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Hipocresía

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Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

Ojalá en el mundo bastaran las buenas intenciones y las palabras bonitas, pero no es así. En la economía, como en la naturaleza, hay ciertas leyes que simplemente no pueden romperse sin sufrir las consecuencias, y una de las grandes tragedias de la izquierda, particularmente en su variante caviar, es el hecho de que bajo un lenguaje color de rosa se esconde una receta de ambición y de fracaso, que al traducirse de la página a la vida termina afectando especialmente a las personas más vulnerables, replicando e incluso superando en el proceso los peores vicios de ese consumismo que tanto critican de dientes afuera.

Van un par de ejemplos fresquecitos de lo que sucede cuando el bello lenguaje de la izquierda, repleto de solidaria esperanza, aterriza en el mundo real, donde por más inclusivas, diversas y progresistas que sean, las personas siguen siendo tales, y la naturaleza sigue imponiendo su dominio, sin alterar sus leyes en misericordia de los esfuerzos “ecológicos”.

  • El primer ejemplo es el de la fiesta conocida como “Burning Man”, que desde su inicio, a mediados de los 80’s se ha convertido en uno de los mayores símbolos culturales del buenoidísmo de la izquierda burguesa, reuniendo anualmente a más de 75,000 personas, entre las que se acostumbra contarse gente como el fundador de Tesla, Elon Musk, o el de Amazon, Jeff Bezos. Incluso apareció en los Simpson, concretamente en el episodio “Colocados y confundidos” de la vigésimo sexta temporada.

El Burning Man (hombre en llamas) atrae multitudes al desierto de Black Rock, literalmente en medio de la nada, para una semana de “arte”, música y desenfreno, que culmina prendiendo fuego a una gran figura humana, hecha de madera y de decenas de metros de altura. El festival está orientado en base a 10 principios, dentro de los que destaca la “Desmercantilización”, es decir: el rechazo a las transacciones y el consumo comercial, optando en su lugar una “experiencia de participación” y del regalar como forma superior de convivencia, mirando con desdén al mundanal ruido del dinero, obviamente previo pago de un boleto de $425 dólares en promedio (algunos llegan a costar hasta $1,200 dólares), más otros $80 dólares por un pase de vehículo, los cuales no incluyen comida o bebida de ninguna clase, lo que significa que una gran parte del costo es ganancia directa para los organizadores.

En los folletos, el Burning Man es una ventana a la utopía post-cristiana y post-capitalista, donde todos son bondadosos paganos conectándose con la espiritualidad del arte y de la naturaleza. ¿El problema? Detrás del disfraz buenoide, este festival se ha convertido en un ejemplo de las peores prácticas corporativas cuyos principios dicen rechazar.

Los rumores sobre las malas condiciones en el festival han corrido desde hace años, pero ahora la situación ha llegado a ser tan grave que hasta los propios progres se empiezan a escandalizar. Hace un par de meses, Salon.com, uno de los principales portales de línea izquierdista en los Estados Unidos, y al que nadie puede acusar de ser un defensor de las tradiciones capitalistas, publicó un muy amplio reportaje acerca del tóxico ambiente, las deplorables condiciones laborales y la hipocresía desatada en la organización del Burning Man, convertido ahora en una empresa multimillonaria, y no sólo millonaria en buenos deseos, sino en dólares.

Los de abajo ganan puro humo, los de arriba se embolsan $200,000 dólares anuales, en dinero y no en abrazos.

En concreto, denuncian que existe discriminación de género en contra de las mujeres, malos tratos en general y una tasa de suicidios sorprendentemente elevada (proporcionalmente 10 veces mayor a la del ejército de los Estados Unidos) entre los trabajadores encargados de montar y mantener en funcionamiento la estructura logística que hace posible el evento. Empleados y voluntarios, muchas veces sin recibir pago alguno (seguramente porque el dinero es malo y el altruismo es muy bueno) laboran durante meses bajo las inclementes condiciones del desierto de Nevada, instalando líneas eléctricas, llevando equipo y limpiando después de la pachanga, a costa incluso de quedar ciegos en forma permanente. Caleb Schaber, empleado a tiempo completo y voluntario del festival, que eventualmente recurrió él mismo al suicidio, explica: No ayudan a los empleados que se lesionan…sólo tratan de hacer que trabajen al máximo, dándoles lo menos posible, y luego los descartan. Ricardo Romero coincide “vi a muchos compañeros ser despedidos por quejarse acerca del trato que reciben los trabajadores” o por enfrentarse a algún abuso al interior de la jerarquía, todo ello mientras que los directivos ganan unos bastante burgueses $200,000 dólares anuales, en dinero y no en abrazos.

  • El segundo ejemplo es el monumental fiasco de las casas “verdes” construidas por la “Make It Right Foundation,” la organización de caridad del actor Brad Pitt para los damnificados del huracán Katrina, y que literalmente se están desmoronando a menos de 8 años de haber sido entregadas

En su momento, la fundación presumió estas viviendas como “accesibles, de alta calidad, medioambientalmente sustentables” y seguras. Muchas víctimas les creyeron y pagaron $130,000 dólares a cambio de una vivienda que ahora han tenido que abandonar porque a las casas les están saliendo hongos y las tablas de madera que forman su estructura se están soltando. Eso sí, muy ecológicas.

De acuerdo con NBC, que al igual que Salon no es precisamente una cadena conservadora o antiprogre, los residentes se quejan de moho, fugas de gas y denuncian que el problema es que estas viviendas se construyeron con materiales de baja calidad y, peor aún, sin considerar las condiciones climáticas de Nueva Orleans.

¿Y la Make It Right Foundation? Desaparecida desde hace años.

Una vez más, cuando la fantasía de la izquierda caviar se topa con la realidad, el golpe es de antología. Cuando se apagan las llamas del “burning man” y se van las cámaras del equipo de relaciones de Brad Pitt –o de la celebridad de turno- la gente de a pie enfrenta una realidad incluso peor que la que vivían antes.

Mientras tanto, del otro lado del pueblo, sus benefactores beben champaña con aroma de frutas y “buenas conciencias”, sintiéndose muy buenos y condenado el malvado capitalismo, a medio camino entre la tercera de Patrón y la quinta de Moët.

¿Y para los demás? Sólo humo y hongos.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

¿Se acuerda usted de Mara Castilla? ¿No?

Vamos, haga un esfuerzo.

No, no se vaya a Google. Mejor vaya a Facebook y revise sus publicaciones de septiembre del 2017; seguramente habrá por lo menos una en la que denuncia o comparte alguno de los indignados reclamos respecto al asesinato de esta estudiante, que abordó un vehículo de la plataforma Cabify y murió “presuntamente” a manos del chofer. La proverbial torpeza de las autoridades y sobre todo el acuciante dolor de la familia hicieron de la búsqueda de Mara y la identificación de su asesino una noticia que escaló primero los titulares de la prensa local y eventualmente los de la nacional, despertando una oleada de necesarios reclamos provenientes de todos los ámbitos.

Fue el escándalo, y en el río revuelto la justificada denuncia se mezcló con la cínica explotación. Multitud de colectivos, grillos versátiles, intelectuales y ciudadanos “despiertos” (de esos que no ven Televisa y leen muchos libros), se montaron en el tema para impulsar sus agendas ideológicas o personales, formando un auténtico coro en el que competían por construir la frase más lastimera, la denuncia más sentida, la afirmación más clara de su propia superioridad moral.

Hubo marchas, poemas, proclamas y entrevistas, porque no había tema más importante en el país, al menos hasta que inició el siguiente ciclo de noticias y todos pudieron dejar de fingir que en serio les interesaba el caso, para enfocarse en la siguiente denuncia de la semana.

Aun en el cenit de la sensiblería, el 18 de septiembre Denise Dresser elevó el usufructo de la tragedia al nivel de las bellas artes, con su artículo titulado “Mara” en el que condensó la demagogia que había circulado durante los días previos, repartiendo culpas a diestra, siniestra y funesta. Lo verdaderamente grotesco fueron las líneas en que prácticamente le declama:

“…en esos días en los que no sabíamos dónde estabas, te volviste mía. Te adopté y todas las mañanas revisaba la prensa y las redes sociales para saber algo de tu paradero.” “…quiero gritar y gemir y ser yo la que está en ese pedazo de tela blanca ensangrentada y esconderme de la vida y de los vivos porque me da pena mi país”. Y el paroxismo: “esto sí te prometo, Mara. Mara bonita, Mara, mexicana, Mara mía y de todos. Me haré y nos haremos responsables de los hombres ignominiosos detrás de tu muerte.

Tras una promesa tan contundente, uno podría esperar que doña Denise tradujera en hechos la fuerza de sus palabras, que se trasladaría a Puebla a investigar o al menos que presionaría un día sí y otro también, usando todos sus espacios en los medios de comunicación para que el culpable y sus cómplices carguen con todo el peso de la ley, pero no fue así.

Desde entonces, y al menos hasta el 10 de octubre del 2018, la señora Dresser ha publicado un total de 52 artículos en el periódico Reforma. Nunca volvió a referirse al tema. De Mara, ni siquiera su nombre, de la “injusticia cósmica” y de sus promesas para “hacerse responsable” de los culpables del asesinato sólo quedó, aplastada en tinta y convertida en paño para limpiar vidrios, la pontificación quejumbrosa de una sola semana, porque pasado el escándalo surgieron otras coyunturas por explotar, para venderle a sus lectores esa horrenda charlatanería beata de la que Dresser es experta y que tantos voceros de la progresía hacen pasar como intelectualidad para el consumo de hípsters y fifís, para quienes la indignación de esta mañana será un no me acuerdo la semana después.

Por cierto…

A más de un año del crimen, el presunto asesino de Mara aprovechó la absurda obsesión de nuestras leyes con los formalismos y las brechas abiertas por el ya no tan nuevo sistema de justicia penal, para obtener varios amparos que han obligado a reponer el proceso por feminicidio, el cual apenas volvió a avanzar a mediados de este septiembre. ¿Y los indignados del año anterior? Bien, gracias; ni por enterados se dan.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra*

Diego Armando Maradona llegó hace unos días a México, para afincarse y dirigir a un oscuro equipo de futbol de la división de ascenso, el equipo Dorados de Sinaloa, colocado en el fondo de la tabla y asentado en una de las zonas de mayor influencia del narcotráfico. Su llegada ha sido, como se esperaba, motivo de suma atención y polémica. Aunque también de sátiras y burlas. Vale la pena detenerse un poco en el episodio, del cual pueden extraerse algunas lecciones.



El dueño de Dorados, Jorge Hank Rhon, es el hijo menor de Carlos Hank González, un profesor rural que se convirtió en uno de los políticos más prominentes del PRI en los 60s y 70s, del que se recuerda su enorme capacidad para enriquecerse al amparo de la política, bajo su máxima: “Un político pobre es un pobre político”; a su muerte, sus hijos heredaron grandes negocios e importantes relaciones políticas.

Jorge Hank es un millonario mexicano típico, con apellidos de políticos influyentes, con fama de “filántropo” y costumbres extravagantes, y negocios de la mano del gobierno, básicamente casinos, cual Al Pacino en El Padrino. Así, maneja casi la mitad de los juegos de apuestas y casinos de México. Junto con Dorados, posee también al equipo Xoloitzcuintles de Tijuana, de la máxima división. Ambos equipos los administra su hijo Jorgealberto Hank Inzunza.

Jorge Hank de 62 años de edad y con 19 hijos de sus numerosos matrimonios, es también, como su progenitor, un político militante del PRI, donde fue alcalde de Tijuana y candidato perdedor a gobernador de Baja California. Como alcalde, endeudó al municipio todo lo que pudo y lo quebró, aumentó los índices de violencia, al mismo tiempo que daba “apoyos” a los pobres y organizaba grandes espectáculos. En los hechos, compró al PRI y a muchísimos políticos, puestos a su servicio personal y de sus negocios. En esa estrategia, se ha acercado incluso a la dictadura cubana. Es, pues, el típico mafioso tercermundista: con mucho dinero y políticos a su servicio, pero sin blasones ni logros extraordinarios, sólo excentricidades y una vida signada por los escándalos.

Al respecto, se le ha acusado de media docena de asesinatos (de familiares y periodistas entre ellos), posesión de armas, por las que terminó presobrevemente, y de tráfico de pieles y animales exóticos, por lo que también fue detenido. En el año 2000 se hizo público que el gobierno de EEUU lo identificaba como socio del temido cártel narcotráficante de los Arellano Félix.

Tal es el nuevo patrón de Maradona, al que ahora servirá mediante un jugoso contrato, después de haber servido hasta la ignominia a Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Aunque ya conocíamos la clase de servicios que llega a prestar, como señaló el también ex futbolista José Luis Chilavert: “Maradona por un pancho y una Coca se da vuelta. Hace un papel triste, lo usan de monigote”. Justo como sucede ahora en México, donde entrenamientos y entrevistas de prensa son llevadas por sus auxiliares. Él sólo aparece en las fotos y recibe los cheques.

Maradona dice ser un socialista pero habla con el bolsillo derecho lleno. De socialista nada. ¿O se puede tener conciencia socialista y a la vez ser aliado y empleado del mejor exponente del capitalismo mexicano de compadres? ¿Qué clase de socialista cobra millones de dólares trabajando en negocios sospechosos de narcotráfico y de favoritismo político, y se gasta su fortuna en ‘farlopa’, en lugar de dedicarla a obras sociales o para disfrute del “común”, como predica el socialismo que dice profesar? ¿Por qué mejor no hizo una contribución a la “revolución” dirigiendo la selección de Venezuela o la de Bolivia? Expuesto a estas preguntas, quizá Maradona contestaría, como muchos otros correligionarios: “Me gusta el socialismo, pero de lejos y para otros, yo no soy tonto”.

En realidad, un capitalismo de compadres como el mexicano es idóneo para el desarrollo y la complicidad de socialistas, como hoy demuestra Maradona. Es así porque el capitalismo mexicano de compadres, como el de otros muchos países latinoamericanos, está más cerca del socialismo que del real capitalismo, y más cerca fascismo que del socialismo. Es un socialismo corporativo y tal es el verdadero contrato social en nuestros países.



Un socialismo corporativo construido mediante un capitalismo de estado a lo grande, con un intervencionismo estatal pernicioso, desde las relaciones de poder y las complicidades políticas y familiares, hasta llegar a ser un socialismo corporativo con base en la metodología del Lava Jato, con tintes de kirchnerismo, manejo delincuencial a lo Maduro y demagogia a lo Evo Morales o López Obrador.

El socialismo dijo luchar toda la vida por el fin de las clases. Toda la vida defendiendo la igualdad de oportunidades. Y en cambio, llegan Maradona y muchos otros y con su ejemplo lo desnudan y se lo cargan de un plumazo. Así, trayectorias como las de Maradona y su actual discurrir mexicano, prueban que defender el socialismo no es defender a los pobres, sino apoyar el saqueo desde el gobierno y sus empresas favoritas, y promover el enriquecimiento propio en nombre de “la igualdad”. ¿Pero alguien esperaría algo distinto de una ideología que solo prohíja envidiosos y resentidos?

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra