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Por: Víctor H. Becerra*

Celebramos estos días el 30 Aniversario de la Caída del Muro de Berlín, acontecida el 9 de noviembre de 1989, uno de los hechos fundamentales del siglo XX y de la modernidad.

Celebrémoslo, destaquémoslo hoy que la libertad parece estar tan subestimada, e incluso agredida, en el mundo entero. No se diga en América Latina: Las protestas en varios países latinoamericanos (especialmente en Chile) parecen haber puesto en cuestión al libre mercado y la libertad económica.

Pero esa puesta en cuestión de hoy, pasará y muy probablemente quedará en el olvido. Lo real y palmario, para el presente y para la posteridad, serán los resultados cosechados tras la Caída del Muro de Berlín, el símbolo por antonomasia del socialismo.

Tras dicha caída, que fue el pistoletazo para el derrumbe del imperio soviético, hoy podemos celebrar el récord de estos 30 años de sociedades cada vez más libres y con menores impuestos. En estas tres décadas, hemos podido constatar cómo mercados libres e individuos libres han enriquecido al mundo entero y lo han hecho más igualitario, sin necesidad de un gobierno compulsivo. Y han extendido libertades como las de pensar, opinar, elegir, amar, casarse con quien deseen, vestirse como deseen, escuchar lo que quieran, a millones de personas.

Ha sido un vasto movimiento por la libertad, que con epicentro en Berlín, se extendió de EEUU a Hong Kong, de Suecia a Singapur, de Santiago a Varsovia, donde el capitalismo ha creado bienestar, esperanzas, oportunidades ciertas, mejorado calidad y expectativas de vida, educación, consumo, salud, medio ambiente.

En estos 30 años comprobamos que la libertad funciona. Y hay que remarcarlo y contrastarlo con su alternativa, el socialismo y sus variantes, derrotado. Al respecto, recordemos las palabras de Ronald Reagan en la Puerta de Brandenburgo (el 12 de junio de 1987): “En el mundo comunista, vemos el fracaso”, dijo entonces. “Retraso tecnológico. Disminución de los estándares de salud. Incluso faltas del tipo más básico: muy poca comida. Incluso hoy, la Unión Soviética todavía no puede alimentarse. … Aquí está ante el mundo entero una gran e ineludible conclusión. La libertad conduce a la prosperidad. La libertad reemplaza el antiguo odio entre las naciones con cortesía y paz. La libertad es el vencedor “.

Desde entonces se ha comprobado, que fronteras abiertas, bajos impuestos y aranceles, desregulación, gobiernos más chicos y menos intrusivos, menor burocracia crean espacios y oportunidades para la innovación y el rápido crecimiento. Sociedades más ricas implican personas menos necesitadas, menor dependencia del gobierno, mayor igualdad. La brecha entre lo que los ricos y los pobres pueden disfrutar se ha atenuado espectacularmente, incluso si en los márgenes más extremos aún hay profundas diferencias. En todos los niveles, hoy disfrutamos de los beneficios y frutos de la libertad económica.

En los 30 años desde la caída del Muro, la pobreza extrema en el mundo pasó de 36% en 1989, a sólo 9% en la actualidad. En tal sentido, el gran hecho esperanzador de nuestro tiempo es que la pobreza extrema se está terminando en el mundo, lenta pero firmemente, lo que debe atribuirse, sobre todo, fundamentalmente, al comercio mundial, de cuyo dinamismo y efectos la Caída del Muro (y de la mayoría de todos los muros) es una bella metáfora.

En contraste, los sectores reacios al comercio y a los mercados, al progreso, en donde la innovación es más lenta y el acceso a un servicio de calidad es más desigual son las áreas de educación y la atención médica, precisamente donde los gobiernos han intervenido más constantemente.

Esto nos recuerda que el posible fin de la pobreza extrema y una mayor prosperidad para todos no fueron creados por el Estado ni por sus políticos. Son posibles por el libre mercado. Mercados más libres, mayor libertad para comerciar y personas más libres ayudaron a crear más empleos, llenaron tantos vientres, construyeron tantas casas, produjeron mejores tratamientos y salvaron tantas vidas. La libertad ha significado salud y prosperidad para muchos, no para unos cuantos.

Ha llevado educación generalizada, para niñas y niños, menor mortalidad infantil, mejor alimentación para todas las personas, gente con acceso a más y mejor alimentación, mayor esperanza de vida, mayor altura y talla corporal, menor emisión de contaminantes, mejor tratamiento del agua y de la tierra, más cubierta arbórea y más hielo en los casquetes polares, más oportunidades de construir su propia felicidad con quien mejor le parezca a cada persona, no a los demás. En terrible contraste, encontramos los 100 millones de muertos documentados en El libro negro del comunismo.

La Caída del Muro también significó la caída del mito de los altos niveles de vida en países socialistas, de que el socialismo podía constituir una alternativa viable y exitosa frene al capitalismo. Sus millones de muertos, junto con la opresión iliberal de la Rusia neosoviética de hoy, la amenaza de la cleptocracia china sobre Hong Kong o Taiwán, la miseria humanitaria de la Venezuela moderna o la emergencia crónica de la Cuba actual, nos muestran sin ninguna duda que las políticas estatistas siempre fracasan,  a veces brutalmente.

Estas alternativas oscuras nos deben recordar el defender, en todo momento, la libertad con el suficiente empuje moral. Porque la libertad, a pesar de todos sus logros, siempre está (estará) amenazada. La Caída del Muro de Berlín debe ser, ahora, cuando más se necesita, un nuevo y vivificante recordatorio del bien que trae la libertad.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por Carlos Gutiérrez Heredia*

[dropcap type=”default”]A[/dropcap] propósito de los paraísos fiscales, quiero hablar sobre el tema que tanto irrita a muchos cada que se pone de moda este tema por las famosas filtraciones en los mismos.

De acuerdo a los defensores de la “redistribución de la riqueza”, y la “justicia social”, se necesita cobrar muchos impuestos para que un país mejore y se desarrolle. Todo esto lo cuestionaré y demostraré con simples datos, que todo eso es falso, y más que querer ayudar, la verdadera intención de muchos es boicotear a los que tienen más éxito que ellos.



Si usamos la lógica de los que están contra los paraísos fiscales, esos “paraísos” deberían tener un nivel vida paupérrimo para sus habitantes y solo una alta calidad de vida para los ricos. Otro resultado de los paraísos fiscales, usando esa misma lógica, sería que deberían tener servicios de mala calidad e inaccesibles para todos. Pensemos por ejemplo en Singapur, uno de los “infames paraísos fiscales” según los defensores de la “distribución”. Si este país es un paraíso fiscal, entonces, no debería recaudar nada y sus empresas y habitantes no pagarían nada, por lo tanto no debería haber ningún servicio, y no digamos servicio de alta calidad, sino simplemente ningún servicio.

Afortunadamente, y como siempre, los izquierdistas se equivocan rotundamente.

Singapur tiene una recaudación progresiva, es decir, pagan más los que más ganan. ¿Pero cuánto pagan los que menos y más ganan? Pues lo más que se llega a pagar es un 22% para aquellos que ganan arriba de 320,000 dólares y los que menos pagan es un 0% hasta los primeros 20,000 dólares por año. La peculiaridad de Singapur, es que dentro de sus rangos de tributación, hay un mínimo y un máximo a pagar, por lo que todos los que ganen 320, 000 dólares o más, solamente pagarán un máximo de 44, 450 dólares en impuestos. Todo esto se puede ver en la primera imagen.

Pero todo esto es solo para impuestos en el ingreso, para impuestos corporativos la tasa es de 17% para todos (excepto para las startups, que tienen más facilidades)

En la segunda imagen podemos ver que Singapur recauda por concepto de impuestos sobre ganancias a personas físicas y morales un aproximado de un 31% del total de su ingreso. Sin embargo también podemos ver que compensa sus ingresos con otros impuestos, pero la mayoría de ellos (el 24%) sale de ingresos en transacciones financieras. Singapur recauda así aproximadamente un 17% de su PIB y termina gastando menos de lo recauda. En este punto, es justamente donde los izquierdistas y su mito de la redistribución caen, ya que incluso algunos se atreven a poner una especie de gasto mínimo o límite para tener un sistema educativo “eficiente”. Singapur de nuevo nos muestra que están equivocados, cosa que podemos ver en la tercera imagen.

La tercera imagen nos muestra que el paraíso fiscal tiene la mejor educación en el mundo gastando incluso mucho menos que otros países desarrollados que tienen gastos mayores en este rubro. Esto tumba dos mitos. El primero, que entre más se gasta, mejor; y el segundo, que en los paraísos fiscales no habría bueno servicios como el educativo.

Y lo que termina destruyendo a todo el mito no acaba aquí. Un pretexto de los que pugnan por la “redistribución” de la riqueza argumentan que sin esos impuestos no habría capitalismo y no habría infraestructura y por lo tanto, el mismo capitalismo colapsaría o no despegaría el sistema capitalista. Otro grave error.

China es el país que hoy por hoy invierte más en infraestructura que cualquier otro país sobre la Tierra, y sin embargo su deuda es muy baja y su gasto respecto al PIB tampoco pasa del 20%. ¿Cómo le hace? Pues tiene lo mismo de lo que goza Singapur, y que es infinitamente más importante que cualquier sistema de recaudación y pifias de redistribución de la riqueza: un sistema financiero sólido y muy bien desarrollado. China basa sus proyectos en sus bancos y todo esto gracias al fortalecimiento de su sistema financiero. Esto es lo mismo que permite a Singapur tener más ingresos para gastos pero sobre todo que muchos de sus “gastos sociales” son autosostenibles precisamente porque se proyectan desde el sistema financiero.



Las pensiones, los gastos médicos, financiados desde el ahorro por los habitantes de Singapur, crean un fondo que les da intereses al hacerlo desde los bonos del gobierno, y con su baja inflación (rondando el 0% o con deflación) al cabo del tiempo terminan pagándose (los individuos) su propio sistema de seguridad social. Todo esto nos dice que es posible saltarse todo el absurdo de redistribución de la riqueza y tener infraestructura, servicios y seguridad social sostenible sin endeudarse y cobrar impuestos, ya que todo esto se da en un “paraíso fiscal”.

La conclusión es, que si hay buenos servicios básicos, gran desarrollo económico y seguridad social en un paraíso fiscal, y que todavía ese paraíso se da el lujo de gastar menos y ahorrar un 200% de su PIB, significa que en realidad no es un paraíso fiscal, sino que todos los demás países son infiernos fiscales.

Si todavía, a pesar de esto, sigue habiendo personas que justifican tal redistribución, no es porque su objetivo sea el bienestar social (porque ya se demostró que se puede tenerlo sin altos impuestos), sino que su objetivo es tirar al que está mejor que ellos bajo el pretexto autocomplaciente de que lo hacen por una especie de “justicia social”.

Las combinaciones Estado-Mercado pueden ser buenas mientras el mercado sea mayoría y estén construidas bajo una lógica de mercado y no de distribución, es decir, que es posible hacer una distribución y ayudar a la sociedad mientras se tenga una mecánica de mercado y no de puramente “desarrollo social”. La sociedad se desarrolla y se ha desarrollado gracias al mercado, por lo que es posible tener todo esto y más mientras la eficiencia sea la estrella guía de toda política. Pero la mayor lección, es que los supuestos paraísos fiscales no son el infierno explotador que quieren pintar los socialistas, sino que de hecho tienen una vida mejor y mejores servicios que cualquier supuesto paraíso socialista.

*Carlos Gutiérrez Heredia nació hace 32 años en la Ciudad de México. Tiene estudios en psicología y derecho. Autodidacta en muchos otros temas. Empresario, freelancer y actualmente escribe un libro sobre filosofía.

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]D[/dropcap]ato curioso: últimamente he participado en varias conversaciones en línea sobre temas de actualidad, con interlocutores de izquierda y derecha, que a pesar de sus diferencias tienen una cosa en común: eventualmente señalan, con tono de lamentación, refiriéndose al asunto de turno, que “el problema es que se le ve como un negocio”.