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Por: Víctor H. Becerra*

Las manifestaciones recientes en Colombia, tras las que han sucedido en Chile y otros países de la región, han sido el pretexto para seguir hablando de un supuesto complot del Foro de São Paulo o bien, del Grupo de Puebla, en suma, de una “subversión castro-chavista” a nivel continental. No deja de ser curioso como este tipo de ideas se parecen como un calco a lo argumentado en La Habana o Caracas, cuando sus dictaduras hablan de un complot de EEUU, la derecha neoliberal, la CIA, la USAID o Alvaro Uribe al referirse a alguna manifestación en su contra.

Hoy el mundo presencia manifestaciones sociales masivas, en lugares tan distintos, desde Santiago hasta Hong Kong, pasando por Teherán y Barcelona. Pero es un error tratar de encontrar una motivación única, un origen común a todas ellas.

Al respecto, la llamada Primavera Arabe, que entre 2010 y 2013 afectó a 18 países que entonces tuvieron fuertes convulsiones sociales, con muy distintas motivaciones y conclusiones dispares, enseñó que no puede hablarse de fenómenos globales y generalizables, ni siquiera en regiones con cierta uniformidad: Cada caso, país por país, debe analizarse con detenimiento e involucrando un gran conjunto de factores en el análisis: Desempleo juvenil, estado del sistema educativo, penetración de las redes sociales, cobertura de Internet, condiciones políticas, lealtad de las Fuerzas Armadas con el régimen, existencia o no de liderazgos y organizaciones políticas, capacidad de interlocución del gobierno, situación de la economía, la existencia o no de canales de participación para procesar institucionalmente el descontento, actores internacionales posicionados en el conflicto, y un largo etcétera. No puede hablarse solo de un complot internacional en contra del régimen. Ese fue el discurso de todos los gobiernos entonces, como lo es hoy. Repetirlo es no querer vr los posibles errores de esos gobiernos pero sobre todo, ignorar las motivaciones reales, muchas veces justas, de la gente de carne y hueso que protesta.

Ese discurso no sólo criminaliza la protesta, toda protesta, e incita a un mayor autoritarismo en el manejo de esas crisis. También prepara el terreno para una mayor intolerancia contra toda crítica por parte de regímenes hasta ahora democráticos, como los de Colombia, Chile y otros, muy en la línea de regímenes como los de Cuba o Venezuela, o la creciente agresividad del gobierno mexicano de López Obrador, donde toda crítica es parte de una conjura, una forma de “peligrosidad predelictiva” a la cubana y hasta de terrorismo por parte de supuestos agentes extranjeros, para legitimar la posibilidad del silenciamiento o incluso la represión violenta contra cualquier opositor.

El fantasma de la conjura internacional como motivación detrás del vandalismo anárquico es esgrimido por todos: desde Sebastián Piñera hasta Raúl Castro, pasando por Lenin Moreno. Por supuesto que ha habido violencia en varias de las protestas, que debe castigarse, pero de ninguna manera puede generalizarse a todos los manifestantes, muchos de ellos pacíficos. Y por supuesto que las protestas han sido explotadas mediáticamente por los gobiernos bolivarianos, que a través de Telesur o RT y sus otros canales propagandísticos, las magnifican enfáticamente mientras ocultan la represión sistemática en Venezuela, Nicaragua o Cuba. Pero si se quiere hablar con bases de intervenciones directas de estos gobiernos en las agresiones a otros, éstas tendrían que documentarse con todo rigor, cosa que hasta ahora no se ha hecho, en ningún caso.

Al final, derechas e izquierdas latinoamericanas fundamentan hoy una doble distorsión: presentan a opositores y críticos de sus gobiernos como violentos, cuando son mayoritariamente pacíficos, y como agentes extranjeros, mercenarios, cuando lo que moviliza sus protestas es, fundamentalmente, un conjunto de causas específicas, reales y muchas veces legítimas: alzas de precios, endeudamiento de estudiantes, mala calidad en servicios públicos, rebaja de pensiones, avasallamiento a la autonomía de comunidades indígenas, conflictos post-electorales concretos como el boliviano, o las evidencias de concentración del poder y violaciones flagrantes a la legalidad en Venezuela, Bolivia o Nicaragua.

Vemos pues, que la apelación al fantasma de la intervención imperialista, el vandalismo antisocial o a la criminalización de la oposición no son patrimonio único de las izquierdas latinoamericanas. También lo está siendo, peligrosamente, cada vez más de las derechas de la región. ¿Quienes hablan, sin pruebas y sí con muchos prejuicios, de una “conjura castro-chavista continental” no se dan cuenta que su idea es muy parecida al tópico de la “guerra imperialista” esgrimida por las dictaduras de izquierda para criminalizar, acallar y agredir a sus críticos?

Si queremos salvaguardar la libertad y trabajar por ella, debiéramos ser más cuidadosos en nuestros argumentos y ver a quienes y para qué sirven.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]¿H[/dropcap]ace algunos días, la administración Trump anunció que destinará cerca de $12 mil millones de dólares en subsidios para respaldar a los granjeros que han sido afectados por los aranceles impuestos por otros países a consecuencia de las actuales guerras comerciales con China, la Unión Europea y Canadá, que por lo visto no son tan “buenas y fáciles de ganar”.

A primera vista, los nuevos apoyos podrían parecer una buena idea; suena más o menos lógico el dar un paso adelante para ayudar a quienes están sufriendo y echarles la mano para que se mantengan en pie. Sin embargo, detrás de su máscara sonriente, esos subsidios son la preocupante señal de un ogro cada vez más grande en los pantanos de Washington.

¿Un ogro? Déjeme explicar:

En 1978, el escritor Octavio Paz definió al gobierno como el ogro filantrópico es decir, una criatura que reparte subsidios y programas para supuestamente aliviar la pobreza, pero que al mismo tiempo devora una parte cada vez mayor de la prosperidad nacional a través de los impuestos requeridos para financiar esos programas sociales y de la consecuente corrupción en el uso de los recursos. El ogro pudiera incluso tener buenas intenciones, pero sus actos harán mucho más mal que bien.



Pudiéramos decir que este ogro, que se oculta dentro las estructuras gubernamentales de todo país en el planeta, tiene incluso una cierta clase de ritmo, casi como una danza. Se mueve en una sucesión de pasos, devorando más y más con cada uno de ellos, hasta que engorda tanto que ya no puede bailar, y cuando el vals se detiene finalmente muestra su verdadero rostro de tiranía y violencia, y de fracaso, como podemos observar actualmente en el colapso de Venezuela.

¿Cuáles son esos pasos? Bueno, el vals comienza cuando el ogro interviene en una parte de la economía para, digamos, imponer aranceles en unos cuantos productos, algo fácil de justificar, nada demasiado notorio o preocupante. Sin embargo, esto crea una disrupción; aquellos afectados por la intervención original del gobierno se vuelven hacia este demandándole que los ayude y, siendo después de todo un filántropo, el ogro está feliz de acceder a su deseo, desviando dinero en respaldo de ese grupo vulnerable. Con cada nuevo paso, se multiplican las disrupciones en el panorama económico y el número de actores que demandan un apoyo.

Ya que el dinero es indispensable para cumplirles, el ogro pronto enfrenta una de dos opciones: adquirir mayores deudas o imprimir más dinero. En ambos escenarios el costo del vals será eventualmente pagado por los ciudadanos, que terminan cargando con más impuestos y con el costo, tanto en efectivo como de oportunidad, que implica vivir en una economía cada vez más intervenida.

El ogro pudiera incluso tener buenas intenciones, pero sus actos harán mucho más mal que bien.

Eventualmente, las señales de oferta y demanda se obscurecen tanto por la intervención gubernamental que los agentes económicos quedan simbólicamente en penumbras, yya no saben si es que avanzan en la dirección correcta, con el resultante desperdicio de valor y recursos, lo que a su vez lleva a las personas a demandar incluso más acción del gobierno. Por lo tanto, el vals aumenta su velocidad, convirtiéndose en una vertiginosa demostración de gasto, un río turbulento donde los compadres pescan todos los pescados, mientras que las demás personas se quedan con hambre.

Esa es la verdadera perversidad del vals del ogro: Una vez que inicia la música, es casi imposible detenerla. No importa cuántas leyes se aprueben o estudios se financien, y ni siquiera el qué tan honestas sean las intenciones de la monstruosa figura; los problemas creados por el incremento en la intervención gubernamental no pueden resolverse con nuevas regulaciones. Por el contrario, cada problema aparentemente “resuelto” crea una multitud de nuevas externalidades, hasta que el sistema ya no puede gastar, porque todos están quebrados.

He ahí el genuino peligro de los nuevos subsidios anunciados por Trump. No solo distorsionarán los incentivos de la industria agropecuaria, sino que también añadirán incluso más peso a la de por sí asfixiante deuda nacional norteamericana, que supera ya los $21 billones de dólares.

Esa deuda nunca se reducirá mientras el ogro siga añadiendo nuevos programas “temporales” que pronto se convierten en derechos adquiridos en la mente de los beneficiarios, incluyendo entre ellos, por supuesto, a todos los políticos locales y estatales que buscarán ser electos con el respaldo de la “generosidad” de Washington D.C.



No sé, quizá Trump tiene buenas intenciones. Sin embargo, poner en marcha el vals del ogro, al embarcarse primero en una guerra comercial y luego recurrir a subsidios para “ayudar” a los más afectados por ella seguramente no funcionará.

Esos subsidios elevarán la deuda, debilitarán aún más a la economía y abrirán las puertas a una marabunta de oportunidades para la corrupción el capitalismo de cuates, y al final del día América será menos próspera, y el mundo será menos libre debido a ello. Como dice el dicho, el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones, y esa es una senda que no admite subsidio.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Artemio Estrella*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]a elección de un candidato para un puesto de elección popular, sea para la presidencia de un país, el congreso o un gobierno local, es siempre un tema tan polémico que puede llegar a dividir a una sociedad entera, y es natural porque, por desgracia, todos nos podemos ver afectados de una u otra manera por el resultado de los comicios.

Aquellos que pueden resultar mayormente afectados por una mala decisión democrática, son precisamente los más jóvenes, pues ellos son los que tienen el horizonte de vida más largo y los que de manera inmediata van a soportar el costo de una mala decisión. En el caso actual mexicano, estoy hablando de los millennials, aquellos jóvenes nacidos en los 80’s y que hoy en día están por definir el rumbo de sus vidas.



La generación del milenio, millennials, o generación Y, cuentan con características que no poseen las generaciones que los precedieron: no se asombran con los cambios tecnológicos, pues nacieron y viven con ellos, están digitalmente hiperconectados y la expresión de sus pensamientos, sentimientos y emociones, son parte de su día a día, la inmediatez es una necesidad apremiante en ellos y esto los lleva a una búsqueda incesante de nuevas y mejores experiencias.

México, a diferencia de países que aún siguen anclados a políticas públicas del siglo pasado, ha permitido, aunque no a un nivel óptimo, el acceso a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Prueba de ello es que contamos con una generación del milenio, propositiva y muy activa en asuntos económicos, sociales y políticos. El grito de esta generación, como ninguna otra, es: ¡HÁGANSE A UN LADO, NO NOS ESTORBEN!

Los millennials están determinando, en otras latitudes, nuevas formas de vivir y de hacer las cosas, nuevos modelos de negocios insertados en el mundo digital. Están cambiando los esquemas de educación, pues la educación tradicional ya no los satisface, se auto-educan con material que ellos mismos encuentran en Internet. El modelo tradicional de empleo lo han superado, con el autoempleo, el trabajo remoto desde casa, llegan a trabajar para dos o tres empresas a la vez, aumentando con ello sus ingresos y disminuyendo el tiempo u horas de trabajo, mejorando con todo esto su calidad de vida. Las industrias están movilizándose para adaptarse a las necesidades de la generación del milenio y no al revés. Lo anterior es sólo posible con políticas que, lejos de buscar promoverlas, lo que se necesita es que no las frenen ni las impidan.



Para los millennials ésta es la elección: ¿un estilo de gobierno que los deje irse por la libre o uno que les dicte por donde transitar?

*Artemio Estrella es tecnólogo especialista en TICs, columnista invitado en Asuntos Capitales y en Wellington.mx, y en asuntos políticos un impulsor de los principios republicanos.