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Por: Víctor H. Becerra*

El presidente López Obrador presentó este domingo su plan económico contra la emergencia por el COVID-19. El resultado es que no hay plan y que el presidente no inspira confianza ya a nadie, fuera de su círculo de adictos: La caída inmediata, tras de su presentación, de la paridad para un nuevo máximo histórico de 25.68 pesos por dólar, así lo deja ver.

López Obrador y sus voceros anunciaron toda la semana que el domingo presentaría su plan económico, pero esto sólo sirvió para generar interés en uno más de sus cada vez más intrascendentes y anti-climáticos informes trimestrales de gobierno. Seguramente por eso tal vez será su informe más visto. Pero éste quinto informe fue como los otros: una nueva colección de los”éxitos” de su gestión, con datos falsos y logros imaginarios. Por ejemplo, la supuesta reducción de los homicidios en el primer trimestre de este año, según él en un 0.3%, cuando en realidad tuvieron un incremento del 3.6%. O la ilusoria terminación de la Línea 3 del Tren Ligero de Guadalajara. O el “logro” de haber reducido el costo de la gasolina, atribuyéndose el efecto colateral de la actual guerra petrolera y de la baja mundial en su consumo.

López Obrador se presentó en un patio vacío, sin omitir los honores presidenciales, solo frente a las cámaras de televisión, y solitario en el escenario, como a él le gusta: Para que nadie le dispute la atención. Tan pequeño e indigente en capacidades se sabe, que no tolera ninguna distracción de su persona. Es como diría Javier Milei: Lo que hizo López Obrador en su informe de papel crepé y cartón, es equivalente a lo que hacen los hombres que pertenecen al club de los penes cortos, pero con dinero, que compensan solo para sentirse más, sin ser nada.

El solitario de Palacio Nacional. Es como ese personaje de “El Chavo del Ocho”, que armaba sus propios juegos sólo para jugar él, divertirse él y ganar él. Si a López Obrador le quitas su insignificancia, se quedaría sin nada. Lo cual sería ridículo si no fuera trágico, tratándose de la máxima autoridad de un país en su hora más desesperada y oscura en muchísimo tiempo.

Por eso es que mucha gente esperaba con expectación su plan, jaloneado entre rumores de que anunciaría la nacionalización de bancos y supermercados, o bien, el anuncio anticipado por dirigentes empresariales, de que informaría de apoyos fiscales para las empresas, para sortear en lo inmediato la crisis por el COVID-19. Pero nada de eso pasó. Ni de nada. El presidente nunca reconoció la gravedad de la emergencia. La economía y las empresas y sus trabajadores están solos frente a esa emergencia: Sólo dependen de sí mismos. Qué triste, caray: Justo en su peor momento, el país está en las peores manos.

Su plan es solo que continuará y ampliará sus actuales programas sociales, con los últimos recursos que los diferentes gobiernos “neoliberales” (según él) ahorraron durante los últimos 15 años para emergencias y compromisos, en el Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios, en el Fondo Mexicano del Petróleo, y en diversos fideicomisos, y que con ello creará 2 millones de empleos, como ya sabemos que lo hará: Llamando “empleos” a sus becas y subsidios, que no son más que premios por obediencia y obligación de voto para sus bases partidistas.

López Obrador gastará los últimos recursos de que puede disponer: Que vaya sobre ellos evidencia la real situación de las finanzas del país y su desorden. Después de eso, ya no habrá ahorros ni recursos ni forma de sostener sus programas sociales, con una economía en declive. A menos que suceda lo impensable: Que su rapiña pronto se dirija a los fondos privados de pensiones y sobre las reservas del Banco de México. Algo impensable… y que podría suceder. En tal sentido, el de López Obrador no es un gobierno en crisis terminal, como sostienen muchos: Aún conserva intacta su enorme capacidad de hacer daño. 

En el fondo, el plan de contingencia de López Obrador es mero ejercicio descarnado de poder: En lugar de salvar empleos productivos, seguirá engordando a sus bases sociales, que reciben subsidios y transferencias. Y hasta donde el presupuesto público alcance. Esto, para ganar las elecciones intermedias del Congreso en el 2021.

Seguramente la mala gestión de la crisis sanitaria y de otros problemas del país (el desempleo que viene, la quiebra de muchísimas empresas, la violencia y la inseguridad pública, los saqueos que habrá, etc.) podrán costarle varios puntos de popularidad, pero él apuesta a sacar a votar a sus bases, dentro de un año, y con eso revalidar y fortalecer su proyecto político, conservando su mayoría en el Congreso. No hay secreto en ello: Es el mensaje detrás de su “plan”. Y la suya podría ser una apuesta ganadora, frente a la inacción de la oposición y la atomización y desorganización de la sociedad civil que lo critica y se le resiste.

A cambio, la economía mexicana entrará en una caída gravísima, sin fondo ni plazo de terminación: será su peor depresión económica en 100 años, mayor que las de 2009, 1994, 1982, 1976… Ya se habla incluso de una recesión anual del 10%. Así, la economía quedará intubada a un respirador artificial, en peligro cierto de muerte. La mortandad en turismo, servicios, microempresas y pymes será muy pronunciada. Se estarían salvando vidas del COVID-19 (si se salvan) sólo para entregarlas a la muerte de la economía y a la pobreza y la falta de horizontes. Donde no habrá creación de riqueza ni empleos o bienestar real sin empresas vivas y actuantes.

Lo que sucedió el domingo es algo que todos sabíamos de López Obrador, sin asumir sus consecuencias últimas: Sólo le importan él mismo y su proyecto político. A esto sacrificará todo, cueste lo que cueste, caiga quien caiga. Y lo está haciendo.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Por Guillermo Rodríguez González

Hay tres hechos que los liberales necesitamos comprender y difundir ante los estados de excepción que lógicamente asumen –principalmente porque en demasiados casos han sido tanto tardíos como  mal orientados– los Estados en la  pandemia que sufre hoy el mundo.

La primera y principal es que todo poder gobernante –desde mucho antes del Estado moderno que emerge recientemente en la historia con la paz Westfaliana en 1648, y no ha dejado de extenderse fuera de sus límites naturales– únicamente puede enfrentar amenazas extraordinarias y temporales a la paz y seguridad públicas, mediante estados de excepción que restringen parcial y temporalmente ciertas libertades civiles. La guerra, la conmoción civil y las epidemias son los ejemplos más obvios de tan desagradable necesidad.

Pero es un hecho que un Estado limitado, ideal del liberalismo clásico, está tan o más capacitado que cualquier fórmula de gobierno excedida y sobre-exigida desde antes de la emergencia,  de una parte el concentrarse en sus funciones propias, seguridad, defensa y orden público, su capacidad de respuesta es más rápida por sus concentrados recursos y capacidades. De otra parte, porque las sociedades con Estados limitados, son democracias republicanas y economías de mercado, lo que significa un estado de Derecho que garantiza la libertad de prensa, de opinión y en general de información, indispensable en una emergencia sanitaria. Y por que en tales sociedades se crea y ahorra más riqueza –más ampliamente distribuida que en cualquiera otra– y se fomenta la responsabilidad individual, factores indispensable para la rápida respuesta individual responsable y la solidaridad racional.

Los estados de excepción para ser efectivos deben limitarse, única y exclusivamente, a restringir parcialmente las pocas libertades que el tipo de emergencia exija. Si se restringe la información se amplían los rumores y se genera más desconfianza de la información oficial. Si se controlan los precios se generan más escasez y mercados negros.  Entendemos los liberales, que aunque en una guerra puede ser necesario limitar la libertad de información, una epidemia no es una guerra y no sólo no lo requiere, sino que su efectividad exige mantenerla, con todo lo que ello implica.

Seamos claros, el mundo está sufriendo una pandemia porque un Estado totalitario censuró temprana y automáticamente la información sobre el surgimiento de la amenaza. Los médicos que informaron del peligro y pidieron detener la epidemia en su origen, no fueron escuchados, todo lo  contrario, fueron censurados, vilipendiados e incluso encarcelados. La muerte del héroe y símbolo de esta tragedia, el Dr. Li Wenliang, fue una trágica y aleccionadora historia de responsabilidad y heroísmo individual ante la irresponsable arrogancia de un Estado totalitario. Hoy el mundo entero la conoce tal y como fue, excepto por los que se niegan a conocerla. Y los que intentan tergiversarla. Tontos útiles del poder totalitario.

El tercer hecho es que, de una parte, las sociedades con Estados sobredimensionados y sobre exigidos desde antes de la emergencia, además de estar materialmente peor preparadas para enfrentar una emergencia, tienen poblaciones moralmente peor preparadas. Quienes fueron adoctrinados por generaciones en la dependencia del Estado y la renuncia a la responsabilidad individual, los que por generaciones aprendieron que el Estado sería la única fuente de su ilusoria seguridad antes las adversidades, olvidaron que hay adversidades inevitables. Son los hasta ayer exigían su “derecho” a una infancia eterna mediante un Estado que los protegiera de todas las adversidades de la vida, e incluso de la posibilidad misma de sentir angustia. Adoctrinados además en falsamente apocalípticos peligros inexistentes o sobredimensionados, que hoy están chocando con un peligro real sin  preparación material y moral para enfrentarlo. Y en lugar de exigir que sus gobernantes hagan lo que deben hacer, exigen que hagan lo que no deben hacer, tal y como hacen ellos por su lado.

La censura oficial, a la que están tentados siempre los gobernantes, implica desinformación, más y peor desinformación que cualquier información errónea e incluso malintencionada. El grueso de la crítica, especialmente la de los expertos, ha sido la adecuada y necesaria en todo el mundo. La irresponsabilidad de los gobernantes ha sido notoria en demasiados lugares, justo ahí donde hoy piden, en nombre de la emergencia que no se les recuerde. Y que no se les exijan responsabilidades. La responsabilidad individual ha sido más rápida y efectiva en donde las personas están acostumbradas a ser libres y responsables. Y las sociedades con más ahorros, más capital –las más acostumbradas a exigir claras responsabilidades de sus gobernantes en aquello que es función del gobierno, y a asumir las de la sociedad civil en lo que le corresponde– es decir, las sociedades más libres, son las que mejor han respondido a la crisis. Y las que mejor podrán responder a los terribles efectos de la pandemia en la economía.

Tres hechos que nos dicen mucho hoy y nos dirán más en los difíciles tiempos que vienen. Debemos entender que –fuera de malas interpretaciones más o menos desinformadas– toda forma de gobierno posible o imaginable en un sistema de libertad, responsabilidad y Derecho común, incluso el sueño radical del anarco capitalismo –que no sería la ausencia de gobierno sino la extinción del gobierno del Estado moderno y su sustitución por arreglos voluntarios, descentralizados y competitivos de las funciones de gobierno– sería capaz de aplicar estados de excepción razonablemente adecuados, y limitados a lo realmente necesario, para cada tipo de excepcional emergencia, en sociedades que por ser libres y responsables estarían mucho mejor preparadas para enfrentarlas.

Nada nos garantiza que la vida no esté llena de peligros, incluso extraordinarios y terribles, el progreso material y moral no está dado ni es indetenible, depende de las condiciones institucionales y morales de las que surgió y sin las que desaparecería. Y son esas condiciones, esos usos y costumbres, esas instituciones, ese conocimiento, esa responsabilidad y libertad, la que mejor nos prepara para enfrentar los mayores y peores desafíos a todos y cada uno. Y para enfrentar la propaganda y desinformación ideológica que peligrosamente se empeña hoy en aprovechar la ignorancia y el temor para convencer a los ingenuos de lo contrario. Es de vida o muerte.