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Por Erika Donjuán y Miguel A. Cervantes*

Existe en México una idea que China empezó a tener altos crecimientos desde que aplico políticas industriales estratégicas como obligar a las empresas transnacionales a hacer transferencias de tecnología, asociarse con empresarios locales, seleccionar solamente empresas de alta tecnología, con un alto impacto social. Esta idea ha estado muy difundida en círculos académicos, y no ha permitido conocer las causas del crecimiento chino. Además, las exigencias de transferir tecnología, asociarse con empresarios locales, no es exclusivo de China, todos los países en desarrollo tienen medidas similares. Lo que ha pasado es que las empresas han tomado más riesgo en China por el tamaño del mercado que representa, pero no por que las practicas chinas sean las mejores en la tesitura de la economía.

Primeramente, hay que decirlo claro, China no es un país desarrollado, si bien es la segunda economía mundial en PIB total, en PIB per cápita tiene el mismo nivel que México e incluso con cifras por debajo; con datos del Banco Mundial si comparamos el PIB per cápita de 2018 de China y México en dólares (precios constantes 2010) el de China es de 7,755.0 el de México de 10,385.3 una diferencia de 2,630.30.  Si jugáramos por la misma regla de considerar el PIB Total de México entonces este sería más alto que el de Luxemburgo ¿por lo tanto nuestra economía sería más desarrollada? Por supuesto que no.

No se puede poner como modelo un país que tiene el mismo nivel económico que México. Lo peor líderes de “derecha humanista” han sugerido tomar el modelo chino, para tener una derrama de alto impacto.

Después de la segunda guerra hasta 1980, el crecimiento del PIB per cápita fue casi nulo, no paso de 500 dólares en 40 años. Las políticas de Mao fueron nefastas para la economía. Los empresarios de Shanghái huyeron a Hong Kong que en este tiempo pertenecía al imperio británico, que se convirtió en un paraíso para el capital chino.

En los años 70s el presidente Richard Nixon empezó a tener un acercamiento con China para lograr una apertura, de esta forma debilitar a la Vietnam comunista. Este acercamiento de Richard Nixon dio frutos y a finales de los 1970s China empieza con reformas económicas graduales para ir sintiendo las piedras a través del rio. Se crearon las zonas económicas especiales donde las reglas chinas no aplicaban, y cerca de la costa.

China se beneficio de Hong Kong, ya que muchas inversiones se firmaban los contratos en Hong Kong donde se maneja el derecho common law británico, lo cual daba certidumbre jurídica ya que la suprema corte de Hong Kong esta bajo la suprema corte del Reino Unido. Además, muchos empresarios que durante los tiempos de Mao habían huido a Hong Kong, ese capital privado empezó a invertir en las zonas económicas especiales.

Podemos afirmar que la libertad y el capitalismo es lo que lleva a los países a crecer y desarrollarse como potencias y aunque falta aún mucho por liberarse la economía de China, es esto lo que ha llevado a este país a tener mejores condiciones económicas. La mejor medida de los libres mercados es el Índice de Libertad Económica del Fraser Institute. En este índice China se encuentra con una nota de 6.46 sobre 10, y un ranking de 107 de 162 países. En 1980, la nota era de 3.64, si bien ha sido una gran mejora, esta muy lejos de tener una economía libre. Para comparar, México tiene una nota de 6.90 sobre 10 y está en el lugar 82

Si vemos los diferentes componentes de libertad económica;

En el primer componente el tamaño del gobierno, en el 2016 es de 5.04 y en 1980 era de 2.63.

Si bien es una mejora todavía necesita disminución del tamaño del estado. En los 1980s la inversión del estado como porcentaje de la inversión total era mayor del 50 por ciento. Actualmente es entre el 40 y el 50 por ciento. El impuesto sobre la renta personal y corporativo es todavía alto, con una tasa del 45 por ciento.

En el segundo componente, el sistema legal, actualmente es 6.82 sobre 10 comparado a 5.79 en 1980. Lo cual muestra que no ha habido muchas mejoras en la integridad del sistema legal. Existe mucha injerencia del ejército en el sistema legal chino.

En el tercer componente moneda sana ha habido una ligera mejora, en el 2016 fue de 8.54 sobre 10, y en 1980 fue de 6.18, la inflación ha sido mejor controlada en los últimos años, y se ha permitido más libertad que los ciudadanos tengan cuentas en divisas extranjeras.

En el cuarto componente ha habido una gran mejora ya que en los 1980s la economía China estaba completamente cerrada al comercio exterior. La nota en el 2016 fue de 6.71 sobre 10 y en 1980 fue de 2.72. Esta mejora fue por la reducción de aranceles, ya que en 1980 el arancel promedio era de 50 porciento, y actualmente es de 10 por ciento. En 1980 había un tipo de cambio paralelo, el cual era mayor al 50 porciento del tipo de cambio oficial. Ha habido una mayor apertura a la inversión extranjera pero todavía hay restricciones. En los controles de capital China existen demasiados controles de los 13 controles de capital enunciados por el FMI, y dificultad para repatriara las ganancias.

En el quinto componente regulación de crédito, mercado de trabajo, y negocios; China ha tenido una mejora, pero este lejos de ser un modelo para seguir. En el 2016 la nota en regulaciones fue de 6.36 sobre 10 y en 1980 fue de 3.04. En la regulación de crédito, el crédito al sector privado ha mejorado sustancialmente, por otro lado, los bancos de estado dominan mas del 60 porciento de sistema bancario, lo cual politiza la economía y los créditos no siempre se dan por razones económicas sino geopolíticas. En regulaciones laborales, hay inflexibilidad, es costoso contratar y despedir con causas. Y los contratos colectivos se hacen en su mayoría a nivel país. Y existe la monserga del servicio militar obligatorio, el cual es mayor de los 18 meses, en los cuales los jóvenes pierden su libertad de escoger. En regulaciones de empresa, las cargas regulatorias son todavía elevadas, se ha mejorado considerablemente la facilidad de abrir empresas. La complexidad de pagar impuestos ha mejorado considerablemente. El costo para obtener licencias para operar un negocio ha disminuido así como los trámites.

En resumen, China ha mejorado su libertad económica comparando a 1980 pero tienen muchas cosas que corregir, mejorar y cambiar de su sistema económico. Ha avanzado en cierta apertura comercial y las regulaciones.  Sin embargo, el peso del gobierno en la economía sigue siendo fuerte. El gobierno chino no ha sido el mejor amigo del empresariado simplemente ha dejado ciertos espacios para el sector privado. El gobierno Chino ha abierto espacios para la iniciativa privada, y es en esos espacios donde se ha desarrollado la creatividad empresarial, y mucha gente ha salido de la pobreza con un ensanchamiento de la clase media.

En conclusión, el crecimiento de China no ha sido por grandes estrategias de políticas industriales. China era una economía reprimida al casi 100 por ciento. Es natural que cuando hay una pequeña apertura a los mercados y el capitalismo, todo ese potencial se libere.  China paso de políticas económicas nefastas, a políticas económicas mediocres. Pensemos como seria china si tuviera una apertura como Hong Kong o Singapur, realmente sería un milagro económico, si con tan solo ciertas mejoras en la libertad económica ha logrado algunos avances ¿Qué otras cosas no lograrían con un verdadero liberalismo económico?

Debemos aspirar a tomar las mejores practicas en la tesitura de la economía, voltear a ver lo que otros países hicieron para ser verdaderos desarrollos y potencias, países como Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, Suiza, Irlanda, Georgia, Mauricio. Admiremos lo sublime, lo noble, no nos quedemos en la mediocridad y en lo pusilánime tratando de imitar las políticas económicas mediocres de China, un país menos libre económicamente que México. Apoyemos a China para que tenga mayor libertad económica, con mayores lazos comerciales para obtener bienes a menor costo y buscar nuevos mercados para las exportaciones, pero no imitemos las políticas mediocres chinas.

*Miguel Cervantes: Graduado de la Universidad de Texas en el Paso. Catedrático de economía internacional en la Burgundy School of Business de Francia. Ha sido también economista para el Fraser Institute en Canada. Tiene interés en la investigación sobre la libertad económica, y su incidencia sobre el bienestar de las personas.

*Karla Erika Donjuan Callejo es Doctora en Desarrollo Económico y Sectorial Estratégico por la UPAEP, y Maestra en Ciencias Económica y Licenciada en Economía por la UACJ. Es empresaria y socia fundadora de la empresa Agencia de Estadística de Mercados S.C. Además, se ha desempeñado como profesora catedra en el sistema Tecnológico de Monterrey y Tecmilenio.

Por: Víctor H. Becerra*

Todos queremos que el porvenir de Venezuela sea distinto a su tragedia actual. Ojalá que así sea.

La caída de Nicolás Maduro se ve cerca, por primera vez en mucho tiempo. No hay forma ni escenario en que Maduro sobreviva la actual crisis. Pero no debemos olvidar que, al final, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y los colectivos militarizados tendrán la última palabra. En tal sentido, la caída puede tardar unos días. O meses. Dependiendo de qué tan cara quieran vender su posición los militares.

¿Qué será de Venezuela tras la salida de Maduro? Cabe dejar clara una cosa, de inicio: La renuncia de Maduro será una salida al actual impassepolítico, pero no una solución per se.

Al respecto, por ejemplo, tomará años estabilizar la producción petrolera y más tiempo, mucho más aún, estabilizar y encarrilar a la propia economía venezolana. Incluso con una transición pacifica de gobierno, es poco probable que el proceso resulte en mejoras significativas para la población más vulnerable, de manera inmediata.

Aunque no es imposible: países como Ruanda y Sri Lanka han registrado, en los últimos diez años, aumentos en sus niveles de prosperidad tras crisis políticas, genocidios y guerras intestinas. Y es posible también en Venezuela, porque su tragedia ha sido política y económica, y por lo tanto, plenamente rectificable y superable.

Lo terrible es que por ahora, todo el programa de la oposición a Maduro se limita a desalojarlo del poder. Quizá no podía ser distinto. Pero no hay un planteamiento serio de cómo reconstruir la economía y no volver a caer en la misma situación. No hay planes, no hay planteamientos, no hay soluciones distintas a las del chavismo.

Con un doble agravante: Por un lado, muchísimos venezolanos (incluyendo parte de la oposición) quisieran un vuelta al chavismo, solo que sin Maduro, creyendo erróneamente que el fracaso generalizado de Venezuela, fue culpa de Maduro, no de Chávez, en la creencia de que “Chávez era Chávez”. Obviamente se equivocan: Chávez instituyó una forma de robo generalizado, organizado por el gobierno, con apariencias de legalidad, que destruyó la economía venezolana. Su nombre es Socialismo. Volverlo a instituir y legitimarlo es cavar más hondo el hoyo en que se encuentra el país.

En el mismo sentido, van tomando posiciones para insertarse en un hipotético futuro nuevo gobierno, expresiones políticas que uno creería irredimibles, como el llamado “chavismo democrático”. En realidad, muchos de estos “chavistas democráticos” siguen aferrados a sus ideas sobre la economía y la sociedad, a pesar de la hecatombe económica y ética que causaron, porque creen que solo ellos son capaces de reunir empatía, bondad e inteligencia; incluso, creyendo en su buena fe, siguen pensando en llegar al poder mediante el voto (como Allende, como Chavez), para desde allí tomar el control total de la economía por parte del sistema político, y partir y repartir de acuerdo a su peculiar idea de superioridad moral.

El “chavismo democrático” y tantos tránsfugas en el exilio son el mismo chavismo de siempre. Solo tuvieron la suerte de no estar en las primeras filas del chavismo e irse o encabezar instituciones “desde el exilio” antes de que los echaran (en esos periódicos ajustes de cuentas en el socialismo), o se documentaran suficientemente sus propias tropelías.

Ese “chavismo democrático” y muchos “opositores” en instituciones “desde el exilio”, son parte de los asesinos intelectuales de la economía venezolana, y de muchísimos venezolanos, triturados en las fauces de una ideología asesina.

Quizá sea inevitable contar con ellos en las tareas verdaderamente urgentes de expulsar a Maduro del poder, y de constituir después un gobierno mínimamente eficaz y representativo. Pero mal harían los venezolanos en olvidar y perdonar todos sus crímenes, y volverlos a encumbrar al poder.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Hiram Pérez Cervera*

“Ninguna sociedad puede existir, si no impera en algún grado el respeto a las leyes.”

Frederic Bastiat.

Es evidente que existe una barrera que, a lo largo del tiempo, evita que nuestro país pueda recorrer el camino del progreso económico y la solidez política. La cifra constante que oscila entre los 40 y 50 millones de mexicanos en pobreza es algo que despierta una diversidad de explicaciones que van desde la desigualdad social hasta la corrupción, esto sin lograr aún una respuesta al problema que nos permita ejecutar un plan de acción.



Este fracaso se debe a que el diagnóstico que políticos y académicos han hecho esta equivocado de raíz, están confundiendo los síntomas con la enfermedad. Esto es como si un médico argumentara que el problema es la fiebre y no el resfriado, es así como me he dedicado a ofrecer, brevemente, una explicación sobre los problemas de fondo que tenemos en el país.

De acuerdo con el índice de libertad económica elaborado por Heritage Foundation[1], México ocupa el lugar número 63, penosamente por debajo de países como Kosovo, Filipinas o Jordania. Esto sin que nuestro país tenga una carga aplastante de impuestos como sucede en otros países, sin embargo, se advierte cuando se consulta el apartado que tiene que ver con el Estado de Derecho, que nuestro país obtiene calificaciones muy pobres e incluso quienes elaboran este índice señalan que la debilidad del sistema jurídico y las demoras en los procesos fomentan prácticas como la corrupción.

Un panorama más claro de lo anterior surge al consultar el Índice de Calidad Institucional, elaborado por el Dr. Martín Krauze a través de la Red Liberal de América Latina (RELIAL)[2], y que evalúa la calidad de las instituciones del Estado en todos los países, en el que nuestro país se encuentra en el puesto número 92. Cabe destacar que desde el año 2007 a la fecha, nuestro país ha perdido 16 puestos en este índice, lo cual nos muestra cuan dramática es la situación por la que estamos pasando y, sobre todo, explica de fondo por qué las reformas estructurales no pudieron ofrecer los resultados esperados. Para rematar, si hiciéramos una clasificación con base únicamente en la calidad de las instituciones políticas, México se ubicaría en un desastroso lugar número 123. En este punto, no es de extrañar porque también tiene una alta percepción de corrupción.

Si el problema se encuentra dentro del Estado, la falta de certeza va a impactar de manera negativa en otras esferas como la democrática que, dicho sea de paso, es el gran reclamo de sociedad y academia hacia el gobierno. De acuerdo con el Índice Mundial de Libertad Electoral (IMLE), elaborado por la Fundación para el Avance de la Libertad[3],  quiero destacar que México ocupa el lugar número 92 de acuerdo con el indicador sobre desarrollo político y un lugar número 70 de acuerdo con el ranking general sobre libertad electoral.

Con todos estos datos se puede concluir que México es un país políticamente inmaduro, en el que las instituciones y la aplicación de la ley están bajo discreción de la élite en turno, sin embargo, este problema no es exclusivo del gobierno, también la sociedad tiene un rol importante al escoger gobernantes con tendencias hacia el uso del poder para beneficio propio, a través de corporativizar diferentes grupos de la sociedad. Un ejemplo muy claro de lo anterior es el caso de la líder sindical Elba Esther Gordillo, que en el año de 2013 fue a prisión no porque hubiese una efectividad en el sistema judicial mexicano, más bien por no mostrar sumisión a la élite en turno cuando intentó impulsar una reforma educativa que tocaba los privilegios sindicales que le permitieron a ella enriquecerse del trabajo de los demás. Hoy, que hubo un cambio radical en las cúpulas del poder, la maestra fue declarada inocente y su inmediata libertad ordenada por un juez. Mientras tanto, los crímenes por los que se le debió procesar quedarán ahí en el olvido.

El escándalo de Odebrecht, que evidenció la cantidad de sobornos que se hacían hacia los gobernantes para obtener beneficios del poder, tuvo consecuencias muy fuertes en casi toda América Latina. Presidentes renunciaron a sus cargos para enfrentar los procesos legales, expresidentes fueron presos al comprobárseles casos de corrupción, sin embargo, en México no sucedió nada. Nadie fue enjuiciado y nadie fue a prisión, es más, hoy ya nadie en las esferas del poder menciona el tema tan siquiera.



La barrera de la que hablaba al principio, son los incentivos perversos que surgen del poder para invitar a usarlo con el fin obtener beneficios y mientras no entendamos esto como sociedad continuaremos hundiéndonos en el fango de la discrecionalidad política.

Los países que lograron un desarrollo económico que les permitió superar la barrera de la pobreza, tienen en común que sus sistemas de gobierno tienen bien delimitados los alcances del poder del gobierno, cuentan con reglas muy claras y tienen la certeza de que estas reglas se van a hacer cumplir sin importar de quién se trate.

México tiene que transitar el camino desconocido de la libertad y la responsabilidad individual.

*Hiram Pérez Cervera es internacionalista, enfocado en el estudio del impacto de la política sobre la economía. En twitter lo encontrará como: @hiram_perezc

[1] Los datos se encuentran disponibles en: https://www.heritage.org

[2] Índice disponible en: http://www.caminosdelalibertad.com/resources/uploads/pdf/20180420_112242_6a69675e9b6395c3d21dade8536927a9.pdf

[3] Índice disponible en: http://www.fundalib.org/wp-content/uploads/2018/01/IMLE2018.pdf

 

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

Hoy, Venezuela es un infierno en la tierra. Un infierno no sólo por el autoritarismo de los gobernantes, la inflación enloquecida, la corrupción de las instituciones y la violencia desatada de la delincuencia organizada del Estado y de la delincuencia común que la llevan a ser el país con mayor índice de homicidios a nivel mundial (con una tasa 4.5 veces mayor que la de México).



Venezuela es un infierno, principalmente, porque la lógica de la realidad misma ha colapsado en una especie de sueño febril, en el que los líderes políticos hablan de “la patria” y de “la potencia” en un país que colapsa a niveles de Haití, a pesar de tener la riqueza petrolera más grande del mundo, con reservas de aproximadamente 300 mil 900 millones de barriles, y donde la clase política parece sumida en una realidad alterna en la que presumen giras de “inversión extranjera” a Argelia y proclaman una “revolución económica”, mientras se ahogan en una hiperinflación que no tiene para cuando arreglarse y se declaran a la vanguardia del humanismo, pero amenazan con censurar el internet en toda Venezuela para evitar el ataque del imperio. Mientras tanto, los vividores de la opositora MUD también sueñan, con negociarle prebendas a Maduro, con una transición democrática y con ser ellos los que apliquen el socialismo, para que ahora sí –según ellos- funcione.

Lo de Venezuela es trágico, pero no es sorpresa, es la pesadilla de siempre cuando el socialismo radical toma el poder un país. Entonces, la pregunta inevitable es ¿Por qué ese sistema, que tan trágicos resultados ha tenido una y otra vez, mantiene una especie de pátina intelectual y prestigio social? ¿Por qué los socialistas de izquierda no son abiertamente repudiados, como les ocurre a sus primos nacional socialistas?

Bueno, la respuesta es sueño.

Especialmente tras el vergonzoso colapso de la cortina de hierro y de la Unión Soviética, a finales de los 80’s y principios de los 90’s, los intelectuales y politicastros que habían lucrado del socialismo marxista se toparon de bruces con una realidad que demolió completamente su proyecto inicial de una “lucha de clases” al estilo leninista. Su esperanza resultó en vano, y se encontraron en un callejón con dos salidas: Reconocer que se habían equivocado, como lo hicieron algunos, o refugiarse en la fantasía, y ese fue el camino que la mayoría eligió.

En las secuelas de su derrota en la Guerra Fría, la intelligentsia de izquierdas se dedicó a reempacar su producto, añadiéndole nuevas campanitas y adaptándolo en el primer mundo a las “luchas de vanguardia”, y en Sudamérica a un nacionalismo estilo peronista, para formar lo que llamaron Socialismo del Siglo XXI. Mientras tanto, cada que eran exhibidos en el fracaso de sus antiguos ídolos europeos, escapaban hacia las llanuras de la utopía, demandando a los 4 vientos lo que Eduardo Galeano, genial escritor y pésimo analista, definió como el “derecho de soñar” para utilizar la belleza onírica como auto justificación ante el trauma de la caída del comunismo.

Y con ese sueño llegaron a la política venezolana; y con ese sueño convencieron a la mayoría de la población, que votó entusiasta por Hugo Chávez; y con ese sueño se deshicieron en halagos al régimen; empezando por el propio Galeano, que calificó a la Venezuela bolivariana, como el triunfo de los que siempre habían sido “invisibles”, y por supuesto, Noam Chomsky, que alabó el clima de “total democracia” y se refirió a Chávez como el constructor de ese “otro mundo posible”, es decir, el de los sueños.

Ahora el hermoso sueño se ha revelado como una pesadilla de la que ya está huyendo más del 10% de la población venezolana (4 millones de emigrantes en un país de 31 millones), lo que ha provocado una crisis humanitaria a nivel regional, aderezada por las dantescas escenas de escasez, represión y cinismo de una clase gobernante que sigue en brazos de Morfeo y copas de buena champaña.

¿Y los intelectuales? Algunos se hacen patos y otros, como Chomsky, apuran una condena a posteriori, para de inmediato brincar a la siguiente fantasía, al fin que, después de todo, para ellos la vida es sueño y en el viaje a la utopía todo se vale, justificando muy bajas pasiones con el pretexto de muy altas aspiraciones.

Deliremos, pues, por un ratito. El mundo, que está patas arriba, se pondrá sobre sus pies”, se justifica desde el más allá la pluma de don Eduardo.



Pero su alegato será eternamente en vano, porque lo de Galeano y compañía no es delirio, sino la mala maña de empaquetar utopías y venderlas a los tiranos, para que se las receten a precio de oro a sus víctimas por millones.

No, el delirio es el que vive todos los días el pueblo venezolano, que paga en inflación, violencia y desesperanza las consecuencias de su propia credulidad y la inmadurez de creer que en los “delirios” socialistas, que, tanto en Venezuela como en Cuba, Vietnam, Camboya, la URSS y Europa del este, son sueño para los vividores e infierno para todos los demás.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra*

Durante los últimos días, se han multiplicado las imágenes del éxodo de cientos de miles de venezolanos. Son imágenes poderosas y conmovedoras. Pero quizá lo peor es que es una crisis humanitaria predicha desde hace tiempo y que pese a ello, pocos gobiernos hicieron algo frente a la emergencia que se venía. Los gobiernos latinoamericanos, en su mayoría (con la excepción de Perú y tal vez Colombia y Chile), decidieron ignorar el problema. O simplemente no les importó.

Según la ONU, 2.3 millones personas han huido de Venezuela en los últimos años, de entre un país de unos 30 millones de habitantes. Aunque nadie sabe a ciencia cierta cuántas personas se han marchado, por lo que ese número podría ser mucho mayor: tal vez ronde los 4 millones desde 2015, año del colapso económico del chavismo, es decir, más del 12% de la población total del país.



De mantenerse el actual ritmo, la diáspora venezolana “podría superar los 6 millones de personas que huyeron de la guerra civil siria” (una quinta parte de la población siria, similar a la de Venezuela), según alerta la revista The Economist, convirtiéndose así en la mayor crisis migratoria en la historia del continente. A ello sumemos que un 40 por ciento, casi la mitad de la población venezolana, desea emigrar, sobre todo jóvenes y clases medias y altas. Si esto se volviera una realidad, implicaría alrededor de 13 millones de inmigrantes más en total o al menos, otros dos millones adicionales a los actuales, con lo que se llegaría a los mismos números de la tragedia siria.

Para muchísimos venezolanos hoy la prioridad es abandonar Venezuela, poco importa cómo ni a dónde, simplemente para sobrevivir. En contraste, muchos gobiernos y una creciente proporción de latinoamericanos, ven su éxodo como un peligro, desentendiéndose de que en el pasado reciente Venezuela fue receptor de millones de migrantes, por ejemplo de Colombia: en 1980, el PIB per capita venezolano triplicaba al de su vecino. Pero también de Argentina, Chile, Ecuador, Panamá, muchos huyendo de las dictaduras sudamericanas o de las crisis económicas de los 80s: Venezuela fue en algún momento la cuarta mayor economía del mundo (primera de América Latina), con el mejor sistema de salud del mundo occidental.

Colombia, Perú y Ecuador exigen hoy a venezolanos contar con pasaporte, para “hacer un control efectivo de las personas que entran y salen del territorio”. Otros países como Chile han sumado obstáculos al movimiento migratorio. Y ya hay episodios de violencia contra los migrantes, como en Brasil, ejemplo verdaderamente vergonzoso de xenofobia violenta, por no hablar de la explotación laboral de los migrantes, casi en condición de esclavos. Con todo, las condiciones que generalmente encuentran, para ellos y para sus hijos, son mejores a las que abandonan en Venezuela.

Obstaculizar el movimiento migratorio no tiene ningún sentido, no sólo porque el pasaporte en Venezuela es un documento de casi imposible acceso por su alta demanda y altísimo costo, sino porque en nuestros países el pasaporte sirve de poco: es un mero documento burocrático de identidad, de control tributario y poco más, pero no de seguridad ni protección ni control de estancia; cuanto más, un certificado que constata nuestra condición de presos en cárceles a cielo abierto.

Igualmente, los obstáculos y trámites puestos al movimiento migratorio contradicen los principios básicos de atención humanitaria, que es lo que necesita Venezuela hoy. En realidad, y contra lo que se espera, el principal efecto de estas restricciones será el de un mayor número de cruces ilegales, un floreciente negocio de corrupción burocrática y tráfico de personas, y una menor integración económica de los migrantes.

La xenofobia, la desconfianza de muchos latinoamericanos frente a los migrantes venezolanos, la oportunidad que ven de abuso y maltrato impune, el nacionalismo y su deseo de poder e imposición, es un episodio vergonzoso (con el agravante de que es entre supuestos “hermanos” latinoamericanos), fruto de la ignorancia, del pequeño y mezquino Trump que todos llevamos dentro. En realidad debiéramos verlos como una oportunidad de enriquecimiento mutuo.

Así que, después de verlos como sujetos de conmiseración y ayudarles a reponerse de enfermedades, cansancio y hambre, debiéramos darles la oportunidad de contribuir: La gran mayoría de ellos son jóvenes y con niveles de preparación superiores a los países receptores. Por tanto son potenciales creadores de riqueza, en lugar de supuestos oportunistas o consumidores sin oficio ni beneficio de nuestros “envidiables” estados de bienestar.

Por ello, mientras más rápido puedan trabajar y/o crear sus negocios y en consecuencia, mantenerse por cuenta propia, más rápido se aliviará la carga sobre los servicios públicos y los contribuyentes nacionales. Así que en lugar de pedir pasaportes y sumir, por ende, en la informalidad y las tinieblas a millones de migrantes, los gobiernos debieran emitir permisos de trabajo y de creación de negocios.

A todos conviene que los migrantes venezolanos sean capaces de trabajar legalmente, crear riqueza, dinamizar las economías en los lugares donde se instalen y así, sufraguen sus propias necesidades y las de sus familias. No permitírselo iría en detrimento de la racionalidad económica, con el agravante de que estarían ilegalmente en el país, cosa que reduciría más los salarios y aumentaría la competencia por los empleos, con el consiguiente desempleo de los nacionales y el deterioro de la seguridad pública.

El de Venezuela es el mayor movimiento migratorio en la historia recientedel continente. Los venezolanos no huyen de un conflicto bélico, como en Siria, sino de la escasez de alimentos y medicinas, los salarios bajos, la hiperinflación (los precios subirán este año 1.000.000%, según el FMI), las colas de 8 horas para comprar cualquier cosa y la inseguridad pública, además del creciente autoritarismo y brutalidad del régimen venezolano, y porque no avizoran en Venezuela un futuro personal acorde con sus expectativas. No es un montaje escenificado por cientos de miles de personas, según dice la dictadura chavista. Es el resultado trágico pero natural del colapso económico venezolano, que se acentuará tras las últimas medidas económicas de Nicolás Maduro. Así que el éxodo continuará, no hay forma de frenarlo en el corto plazo.



De modo que los gobiernos latinoamericanos debieran abocarse a crear un acuerdo regional, por ejemplo, mediante el cual los países del hemisferio les otorguen un estatus temporal de protección y acepten, por lo menos, cierta cantidad de refugiados venezolanos (y nicaragüenses, un éxodo menor pero que allí está), flexibilizando para ellos el mercado laboral y desregulando la creación de negocios, además de establecer una amnistía general para quienes ya llegaron y se encuentran ilegalmente, sobreviviendo en la informalidad. Este conjunto de medidas sería correcto por razones humanitarias, económicas y del propio interés nacional.

Un acuerdo de tales características podría ser el resultado mínimo de la próxima reunión de la OEA sobre el tema, o de la promovida por el gobierno ecuatoriano, en lugar de incrementar las declaraciones, discursos y toneladas de documentos oficiales sin resultados concretos, cerrando de otra manera las puertas frente a miles de venezolanos desesperados por huir de una nación que se cae a pedazos.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]M[/dropcap]éxico está peor que nunca, sumido en la crisis más grave de su historia, ahogado en un mar de violencia nunca antes visto, con un porcentaje de pobreza que se eleva incesantemente y sumerge a las ciudades en escenas de marginación que antes hubieran sido impensables. Así lo dicen con mal disimulada alegría “expertos”, políticos, quejumbrosos profesionales y amateurs. Pero no es cierto.

De hecho, la verdad es justo la opuesta. Basta una cucharada de sentido común y una mirada a la historia para comprobar que en todo caso sería más cierto afirmar que, por el contrario, México está mejor que nunca.



Sin embargo, la sociedad mexicana es particularmente pesimista respecto a su situación actual, al grado de que un estudio publicado en diciembre del año pasado por el Pew Research Center arrojó que un 68% de los mexicanos cree que se vivía mejor en 1967 y sólo un 13% afirma que la vida es mejor en la actualidad, y esa percepción trágica se refrenda constantemente en redes sociales, debates políticos y diálogos familiares.

La pregunta es ¿por qué?

En parte se debe al funcionamiento de nuestro cerebro: los seres humanos estamos diseñados para enfocarnos en las memorias más felices de nuestro pasado, y además la certeza de saber lo que sucedió ayer es comparativamente más cómoda que el estrés provocado por la incertidumbre actual. Sin embargo, eso solo explica la mitad de la historia.

Detrás de la otra mitad del pesimismo desbordado se encuentra una estrategia de manipulación política, con el objetivo claramente definido de convencer a las personas de que rechacen las transformaciones institucionales impulsadas a lo largo las últimas décadas y respalden nuevamente a los grupos de poder y los paradigmas del viejo PRI, ahora disfrazado de izquierda.

Sólo así se explica la flagrante deshonestidad intelectual, por ejemplo, del estudio publicado hace unas semanas por la UNAM afirmando que en 1987 bastaban menos de cinco horas de trabajo para adquirir la canasta básica, y que en cambio hoy se necesitan más de 24 horas. Cualquier persona que tenga más de 35 años recordará que México en 1987 no era una utopía de desarrollo en la que un trabajador con salario mínimo comiera a llenar y además adquiriera toda la canasta básica trabajando medio tiempo.

El mensaje que transmite (con toda mala fe) ese panfleto del Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM es que los trabajadores están hoy proporcionalmente seis veces peor de lo que estaban en 1987, justo en el momento culminante de la larga crisis económica la década de los ochentas. Simplemente falso.

Más o menos la misma tonada cantan los coros que denuncian que ha aumentado la pobreza en México, comparando para ello las espurias cifras del gobierno mexicano en la época dictatorial del PRI, con las mediciones actuales del Coneval (producto de un análisis mucho más estricto y que contemplan la pobreza como un fenómeno multidimensional, mucho más allá de la sola falta de alimentos). Para decirlo claro, si hubiéramos analizado la realidad de México en 1967 usando las herramientas actuales, la pobreza hubiera sido mucho mayor a la actual.

Entonces, ¿cómo afirmar que de hecho la situación está mejor ahora que nunca en la historia?

Fácil, recurriendo a los datos que se refieren directamente a aquellos elementos que tradicionalmente consideramos como reflejo del progreso económico: por ejemplo: disponer de un vehículo, tener acceso servicios de salud, a servicios públicos como drenaje, agua potable y luz eléctrica, consumir productos considerados para clase media o media alta, y tener acceso al sistema bancario. En todos estos ámbitos es claro el avance.

  • Empezamos con los coches. De acuerdo con datos del Inegi, el parque vehicular pasó de 5.7 millones en 1980 a 42.9 millones en 2016. Es decir, que actualmente hay 800% más vehículos. Millones de familias que antes dependían sólo de la bicicleta o del camión hoy tienen un coche propio, lo que de hecho ha provocado nuevos desafíos en materia de infraestructura vial.
  • En materia de salud de los avances son incluso mayores. En 1967, cuando según la percepción de las encuestas “vivíamos mejor que ahora” la tasa de mortalidad infantil en bebés era de un 8.4%, hoy es de apenas el 1.2%; la esperanza de vida pasó de 60 años en 1967 a más de 76 años en 2016; el porcentaje de niños con bajo peso se redujo de un 13.9% en 1990 a prácticamente nada en 2016; todo ello de acuerdo al Banco Mundial.

A esto hay que añadir (más allá del debate sobre si la salud debería o no estar en manos del gobierno) la cobertura del Seguro Popular, con más de 53 millones de afiliados, que antes no podían cotizar en el IMSS o en el ISSSTE, y por supuesto el maravilloso sistema de consultorios gratuitos (o casi gratuitos) anexos a miles de farmacias privadas en todo el país, así como el acceso a medicamentos genéricos, que han permitido reducir enormemente el costo del tratamiento privado de enfermedades.

  • Por lo que se refiere a los servicios públicos, la cobertura de energía eléctrica pasó de un 94% en 1990 a más de un 99% en 2014, la de agua potable se elevó de un 78% en 1990 a 94.4% en 2015 y la de alcantarillado brincó de un 61.5% en 1990 a un 91.4% en 2015.
  • En cuando a ingresos, el porcentaje de personas que viven con menos de dos dólares al día se redujo de 9% a 3% entre 1990 y 2016; en ese mismo periodo el porcentaje de ingresos obtenido por el 20% más pobre de la población aumentó en una quinta parte, de 4% a 5.1%.

A estas cifras hay que sumarle la evidencia ante nuestros ojos: Los centros comerciales se han multiplicado no sólo en la capital, sino en ciudades grandes y medianas. tan sólo la ANTAD tiene registro de 5,410 tiendas de autoservicio, 2,307 departamentales y 43,992 especializadas, con más de 27 millones de metros cuadrados de piso de venta.

A tiros y jalones, pero la economía ha crecido en forma constante desde 1996 y ciudades que antes tenían sólo un pequeño mercado hoy tienen varios centros comerciales de gran tamaño que ofrecen marcas internacionales y que están repletos incluso cuando no es día de quincena. Evidentemente millones de personas que hace 50 o 30 años no habrían podido comprar ahí, ahora sí están consumiendo. 

  • Cerramos con el acceso a los servicios bancarios. Durante muchos años este ha sido uno de los puntos pendientes de la modernización económica de México. Sin embargo, hay elementos para señalar que la situación está mejorando: De acuerdo con la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2015, ese año un 68% de los adultos contaban al menos con un producto financiero, un marcado incremento respecto al 56% del 2012.

Pero entonces, ¿esto implica decir que la situación es maravillosa?

Quienes manipulan la percepción para hacernos creer que todo está “peor que nunca” tratan también de encerrarnos en un callejón sin salida, alegando que si rechazamos su visión catastrofista negamos que sigan existiendo problemas. Es lo que se conoce como falacia del falso dilema, en la que se plantean sólo dos opciones posibles, sin considerar la alternativa.

La alternativa es entender que:

aunque siguen existiendo problemas, la situación ha mejorado en términos generales.

¿Que existe pobreza? Por supuesto que sí, pero era mucho peor en 1980 o 1967, cuando millones de personas no sólo enfrentaban la falta de recursos económicos, sino también de agua potable, de luz eléctrica, de servicios médicos básicos y de acceso a oportunidades elementales de educación y de empleo.

Efectivamente siguen existiendo partes del país, particularmente en zonas serranas, donde los niveles de pobreza son lacerantes, pero no debemos cometer el error de tomar el caso extremo como si fuera la regla, tampoco debemos pecar de ingenuos al comprar el discurso catastrofista sin dedicarle un poco de atención a entender su objetivo.



Además, si en serio queremos facilitar condiciones que permitan seguir avanzando en beneficio de los más pobres, es indispensable hacerlo partiendo de bases firmes, basadas en datos que tengan el respaldo de la experiencia práctica, y de principios políticos claros: libertad de acción y asociación, respaldo voluntario y subsidiario, preferentemente desde la propia sociedad. Especialmente es necesario perseverar en la eliminación de las cadenas caciquiles y corporativistas, que durante décadas han mantenido a millones de familias bajo el oprobio de la marginación.

¿Qué quieren los que nos dicen que todo está peor que nunca?

Quienes nos dicen que todo tiempo pasado fue mejor pretenden justamente convencernos de regresar a ese, su pasado: al México de la economía controlada centralmente por el Estado, es decir por las burocracias y los grupos de poder que hoy se quejan amargamente de haber perdido sus privilegios: sindicatos, mafias del viejo PRI, académicos que anhelan empresas paraestatales donde meter mano, etc.

Ellos sí están “peor que nunca.”

 

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]D[/dropcap]urante muchos años, OXFAM se creyó la dueña absoluta de la buena conciencia y los propósitos justicieros. Sus campañas en contra del capitalismo, la desigualdad, los paraísos fiscales, los transgénicos, por más impuestos o las políticas de género, pagadas con masivas contribuciones privadas y de gobiernos, le convirtieron en una especie de Meca del progresismo.



Hasta hace unos días, cuando el periódico The Times de Londres reveló cómo el staff comisionado por OXFAM para auxiliar en Haití durante la emergencia tras el terremoto de 2010, prostituía menores de edad, a quienes pagaban con los fondos caritativos que había recaudado, muchos de ellos subvenciones gubernamentales europeas. El escándalo tomó la fuerza de un huracán: pruebas de que OXFAM ocultó evidencias y protegió a los culpables, les dió una “salida digna y en fases” e incluso los recomendó con otras ong´s; la revelación de otros 87 casos de abuso sexual al interior de la transnacional de la felicidad, tan solo el año pasado; la comprobación de casos similares en Chad, en Sudán y hasta en la misma Unión Europea; gastos suntuosos de su personal pagados con fondos caritativos; el encarcelamiento de su flamante presidente internacional, en Guatemala, a resultas de otro caso de corrupción; acusaciones de ex funcionarias de la ong sobre casos intestinos de acoso sexual y laboral sin castigo para los culpables; en fin, la constatación de una política de delincuencia, abuso y encubrimiento organizados al interior de la ong británica, y que va más allá de las responsabilidades personales de los implicados.

¿Será muy arriesgado decir que la indecencia revelada en los intersticios de OXFAM podría ser una consecuencia directa de sus posiciones ideológicas? En 1944, Friedrich A. Hayek, premio Nobel de Economía 1974, publicó un libro seminal: Camino de Servidumbre. En él, Hayek advirtió que un sistema tendiente a la planificación y el control estatales inevitablemente degenerará en la servidumbre impuesta por el autoritarismo y la corrupción.

Cuando un poder se propone planificar toda la vida económica, debe ser consciente de que sus ideas y políticas le llevarán, tarde o temprano, a asumir poderes represivos y totalitarios, y a abandonar toda moralidad.

Como bien señaló entonces el pensador austriaco, cuando un poder se propone planificar toda la vida económica, debe ser consciente de que sus ideas y políticas le llevarán, tarde o temprano, a asumir poderes represivos y totalitarios, y a abandonar toda moralidad. Así, el poder atraerá a su seno a los individuos más inescrupulosos y menos respetuosos de los derechos de los demás. Es decir, a aquellos que prefieren utilizar la jerarquía y la autoridad en lugar de la cooperación y la persuasión, la fuerza en vez del intercambio, y la arbitrariedad y el abuso indiscriminado por sobre las reglas de juego imparciales y la ley. Así, OXFAM pavimentó su propio camino de servidumbre, y lo hizo recorrer a los desfavorecidos que supuestamente decía ayudar y proteger.

Por eso apenas sorprende que la gran cantidad de personajes, instituciones, medios, universidades que tradicionalmente coreaban y amplificaban cada nuevo documento de OXFAM en contra del mercado o las empresas, ahora guarden silencio sobre el escándalo. Muestran así, indirectamente, que la agenda de muchos de ellos es la de una ideología del odio, no la de la verdad o la decencia.

Al respecto, en estos días he preguntado, vía Twitter, a los tradicionales activistas y académicos mexicanos en favor de la “justicia” y la igualdad su opinión sobre el caso: Carmen Aristegui, Elena Poniatowska, Lydia Cacho, José Merino, Jenaro Villamil, Lorenzo Meyer, Genaro Lozano, Epigmenio Ibarra y muchos más, varios de ellos colaboradores de la propia transnacional de las buenas conciencias (y hasta con derivaciones potencialmente riesgosas hacia la campaña presidencial de López Obrador). Todos fingieron demencia y guardaron silencio, excepción hecha de Sergio Aguayo, quien me comentó que había otras prioridades, y Gerardo Esquivel, autor predilecto de OXFAM, quien profirió algún insulto, antes que argumentar. Incluso, artistas “progresistas” como Gael García Bernal o Macaco, embajadores mexicanos de OXFAM, han hecho mutis y escondido la cabeza, sin aprender de los ejemplos de la actriz Minnie Driver, el obispo Desmond Tutu o el cantante Miguel Bose, que renunciaron horrorizados y apenados a seguir representando a esa ong con oficinas en 90 países.

Los desheredados de la tierra merecen más que Oxfam, necesitan un mejor futuro que sólo ayudan a proporcionar el realismo, el mercado y la libertad.

Así, éstos y aquellos dieron testimonio de que artistas, periodistas y académicos metidos a activistas de las causas “buenas” y “correctas” en realidad se convierten en buenos activistas (tal vez hasta mejor retribuidos) pero en malos periodistas, malos académicos y malos artistas. Y peores seres humanos. Son la hiprogresía.



¿Hasta donde llegará el affaire OXFAM? Aún es temprano para decirlo. El gobierno británico amenazó con cortar sus subvenciones y el Parlamento inglés tratará el escándalo esta semana, mientras OXFAM aún hace poco para facilitar el castigo de los culpables.

Quizá todo terminé en algunas renuncias y listo: asunto archivado. Pero lo cierto es que el escándalo ya pegó en la línea de flotación del más salvaje anticapitalismo. En hora buena para los desheredados de la tierra que merecen y necesitan un mejor futuro que sólo ayudan a proporcionar el realismo, el mercado y la libertad.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Luis Pazos*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]n su informe del 2015, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), organismo público “autónomo”, señaló que del 2012 al 2014 el número de pobres aumentó en dos millones. Ese dato le cayó como una “cubetada” de agua fría al gobierno del presidente Peña Nieto, que presumía de haber incrementado el gasto en ayuda a los pobres en 22% en ese mismo periodo. En el informe dado a conocer a finales de agosto de 2017, que abarca el 2015 y el 2016, con base en una nueva metodología, desaparecen los dos millones de pobres que se habían sumado con la  metodología anterior. En 2012 había 53.3 millones de pobres, en 2014, 55.3 y en 2016 se borran los que se habían incrementado en los dos primeros años de la actual administración, quedan en 53.4 millones, prácticamente los mismos que el 2012.

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]a semana pasada Fidel Castro partió al otro mundo, arropado por el llanto de sus cómplices y el dolor de una auténtica legión de plañideras socialdemócratas que en el fondo del corazón llevan ese deseo de imitar los pasos del tirano que gobernó Cuba durante casi 6 décadas, armado de balazos y demagogia, sin matar por placer, como el psicópata del Ché, pero matando de todos modos y de todas formas.