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Por: Ricardo Valenzuela*

Hace unos años tuve la fortuna de leer ese excelente libro de Hans Herman Hoppe, “Democracia, el dios que ha fallado.” Al ir avanzando en su lectura, llegaban a mi mente la infinidad de pronunciamientos contra la democracia que, en su momento, hacían los padres fundadores de EE. UU. Desde Washington, Jefferson, Adams, sus pensamientos se conjugaban en la frase de Adams: “La democracia es más sangrienta que la monarquía o la aristocracia. Es enemiga de la libertad, de la propiedad privada, siempre ha tenido corta vida y ha muerto violentamente.” Por ello, decidieron que su país no fuera democracia, sino república.

Son tantos los problemas que identifico en la democracia, el primero, cualquiera, sin importar méritos, preparación académica, experiencia, puede participar en política, cualquiera puede ser diputado, senador, go-bernador, alcalde o presidente. Tal vez por eso Jefferson la bautizó como Plebecracia. Libertad de entrada y competencia en la producción de bie-nes es muy buena, es el principal ingrediente de la prosperidad, pero libertad en la producción de males, es la ruta hacia el infierno.

Pero ¿Qué tipo de “negocio” es gobernar? El gobierno no es un productor usual de bienes para venta a consumidores. Es un “negocio” dedicado a robar y a expropiar – por medio de impuestos draconianos, regulaciones insanas que dan vida a la corrupción, reformas agrarias etc.– y después guardar lo robado en las cuentas de los políticos en el extranjero. De ahí que, la libertad democrática de participar en el negocio del gobierno no mejora su rentabilidad. En realidad, hace las cosas peores creando carteles de asaltadores. Desde el inicio de la historia, en toda sociedad ha existido la codicia por la propiedad de los demás y, en especial, por los recursos públicos. Al establecer esa democracia para participación sin méritos para hacerlo, el gobierno no atrae los mejores hombres a sus filas, atrae hombres que, como gobernadores que conocemos, con la codicia dibujada en la frente, se dedican a robar manejando los estados como cotos de su propiedad.

Bajo el gobierno señorial, sólo una persona – el príncipe – puede actuar legalmente bajo el deseo por la propiedad o libertad de otra persona, y esto es lo que lo convertía en un “peligro potencial y latente”.

En contraste, al abrir la libre entrada a la administración pública, a cualquiera se le da esa oportunidad de disponer de vidas y recursos como si fueran suyos. Lo qué era considerado inmoral y había que combatirlo, ahora se consideran acciones de gobierno totalmente legítimas. Todos pueden codiciar abiertamente la propiedad de otros o los recursos públicos en nombre de la democracia; y todos pueden actuar movidos este deseo malsano, siempre y cuando logren formar parte de ese ente fantasioso llamado gobierno. Es decir, bajo la democracia cualquiera puede llegar a ser una verdadera amenaza.

Bajo condiciones democráticas el pensamiento popular, aunque ilegal, injusto e inmoral, para disponer de la propiedad de otros y los dineros públicos, es sistemáticamente reforzado. Todo puede ser ejecutado y todo puede ser arrebatado. Ni el más seguro derecho de la Propiedad Privada está exento de las demandas redistributivas. Peor aún, sujeto a las elecciones de masas, esos miembros de la sociedad que tienen nulas in-hibiciones en contra de tomar lo que es de otros, de saquear los erarios, esos especialistas en congregar multitudes moralmente desinhibidas y las demandas populares mutuamente incompatibles, (demagogos eficientes) tenderán a ganar su entrada y encumbrarse en la cima del gobierno. Así, una situación mala se convierte en una de suma gravedad.

Históricamente la selección de un príncipe se daba a través de su nacimiento noble, y su única calificación personal era típicamente su educa-ción como futuro líder de su país. Esto no aseguraba, por supuesto, que dicho príncipe fuera un sabio y recto mandatario. Sin embargo, cuando cualquier príncipe fallaba en su deber primario de avanzar la dinastía –quien arruinaba el país– enfrentaba el riesgo inmediato de ser neutralizado por su propia familia. En cualquier caso, el accidente de su nacimiento, así como su educación, no evitaban que un príncipe pudiera ser deshonesto, cruel y opresor, al mismo tiempo el accidente de un nacimiento noble y una buena educación tampoco impedía que pudiera ser un líder justo, eficiente y productivo, una persona buena y moral.

En contraste, la selección de gobernantes por medio de elecciones populares hace casi imposible que una persona buena y preparada pueda elevarse a la cima, o, siquiera participar. Los presidentes, gobernadores, congresistas, alcaldes son seleccionados por su eficacia como demagogos moralmente desinhibidos, creaciones del sistema. ¿Ejemplos? Chávez, Maduro, Evo Morales o el mismo Obama. ¿En México? Solo hay que tirar la reata al inmundo corral de la política, y sacamos uno lazado de los cuernos, no falla.

Así, la democracia virtualmente asegura que solo los hombres inmorales y peligrosos puedan ascender a la cima del gobierno. Como resultado de la libre competencia y selección política, aquellos que se montan en la fiera de la impunidad, serán cada vez más corruptos y peligrosos y, sin embargo, al ser guardianes temporales, la gente se conforma pensando, “ya se van”. La libre participación no siempre es buena. Libre entrada y competencia en la producción de bienes es buena, pero libre competencia en la producción de males es diabólica. Y eso son los gobiernos.

El filósofo político, H.L. Mencken lo definía con sabiduría. “Los políticos rara vez llegan a un cargo público por mérito. Son escogidos por varias razones, la principal es que tienen poder para seducir a los intelectualmente desprivilegiados ¿Alguno de ellos se abstendrá de hacer promesas que sabe que no puede cumplir? ¿Alguno de ellos dirá una palabra que alarme a la gran masa de idiotas enquistados en el comedero público, revolcándose en el quelite que crece cada vez más delgado? Entonces avanzarán ofreciendo consuelo para el triste, capital para proyectos, diversión para los aburridos, ideas para los estreñidos, leche para los niños y vino para los ancianos. En resumen, se presentarán a sí mismos como hombres confiables y simplemente siendo candidatos para servir al pueblo, empeñados solamente en asegurarse votos. Ellos ya saben que los votos estarán asegurados bajo la democracia, no por hablar sensatamente, sino por hablar pendejadas. El ganador será quien prometa más con la menor probabilidad de cumplir”.

Por eso Mises afirmaba: “Los eventos más más diabólicos que la humanidad ha tenido que sufrir, siempre han sido infligidos por los malos gobiernos. El estado, a través de la historia, ha sido la fuente más grande de agravios y desastres.

*Ricardo Valenzuela es economista, empresario y analista. Su cuenta en twitter: @elchero

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

El pasado primero de julio el tsunami del López-obradorismo superó prácticamente todas las expectativas y arrasó incluso en estados como Nuevo León, que tradicionalmente habían sido percibidos como abiertamente hostiles contra la figura y el mensaje del ahora presidente electo. Sólo hubo una discrepancia en ese consenso electoral: Guanajuato, convertido en la única isla azul en medio de un mar de Morena.



Quien busque comprender por qué, necesita voltear la mirada tanto hacia la historia como la composición del panismo local. Y ese panismo guanajuatense, como alguna vez lo explicó el ya fallecido don Jorge Dávila (uno de los decanos de ese partido en el estado) no se entendería sin la figura del doctor López Sanabria.”

Por eso acepté de inmediato el ofrecimiento, por parte del Dr. Éctor Jaime Ramírez Barba y la fundación López Sanabria, para editar y darle un nuevo giro a la biografía Juan Manuel López Sanabria, titulada ahora “El Principio del Cambio”, la cual tuvimos el honor de presentar el pasado lunes 3 de septiembre, en el teatro María Grever, de la ciudad de León. A continuación, les comparto algunas de las reflexiones que comenté en el evento.

Para quienes no sean de estos rumbos, López Sanabria fue durante varias décadas la principal figura de la oposición democrática en Guanajuato, líder regional de los panistas y una excepción en el panorama de la “grilla”, por su alto perfil de prestigio social en una época donde militar en un partido de oposición implicaba el desprecio o al menos el recelo de la alta sociedad, y la constante vigilancia de autoridades con un muy tenue sentido de la diversidad democrática.

Aun a pesar de eso, Juan Manuel López Sanabria logró convertirse en diputado y labrarse un prestigio generalizado en el ambiente político guanajuatense, pero irónicamente fueron las dos campañas que no ganó oficialmente las que generaron el mayor impacto en la historia del PAN y de Guanajuato: La elección a Presidente Municipal en 1976 y la elección a Gobernador en 1985.

Especialmente la campaña de 1976 fue un parteaguas en más de un sentido. López Sanabria modernizó radicalmente la mercadotecnia de campaña, al apostar por una estrategia de cambios semanales en la publicidad, generando una gran expectativa incluso a pesar de tener un presupuesto mucho más pequeño que el de su rival del PRI. Fue pionero también de los análisis de lo que hoy conocemos como rentabilidad electoral y de un discurso que bajo al PAN de las alturas de la filosofía al terreno de los hechos y a la voz de la gente. Como reconoce Ling Altamirano, Acción Nacional le debe a López Sanabria “la apertura a sus propias bases”, es decir, a los militantes que hacen el trabajo en las colonias y en las comunidades.

El resultado de esa campaña fue un triunfo contundente, justo en 1976, el peor año en la historia del PAN, cuando el partido estaba tan dividido que ni siquiera pudieron presentar candidato a la Presidencia de la República, y cuando muchos veían al blanquiazul sumido en una decadencia irreversible. Justo ahí, López Sanabria ganó el voto de los leoneses, pero el régimen no estaba dispuesto a reconocerlo.



Siguieron semanas de tensiones y finalmente un punto medio. Aunque la victoria de Juan Manuel no fue aceptada, el candidato del PRI no consiguió consolidar la usurpación, y en su lugar se nombró a una Junta de Administración Civil, cuya exitosa gestión marcó el inicio del León moderno, incluyendo el arranque de la construcción de los bulevares y del Poliforum, que hoy definen el paisaje urbano y productivo no sólo de la ciudad, sino del estado.

9 años después, en 1985, el propio López Sanabria encabezó la campaña a gobernador que impulsó la consolidación de una estructura panista a nivel estatal y demostró que el partido estaba por fin listo para competir de tú a tú con el PRI en las grandes ligas y no solo en municipios aislados.

Un año más tarde falleció en un accidente automovilístico, y no pudo ser testigo de los grandes triunfos que lograron sus pupilos a partir de 1988, pero su influencia en ellos es indiscutible, y en su legado hay 5 cosas que sus compañeros de partido y los ciudadanos en general haríamos bien en tener en cuenta:

  • Recuperar la valentía, para enfrentarse al sistema incluso cuando todas las circunstancias están en contra.
  • Recuperar la alegría, para evitar la tentación de cinismo pesimista, tan peligrosa en la arena pública.
  • Recuperar la efectividad, para entender que no se trata de oponerse por el mero testimonio, sino de hacer todo lo que se pueda, y hacerlo bien.
  • Recuperar la humildad, algo que les urge a los líderes sociales en este país, pero una humildad de a de veras, no de retos Tupperware.
  • Recuperar la esperanza, de que la situación puede mejorar y de que en nuestras manos está al menos una pequeña parte de esa solución.

Seguramente no era perfecto, pero fue uno de los mejores y más efectivos ejemplos de vida en la oposición mexicana al viejo PRI, y por ello es muy necesario recuperar su legado en el 2018, especialmente para quienes tras el primero de julio quedamos convertidos en la oposición, desde los partidos y desde la sociedad, al nuevo monstruo de estado, que ahora se llama Morena. Pues ahora, como en 1976, y como decía López Sanabria, donde termina el miedo empieza la libertad.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Hiram Pérez Cervera*

“No hay esperanzas para una civilización, cuando las masas están a favor de políticas nocivas”

-Ludwig von Mises.

La contundente victoria de Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) en las elecciones pasadas marca un cambio de rumbo drástico para nuestro país en los años que vienen. La marcada tendencia de izquierda nacionalista tuvo un profundo impacto en una sociedad mexicana que, harta de los escandalosos casos de corrupción y del número constante de 50 millones de mexicanos en pobreza, decidió entregarle poder absoluto al caudillo que ofreció cambiar todo de un pincelazo, con alguna extraña magia que nuestro país desconoce, al menos hasta que este taumaturgo, de apellido López Obrador, asuma el poder en diciembre.

El propósito de esta reflexión es intentar aproximarse a las causas por las que, un partido como MORENA, ganó de manera tan aplastante esta elección y dar aviso sobre la enorme tarea que tenemos los libertarios para evitar que, en palabras de Mises, la barbarie socialista se apodere por completo de la política de nuestro país.



Uno de los factores determinantes para esta elección fue que, mediante del uso del discurso, se fueron construyendo diversos conflictos que, finalmente, darían origen al sujeto de la revolución. Esta estrategia, no fue creada por el equipo académico ni de campaña de López Obrador, fue diseñada por teóricos de corte marxista para reincorporar el ideal socialista una vez que fracasó el socialismo real de la Unión Soviética.

Este es el análisis que comparte Agustín Laje en el Capítulo 1 de “El libro negro de la nueva izquierda” que escribió juntamente con Nicolás Márquez, en el cual, explica como teóricos como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, comienzan a trazar un camino por el cual el socialismo va a entrar nuevamente en la escena de la política para hacerse con el poder. América Latina es un ejemplo de cómo esta reinvención del socialismo fue exitosa al conseguir gobernar buena parte de esta región del mundo.

Entender el concepto de hegemonía es clave aquí para ver con claridad el desarrollo de estas ideas. Gramsci argumentaba que la hegemonía era un sistema de alianzas de clase que le permitirían al proletariado hacerse con el poder, ello con un cambio de paradigma dentro del mundo del marxismo tradicional. La batalla no se daría exclusivamente en el ámbito de lo económico, sino en el cultural, de ahí que para este teórico era de importancia crucial la proliferación de marxistas dentro de la esfera académica.

Ernesto Laclau, uno de los grandes exponentes del marxismo en América Latina, analiza que el mundo después de la caída de la URSS es un lugar en el que las clases obreras han mejorado sus condiciones de vida, además de que la expansión de la democracia generó nuevos conflictos políticos cuyo centro no es el ámbito económico, idea que provoca el rompimiento definitivo con el marxismo tradicional e incluso con parte del pensamiento gramsciano pues, la clase proletaria no va a poseer ese lugar privilegiado como agente revolucionario, de modo que se abrirá ese campo a un universo aún mayor. Esto quiere decir, que los agentes de la revolución se van a construir mediante el discurso, a través de la generación de historias y relatos que provoquen conflictos que le sean funcionales a la izquierda.

Tenemos que madurar políticamente y superar las nocivas discusiones sobre “pureza libertaria”

En este punto, MORENA deja muy en claro que esta es su estrategia, al presentarse como resultado de las luchas sociales que existen en México y, por tanto, como agente de articulación entre toda esta diversidad de movimientos. El énfasis debe caer sobre el concepto de articulación, entendida por Laclau y Mouffe como la modificación que surge de la alianza entre dos actores políticos.

En nuestro país, el resultado de esa articulación es precisamente la creación de MORENA, movimiento en el cual se han incrustado diferentes causas del país, con el objetivo de abatir un enemigo común, el capitalismo liberal. Algo que queda patente cuando en la declaración de principios de este nuevo partido se habla del modelo “neoliberal” como factor que genera desastres en la sociedad.

Una vez expuesta la estrategia ideológica, queda ahora explicar de qué manera van a llevar a cabo tal fin. El proceso será mediante la radicalización del componente igualitario de la democracia, es por eso que su discurso hace énfasis en los temas de la desigualdad como generador de conflicto, de manera que profundizar sobre este ideal de igualdad será necesario al grado en que colapse por sí mismo, ejemplo de ello son declaraciones como las de Olga Sánchez Cordero, en las que hace un llamado a la democratización de las familias, la idea constante de llevar a consulta el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México o la revocación de mandato a mitad del sexenio, en palabras de Ernesto Laclau “ No es en el abandono del terreno democrático sino, al contrario, en la extensión del campo de las luchas democráticas al conjunto de la sociedad civil y del Estado, donde reside la posibilidad de una estrategia hegemónica de izquierda”[1]

Radicalizar la democracia no será el fin, más bien será el medio por el cual se pretende lograr la destrucción de la noción del individuo, en otras palabras, la destrucción de las nociones sobre los derechos individuales y la propiedad privada. De modo que, esta nueva concepción de democracia radical es el disfraz de un nuevo socialismo que ahora a conseguido incluir demandas que trascienden el aspecto puramente económico.

¿Qué debemos hacer los libertarios ante un embate de esta magnitud?

La respuesta es generar un movimiento de respuesta que sea homogéneo, en el que las diferentes corrientes que existen dentro del mundo de la libertad puedan avanzar de manera transversal en la academia, la sociedad y lo económico para hacer frente ante esta nueva estrategia que los teóricos del socialismo han puesto en marcha.



Esto quiere decir que tenemos que madurar políticamente y superar las nocivas discusiones sobre “pureza libertaria” que se dan habitualmente y que impiden que podamos construir una hegemonía por la libertad. En este momento, lo que esta en juego no es el flamante título de “Libertario”, sino la libre voluntad de poder simpatizar con el ideal de la libertad.

Finalizaré este análisis con una frase más de Mises para reflexionar sobre la enorme tarea que tenemos como único frente capaz de responder coherentemente la batalla cultural que se recrudecerá a partir de diciembre.

“Si queremos salvar a nuestro planeta de la barbarie, lejos de ignorar los argumentos socialistas, es preciso refutarlos.”

-Ludwig von Mises

*Hiram Pérez Cervera es internacionalista, enfocado en el estudio del impacto de la política sobre la economía. En twitter lo encontrará como: @hiram_perezc

[1] Laclau, Ernesto. Mouffe, Chantal. Hegemonía y estrategia socialista. P. 222.

Por: Horacio Puchet*

[dropcap type=”default”]2[/dropcap]018: año electoral en México. Las gráficas de popularidad de los candidatos semejan el dibujo de líneas melódicas en una partitura. Como sinuosas voces en un contrapunto, las preferencias electorales suben o bajan, se acercan entre sí o se alejan, a veces se entrecruzan. El universo del electorado es un juego de suma cero donde lo que uno pierde lo gana el otro, tal como las cambiantes notas en su movimiento completan la armonía del conjunto. Si la música es matemática que se escucha, la estadística es música que se ve.

EXPOSICIÓN

Llamo a esta elección sinfonía a tres voces porque todo apunta a que ella se repartirá en tercios. Tres son los candidatos mejor posicionados, muy por delante de los otros, los independientes, que aún no terminan de recabar las firmas para aparecer en la boleta. Y como no hay segunda ronda, el candidato que conquiste algo más que la tercera parte del electorado, alcanzará la presidencia.



La agenda este año aparece dominada por asuntos internos y de corto plazo. Tres temas articulan el discurso: inseguridad, corrupción y desempeño económico. Lo externo se reduce a la relación con los Estados Unidos. Noto que están ausentes los asuntos culturales, científicos y tecnológicos. Tampoco se mencionan perspectivas de largo plazo; la imaginación electoral parece agotarse en lo urgente y necesario.

Las diferentes opciones políticas, sin embargo, son unánimes en lo económico. Son todos keynesianos.

La novedad de estas campañas son las insólitas alianzas que han surgido. Extrañas coaliciones de antagonistas ideológicos se unen por comunes intereses; postulados partidarios son postergados para responder a lo coyuntural; izquierdas y derechas son rebasadas por la necesidad de ubicarse en el centro del espectro. Dos coaliciones ofertan el cambio y una la continuidad.

Las diferentes opciones políticas, sin embargo, son unánimes en lo económico. Son todos keynesianos que desconfían tanto del mercado como de la planificación y promueven el estado de bienestar. Las diferencias son de matices, dependiendo de la clientela electoral. El diagnóstico del país tampoco es demasiado diverso.

México es una economía estable, con un buen manejo de su deuda, según las calificadoras internacionales. Es la 13ª economía del mundo y crece anualmente por encima del 2%. Se ubica como el principal exportador de América Latina y como el séptimo país más visitado del planeta: una verdadera potencia mundial en materia de turismo. En el Índice de Desarrollo Humano, ocupa el lugar 77 de 188 países con un IDH Alto: 0,762. Si bien el porcentaje de población en pobreza es grande, ella ha venido disminuyendo: en los últimos tres años pasó de 46.2% a 43%, mientras que la extrema se redujo de 9.5% a 7.6%. Por contraste, México es la nación latinoamericana donde los ciudadanos pagan más sobornos por la obtención de servicios (la policía es la institución que se percibe más corrupta). Según Transparencia Internacional, la corrupción cuesta al país 10 puntos del PIB, y en el Índice Global de Impunidad 2017 México se sitúa en el lugar 66 de 69. Otro reto es la violencia. La inseguridad es el problema que más preocupa al 60% de los mexicanos, según la encuesta nacional de victimización ENVIPE 2016. Se habla de una crisis de seguridad que comenzó hace 20 años. Cierto es que la seguridad pública, en sus cuatro vertientes (homicidio, secuestro, extorsión y robo), es una responsabilidad de los tres niveles de gobierno, no sólo del gobierno federal. La organización Semáforo Delictivo calificó al 2017 como el peor en materia de homicidios de las últimas dos décadas: 24 000 asesinatos, de los cuales 18 000 fueron ejecuciones.

Los números ahí están, para la general consulta, retratando la realidad que todos los días enfrentamos. Son indicadores del rumbo del país. Lo que varía es la interpretación que se hace de ellos: el consabido vaso medio vacío o medio lleno. Y de percepciones están hechos los votos.

SOPRANO

En primer lugar de popularidad se encuentra Andrés Manuel López Obrador. Personaje de innegable carisma, con gran arraigo entre la gente y comunicador eficaz. Marca la agenda con declaraciones estridentes. Sus frases son, para bien o para mal, inolvidables. Esta cualidad ambivalente hace que muchas veces él mismo sea su principal opositor. La coalición que lo postula no es menos contradictoria, Morena-PT-PES, una amalgama de radicales de izquierda y de derecha unidos en torno a un líder carismático por la urgencia del cambio. López Obrador capitaliza la frustración y el enojo público por el lento desarrollo y los índices de corrupción. Promete mayor participación estatal en la economía para crear más oportunidades.



Pero su plan de gobierno se basa en un dato incomprobable: la suposición de que, por concepto de desvío de recursos, se pierde anualmente 1 billón de pesos del presupuesto federal (una cifra que representa la mitad del gasto corriente). Asume que sólo por lavado de dinero se pierden 475 mil millones de pesos. Y promete que, sin aumentar impuestos ni contratar más deuda, con sólo políticas de austeridad y combate a la corrupción, es posible erogar al año 367 mil millones de pesos en proyectos de inversión y desarrollo social. Trenes, refinerías, duplicación de pensiones, becas de estudio, elevación de salarios a burócratas, salen de su boca como del sombrero de un mago. Un programa muy remotamente factible, debido a la improbabilidad de que disponga efectivamente de esos recursos adicionales. Se basa en una petición de principio. Lo más seguro es que genere endeudamiento y mayor carga fiscal. Sobre todo porque López Obrador carece de estrategias claras de combate a la corrupción y a la delincuencia. Sus declaraciones en este sentido no han pasado de vagas ocurrencias, como la de otorgar amnistía a narcotraficantes. ¿Cuáles son sus posibilidades de triunfo? Tras 18 años de campaña cuenta con la confianza de casi un tercio del electorado. Pero ese número es su techo, pues su conocimiento entre la población se sitúa en el 95%, de ahí que su margen de crecimiento sea casi nulo.

CONTRALTO

El candidato Ricardo Anaya, un queretano de 38 años, es el más joven de los aspirantes. Un abogado de brillante oratoria, doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y experto en cultura popular (su tesis de licenciatura sobre el grafiti, prologada por Carlos Monsiváis, es de referencia en el tema). Ha hecho una carrera meteórica: secretario particular del gobernador Garrido, subsecretario de planeación turística con Calderón, presidente de la cámara de diputados y, a los 35 años, presidente del Partido Acción Nacional. En 2016, cuando el PAN obtuvo 7 de las 12 gubernaturas en disputa (5 de ellas en alianzas con el PRD), Anaya emergió como el principal artífice del resultado. Se le critica haber construido su candidatura desde la dirigencia, modificando estatutos, manipulando el padrón y provocando fracturas en su partido. Su discurso busca conectar con los jóvenes, que son la mayoría del electorado.

El frente opositor que lo postula, la Coalición por México al Frente, es una alianza semejante a las que forman demócrata-cristianos y social-demócratas en los gobiernos europeos, o a las que se dieron en Sudamérica para poner fin a las dictaduras en los años 80 del siglo pasado. Según el diagnóstico de su Plataforma Electoral, el país “vive una situación de urgencia”; la población sufre una “profunda regresión en sus condiciones de vida”; el actual régimen “está rebasado” y es “por completo inviable para las necesidades y retos del país”. Impera el presidencialismo, “el poder está concentrado en manos de una sola persona”; la vida política se ha deteriorado y el “agotamiento institucional es producto de un sistema disfuncional que ha alentado el quebranto del Estado de Derecho, la impunidad, la corrupción y los privilegios de unos cuantos a costa de excluir a las mayorías”. Convoca a crear un “nuevo modelo de Estado”, “una auténtica democracia”, a “impulsar la equidad de género”, a “transformar a fondo las estructuras” colocando a “la persona en el centro de las decisiones”. Entre sus propuestas figura la revocación de mandato, la reforma del poder judicial y el impulso a la cultura mexicana.

Anaya con su populismo puede restarle votos a Morena.

Pero la propuesta que ha tenido mayor resonancia en los medios es la de establecer una Renta Básica Universal. Algo por completo irrealizable; los números no cuadran. El costo anual de un programa de tal magnitud, calculando a 2 800 pesos por persona, sería de 4 300 800 millones (2 800 x 12 meses x 128 millones de mexicanos), mientras que el presupuesto federal es de 4 888 892.5 millones de pesos, de los cuales el 24.7% es gasto no programable, dinero destinado a pagos de deuda e intereses, 1 173 120 millones de pesos. O sea: no salen las cuentas. Ni clausurando todo el gobierno federal.

Es una propuesta que se explica sólo en el ambiente electoral. Pero Anaya con su populismo puede restarle votos a Morena.

 TENOR

Por último, José Antonio Meade, representa la continuidad. Es el candidato que brinda tranquilidad y certidumbre a los mercados. Un hombre preparado, con experiencia exitosa en cuatro secretarías de gobiernos diferentes, aunque entre sus experiencias no está la de ganar puestos de elección popular. Carece de militancia formal. Maneja un perfil ciudadano y deja la confrontación en manos de su coordinador de campaña y del dirigente del partido. Su designación fue una hábil maniobra que hizo ver al PRI como un partido abierto al cambio y a las candidaturas independientes.

El lado negativo de este candidato es el partido mismo que lo postula, signado por escándalos de corrupción y por el natural desgaste del poder. Los índices de aprobación del actual presidente rondan el 27%: ese es el piso del que parte Meade. Su reto es convencer, a un electorado desilusionado y agraviado por la corrupción, de los logros alcanzados al presente.

Meade es el candidato que brinda tranquilidad y certidumbre a los mercados.

Debe comunicar de manera eficaz que se concretaron reformas estructurales necesarias, que los organismos internacionales han respondido renovando su confianza en el país, que tenemos finanzas públicas sanas, que México ha soportado la caída del precio de las materias primas gracias a la solidez económica que ellas aportaron. Debe transmitir al electorado que gracias a la reforma financiera bajaron las tasas de interés, que existen zonas económicas especiales en las que se invierte dinero en educación e infraestructura, que se redujo la pobreza y el trabajo infantil, que el salario recuperó el 15% de su poder adquisitivo, que se están creando un millón de empleos al año.

Debe convencer de que, a pesar de todo, el combate a la corrupción se está dando, y que muchos culpables (entre ellos priistas notables) han sido detenidos y enfrentan un proceso penal. Debe además ilusionar sobre el futuro del país. El reto es enorme para él y para su equipo de campaña. El país deberá elegir, ha dicho, entre “seguridad y confianza y una opción totalmente contraria”. Pero no sólo de retórica viven los candidatos.

La disciplina de su partido todavía puede jugar a su favor. Un artículo reciente del Financial Times aseguraba que Meade podría ganar gracias a “la formidable maquinaria” del PRI.

CODA

¿Mi pronóstico? El Estado de México, con su particular composición electoral, es una muestra representativa del comportamiento nacional. Como fue en el Estado de México, así será en el resto del país. Mi apuesta es por un triunfo cerrado del candidato oficialista.

Pero mi sinfonía, como la Schubert, es una sinfonía incompleta. Otras voces habrán de sumarse pronto al concierto electoral. Margarita Zavala, al ser otra opción de continuidad, le restará votos a Meade. Para mí, Armando Ríos Piter es una incógnita, al igual que el “Bronco”. Es posible también que las elecciones, con su carga de incertidumbre, sean negativas para el conjunto de la economía.

Escribí este texto a petición de mi amigo Gerardo Garibay, sin ser yo un especialista en la materia, sólo como una manera de enriquecer el debate privilegiando las ideas sobre las emociones. Es así como un músico ‘ve’ el panorama electoral, o más bien, cómo lo ‘escucha’. Su oído trata de discernir el sentido entre el ruido que provoca el clamor del momento, un tiempo en que el país trata de armonizar las estridencias que lo habitan y de resolver de manera pacífica sus disonancias, un año crucial en muchos sentidos, en que habremos de decidir si continuamos en la misma tónica o modulamos para explorar otras tonalidades.

*Horacio Puchet es músico de la Sinfónica Nacional y docente de la UNAM, escritor en sus ratos libres y padre de familia de tiempo completo. Su correo: hpuchet@gmail.com

Por: Hiram Pérez Cervera*

Es un hecho, estimados lectores, que el sistema político mexicano esta agotado hace varios años. Ya no se ofrecen soluciones, tan sólo paliativos y hasta eso, cada vez más ineficaces. Todo se soluciona con impuestos, todo se soluciona con gasto, para dar como resultado ferraris en garajes de funcionarios o costosas mansiones de lujo en lugares paradisiacos a los cuales ni usted ni yo podemos soñar con tener – ya sea por lo caro de los permisos de construcción o porque de plano está prohibido hacerlo. 

No obstante, dicho agotamiento no sólo es patente dentro de la acción política, también lo es ya dentro del mundo de las ideas y esto es lo que debería ser de preocupación para los actores políticos del país pues ¿De que manera van a legitimar los futuros cobros y los gastos? La gente de a pie ya no se traga con facilidad los discursos de la política. 



Tomemos por ejemplo a Andrés Manuel López Obrador, su discurso de la mafia del poder y del rejuvenecimiento de la economía mexicana a través de modelos que fracasaron en toda América Latina en los años 70, así como su percepción de líder cuasi divino, son cada vez más infumables para los mexicanos – eso sin contar el grupo que lo apoya desde el dogma – a tal grado que recientemente tuvo que entrar el apoyo de un partido de otro país, el PSUV, a través de pintas con la leyenda “López Obrador es revolución mexicana” para darle un aire nuevo a su figura y tal vez así medio tapar todos los amarres que está haciendo con esos personajes que antes identificaba como miembros de esa mafia. Claro está que esta propaganda realizada desde otro país, de acuerdo discurso de la izquierda esto no es injerencia de un gobierno en los asuntos de otro ¿Verdad? O quizás es una manera de decirle al INE “no puedes fiscalizar no que no esta en el territorio nacional”.

La gente de a pie ya no se traga con facilidad los discursos de la política.  

Un caso más de esta falta de ideas es el caso del candidato del PRI, José Antonio Meade. Su destape como precandidato a la presidencia de México fue, por demás, faraónico y apegado a las tradiciones de ese viejo PRI que nadie quiere y que del que hoy, irónicamente, se intenta deslindar – como lo hacen en cada campaña, cabe destacar. Peor aún, los medios de prensa nacional lo intentaron presentar como el representante del liberalismo económico en el país, cosa que solo un par de ingenuos se lograron tragar. 

A un par de meses de haberse destapado ¿Cuáles son sus ideas? ¿Qué rumbo quiere darle al país? Hasta el momento ninguna clara, se entiende que este es el momento de buscar el apoyo interno del partido y que quizás las mejores ideas no sean reveladas aún, pero lo reprochable es precisamente eso, amigo lector, que no hay ideas, solo discursos sobre como hay que convertir a México en una potencia económica para superar las barreras de la pobreza, pero siempre queda preguntar ¿Cómo? ¿Continuando el camino que llevamos recorriendo casi 6 años? De momento no lo sabremos, lo cierto es que mucha gente esperaba mucho más de Meade y de saludos navideños y buenos deseos para año nuevo no pasamos. 

Nos queda Ricardo Anaya Cortés, virtual cabeza de la coalición Por México al Frente. Personalmente esperaba un inicio fuerte hablando de ideas, con cosas nuevas que dieran de que hablar y con propuestas nuevas que fueran encaminadas a revertir la reforma fiscal de 2013. Y sí, hubo una propuesta nueva, pero en el sentido del retroceso, se propuso un ingreso básico universal, a todas luces impagable pero que pretende sustituir los programas sociales existentes. Espero de verdad, que prevalezca la segunda idea y se abandone la primera. Fuera de ese primer desencuentro, lo que se ha dejado ver es su recorrido por la república en búsqueda del apoyo necesario al interior del partido para encabezar la coalición, es decir, pura pose para la foto. Para un partido que tiene una reputación de ser propositivo en la medida que lo fueron Castillo Peraza, Manuel Clouthier o Luis Pazos, quienes siempre tenían algo bueno que decir o algo con lo que aportar, esto debe ser motivo de una reflexión a su interior a modo de saber que está pasando que impide que los liderazgos salgan a dar la batalla por las ideas. 

Sucedió así en Venezuela, cuando el modelo se agotó y la ciudadanía no fue capaz de ver la diferencia entre un actor político y otro. 

Finalmente quedamos nosotros, los que pagamos todo esto, los individuos que componen la sociedad mexicana, en medio de estas tres fuerzas sin tener una idea muy clara de las diferencias que, en ideas, debería haber entre ellas. Nos encontramos en una especie de limbo en el que los políticos se dispondrán a ofrecer lo más que puedan – sin importar si esto es posible o no – para atraer la preferencia de los votantes, esto es malo para la república, es malo para la democracia y es malo para la prosperidad de un país, pues es el nicho en el cual el socialismo puede colarse para arruinarnos la vida a todos, sucedió en Argentina, sucedió en Bolivia, sucedió en Venezuela. Sucedió cuando el modelo se agotó y la ciudadanía no fue capaz de ver la diferencia entre un actor político y otro. 



Amable lector, me daré por bien servido si al terminar esta lectura en su mente se quede abierta la siguiente discusión ¿Qué nos conviene más, un país donde la gente puede seguir su camino y afrontar las consecuencias de sus decisiones de forma responsable o uno donde un comité de políticos pretende que pueden planificar nuestro día a día para enriquecerse a costa nuestra? ¿Dónde prefiere su dinero, en la bolsa de un político o en la suya? Porque si algo debemos tener bien claro antes de entrar a estas elecciones es que cada cosa que le autorizamos hacer por nosotros a la política implica también una autorización para meternos la mano en los bolsillos, tal vez convendría exigir recorrer un camino hasta ahora desconocido para México, el camino de la libertad. 

*Hiram Pérez Cervera es internacionalista, enfocado en el estudio del impacto de la política sobre la economía. En twitter lo encontrará como: @hiram_perezc

Por: Ricardo Stern*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]stamos iniciando un año complicado –todavía más– en la política mexicana. Con excepción de dos períodos de estabilidad política merced a dictaduras o “dictablandas”, como se quiera ver, el porfiriato y el priato, este ha sido desde su fundación un país en perpetua campaña política. La obsesión por el poder, por la salvación a través de un tipo de gobierno u otro, por el líder fuerte, bondadoso y paternal que ha de ocupar la Gran Silla, tiene un dejo idolátrico y supersticioso, muy acorde con el espíritu nacional. Y no podría ser de otra manera: los gobiernos no pueden sino reflejar las virtudes, limitaciones, vicios y pecados de los gobernados. No sólo porque los gobiernos están compuestos de personas que salen de los diferentes estratos de una nación, sino porque las decisiones que esas personas toman están fuertemente limitadas por las ideas, aspiraciones, y caprichos de la misma gente. Tomar decisiones impopulares cuesta demasiado caro a un gobernante y muy difícilmente las tomará si no es en caso de extrema obligación. Sólo un gobernante virtuoso de un pueblo predominantemente virtuoso estará en capacidad de realizar sólo acciones positivamente buenas. La esencia misma de un pueblo decadente será, por el contrario, la de estorbar y criticar toda acción benéfica y aplaudir y votar por las acciones más perjudiciales. En un estado con esas características, el rango de acción del gobernante para hacer el bien será, obviamente, muy limitado, mientras que su rango de acción para hacer daño será amplio.

La obsesión por el poder, por la salvación a través de un tipo de gobierno u otro, por el líder fuerte, bondadoso y paternal que ha de ocupar la Gran Silla, tiene un dejo idolátrico y supersticioso.

Esto significa que el mejor escenario para un país en tal grado de decadencia (y no hay duda de que México está en ese caso) es que los poderes de la Unión sean ocupados por gente relativamente virtuosa e instruida, que supere al menos por un poco el nivel general de descomposición del resto. Es decir, tendremos en esencia dos tipos de candidatos: (a) los que han contribuido directamente a la descomposición intelectual, moral y estética del pueblo, esto es, demagogos, charlatanes que lucran con el odio, la mentira y la división irracional de la sociedad, que viven en perpetua campaña, que son como termitas devorando sin clemencia el armazón de la nación y sólo empeoran sus vicios, y (b) los que pueden contribuir a contrarrestar aunque sea un poco esta descomposición, incluso si de pronto se ven arrastrados a la competencia demagógica y deben realizar durante la campaña diversos actos populacheros y prometer cosas inverosímiles.



Los primeros basan todo su éxito en calumnias, amenazas, promesas absurdas, discursos vulgares e inflamatorios, movilizaciones de masas acríticas y otros alardes de fuerza para chantajear, etc. Esto creará una competencia política en la que incluso el hipotético político virtuoso y serio del caso “B” necesitará también corromperse y hacerse demagogo, como decíamos, para no quedar fuera de la carrera.

El dilema es que, al caer en ese juego, contribuirá también a que continúe la descomposición, y, sin embargo, seguirá siendo deseable que lo haga, para al menos tener una posibilidad de evitar que el o los más demagogos accedan al poder y causen una destrucción todavía mayor. Esta es la razón por la que la demagogia es imparable, y arrastra a las sociedades en una espiral descendente cada vez más destructiva, empobrecedora y violenta.

Torneo de engaños.

Todos los partidos y candidatos estarán pronto compitiendo, pues, para engañar más, prometer más soluciones mágicas, inventar nuevas y creativas formas de atraer la atención y entusiasmar a los ya completamente ebrios ciudadanos, inmersos en una bacanal troglodita por la que desfilan en pasarela los políticos mendicantes, con caras de ansiedad mientras esperan el pulgar hacia abajo o hacia arriba del pueblo engreído y tirano.

En este circo de la demagogia no habrá un político que se salve, y sin embargo seguirá habiendo diferencias. La diferencia principal es que los verdaderos demagogos no sólo prometerán cosas milagrosas y absurdas, sino que verdaderamente tendrán la intención de cumplirlas, mientras que los que podríamos llamar falsos demagogos sólo estarán usando el populismo como estrategia de mercadotecnia, pero saben perfectamente que tratar de satisfacer esa voracidad popular por dádivas y magia sólo traería catástrofes, por lo que, de llegar al poder, harían lo posible por evitar implementar políticas conducentes al socialismo o nacionalismo, las dos grandes vertientes de la demagogia moderna.

Votar por este último tipo de candidatos es la única manera que tiene un ciudadano consciente de contribuir a evitar un daño mayor. No hay manera, una vez que se ha caído en este círculo desenfrenado e insaciable, de prevenir por completo algún daño. No votar, evidentemente, es inútil, al igual que votar por partidos pequeños o candidatos independientes. En un escenario de riesgo, en que se juega todo, no se puede tirar un solo voto a la basura. No hay nada que se pueda hacer, habrá que votar por un candidato populachero de todas formas, y sabiendo además que por muy falso demagogo que sea, no podrá evitar realizar algunas acciones contraproducentes para mantenerse en el poder. Habrá daño, pues. Pero es no solo lícito sino incluso un deber ético contribuir a que ocurra el mal menor. Ningún médico opinaría que amputar un miembro es algo “benéfico” en sí mismo, y sin embargo puede ser lo único que salve la vida una vez que se llegó a una circunstancia extrema.

El panorama que tenemos en México para las elecciones del 2018 es justamente este. Se trata de un país con incontables atrasos en todos los aspectos, una población inmadura políticamente y que nunca ha salido del paternalismo y la demagogia. Es claro que ningún político puede hacer algo contra eso, y tenemos: un partido populista extremo, Morena, prometiendo ser “la esperanza de México”; una alianza (PAN-PRD-MC) que asegura que la solución alquímica a los problemas es esa superchería económica llamada Renta Básica; y al candidato del partido en el poder, José Antonio Meade, diciendo que podemos llegar a ser una gran “potencia” (lo que sea que eso signifique). Es claro que ninguno de los tres podrá cumplir esas promesas, pero también es claro que no son los tres iguales.

Obrador, el más peligroso.

López Obrador y su partido de corte fascista es sin duda la opción más riesgosa (por no hablar de lo injusto que sería que se salieran con la suya, accediendo al poder por los medios más viles), ya que es el más radical, el que cuenta con seguidores más fanáticos y violentos y el que ha demostrado no tener escrúpulos para prometer, calumniar, apoyar movimientos sediciosos, cerrar avenidas, etc. En una palabra, tenemos todos los elementos para suponer que es el tipo de demagogo que sí piensa implementar un plan de gobierno “alternativo”, o sea, radical, autoritario y anticapitalista.  En la Declaración de Principios de Morena, leemos que “el modelo neoliberal impuesto en los últimos 30 años, sólo ha beneficiado a una minoría a costa de la pobreza de la mayoría de los mexicanos. La economía está en manos de los monopolios; la planta productiva está destruida; hay millones de jóvenes sin oportunidades de estudio o de trabajo; el campo se encuentra abandonado y miles de migrantes cruzan la frontera norte cada día, a pesar de los riesgos y de la persecución”. Esto parece casi calcado de la Declaración del PSUV de Venezuela, partido que tiene como principal misión “atacar al neoliberalismo”. Y aquí hay innumerables motivos de alarma.

El primer punto es que ese modelo de economía mixta con más apertura que el socialismo nacionalista del viejo PRI, al que llaman “neoliberalismo”, no ha producido ni una sola de las cosas que se le achacan en el documento. No ha beneficiado a una minoría, no ha puesto la economía en manos de monopolios, no ha destruido la planta productiva, no ha dejado sin oportunidades a millones de jóvenes, no ha causado un abandono del campo y no ha producido más migrantes que antes. Por el contrario, en los últimos años hay más mexicanos regresando a nuestro país que emigrando. Y, de hecho, en todos los puntos mencionados, es demostrable fuera de toda duda que dicho “neoliberalismo” ha producido exactamente lo contrario.

De este modo, toda la propuesta obradorista parte de un diagnóstico no sólo falso sino absurdo. Y esto se comprende al revisar la historia reciente de la izquierda mexicana, cuyos líderes provienen del viejo sistema priista.

Antiguamente, la ideología prevalente del PRI era socialista-nacionalista-revolucionaria, y fue solo gracias al autoritarismo, que no a sus buenos resultados, que pudo sostenerse por tantas décadas, y los beneficios que hubiera podido causar por aquí y por allá se debieron más al factor de la estabilidad política y el orden que en sí al modelo económico entonces vigente, carente de toda virtud y responsabilidad. La corrupción, la violencia, la pobreza, el analfabetismo, la segregación, el corporativismo y monopolismo eran infinitamente mayores que ahora, por no hablar de las libertades civiles. No hay un solo indicador económico o de desarrollo humano que haya retrocedido en los últimos 30 años. Incluso la violencia, el peor flagelo, está en niveles bajos, si revisamos toda la historia de México, un país sumamente violento desde su origen. Los homicidios NO relacionados con el crimen organizado llevan 15 años en su nivel histórico más bajo, sólo por dar un ejemplo. Ni en las épocas más rígidas de control priista se alcanzaron esos niveles tan bajos.

La propuesta obradorista parte de un diagnóstico no sólo falso sino absurdo.

Incluso la violencia relacionada con el crimen organizado, en su punto más álgido, 2012, no pasó jamás de los niveles que eran normales en 1960. En resumen, el diagnóstico es completamente falso. Y por si esto no fuera suficientemente grave, sabemos también que los partidos autoritarios de otros países, afines a la ideología de Morena, que han llegado al poder en muchos países dese hace décadas (incluyendo, como ya decíamos, México con el viejo PRI), han causado siempre los mismos efectos, que son nada menos que… ¡de los que se queja la Declaración de Principios del propio Morena! Es decir, sólo han beneficiado a una minoría a costa de la pobreza de la mayoría, han creado monopolios, destruido la planta productiva, dejado a millones de jóvenes sin oportunidades de estudio o de trabajo, arruinado la producción agrícola y producido miles o millones de migrantes. Así que López Obrador es, sin duda, la opción más nociva.

Anaya, menos riesgo; Meade, el más serio…demasiado.

De Ricardo Anaya sabemos poco, pero su historial ha sido moderado y pertenece a un partido relativamente conservador, que ya gobernó el país y no ocurrió ningún desastre. Esto permite suponer que, aunque tiene esa propuesta falaz y radical de la Renta Básica, es al menos posible que, en caso de ganar la presidencia, comprendería mejor las consecuencias de tan torpe medida y, con algún pretexto, no concretaría su implementación, o bien no obtendría en el congreso la mayoría necesaria, incluso si su partido obtuviera una mayoría de legisladores, cosa que jamás ha ocurrido y no es nada probable, además de que incluso muchos legisladores del PAN no aprobarían una medida tan irresponsable y estéril. Su alianza con el partido de centro izquierda PRD no sube mucho las probabilidades de conseguir ese apoyo en las cámaras. Creo, pues, que podríamos estar tranquilos en general, de ganar Anaya, pero no deja de ser riesgoso votar por un candidato que, a pesar de sus estudios nada desdeñables, parece no ser muy ducho para contrastar la realidad con las ilusiones.



Meade parece ser el más serio de los candidatos, y reúne excelentes características para gobernar, desde un carácter tranquilo y moderado hasta conocimientos técnicos y formación académica más que pertinentes para el cargo. Sin embargo, ese carácter tan deseable en un gobernante puede ser el talón de Aquiles de un candidato. Sabiendo que la mayoría de la gente vota por motivos más bien irracionales, la moderación y falta de “carisma” en el sentido político clásico pueden ser percibidos como debilidad, tibieza y, lo peor que puede ocurrir en el marketing político, aburrimiento. Si Meade no consigue despertar emociones fuertes, su probabilidad de ganar se reduce drásticamente. Difícilmente podrá salvarlo la disciplina electoral de las bases militantes del PRI, como veremos más adelante, y, de hecho, representar a ese partido en estos momentos de tanto descrédito puede también generarle un nivel de animadversión insuperable. Es un arma de doble filo competir bajo un logotipo tan deteriorado.

Independientes, incógnita.

No sabemos qué independientes competirán, pero no hay ninguno que verosímilmente pueda superar a ninguno de los tres mencionados. Eso sí, hay al menos cuatro que pueden alterar el escenario, y hasta cambiar el resultado, que son: Margarita Zavala, Pedro Ferriz, María de Jesús Patricio (Marichuy) y el Bronco. Zavala es, dese luego, la más fuerte, y algunas encuestas la sitúan el torno al 10% de las preferencias. Aquí se presenta una situación que amerita algo de análisis, ya que es un porcentaje con el que le sería imposible ganar, pero sí determinar un resultado favorable a López Obrador, ya que ese 10% serían votos que, en su mayoría, de no participar ella en la contienda, se distribuirían entre Meade y Anaya. Sería bastante irónico que la presencia de la esposa de uno de los más grandes adversarios de AMLO, acabe determinando su victoria.

Obrador el puntero y Anaya el perseguidor.

De hecho, a seis meses de la elección, López Obrador ya aparece hasta arriba, y con un amplio margen, en todas las encuestas. Anaya parece estarse perfilando como el segundo lugar, y Meade no parece estar logrando pasar más allá del “voto duro” del PRI, lo cual, contrario a lo que muchos piensan, no alcanza para determinar una elección. El resultado de 2006 lo deja ver muy claramente, cuando el candidato del PRI, Roberto Madrazo, quedó 13 puntos porcentuales abajo del segundo lugar. Tuvo incluso 3.5 millones menos de votos que el tercer lugar de 2012, Josefina Vázquez Mota. Así que el “voto duro” e incondicional del PRI no alcanza, ni de lejos, para ganar una elección.

El rechazo a Morena y AMLO sigue siendo grande, pero cada vez menos, incluso en estados del norte en los que este era amplísimo. La popularidad del presidente Peña ronda el 27%, y la mayoría de la gente considera, con un entrenamiento nulo en economía, que ésta ha empeorado en el presente sexenio.

En pocas palabras, todo está favoreciendo a AMLO en este punto, y sus opositores no muestran la más mínima señal de tener disposición a aliarse o negociar de alguna manera para evitar que el populismo extremo se haga del control el país, o al menos del poder ejecutivo, ya que, aunque algunas encuestas parecieran indicar un avance de Morena en el poder legislativo, es prácticamente imposible que alcanzaran una mayoría absoluta, e incluso relativa. En el ya referido proceso de 2006, en que el PRI quedó tan mal parado, no perdieron, a pesar de la debacle, el control de ambas cámaras, lo cual permite al menos suponer que AMLO enfrentaría una oposición vigorosa a sus políticas previsiblemente retrógradas e irresponsables. En cualquier caso, el escenario es difícil y, gane quien gane, tendrá retos de seguridad y gobernabilidad enormes.

Todo está favoreciendo a AMLO en este punto, y sus opositores no muestran disposición para evitar que el populismo extremo se haga del control el país.

Con las encuestas favorables a AMLO que hoy se observan, será más fácil que nunca para él y su equipo alegar fraude, en caso de perder, con las consecuencias fatídicas que ya conocemos de esa vieja manipulación suya. Y si gana, el “PRIANRD” apostará por su fracaso, lo cual es a la vez bueno y malo, ya que así como puede estorbarle muchos de sus propósitos demagógicos, puede también generar violencia, parálisis y otros males. No es ni siquiera descabellado concebir una especie de “golpe de estado” encabezado por el propio Obrador como presidente, contra los otros poderes y partidos de oposición, si éstos se dedican a estorbarle.

En conclusión, por ningún lado se ve esperanzador el panorama, además de que la política no es ni puede ser jamás la esperanza de un país para salir del atraso y la barbarie. Incluso, el hecho mismo de que todas las esperanzas de la mayoría de la población estén puestas en quién ocupa la silla presidencial, ya es en sí mismo el mejor indicador de las pocas esperanzas que tenemos.

*Ricardo Stern, Ciudad de México, 1976. Estudió piano, literatura dramática y arquitectura del paisaje. Es autor de Aquí no se sirve café (novela, Sediento, 2012) y La razón ardiente (ensayo, Galma, 2015). Actualmente trabaja en consultoría política e investigación.

Por: Octavio Catalán*

[dropcap type=”default”]D[/dropcap]esde que tengo memoria, en cada proceso electoral nos encontramos ante la misma encrucijada, “votar por el menos peor”. En un análisis profundo de esa calamidad, podemos observar que no se trata de un fenómeno propio de un municipio, estado o incluso del país en donde habitemos.

Defensor como lo soy del libre mercado, no puedo declararme de la misma forma como un demócrata convencido. Y es que la democracia es un forma de gobierno que nos conduce naturalmente a ser gobernados por las peores personas.

Para explicar la contundente afirmación que hago en el párrafo anterior, vale la pena confrontar este texto con la obra “Libertad o Socialismo” de Hans-Hermann Hoppe, en su capítulo –Por qué los peores gobiernan-.



En un mercado libre, asumimos que existe libertad de entrada de oferentes, situación que siempre beneficia al consumidor, pues el resultado de la competencia, generalmente es un mejor bien o servicio, y mejores precios. Ganar al consumidor, es resultado de una mejora constante en lo ofertado.

Es lo que tenemos, así que prepárese nuevamente querido lector, y ¡a votar por el menos peor!

Sin embargo, el virtuosismo de la competencia en un mercado libre, no le es aplicable al “mercado político-electoral”. Dejar abiertas las puertas a cualquier oferente político resulta altamente peligroso. Alguien podría contra argumentar ingenuamente, que de igual forma la competencia en la arena política nos arrojará mejores propuestas y mejores políticos, pero eso es una falacia, pues el objetivo que se persigue es perverso en el fondo.

Cuando el objetivo de la competencia es pernicioso, los oferentes están dispuestos a corromperse hasta sus últimas consecuencias. V. Gr., en la industria armamentista, las empresas compiten por crear instrumentos cada vez mas mortales, con mayor capacidad de aniquilación y con consecuencias cada vez mas funestas.

Todos los oferentes que compiten en mercados negros, ilegales y deleznables, tarde o temprano logran perfeccionar los fines a los que se han entregado. Un fabricante de drogas sintéticas busca la forma de generar mas adicción de su consumidor y ser mas competitivo que los productos contra los que compite en su mercado. Un sicario busca la forma de ser mas preciso en su reprobable actividad y al mismo tiempo tiene que acoplarse a los precios de un mercado, que aunque nos duela reconocer, existe.

Partiendo de la premisa: “LOS IMPUESTOS SON UN ROBO”, afirmación a la que no le dedicaré en este texto mayor explicación, pues ya la abordaré en otro momento, tenemos que considerar que el objetivo de todos los políticos que aspiran a ocupar un cargo público, es justamente “administrar” ese tributo que le fue arrancado del bolsillo al ciudadano. El gobierno no genera nada. Todo su actuar es financiado a costa de lo que le expolió a sus gobernados.

Aunque a algunos les cueste mas trabajo que a otros admitirlo, lo que en el fondo todos los políticos quieren, es llegar a una posición para disponer de los recursos que fueron expoliados a los ciudadanos, es decir, gastarse lo de los demás.

Quien quiere llegar a esa posición se esforzará cada vez mas en disfrazar esas intenciones y justificarán como Robin Hood que te quitan dinero para “redistribuirlo justamente”. Sin importar si existe un cohecho, concusión o peculado probado, al que hoy llamamos elegantemente “servidor público”, es un ladrón legitimado por la ley para ejercer actividades que ya de origen son cuestionables en su moralidad.

Adicional a lo anterior, ya entronizados en sus cargos, los políticos perfeccionan los mecanismos financieros para saciar su hambre y sed de lo ajeno. De la misma forma en que el fabricante de armas o drogas y el sicario se perfeccionan en sus respectivos marcos de competencia, este ladrón del erario, se perfeccionará en su oficio, pues es el mecanismo de supervivencia que genera la democracia.

La creatividad que estos políticos desarrollan para justificar el robo a los contribuyentes la llamamos demagogia y pronto todos prometen imposibles y se convierten en populistas. Por ello es peligrosísimo que la democracia permita la libertad de entrada a cualquier oferente.



Ese es el circo que vemos cada elección, ninguno se escapa. Cuando de apoderarse de lo ajeno se trata, no hay ideologías: la izquierda hace alianzas con la derecha, los conservadores con los liberales, los dinosaurios adiestran a los millennials… esta Orbe ya es Conversa y sin duda tiene esa pizca Socarrona que nos invita a reflexionar.

De estos fenómenos hablaremos en esta columna, analizar las propuestas y las plataformas de los candidatos, de los partidos y de los gobiernos es un deporte que entretiene a la nación todos los días.

En síntesis, la democracia si es la peor forma de gobierno, como apuntaba Churchill, excepto por todas las demás. Es lo que tenemos, así que prepárese nuevamente querido lector, y ¡a votar por el menos peor!

“La conciencia predominará,

sólo por medio de la razón.”

*Octavio Catalán estudió derecho en la IBERO CDMX y es consultor político desde 2007. Twitter: @oc_catalan