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Por: Hugo Marcelo Balderrama*

Es verdad que no estábamos preparados para la pandemia del COVID-19, pero tampoco lo estábamos para la cuarentena -que, en países como el mío, ya se volvió tan letal como el coronavirus-. Por eso, mientras la mayoría de la población espera un retorno a su vida cotidiana, los Estados nos hablan de una «nueva normalidad», de distanciamiento social, de un rebrote de la enfermedad y de una inminente crisis económica.

Ahora bien, ya que la pobreza es la condición natural de la humanidad, sólo la producción constante es lo que nos permite un mejor nivel de vida. Por lógica, un parón de la economía nos está llevando al punto de partida otra vez. Y eso no es una especulación teórica, sino una realidad palpable. Por ejemplo, en Bolivia, Perú y Ecuador los índices económicos muestran quiebras, despidos masivos, recesiones y escasez de productos. Tristemente, las políticas keynesianas de los gobiernos empeoraran la situación.

Pero, de todas maneras y con la complicidad de una población aterrorizada, distintos gobiernos alrededor del mundo usaron la pandemia para implantar el estado de excepción, utilizar la fuerza sobre sus ciudadanos e incrementar el número de atribuciones y competencias del Estado sobre la economía -medidas que hubieran causado la envidia de Mao Tse-Tung Joseph Stalin-.

Eso presenta algunos dilemas serios. No hay una manera realista de conducir una economía compleja e interconectada durante un periodo extendido de tiempo cuando un país -o incluso grandes porciones de este- está clausurado. Un problema similar surge si el coronavirus demuestra no ser un visitante de una sola vez, sino que resulta pareciéndose a las epidemias de influenza que van y vienen cada año, pero que nunca se van totalmente. Además de los obstáculos económicos, las poblaciones encerradas a la fuerza se resentirán profundamente, con justa razón, si sus vidas son interrumpidas repetidas veces por mandatos de los burócratas. También deberíamos estar preocupados acerca de los precedentes que estamos sentando. No queremos que los funcionarios públicos demasiado cautelosos o ególatras estén tentados a imponer medidas drásticas en respuesta a emergencias menores de salud o de otra índole. Y no se trata de buena voluntad u honestidad, sino de ontología, ya que los Estados tienen una naturaleza represiva, por ende, jamás podrán crear riqueza ni sacarnos de la miseria, pero si esclavizarnos a nombre de una buena causa.

Entonces ¿Qué deberíamos hacer para superar la crisis económica y emocional en la que nos metieron?

Primero, volver a refugiarnos en la familia, que como bien lo dice el premio nobel en economía James Heckman:

La familia es la fuente de vida y crecimiento. Las familias construyen valores, fomentan (o desalientan) a sus hijos en la escuela y fuera. Las familias, mucho más que las escuelas, crean o inhiben las oportunidades de vida. Una gran cantidad de evidencias muestran el poderoso papel de las familias para dar forma a la vida de los hijos.

Hoy nos encontramos en casa, algunos añorando la presencia de seres queridos que no podemos ver, y algunos otros, quizás, cansados de la apretada convivencia familiar. Pero, si algo nos ha enseñado esta cuarentena, es que este es el momento para amar más al que tenemos cerca, y valorar a los que están lejos.

La pandemia puede ser, para todos, una oportunidad de acercarse al otro, de ejercitar las virtudes -y tener paciencia con los defectos-, para que la vida familiar no sólo se tolere, sino que se disfrute, para que los padres escuchen a sus hijos y los hijos aprendan de sus padres, este puede ser un momento para aprender algo nuevo, para ayudar, solidarizar, y para volver los vínculos familiares más sólidos y auténticos. Sobre la revitalización de la familia, descansará la sociedad, que saldrá de este acuartelamiento siendo más fuerte, más unida, con una mayor identidad y armonía. No pretendo mostrar un mundo color rosa y sin problemas, porque apenas volvamos a las calles, la enfermedad y los problemas seguirán ahí. Pero es necesario ante las dificultades, que se anuncian por venir, estemos preparados y que la unión familiar sea la mayor conquista para sobrellevar actuales y futuros tiempos de dolor.

Y segundo, exigir un paquete de medidas económicas que liberen los mercados, fortalezcan la propiedad privada y limiten la acción de los Estados.

Verbigracia, una mayor flexibilidad laboral. Muchos trabajadores preferirían sacrificar una porción de su sueldo temporalmente a tener que perder, quizás permanentemente, su trabajo. Adicionalmente, para que las empresas retengan a sus empleados, se debe rebajar la carga tributaria y crear incentivos.

El impuesto sobre las utilidades empresariales, en el caso de Bolivia, para todas las empresas debería bajar a un 15%. Adicionalmente, para aquellas que retengan al 90% de sus empleados durante los próximos 3 años se les podría aplicar un impuesto de solo 5%.

Finalmente, ya que los consumidores verán su bolsillo golpeado por gastos extra frente a la crisis e ingresos menores -además, se enfrentarán a la escasez de ciertos productos-. Los gobiernos pueden ayudar eliminando todos los aranceles a las importaciones. En resumen, se necesita menos Estado y más familia.

*Hugo Marcelo Balderrama es Licenciado en economía y licenciado en Ciencias políticas. Se desempeña como profesor de economía, comercio exterior y planificación financiera. 

Por: Por Guillermo Rodríguez González

Hay tres hechos que los liberales necesitamos comprender y difundir ante los estados de excepción que lógicamente asumen –principalmente porque en demasiados casos han sido tanto tardíos como  mal orientados– los Estados en la  pandemia que sufre hoy el mundo.

La primera y principal es que todo poder gobernante –desde mucho antes del Estado moderno que emerge recientemente en la historia con la paz Westfaliana en 1648, y no ha dejado de extenderse fuera de sus límites naturales– únicamente puede enfrentar amenazas extraordinarias y temporales a la paz y seguridad públicas, mediante estados de excepción que restringen parcial y temporalmente ciertas libertades civiles. La guerra, la conmoción civil y las epidemias son los ejemplos más obvios de tan desagradable necesidad.

Pero es un hecho que un Estado limitado, ideal del liberalismo clásico, está tan o más capacitado que cualquier fórmula de gobierno excedida y sobre-exigida desde antes de la emergencia,  de una parte el concentrarse en sus funciones propias, seguridad, defensa y orden público, su capacidad de respuesta es más rápida por sus concentrados recursos y capacidades. De otra parte, porque las sociedades con Estados limitados, son democracias republicanas y economías de mercado, lo que significa un estado de Derecho que garantiza la libertad de prensa, de opinión y en general de información, indispensable en una emergencia sanitaria. Y por que en tales sociedades se crea y ahorra más riqueza –más ampliamente distribuida que en cualquiera otra– y se fomenta la responsabilidad individual, factores indispensable para la rápida respuesta individual responsable y la solidaridad racional.

Los estados de excepción para ser efectivos deben limitarse, única y exclusivamente, a restringir parcialmente las pocas libertades que el tipo de emergencia exija. Si se restringe la información se amplían los rumores y se genera más desconfianza de la información oficial. Si se controlan los precios se generan más escasez y mercados negros.  Entendemos los liberales, que aunque en una guerra puede ser necesario limitar la libertad de información, una epidemia no es una guerra y no sólo no lo requiere, sino que su efectividad exige mantenerla, con todo lo que ello implica.

Seamos claros, el mundo está sufriendo una pandemia porque un Estado totalitario censuró temprana y automáticamente la información sobre el surgimiento de la amenaza. Los médicos que informaron del peligro y pidieron detener la epidemia en su origen, no fueron escuchados, todo lo  contrario, fueron censurados, vilipendiados e incluso encarcelados. La muerte del héroe y símbolo de esta tragedia, el Dr. Li Wenliang, fue una trágica y aleccionadora historia de responsabilidad y heroísmo individual ante la irresponsable arrogancia de un Estado totalitario. Hoy el mundo entero la conoce tal y como fue, excepto por los que se niegan a conocerla. Y los que intentan tergiversarla. Tontos útiles del poder totalitario.

El tercer hecho es que, de una parte, las sociedades con Estados sobredimensionados y sobre exigidos desde antes de la emergencia, además de estar materialmente peor preparadas para enfrentar una emergencia, tienen poblaciones moralmente peor preparadas. Quienes fueron adoctrinados por generaciones en la dependencia del Estado y la renuncia a la responsabilidad individual, los que por generaciones aprendieron que el Estado sería la única fuente de su ilusoria seguridad antes las adversidades, olvidaron que hay adversidades inevitables. Son los hasta ayer exigían su “derecho” a una infancia eterna mediante un Estado que los protegiera de todas las adversidades de la vida, e incluso de la posibilidad misma de sentir angustia. Adoctrinados además en falsamente apocalípticos peligros inexistentes o sobredimensionados, que hoy están chocando con un peligro real sin  preparación material y moral para enfrentarlo. Y en lugar de exigir que sus gobernantes hagan lo que deben hacer, exigen que hagan lo que no deben hacer, tal y como hacen ellos por su lado.

La censura oficial, a la que están tentados siempre los gobernantes, implica desinformación, más y peor desinformación que cualquier información errónea e incluso malintencionada. El grueso de la crítica, especialmente la de los expertos, ha sido la adecuada y necesaria en todo el mundo. La irresponsabilidad de los gobernantes ha sido notoria en demasiados lugares, justo ahí donde hoy piden, en nombre de la emergencia que no se les recuerde. Y que no se les exijan responsabilidades. La responsabilidad individual ha sido más rápida y efectiva en donde las personas están acostumbradas a ser libres y responsables. Y las sociedades con más ahorros, más capital –las más acostumbradas a exigir claras responsabilidades de sus gobernantes en aquello que es función del gobierno, y a asumir las de la sociedad civil en lo que le corresponde– es decir, las sociedades más libres, son las que mejor han respondido a la crisis. Y las que mejor podrán responder a los terribles efectos de la pandemia en la economía.

Tres hechos que nos dicen mucho hoy y nos dirán más en los difíciles tiempos que vienen. Debemos entender que –fuera de malas interpretaciones más o menos desinformadas– toda forma de gobierno posible o imaginable en un sistema de libertad, responsabilidad y Derecho común, incluso el sueño radical del anarco capitalismo –que no sería la ausencia de gobierno sino la extinción del gobierno del Estado moderno y su sustitución por arreglos voluntarios, descentralizados y competitivos de las funciones de gobierno– sería capaz de aplicar estados de excepción razonablemente adecuados, y limitados a lo realmente necesario, para cada tipo de excepcional emergencia, en sociedades que por ser libres y responsables estarían mucho mejor preparadas para enfrentarlas.

Nada nos garantiza que la vida no esté llena de peligros, incluso extraordinarios y terribles, el progreso material y moral no está dado ni es indetenible, depende de las condiciones institucionales y morales de las que surgió y sin las que desaparecería. Y son esas condiciones, esos usos y costumbres, esas instituciones, ese conocimiento, esa responsabilidad y libertad, la que mejor nos prepara para enfrentar los mayores y peores desafíos a todos y cada uno. Y para enfrentar la propaganda y desinformación ideológica que peligrosamente se empeña hoy en aprovechar la ignorancia y el temor para convencer a los ingenuos de lo contrario. Es de vida o muerte.

Por: Kerry McDonald*

En el corazón de los debates acerca de la libertad educativa y la elección de escuela está el sutil pero siniestro sentimiento de que no puede confiarse en los padres. Están demasiado ocupados, son demasiado pobres o ignorantes como para tomar las decisiones adecuadas para sus hijos, y otros saben más que ellos cómo criar y educar a los niños. No toman en cuenta que los padres han atendido y educado exitosamente a sus hijos durante milenios, asegurando la sobrevivencia y éxito de nuestra especie.

Desconfianza en los padres

Como el economista Richard Ebeling escribe en la introducción del libro de Sheldon Richman Separating School & State:

“Los padres han sido vistos – y aún lo son – como una influencia retrógrada y dañina en los años formativos de la crianza del niño, una influencia que debe ser corregida y reemplazada por el “ilustrado” maestro profesional que ha sido entrenado, nombrado y financiado por el estado.”

Vemos reflejada esta desconfianza hacia los padres en muchos ámbitos de política, incluyendo recientemente la implementación del preescolar universal de gobierno para niños de cuatro años (y cada vez más para niños de tres años) en ciudades como Nueva York y Washington DC, y en reportes académicos que proponen intervenciones gubernamentales “de la cuna al kindergarten”. Estos esfuerzos casi siempre son encuadrados como una ayuda a los padres, quitándoles la carga a las familias de bajos y medios ingresos, y atendiendo las brechas de desigualdad y logros. Sin embargo, el mensaje es claro: No puede esperarse que los padres, y especialmente aquellos en desventaja, críen efectivamente a sus hijos y se encarguen de su educación sin ayuda del gobierno.

Algunos investigadores lo dicen directamente. En un artículo publicado esta semana en el Washington Post acerca de la supuesta pérdida de aprendizaje por parte de los niños de escuela durante el verano, Kelly Chandler-Olcott sugiere que para resolver el problema, debemos dejar de esperar que los padres nutran a sus hijos durante los meses de verano y en lugar de ello deberían recurrir a expertos para que lo hagan por ellos. Ella escribe:

“También es problemática la suposición de que las familias, y no los educadores, deberían promover el aprendizaje en áreas especializadas como matemáticas, lectura y ciencia. Aunque las familias de todos los ámbitos de la vida promueven diversas clases de aprendizaje en la vida cotidiana, la mayoría de los padres carecen de preparación para atender temas académicos, y sus obligaciones a lo largo del año no se detienen solo porque sus hijos están de vacaciones.”

Esto es durante el verano, cuando los padres ya han sido responsables durante mucho tiempo del cuidado de sus hijos. Aparentemente, ahora la crisis académica es tan grave, en especial para los niños de bajos ingresos, y las “obligaciones permanentes” de los padres son tan enormes, que deberíamos confiarles a otros para que hagan durante los meses de verano lo que por lo visto no terminó bien durante el ciclo escolar. Como escribí en NPR, necesitamos preguntarnos: si los niños pueden olvidar tan rápido durante el verano lo que supuestamente aprendieron en el ciclo escolar, ¿realmente lo aprendieron? Y si “la mayoría de los padres carecen de la preparación para enfrentar temas académicos”, ¿qué dice eso acerca de la educación que recibieron en las escuelas públicas?

La “fuerza perenne” de la paternidad

La idea de que los padres se interponen en el camino de la educación de los niños y pueden obstaculizar su florecimiento no es nueva. Mientras estaba diseñando la arquitectura de la escolarización masiva obligatoria en el siglo 19, Horace Mann argumentó que la educación era demasiado importante como para dejarla a discreción de los padres. Él opinaba que los fuertes vínculos paternales eran obstáculos para el desarrollo del niño y de la sociedad, escribiendo en su cuarta lectura sobre la educación en:

“La naturaleza brinda una fuerza perenne, incansable, que reaparece cada vez que existe la relación parental. Por lo tanto, quienes estamos involucrados en la sagrada causa de la educación tenemos derecho a ver a todos los padres como si hubieran cedido rehenes a nuestra causa.”

Mann continúa diciendo que “en cuanto podamos hacer que vean la verdadera relación en que ellos y sus hijos se encuentran respecto a esta causa, se volverán promotores de su avance”, respaldando el completo traspaso del control educativo desde la familia hacia el estado. Es por el bien de todos, dijo Mann –excepto para padres como él, que educó en casa a sus hijos mientras que obligo a escolarizar a los de los demás.

La solución es que los padres enfrenten el creciente control gubernamental de la educación y la crianza. No se dejen llevar por el canto de las sirenas de una falsa empatía por sus cargas en el trabajo y la familia. No se dejen convencer por la falsa creencia de que son incapaces de cuidar a sus hijos y determinar cómo, dónde y con quién debería educarlos. No deje que sus “incansables” instintos paternales queden debilitados por guardianes gubernamentales que piensan saber qué es mejor para su hijo. Exijan libertad y exijan elegir.

Los padres son poderosos. No son perfectos, y fallan; pero son más perfectos y fallan mucho menos que los agentes del estado y las burocracias gubernamentales intoxicadas por la autoridad y el ego. Los padres deberían retomar el control de la educación de sus hijos al defender la elección paternal y resistir los esfuerzos de afectar su capacidad innata de procurar el bienestar de sus hijos.

Confíe en la “fuerza perenne” de la paternidad, incluso –o quizás especialmente- cuando otros desconfían de ella.

*Kerry McDonald es fellow sobre educación en FEE y autora de Unschooled: Raising Curious, Well-Educated Children Outside the Conventional Classroom. Tiene un B.A. en economía del Bowdoin College y un M.Ed. en política educativa de Harvard University. Vive en Cambridge, Massachusetts con su esposo y cuatro hijos. Aquí puedes inscribirte para su correo semanal sobre paternidad y educación.

Originalmente publicado en inglés en FEE.org y traducido por Gerardo Garibay Camarena para Wellington.mx

Por: Víctor H. Becerra*

Hace unos días, el Foro Económico Mundial (WEF, por las siglas en inglés) publicó su reconocido Reporte de Competitividad Global 2018 (The Global Competitiveness Report), el cual ha desarrollado y publicado anualmente desde 1979. La edición de este año, fue elaborada por un equipo de consultores y economistas que lideran Klaus Schwab, Presidente Ejecutivo del WEF, y por Xavier Sala y Martin, catedrático de la Universidad de Columbia, junto con más de 160 institutos contraparte a nivel mundial.

Antes de entrar al análisis de sus datos, es importante destacar que el Reporte cuenta con una nueva metodología e incluye cambios importantes; es su cuarta revisión importante desde que se creó. De modo que los resultados no son comparables con todos los reportes previos; esta edición incluye solamente resultados de 2017 para efectos de referencia. Así que ascensos y descensos respecto a la edición previa son más un reflejo de los cambios metodológicos que una mejoría/empeoramiento del desempeño de cada país.

El trabajo entiende por competitividad a la capacidad de una nación para atraer, retener y multiplicar inversiones directas, que producen bienes y servicios, crean empleos y generan ingresos y bienestar. Mide 140 países, cuyas economías representan el 99% del producto bruto de todo el planeta, a través de 98 indicadores (60% de esos indicadores  son nuevos este año), organizados en cuatro grandes categorías: entorno propicio para la competitividad, capital humano, mercados y ecosistema de innovación, y en 12 “pilares”.

El Reporte incorpora a partir de este año los motores de la Cuarta Revolución Industrial, como capital humano, innovación, pensamiento crítico y resiliencia, a fin de analizar qué impulsa el crecimiento a largo plazo y la productividad. Así, la nueva metodología incluye varios factores relativamente novedosos, como la generación de ideas, la cultura empresarial, la apertura y la agilidad (con énfasis en temas de capital social, preparación para el futuro, negocios disruptivos, la apertura del comercio de servicios, la deuda, uso de Internet, entre otros).

En el Reporte, la puntuación media a nivel mundial es de 60, entre el primer lugar (EE.UU., con 85.6 puntos) y el último, el 140º (Chad, con 35,5 puntos), existiendo en ese intermedio una amplia gama de rendimiento en todas las regiones y países. Estados Unidos es la economía más competitiva del mundo según el Reporte y se encuentra en la cima de competitividad por primera vez desde la crisis financiera de 2007-2009, superando a Singapur, Alemania, Suiza y Japón, los otros cuatro mercados principales.

Al respecto, “diez años después de la crisis, la economía se ha recuperado, pero hay una fragilidad que persiste”, dijo en la presentación del reporte el investigador del WEF y uno de los coautores del informe, Thierry Geiser. Una fragilidad que no necesariamente yace en la economía y que parece expresarse a través de fenómenos como el extremismo y el populismo, agregó.

En cuanto a América Latina (se analizan todos los países, excepto Cuba), este año la economía chilena ha consolidado su liderazgo regional en el Reporte. En contraste, una región como Centroamérica pierde competitividad. Al respecto, sorprende que solo dos países latinoamericanos se encuentren en el Top 50 del ranking: Chile (lugar 33) y México (45). Y sorprende porque al menos desde los años 80s, los gobiernos latinoamericanos dedicaron cada vez más tiempo y recursos para supuestamente promover la competitividad, asumiéndola muchas veces casi como una tarea privativa del Estado, creando un sinfín de dependencias para ese efecto. Casi 40 años después, podemos apreciar lo magro de los avances y el enorme desperdicio de recursos.

Al respecto de América Latina, apunta el Reporte: “La competitividad de la región sigue siendo frágil y podría verse amenazada por una serie de factores, entre los que cabe citar un mayor riesgo de proteccionismo comercial en Estados Unidos; las repercusiones de la crisis económica y humanitaria de Venezuela; la incertidumbre política a raíz de las elecciones en las mayores economías de la región y las perturbaciones derivadas de las catástrofes naturales que amenazan al Caribe. La inseguridad y la debilidad de las instituciones representan dos de los mayores desafíos para la mayoría de los países”, indica.

Conviene detenerse un poco en este dignóstico: El desempeño promedio de la región en el pilar de las instituciones es aproximadamente el mismo que el de África subsahariana. Es decir, tenemos instituciones estatales con altos niveles de corrupción y descrédito, con poca confianza sobre los funcionarios encargados de hacer cumplir las leyes, y nuestros países clasifican entre los menos seguros del mundo: Por ejemplo, El Salvador en el lugar 140º, Venezuela en el 139 y Honduras en el 136. En suma, en 12 de los 18 países latinoamericanos analizados, la calidad de las instituciones es un lastre para la competitividad, más que un apoyo o un factor de “promoción”. Y en cuatro de los seis restantes, es un factor “neutro”.

Es decir: Simplemente en Latinoamérica no tenemos instituciones públicas que funcionen de manera eficiente, integrada, sólida, y nuestros gobiernos han sido, generalmente, lo bastante superficiales, dispersos y corruptos como para asumir tareas que implican mucha profundidad y profesionalismo, o que simplemente no debieron de asumir. Los márgenes de progreso son inmensos en estos puntos.

Al final, solo cabe asumir que si América Latina quiere mejorar en su competitividad, para así atraer inversiones y generar riqueza y bienestar social, sólo le queda apelar a su empresariado y a la ciudadanía (como ha sido siempre), no a sus políticos, y que sean aquellos quienes muevan la carreta, mejoren en sus procesos y saquen adelante a nuestros países. Nuestros políticos demuestran una y otra vez que no son capaces de ello. Seguir confiando en ellos es la mejor receta para, algún día futuro, suspirar por la “época dorada” cuando a nuestros países los comparábamos con los de Somalia o el Congo.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]H[/dropcap]oy cumplimos 17 años de aquella mañana en que el terrorismo aniquiló miles de vidas, derribó grandes símbolos del desarrollo económico y puso a plena luz del día dos amenazas: la del fanatismo islámico y la de la voracidad de aquellos (de izquierda y de derecha) que lo usaron de pretexto para pasar por encima de las libertades consagradas en la Constitución y alimentar la bestia de la guerra, creando dos desastres por cada uno que supuestamente resolvían.

Por: Artemio Estrella*

“La muerte de tus padres no fue tu culpa … fue culpa de tu padre … tu padre falló.” — Ra’s Al Ghul.

La cita corresponde al diálogo entre Ra’s Al Ghul y Bruce Wayne, en la película “Batman Begins“, cuando éste entrenaba a Wayne para convertirlo en parte de la Liga de las Sombras.

El diálogo me causó shock en primera instancia, porque no puede ser culpa de una persona el ser agredido al enfrentarse fortuítamente ante un delincuente armado, en todo caso el culpable principal es el delincuente o ¿no?

Comencemos entendiendo el escenario que engloba al personaje deBatman, este escenario es Ciudada Gótica. Gótica es una ciudad en la que el crimen organizado tiene el control, la policía está al servicio del crimen organizado, el gobierno es corrupto y los ciudadanos están a merced de todos ellos, sin defensa alguna. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

¿Por qué Gótica llegó a ese estado tan caótico?

En este momento es cuando la aseveración de Ra’s Al Ghul toma sentido: los ciudadanos de Gótica han fallado.

¿En qué han fallado los ciudadanos de Gótica?

Han fallado en ceder al gobierno, y a su policia, el derecho a la legítima defensa. Esta cesión de derechos crea un monopolio anti-natural que es el monopolio de la violencia en manos de la policía y del gobierno de Gótica. Todo monopolio crea corrupción, tanto si es un monopolio económico como si lo es social.



No hay servicio de seguridad pública ofrecido por ningún sistema de gobierno, ni el de Gótica, que garantice la protección de todos los ciudadanos, esto lo sabe cualquier potencial criminal y sabe que una sociedad así es terreno fértil para delinquir. Ese ciudadano de Gótica que ha desvalorizado su propia vida y la ha puesto al total cuidado de un servicio público gubernamental, simplemente es culpable, en gran parte, de lo que le pueda llegar a suceder en caso de caer en manos del crimen.

Sobra decir que Ra’s Al Ghul tenía ideas muy descabelladas para reestablecer el equilibrio de Gótica, él creía que destruyéndola se reconstruiría en manos de los mejores hombres y mujeres. Batman no se queda atrás, él cree que andar por las noches luchando en contra del crimen organizado es la solución, bueno tal vez ayude.



¿No sería más sencillo devolverle a los ciudadanos de Gótica su legítimo derecho a la defensa? Es una idea, nos dejaría sin el Universo de Batman, lo cual no es muy deseable , pero bien se puede aplicar a nuestra realidad.

*Artemio Estrella es tecnólogo especialista en TIC y en Transformación Digital, es columnista invitado en Asuntos Capitales, en Wellington.mx y en el Periódico La Pepa, y en asuntos políticos es un impulsor de los principios republicanos.

Por: Ricardo Stern*

[dropcap type=”default”]I[/dropcap]ncluso en sociedades pequeñas, es casi impensable poder fiarse por completo de los otros miembros. Siempre puede haber gente no digna de confianza entre ellos. Todos observamos que hasta en grupos de amigos o matrimonios es común que alguien traicione la confianza; cuánto más en sociedades grandes o naciones. Y mientras esto suceda, hablar de sociedades libres seguirá siendo una utopía o una forma relativa de expresarse. La libertad absoluta es una imposibilidad para el ser humano, en tanto exista un solo delincuente.

Hay varias razones para lo que acabo de afirmar, pero con una basta, y es que un sistema hipotético donde hubiera total libertad para el justo, implicaría también total libertad para el injusto, ya que no es posible adivinar cuál es cuál, y solo es posible concebir restricciones para todos o libertades para todos. Es cosa de elemental sentido común, que prevenir el delito siempre será mejor que castigarlo cuando ya ocurrió, y la prevención del delito implica, básicamente, restricciones sobre la población. Se pueden hacer pequeñas “discriminaciones” para intentar molestar menos a quienes tienen menos probabilidad de ser delincuentes, pero hay un límite y al final tendrá que optarse por una serie de restricciones generalizadas. Lo contrario implicaría, sí, libertad para la gente de bien, pero también para los delincuentes, quienes usarían invariablemente dicha libertad para atentar e intentar destruir la libertad de los justos. De este modo, el máximo grado de libertad se obtiene, paradójicamente, a través de cierta restricción de la misma.



En otras palabras, “libertad total” en una agrupación humana es un contrasentido, ya que pasado cierto grado de libertad, ésta se empieza a destruir a sí misma, en manos de los delincuentes. Si se requiere aún de un ejemplo para entender, podemos tomar, de entre muchos que me vienen a la mente, el de la facultad que tiene un gobierno para espiar a los ciudadanos. Este es un tema que suscita innumerables protestas y molestias entre gente que asegura ser inocente de cualquier delito y, por lo tanto, que debería tener el derecho de que nadie invada su privacidad. Estrictamente hablando, esto es cierto, y quien no ha violado ninguna ley debería ser dejado en paz. Pero lo que no notan es que nadie tiene poderes adivinatorios para saber si son inocentes o no, y la manera de averiguarlo es precisamente invadiendo hasta cierto punto su privacidad. Y lo mismo aplica con retenes en las carreteras, revisiones en aeropuertos, detenciones preventivas, obligación de presentarse a testificar, traer en regla la documentación del vehículo en que se transita, y un largo etcétera. La única otra forma sería tener poderes divinos o de adivinación, o que desaparecieran por completo los delincuentes (y además tener poderes de adivinación para saberlo con certeza). Es decir, no en esta realidad y en algún plazo previsible. Así que si en verdad son gente de bien y ciudadanos que cumplen con las leyes, deben ser los primeros no sólo en aceptar, sino incluso en aplaudir que el Estado realice su trabajo para beneficio de ellos. No es razonable pedir, por un lado, que el Estado les dé seguridad, y al mismo tiempo criticar las acciones que este realiza para la consecución de tal fin.

Hablamos, por supuesto, de acciones que, en general causan pequeñas molestias (aunque en tiempos muy críticos pueden ser mayores, obviamente, como toques de queda, etc.), y por eso es racional pedir que sean aceptada incluso con gusto por parte del que la sufre sin merecerlo, ya que gracias a su utilización es posible detectar a verdaderos delincuentes que ponen en peligro a toda la sociedad, incluyendo al quejoso. En otras palabras, el sistema opera a favor de quien protesta, lo que hace ridícula dicha protesta. San Pablo lo explica inmejorablemente: “Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella”. (Rom. 13:3)



Mucho más grave sería la violación a sus derechos que haría el delincuente si no se le detecta y detiene. Como decía Roussseau, sólo hay dos opciones: o se obedece a la Ley o se obedece a un Amo. Y la ley puede ser incómoda a veces, pero mucho menos que el amo, a menos que realmente se exceda y, pasando cierto límite, se convierta ella en el nuevo amo.

La verdadera discusión, pues, entre personas que ponen a la libertad como centro de sus valores cívicos y políticos, no es si puede tenerse una libertad total o no, sino cuál es el punto exacto en que las restricciones darán un grado de libertad óptimo, esto es, el punto de equilibrio justo entre incomodidades aceptables y opresión, entre una ley eficaz y una ley que ya se convirtió de pronto en el Amo del que tendría que habernos librado. Mi regla es que, siendo imposible una ley que dé gusto a todos, debe tomarse por óptima aquella que sólo incomode a delincuentes, nihilistas, anarquistas y plañideros profesionales que protestan de todo.

*Ricardo Stern, Ciudad de México, 1976. Estudió piano, literatura dramática y arquitectura del paisaje. Es autor de Aquí no se sirve café (novela, Sediento, 2012) y La razón ardiente (ensayo, Galma, 2015). Actualmente trabaja en consultoría política e investigación.

Por: Hugo Marcelo Balderrama*

La cultura moderna ha perdido gradualmente el sentido de orden, a medida que la filosofía se fue desvinculando de la realidad cotidiana para refugiarse en un juego mental, sin contacto con la realidad cotidiana. Así han surgido en los últimos dos siglos diversas doctrinas, a veces enfrentadas entre sí, pero cuya común denominador es la negación del orden natural.

El socialismo en sus distintas variables (Nazismo, internacionalismo, maoísmo, trotskismo y guevarismo) es un rechazo al orden natural y las instituciones que lo conforman. Para el socialista la propiedad privada, la familia y el sexo son solo “construcciones sociales” que impiden a la sociedad retornar al paraíso socialista, un paraíso pansexual, ecologista y sin propiedad privada.



Desde la publicación de “El Emilio” de Jean-Jacques Rousseau la educación es el camino elegido por los socialistas para construir al “hombre nuevo”. La construcción de este “hombre nuevo” debe empezar en la tierna infancia. El niño debe ser aislado y estimulado en potenciar su bondad natural, con pocos libros, sin memorizaciones y en contacto con la naturaleza. Los planteamientos educativos rousseaunianos tienen hasta el día de hoy una enorme influencia en las leyes educativas. Por ejemplo: la ley educativa 070 en Bolivia plantea un modelo de educación “anti colonizadora” “anti patriarcal” y un “vivir bien” en armonía con la madre tierra.

Los grupos ecologistas se rasgan las vestiduras ante los experimentos con animales, pero a nadie le importa, cuando los pedagogos usan a los niños como experimentos de sus fantasías.

En el siglo XX las utopías educativas encontraron en la psicología un aliado estratégico. Con este apoyo, el control social se hizo más fácil. La patologización a quienes no se adapten al modelo educativo de los mandarines de turno es la técnica empleada.

El psicólogo español Marino Perez explica que Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) aprobada en España el año 2013, es el típico intento de manipulación social. En su libro “Volviendo a la normalidad”, Marino Perez muestra que el Trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un diagnostico que carece de sustento clínico, y la medicación, lejos de ser un tratamiento es, en realidad, un dopaje. Lastimosamente, LOMCE reconoce el TDAH y hace obligatoria la medicación, incluso ante la negativa de los padres. Los grupos ecologistas se rasgan las vestiduras ante los experimentos con animales, pero a nadie le importa, cuando los pedagogos usan a los niños como experimentos de sus fantasías.

A diferencia de los animales, el hombre posee por esencia una naturaleza racional. El conocimiento humano trasciende las limitaciones de la sensibilidad y capta, en el seno de la realidad, su constitución esencial, lo que cada cosa es.



Al aplicar su capacidad de conocimiento al plano de la acción, surge otra propiedad esencial del ser humano: su libertad. El ser humano es dueño de sus actos. Y por lo tanto, es responsable de los resultados de sus decisiones. La felicidad consiste en tener libertad de elegir. Por eso, cualquier intento de dirigir la educación desde el poder de turno es una crueldad, una lucha contra la naturaleza humana.

En su canción “Another Brick In The Wall” el grupo de rock Pink Floyd expresó una gran verdad: “We don’t need no education, We don’t need no thought control, No dark sarcasm in the classroom, Teachers leave them kids alone”

*Hugo Marcelo Balderrama es Licenciado en economía y licenciado en Ciencias políticas. Se desempeña como profesor de economía, comercio exterior y planificación financiera. En Facebook: facebook.com/Marcelo.derecha

Por: Artemio Estrella*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]a elección de un candidato para un puesto de elección popular, sea para la presidencia de un país, el congreso o un gobierno local, es siempre un tema tan polémico que puede llegar a dividir a una sociedad entera, y es natural porque, por desgracia, todos nos podemos ver afectados de una u otra manera por el resultado de los comicios.

Aquellos que pueden resultar mayormente afectados por una mala decisión democrática, son precisamente los más jóvenes, pues ellos son los que tienen el horizonte de vida más largo y los que de manera inmediata van a soportar el costo de una mala decisión. En el caso actual mexicano, estoy hablando de los millennials, aquellos jóvenes nacidos en los 80’s y que hoy en día están por definir el rumbo de sus vidas.



La generación del milenio, millennials, o generación Y, cuentan con características que no poseen las generaciones que los precedieron: no se asombran con los cambios tecnológicos, pues nacieron y viven con ellos, están digitalmente hiperconectados y la expresión de sus pensamientos, sentimientos y emociones, son parte de su día a día, la inmediatez es una necesidad apremiante en ellos y esto los lleva a una búsqueda incesante de nuevas y mejores experiencias.

México, a diferencia de países que aún siguen anclados a políticas públicas del siglo pasado, ha permitido, aunque no a un nivel óptimo, el acceso a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Prueba de ello es que contamos con una generación del milenio, propositiva y muy activa en asuntos económicos, sociales y políticos. El grito de esta generación, como ninguna otra, es: ¡HÁGANSE A UN LADO, NO NOS ESTORBEN!

Los millennials están determinando, en otras latitudes, nuevas formas de vivir y de hacer las cosas, nuevos modelos de negocios insertados en el mundo digital. Están cambiando los esquemas de educación, pues la educación tradicional ya no los satisface, se auto-educan con material que ellos mismos encuentran en Internet. El modelo tradicional de empleo lo han superado, con el autoempleo, el trabajo remoto desde casa, llegan a trabajar para dos o tres empresas a la vez, aumentando con ello sus ingresos y disminuyendo el tiempo u horas de trabajo, mejorando con todo esto su calidad de vida. Las industrias están movilizándose para adaptarse a las necesidades de la generación del milenio y no al revés. Lo anterior es sólo posible con políticas que, lejos de buscar promoverlas, lo que se necesita es que no las frenen ni las impidan.



Para los millennials ésta es la elección: ¿un estilo de gobierno que los deje irse por la libre o uno que les dicte por donde transitar?

*Artemio Estrella es tecnólogo especialista en TICs, columnista invitado en Asuntos Capitales y en Wellington.mx, y en asuntos políticos un impulsor de los principios republicanos.

Por Carlos Gutiérrez Heredia*

[dropcap type=”default”]A[/dropcap] propósito de los paraísos fiscales, quiero hablar sobre el tema que tanto irrita a muchos cada que se pone de moda este tema por las famosas filtraciones en los mismos.

De acuerdo a los defensores de la “redistribución de la riqueza”, y la “justicia social”, se necesita cobrar muchos impuestos para que un país mejore y se desarrolle. Todo esto lo cuestionaré y demostraré con simples datos, que todo eso es falso, y más que querer ayudar, la verdadera intención de muchos es boicotear a los que tienen más éxito que ellos.



Si usamos la lógica de los que están contra los paraísos fiscales, esos “paraísos” deberían tener un nivel vida paupérrimo para sus habitantes y solo una alta calidad de vida para los ricos. Otro resultado de los paraísos fiscales, usando esa misma lógica, sería que deberían tener servicios de mala calidad e inaccesibles para todos. Pensemos por ejemplo en Singapur, uno de los “infames paraísos fiscales” según los defensores de la “distribución”. Si este país es un paraíso fiscal, entonces, no debería recaudar nada y sus empresas y habitantes no pagarían nada, por lo tanto no debería haber ningún servicio, y no digamos servicio de alta calidad, sino simplemente ningún servicio.

Afortunadamente, y como siempre, los izquierdistas se equivocan rotundamente.

Singapur tiene una recaudación progresiva, es decir, pagan más los que más ganan. ¿Pero cuánto pagan los que menos y más ganan? Pues lo más que se llega a pagar es un 22% para aquellos que ganan arriba de 320,000 dólares y los que menos pagan es un 0% hasta los primeros 20,000 dólares por año. La peculiaridad de Singapur, es que dentro de sus rangos de tributación, hay un mínimo y un máximo a pagar, por lo que todos los que ganen 320, 000 dólares o más, solamente pagarán un máximo de 44, 450 dólares en impuestos. Todo esto se puede ver en la primera imagen.

Pero todo esto es solo para impuestos en el ingreso, para impuestos corporativos la tasa es de 17% para todos (excepto para las startups, que tienen más facilidades)

En la segunda imagen podemos ver que Singapur recauda por concepto de impuestos sobre ganancias a personas físicas y morales un aproximado de un 31% del total de su ingreso. Sin embargo también podemos ver que compensa sus ingresos con otros impuestos, pero la mayoría de ellos (el 24%) sale de ingresos en transacciones financieras. Singapur recauda así aproximadamente un 17% de su PIB y termina gastando menos de lo recauda. En este punto, es justamente donde los izquierdistas y su mito de la redistribución caen, ya que incluso algunos se atreven a poner una especie de gasto mínimo o límite para tener un sistema educativo “eficiente”. Singapur de nuevo nos muestra que están equivocados, cosa que podemos ver en la tercera imagen.

La tercera imagen nos muestra que el paraíso fiscal tiene la mejor educación en el mundo gastando incluso mucho menos que otros países desarrollados que tienen gastos mayores en este rubro. Esto tumba dos mitos. El primero, que entre más se gasta, mejor; y el segundo, que en los paraísos fiscales no habría bueno servicios como el educativo.

Y lo que termina destruyendo a todo el mito no acaba aquí. Un pretexto de los que pugnan por la “redistribución” de la riqueza argumentan que sin esos impuestos no habría capitalismo y no habría infraestructura y por lo tanto, el mismo capitalismo colapsaría o no despegaría el sistema capitalista. Otro grave error.

China es el país que hoy por hoy invierte más en infraestructura que cualquier otro país sobre la Tierra, y sin embargo su deuda es muy baja y su gasto respecto al PIB tampoco pasa del 20%. ¿Cómo le hace? Pues tiene lo mismo de lo que goza Singapur, y que es infinitamente más importante que cualquier sistema de recaudación y pifias de redistribución de la riqueza: un sistema financiero sólido y muy bien desarrollado. China basa sus proyectos en sus bancos y todo esto gracias al fortalecimiento de su sistema financiero. Esto es lo mismo que permite a Singapur tener más ingresos para gastos pero sobre todo que muchos de sus “gastos sociales” son autosostenibles precisamente porque se proyectan desde el sistema financiero.



Las pensiones, los gastos médicos, financiados desde el ahorro por los habitantes de Singapur, crean un fondo que les da intereses al hacerlo desde los bonos del gobierno, y con su baja inflación (rondando el 0% o con deflación) al cabo del tiempo terminan pagándose (los individuos) su propio sistema de seguridad social. Todo esto nos dice que es posible saltarse todo el absurdo de redistribución de la riqueza y tener infraestructura, servicios y seguridad social sostenible sin endeudarse y cobrar impuestos, ya que todo esto se da en un “paraíso fiscal”.

La conclusión es, que si hay buenos servicios básicos, gran desarrollo económico y seguridad social en un paraíso fiscal, y que todavía ese paraíso se da el lujo de gastar menos y ahorrar un 200% de su PIB, significa que en realidad no es un paraíso fiscal, sino que todos los demás países son infiernos fiscales.

Si todavía, a pesar de esto, sigue habiendo personas que justifican tal redistribución, no es porque su objetivo sea el bienestar social (porque ya se demostró que se puede tenerlo sin altos impuestos), sino que su objetivo es tirar al que está mejor que ellos bajo el pretexto autocomplaciente de que lo hacen por una especie de “justicia social”.

Las combinaciones Estado-Mercado pueden ser buenas mientras el mercado sea mayoría y estén construidas bajo una lógica de mercado y no de distribución, es decir, que es posible hacer una distribución y ayudar a la sociedad mientras se tenga una mecánica de mercado y no de puramente “desarrollo social”. La sociedad se desarrolla y se ha desarrollado gracias al mercado, por lo que es posible tener todo esto y más mientras la eficiencia sea la estrella guía de toda política. Pero la mayor lección, es que los supuestos paraísos fiscales no son el infierno explotador que quieren pintar los socialistas, sino que de hecho tienen una vida mejor y mejores servicios que cualquier supuesto paraíso socialista.

*Carlos Gutiérrez Heredia nació hace 32 años en la Ciudad de México. Tiene estudios en psicología y derecho. Autodidacta en muchos otros temas. Empresario, freelancer y actualmente escribe un libro sobre filosofía.