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Educación

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Por: Kerry McDonald*

En el corazón de los debates acerca de la libertad educativa y la elección de escuela está el sutil pero siniestro sentimiento de que no puede confiarse en los padres. Están demasiado ocupados, son demasiado pobres o ignorantes como para tomar las decisiones adecuadas para sus hijos, y otros saben más que ellos cómo criar y educar a los niños. No toman en cuenta que los padres han atendido y educado exitosamente a sus hijos durante milenios, asegurando la sobrevivencia y éxito de nuestra especie.

Desconfianza en los padres

Como el economista Richard Ebeling escribe en la introducción del libro de Sheldon Richman Separating School & State:

“Los padres han sido vistos – y aún lo son – como una influencia retrógrada y dañina en los años formativos de la crianza del niño, una influencia que debe ser corregida y reemplazada por el “ilustrado” maestro profesional que ha sido entrenado, nombrado y financiado por el estado.”

Vemos reflejada esta desconfianza hacia los padres en muchos ámbitos de política, incluyendo recientemente la implementación del preescolar universal de gobierno para niños de cuatro años (y cada vez más para niños de tres años) en ciudades como Nueva York y Washington DC, y en reportes académicos que proponen intervenciones gubernamentales “de la cuna al kindergarten”. Estos esfuerzos casi siempre son encuadrados como una ayuda a los padres, quitándoles la carga a las familias de bajos y medios ingresos, y atendiendo las brechas de desigualdad y logros. Sin embargo, el mensaje es claro: No puede esperarse que los padres, y especialmente aquellos en desventaja, críen efectivamente a sus hijos y se encarguen de su educación sin ayuda del gobierno.

Algunos investigadores lo dicen directamente. En un artículo publicado esta semana en el Washington Post acerca de la supuesta pérdida de aprendizaje por parte de los niños de escuela durante el verano, Kelly Chandler-Olcott sugiere que para resolver el problema, debemos dejar de esperar que los padres nutran a sus hijos durante los meses de verano y en lugar de ello deberían recurrir a expertos para que lo hagan por ellos. Ella escribe:

“También es problemática la suposición de que las familias, y no los educadores, deberían promover el aprendizaje en áreas especializadas como matemáticas, lectura y ciencia. Aunque las familias de todos los ámbitos de la vida promueven diversas clases de aprendizaje en la vida cotidiana, la mayoría de los padres carecen de preparación para atender temas académicos, y sus obligaciones a lo largo del año no se detienen solo porque sus hijos están de vacaciones.”

Esto es durante el verano, cuando los padres ya han sido responsables durante mucho tiempo del cuidado de sus hijos. Aparentemente, ahora la crisis académica es tan grave, en especial para los niños de bajos ingresos, y las “obligaciones permanentes” de los padres son tan enormes, que deberíamos confiarles a otros para que hagan durante los meses de verano lo que por lo visto no terminó bien durante el ciclo escolar. Como escribí en NPR, necesitamos preguntarnos: si los niños pueden olvidar tan rápido durante el verano lo que supuestamente aprendieron en el ciclo escolar, ¿realmente lo aprendieron? Y si “la mayoría de los padres carecen de la preparación para enfrentar temas académicos”, ¿qué dice eso acerca de la educación que recibieron en las escuelas públicas?

La “fuerza perenne” de la paternidad

La idea de que los padres se interponen en el camino de la educación de los niños y pueden obstaculizar su florecimiento no es nueva. Mientras estaba diseñando la arquitectura de la escolarización masiva obligatoria en el siglo 19, Horace Mann argumentó que la educación era demasiado importante como para dejarla a discreción de los padres. Él opinaba que los fuertes vínculos paternales eran obstáculos para el desarrollo del niño y de la sociedad, escribiendo en su cuarta lectura sobre la educación en:

“La naturaleza brinda una fuerza perenne, incansable, que reaparece cada vez que existe la relación parental. Por lo tanto, quienes estamos involucrados en la sagrada causa de la educación tenemos derecho a ver a todos los padres como si hubieran cedido rehenes a nuestra causa.”

Mann continúa diciendo que “en cuanto podamos hacer que vean la verdadera relación en que ellos y sus hijos se encuentran respecto a esta causa, se volverán promotores de su avance”, respaldando el completo traspaso del control educativo desde la familia hacia el estado. Es por el bien de todos, dijo Mann –excepto para padres como él, que educó en casa a sus hijos mientras que obligo a escolarizar a los de los demás.

La solución es que los padres enfrenten el creciente control gubernamental de la educación y la crianza. No se dejen llevar por el canto de las sirenas de una falsa empatía por sus cargas en el trabajo y la familia. No se dejen convencer por la falsa creencia de que son incapaces de cuidar a sus hijos y determinar cómo, dónde y con quién debería educarlos. No deje que sus “incansables” instintos paternales queden debilitados por guardianes gubernamentales que piensan saber qué es mejor para su hijo. Exijan libertad y exijan elegir.

Los padres son poderosos. No son perfectos, y fallan; pero son más perfectos y fallan mucho menos que los agentes del estado y las burocracias gubernamentales intoxicadas por la autoridad y el ego. Los padres deberían retomar el control de la educación de sus hijos al defender la elección paternal y resistir los esfuerzos de afectar su capacidad innata de procurar el bienestar de sus hijos.

Confíe en la “fuerza perenne” de la paternidad, incluso –o quizás especialmente- cuando otros desconfían de ella.

*Kerry McDonald es fellow sobre educación en FEE y autora de Unschooled: Raising Curious, Well-Educated Children Outside the Conventional Classroom. Tiene un B.A. en economía del Bowdoin College y un M.Ed. en política educativa de Harvard University. Vive en Cambridge, Massachusetts con su esposo y cuatro hijos. Aquí puedes inscribirte para su correo semanal sobre paternidad y educación.

Originalmente publicado en inglés en FEE.org y traducido por Gerardo Garibay Camarena para Wellington.mx

Por: Hugo Marcelo Balderrama*

La cultura moderna ha perdido gradualmente el sentido de orden, a medida que la filosofía se fue desvinculando de la realidad cotidiana para refugiarse en un juego mental, sin contacto con la realidad cotidiana. Así han surgido en los últimos dos siglos diversas doctrinas, a veces enfrentadas entre sí, pero cuya común denominador es la negación del orden natural.

El socialismo en sus distintas variables (Nazismo, internacionalismo, maoísmo, trotskismo y guevarismo) es un rechazo al orden natural y las instituciones que lo conforman. Para el socialista la propiedad privada, la familia y el sexo son solo “construcciones sociales” que impiden a la sociedad retornar al paraíso socialista, un paraíso pansexual, ecologista y sin propiedad privada.



Desde la publicación de “El Emilio” de Jean-Jacques Rousseau la educación es el camino elegido por los socialistas para construir al “hombre nuevo”. La construcción de este “hombre nuevo” debe empezar en la tierna infancia. El niño debe ser aislado y estimulado en potenciar su bondad natural, con pocos libros, sin memorizaciones y en contacto con la naturaleza. Los planteamientos educativos rousseaunianos tienen hasta el día de hoy una enorme influencia en las leyes educativas. Por ejemplo: la ley educativa 070 en Bolivia plantea un modelo de educación “anti colonizadora” “anti patriarcal” y un “vivir bien” en armonía con la madre tierra.

Los grupos ecologistas se rasgan las vestiduras ante los experimentos con animales, pero a nadie le importa, cuando los pedagogos usan a los niños como experimentos de sus fantasías.

En el siglo XX las utopías educativas encontraron en la psicología un aliado estratégico. Con este apoyo, el control social se hizo más fácil. La patologización a quienes no se adapten al modelo educativo de los mandarines de turno es la técnica empleada.

El psicólogo español Marino Perez explica que Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) aprobada en España el año 2013, es el típico intento de manipulación social. En su libro “Volviendo a la normalidad”, Marino Perez muestra que el Trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un diagnostico que carece de sustento clínico, y la medicación, lejos de ser un tratamiento es, en realidad, un dopaje. Lastimosamente, LOMCE reconoce el TDAH y hace obligatoria la medicación, incluso ante la negativa de los padres. Los grupos ecologistas se rasgan las vestiduras ante los experimentos con animales, pero a nadie le importa, cuando los pedagogos usan a los niños como experimentos de sus fantasías.

A diferencia de los animales, el hombre posee por esencia una naturaleza racional. El conocimiento humano trasciende las limitaciones de la sensibilidad y capta, en el seno de la realidad, su constitución esencial, lo que cada cosa es.



Al aplicar su capacidad de conocimiento al plano de la acción, surge otra propiedad esencial del ser humano: su libertad. El ser humano es dueño de sus actos. Y por lo tanto, es responsable de los resultados de sus decisiones. La felicidad consiste en tener libertad de elegir. Por eso, cualquier intento de dirigir la educación desde el poder de turno es una crueldad, una lucha contra la naturaleza humana.

En su canción “Another Brick In The Wall” el grupo de rock Pink Floyd expresó una gran verdad: “We don’t need no education, We don’t need no thought control, No dark sarcasm in the classroom, Teachers leave them kids alone”

*Hugo Marcelo Balderrama es Licenciado en economía y licenciado en Ciencias políticas. Se desempeña como profesor de economía, comercio exterior y planificación financiera. En Facebook: facebook.com/Marcelo.derecha

Por: Rafael Ruiz Velasco Santacruz*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]xiste en la tradición sufista una fábula que cuenta la historia de un pequeño tigre que, por azares del destino, nació y creció rodeado de un grupo de ovejas. Al verse rodeado toda su vida por el rebaño y debido a la imposibilidad que tenía de darse cuenta de su verdadera realidad, el tigre se limitaba a pensar y actuar como una oveja más.