también observarse con relación a su agenda.

Al respecto, su próximo Gabinete es un amasijo poco coherente: Un vicepresidente militar, un ministro de Hacienda liberal, una predicadora evangélica como ministra de Derechos Humanos, un militar nacionalista como jefe de su Gabinete de Seguridad, lobistas de empresas de agronegocios en los ministerios de Agricultura y de Medio Ambiente, un militar inexperto al frente de la Secretaría de Gobierno (encargada de la negociación política con el Congreso), militares, más militares… Con tal diversidad, ¿qué puede salir mal?

Profundizando, creo que la agenda económica de Bolsonaro es valiente, coherente con las necesidades de desarrollo del país tras una prolongada y durísima recesión. En problema estaría pues en otra parte, que debiera de considerarse con detenimiento, sin extenderle un cheque en blanco solo porque su propuesta económica suena bastante bien (otra cosa muy distinta será que logre aplicarla, ante su minoría parlamentaria).

Así, Bolsonaro ha prometido mano dura contra la delincuencia, el narcotráfico y la corrupción, con un discurso populista que pone el acento en la seguridad pública y que comienza a copiarse en otros países, por sus réditos políticos en sociedades justamente desesperadas frente a la delincuencia y la violencia de todos los días, pero por ello, con un alto nivel de tolerancia ante posibles violaciones a los DDHH.

En consecuencia, Bolsonaro ha propuesto usar a las Fuerzas Armadas en tareas de combate a la delincuencia, como prometió en campaña, aplicando un discurso de duro militarismo que está en auge en toda la región, como ya podemos ver en las estrategias militaristas de los gobiernos de Bolivia, México y Paraguay, de muy distinto signo ideológico unos de otros.

Militarizar la seguridad pública implica incorporar la idea de una guerra interna (así lo ha dicho Bolsonaro abiertamente) para utilizar, por tanto, técnicas de guerra y una relación más agresiva y de sospecha en el trato con la ciudadanía, abriendo la puerta a eventuales violaciones a DDHH por parte de las Fuerzas Armadas, los cuerpos de seguridad y el propio gobierno (es el “dispara primero y averigua después” que conocemos bien en México). Esto en un país con unos ya de por sí altísimos índices de homicidios y de letalidad policiaca.

Adicionalmente, Bolsonaro ha propuesto reducir la edad de responsabilidad penal, a los 16 años, limitar las penas de prisión reducidas y dar cobertura legal a las fuerzas de seguridad por delitos cometidos en el cumplimiento del deber. Está por verse cómo afectará todo esto a los Derechos Humanos y en la tolerancia y respeto a diversas minorías (LGBTI, indígenas, negros, etc.), pero las perspectivas no son tranquilizadoras, en vista del propio historial discursivo de Bolsonaro, del que él tanto se enorgullece.

El temor de algunos de que Bolsonaro pueda atentar contra algunas minorías debe tomarse con seriedad. Bolsonaro está obligado a cumplir su promesa de “gobernar para todos los brasileños sin distinción de raza, sexo o religión”. Y los libertarios debiéramos de ser los primeros en exigírselo, por mera congruencia (y por profunda convicción respecto a todo gobierno, cualquier gobierno, de cualesquiera signo ideológico), en lugar de extenderle apresurados y truchos certificados de “hermandad” en ideas.

Desde mi perspectiva (limitada y personal como es), Bolsonaro simplemente es un populista que ha hecho sintonía con algunos aspectos del discurso libertario, del que se ha servido para presentarse como un político “anti sistema”, a pesar de que desde 1991 ha ocupado cargos legislativos (¡casi 30 años como diputado!, con un desempeño más bien gris, solo destacable por sus escándalos). Pero toda su prédica política, de seguridad, de moralidad religiosa y de orden social son meras regurgitaciones del más crudo conservadurismo, que le han acercado a otros conservadores latinoamericanos, que por mero marketing o calculada indefinición se dicen “libertarios”.

Pero liberales y libertarios no luchamos por imponer un modelo de sociedad. Buscamos tan solo la libertad del individuo, la libertad de que le dejen en paz. Cuando supuestos libertarios buscan imponer un modelo dado de sociedad o de moralidad, en esa misma medida se alejan de las ideas libertarias. Porque tarde o temprano para imponer ese modelo (o en temas específicos tales como aborto, matrimonio, sexualidad, idea de familia, educación, etc.) lo harán con la fuerza del Estado.

Muchos de los libertarios que hoy nombran a Bolsonaro como una especie de hermano mayor o guía moral y política (el gran Capitão), son meros nuevos fanáticos obsesionados con mejorar a la humanidad. En masa y a la fuerza si fuera necesario. En la lucha personal que creen a muerte contra la izquierda (con su mantra todoterreno del “marxismo cultural”) han olvidado que Libertad no es coacción, no es amenaza, no es violencia, no implica vulneración de derechos de otros: es libertad, sin imponer y sin que te impongan, sin que te den y sin que te quiten, sin agredir y en tolerancia.

La manipulación de la esperanza y su par, la desesperanza, tiene consecuencias, reales, sin importar si esa manipulación es hecha por la izquierda o los conservadores o quien fuera. Y los libertarios debiéramos ser, en mi humilde opinión, los primeros en advertir de los peligros supervenientes, antes que aplaudir y vitorear a los nuevos manipuladores, solo porque supuestamente son “libertarios”.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Con apenas 15 días en el puesto (15 días que ciertamente se sienten como meses), el de López Obrador es un gobierno de muchas expectativas y en contraste, no solo de pocos logros (lo que sería natural por el escaso tiempo de ejercicio), sino al contrario: de muchos, muchos estropicios y desencantos.

Los mexicanos presenciamos todos los días (a veces con burla, otras con furia contenida o impotencia) las decisiones erróneas y las declaraciones desafortunadas de los nuevos funcionarios, y también vivimos la decepción porque las cosas no salen según lo prometido o lo esperado por las altas expectativas de la gente. Cómo estarán las cosas que ahora, en ese cuadro, hasta el ex presidente Peña Nieto les parece a muchos un ejemplo de estadista y de gobernante prudente.

Frente a ello, el gobierno de López Obrador parece únicamente empecinado en destruir los logros de los gobiernos anteriores, tales como el Aeropuerto de Texcoco, el Seguro Popular, la Reforma Educativa, la Reforma Petrolera, la autonomía y el profesionalismo de muchas instituciones que se fueron ganando en la larga transición democrática del país; al respecto, incluso se habla de la posibilidad de un golpe de Estado judicial en ciernes, el primero en la ya larga historia institucional de México.

La actual disputa entre López Obrador y la Suprema Corte de Justicia, por la ley que reduce sueldos en todo el aparato estatal mexicano, para que nadie gane más que el presidente de la República, así como los masivos despidos de la actual burocracia, por haber servido a los regímenes “neoliberales”, por parte de los nuevos funcionarios designados por López Obrador, en realidad solo buscan la mayor cantidad de renuncias y puestos de poder, para allí acomodar a los adictos al nuevo mandamás y su corte: López Obrador quiere lealtad completa y una burocracia voluntariamente ciega que solo le rinda cuentas a él. A cambio, el costo será una nueva burocracia inexperta, centralizada, temerosa, con una empinada curva de aprendizaje, que por ello, impedirá que muchas políticas del nuevo gobierno salgan bien u obstaculizarán su implementación. Se vienen días aún más aciagos en el nunca eficaz ni eficiente (ni honesto) Estado mexicano.

A ello sumemos las pérdidas económicas ya resultantes de la gestión del nuevo gobierno. Solo la cancelación del Aeropuerto de Texcoco, por ejemplo, costará al menos 13,500 millones de dólares, sin considerar los costos de los litigios por la cancelación injustificada, el pago de las líneas de crédito que utiliza el proyecto, la reparación del terreno actual y, al final, los costos por adecuar las alternativas aeroportuarias en que se ha empecinado el nuevo gobierno. Al final, resultará que era más barato concluir Texcoco que entrar al berenjenal en el que se está convirtiendo el asunto, por la soberbia y la inexperiencia del nuevo gobierno.

Como consecuencia, esto ha quitado a los inversionistas confianza en lo que suceda en el país en el corto y mediano plazos, induciendo a un encarecimiento permanente del dólar, abruptas caídas en los mercados, salida de capitales, aumentos en tasas de interés y en el servicio de la deuda, renuencia a invertir y pérdidas de oportunidades económicas y de empleos, muchísimos empleos. La situación se complicará con el inminente aumento por decreto al salario mínimo, que presionará las expectativas inflacionarias y de un mayor desempleo. Muchas de estas consecuencias económicas las seguirá resintiendo el país, aún después de que López Obrador deje el cargo, tentativamente en 2024.

La imposibilidad del nuevo gobierno de comunicar mejor sus objetivos, presentar una agenda en positivo y dejar de demonizar a sus críticos y opositores, ha resultado en una mayor crispación social, de por sí intensa tras la polarización resultante en el pasado proceso electoral. La reciente tentativa de ataque físico a miembros de la Suprema Corte, junto con la supuesta propuesta de desaparecerla y convertirla en un Tribunal Constitucional, eligiendo incluso por elección popular a los nuevos ministros, o bien, la supresión de algunos espacios informativos críticos al gobierno, en apariencia por el deseo de los dueños de los medios de comunicación de no enemistarse con López Obrador, ejemplifican bien el estado de alarma pública por un desaseado y equívoco manejo de los temas por parte del nuevo gobierno y su mayoría en el Congreso.

Frente a ello, sorprende un poco que los otrora partidos dominantes en el sistema político mexicano, sean hoy organizaciones meramente testimoniales, y hasta fantasmales, en oposición al partido del presidente López Obrador, absolutamente dominante en las dos cámaras del Congreso federal. Hoy la única oposición real a López Obrador está en algunos medios de comunicación y, sobre todo, en una ciudadanía crítica, actuante en múltiples y atomizados grupos de activistas, a los que lo único que los une es evitar, por métodos democráticos, un regreso al pasado autoritario.

México con López Obrador hoy experimenta una regresión política y se encamina de nuevo al autoritarismo que hace casi 20 años creíamos haber dejado atrás, ilusoriamente, para siempre. No es posible aún saber si esa restauración autoritaria tomará la forma de un populismo corruptor como el del PRI de los 70s o bien, uno aún más destructivo, como el chavismo bolivariano. La llamada Cuarta Transformación de López Obrador es, por ahora, un régimen anfibio entre ambos escenarios.

La democracia ha mostrado en México sus limitaciones y contrahechuras: Ésta hizo posible que A y B se unieran para “castigar” a C, quedando C en la indefensión, mientras B se va dando cuenta, amargamente, de que fue el tonto útil del cuento y que pagará las consecuencias. Lo que pasó entonces en México no fue ni democracia ni justicia, sino un simple asalto multitudinario. “Se las metimos doblada”, dijo muy gráficamente uno de los comisarios políticos del nuevo régimen.

Por ello, hoy más y más ciudadanos van dándose cuenta de que decisiones irresponsables o de simple protesta, tienen consecuencias reales en su vida, en forma de malos gobiernos y peores gobernantes, tal como lo había advertido Ludwig von Mises (en Omnipotent government: the rise of total state and total war): “El culto del Estado es el culto de la fuerza. No hay amenaza más peligrosa para la civilización que un gobierno de incompetentes, corruptos u hombres viles. Los peores males que la humanidad haya tenido que soportar fueron infligidos por los malos gobiernos”.

En México hay un ambiente de desengaño y alarma, por parte de muchos que ya se han convencido de que el de López Obrador será un mal gobierno. Solo estamos expectantes frente al número y la magnitud de los males por infligir. Ojalá que a ese desengaño ciudadano le siga rápidamente una actividad constructiva en defensa de sus libertades y derechos, para que el daño sea limitado y los culpables transitorios.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

La izquierda siempre termina robando. Basta ver lo que pasa en América Latina. Al respecto y de acuerdo a la experiencia de los gobiernos del socialismo filo-castrista que la región ha tenido en los últimos años, hay dos clases de gobiernos de izquierda: Los que ya sabemos que robaron y los que algún día sabremos que robaron.

Semana a semana pueden medirse nuevos avances en esa constatación. Miremos un poco lo más recientes.

En Argentina se hayan abiertas diversas causas judiciales en contra de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Más las que se acumulen en los próximos días. Pero la principal, por ahora, acontece frente a una sociedad argentina estupefacta, conocida como la causa de Los Cuadernos de las Coimas. Por ella, se pidió, hace pocos días, el desafuero de Cristina Kirchner como senadora, para sumarla a los 42 procesados, hasta ahora, entre ex funcionarios de su gobierno y empresarios. Solo ese fuero impide su procesamiento y cárcel, pese a ser incongruente con la postura del kirchnerismo en contra de los fueros. Pero esa incongruencia no debiera de sorprender: La izquierda pide justicia y fueros para sí misma y sus aliados; justicia a seca para los adversarios.



Esta causa ha documentado un mecanismo de saqueo que hermanó al kirchnerismo argentino y al chavismo venezolano en una sola mafia. Así, Hugo Chávez expropiaba empresas argentinas en Venezuela; a cambio de acelerar el resarcimiento por dichas expropiaciones, los Kirchner recibían dinero de los empresarios afectados. Enseguida, dichos empresarios recibían solo una parte del pago estipulado, mientras Chávez y los Kirchner se repartían el resto no pagado. Otro mecanismo fue la especulación con la deuda argentina, comprada con petrodólares venezolanos: al final, los presidentes (sería más apropiado decir los jefes de la pandilla de cada país) se repartían los beneficios obtenidos.

No deja de sorprender que pese a estos escándalos, las posibilidades de que Cristina Kirchner sea candidata presidencial el año próximo, y eventualmente gane, son altas. La crisis económica detonada en la Presidencia de Mauricio Macri (en buena medida causada por 12 años de gobierno derrochador de los Kirchner) ha potenciado sus posibilidades presidenciales. Por ahora utilizará la causas abiertas en su contra para hacerse pasar por perseguida política, con el mayor oportunismo e hipocresía imaginables.

Los ecuatorianos, en tanto, presencian las crecientes vicisitudes judiciales del ex presidente Rafael Correa, al cual se le acaba de iniciar una causa en el marco del escándalo Odebrecht, en conjunto con otros altos funcionarios ecuatorianos, por haber instaurado en ese país un “fenómeno de corrupción institucional”, una “organización delincuencial estatal” durante los 10 años de su gobierno. Al respecto, es útil recordar que dentro del mismo escándalo Odebrecht, el ex vicepresidente y ex ministro de Telecomunicaciones del propio Correa, Jorge Glas, ya fue sentenciado a seis años de prisión. De esa magnitud fue el gobierno delincuencial de Rafael Correa.

Para ratificarlo aún más, hay una investigación en proceso sobre supuestas entregas de dinero de la narco-guerrilla de la FARC colombiana para las campañas presidenciales de Correa. Otra causa en contra de Correa por el asesinato de un policía, en 2010, en un operativo para “rescatarlo” de un teatral intento de “Golpe de Estado”. Y finalmente, una causa más, a punto de entrar a juicio, por el secuestro de Fernando Balda en 2012, político opositor a Correa, supuestamente ordenado por el propio Correa.

En Brasil, las posibilidades presidenciales de Lula finalmente se desvanecieron en el aire hace unos días, culminando un largo proceso que dio garantías de que Lula no es un preso político, sino un simple político preso por corrupto. Lula fue impedido de disputar las elecciones en base a una ley promulgada por él mismo (quizá creyó aplicarla solo a sus adversarios), que impide expresamente que candidatos condenados en segunda instancia, como es su caso, puedan postularse a un cargo electivo.

Que Lula haya pensado en llegar de nuevo a la Presidencia brasileña, para beneficiarse del fuero presidencial, habla de la enorme red de corrupción y complicidades que creó en sus dos mandatos. Miremos solo los números de la causa Lava Jato, sin olvidar que a Lula se le siguen aún otras causas: Se cometieron delitos por unos 8.000 millones de dólares; existen 123 condenados en 188 causas comprobadas, entre empresarios, funcionarios del gobierno Lula y políticos y legisladores, fundamentalmente del Partido dos Trabalhadores (el PT, fundado en 1980 por Lula), pero también de otros partidos, incluyendo al capo di tutti capi de la red de corruptelas, el mismo Lula; las penas dadas a dichos condenados suman 1,861 años de cárcel; hay todavía 101 políticos con fueros especiales aun bajo proceso, y se signaron 139 acuerdos de delación premiada, que permitieron llegar a los eslabones más altos de la cadena. De ese tamaño fue uno, solo uno, de los muchos mecanismos creados por Lula para enriquecerse y enriquecer a sus adictos y favoritos. Con Lula, la actividad fundamental del Estado brasileño fue el robo.



Por todo ello, el exhibicionismo y los más de 400 dólares de la cuenta de Maduro y su esposa por comer en el restaurant “Nusret Sandal Bedesteni” de Estambul, mientras los venezolanos se debaten en el hambre y la inflación, no debieran sorprender: Son apenas una mínima parte de la punta del iceberg. Ese iceberg es el sistema que el “socialismo del siglo XXI” construyó en América Latina, por el cual sus élites se enriquecieron mientras condenaban a la pobreza a quienes decían representar. Políticos como los Kirchner, Correa, Lula, Chávez, Maduro robaron todo el dinero a su alcance, en detrimento de la educación, la salud, los jubilados, dejando a los más pobres sin seguridad pública, sin agua, sin drenaje, sin vivienda, sin transporte seguro, sobreviviendo solo gracias a un subsidio. No hay otra explicación para la gran pobreza de América Latina que la rapacidad de dirigentes como ellos.

Después de tanta degradación, América Latina debiera iniciar su rehabilitación de semejante patología, dando una lucha sin cuartel contra la impunidad. El tratamiento será largo, no exento de recaídas: allí están ya gente como Andrés Manuel López Obrador en México, o Gustavo Petro en Colombia, o Fernando Haddad en Brasil, dispuestos a ocupar el espacio que dejaron los inescrupulosos que ya están en la cárcel o camino a ella.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por Carlos Gutiérrez Heredia*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]s un fenómeno muy interesante aquel que se manifiesta en aquellas personas que están politizadas y han alcanzado un grado de polarización en las sociedades, es decir, ese fenómeno que hemos advertido bastante pero que normalmente no le prestamos atención.

Las personas (generalmente, pero no siempre) de izquierda, suelen tener un discurso en extremo pesimista en referencia a la situación del mundo y de su sociedad. Vemos por ejemplo especie de profecías en el que el mundo acabará o que ocurrirán grandes cataclismos que castigarán a los habitantes del planeta.



Sí, efectivamente este fenómeno lo podemos apreciar también en líderes religiosos o simples fanáticos, y de hecho, desde tiempos remotos la Historia ha tomado registro de estos personajes en todos los centros urbanos importantes del pasado. En esta situación, podríamos pensar que de hecho es un comportamiento natural, solo que cabría la necesidad de preguntarse: ¿por qué existe y por qué se manifiesta este comportamiento tan insistentemente?

¿Hay más pobreza? No ¿hay menos oportunidades? No ¿estamos peor que Venezuela? Por supuesto que no.

Hay básicamente dos tipos de manifestación en esta clase de profetas de la destrucción: aquellos que por cuestiones religiosas advierten del fin del mundo; y aquellos que creen que su sociedad está cerca del fin por cuestiones menos supersticiosas. Nos enfocaremos en los segundos, aunque los dos están relacionados.

De aquellos que se manifiestan en fenómenos más realistas, suelen ser proféticos en cuanto a la destrucción de su sociedad, ya sea a grandes rasgos o pequeños, desean el fin del status quo.

Por ejemplo, podemos notar y muy reiteradamente que los izquierdistas viven haciendo predicciones del fin del capitalismo, que evidentemente no llega, sino que más bien cada vez se vuelve más resiliente. Podemos ver a aquellos que desean el colapso del sistema financiero internacional, y en el caso de México, y seguro se observa en otros países, aquellos que desean de todo corazón ver al país hundirse en pobreza, miseria, llegando al grado de asegurar que todo está hundido y no hay escapatoria, cuando en realidad los números y los hechos demuestran que se vive todo lo contrario.

En todo este fenómeno hay espectros de manifestación, pero estos últimos que desean ver arder el mundo tienen algo muy característico.

Para todos los no fanáticos de la izquierda y que nos hemos informado de la situación real, podremos saber que nada de lo que dicen estos militantes es real. ¿Hay más pobreza? No ¿hay menos oportunidades? No ¿estamos peor que Venezuela? Por supuesto que no. Sin embargo, estas huestes insisten en creer que el país está hundido en la desesperanza.

Mucho de este fenómeno tiene que ver del sentimiento derrotero que nos han inculcado desde nuestra educación al concebirnos como “derrotados”, “conquistados” y “robados”. Estos ánimos nacionales permean duro y fuerte en nuestra psique individual y colectiva. Pero, por otro lado, podemos observar esta insistencia en algunas personas, la razón es ¿por qué?

Para poder entender esto, debemos comprender que todos los humanos tenemos ese germen de la autodestrucción, y que todos sentimos una atracción por el fin del mundo y esos cataclismos, pero aún así es diferente a como lo manifiestan estas personas. ¿hay algo común en estas personas que manifiestan tales actitudes? ¿hay algo que los hile con otras actitudes? Sí. En primero lugar, los que se aglutinan y aseguran tal declive, son personas en extremo frustradas con sus vidas personales; y en segundo lugar, suelen juntarse entre ellas para poder reforzar esta idea de derrotismo y esperan que algo o alguien venga a cambiar el estatus quo de las cosas en forma de un caudillo.

En esencia: las personas que desean el fin de cierto status quo lo hacen por un lado por ver que aquellos que les va bien les deje de ir bien; y por otro porque creen que de este modo se “rebarajean” las cartas de la vida y se puede iniciar un nuevo juego. O por así decirlo, como cuando alguien va perdiendo por paliza en un juego y lo que quiere es volver a repetir en ceros. Pero aún más importante y esto es lo principal: hacer cuadrar la versión de que el sistema es el que está mal y no ellos, y que si ellos están así de mal no es su culpa, es la culpa del sistema y este debe de terminar.

El frustrado quiere ver arder al mundo porque quiere ver a los otros estar en la misma situación que ellos, no es casualidad que el socialista hable de igualdad destruyendo a otros, solo que unos toman acción y otros solo desean que alguna catástrofe reinicie el mundo. Esto en esencia, es la igualdad de la que pregonan tantos: rebajar a los que han triunfado.

La diferencia con los profetas del Apocalipsis religioso estriba en que estos en su megalomanía creen poder someter al mundo a sus designios de los que creen ser parte y sentirse así superiores. Los otros, los derrotistas, quieren sobajar junto con ellos a los demás. Es decir: unos se quieren elevar sobre los demás mediante la destrucción; y los otros quieren rebajar a los demás mediante la destrucción.



Esta actitud tiene una lógica evolutiva, pues de hecho parte de los grandes movimientos sociales ha sido a partir de estos descontentos sociales ¿pero es posible que estos no siempre tengan razón? Efectivamente, de hecho, por manipulación populista, por frustraciones personales, por la siembra de odio a base de “fake news” y sobre todo por esa desesperación humana al vivir en un sistema que ya ha dado todo de sí, y que solo repite los mismos vicios una y otra vez.

La frustración de la que se valen los populistas no la crean realmente ellos, ya está ahí y la exacerban

Es decir, la frustración de la que se valen los populistas no la crean realmente ellos, ya está ahí y la exacerban. Podría decirse que de hecho los populistas son el producto inevitable de un sistema que da vueltas en sí mismo y necesita ser reiniciado, y ellos y sus huestes son esas células que fagocitan el sistema para reiniciarlo. Por eso las personas son tan receptivas el discurso de que todo está mal y reciben a estos líderes tan fácilmente.

También es necesario hacer diferencias en los espectros de manifestación de este fenómeno, pues algunos, aunque no viven tan mal como otros, quieren sentir que son parte de un evento de mayor envergadura, es decir, ser parte de algo mayor a sí mismos.

Viéndolo objetivamente, y desde este punto de vista, el error no es de ellos, pues aún con su obvia frustración y responsabilidad personal, los humanos vivimos en una ilusión donde creemos decidir nuestras posturas, cuando estas sin saber, están decididas por mecánicas cualitativas que difícilmente podemos apreciar. Que este sistema esté saturando presión como en una olla exprés, es porque precisamente falta evolucionar a otro sistema, y pues mientras se da ese salto, el sistema dará vueltas en sí mismo, pasando entre izquierdas y derechas, aunque cada vez menos radicales. La solución en realidad está en un salto cualitativo del sistema, y este afortunadamente no se encuentra tan lejos.

Sea como sea, creo fue pertinente escribir sobre este fenómeno social de autodestrucción y pesimismos que se ve más claro en sociedades tan adoctrinadas a la derrota. Pero es menester comprender que no es un fenómeno aislado y que, en cierta forma, todo es causa y efecto de sí mismo.

*Carlos Gutiérrez Heredia nació hace 32 años en la Ciudad de México. Tiene estudios en psicología y derecho. Autodidacta en muchos otros temas. Empresario, freelancer y actualmente escribe un libro sobre filosofía.

Por: Roberto José Dávila Romo*

[dropcap type=”default”]H[/dropcap]oy día estamos invadidos de políticos azules, amarillos, rojos, dorados y de todos los colores que lo único que hacen es ver qué promesa hacer, que regalar para que voten por ellos.

Mostremos como ciudadanos capaces que estamos muy por encima de la política barata que hoy nos aturde y nos tiene hundidos en la pobreza.



Demos un paso adelante y enfrentemos a la clase política y hagámosle saber que no tiene que darnos nada, que somos totalmente capaces de depender de nosotros mismos sin apoyos ridículos, pero que aparte de apoyo no tienen nada, pues primero te lo quitan y de cada peso que te quitan, te dan 1 centavo.

Exijamos y elijamos a una persona que gobierne sin promesas falaces y entendamos que el éxito de una nación depende de la suma de esfuerzos de cada uno de los individuos.

Como ciudadanos, ¿cuánto nos ahorraríamos si dejáramos de pagar todos los impuestos especiales que tienen productos como la gasolina, etc.?

Como empresarios ¿qué posibilidad de crecimiento podríamos alcanzar si el impuesto al trabajo se eliminará? Y como trabajadores ¿de qué manera tan impresionante mejoraría nuestra calidad de vida si no se nos quita el mismo al cobrar un salario?

Como ciudad, ¿qué posibilidad de desarrollo tendríamos si los impuestos como el IVA en lugar de irse a la federación, cayera en manos del mismo municipio?

Como individuos, ¿qué posibilidad de desarrollo tendríamos si en lugar de educarnos en un sistema totalmente controlado por el estado, cada individuo tuviera la posibilidad de ofrecer su propia propuesta educativa sin excesos regulatorios? Habría opciones para todos.

Como sociedad ¿qué increíble hermandad y bienestar lograríamos si en lugar de pedirle al gobierno que le brinde de comer a los más desfavorecidos, cada quien toma un papel en medida de sus posibilidades de manera libre y se compromete con algún proyecto social?

Yo no tengo duda de que el problema no es el gobierno, sino cada uno de nosotros que día a día le vamos dando cada vez más tareas al gobierno y nos desentendemos de cada una de estas mismas, so pretexto de ser obligación del gobierno llevarlas a cabo. Y lo llevamos a tal grado que hoy una gran mayoría de personas cree que el cambio está en un nuevo presidente de la república en lugar de en un cambio en cada uno de nosotros.



Seamos inteligentes y reflexionemos nuestro voto. No solo del presidente, sino del diputado, el senador, el alcalde, el gobernador. Exijamos y elijamos a una persona que gobierne sin promesas falaces y entendamos que el éxito de una nación depende de la suma de esfuerzos de cada uno de los individuos que lo forman de manera libre y no de una persona que en 6 años se va y seguramente que para cumplir sus promesas, tendrá que tomar decisiones que son violatorias de los derechos individuales.

*Roberto José Dávila Romo Ingeniero en Electrónica con estudios de Maestría en Administración de Empresas. Invitado a participar en Wellington y defensor de los principios libertarios.