Tag

Odio

Browsing

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]D[/dropcap]e todas partes llegan las advertencias: Hoy el factor más desequilibrante de la economía mexicana es Andrés Manuel López Obrador. Desde el habitualmente flemático Financial Times, hasta el propio Banco de México, pasando por el movimiento cada vez más nervioso de la paridad peso-dólar, todos advierten del peligro que corre la economía mexicana de llegar López Obrador al poder.



Ciertamente la incertidumbre política representada por López Obrador y sus anuncios de cambios sustanciales en el modelo económico, no es el único factor que incide en la economía mexicana, pero por ahora, en lo interno, es el factor determinante, al menos hasta que las negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte no arrojen un resultado definitivo —para bien o para mal—, a lo cual parece que ya nos acercamos.

Los últimos movimientos telúricos en la economía mexicana tienen que ver con la andanada de descalificaciones que López Obrador ha iniciado contra los empresarios. Hace unos días, el candidato de izquierda injurió a varios empresarios, a quienes acusó de apoyar a Ricardo Anaya para vencerlo, e incluso de que comandan una “guerra sucia” en su contra. Ninguna prueba aportó de sus dichos, de una ligereza alarmante. Eso provocó un desplegado de rechazo por parte de una organización empresarial, con el apoyo tácito de otras organizaciones privadas, al que siguieron nuevas injurias por parte de López Obrador, en general contra todos los empresarios.

El discurso anti-empresarial de López Obrador es un regreso a lo peor del nacionalismo revolucionario del PRI, y también al de la izquierda más arcaica

Este episodio es solo el último choque entre el puntero de las encuestas y los emprendedores, tras las pasadas y recurrentes amenazas de López Obrador de echar atrás la reforma energética, y con ella los contratos de explotación petrolera ya otorgados a inversionistas, así como revocar la multimillonaria construcción del nuevo aeropuerto capitalino —ya en marcha—. Volvió así el López Obrador real, el del odio sin matices ni distingos, el del rencor vivo, eclipsando al López Obrador del “amor y paz”.

Una cosa queda clara de estos episodios: López Obrador no duda en abrazar y dar impunidad a políticos acusados de corrupción, si le juran obediencia, pero injuria a los creadores de empleos y de riqueza simplemente por cuestionarlo o por no apoyarlo electoralmente. López Obrador puede perdonar a delincuentes, como promete en su amnistía, pero descalifica y amenaza a quienes invierten  productivamente sus propios recursos. Para él, los “buenos” son los políticos y delincuentes que lo apoyan. Los “malos”, quienes honradamente arriesgan sus recursos y con sus impuestos mantienen al gobierno y a los políticos. Eso dice mucho del proyecto de López Obrador, de sus prioridades, de su visión del mundo y, también, del riesgo en que puede meter a la economía mexicana, a los empleos y los hogares de todos los mexicanos.

Acusar y acosar a los empresarios como forma de camuflar la irresponsabilidad, la ignorancia económica y la demagogia con la pobreza no es algo nuevo en México. En realidad el actual discurso de López Obrador reproduce, casi punto por punto, las demagógicas posturas de los ex presidente Luis Echeverría y José López Portillo contra los empresarios, en el contexto de una doble debacle de la economía mexicana, causada por sus gobiernos, en 1976 y 1982. Desde entonces proviene la alarma automática que se dispara en la mayoría de los mexicanos en cuanto se producen oscilaciones bruscas en el precio peso-dólar, aún cuando desde 1994 opera un esquema de libre flotación en la paridad.

El discurso anti-empresarial de López Obrador es un regreso a lo peor del nacionalismo revolucionario del PRI, y también al de la izquierda más arcaica: Una visión que juzga a la empresa privada como un obstáculo para el control autoritario de los políticos, no como un activo para la sociedad que hace funcionar a todo el sistema económico y también al sector público. Una que cree que las empresas son instrumento del enriquecimiento de unos cuantos a costa del bienestar de muchos y que por ello, se justifican la persecución y el intervencionismo estatal.

Aumento de tasas, escasez, inflación, desempleo, mayor pobreza… hacia allá va México, si Obrador gana la Presidencia

Pero la experiencia de México y de otros países, muestra que las peores crisis, las que más han empobrecido y agraviado a la población, las han provocado decisiones de políticos que no entienden o subestiman la importancia del mercado, la iniciativa privada y las libertades económicas, y se creen con el poder de limitarlos, manipularlos y jugar con ellos en beneficio propio. Pelear con los empresarios significa expatriar confianza, dólares, empleos: Precisamente lo que pasó en 1976 y 1982, causando la llamada “Década Pérdida” de los 80s, con nulo crecimiento, una hiperinflación acumulada del 3710.10 % en los años siguientes, devaluaciones sin límites y un empobrecimiento generalizado.

El discurso anti-empresarial de López Obrador omite que cuantos más empresarios tengan confianza y decidan invertir, más crecerán empleos, salarios, empresas, sectores económicos no manipulados por el gobierno, sindicatos o políticos. En suma, habrá mayor bienestar y más oportunidades. Sus injurias, amenazas y propuestas de gobierno ciertamente no contribuyen a crear ese ambiente de confianza y certidumbre para las inversiones. En tal sentido, la lucha de López Obrador contra los empresarios es, en realidad, una lucha contra la racionalidad económica, las libertades y la creación de nuevas oportunidades, y por ello, contra los pobres por los que dice velar. Sin empresas no hay empleos.



La experiencia histórica muestra que sin empresas ni empresarios, no hay riqueza ni oportunidades, ya que el Estado no produce nada, solo consume y gasta lo que producen empresas e individuos. Misma experiencia que ha dejado constancia de que cuando gobiernos y políticos se entrometen en el funcionamiento de los mercados, lo que ocurre es un aumento incesante de la incertidumbre y de sus fenómenos resultantes: falta de inversiones, aumento de tasas, escasez, inflación, carestía, desempleo, mayor pobreza… y hacia allá va México, si López Obrador gana la Presidencia, según nos advierte su comportamiento actual.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]B[/dropcap]ueno, pues ya estamos plenamente sumergidos en esa marea política que antecede al inicio oficial de las campañas electorales. Tan sólo ayer miércoles Javier Lozano se integró a la campaña de José Antonio Meade, tras renunciar a Acción Nacional; Osorio Chong anunció que se va de la Secretaría de Gobernación y Luis Miranda salió de la SEDESOL; el Gobernador de Chihuahua entró en conflicto público y directo con el presidente Peña Nieto; el INE multó a 6 partidos por triangular pagos a través de empresas fantasma y los líderes de Morena le dieron su respaldo a Sergio Mayer para que pase de ser actor de tele a legislador federal.



También en redes sociales comienza a renacer la efervescencia política, que había amainado en las últimas semanas a causa de la temporada navideña. Ahora, después de terminado el día de reyes, mientras retomamos la normalidad, recuperamos con ella los conflictos y las preocupaciones que la acompañan, particularmente en un año como este, en el que nuestro país enfrentará un gravísimo peligro.

Sí, en 2018 y particularmente en el tema de las elecciones hay un grave peligro para México.

Y no, no hablo de “ya saben quién”, aunque el señor no sea santo de mi devoción.

El peligro para México es la bestia de las pasiones, un monstruo al que todos alimentamos al calor de la contienda, pero que sí se sale de control podría acabar devorándonos, como ya lo ha hecho muchas veces durante los últimos doscientos años.

Hay un grave peligro para México, y no, no hablo de “ya saben quién”

Se trata de un dragón de dos cabezas: la primera es la de la desinformación y las simplificaciones, que reduce el escenario a un choque frontal de blanco y negro, de ángeles y demonios, de santos en nuestro bando y satanes en el del contrario. La segunda cabeza es la del odio, que surge como consecuencia lógica y lamentable de esa simplificación en la que el rival es culpable de todos los crímenes y el aliado poseedor de todas las virtudes.

Basta darse una breve vuelta por las redes sociales para confirmar el temor de que este monstruo está creciendo cada vez más, y de que se multiplicará durante los propios meses. En las cavernas de Facebook y Twitter encontramos lo mismo amenazas de muerte que llamados al golpe de estado y la guerra civil, aderezados con insultos que se considerarían sumamente inapropiados en cualquier otro contexto.

Y todos somos culpables.

Todos, en algún u otro momento hemos recurrido a la simplificación, a la condena absoluta del contrario, a la salida fácil del insulto o de la falaz indignación, que a ojos de nuestro coraje nos evitan el esfuerzo de argumentar; pues si el contrario es corrupto, ladrón, chairo, derechairo, vendepatrias y demás, entonces -creemos- basta con el insulto. Y no es así.

No cometamos el error de pensar que esa violencia se quedará sólo en las redes sociales, o de que se trata sólo del efecto del anonimato digital, pues ese rencor y esa apuesta por la violencia como arma política sí existe y hay un riesgo de que se refleje en la vida real, como ya sucedió en la Ciudad de México con los golpeadores que atacaron un mitin de Morena y desataron la muerte de una de las asistentes al evento, y eso que apenas son precampañas.



Por eso creo que es muy importante que cada uno de nosotros nos comprometamos, ante los demás y ante nuestra propia historia, a no alimentar el monstruo de la desinformación y del odio, empezando por mí mismo.

Hoy me comprometo ante ti, estimado lector, a luchar en favor de lo que creo, más que en contra de lo que me desagrada; a no recurrir a las falsas noticias, ni a las fáciles condenas del contrario; a respaldar cada crítica en un argumento; a reconocer que la gran mayoría de quienes apoyan una visión política distinta a la mía también lo hacen de buena fe, queriendo lo mejor para sus familias y comunidad; a privilegiar la civilidad en mis artículos, en las redes sociales y en las interacciones cotidianas. Por supuesto, es muy probable que en alguna ocasión la bilis le gane a la neurona, pero incluso entonces el siguiente paso será el de reconocer el error en lugar de fortalecer la hostilidad.

También te invito a que hagas propio este compromiso, para hacer lo correcto una persona a la vez.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]F[/dropcap]ue una semana lenta de noticias, todo mundo estaba de vacaciones, pero la cosecha de chismes no se detuvo por completo. La activista Denisse Dresser arrancó el mes reportando a través de su cuenta de twitter, que Paulina Peña, la hija del Presidente de la República, había llegado a la Universidad Anáhuac en un helicóptero pagado por el presupuesto público. Proclamó Denisse: “Va foto que me envían de Paulina Peña llegando a la Universidad Anáhuac en helicóptero, también a cargo del erario.” Un escándalo, un oprobio, una vergüenza, que, por supuesto se convirtió en éxito instantáneo, pues el tuit se compartió casi cinco mil veces y fue marcado como favorito por mil 700 usuarios de dicha red social.