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Por: Valentina Alazraki*

Esta es la versión íntegra que Valentina Alazraki presentó en el Encuentro “La Protección de los menores en la Iglesia”, que se llevó a cabo en el Vaticano, del 21 al 24 de febrero pasado.

Introducción   

Ante todo, quisiera presentarme. Soy corresponsal en Roma y el Vaticano de Televisa, la televisión mexicana. He cubierto el final del pontificado del Papa San Pablo VI, los 33 días del pontificado de Juan Pablo I, todo el pontificado de San Juan Pablo II, el del Papa Benedicto XVI y ahora el del Papa Francisco. Con estos tres últimos papas he realizado 150 viajes.

Me han invitado a platicarles de comunicación y, en concreto, de cómo una comunicación transparente es indispensable para combatir los abusos sexuales sobre menores por parte de hombres de la Iglesia. 

A primera vista hay poco en común entre ustedes, obispos y cardenales, y yo, católica laica, sin cargos en la Iglesia, y además periodista. Sin embargo, compartimos algo muy fuerte: todos tenemos una madre, estamos aquí hoy porque una mujer nos engendró. Frente a ustedes, yo tengo quizás un privilegio más: soy ante todo una mamá.

Por tanto, no me siento solo representante de los periodistas, sino también de las madres, de las familias, de la sociedad civil. Quiero compartirles mis experiencias y vivencias, y –si me lo permiten– añadir algunos consejos prácticos.

Mi punto de partida, la maternidad

Me gustaría partir justamente de la maternidad para desarrollar el tema que me han encomendado, es decir: cómo la Iglesia debería comunicar sobre este tema de los abusos. 

Dudo de que alguien en esta aula no piense que la Iglesia es, ante todo, madre. Muchos de los que estamos aquí tenemos o hemos tenido un hermano o una hermana. Recordamos que nuestras madres, si bien nos querían a todos de la misma manera, se dedicaban más a los hijos más frágiles, más débiles, a los que a lo mejor no podían avanzar con sus propios pies en la vida y necesitaban un empujoncito.

Para una madre no hay hijos de primera o segunda división: hay hijos más fuertes e hijos más vulnerables.

Tampoco para la Iglesia hay hijos de primera o segunda división. Sus hijos aparentemente más importantes como lo son ustedes, obispos y cardenales (no me atrevo a decir el Papa), no son más importantes que cualquier niño, niña o joven que haya vivido la tragedia de ser víctima de abuso por parte de un clérigo.

¿Cuál es la misión de la Iglesia? Predicar el Evangelio, pero para eso necesita liderazgo moral, la coherencia entre lo que predica y lo que vive, representan la base para resultar una institución creíble, digna de confianza y respeto.

Por eso, ante conductas delictivas como los abusos a menores, una institución como la Iglesia, ¿creen que tiene otro camino para ser fiel a sí misma que no sea el de denunciar ese crimen? ¿Tiene otro camino que no sea el de ponerse del lado de la víctima y no del victimario? ¿Quién es el hijo más débil, más vulnerable? ¿El sacerdote abusador, el obispo abusador o encubridor o la víctima?

Tengan por seguro que para los periodistas, las madres,  las familias,  toda la sociedad, los abusos a menores son una de nuestras primeras angustias. Nos preocupa el abuso de menores, la destrucción de sus vidas y de sus familiares.

Consideramos estos abusos uno de los crímenes más abominables. 

Háganse una pregunta. ¿Son ustedes enemigos de los abusadores y de los encubridores tanto como lo somos nosotros?

Nosotros hemos elegido de qué lado estar. ¿Ustedes, lo han hecho de verdad, o solo de palabra?

Aliados o enemigos

Si ustedes están en contra de los abusadores y de los encubridores, estamos del mismo lado. Podemos ser aliados, no enemigos. Les ayudaremos a encontrar las manzanas podridas y a vencer las resistencias para apartarlas de las sanas.

Pero si ustedes no se deciden de manera radical a estar del lado de los niños, de las mamás, de las familias, de la sociedad civil, tienen razón a tenernos miedo, porque los periodistas, que queremos el bien común, seremos sus peores enemigos.

Llevo cubriendo el Vaticano desde hace casi 45 años. Cinco pontificados diferentes, importantísimos para la vida de la Iglesia y del mundo, con luces y sombras. En estos cuatro decenios he visto absolutamente de todo.

¡Cuántas veces me ha tocado escuchar que el escándalo de los abusos es “culpa de la prensa, que es un complot de ciertos medios para desacreditar a la Iglesia, que detrás hay poderes ocultos, para acabar con esta institución”!

Nosotros los periodistas sabemos que hay informadores más rigurosos que otros, y que hay medios más o menos dependientes de intereses políticos, ideológicos o económicos. Pero creo que en ningún caso se puede culpabilizar a los medios por destapar o informar sobre abusos.

Los abusos contra menores no son ni chismorreos ni habladurías, son crímenes. Recuerdo las palabras del papa Benedicto XVI, en el vuelo hacia Lisboa cuando nos dijo que la mayor persecución a la iglesia no viene de los enemigos de afuera sino nace del pecado de la Iglesia.

Me gustaría que salieran de esta aula con la convicción de que los periodistas no somos ni los abusadores ni los encubridores. Nuestra misión es la de ejercer y defender un derecho, que es el derecho a una información basada en la verdad para hacer justicia.

Los periodistas sabemos que los abusos no están circunscritos a la Iglesia católica, pero tienen que entender que con ustedes tenemos que ser más rigurosos que con los demás, por su propio rol moral. Robar, por ejemplo, está mal, pero si el que roba es la policía, nos parece más grave, porque es lo contrario de lo que debería hacer, es decir, proteger a la comunidad de los ladrones. Si médicos o enfermeras envenenan a sus pacientes en lugar de curarlos, nos llama más la atención porque va en contra de su ética, de su código deontológico.

La falta de comunicación, otro abuso

Como periodista, como mujer y madre quisiera decirles que pensamos que tan indignante es el abuso sobre un menor como su encubrimiento. Y ustedes saben mejor que yo que esos abusos han sido encubiertos de forma sistemática, de abajo hasta arriba.

Creo que deberían tomar conciencia que cuanto más encubran, cuanto más sean como avestruces, cuanto menos informen a los medios y, por lo tanto, a los fieles y a la opinión pública, más grande será el escándalo. Si alguien tiene un cáncer, no se curará escondiendo el cáncer a sus familiares o amigos, no será el silencio el que lo haga sanar, serán los tratamientos más indicados los que eventualmente evitarán las metástasis y lograrán la curación.

Comunicar es un deber fundamental, porque de no hacerlo ustedes se vuelven automáticamente cómplices de los abusadores. Al no dar la información que podría prevenir que estas personas cometan otros abusos, no le están dando a los niños, a los jóvenes, a sus familias las herramientas para defenderse de nuevos crímenes.

Los fieles no perdonan la falta de transparencia, porque es una nueva violencia a las víctimas. Quien no informa, alienta un clima de sospecha y desconfianza, y provoca la rabia y el odio hacia la institución.

Lo he visto con mis propios ojos en el viaje del Papa Francisco a Chile de 2018. No fue indiferencia: fue indignación y rabia por el encubrimiento sistemático, por el silencio, por el engaño a los fieles y el dolor de las víctimas que durante decenios no fueron escuchadas, no fueron creídas.

Las víctimas, en primer lugar, tienen derecho a saber qué ha pasado, qué han hecho ustedes para alejar y castigar al abusador. Aunque el culpable pueda estar muerto, el dolor de la víctima no prescribe. Ya no se puede castigar al culpable, pero al menos se puede consolar a la víctima, que quizá haya vivido muchos años con esa herida escondida. Además, otras víctimas que permanecen en silencio, se atreverán a salir, y facilitarán ustedes su consuelo y su curación.

Tomen la iniciativa

En español nosotros decimos quien golpea primero golpea tres veces. No se trata de golpear, obviamente, sino de informar.

Pienso que sería mucho más sano, más positivo y más útil que la Iglesia fuera la primera en dar la información, de manera proactiva y no de forma reactiva, como es lo habitual. No deberían ustedes esperar a que una investigación periodística lo descubra, para responder a preguntas legítimas de la prensa (es decir, de la gente, de su gente). 

En la época en la que vivimos esconder un secreto es muy difícil. Con el auge de las redes sociales, la facilidad en grabar fotos, audios y videos, y los cambios sociales y culturales acelerados, la Iglesia tiene sólo un camino: apostarle a la rendición de cuentas y a la transparencia, que van de la mano.

Cuenten las cosas cuando las sepan. No será agradable, ciertamente, pero es el único camino, si quieren que les creamos cuando dicen que “en adelante, los ocultamientos no serán tolerados”. El primer beneficiado de la transparencia es la institución, porque pone el foco en el culpable.

Aprender de los errores del pasado

Yo soy mexicana y no puedo dejar de mencionar quizás el caso más terrible que haya ocurrido dentro de la Iglesia, el de Marcial Maciel, el fundador mexicano de la Legión de Cristo. Yo fui testigo de ese triste caso desde el inicio hasta el final. Más allá del juicio moral sobre los crímenes cometidos por este hombre, que para algunos fue un enfermo, y para otros un genio del mal, yo les aseguro que en la base de este escándalo, que tanto daño ha hecho a miles de personas, hasta salpicar la memoria de quien ahora es un santo, se debió a una comunicación enferma.

No hay que olvidar que en la Legión había un cuarto voto por el que, si un legionario veía algo que no le pareciera de un superior, no podía ni criticarlo y mucho menos comentarlo.

Sin esa censura, sin ese encubrimiento total, si hubiese habido transparencia, Marcial Maciel, no habría podido durante décadas abusar de seminaristas o tener tres o cuatro vidas, esposas e hijos, que llegaron incluso a acusarlo de haber abusado de su propia descendencia.

Para mí este es el caso más emblemático de una comunicación enferma, corrupta, del que se puede y se debe aprender varias lecciones.

El Papa Francisco le dijo a la Curia de que, en otras épocas, al tratar estos temas, había habido ignorancia, falta de preparación, incredulidad. Yo me atrevo a decir que también había corrupción.

Detrás del silencio, de la falta de una comunicación sana, transparente, hay muchas veces no sólo miedo al escándalo, la preocupación por el buen nombre de la institución, hay también dinero, cheques, regalos, permisos para construir colegios y universidades en zonas donde a lo mejor no se podía construir. Hablo de lo que yo he visto y he investigado a fondo.

El Papa Francisco nos recuerda siempre que el diablo entra por el bolsillo, y tiene toda la razón. La transparencia les ayudará a luchar contra la corrupción económica.

En el proceso de información interna, desde abajo hasta arriba, también hemos sabido de varios nuncios y yo lo puedo atestiguar, que hubo casos de encubrimiento, de obstáculos a acceder al papa de turno, a la subestimación de la gravedad de las informaciones o a su descalificación  como si fueran fruto de obsesiones o fantasias.  

La transparencia les ayudará a luchar también contra la corrupción en el gobierno.

Fue gracias a algunas víctimas valientes, a algunos periodistas valientes y, pienso que debo decirlo, a un Papa valiente como Benedicto XVI, que ese escándalo fue dado a conocer y extirpado el cáncer.

Es preciso aprender esa lección y no volver a tropezar en la misma piedra. La transparencia les ayudará a ser coherentes con el mensaje del evangelio, y a poner en práctica el principio de que en la Iglesia no debería haber intocables: que todos somos responsables ante Dios y ante los demás.

Eviten el secretismo, abracen la transparencia

El secretismo, entendido como tendencia excesiva al secreto, está muy relacionado con el abuso de poder: es como la red de seguridad de quien abusa del poder.  Hoy, nuestras sociedades han asumido como regla general la transparencia, y los públicos consideran que el único motivo para no ser transparentes es el deseo de ocultar algo negativo o corrupto. 

Mi sensación es que dentro de la Iglesia hay aún mucha resistencia a reconocer que el problema de los abusos existe y que hay que enfrentarlo con todas las herramientas posibles. Algunos creen que sucede sólo en algunos países, yo creo que podríamos hablar de una situación generalizada, quien más, quien menos, que de todas formas hay que enfrentar y remediar.

Quien oculta algo, no es forzosamente corrupto, pero todos los corruptos ocultan algo. No todo el que guarda un secreto hace un abuso de poder, pero todos los abusos de poder suelen esconderse.  

Ciertamente, la transparencia tiene sus límites. 

Por eso, no pretendemos que nos informen de cualquier acusación a un sacerdote. Entendemos que pueda y deba haber una investigación previa, pero hágala con celeridad, ajústense a la ley del país en el que viven, y si está  previsto, presenten el caso ante la justicia civil. 

Si la acusación se demuestra creíble, deben informar de lo que procede, de lo que están haciendo, deben decir que han alejado al abusador de su parroquia o de donde ejercía, tienen que decirlo ustedes, tanto en las diócesis como en el Vaticano. A veces, el boletín de la Oficina de prensa de la Santa Sede informa acerca de una renuncia sin explicar las razones. Hay sacerdotes que han salido corriendo a informarle a los fieles que estaban enfermos y no se iban por abusadores. Creo que la  noticia de la renuncia de un abusador, debería ser dada con claridad, de una forma explícita.

In Camera Caritatis solo se pueden tratar, creo, temas cuyo silencio no perjudique a nadie, nunca cuando el silencio pueda hacer daño.

Video de la participación de Valentina Alazraki

Tres consejos prácticos para vivir la transparencia

Ya les dije antes que pienso que la comunicación es indispensable para resolver este problema. Permítanme ahora sugerirles tres puntos, para poner en práctica la transparencia a la hora de comunicar sobre abusos sexuales a menores.

1)  Pongan a las víctimas en primer plano

Si la Iglesia quiere aprender a comunicar sobre abusos, su primer punto de referencia debe ser la víctima.

El Papa Francisco pidió a los participantes de esta reunión que antes de venir a Roma se reunieran con víctimas, les escucharan y se pusieran a su disposición

No les voy a pedir que levanten la mano para ver quién lo ha hecho, pero dense una respuesta en silencio.

Las víctimas no son números, no son parte de una estadística, son personas a las que se les ha arruinado la vida, la sexualidad, la afectividad, la confianza en otro ser humano, quizás hasta en Dios, así como la capacidad de amar.

¿Y por qué esto es importante? Porque es difícil informar y comunicar algo de lo que no se tiene un conocimiento directo. 

En el caso de los abusos es aún más evidente. No se puede hablar de este tema si no se han escuchado a las víctimas, si no se ha compartido su dolor con ellas, si no se han tocado con la mano las heridas que los abusos han provocado no sólo en su cuerpo, sino también en su mente, en su corazón, en su fe. Si las conocen, tendrán un nombre, tendrán un rostro y la experiencia mantenida con ellas quedará reflejada en la forma en la que ustedes no sólo enfrenten el problema, sino en la manera en la que lo comuniquen y lo intenten resolver.

El Papa nos ha dicho que las ve de forma habitual, en Santa Marta, considérenla como una de sus prioridades, ustedes también háganlo, no creo que tengan menos tiempo que el Papa.

Recuerden, la transparencia es mostrar lo que hacen. Solo si ponen a las víctimas en primer lugar, serán creíbles cuando digan que están decididos a erradicar la plaga de los abusos.

2)  Déjense aconsejar

El segundo es dejarse asesorar. Antes de tomar decisiones, pidan consejo a personas con criterio que les pueden ayudar. 

Entre esos asesores debería haber siempre comunicadores. Yo creo que la Iglesia debería tener a todos los niveles expertos en comunicación, y escucharles cuando les digan que siempre sale más barato informar que callar o, incluso, mentir. Es una quimera pensar que hoy se pueda esconder un escándalo. Es como tapar el cielo con un dedo. No se puede, ya no es ni aceptable ni admisible. Por eso, todos ustedes tienen que entender que el silencio cuesta mucho más caro que enfrentar la realidad y hacerla pública.

Creo que es indispensable que en todas sus estructuras eclesiásticas inviertan en la comunicación, con personas altamente calificadas y preparadas para hacer frente a las exigencias de transparencia del mundo actual.

La figura del portavoz es clave. No sólo debe ser una persona muy preparada, sino que debe contar con la absoluta confianza del obispo, tener un acceso directo a él las 24 horas del día. Este no es un trabajo de 9 de la mañana a las cinco de la tarde. Todo puede suceder en cualquier momento y en cualquier momento puede haber necesidad de reaccionar, aunque, lo repito, sería mejor que ustedes fueran los primeros en dar la noticia. 

Los periodistas preferimos hablar directamente con el jefe. Pero aceptamos hablar con un portavoz, si sabemos que tiene acceso al jefe y transmite lo que piensa con conocimiento de causa. 

3)  Profesionalicen la comunicación

En tercer lugar, es necesario que comuniquen mejor.

¿Qué tipo de transparencia esperamos los periodistas, las madres, las familias, los fieles, la opinión pública, de una institución como la Iglesia?

Creo que es fundamental que a todos los niveles, desde una parroquia hasta aquí, en el Vaticano, haya estructuras quizás estandarizadas, pero muy ágiles y flexibles que proporcionen información certera con rapidez. 

Pueden ser incompletas a falta de una mayor investigación, pero la respuesta no puede ser el silencio o el no comment porque, entonces, buscaremos las respuestas preguntando a otros, y también serán terceros los que informarán a la gente de la manera en la que querrán hacerlo.

Si no cuentan con toda la información necesaria, si hay dudas, si hay ya una investigación, es mejor explicarlo de la mejor manera posible para que no se tenga la sensación de que no quieren responder porque están queriendo esconder algo. Hay que darle seguimiento a la información en todo momento y sobre todo hay que reaccionar con rapidez.

Si no se informa con tempestividad, la respuesta ya no interesará, será demasiado tarde y otros lo harán, a lo mejor de una manera incorrecta.

El riesgo es alto y el precio de este tipo de conducta es aún más alto. El silencio da la sensación de que las acusaciones, independientemente de que sean verdaderas o falsas, o en parte verdaderas y en parte falsas, son seguramente verdaderas  y que se teme dar una respuesta que pueda ser inmediatamente desmentida.

He sido testigo de cómo la mala información o la escasa información han hecho verdaderos estragos, el daño que le ha hecho a las víctimas y a sus familias, el no haber permitido que se haga justicia, el haber hecho tambalear la fe de mucha gente.

Les aseguro que invertir en la comunicación es un negocio muy rentable y no es una inversión a corto plazo, es una inversión a largo plazo.

Conclusión

Quisiera acabar esta presentación mencionando un tema distinto a los abusos de menores, pero importante para una mujer periodista como yo. 

Estamos en el umbral de otro escándalo, el de las monjas y religiosas víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes y obispos. Lo ha denunciado la revista femenina del Osservatore Romano, y el Papa Francisco, en el vuelo de regreso desde Abu Dabi, ha reconocido que desde hace tiempo se está trabajando sobre tema, que sí hay que hacer más y que sí existe la voluntad de hacer más. 

Me gustaría que, en esta ocasión, la Iglesia jugara a la ofensiva y no a la defensiva, como ha sido en el caso de los abusos a menores. Podría ser una gran oportunidad para que la Iglesia tomara la iniciativa y estuviera en primera línea, en la denuncia de estos abusos que no son solo sexuales sino también abusos de poder.

Me despido dándole las gracias al Papa Francisco por haber agradecido frente a la Curia, el pasado mes de diciembre, el trabajo de los periodistas que han sido honestos y objetivos al descubrir a los sacerdotes depredadores y han hecho oír las voces de las víctimas. 

Espero que después de esta reunión vuelvan a casa y no nos eviten, sino que nos busquen. Ojalá vuelvan a sus diócesis pensando que no somos nosotros los lobos feroces, sino que, al contrario, podemos unir nuestras fuerzas en contra de los verdaderos lobos. Muchas gracias.

*Valentina Alazraki es periodista, escritora y corresponsal de Televisa ante la Santa Sede.

El archivo original de la versión estenográfica puede consultarse aquí.

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]os abusos sexuales en contra de niños y mujeres no son algo desconocido en Hollywood. Desde hace años los directores Roman Polanski, Woody Allen, Bryan Singer y Víctor Salva habían sido acusados e incluso procesados y condenados por abusar de niños, niñas y adolescentes. Aun así, todos han seguido recibiendo el dinero y el apoyo de la industria para dirigir películas.



El hecho es que durante muchos años la farándula norteamericana tapó la cloaca de una epidemia de pederastia y acoso sexual, mientras dirigió un dedo acusador a los demás. Incluso llegaron al cinismo de darle (en 2016) el Oscar por mejor película a Spotlight, una cinta que narra el trabajo de los valientes reporteros que sacaron a la luz pública el escándalo de abusos sexuales al interior de la Iglesia Católica en Boston. Es decir, la élite de Hollywood alababa las denuncias contra sus rivales ideológicos, mientras escondía los abusos de sus propios dirigentes.

Bueno, pues ya no más. Las denuncias de varias mujeres en contra de Harvey Weinstein, uno de los ejecutivos cinematográficos más poderosos a nivel mundial, han desatado una auténtica marea de acusaciones que implican a decenas de los principales actores, directores y productores de la “Meca del cine”.

Entre los acusados por violar menores de edad y acosar sus compañeros y compañeras de trabajo se encuentran nada menos que Ben Affleck, Dustin Hoffman, Kevin Spacey, Charlie Sheen, Steven Seagal, Robert Knepper (de Prison Break), Ed Westwick (de Gossip Girl), Brett Ratner (productor de El Renacido, Lego Ninjago, X-Men 3 y Prison Break), el ya citado Harvey Weinstein (De Miramax y Weinstein Company) y su hermano Bob Weinstein.

Y no es sólo en el cine, ni sólo en Estados Unidos. El Reino Unido se sacudió hace unos años cuando se dio conocer que Jimmy Savile, uno de los conductores más populares y longevos de la BBC, abusó de multitud de jóvenes durante varias décadas, y aunque en México todavía no se destapa la cloaca, desde hace años los rumores abundan respecto muchos personajes del “entretenimiento” (para mayor referencia basta echarle un ojo a “El carnal de las estrellas” del grupo Molotov).

Ante todos estos casos surge en primer lugar la pregunta de ¿qué condiciones explican la epidemia de abusos en ciertos entornos? ¿Por qué en ámbitos como el clero católico y la farándula parecieran multiplicarse situaciones de este tipo? Evidentemente no es un problema de celibato, pues los líderes de Hollywood tienen tanto sexo como quieran y de todos modos están abusando de niños, jóvenes y mujeres. Tampoco es un problema de ideología, pues a pesar de sus valores conservadores la jerarquía católica está tan llena de casos de este tipo como la jerarquía cinematográfica.

Entonces ¿cuál es la respuesta? En mi opinión es la suma de tres factores de riesgo: opacidad, discrecionalidad y monopolio, que no sólo generan incentivos para aquellas personas con tendencia a abusar de los demás, sino que alimentan un entorno en el que estos predadores pueden pasar desapercibidos incluso durante décadas, lastimando a incontables personas en el proceso.

Vamos por partes:

  • Opacidad: tanto los seminarios religiosos como el mundillo del cine son ecosistemas básicamente cerrados, con sus propias reglas, costumbres y núcleos de poder. En ambos casos, para quienes no están en el “ambiente” es prácticamente imposible saber qué es lo que está sucediendo en el interior.

Aquí usted, estimado lector, podría responderme: “pero es que en Hollywood hay toda una industria de los chismes y de los paparazzi”.

Efectivamente, pero estos “chismes” en realidad son información controlada por la propia industria, al igual que los paparazzi, que publican las “fotos secretas” de los artistas, gracias a que los propios agentes les dieron el pitazo. Sin embargo, los chismes pocas veces se refieren a los aspectos verdaderamente relevantes del mundo del espectáculo, como los mecanismos de decisión en las audiciones, o las determinaciones respecto a los proyectos que las productoras financiarán y llevarán a la pantalla. Estas actividades, que son las que verdaderamente tienen un peso definitivo en las carreras de los artistas, están completamente fuera de cualquier mirada externa.

  • Discrecionalidad: tanto en la vida religiosa como en la artística, los ascensos están definidos principalmente por la decisión personal de algún factótum, ya sea tácito o explícito, lo que significa que la persona que está en ese puesto (al ocupar un cargo oficial que le brinde dicha atribución o ser consejero de confianza de quien si tiene esa autoridad) literalmente lleva en sus manos el destino y la carrera, particularmente de los jóvenes.

Si algún predador accede a este espacio, no sólo acosará y lastimará a sus víctimas directas, sino que construirá rápidamente una red de complicidad y tenderá a rodearse de personas con perfiles semejantes, replicando un patrón de abusos a lo largo de la organización. Pensemos nuevamente en las audiciones: el actor estelar, el director o el productor que puede elegir enteramente a su capricho al resto del elenco o impulsar la carrera de un desconocido, tiene el poder para abusar de las personas más débiles en su entorno y de castigar con el ostracismo a quienes se atrevan a denunciarlo. Por eso es que los abusos navegan, incluso durante décadas, como meros rumores, antes de comprobarse.

  • Monopolio: decía Lord Acton que el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente, y esto es cierto no sólo por la seducción corruptora de las alabanzas que vienen junto con un puesto de alto nivel en la Iglesia, el entretenimiento, la política o cualquier otro espacio de convivencia, sino porque esos puestos de poder concentrado resultan especialmente atractivos para aquellas personas que están predispuestas a dejar de lado los escrúpulos y recurrir a cualquier bajeza con tal de satisfacer sus ambiciones.

Pensemos por ejemplo en el mundo de Hollywood: los estudios cinematográficos de buen nivel se pueden contar con los dedos de las manos, y el año pasado sólo 30 películas fueron medianamente exitosas, recaudando por lo menos $100 millones de dólares en la taquilla norteamericana. Esto significa que los espacios de oportunidad para “triunfar” en Hollywood son muy reducidos, y cuando los pasillos al éxito son tan escasos y tan angostos, quienes cuidan las puertas adquieren un poder inmenso.

Por supuesto, con esto no quiero decir que todos los magnates de Hollywood o todos los funcionarios influyentes del clero vayan a ser abusadores, pero sí que cuando una manzana podrida se cuela en este tipo de puestos, hará un daño particularmente grave, porque además de tener acceso al dinero para comprar el silencio de algunas de sus víctimas, podrá adquirir la silenciosa complicidad de su entorno, por medio de prebendas y conectes.

Entonces ¿qué hacer?

El primer paso es reducir la opacidad. La Iglesia Católica ha hecho algunos avances muy importantes en este ámbito durante los últimos años, pero todavía tendrá que pasar por un análisis más a fondo, quizá incluso de su propio sistema de seminarios y su administración interna. En el caso de Hollywood lo primero que tendrán que hacer es reconocer que hay un problema, y que ese problema no son sólo unos cuantos descarriados, sino una forma de organización que cobija y alimenta ese tipo de abusos.


El segundo paso es reducir, en la medida de lo posible, la discrecionalidad. Por supuesto, sería impráctico y quizá contraproducente someter por completo los procesos de ascenso a un esquema estandarizado, al estilo del servicio civil de carrera o los concursos de oposición, pero sí es necesario explorar opciones que reduzcan la concentración de poder para la toma de estas decisiones (o, al menos, que lo transparenten).

El tercer paso es el más complicado. En el caso de Hollywood, su monopolio se seguirá diluyendo naturalmente, conforme los avances tecnológicos reducen el costo de los equipos de filmación y posproducción, incentivando la multiplicación de las empresas en el sector y facilitando el desarrollo de medios de comunicación que no cuenten con el respaldo de una gran empresa. En el caso de la Iglesia Católica la flexibilización y modernización del esquema para preparar a sus sacerdotes y religiosos también sería de gran ayuda para parar en seco los perversos apetitos de los abusadores que todavía sigan escondidos.

Esas reflexiones no sólo van para el púlpito y el plató. Absolutamente cualquier organización humana, tanto en el sector público como en el sector privado, en la que coexisten condiciones de opacidad, discrecionalidad y tendencia al monopolio, está en serio riesgo de convertirse en espacio de cacería para los abusadores y tienen al menos la obligación moral de prevenir que estos predadores extiendan sus redes de complicidad y de miseria.

A esto se deben sumar acciones para atender los problemas de fondo con los agresores, pero ese será tema para después.

Por cierto…

Ridley Scott decidió eliminar a Kevin Spacey de su nueva película y volverá a grabar todas sus escenas ahora con un nuevo actor. Hay que reconocer que, aunque sea bajo el peso del escándalo, Hollywood parece que está reaccionando bien.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.