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Por: Gerardo Garibay Camarena*

La esperanza es el nombre del juego. López Obrador lo entendió mejor que nadie y centró sus esfuerzos en una estrategia dual de comunicación, que por una parte erosionó continuamente el respeto hacia los partidos e instituciones de la era tecnocrática (contando con bastante ayuda de la escandalosa corrupción peñanietista) y por la otra se enfocó en controlar la bandera de la esperanza y ondearla en todo lo alto de su proyecto político.

El modelo funcionó, y fue tal el éxito, que llegó a Palacio Nacional con 30 millones de votos, casi el doble de los que obtuvo en los comicios del 2012. Ello se tradujo el porcentaje de apoyo electoral más alto desde hace 37 años. Es decir, en la era democrática, ningún presidente inició su mandato con un apoyo siquiera parecido al que respaldó a Andrés Manuel López Obrador. Así de claro.

Sin embargo, también queda muy claro que no es lo mismo prometer que cumplir, y en los primeros meses de su gobierno, Andrés Manuel está experimentando de primera mano el vértigo de estar al borde de ese abismo que separa las esperanzas de los hechos, donde tantos otros demagogos se han despeñado en la historia de nuestro país. Y, mientras pisa justo en el borde, titubea, culpa, pretexta y renueva promesas, que al igual que las enormes expectativas que alimentó en campaña, se quedarán en el aire o en todo caso lo acompañarán hasta las profundidades.

Esta semana, la renuncia de Germán Martínez al Instituto Mexicano del Seguro Social fue la grave señal de un paso más al vacío, no solo por el impacto logístico de un reemplazo en el IMSS a menos de medio año del inicio de la administración, sino porque refleja de forma inocultable un resquebrajamiento de la alianza política que construyó López Obrador. Después de todo, Germán Martínez no llegó al Seguro Social por su linda cara o sus muy discutibles talentos, sino por el capital financiero o político que aportó a la campaña, y debemos entender sus denuncias contra el equipo de Andrés Manuel en el marco de la guerra intestina del gabinete presidencial, acuciada por sus caprichos y la incompetencia de los funcionarios que provocan crisis sin sentido, desde el cerro fantasma de Santa Lucía hasta la falta de antiretrovirales o la eliminación de recursos para combatir el cáncer. Para usar el término tenístico, son “errores no forzados”, léase idioteces de a gratis, que son potencialmente letales para cualquier administración.

Por otra parte, conforme avanzan las campañas del 2019 y mientras empiezan a mostrar el cobre los gobiernos locales que ganó el año pasado, Morena se revela ante los ojos del público como un partido político más, culpable de las mismas mañas y corruptelas que hicieron que las personas rechazaran a los anteriores, con el problema añadido de que su único punto de identidad es la figura presidencial, y eso quizá sea suficiente para sobrevivir una campaña en elecciones generales, pero a mediano plazo es una receta para el desastre. Como ya se empezó a ver con el fuego amigos contra Barbosa en Puebla, los peores enemigos del obradorismo serán ellos mismos.

Estos tres elementos: la fractura de su alianza, la incompetencia de sus colaboradores y la caída del mito de Morena, son los grandes riesgos para el éxito del proyecto político que se ha articulado alrededor de la figura de Andrés Manuel y que aun ahora resplandece de orgullo con sus mayorías legislativas, impulsadas por el inestable combustible de la esperanza, que puede estallarles en las manos.

Si lo que se encendió como esperanza estalla convertido en odio, el peligro no es solo para Obrador, sino para el país, especialmente porque –al menos hasta ahora- la oposición parece absolutamente incapaz de recuperar para sí la bandera de la esperanza, e incluso si los ciudadanos llegan a la conclusión de que Obrador es corrupto e inepto, eso no borra de las mentes de millones de mexicanos su percepción respecto a que todos los otros también lo son.

Entonces, aparecen en el panorama dos fantasmas. El primero es el del pleno cinismo, donde nada importa, el rey va en cueros y los súbditos se burlan de sus miserias, lo que a mediano plazo es mortal para cualquier sistema político, porque la coacción del estado solo es tolerable cuando se legitima al vestirse con mitos: de justicia, estado de derecho, representación y demás. Si se le quitan sus disfraces, nos queda la violencia desnuda del aparato gubernamental. Eso elimina los diques simbólicos que mantienen la lucha política en un cauce relativamente pacífico e incentiva el uso directo de la esa misma violencia como arma de negociación.

El segundo es el fantasma del radicalismo. Los más encendidos seguidores de AMLO, al enfrentarse a la realidad de su fracaso, no reconocerán su error, sino que lo explicarán culpando a la debilidad del proceso. Dirán que el problema de Obrador no estuvo en sus propuestas o acciones de gobierno, sino en que no destruyó con la rapidez necesaria los restos del antiguo sistema. Por lo tanto, proclamarán con un hilo de locura en sus ojos que la solución es la revolución: Acelerar las reformas del obradorismo, desmontar radicalmente los contrapesos, recurrir a la violencia contra los opositores.

¿Cómo impedirlo? ¿Generando un nuevo líder que retome la esperanza? Quizá esta, por improbable que resulte, pareciera la solución más simple en el corto plazo, pero no es la mejor opción.

¿Por qué?

Porque poner la esperanza en los políticos alimenta un ciclo permanente de decepciones. Incluso si encontráramos a la proverbial persona honesta y le entregáramos las llaves de Palacio Nacional, el margen de maniobra de los gobernantes es bastante más limitado de lo que gente cree, y el potencial destructivo de la administración pública es mucho mayor que su capacidad de construir.

¿Entonces?

La esperanza que tenemos que recuperar es la que surge de la libertad de cada persona, que visualiza el futuro, que enfrenta la incertidumbre y que colabora en la familia, la comunidad o la empresa para darle vida a esa visión, con madurez, audacia y creatividad. En todo caso habrá que construir liderazgos e instituciones que surjan de esa misma esperanza, pero no podemos simplemente encajarle un slogan bonito a un tipo con carisma y esperar que nos saque del atolladero, esa falsa esperanza siempre termina en fiasco.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra y Miguel A. Cervantes*

A casi un año de que López Obrador (AMLO) ganó las elecciones es menester hacer una análisis sobre cómo AMLO llegó tan lejos con propuestas tan simplistas, sin estudios de factibilidad, sin análisis.  Cuando hemos discutido con personas que apoyan fanáticamente a AMLO, lo que descubrimos es que no sabían a dónde ir. A veces da rabia el fanatismo religioso de los seguidores de AMLO conocidos como los chairos, sin embargo, ese enojo esconde ciertas preguntas que no fueron debidamente escuchadas. Después de que ganó AMLO muchos empezaron con los mantras tradicionales: “la gente tiene el gobierno que se merece”, “el pueblo es ciego”…  Hubo analistas que dijeron que fue el fatal síndrome del “Perfecto Idiota Latinoamericano”, y “la eterna mediocridad mexicana”. Hubo hasta declaraciones fatalistas sumamente groseras sobre que México nunca saldrá del tercermundismo.

Creemos que es superficial acusar a la gente de “conductas ilógicas, modorra ética, pereza mental, y el abandono de la facultad de pensar” al escoger líderes nefastos como AMLO. En tal sentido, si hay una izquierda nefasta es porque ha habido una derecha nefasta, sin liderazgo. Cuando la derecha no apoya el libre mercado, y abandona los principios humanistas por taras ideológicas, es un campo fértil para la izquierda. Eso ha pasado en todos los países donde había una derecha nefasta que no apoyó el libre mercado; México no fue la excepción. En México nunca ha habido libre mercado, lo que ha habido es capitalismo de compadres, también llamado mercantilismo, esto es cuando un grupo de empresarios miopes, altaneros, prepotentes e incultos se benefician de privilegios con la cercanía del poder, a expensas de la sociedad, trasquilando a los consumidores, empeorando la situación de los demás. Cuando hay una mezcla entre capitalismo de compadres y la derecha se crea una situación extremadamente tóxica, lo cual nubla la capacidad de discernir al no tener buena información.

La gente sufrió una decepción, y no sabía a quién irle, las personas no son irracionales en general, simplemente no tenían toda la información, las personas son racionales y actúan con la información que tienen. La gente estaba cansada de la corrupción, y no se supo darle a la gente una explicación sobre las causas que originan la corrupción. No se le explicó a la gente que la corrupción es por falta de libre mercado y el exceso de un Estado sobredimensionado.

En contraste, el argumento de AMLO era que en los últimos 30, 36 años según convenga el público, se ha vivido el neoliberalismo, un capitalismo salvaje donde todo se ha dejado al libre mercado, y el estado ha olvidado su rol de rector de la economía y proveedor de “justicia social”. Se dijo hasta el cansancio que se vivió una privatización sin límites, y demasiado capitalismo trajo pobreza, exclusión, desigualdad.  Sin embargo ese discurso en un espejismo.

En ninguno de los índices de libre mercado México se encuentra en las economías más abiertas y libres. Por ejemplo, el Índice de la Libertad Económica en el mundo del instituto Fraser de Canadá, México se encuentra en el lugar 82 de 160 países.  En el Índice de Competitividad del Foro Económico Mundial, Mexico se encuentra en el lugar 46 de 140 países. En el Reporte Hacer Negocios del Banco Mundial, México se encuentra en el lugar 54 de 190 países. En el Índice de Globalización del instituto suizo KOF (Globalisation Index), México se encuentra en 53 de 196 países. En todos los índices México está muy lejos de tener una economía muy abierta y de tener un libre mercado a ultranza. Sin embargo, no hubo nadie que le contestara a AMLO.  Además, AMLO estuvo repitiendo el mantra sobre las reformas estructurales de que era una apertura exagerada, con una pérdida de la rectoría del estado. En el caso de la reforma energética repitió hasta el cansancio que fue un complot del PRI, PAN, PRD. De ahí un creo un fantasma llamado “PRIANRD”. En realidad, la reforma energética es moderada, ya que las compañías petroleras privadas nacionales y extranjeras tienen que asociarse con PEMEX para la exploración y producción; no son concesiones. Con las asociaciones con PEMEX, las compañías privadas asumen todo el riesgo. México se encuentra en el lugar 52 de 80 países en la encuesta petrolera del instituto Fraser. Lo cual indica que no está entre los países más atractivos para invertir en petróleo y gas; en esta encuesta, México se encuentra detrás del Congo y de Camerún para invertir en hidrocarburos.  La reforma energética simplemente regresa a los tiempos de Cárdenas, ya que la expropiación petrolera de Cárdenas no prohibía las asociaciones con Pemex. Fue con el presidente Adolfo López Mateos en los 60s que quedó prohibida la inversión extranjera en petróleo y electricidad.

Hubo otros factores que influyeron en la desinformación de la población. El mismo candidato del PAN, Ricardo Anaya permitió que AMLO dirigiera la orquesta, y Anaya simplemente estaba a la defensiva: de todo lo que AMLO proponía, Anaya proponía una versión reloaded. Anaya no tenía una visión clara del libre mercado, y basaba todo su discurso en la tecnología, la inteligencia artificial. Anaya ignoraba que el desarrollo tecnológico es el resultado de reformas de libre mercado. También tomó el mantra de las energías renovables como base fundamental para su campaña, sin tomar en cuenta críticas y otras aportaciones nuevas que se han hecho en este aspecto. Da la impresión que se basó en panfletos de hace 10 años sobre las energías renovables.

Anaya se basó en datos de Peter Diamandis sobre los autos eléctricos. Si bien Peter Diamandis es un gran conferencista para lanzar empresas, el discurso empresarial y el pensamiento positivo no pueden reemplazar a la teoría economía sólida. Anaya se aferró a la idea de que los autos eléctricos reemplazarán a los autos de combustión y que la refinería no sería necesaria, de esa forma trató de contestarle a AMLO sobre la construcción de refinerías. Los economistas tienden a ser muy escépticos sobre las predicciones ya que dependen de muchos supuestos. Fue un gran error basar su plataforma en predicciones que dependen de tantos factores. Hubiera sido mejor que hubiera dicho que permitiría la inversión privada en refinerías, y de esta forma el gobierno se enfocaría en utilizar los recursos donde son necesarios, en lugar de construir refinerías.  De esa forma hubiera “matado” el discurso de AMLO.

Anaya no apoyo la libre importación de autos usados.  Creemos que el no haber hecho una propuesta de regularización y libre importación de autos usados hizo a Anaya verse ignorante, insensible, desconectado, grosero y elitista. Fue una burla para muchos que tienen un auto americano sin regularizar y fue bastante hiriente su no apoyo a la libre importación de autos usados, tratando de consolar con el argumento de que los autos eléctricos bajarían de precio para el 2024.

Anaya y los líderes del PAN dejaron que AMLO llevará la delantera en la propuesta con las zonas fronterizas, (cosa que AMLO no cumplió, AMLO dio atole con el dedo a los fronterizos, y se sigue burlando de los fronterizos ) prometió lo mismo que proponía AMLO, Anaya proponía solo una versión mejorada. Así, si AMLO proponía disminuir los impuestos en la frontera, Anaya debió proponer disminuir los impuestos y aranceles en todo el país y hacer más acuerdos de libre comercio.

Anaya trato de copiar el populismo de  AMLO sobre los apoyos a personas mayores, proponiendo una pensión universal a todos los mexicanos. No tomó en cuenta el ejemplo de muchos países que lo implementaron y donde no funcionó.  Debió enfocarse en proponer ayudas focalizadas, y consolidadas a las personas que estén pobreza extrema, para evitar un efecto escopeta de dar ayuda a personas que no lo necesitan.

Por otro lado, varios gobernadores panistas no han apoyado una agenda clara de libre mercado, y el discurso ha sido ambivalente. En plena campaña de AMLO, se veía la tormenta y no se hincaban.  Veían al león llegar y se dedicaban a cazar mariposas. Muchos lideres panistas buscaban congraciarse con la izquierda, modificando su discurso para endulzarle el oído a la izquierda, y eso hizo que el PAN no tuviera una ideología clara.

Un ejemplo claro es que líderes panistas criticaban la reforma energética, para congraciarse con la izquierda, lo cual generó mucha confusión en los panistas y no supieron defenderla y se encadenaron automáticamente a la derrota. Desde ahí MORENA empezó a decir que el PRIAN había aprobado las reformas y los panistas no supieron defender las reformas estructurales. Muchos panistas no sabían cómo defender las reformas estructurales. Las acciones de ambivalencia anestesiaron a los panistas para defender las reformas estructurales.

También varios líderes panistas  despreciaron el desarrollo del gas de lutitas, que en EEUU y Canadá ha causado una revolución de energía, una oferta inmensa de gas, y reducción en los precios del gas. El rechazo de los líderes panistas al desarrollo del gas de lutitas  generó confusión entre panistas, la cual persiste hasta ahora. Ni siquiera se esperaron a que la izquierda comenzara el ataque contra el gas de lutitas: la misma derecha les abrió la puerta, los animó y hasta organizó el foro contra el gas de lutitas.  Fue algo insólito digno de estudiarse en la ciencia política: que la derecha le hiciera el trabajo a la izquierda.

Existe la obsesión en muchos líderes panistas sobre las energías renovables. Si bien pueden ser útiles para ranchos y pueblos  alejados de las líneas de transmisión, no son la solución mágica, y no siempre han reducido la factura de electricidad, y no siempre ayudan a un mejor medio ambiente. Hay varios  casos como en España, Alemania, la provincia de Ontario en Canadá, en donde las energías renovables fueron un fiasco.

Los gobernadores panistas en general no han apoyado la libre importación de autos usados de EEUU y Canadá. Esto supuestamente por apoyar a la industria nacional, cuando en realidad es para sostener a los distribuidores de autos. Esa actitud causa un mal sabor a boca entre la población, y da la impresión que solo escuchan a las elites, y se fomenta el capitalismo de compadres, lo que fundamenta la idea entre la gente de que PRI y PAN son lo mismo.

Los líderes panistas no han apoyado el libre comercio con el resto del mundo y se han opuesto a reducir los aranceles con China y otros países en desarrollo, lo cual ha generado contrabando; en vez de buscar liberalizar el mercado, prometen  mano dura, combatiendo el contrabando. Olvidan que en un país donde hay libre comercio no existe el contrabando. Da rabia ver como la policía aduanal llega a locales de vendedores de juguetes chinos, por ejemplo, armados hasta los dientes, para confiscar arbitrariamente la mercancía, con lujo de violencia muchas veces.

El PAN ha caído en un letargo: no ha sido un promotor de los libres mercados, impidiendo una verdadera deliberación y una confrontación de ideas. En campaña, el PAN ha hablado de una revolución de ideas, del humanismo con una visión muy transcendental, pero una vez en el poder no cambian las estructuras mercantilistas, y el discurso se convierte en “ponerse a trabajar” a favor de esas estructuras mercantilistas. Ya en el poder, el pragmatismo al extremo es lo que reina, y utilizan las mismas reglas del juego que dejó el mercantilismo.

El PAN no ha estado enraizado en el pensamiento de Adam Smith, David Ricardo, Frédéric Bastiat, F.A. HAYEK, L.von Mises. El PAN no ha tomado con seriedad sus principios fundadores ya que Gómez Morín conocía el pensamiento de von Mises a través de Luis Montes de Oca. De hecho, una de las frases de Gómez Morin es “tanta sociedad como sea posible, tanto gobierno como sea necesario”. Si el PAN quiere volver a ser un jugador que fomente la batalla y el contraste de las ideas, tiene que desterrar el capitalismo de compadres, y abrazar el libre mercado. Todos los mexicanos de todos los partidos merecen un debate de ideas a un nivel más alto. No lo que tienen hoy.

*Miguel Cervantes: Graduado de la Universidad de Texas en el Paso. Catedrático de economía internacional en la Burgundy School of Business de Francia. Ha sido también economista para el Fraser Institute en Canada. Tiene interés en la investigación sobre la libertad económica, y su incidencia sobre el bienestar de las personas.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.



Por: Víctor H. Becerra*

Como las encuestas habían pronosticado, se concretó el triunfo de Jair Bolsonaro en la segunda vuelta de la elección presidencial en Brasil. Logró el 55% de los votos (en la primera vuelta obtuvo el 33%), frente al 44% de su rival, el izquierdista Fernando Haddad.

Su triunfo significará un realineamiento completo de Brasil en todos los órdenes: Un cambio fundamental de sus políticas económicas y en sus relaciones diplomáticas y comerciales, una saludable contracción del gigantesco y derrochador Estado brasileño, nuevas estrategias para enfrentar la angustiante inseguridad pública y el embate del narcotráfico, crear un nuevo y sostenible sistema de jubilaciones por capitalización, pero también un endurecimiento notorio en términos de convivencia, permisividad y valores sociales, así como una mayor militarización de las fuerzas de seguridad (en México sabemos lo que eso quiere decir, por desgracia). Falta por ver si tales cambios serán duraderos y sostenibles: La mayoría requerirá un arduo trabajo de alianzas y acuerdos políticos en el Congreso, frente a la pequeñez de su propia base partidaria.

Pero lo realmente notable será que Bolsonaro puede significar un saneamiento de la vida política de Brasil, en contraste con la enorme alberca de heces en que la convirtieron Lula Da Silva, Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores. Pero esa posibilidad de higienización no significa que se hará realidad. Habrá que exigir que Bolsonaro y su gente no cedan a la tentación de seguir las mismas prácticas de Lula y el PT: Compra de aliados políticos, maquillaje de las cuentas del Estado, otorgamiento de subsidios al por mayor para coaccionar votantes, saqueo del presupuesto público para financiar sus campañas políticas y las de sus aliados, persecución a la prensa, desacreditación a jueces y opositores, etc. La tentación será mucha, en un escenario de minoría política.

Bolsonaro tendrá que responder pronto y con hechos a las altas expectativas que lo llevaron al poder. Los brasileños votaron por él decepcionados de los gobiernos del PT, angustiados por la crisis económica y de seguridad, hastiados de la corrupción e impunidad de políticos y por los malos servicios públicos, y con un ojo puesto en el creciente endeudamiento gubernamental y la crítica situación del sistema de pensiones.

Gobiernos corruptos e ineficientes como los del PT, hicieron posible el triunfo de Bolsonaro. En realidad, Bolsonaro es hijo de Dilma y Lula. En tal sentido, su triunfo fue una reacción de repudio contra la izquierda y de hartazgo frente a problemas irresueltos. Un voto de protesta de brasileños cansados de políticos ladrones, irresponsables y incapaces. Pero no necesariamente un voto por Bolsonaro. Ni mucho menos un voto en blanco a favor de su agenda.

En Brasil, como en todos los países donde ha ganado la izquierda, sus gobiernos han abusado del robo, la indecencia y la impunidad. Del desorden financiero y administrativo y de los obstáculos puestos al libre emprendimiento. De políticas expansivas y redistributivas, con el subsiguiente empobrecimiento generalizado. En tal sentido, Bolsonaro fue una reacción frente a ese estado de cosas y su agotamiento. Como lo han sido Macri, Piñera, Iván Duque, Mario Abdo o Jimmy Morales.

Pero el enemigo de tu enemigo no es necesariamente tu amigo, al contrario de lo que piensan muchos liberales y libertarios, exhultantes hoy por el triunfo de Bolsonaro, de quien creen que es más que un compañero de ruta. Casi casi un hermano en aspiraciones, un igual en ideas y prácticas.

Pero se equivocan: Bolsonaro es solo un populista de derecha, que jugó de outsider, polarizó a la sociedad, personificó todos los problemas en unas minorías, ofreció soluciones mágicas a problemas complejos, y cuyos resultados no debieran ser distintos a los de los populistas de izquierda. Triste aporía la de los brasileños, puestos a elegir entre un socialista corrupto como Haddad y un conservador con una mente vacía de ideas y llena de prejuicios como Bolsonaro.

Bolsonaro no representa a una derecha liberal. Es solo un conservador, alguien de la peor derecha, con algunas propuestas liberales que nadie sabe si son genuinas o fueron, simplemente, un maquillaje electoral, como lo fue su acercamiento a la comunidad LGBT. Así como tampoco son liberales los “liberales del Opus Dei” que hoy se solazan con Bolsonaro: son únicamente conservadores inseguros de su heterosexualidad, en búsqueda del Mesías que los salve de sus clichés, aunque éste se llame Jair Mesías Bolsonaro.

El triunfo de Bolsonaro, prolongación de otros triunfos de la derecha en nuestra región y en el mundo, muestra que la libertad está bajo asedio en América Latina. La ola xenófoba y anti inmigrante que recorre la región es un barrunto de lo que vendrá. ¿Estamos pues entrando en América Latina a una etapa de gobiernos autocráticos? ¿Es posible que estemos entrando en una etapa de reversión de la democracia liberal? Quizá. Por ello exigir mercados libres, personas libres y respeto a sus decisiones libres y a las reglas de la democracia liberal, debiera ser la actitud de los liberales/libertarios de la región, no apoyar acríticamente a los nuevos ganadores.

Hay que observar con atención la gestión de Bolsonaro, aplicándole las normas básicas del liberalismo: criticar su acción y exigirle respeto a propiedades y la garantía de derechos. En cambio, los predicadores conservadores que buscan imponer sus creencias con apoyo del Estado, o que confunden liberalismo con el odio simplón a la izquierda, preferirán seguramente saltarse eso y pasar directamente a aplaudir y vitorearlo.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Brasil se alista para un casi seguro gobierno de Bolsonaro. El derechista Jair Bolsonaro, que obtuvo el pasado 7 de octubre un 46% de los votos frente al 29,2% del socialista Fernando Haddad, es el favorito en la más reciente encuesta de la firma Datafolha para ganar la segunda vuelta presidencial, a efectuarse el próximo 28 de octubre, con un 58% del apoyo electoral. En contraste, Haddad hoy tiene el 42% de intención de voto. Si no acontece un hecho extraordinario, Bolsonaro será el próximo presidente de Brasil.

Su posible triunfo ha preocupado a muchos. Con algo de exageración, se le ha adjetivado de múltiples formas: “ultraderechista”, “fascista”, “nazi”, “racista”, “peligro contra la democracia”, “misógino”, “homófobo”… aunque algunos de esos adjetivos puedan tener cierta base en las propias declaraciones de Bolsonaro, en realidad todos son normales en una tradicional guerra sucia de índole electoral.

En todo caso, extraña que quienes así lo llaman no tengan adjetivos equivalentes para los políticos del Partido dos Trabalhadores, que usaron fondos públicos para comprar o, en su defecto, destruir a políticos rivales; corromper y pervertir el funcionamiento de los poderes legislativos y judicial; enriquecer a familiares, adictos y clientelas políticas; financiar dictaduras como las de Cuba o Venezuela, o favorecer a regímenes, partidos y dictadorzuelos ideológicamente afines. Si de ser un “peligro para la democracia” se trata, Lula Da Silva, Dilma Rousseff, Fernando Haddad y otros líderes petistas fueron mas allá de las meras declaraciones y convirtieron la democracia brasileña en una enorme fosa séptica.

Al respecto, el rechazo mayoritario del electorado brasileño contra ese estado de cosas, y no un apoyo acrítico a sus deslices declarativos, es la explicación del porqué las mujeres votaron más a Bolsonaro que a Haddad. De porqué los negros votaron más a Bolsonaro que a Haddad. De porqué una cantidad enorme de gays votó a Bolsonaro. De porqué una gran porción de los votantes tradicionales del PT se trasladó a Bolsonaro. Y de porqué un partido como el suyo, el Partido Social Liberal, pasó de no tener un solo diputado, a tener ahora el segundo mayor grupo parlamentario, detrás del PT. Todo ello, meras consecuencias del descrédito en el que se hundieron los partidos políticos brasileños tras la revelación del mega esquema de corrupción del Lava Jato en 2014.

Al respecto, sorprende ver cómo se desfondó el tradicional sistema brasileño de partidos, lo que recuerda en algo al Tsunami electoral mexicano del pasado 1 de julio. Y también sorprenden los paralelismos entre Bolsonaro y el presidente electo mexicano, Andrés Manuel López Obrador: su recurrente amenaza de no reconocer una posible derrota y las denuncias de supuestas maniobras de fraude; su auto asunción como outsiders políticos y candidatos “antisistema”, pese a sus extensas carreras políticas, la mayoría como tránsfugas partidarios; su común intolerancia a toda crítica; el discurso de odio contra grupos sociales específicos; las frecuentes descalificaciones contra rivales políticos y medios de comunicación; su cercanía a las iglesias evangélicas; un común discurso tradicionalista y conservador en lo social, y anticorrupción en lo político; el abundante y cotidiano uso de mentiras y exageraciones que enardecen y fomentan la polarización… sería agotador tratar de ser exhaustivos. Pero tantos paralelismos no dejan de sorprender.

Aunque López Obrador aún no toma el poder, ocupa cada día porciones más y más significativas del entramado institucional, de la influencia social y del debate público. Así, ya pueden prefigurarse las grandes líneas maestras de su futuro gobierno: una administración ineficaz y llena de ocurrencias faraónicas, por la falta de cuadros políticos profesionales para ocupar los cargos más importantes; una gestión caótica por las alianzas políticas indiscriminadas y al por mayor; la puesta en duda de manera continuada y flagrante de las más elementales normas democráticas y de división de poderes; un poder personalísimo, sin contrapesos efectivos, propenso al capricho y a simplemente sustituir a unos políticos y empresarios corruptos por otros, iguales; funcionarios que alardean de demócratas, pero se consideran la encarnación del pueblo, por lo que atropellan a particulares, descalifican a sus rivales políticos, ignoran a las minorías, subyugan la justicia y los procesos electorales, y amenazan a los medios de comunicación… en suma, una democracia iliberal, que supuestamente respeta la voluntad popular pero desprecia la ley, los procedimientos y las instituciones independientes que controlan al poder.

La democracia es así: con mucha frecuencia se trata de elegir la opción que se cree la menos mala. En el caso de México, elegimos entre corruptos y autócratas. Y nos aprestamos a sobrellevar las consecuencias de elegir a los segundos. A la vista de esas consecuencias, quizá los brasileños se lo piensen dos veces de aquí al 28 de octubre.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Finalmente, tras efectuarse este domingo la primera vuelta de la elección presidencial en Brasil, el resultado final se decidirá en un balotaje el próximo 28 de octubre entre Jair Bolsonaro (del Partido Social Liberal) y Fernando Haddad (del Partido de los Trabajadores, fundado por Lula). O, como les llaman sus detractores, Bolsonazi y Malddad. Quien resulte electo, sucederá a Michel Temer, el mandatario más impopular desde la restauración de la democracia en 1985, quien por cierto, al dejar el poder el próximo 1 de enero, perderá su inmunidad y podría enfrentar varios procesos judiciales en su contra. Si entonces se le procesa, la Justicia brasileña habrá ratificado su credibilidad y cimentado un mayor apoyo.

La elección entre Bolsonaro y Haddad no es, contra lo que muchos han querido hacer creer, elegir entre un demócrata o un fascista. En realidad, uno y otro son expresiones particulares de un acendrado populismo: Un populismo clientelar y corrupto en el caso de Haddad; un populismo autoritario y conservador en el caso de Bolsonaro. En tal sentido, ambos candidatos ni por asomo son las visiones de un país moderno, competitivo y de más oportunidades que requiere una de las mayores economías del mundo y la principal de América Latina. Ambos son, simplemente, resultado de los detritus que dejaron Lula Da Silva y su Corte de ladrones.

La crítica situación del país explica, aunque no justifica, elegir entre ambas desesperanzas, Bolsonazi o Malddad, como si de elegir entre el cáncer o el SIDA se tratara. Con 64 mil asesinatos al año, una violencia endémica, catapultada por el narcotráfico, 13 millones de desempleados, con un decrecimiento del PIB del 11% en dos años, una reactivación económica que no alcanza a tomar vuelo y que podría tardar aún un par de años en hacerlo, y un profundo desencanto social ante el quiebre del “milagro brasileño” y, sobre todo, las corruptelas que involucran a buena parte de sus élites política y empresarial, la situación de Brasil no es fácil ni prometedora.

Lula y a su sucesora, Dilma Rousseff, son los causantes, en buena medida, de este cuadro, y en consecuencia, de que la campaña presidencial se haya movido en un clima divisivo y de polarización, de antipetismo y fake news. Así, la dura competencia entre Bolsonaro y Haddad evidenció una aguda e irreparable división social en el país, pero no la creó: ya estaba allí. Y lo más probable es que seguirá allí, sea quien llegue al Palacio de Planalto: Para los bandos enfrentados, será más atractivo tratar de obstaculizar y hasta destruir al rival que cooperar con él. Y la democracia brasileña sufrirá: sus peores momentos, en consecuencia, aún están por delante.

Con 46% de los votos emitidos este domingo, Jair Bolsonaro seguramente no es el candidato perfecto para muchísimos brasileños, pero en el clima de polarización del país, a ellos les bastó con saber que no era miembro del PT. Así, Bolsonaro explotó una imagen de candidato anti Lula y anti establishment, a pesar de su larga carrera política en varios partidos. Y dada su carrera de ex capitán del Ejército, pudo hacer creíble su discurso de orden, autoridad y honestidad, frente a una desesperada sociedad brasileña por el crimen y la inseguridad, y que quizá por ello, estuvo dispuesta a obviar sus posturas misóginas, anti minorías, tradicionalistas, de cierta nostalgia por la dictadura y cercanas a las poderosas iglesias evangélicas.

Al respecto, ¿Bolsonaro es un fascista, un peligro para la democracia, como dicen sus críticos? Tengo para mí que no: es solo un conservador autoritario, ciertamente sin un filtro conectado entre mente y boca, lo que por otra parte le ha sido útil para mostrarse como un hombre honesto, que dice lo que piensa. Pero quienes lo tachan de fascista, olvidan convenientemente, por ejemplo, que tanto Lula, como Dilma, acomodaron sus posturas en el poder a las ideas de las iglesias evangélicas, en temas como aborto, familia y reconocimiento de derechos LGBT, además de que Dilma frenó todo esfuerzo público contra la homofobia, y rehuyó cualquier acercamiento con los grupos de diversidad sexual y de género, quienes le entregaron el “premio” Pau de sebo como enemiga del movimiento LGTB.

Con Bolsonaro en la Presidencia, ciertamente los Derechos Humanos pueden sufrir, por lo que habrá que exigirle contención y un escrupuloso respeto a la legalidad y a las garantías individuales. Igualmente, habrá que observar sus propuestas económicas, donde ha sido evasivo e impreciso, aunque muestra cierta proclividad al nacionalismo económico y el proteccionismo comercial. En cualquier caso, solo con mucho entusiasmo o falta de criterio, puede creerse que Bolsonaro es un aliado liberal. No lo es. Y conviene tenerlo claro para no asumir desde ahora sus culpas y errores.

Con 29% de los votos, el desempeño del Fernando Haddad es el peor en dos décadas del PT y anuncia un cambio de época en Brasil. En 2006, Luiz Inácio Lula da Silva había logrado el 48,6% de los votos, casi ganando en primera vuelta. Ese fue el mejor desempeño electoral del PT, y comparado al de este domingo, equivale a una pérdida de 20 puntos porcentuales en 12 años. De ese tamaño fue el categórico castigo de los brasileños a la inmensa corrupción prohijada por Lula y el PT.

Casi como un amargo símbolo de esa debacle electoral, Dilma Rousseff fue derrotada este domingo en su intento de retornar al escenario político, compitiendo por un escaño en el Senado por el estado de Minas Gerais. Pero con apenas el 15% de los votos, se quedó fuera, tan sólo dos años después de haber dejado la Presidencia, bajo el halo de sufrir un “golpe de Estado” y ser una “perseguida política”. Una “perseguida política” por cierto, a la que la Justicia brasileña dejó competir, pese a la múltiples impugnaciones a su candidatura, desmintiendo así una supuesta “persecusión judicial” en contra del PT y de Lula.

En tan sólo tres semanas hasta la segunda vuelta, Haddad deberá demostrar que no es un instrumento de Lula, despejando toda duda sobre su propia y cuestionada honestidad y precisando sus propuestas, hasta ahora bastante vagas, como las de Bolsonaro. Haddad necesitará venderse como el candidato anti Bolsonaro, a fin de captar la casi totalidad de los votos de los brasileños que no se inclinaron por aquel, y a la vez, ser el candidato anti Lula, para distanciarse creíblemente de su padre político y de su partido, un equilibrismo que se ve bastante difícil que pueda lograr.

De modo que solo un vuelco radical, improbable, el próximo 28 de octubre, evitará que Jair Bolsonaro gobierne a partir del 1 de enero el país y la economía más grande de América Latina.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]¿O[/dropcap]brador es el tirano? ¿Será un dictador estilo Chávez/Maduro, o un autócrata suave, de ese estilo priísta al que estamos más acostumbrados? Estas preguntas, con crecientes niveles de angustia, circularon durante la campaña, y se repiten especialmente a partir de la noche del 1ro de julio entre quienes no apoyamos a Andrés Manuel y observamos con auténtico terror como se imponía con más del 50% de los votos en la elección presidencial y con muy cómodas ventajas en ambas cámaras del Congreso de la Unión, sumiendo en el peor ridículo de su historia a sus rivales del Partido Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional, quienes por lo menos durante los siguientes tres años quedarán reducidos a una participación meramente testimonial en las decisiones políticas nacionales. Al menos de aquí al 2021, AMLO tendrá cancha libre para impulsar su agenda de gobierno.



El tema amerita varias reflexiones.

  1. El resultado de los comicios no se debe, en términos generales, a una negociación macabra o a los fantasmagóricos complots que en las últimas semanas se han sacado de la manga los equipos de Anaya y Meade para justificar su fracaso. La contundencia de su derrota se debió a que ambos hicieron una pésima campaña y a esto se sumó el rechazo de la mayor parte de la población hacia los consensos cupulares y las políticas que han impulsado durante las últimas décadas.

En especial los votantes reaccionaron en repudio hacia lo que hemos vivido en el gobierno de Enrique Peña Nieto, quien fracasó rotundamente en materia de comunicación. fue un desastre para construir percepciones, transmitir mensaje y construir una narración del sexenio, más allá de sus éxitos y fracasos en términos de política pública, que solo podrán juzgarse plenamente a la serenidad del largo plazo.

Para decirlo claro: Lo que vimos el 1 de julio fue ante todo resultado del fracaso tecnócrata en cuanto a construir un consenso ciudadano que respaldara los cambios legales y en especial las famosas “reformas estructurales” que son mayormente positivas, pero que se han logrado a través de negociaciones en la cima, sin molestarse en aterrizar esos acuerdos con la gente normal.

  1. El “problema o el “tirano” no es López Obrador como persona, sino que Andrés Manuel simplemente se ha aprovechado de una mezcla del tradicional anhelo autoritario de la sociedad mexicana (el viejo sueño de un papá gobierno encabezado por un caudillo justiciero que lo resuelve todo) y la evidente crisis de partidos e instituciones. La sombra de la tiranía de un Estado que interviene de más en la sociedad no sólo asomó su feo rostro en las propuestas de Morena, sino en las de los 4 candidatos presidenciales, porque ese tipo de propuestas paternalistas le gustan a la gente. Si hemos de buscar al tirano, la lista de culpables se extiende mucho más allá de Obrador. Incluso si, gracias a algún artilugio mágico, AMLO se hubiera disipado en el aire, los resultados electorales en estas elecciones hubieran marcado un giro hacia la izquierda y hacia la regresión, encabezado por alguien más.

Por lo tanto, al centrar todas las críticas y todos los temores en él, corremos el grave riesgo de cegarnos a la parte de responsabilidad que deben asumir los liderazgos del PAN, del PRI, de los empresarios y de la sociedad civil no obradorista. Dicho de otro modo: Terminada la campaña no podemos mantener y menos aún creernos el discurso de que Obrador es el gran tirano y el único culpable, a riesgo de condenar de antemano a cualquier movimiento opositor a la intrascendencia y la ineficacia.

  1. Muchas personas, y yo en primer lugar, habíamos previsto un escenario mucho más negativo en el caso de un triunfo de López. Cuando escribí sobre el “Amlocalipsis” lo hice con la absoluta sinceridad de lo que a mi leal saber y entender era un escenario extravagante, pero probable.

Sin embargo, por lo menos en el primer mes desde su victoria, Andrés Manuel se ha esforzado en enviar señales claras de que no pretende convertimos en Venezuela. En términos generales, las declaraciones del próximo mandatario y de sus consejeros en materia económica han ido de lo tranquilizador a lo directamente emocionante; hablan de ampliar las zonas económicas, de no incrementar los impuestos, de mantener las negociaciones con el TLC. En pocas palabras, lo que proponen implica conservar la esencia del rumbo macroeconómico que hemos vivido durante los últimos 30 años.

Aun así, no podemos cantar victoria, porque a pesar de todo, lo que se ha declarado hasta ahora es mero verbo. Tendremos que esperar a que Obrador empiece a gobernar para saber realmente cuál será el rumbo que tomará su administración, y para ello las primeras señales clave serán qué tanto margen de maniobra le da desde la Presidencia a sus asesores sensatos (gente como Alfonso Romo) y qué tanto le otorga a los delirantes (Noroña, Taibo y compañía).

No es lo mismo gritar sandeces desde la tranquila poltrona de la oposición, que enfrentar al toro en medio del ruedo.

  1. El pésimo manejo que del equipo de Andrés Manuel ante el escándalo por el fideicomiso de morena para “apoyar” a las víctimas del sismo, que supuestamente se desvió para gastos de campaña en las pasadas elecciones, nos recuerda una profunda verdad de la democracia: No es lo mismo gritar sandeces desde la tranquila poltrona de la oposición, que enfrentar al toro en medio del ruedo.

Las primeras señales, incluyendo el gaffe de los aluxes y el fiasco del fideicomiso, muestran que, ya con la dificultad añadida de estar en la silla presidencial, el manejo de la comunicación de López Obrador pudiera llegar a ser incluso tan malo como el de Peña Nieto. En los tiempos de las redes sociales manejar la política y la comunicación social al estilo antiguo es imposible; Eso lo aprendió el PRI por las malas entre 2012 y 2018, y pareciera que ahora a Morena le toca repetir la lección.

  1. Cada vez queda más claro que el objetivo obradorista no es convertirnos en la nueva Venezuela, sino en todo caso en el México del viejo PRI, centralizando las decisiones en el presidente y en su estructura cercana, a través de los súper delegados nombrados por Andrés Manuel para manejar directamente los recursos federales de los que dependen los gobiernos estatales para su propia subsistencia política.

En su planteamiento administrativo, Obrador deja ver el anhelo de la presidencia imperial, pero, una vez más, la época y los escenarios han cambiado. Para tener éxito Andrés Manuel deberá equilibrar la nostalgia del pasado con la creatividad y el dinamismo de los nuevos tiempos.

Hablando en plata: Si lo que pretende es copiar el autoritarismo de antes, se va a quedar muy corto. En todo caso tendrá que inventar un nuevo autoritarismo y en la administración pública, como en la vida misma, crear desde cero es exponencialmente más difícil que replicar modelos previos, así que el éxito de su administración no está, ni mucho menos, asegurado.

AMLO acierta al enfocar su estrategia en el diálogo y en la empatía con Trump.

  1. En relación a su trato con Estados Unidos, la carta de Andrés Manuel a Trump fue muy criticada por quienes todo le condenarán a Obrador, pero siendo objetivos, en este tema Andrés Manuel está haciendo lo correcto, incluso a pesar del enojo de la prensa fifí, tan acostumbrada a adular los demócratas.

AMLO acierta al enfocar su estrategia en el diálogo y en la empatía con el Presidente de los Estados Unidos. Efectivamente el Obrador del 2018 tiene muchas similitudes en su campaña y su planteamiento con los de Donald Trump, y esas semejanzas se volvieron más evidentes por la necia idea de Ricardo Anaya de copiarle la estrategia perdedora a Hillary Clinton. Desde la propia campaña, Obrador y el Bronco eran los menos delirantes al hablar de la relación con los Estados Unidos, y al menos hasta este momento, Andrés Manuel está ratificando esa sensatez ya en la diplomacia práctica.

  1. Finalmente, ¿qué nos toca hacer en este escenario a quienes no votamos por Obrador, no queríamos que fuera presidente y no estamos de acuerdo con él?

Lo mismo que si hubiera ganado Anaya o Meade:  respaldar lo correcto y denunciar los errores, analizar un paso a la vez, dividir bien las culpas de lo que pasó y entender que en todo caso, incluso en su peor faceta, Obrador no es el tirano que salió de la nada, sino la consecuencia de una tendencia autoritaria e inmadurez política que comparten todos los colores y todos los espacios del diálogo público en este país.



Concluyendo: Vista la enorme derrota que nos encajaron en las elecciones federales, nos queda deslindar responsabilidades para entender bien por qué nos pasó el tren encima. Mientras tanto a esperar lo mejor, prepararnos para lo peor y construir alternativas para el futuro, conscientes de que Obrador no necesariamente es el tirano, pero esa tiranía está latente en el propio sistema, y Andrés lo va a controlar con muy pocos contrapesos. Así de claro, aunque duela.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Efrén Zúñiga*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]as elecciones mexicanas llegaron a su fin. Algunos tendrán motivos para regodearse, otros tantos habrán de lamentarse por el resultado y muchos más tendrán un largo tiempo para reflexionar. A los politólogos y demás analistas, les corresponderá hacer un diagnóstico de los resultados arrojados. Habrá entre los distintos partidos políticos señalamientos de todo tipo, se buscarán culpables y en muchos casos, comenzará la cacería de brujas. En fin, dejemos a los especialistas y/o actores políticos hacer su trabajo.

Es por ello que en este espacio pretendemos realizar un análisis distinto. Sencillo, pero altamente objetivo, basado en el elemento más imparcial, los números. Conviene adelantar que no será complejo, lo que facilitará su compresión. En el mismo sentido, solo emplearemos algunos de los indicadores agregados comúnmente más empleados y cuya función no es más que la de medir la competitividad electoral, estimando el número efectivo de partidos.


Como todo, cada uno tiene sus ventajas/desventajas. Por ello y con ánimo de motivar al lector, iremos brindando una breve explicación para cada uno.

El primer indicador es el número efectivo de partidos (N)[1], este índice representa la cantidad de partidos políticos que tienen el mismo efecto de concentración. Los valores de N van de 1.0 hasta el número de partidos con una concentración considerable. Es decir, en un escenario extremo donde existan diversos partidos, pero solo uno concentre todos los votos, entonces N sería 1. En contraposición, donde N sea cercano o mayor 2, significaría que al menos dos partidos políticos tienen una representación efectiva[2]. Ahora pues, apliquemos el indicador N al caso mexicano.

Los resultados de N para las elecciones fueron los siguientes:

  • 1988 – 2.634,
  • 1994 – 3.007,
  • 2000 – 2.977,
  • 2006 – 3.303,
  • 2012 – 3.205, y
  • 2018 – 2.736.

Con ello podemos percatarnos que, de 1988 a la fecha, la concentración de partidos o bien, el número efectivo de partidos fue mayor 2 y en el peor de los casos cercano a 3 (1988).

Con lo anterior podemos afirmar que, de acuerdo al indicador N, las elecciones de 1988 fueron las menos competitivos y en contraposición las de 2006 fueron las más competidas.

El siguiente indicador es el denominado número de partidos (NP)[3]. NP es más empleado en las situaciones en las que se presenta un sistema multipartidista (como es el caso de México). Dicho esto, revisemos que resultados se presentaron para las últimas 6 elecciones.

El indicador NP arrojó los siguientes resultados:

  • 1988 – 1.859,
  • 1994 – 1.743,
  • 2000 – 2.194,
  • 2006 – 2.485,
  • 2012 – 2.377, y
  • 2018 – 1.585.

Como podemos apreciar, el indicador NP es más estricto y nunca toma valores superiores a N.

De aquí se desprende que, según los resultados del índice NP, las elecciones del 2018 fueron las menos competitivas, por el contrario, las del 2006 fueron las más competitivas.

El tercer indicador es un índice derivado de N, nos referiremos a él como N subíndice infinito (N_)[4]. Este indicador se emplea de manera conjunta con N cuando se asume que es una elección de al menos dos competidores efectivos. Vale la pena comentar que, en determinadas circunstancias, el valor de N y N_, tiende a ser idéntico. Además, N_ tiene la ventaja de tener un cálculo simple.

De análoga manera, procedemos a revisar los resultados de N_:

  • 1988 – 1.986,
  • 1994 – 2.054,
  • 2000 – 2.352,
  • 2006 – 2.785,
  • 2012 – 2.618, y
  • 2018 – 1.880.

Con esta información podemos aseverar que, de acuerdo al indicador N_, las elecciones del 2018 fueron las de menor competitividad, mientras que las del 2006 fueron las más competidas.

 Pasemos ahora al último indicador. Este índice es empleado en otras disciplinas como la economía, sin embargo, para temas electorales es conocido como “número de autonomías” (NA)[5]. El indicador supone que “a mayor grado de dominancia de uno o dos partidos en un sistema, menor número de partidos autónomos”[6]. NA adquiere un valor superior a 2, cuando dos partidos opositores logran una votación superior al partido más votado y por debajo de ese valor cuando no la alcanzan.

Echemos un ojo a los resultados de NA:

  • 1988 – 1.934,
  • 1994 – 1.799,
  • 2000 – 2.194,
  • 2006 – 2.657,
  • 2012 – 2.737, y
  • 2018 – 1.602.

Con ello se puede sostener que, de acuerdo al indicador NA, las elecciones más competidas fueron las de 2012 y en contraste las de 2018 fueron las menos competitivas.

Una vez revisados los últimos resultados, nos vemos obligados a caer en la comparación entre los diversos índices, en lo que respecta a sus resultados e hipótesis. Para ello conviene apoyarse en Fig. 1 que se muestra más delante.

Como podemos observar, los cuatro indicadores guardan sus coincidencias en los que refiere a la identificación de las elecciones más y menos competitivas.



En lo que corresponde a las elecciones más competitivas, tres indicadores (N, N_¥ y NP) sugieren que fueron las del 2006. Ojo que aquí no refiere el hecho de que las distancia entre el primero (Felipe Calderón) y el segundo (Andrés Manuel López Obrador) fuera de unas décimas; lo que plantean es que pudo ser una elección de tres partidos, pues la distancia entre los punteros y el tercer lugar fue de 13 puntos porcentuales, además de que el puntero no alcanzaba una mayoría absoluta.

Ahora bien, en lo que corresponde a las elecciones menos competitivas, notamos como en tres de los indicadores (N_¥, NP y NA) son las más recientes elecciones las menos competidas de los últimos 20 años, peor aún, en ninguno de los tres indicadores se alcanza el umbral de las 2 unidades, lo que en términos simplistas se podría interpretar como “de los dos no se hace uno” refiriéndome desde luego a los candidatos Ricardo Anaya y José Antonio Meade.

Estos son solo números, sin embargo, ayudan a desnudar el trágico acontecimiento del pasado 1 de julio. Y por trágico no me refiero únicamente al hecho de que AMLO haya sido electo, sino que de acuerdo a los números, no hubo quien fuera capaz de darle una digna competencia.

*Efrén Zúñiga es Licenciado Economía por la Universidad de Guanajuato. @EfrenZuS

[1] M. Laakso y R. Taagepera, “Efective Number of Parties: A Measure whit Application in to West Europe”. Compartive Political Studies, núm. 12, 1979, pp. 3-27.

[2] Esta misma explicación se aplicará en el resto de los índices (NP, N_¥ y NA), entre otras cosas que mencionaremos más delante, lo que diferencia un indicador de otro es la forma en que se estiman dichos valores, así como la interpretación, por ello se omitirá reiterar la explicación en el resto de esta colaboración.

[3] Juan Molinar, “Counting the number of parties: an alternative index”, The American Political Science Review, vol. 85, núm. 4, diciembre 1991, pp. 1383 – 1391.

[4] Rein Taagepera, op. cit., pp. 497-504.

[5] Pascual García Alba, “El índice de dominancia y el análisis de competencia de las líneas aéreas mexicanas”, Gaceta de Competencia Económica, núm. 1. marzo-agosto, México, 1998, pp. 15-32.

[6] Ricardo de la Peña, “El número de autonomías y la competitividad electoral”, Política y Cultura, 2005, núm. 24. Pp. 497-504.

 

Por: Víctor H. Becerra*

No. López Obrador no llevará a México hacia el socialismo o lo convertirá en una nueva versión del chavismo venezolano. No. Al menos no por ahora.La semana que ha pasado desde su triunfo ha sorprendido a muchos: López Obrador se ha comportado con una civilidad política que no se le conocía en su larga carrera política, reuniéndose en términos respetuosos y constructivos con el presidente Peña Nieto, gobernadores opositores y empresarios. Además, algunos de sus próximos funcionarios han anunciado reversa a varios proyectos preocupantes, como clausurar la apertura en el sector energético o subsidiar las gasolinas, o bien, han guardado una apaciguante indefinición en temas como la cancelación del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México.



Para muchos, es un perfil inédito en López Obrador. Para otros, López Obrador simplemente está comenzando a hacer el pago de facturas a quienes le ayudaron (al menos en parte) a alcanzar la Presidencia, precisamente a Peña Nieto, gobernadores supuestamente opositores y empresarios. Al respecto, lentamente van saliendo a la luz los posibles acuerdos políticos entre López Obrador y Peña Nieto, así como con algunos gobernadores del opositor PAN, que explicarían parte de la impensable debacle electoral del priismo, incluso en sus más preciados bastiones históricos, con el único propósito de detener un probable repunte de Ricardo Anaya y el PAN, y apuntalar el triunfo de López Obrador.

La contención y civilidad actuales de López Obrador no es sólo por el pago de posibles facturas políticas. Tiene también un componente económico, ahora que los mercados son, quiérase o no, una especie de quinto poder en las decisiones de gobierno. Al respecto, el populista segundo discurso de López Obrador la noche de su triunfo, significó una mala señal para los mercados y conllevó, en tiempo real, una fuerte caída del peso frente al dólar. Esto ha obligado a sus futuros funcionarios a ser prudentes e insistir en la necesidad de conservar la confianza de los mercados.

Sin embargo, el real López Obrador, ya sin afeites, disfraces ni acuerdos de por medio con sus adversarios, lo veremos a partir del 1 de septiembre, cuando asuma el nuevo Congreso (él asumirá tres meses después), donde su facción política tendrá una aplastante mayoría, incluso para revertir todas las reformas constitucionales que quiera.Al respecto, la Constitución mexicana impone requisitos muy exigentes para cambiarla. Para hacerlo es necesario que estén a favor dos terceras partes de la Cámara de diputados y otro tanto del Senado, así como 17 de las 32 legislaturas locales. Ningún Gobierno mexicano había tenido en los últimos veinte años tal grado de control y poder políticos. Hasta ahora.

Aunque López Obrador no tendrá, en apariencia, la mayoría suficiente para impulsar cambios sustantivos a la Constitución, estará muy cerca de lograrla, sea mediante un acuerdo político con el PRI o el PAN, o bien, como creo que será el camino a andar, por la simple compra de algunos legisladores del PRI, el PRD o de otros partidos, como los que desaparecerán por su baja votación, pero tendrán legisladores por sus convenios de coalición con PRI y PAN.En tal sentido, López Obrador será un mandatario muy poderoso: será además de presidente, jefe de Estado, jefe de Gobierno y jefe de las Fuerzas Armadas. También será el jefe de su partido, líder de los gobernadores de su partido y de la coalición que lo llevó al poder, la cual tendrá la mayoría relativa en el Congreso. Esto le permitirá a López Obrador promover iniciativas que tendrán garantizada la aprobación del Poder Legislativo.

Además, tendrá la posibilidad de colocar a cualquiera de sus partidarios en cargos claves del Poder Judicial, incluyendo la Suprema Corte de Justicia, o en organismos autónomos, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos o el Banco de México, o dependencias que requieren la intervención del Congreso, como la Procuraduría de Justicia, la Secretaría de Hacienda y todas las representaciones diplomáticas.Si a ello sumamos lo que vimos estos últimos días, con empresarios y opositores en franca declinación ante López Obrador, sin condicionar su apoyo, sin esperar a sus primeras decisiones de gobierno y renunciando sin presión a su condición de ciudadanos, para adoptar la posición de meros súbditos, veremos como diría el analista Macario Schettino, que regresamos políticamente a un tiempo anterior a 1986, a la época del PRI monolítico y absorbente.

Así, si López Obrador, una vez tomando posesión de su nuevo cargo el próximo 1 de diciembre, no nos lleva al socialismo o a cualquier otra forma de coacción social, no será porque no pueda, sino simplemente porque quizá no quiera. Así de omnipotente será su poder.Pero, al final, ¿qué queremos decir con llevarnos al socialismo? Visualizarlo en ese hipotético futuro nos impide percatarnos que ya vivimos en él. Todo nuestro arreglo institucional y político es una forma de socialismo, quizá light en sus formas y discreto al no auto definirse como tal, pero socialismo al fin. Como insiste el académico Arturo Damm: Gobernar hoy en México es sinónimo de redistribución gubernamental del ingreso. Y redistribución del ingreso, en cualquier forma o magnitud, es socialismo.



Por otro lado, basta consultar cualquiera de los más importantes índices de Libertad Económica y la posición de México en ellos: puesto 63 en el Índice de la Fundación Heritage, y puesto 76 en el Índice del Instituto Fraser, o bien, cualquier otro que mida aspectos de apertura, conectividad, competitividad, etc., para percatarnos que vivimos muy, muy lejos del “neoliberalismo” que López Obrador aduce. Los políticos como él hablan y hablan de que México sufre por el liberalismo y el neoliberalismo, cuando en realidad vivimos en un infierno socialista. Por honestidad que nos diga qué tenemos de libre.

Basta también revisar las principales ofertas de los ex candidatos presidenciales competidores de López Obrador, para observar que todas ellas, sin excepción, eran variantes de una misma visión y práctica socializante. Vivimos en México en un socialismo puro y duro, y estamos educados y condicionados para no observar que vivimos en él. Vamos: Ni siquiera para quejarnos. Al contrario: Pedimos cada día a nuestros políticos más y más socialismo, más Estado. En tal sentido, López Obrador es sólo la culminación de esa súplica.Así que no: López Obrador no llevará a México al socialismo. Ya vivimos desde hace mucho en él.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Héctor Uriel Rodríguez Sánchez*

Lo he decidido: ¡No votaré por Meade! – Es desperdiciar mi voto y darle más vida al Sistema que ha hecho tanto daño a México.

Quienes me conocen no lo creerían, pero hasta hace unos días tenía algunas dudas entre Meade y Anaya, y no, mis razones no eran moralinas, ni siquiera partidistas, realmente estaba siguiendo los resultados de encuestas, buscando sondeos y datos, preguntando en radio pasillo, midiendo percepción, etc. Porque lo que no me gustaría, y lo he dicho desde hace ya mucho tiempo, es que gane AMLO. Lo confieso: Sí, estaba esperando a ver si se movía no tanto el número, sino la percepción de que Anaya era el segundo y de que el llamado “voto útil” iría con él. El PRI me dificultó las cosas, pues hicieron todo cuanto pudieron para que no se viera que Meade estaba hundido. Al final, sin embargo, logré ver un panorama más amplio y entenderlo.

Entre mis confesiones electorales, diré que si las cosas se hubieran movido y hubiera sido claro que Meade podía ganar, estaba dispuesto a votar por él. No obstante, estoy claro y reconozco que Meade podría haber sido un gran Presidente, si no lo hubiera postulado o si no hubiera aceptado ser abanderado del PRI y fuera un buen candidato. El mejor candidato con el peor partido. Fue su propuesta de Valor.

A veces me llega a la mente otro escenario. ¿Se imaginan si Meade hubiera sido el candidato del PAN y el PAN no hubiera hecho la alianza con el PRD y MC? ¡Uy! En ese caso, con Meade como candidato del PAN, las cosas fueran distintas y hasta normales.

Solo piénsalo: La propuesta electoral del PAN no se hubiera percibido como traidora de sus principios, Anaya habría permanecido como Presidente del Partido y habría operado una elección con eficacia absoluta. ¡Otro gallo nos cantara! Es más, hasta Margarita y Calderón estarían unidos a la campaña apoyando a su amigo Pepe Toño. Los gobers pintarían sus estados de azul, en lugar de pintar su raya, y habríamos salido todos a hacer campaña, como en los viejos tiempos. Ernesto Cordero y sus amigos tecnócratas azules se hubieran puesto las pilas para hacer una sólida plataforma electoral que nos preparara para el desarrollo económico de a de veras y en una de esas hasta a Meade le brotaba el liderazgo necesario para ser buen candidato… Pero no, no fue así y el hubiera no existe.

En fin. De regreso a la realidad, con Anaya como candidato del Frente ese, con Meade como candidato no Priísta del PRI, con Obrador como candidato a mesías juarista pero religioso y con el Bronco como candidato a standupero (perderá contra la Puri). Luego de ver todas las señales, simbolismos, mensajes, encuestas, posturas, alineaciones, alienaciones y demás información que pasó por mis manos, oídos y ojos. He llegado a la conclusión de que, de hecho, a nadie le conviene que gane el PRI la Presidencia; ni siquiera al mismo PRI.



Para mi alivio no concluí desde la historia de las campañas, y tras hacer un análisis estadístico profundo de las interrelaciones entre todos los factores, no tuve que hacer una regresión lineal para encontrar la ecuación que me permitiera pronosticar el resultado. De hecho hice lo contrario, una simple progresión, o sea: Solamente cerré los ojos y me imagine qué pasaría con México si el 1 de julio en la noche se anunciara que ganó Meade. Los abrí 3 segundos después, agarrado de la mesa para no caerme. Esto es lo que vi en mi breve sueño:

11:00 pm del 1 de julio: El PREP arroja resultados suficientemente confiables. “La tendencia es irreversible, José Antonio Meade es el ganador de las elecciones y próximo presidente de México”. – Silencio en el país y en el mundo entero. Caras de asombro, inimaginable sorpresa, aplausos aislados que de ponto toman fuerza.

 Era una grata sorpresa. De hecho una magnífica noticia que incluso rendiría “frutos espirituales”, dignos de celebrarse con champagne en los círculos “fifís”, pues los rezos y plegarias a la Guadalupana, que se pudieron elevar gracias a los espectaculares que vieron desde el segundo piso del periférico, habrían sido escuchados. ¡La Patria está salvada! ¡La Vida y la Familia serán preservadas para siempre! – Exclamarían, desde sus repentinas vacaciones en Disneylandia.

 De pronto, la alegría y la dicha, se interrumpían por un sonido aterrador, un rugido ensordecedor y fuego en el ambiente. El diablo aparecía montado a un inmenso tigre y México sucumbiría abrasado por su iracundo látigo. El profeta Ackerman lo había predicho: “Vendrán los tiempos de “chingadazos”.

El PRI no debe, no puede ganar por que no hay una narrativa que lo soporte. Digan lo que digan las encuestas pagadas y mal pagadas, en el balance total y en el propio mensaje priísta del final de la campaña: “Lo importante no es un voto útil por el segundo, sino un voto razonado”, se hizo evidente que al PRI ya no le alcanza y que la única lógica que abriría la posibilidad del triunfo de Meade sería un no mega, ni giga, sino tera-fraude y entonces sí, el país se incendia, sin visos de que haya bomberos que le apaguen.

Imagina ahora este nuevo sexenio. Si así le fue a Peña y traía, en aquel momento, aún aceitada la maquinaria priísta y había sumado fuerzas para sacar adelante el Pacto por México, ¿Cómo le iría a Meade, al PRI y al país desde el principio de su mandato? Eso si lograra rendir protesta… ¿Te acuerdas de cómo tomó protesta Calderón en 2006? (Lo metieron a escondidas por una puerta de atrás del Congreso) – No habría legitimidad creíble, aunque fuera cierto que ganó bien.

El Priísmo para sobrevivir y prosperar necesita paz social, no habrá dinero que alcance para amarrar al tigre, enfrentar al diablo y parar los “chingadazos”, aunque traten de poner a AMLO de domador, exorcista y sparring. – Las turbas iracundas desconocen a sus dueños, al haberlas despertado.

Con este escenario que, te garantizo, no he sido el único que lo ha imaginado – ¿Crees que los gobernadores del PRI y los demás verdaderos operadores políticos de la maquinaria, se van a jugar todo su capital para apoyar a Meade que además no les representa por que no es priísta? – ¡No! – Harán lo necesario para sobrevivir pase lo que pase esperando que no pase lo peor. Repartirán sus votos porque necesitan quedar bien con todos, de lo contrario la reducción en el presupuesto para sus estados será su primer castigo por no ir con el “bueno”, y quién les puede juzgar por no actuar razonablemente. Lo mismo pasará con los sindicatos, los organismos corporativos y las bases del PRI a nivel colonia. Nadie quiere perder sus prevendas, nadie quiere salir del Sistema, pero el Sistema se muere si no cambia. No hay ya condiciones para seguir reinando, o sobrevive reducido pero aún fuerte o se alinea con un nuevo dueño; un nuevo tirano que no comparte el poder, cuando la base cultural del PRI–Sistema es compartir todo entre La Gran Familia Revolucionaria.

Entonces, la tan temida y sobrevalorada “máquina electoral y corporativa Priísta” no puede hacer lo que suponíamos que haría. Si no hay ruedas el carro no avanza. No reunirán los votos de siempre, no pueden alcanzar su piso, por que ya no van juntos y, aquí viene lo interesante, precisamente por esta obvia baja en los votos, necesitan convencernos a los demás, a cualquier precio y con cualquier mentira, creamos en lo que creamos y vayamos con quien vayamos, de hacer “Voto Útil” por Meade, por que no debe notarse que traicionaron y el PRI debe mantener su “piso” o desaparece. Es solo cuestión de sobrevivencia. – Bajo la lógica: Si quito de acá, pongo lo mío de este lado y ¡Pum! – Nadie lo nota… ¡No´mbre, unos genios!

Pongámoslo en términos claros: El mejor escenario posible para el PRI es mantener algunas gubernaturas y tener posiciones en el congreso, pues puede negociar con AMLO (habrían de mandar la señal de buena voluntad al puntero, dándole algunos votos). Entonces, hay menos riesgo en apostar dividido que ir con quien haya dicho Peña con todo su capital pues solo podrían esperar dos posibles resultados: Tener una derrota estrepitosa y borrarse de un plumazo o tener una victoria pírrica y gobernar un país incendiado. ¡Dividirán su voto! Pero su estrategia es quitar votos a Anaya o a quien sea, para cubrir los huecos. Si ellos terminan en segundo, su posición de negociación mejora. Anaya estorba.

Sin embargo, si dividen su voto y no logran quitar votos de otro lado, serán derrotados en tercer lugar y quedarán muy débiles (como Voldemort sin horrocruxes). Ahora se entiende por qué aunque Meade no tenga posibilidades, se empeñan en mantenerlo vivo. Está claro entonces qué le conviene al PRI y no es el bienestar de México.

¿Qué nos queda entonces a los que sí queremos el bienestar de México y no creemos que éste sea posible con AMLO como Presidente? – ¡Pues votar por la otra opción!

Aunque todas las encuestas hayan sido pagadas, fueron pagadas por diversos actores, así que si bien el promedio no les vuelve exactas, los intereses resultan equilibrados al ponderarlas, y el dato de que Anaya va en segundo está clarísimo en Oraculus: https://oraculus.mx/poll-of-polls/

Así como el PRI, dará alguna ofrenda de votos a MORENA, también buscará quitarle votos, francamente el PRI sabe comprar votos mejor que MORENA, por lo que es previsible que MORENA no tenga tantos votos como se esperaba. Los votos de Anaya son menos comprables, así que Anaya sí puede contar con la base del PAN, PRD y MC, más lo que hayan operado conseguir del PRI que aunque en menos proporción también podría mandar algún apoyo a este candidato, pensando en que AMLO no gane por tanta diferencia.

Si el Voto Anti AMLO o Útil, lo capitaliza Anaya, entonces sube un poco más y entra en posibilidades de ganar. El tracking intra – partido, (con el que se toman decisiones al interior de la campaña) le pone a 6 puntos de AMLO en este momento. Ojo, esto es importante – El pleito de Anaya es con Peña, no con todo el Priísmo. Así que también jalará Anaya voto blando de ese partido, porque nadie lo da por perdido y ningún Priísta de buena voluntad, que existen, prefiere a AMLO que a Anay




El Voto Útil (tu voto) es la diferencia, si va con Anaya puede hacer perder a AMLO y dejar débil a Meade, si va con Meade, hará ganar a AMLO y éste terminará por absorber al PRI, que se acabará alineando al nuevo Tlatoani, pero manteniendo ciertas posiciones clave, dejando al resto de nosotros como minoría insignificante y lejos de los espacios de poder y decisión. Si jugaste Risk alguna vez, es como quedarse en Oceanía.

Ahora bien, de todas formas se va a soltar el tigre, pero eso gane o pierda López. Si pierde, contra Anaya, pues varios días o semanas, pero ya nos acostumbramos. Si gana, algunos días veremos desmanes, pero de turbas resentidas y de aprovechados que querrán hacerse justicia y repartirse por su cuenta lo que les han dicho que se merecen. El problema serio vendrá si AMLO ganando, considera que este tipo de personas, las mismas que saquean camiones accidentados y hacen otras linduras, son el Pueblo bueno. Entonces sí la cosa se pondrá fea, pues las instituciones irán pereciendo una a una y la riqueza del país será utilizada para saciar a estas hordas, primero con recursos públicos y luego, cuando se acaben, con tus cosas y mis cosas. Ese es el escenario que debemos evitar a toda costa.

En resumen, al final podemos, si nos ponemos listos y convencemos a más, aprovechar la estrategia del PRI para que gane México. Ésta es una excelente oportunidad, para no tener más en el poder Ni al Viejo ni al Nuevo PRI, y frenar un posible, que no seguro, intento de incluir a México en la Revolución Bolivariana, léase, lograr que el Gobierno de México, el petróleo y nuestros impuestos, mantengamos vivos los regímenes de Cuba y Venezuela, ahora que les han cerrado en las narices la puerta en Colombia, su otra esperanza.

Podemos llevarnos 3 x 1, vencer 3 malos proyectos de nación con un solo voto. ¡Es buena oportunidad! ¿A poco no? – ¡Tú lo decides mañana!

*Héctor Uriel Rodríguez Sánchez. Apasionado de la Política, Speaker y Consultor de Negocios. En Twitter: @hectoruriel y en Facebook: /hectoruriel.r

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]N[/dropcap]o, no se trata del pase a octavos o al siempre elusivo cuartos de final por parte de la selección mexicana de futbol en el Mundial Rusia 2018. Se trata de la elección presidencial del domingo venidero si, finalmente, como pronostican todos los sondeos, sin excepción, Andrés Manuel López Obrador es electo presidente para el periodo 2018-20024.

Pero la idea de que el verdadero derrotado este domingo será México y no ninguno de los otros candidatos o partidos en contienda, no nace del partidismo o el prejuicio. Es una mera extrapolación de lo que ha venido anunciando López Obrador durante estos meses.



A lo largo de esta campaña, por ejemplo, López Obrador, sus voceros de confianza y sus seguidores han mostrado una gran tolerancia con la corrupción propia y sus escándalos. Justificar la corrupción de los propios y atacar a los medios por ventilarla como han hecho López Obrador y los suyos, recurrentemente, yendo a descalificar a los críticos en lugar de atacar el tema de fondo, es un mal augurio de una corrupción desbordada y un desorden generalizado en su gobierno, confiando los venideros funcionarios en que serán protegidos o que todo les será perdonado, sólo por ser parte del equipo cercano a López Obrador.

Al respecto, es usual encontrar en muchos foros a usuarios que, ante las evidencias de tales escándalos, terminan toda discusión diciendo “Yo quiero que ahora me robe López Obrador, ¿y qué?”. Así, para sus seguidores, no importa si López Obrador es un ignorante en economía o en el funcionamiento del libre mercado, o un político con una alarmante incapacidad de entender las razones de otros y de argumentar las propias, o negado para aceptar críticas y opiniones en contra, o es corrupto o, al menos, está rodeado por una vasta corte de ladrones y malversadores.

Para sus seguidores, lo importante es que López Obrador significa un “cambio verdadero”, frente al sistema de partidos que desprecian, especialmente en lo que respecta al PRI. No reparan en que el cambio que dice encarnar López Obrador es sólo una nueva versión del priismo en México, y que su partido, MORENA, no es nada más que el refugio de los parásitos de las burocracias partidistas de la izquierda mexicana, y de la escoria del poder del viejo PRI. El propio retroacrónico de MORENA es ilustrativo sobre este particular: Es un movimiento de regeneración nacional del peor priismo.

Bajo esta premisa, votar por López Obrador y MORENA, cansado por la corrupción e ineficacia del PRI, es como correr a tu perro por las molestias y plagas que te causa, pero quedarte con sus pulgas, chinches y garrapatas.

En lo que respecta a la economía, la casi segura llegada de López Obrador tampoco será una buena noticia. Se daría en medio de la peor relación política y comercial con EEUU en muchas décadas, con un Tratado de Libre Comercio de América del Norte que viene recibiendo la extremaunción, un agrio enfrentamiento de López Obrador con los empresarios, lo que genera desconfianza y retraimiento de inversiones, junto con la expectativa de una posible recesión en México en el corto plazo. Tales son los ingredientes de una “Tormenta Perfecta” para la economía mexicana dentro de los próximos meses.

Frente a ese cuadro nada halagüeño, que anuncia tiempos extremadamente complejos y los más difíciles para el país en los últimos 25 años, la receta de López Obrador es solo expandir la intervención económica del Estado, lo que significaría graves problemas fiscales para un país ya con una crecida deuda. Garantizar precios de cultivos para agricultores, congelar precios de las gasolinas, retraer la participación extranjera en la industria energética, aumentar salarios públicos, la matrícula en las universidades y los recursos para pensiones y subsidios, generaría necesariamente más deuda, mayor inflación y un acelerado aumento del déficit fiscal. Al final, ya sabemos el resultado: insostenibilidad, quiebra, mendicidad a gobiernos extranjeros, oscuridad, hambre, miseria…



El ofrecimiento real de López Obrador es re-centralizar todo el sistema político mexicano en su sola persona, regresando al México de los 60s y 70s, junto con dar una nueva oportunidad a las ruinosas decisiones económicas de los 70s y 80s, que significaron un profundo y prolongado quiebre para millones de familias, de seres humanos, del que no salieron en décadas (hasta hoy). O peor aun, trasplantar a México el catastrófico socialismo del siglo XXI venezolano.

Si a estos ofrecimientos se le agregan los instrumentos reales para concretarlos, mediante la mayoría en las dos Cámaras del Congreso y en 17 de los 32 congresos locales, por ejemplo, México estaría entrando en una etapa de muchos sobresaltos y muy malas noticias, no durante un año, sino al menos durante seis años, los de su gobierno y quizá buena parte del siguiente, encargado de heredar y componer muchas malas decisiones.

Así, López Obrador estaría a punto de hacer realidad aquello de que quienes desde el resentimiento y el odio han prometido el paraíso en la tierra, no han terminado sino creando un infierno -la frase es de Karl Popper-, ese infierno que solo el ser humano es capaz de preparar con todo cuidado y ahínco para sus semejantes.

Eso es exactamente lo que López Obrador está ofreciendo, y eso es lo que los mexicanos estarán eligiendo este domingo. Tomen nota. Sepan lo que votan y sus consecuencias. No se llamen a sorpresa después. Seamos serios. Aún estamos a tiempo.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra