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Por: Angélica Benítez*

Hace unos días unos amigos me pidieron cuidar a sus tres niños porque ellos tenían un compromiso. Llegué poco antes de su hora de dormir, y uno de los pequeños me confesó que había estado teniendo pesadillas recientemente, y que tenía miedo de tenerlas de nuevo esa noche.

  • ¿Qué sueñas? – le pregunté.
  • Con monstruos.

Esbocé una sonrisa y le dije: “No tienes nada que temer. Los monstruos no existen”.

Al día siguiente, al despertar, recibí la impactante noticia de que dos amigos muy queridos, gente buena, fueron asesinados de una forma muy cruel, en medio de la ola de violencia que atraviesa su ciudad y el país entero.

La nota salió publicada en la prensa local. Mucha gente seguramente leyó esa página del periódico mientras daba un sorbo a su café, pensando: “por algo les habrá pasado eso”, juzgando sin tener idea. Y cómodamente los responsables viven una redención social de sus actos.

Pareciera no tener relación alguna, pero, por los mismos días, en varios lugares del mundo personas causaron incendios y saqueos a propiedad privada, con el pretexto de su coraje ante determinadas injusticias.

Mis amigos fueron víctimas de una injusticia. Pero no por eso voy a quemar propiedad de otras personas, porque si lo hiciera automáticamente me convertiría en eso que tanto critico: el victimario, y a los demás en víctimas de mi coraje mal encausado.

“El día que asesinen a una de tus amigas, vas a querer ir a quemarlo todo como nosotras”, me dijo una feminista alguna vez al ver mi desacuerdo con el vandalismo de sus manifestaciones. Ya me pasó algo así. Pero no podemos actuar con base en sentimentalismos y emociones, sino basados en la razón, el amor y la esperanza. El mal no se combate con mal, sino con bien. Las injusticias no se combaten con más injusticia.

Recordé los miedos de aquel niño: los monstruos. La verdad es que, a sus inocentes cuatro años, de forma abstracta, ha descubierto un aspecto real del mundo. Los monstruos sí existen, y lo más peligroso es que después de que ellos actúan, tienen la capacidad de convertir a otros en monstruos también. Algo así como ese juego infantil que jugábamos en aquellos años: si los “malos” te alcanzan, te vuelves uno de ellos y les ayudas a alcanzar a los que quedan en el juego como “buenos”.

Tras una tragedia, uno puede adoptar la proactiva idea de comprometerse para terminar con la violencia, formando con más ímpetu a la juventud en temas de paz y justicia, fortaleciendo a las familias y creando conciencia sobre el respeto a la vida… o uno puede ser víctima de sus viscerales emociones afectando a terceros que no han hecho ningún mal.

No somos jueces, las conclusiones les toca determinarlas a las autoridades correspondientes. Somos ciudadanos que pagan impuestos esperando que la justicia se haga presente, y que nuestras familias se encuentren seguras. Por eso, en esta historia tenemos tres opciones: ser el monstruo o el héroe, y el héroe nunca actúa como el monstruo sin dejar de ser lo que es.   

*Angélica Benítez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por parte de la Universidad Autónoma de Baja California. Cuenta con una Maestría en Administración de Empresas por parte de CETYS Universidad, y se desempeña actualmente como docente universitaria.