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Por: Víctor H. Becerra*

Muchos creen que la crisis provocada por la pandemia de Covid-19 podría resolverse en unas pocas semanas; algunos países incluso ya hacen planes para reabrir la economía en mayo próximo, una vez que el peligro haya pasado, dicen.

No obstante, en muchos lugares se comienzan a cancelar grandes eventos incluso hasta octubre próximo. En Alemania, por ejemplo, ya se dió por cancelada la edición 187 del popular Oktoberfest, celebrado desde fines de septiembre en la ciudad de Munich, y que es sin duda el festival de cerveza más tradicional y famoso del mundo. En tal sentido, es mejor ir aceptando que la actual pandemia no será cosa de unos cuantos días más.

A ellos sumemos que, según los cálculos más optimistas, una vacuna contra el Covid-19 tardará aún alrededor de un año, a lo que habría que agregar el tiempo adicional de producción, aprobación burocrática, transporte y llegada para los países más pobres, a Latinoamérica en una palabra. Ninguna economía resistirá un año y medio o dos años de incertidumbre y con riesgo de confinamientos recurrentes.

¿Hasta dónde llegará el declive económico en Latinoamérica? Es temprano para decirlo. Pero será profundo, muy profundo. Sólo para tener una comparación: Hubei, la provincia donde se originó el virus chino, tuvo una contracción del 39,2% en su PBI durante el primer trimestre del año. Por eso no hay que decir que “no se puede estar peor”: No hay limites para el deterioro y las catástrofes.

En ese contexto, la crisis que se avecina para países como México (con pronósticos de una recesión que ya linda el 12%), tras dos años de estancamiento, será como nada que hayamos sufrido antes. Lo dice alguien que presenció y sufrió las crisis recurrentes de 1976, 1982-1988, 1994 y 2009, algunas de ellas cataclísmicas. Estamos a punto de descubrir cuán fuerte es México y el carácter de los mexicanos.

Así, persistir en que lo mejor es mantener cerrada la economía mientras pasa la pandemia es un sinsentido y no saber nada del mundo real: Mientras no haya vacuna (y durante un tiempo aún con ella), la pandemia seguirá allí, sin poder hacer mucho contra ella, más allá de la prevención y los cuidados básicos. En tal sentido, abrir la economía y evitar un mayor deterioro, poniendo el acento en la higiene y el distanciamiento, debiera ser la decisión a tomar ahora. Ahora, no mañana.

La crisis por la que ya estamos transitando, significará la pérdida de millones y millones de empleos, pérdidas que podrían llevar a situaciones sociales explosivas. Si queremos evitarlo, debemos recuperar esos empleos. Y la clave para recuperar los puestos de trabajo de forma rápida y eficiente pasa, necesariamente, por políticas sólidas y razonables para preservar el tejido empresarial de cada país.

Esto significa no sólo apoyar fiscalmente a las empresas, sino permitirles funcionar con la mayor normalidad posible. Ningún país sale adelante sólo con subsidios del gobierno y despensas “gratis” de los políticos; al contrario: Esos son los medios para hundirse aún más, al ser insostenibles en el tiempo y hacerse a costa de la sobrevivencia de las empresas.

Muchos creen desequilibrados e irresponsables a quienes piden que centros comerciales, restaurantes, bares, fábricas se vuelvan a abrir; pero las personas cuyos medios de vida dependen de lugares como centros comerciales, restaurantes, bares o fábricas, seguramente ven las cosas de manera diferente.

Y precisamente quienes dependen de esos empleos y negocios para vivir, quienes no tienen ahorros para sobrepasar la cuarentena, quienes ahora no están consumiendo por falta de ingresos (y eso los hace más vulnerables), y quienes saben que el desempleo de largo plazo es su destino inmediato tras la cuarentena, necesitan que la economía se abra, ya, para evitar males mayores.

Países como Suecia y algunos más, muestran que es posible lidiar con la pandemia con una economía abierta. El gobierno sueco no ha clausurado la economía, no ha suspendido clases escolares ni actividades productivas, ni ha cerrado gimnasios o restaurantes, y sólo ha prohibido las reuniones mayores de 50 personas. El gobierno de Stefan Löfven no ha reprimido las libertades fundamentales de la manera en que lo han hecho otros gobiernos, ni desbaratado a la sociedad y arruinado a la economía en esa misma medida. En contraste, presenta mayores índices mortales que sus vecinos escandinavos (básicamente por una falta de cuidado en asilos de ancianos, que se está corrigiendo) pero mucho menores a países como EEUU, Italia o España.

No es cuestión de afirmar que primero la economía, por encima de salud. Es más bien el saber que la pandemia no tendrá un rápido desenlace; que en el año y medio o dos años que aún le restan, tarde o temprano afectará a la mayoría de la población, o a toda, recurrentemente. Y sobre todo, es saber que si no queremos que la crisis económica y social post pandemia sea la más dura, profunda y prolongada en el tiempo que hayamos vivido en nuestras vidas, es necesario actuar hoy.

Los escenarios calamitosos de mañana deben atacarse ahora, no cuando ya estén encima y quede poco o nada por hacer, afectando a los más pobres entre los pobres.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

Las fechas se acumulan y las confirmaciones llegan y abundan, por desgracia: El gobierno de López Obrador está siendo un gran fracaso, y una decepción para muchos de sus seguidores. Por ese camino, no terminará bien su administración para el país. Ojalá tenga la capacidad de cambiar (poco, mas aún hay tiempo para hacerlo), pero las actitudes suyas y de sus colaboradores no dejan demasiada esperanza.

López Obrador ha incumplido prácticamente todas y cada una de las promesas que hizo para llegar al poder: No redujo el precio de la gasolina ni de la electricidad; no combatió a la corrupción y más bien se ha hecho cómplice de ella; no redujo la delincuencia ni la violencia en el país, y estás siguen frenéticas, impunes y sin control; no combatió el huachicoleo (robo de combustible) y éste sigue campeando a sus anchas en las áreas cercanas a las refinerías mexicanas; prometió “austeridad” y ésta ha solo una reasignación de recursos a programas clientelares; ofreció salvar a PEMEX, pero sus malas decisiones lo acercan al abismo, día con día, y con él, a la economía del país; no ha creado más empleo ni llegan más inversiones; la economía está paralizada en el 0% frente a su ofrecimiento de crecer al 4% anual; ofreció descentralizar las dependencias desde la Ciudad de México y la oferta ya se olvidó; prometió mantener una política exterior firme y digna frente a Donald Trump, pero convirtió al país y a su gobierno en servidores impresentables de Trump y del trabajo sucio de su administración.

Quizá su único ofrecimiento cumplido fue dar recursos económicos gratis y sin control a sus clientelas políticas, aunque nunca advirtió que sería a costa del sistema de salud, de los tratamientos a derechohabientes más pobres o a niños (claro: los niños no votan) para enfermedades como cáncer, insuficiencia renal o SIDA, del abasto de medicamentos, de desaparecer las guarderías infantiles y tantos más programas oficiales (cuidado de bosques, la promoción turística y comercial del país, etc.), de despedir a un gran número de burócratas sin ninguna contraprestación… Si lo hubiera hecho, seguramente su triunfo no habría sido tan holgado.

Lo último ha sido proteger a un viejo aliado, Manuel Bartlett, de los señalamientos más que documentados de corrupción, la que excedería incluso la de casos paradigmáticos en el gobierno Peña Nieto. Incumplir su principal promesa, combatir la corrupción, para proteger a un aliado, sin duda es un quiebre moral y político para su administración, la cual se ve ahora no muy distinta a las anteriores.

Otro incumplimiento reciente fue lanzarse con enorme voracidad fiscal, incumpliendo su promesa de que no habría nuevos impuestos o un aumento de los existentes, además de perseguir a los contribuyentes mediante las figuras de la Extinción de Dominio y de Delincuencia Organizada, en caso de no pagar impuestos o presentar documentos falsos, así sea inadvertidamente.

A ello sumemos lo ya conocido y evidente: El desperdicio impune de recursos en la cancelación del Aeropuerto de Texcoco y de las reformas educativa y energética, mientras continuan proyectos inviables como el aeropuerto de Santa Lucía, la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya; la desconfianza que genera su proyecto de gobierno entre inversionistas, nacionales y extranjeros, calificadoras y organismos internacionales; la falta de opciones y de ambición para resolver la problemática del país, ejemplificadas en una Guardia Nacional que sólo es el Ejército travestido; la falta de coherencia, dirección y objetivos entre su equipo de gobierno y su partido: López Obrador nominalmente gobierna, pero en los hechos cada funcionario parece autárquico, sin importarle lesionar la imagen o el funcionamiento del conjunto, mientras López Obrador es incapaz de imponer orden y disciplina.

A unas pocas semanas de concluir su primer año de gobierno, pareciera que la única función de gobierno en la que López Obrador se siente cómodo es en sus conferencias matutinas y en los discursos de sus giras, más bien improvisados y por eso, de cierto radicalismo. O en eventos populares como el de El Grito, en conmemoración de la Independencia del país. Pero a López Obrador no se le paga por arengar ni gritar, sino por gobernar.

En todo lo demás, su gobierno avanza a tumbos y a tontas y locas, y el país con él. Quizá sea hora de aceptar que este primer año de su gobierno es ya papel mojado, con poco de útil y rescatable, y que eso no permite avizorar nada venturoso para los cinco años restantes.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Angélica Benítez*

No sólo sucede en épocas electorales, sino con lamentable frecuencia a lo largo y ancho del territorio mexicano: Llegan los autobuses con los colores distintivos del partido político del gobierno en turno. Bajan a muchísima gente de evidente carencia económica en algún espacio con templete al frente. Llega entonces el candidato -o el gobernante- a decir su discurso, mientras suena de fondo una balada que mueve sentimientos y lo hace lucir como un héroe. Los asistentes se llevan una “despensita” a su casa como premio por haber sido parte de un evento cuya logística, planeación y realización nos cuesta a todos los ciudadanos que trabajamos. Al final se toma una fotografía que se publicará posteriormente en todos los periódicos, con el implícito mensaje de que el candidato/gobernante es un político generoso y querido.

Lo vi personalmente durante los cuatro años que laboré en dependencias de gobierno, y las fotos siempre salen excepcionales. Incluso quienes colaboran en ello sienten muchas veces que, efectivamente, están haciendo una labor que ayudará noblemente al progreso de sus comunidades. ¿Cómo no va a ser así, si personas de escasos recursos salen contentos y con alimento para varios días?

Todo parte del concepto erróneo que tenemos sobre la función del Estado y, desde luego, para qué son los recursos que le otorgamos. La transparencia de las instituciones no es suficiente, es necesario replantearnos las prioridades, pues de lo contrario nos encontraremos cada vez con más lobbys que reclamen como emergencia nacional temas que no cuentan con esa calidad de importancia. Por ejemplo, un grupo de ciudadanos aseguran que el aborto debe ser legal (y pagado por todos los ciudadanos a través de sus impuestos) porque miles de mujeres mueren de forma anual a consecuencia de la clandestinidad, mientras que las cifras del INEGI muestran alrededor de veinte decesos reales al año por esta causa. ¿Es realmente la despenalización del aborto una emergencia nacional, cuando verdaderamente miles de mujeres mueren a causa de cáncer de mama o desnutrición? Transparencia y prioridades con base en datos reales resultan indispensables para tomar decisiones informadas. El recurso que maneja el Estado debe estar justificado con base en la razón y no en el populismo.

La asistencia social, si bien parece un tema noble, en Latinoamérica se ha convertido en la mejor estrategia populista para mantener a los pobres en su pobreza, sin posibilidad de “aprender a pescar”. ¿Entonces hay que dejar solos a los más vulnerables? Desde luego que no: hay que brindarles capacitación, educación, empleo, apoyos para emprender. Y esto rara vez lo hace el gobierno, pues generalmente son las mismas organizaciones de la sociedad civil (o la misma iniciativa privada) quienes se encargan de este sector de manera integral. No son “mascotas” como equivocadamente dice López Obrador, sino seres humanos dotados de dignidad, a quienes se les ha negado el derecho a salir adelante por medios propios.

El Estado no utiliza sus propios recursos para llevar a cabo estas acciones porque, desde luego, ¡el gobierno no crea riqueza! Sólo utiliza el dinero de otros, y cuando utilizamos el dinero de otros, normalmente no nos duele malgastarlo. Es fácil gastarlo en cualquier cosa, y más aún si se trata de la autopromoción, como hacen muchos funcionarios con el pretexto de “publicidad gubernamental”.

El gobierno debe ser entonces un organismo para evitar que se viole el Estado de Derecho y generar leyes justas. No tiene el deber de educar a los niños en valores (esa es función de la familia) ni de mantener inútil a su población a través de perversas estrategias de adoctrinamiento. El gobierno está para ver por nuestra seguridad, por la paz, por la justicia. Irónicamente, es donde la mayoría de los funcionarios están “reprobados”, pues están tan concentrados en brindar pan y circo disfrazado de apoyos sociales, que tienen a sus ciudades gobernadas por la delincuencia.

*Angélica Benítez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por parte de la Universidad Autónoma de Baja California. Cuenta con una Maestría en Administración de Empresas por parte de CETYS Universidad, y se desempeña actualmente como docente universitaria.

Por: Víctor H. Becerra*

Socialistas, socialdemócratas, comunistas, progresistas, chairos eligieron a López Obrador pensando que respondería a muchas de sus demandas de inclusión, supuesta tolerancia y apertura. En realidad, llevaron a la Presidencia a un cerrado conservador, que por ejemplo, acaba de proponer el someter a una ilegal consulta popular la despenalización del aborto, sabiendo que dicha propuesta perdería. O que propuso al Congreso para ocupar un asiento en la Suprema Corte de Justicia a tres oportunistas militantes Pro-Vida. O que busca devolver, por vías del arreglo político ilegal y por mera orden presidencial, el registro a su partido aliado, el PES, de origen cristiano.  En realidad, a López Obrador no le importan ni tus expectativas, ni tus propuestas, amigos socialistas, socialdemócratas, comunistas, progresistas, chairos: para él tienen el mismo valor que tres kilos de reata comprados en la tienda de la esquina.

Igual sucede con tantos sinceros militantes pro-Estado, de fuerte ascendencia cepalina, que ven en el Estado a un instrumento para un país supuestamente más justo: el presidente López Obrador está decidido a desmontar mucho de ese Estado “justiciero” a golpes de capricho y arbitrariedad, y en favor únicamente de un proyecto personal de control político. Lo ha dicho en todos los tonos y por todos los medios, desde la destrucción del Seguro Popular, las estancias infantiles y los albergues para mujeres maltratadas, hasta su nombramiento de un delegado plenipotenciario con todo su poder en cada estado del país, pasando por la desafortunada declaración de una de sus funcionarias de que “AMLO es el Estado”. No hay en él, amigos estatistas, burócratas, ningún proyecto de fortalecimiento del Estado, ni de respeto a los contrapesos institucionales que permiten un mejor gobierno, sino un simple afán personalista de control y centralización del poder por el poder mismo. A ustedes también los engañaron. O se dejaron engañar por simple ambición y codicia.

En realidad, el hoy presidente López Obrador ofreció fantasías y engaños a sus distintas clientelas: A los empresarios les ofreció no cancelar el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México; a los consumidores de clase media, bajarles el precio de gasolinas y electricidad; a los mexicanos hartos de la inseguridad, la violencia y la corrupción sin freno del sexenio pasado, el regresar al Ejército a los cuarteles y castigar ejemplarmente la corrupción; a los artistas e intelectuales, el dar mayor apoyo presupuestal a la cultura. Y no sólo incumplió todas esas promesas y muchas más, sino que además, ya en el gobierno, hizo perder trabajo, sueldo, becas a muchos de los seguidores que lo apoyaron.

A todos esos militantes feministas, de izquierda, pro derechos LGBTI, pro aborto y de derechos de la mujer, a favor del Estado laico, en pro de una auténtica democracia sindical, de los derechos de los migrantes, miembros de la comunidad artística e intelectual, que lo apoyaron durante 18 años, en estos apenas cien días de gobierno, López Obrador les ha demostrado que no los quiere, que no le importan, que no los necesita ya, que están perdiendo su tiempo con él, que él está más a sus anchas con la derecha cristiana y que por ello, publica cartillas morales como nuevos catecismos republicanos y todos sus discursos y conferencias de prensa están salpicadas de prejuicios y referencias bíblicas. Y aún falta lo peor: Falta que demuestre que puede conjurar la crisis o el freno económico al que nos empuja día con día, azuzado con soberbia e ineptitud la desconfianza de empresarios, consumidores y mercados.

Y todo esto lo hizo apenas en los primeros 100 días de su gobierno, que se cumplieron este domingo. Y tristemente faltan aún 2,131 días más, en donde seguramente habrá nuevos decepcionados, quienes al fin se darán cuenta de que a Andrés Manuel no le importan ni le importaron, que sólo se importa a sí mismo.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

México vive el retorno a su autoritarismo más extremo y también, si las cosas no se corrigen, a una nueva crisis económica durante este gobierno, algo que México no vive desde hace 25 años.

La administración de Andrés Manuel López Obrador, a punto de cumplir apenas los tres meses de gobierno, está haciendo todo lo posible para regresarnos a ambos escenarios. Por un lado, López Obrador está concentrando todo el poder posible, sin importarle atropellar al resto de poderes, instituciones y actores de todo tipo, abusando de su muy amplia mayoría en el Congreso, que funciona como el arma de cualquier asaltante.

Por el otro, sus malas decisiones económicas van acumulando, día tras día, reportes negativos de los mercados y temores de los inversionistas: A diferencia de hace un año, por ejemplo, ahora no hay muchos inversionistas deseosos de invertir su dinero en el país (y un país no puede progresar sin inversión) y se huelen ya las primeras señales de una posible tormenta económica.

Desde el principio de su gobierno, López Obrador fue muy claro y terminante en su propósito de que el Estado tuviera primacía absoluta sobre los mercados y sobre cualquier otro actor. Al respecto, es legítimo que un gobierno piense que es bueno fortalecer la intervención pública en la economía. Pero es ilusorio creer que tal intervencionismo no implica riesgos y costos para los contribuyentes y la competitividad del país, precisamente lo que hoy estamos viendo.

El común de la gente odia la idea de una “mano invisible” en los mercados. Necesitan una mano que puedan ver, enlaces causales simples y de comprensión inmediata. Por eso es hasta cierto punto explicable (sólo hasta cierto punto) que López Obrador olvide que los mercados no votan, no tienen un fin ni un líder ni buscan derrocar gobiernos. Solo sirven para poner un precio a las cosas e intercambiarlas de forma más eficiente. Así, por ejemplo, si usted amenaza con no devolver la cantidad que pidió prestada, quien le presta solicitará un rendimiento más alto. Si él cree que su amenaza es creíble, pues terminará por no prestarle nada. Justo también lo que vemos con la deuda de PEMEX y su gradual contagio a toda la deuda pública.

Y el intervencionismo de López Obrador en la economía también busca aplicarla a la política. Así, al presidente López Obrador le molestan los organismos reguladores autónomos, contra quienes libra una batalla diaria, porque representan un límite al Estado, echan luz sobre sus políticas e instrumentos, frenan el monopolio estatal, así como las decisiones unipersonales e irresponsables de los encargados políticos.

Por otro lado, López Obrador ya cuenta con 335 votos en la Cámara de Diputados, con base en seducción y ‘compra’ de legisladores de otros partidos, permitiéndose contar con una mayoría calificada para iniciar una reforma de la Constitución. Aún le faltarían algunos legisladores para concretar dicha mayoría en el Senado de la República. Pero tal poder prácticamente irrestricto ya dio a luz signos inquietantes, como la aprobación de la figura de la “prisión preventiva oficiosa” para varios delitos, lo que significa que a cualquier persona acusada (incluidos opositores) de alguno de ellos, podrían violársele sus garantías individuales, sin problema alguno, y terminar con sus huesos en la cárcel, sin orden de un juez y enfrentando allí el proceso durante años, sea o no culpable. O bien, la reciente creación de una Guardia Nacional militarizada, muy al estilo de la Guardia Nacional del chavismo, y sobre la cual López Obrador podrá mandar, en todo el país, sin ningún tipo de restricción.

Tal poder cada vez más irrestricto, vuelve a colocar en discusión cuál es la intención final de López Obrador y sus antecedentes. Por un lado, hay quienes opinamos que López Obrador es un simple priista vigesimonónico, que solo busca acumular más poder y mantenerse el mayor tiempo posible en él, sin un proyecto radical de transformación del país. Y una política social cuyo objetivo clientelar último sería engrosar las bases de MORENA, su partido.

Pero también hay quienes creen (con cada vez más elementos a favor) que el gobierno de López Obrador es uno de ascendencia de izquierda chavista, con un proyecto de cambio radical, con Cuba como modelo, y un marxismo de manual escolar, mal digerido y ramplón, pero real. Al respecto, no deja de ser inquietante cómo López Obrador se parece tanto a Nicolás Maduro: niega y combate la ortodoxia del libre mercado, elige a dedo ganadores y perdedores corporativos, usa a militares para fines civiles, degrada la democracia y el Estado de Derecho, se alía con los enemigos de EEUU., dispensa castigo y juicios sumarios a inocentes, mientras da perdón y cuenta nueva a culpables, frente a las cámaras de TV.

Pero al final, creo con todo respeto para quienes defienden ambas posturas, que no hay que saber mucho.

Si la inspiración del gobierno de López Obrador es la izquierda latinoamericana de los último años, pues veamos la situación actual de Venezuela, Nicaragua, Bolivia, Cuba… o el descrédito por corrupción total de gobiernos como los de Correa en Ecuador, los Kirchner en Argentina o Lula en Brasil, para saber cuáles serán sus resultados finales.

Y si por el contrario, su ascendencia es la del viejo PRI, éste ya fracasó reiterada y suficientemente en México: Las crisis económicas de 1976, 1982, 1988, 1994, la década pérdida de los 80s, las matanzas estudiantiles de 1968 y 1971, la corrupción irrefrenable en casi todos sus gobiernos…

El gobierno de López Obrador no es un gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, como cree el dogma democrático. Es simplemente un gobierno del pueblo, por populistas, demagogos y autoritarios, para populistas, demagogos y autoritarios. En tal sentido, no hay que ser adivino para saber en qué acabarán López Obrador y su régimen, para mal del país.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

La pregunta es pertinente a pesar de que López Obrador apenas cumple 50 días en el poder. Sin embargo, estos días han dejado ver un López Obrador fuerte, sólido en su proyecto político y que avanza a grandes pasos en sus primeros objetivos. Y por ello, que puede avanzar contundentemente en otros temas.

Empero, vistos desde afuera, estos 50 días no han sido fáciles para él y su gobierno. Malas decisiones (la cancelación del Aeropuerto de Texcoco), una torpe comunicación política, crisis auto infligidas (el desabasto de gasolina, por ejemplo) son su legado de este periodo.

A pesar de ello, la popularidad del presidente crece, siendo incluso similar a su nivel máximo, el de su toma de posesión, estando ahora en niveles superiores al 70%, como lo dejan ver encuestas recientes, incluso con niveles inusuales de apoyo a sus medidas contra el robo de combustibles, del 89%, un nivel muy superior incluso al que obtuvo en las elecciones presidenciales del julio pasado, cuando 5.3 de cada 10 mexicanos votaron por él.

En las redes sociales, sin embargo, no le va tan bien, con números inversos de apoyo y aceptación, aunque a su favor tiene un abrumador ejército de bots y troles que fueron muy importantes en su elección presidencial. Pero en el mundo real, el de los hechos y no en el de los bit, López Obrador avanza. Y rápido.

Incluso en estos días de acoso por todos los frentes, por el pertinaz desabasto de gasolina, logró sacar adelante en el Congreso dos ambiciosos proyectos políticos: la creación constitucional de la Guardia Nacional, que militariza la seguridad pública y crea un nuevo cuerpo armado a su sola disposición. Y el nombramiento del nuevo fiscal de la nación, colocando a un incondicional suyo (buscando evitar un potencial escenario de renuncia, como el de Dilma Rousseff), un proyecto que llevaba muchos meses paralizado en el Congreso.

En los hechos, López Obrador podría dirigir al país a dónde él quisiera, gracias a su enorme apoyo popular y su contundente mayoría en el Congreso, beneficiándose incluso de que a su propia mayoría simple se sumaron en los últimos días el PRI y los gobernadores de ese partido, regalándole una mayoría absoluta (¿a cambio de qué? Seguramente de dádivas económicas, impunidad continuada para el expresidente Peña Nieto o los líderes de los sindicatos burocráticos, y algún reparto marginal del poder, pero ya se verá).

¿A qué obedecen tales éxitos políticos, solo comparables a la etapa del PRI mandón y casi monopólico de los años 70s y 80s? Hasta ahora han faltado las explicaciones y análisis, prefiriéndose remarcar los errores de López Obrador y su equipo. Pero intentémoslo.

Quizá obedece (no exclusivamente pero sí de manera importante) a la propia dinámica de comunicación política de López Obrador: éste no ha dejado de estar en campaña desde el 1 de julio, fecha de su triunfo electoral, incentivado en parte por su ofrecimiento de realizar “consultas populares” para multitud de tema y de someter su propio cargo, a los tres años, a una votación de revocación de mandato (el instrumento usado por Hugo Chávez precisamente para vaciar de contenido a la democracia venezolana).

En tal sentido, toda su comunicación ha sido dentro de la dinámica amigos/enemigos, polarizando a la sociedad a su favor, beneficiándose aun más ante la inexistencia hoy de una verdadera e identificable oposición partidaria en México.

La estrategia de hacer campaña política desde el gobierno y sus recursos, dividiendo entre buenos y malos, polarizando; moviendo a las emociones y a la fe, más que a la razón; reduciendo la complejidad de los problemas a la simple maldad de algunos malvados; usando al gobierno como un apéndice partidario; satanizando a medios y críticos cuya versión sea contraria a la visión de López Obrador; reduciendo su comunicación a dos o tres mensajes clave (lucha contra la corrupción y poco más); transmitiendo propaganda, apariencias y post verdades, en lugar de información sólida, transparente y verificable; alimentando aún más los ya de por sí altos niveles de indignación y rencor social contra la impunidad y la corrupción, le ha rendido buenos resultados. Así vista, puede hablarse de una estrategia muy exitosa.

Pero como ya sabemos: Todo funciona hasta que deja de funcionar. Quien sabe si esto aún le funcione cuando aparezca, por ejemplo, el primer escándalo de corrupción de su gobierno, que conociendo a López Obrador y a sus colaboradores, indefectiblemente aparecerá.

O cuando, más adelante, deba rendir cuentas de los temas que realmente preocupan a la gente. Al respecto, el gobierno de López Obrador llegó al poder prometiendo hacer las cosas mucho mejor que los gobiernos anteriores, particularmente en los temas de corrupción e inseguridad pública, junto con el bajo crecimiento económico. Por ahora, las perspectivas son declinantes en los tres temas.

Al respecto, ser popular no garantizan ni eficacia ni responsabilidad, como todos los días nos lo recuerdan López Obrador y su equipo. Es un activo importante, pero que debe ser un instrumento para alcanzar las metas estratégicas, no un objetivo en sí mismo.

Así, es fundamental no olvidar que, en política, los logros duraderos, vitales se dan no en el aplauso interesado, el consenso obsequioso o la mayoría automática, sino en la crítica, en la discusión plural y el convencimiento, los escenarios que más rehuyen López Obrador y sus colaboradores.

Reitero: Hoy, López Obrador podría llevar al país a dónde él quisiera. Para eso votaron los mexicanos. Sin una efectiva oposición partidaria, con contrapesos institucionales temerosos ya de contravenirlo (después de algunos encontronazos iniciales que les costaron en imagen, recursos y amenazas sobre sus puestos), con una prensa cada vez más dócil y obsecuente, una mayoría aplastante en el Congreso y en 17 congresos locales (lo que hace rehenes de sus congresos a varios gobernadores), poco se lo impide: una rápida y adversa reacción de los mercados, la parálisis en la aprobación en el nuevo TLCAN, en manos del Congreso norteamericano, algunos grupos activos y demandantes entre los empresarios y en la sociedad civil… y no mucho más.

Al ritmo al que vamos, pues, nos acercamos (quizá antes de lo previsto) a los momentos decisivos en los que López Obrador desvele su real proyecto político, decidiendo entre ser un nuevo Luis Echeverría (el populista y destructivo presidente mexicano de los 70s, que celebró recientemente su 97 aniversario, con el cariño de sus descendientes legítimos, López Obrador entre ellos) o un chavismo a la mexicana, una especie de juarismo bolivariano, ¿porqué no?

En cualquier caso, significará pronto un país distinto al de hoy, con un gobierno menos acotado y más intervencionista, con instituciones menos profesionales y democráticas, y en cambio, más centralizadas, opacas y con mayor control presidencial o de las mafias políticas, con una mayor presencia de las Fuerzas Armadas en la vida pública y más mano dura e intolerancia, con una política exterior de menos principios y más pretextos y complicidades, con menos reformas democráticas y económicas, y más regresiones autoritarias, hacia un capitalismo de amigos y clientelas electorales, para arribar, al final, a las cíclicas y devastadoras crisis económicas que creímos haber dejado atrás, en los 90s.

En fin, ese el modelo del presidente López Obrador (y de sus votantes y seguidores) para México, lejano al de una verdadera democracia liberal, competitiva frente al mundo, la cual sólo vimos a la distancia y nunca llegamos a ser realmente.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Este martes 1 de enero y tras obtener casi 58 millones de votos en segunda vuelta, Jair Bolsonaro tomará posesión de la Presidencia brasileña, para iniciar cinco años de gobierno, con posibilidad de una reelección consecutiva. Ojalá sea exitoso en su gestión: el país y su gente lo merecen.

Pero Bolsonaro aún no ocupa el Palacio de Planalto, sede de la Presidencia de Brasil, y ya es acosado por al menos tres escándalos judiciales, quizá menores, pero significativos.

El primero, una investigación en curso por una serie de pagos hechos, hace unos meses, a la cuenta bancaria de un asesor de su hijo Flávio (algunos señalan que su real labor de asesoría era ser su chofer), entonces diputado regional y hoy senador electo, por un monto relativamente pequeño (300 mil dólares), por parte de miembros del staff parlamentario del propio Flávio Bolsonaro. De esa misma cuenta, salieron posteriormente pagos a Bolsonaro y a su esposa (supuestamente en pago por un préstamo personal hecho al asesor). Por hoy, el asesor se encuentra desaparecido y sin dar la cara a la justicia en la investigación que se sigue sobre el caso, aunque se ha revelado súbitamente cómo un “exitoso” hombre de negocios.

El segundo, una condena (sujeta aún a apelación) por improbidad administrativa a su próximo ministro de Medio Ambiente (integrante de Novo, el partido libertario brasileño), por supuestos malos manejos durante un cargo previo, como secretario de Medio Ambiente del estado de São Paulo, a fin de favorecer a empresas y amigos en la modificación de planes de manejo de reservas territoriales.

Adicionalmente, se reveló recientemente que su próximo ministro de la Casa Civil (una especie de jefe de Gabinete) Onyx Lorenzoni (un antiguo y muy destacado miembro de DEM, el partido liberal brasileño, aunque forma parte de la ODCA, los Demócratas Cristianos de América), está siendo investigado por recibir ilegalmente donaciones de empresas a fin de financiar campañas políticas; anteriormente ya se le había comprobado un cargo similar y tuvo que pedir perdón. Al menos otros tres ministros también estarían sujetos a controversias judiciales.

Estos casos que ponen en cuestión al propio Bolsonaro y a sus más cercanos (y que han dado material de sobra a medios tan parciales como RT, Telesur, etc.), sirven para dejar en claro que la corrupción es estructural a la política brasileña, como lo es en muchos otros países de la región. Lula, en tal sentido, no es un producto atípico de la política brasileña, sino apenas uno de sus representantes promedios; recordemos, simplemente, que el presidente Michel Temer dejará la Presidencia tan solo para quizá enseguida terminar en una mazmorra, por una investigación que se le hace por corrupción y blanqueo de dinero.

Por supuesto que puede haber políticos brasileños (y latinoamericanos) honrados e intachables. Pero serían raros. Verdaderos garbanzos de a libra. Es útil tener en mente esto ahora que de manera bastante irreflexiva se destacan las luces de Bolsonaro, sin reparar en sus sombras. Así que ese cuidado que debiera tenerse sobre los antecedentes de Jair Bolsonaro y su futuro gobierno, debiera también observarse con relación a su agenda.

Al respecto, su próximo Gabinete es un amasijo poco coherente: Un vicepresidente militar, un ministro de Hacienda liberal, una predicadora evangélica como ministra de Derechos Humanos, un militar nacionalista como jefe de su Gabinete de Seguridad, lobistas de empresas de agronegocios en los ministerios de Agricultura y de Medio Ambiente, un militar inexperto al frente de la Secretaría de Gobierno (encargada de la negociación política con el Congreso), militares, más militares… Con tal diversidad, ¿qué puede salir mal?

Profundizando, creo que la agenda económica de Bolsonaro es valiente, coherente con las necesidades de desarrollo del país tras una prolongada y durísima recesión. En problema estaría pues en otra parte, que debiera de considerarse con detenimiento, sin extenderle un cheque en blanco solo porque su propuesta económica suena bastante bien (otra cosa muy distinta será que logre aplicarla, ante su minoría parlamentaria).

Así, Bolsonaro ha prometido mano dura contra la delincuencia, el narcotráfico y la corrupción, con un discurso populista que pone el acento en la seguridad pública y que comienza a copiarse en otros países, por sus réditos políticos en sociedades justamente desesperadas frente a la delincuencia y la violencia de todos los días, pero por ello, con un alto nivel de tolerancia ante posibles violaciones a los DDHH.

En consecuencia, Bolsonaro ha propuesto usar a las Fuerzas Armadas en tareas de combate a la delincuencia, como prometió en campaña, aplicando un discurso de duro militarismo que está en auge en toda la región, como ya podemos ver en las estrategias militaristas de los gobiernos de Bolivia, México y Paraguay, de muy distinto signo ideológico unos de otros.

Militarizar la seguridad pública implica incorporar la idea de una guerra interna (así lo ha dicho Bolsonaro abiertamente) para utilizar, por tanto, técnicas de guerra y una relación más agresiva y de sospecha en el trato con la ciudadanía, abriendo la puerta a eventuales violaciones a DDHH por parte de las Fuerzas Armadas, los cuerpos de seguridad y el propio gobierno (es el “dispara primero y averigua después” que conocemos bien en México). Esto en un país con unos ya de por sí altísimos índices de homicidios y de letalidad policiaca.

Adicionalmente, Bolsonaro ha propuesto reducir la edad de responsabilidad penal, a los 16 años, limitar las penas de prisión reducidas y dar cobertura legal a las fuerzas de seguridad por delitos cometidos en el cumplimiento del deber. Está por verse cómo afectará todo esto a los Derechos Humanos y en la tolerancia y respeto a diversas minorías (LGBTI, indígenas, negros, etc.), pero las perspectivas no son tranquilizadoras, en vista del propio historial discursivo de Bolsonaro, del que él tanto se enorgullece.

El temor de algunos de que Bolsonaro pueda atentar contra algunas minorías debe tomarse con seriedad. Bolsonaro está obligado a cumplir su promesa de “gobernar para todos los brasileños sin distinción de raza, sexo o religión”. Y los libertarios debiéramos de ser los primeros en exigírselo, por mera congruencia (y por profunda convicción respecto a todo gobierno, cualquier gobierno, de cualesquiera signo ideológico), en lugar de extenderle apresurados y truchos certificados de “hermandad” en ideas.

Desde mi perspectiva (limitada y personal como es), Bolsonaro simplemente es un populista que ha hecho sintonía con algunos aspectos del discurso libertario, del que se ha servido para presentarse como un político “anti sistema”, a pesar de que desde 1991 ha ocupado cargos legislativos (¡casi 30 años como diputado!, con un desempeño más bien gris, solo destacable por sus escándalos). Pero toda su prédica política, de seguridad, de moralidad religiosa y de orden social son meras regurgitaciones del más crudo conservadurismo, que le han acercado a otros conservadores latinoamericanos, que por mero marketing o calculada indefinición se dicen “libertarios”.

Pero liberales y libertarios no luchamos por imponer un modelo de sociedad. Buscamos tan solo la libertad del individuo, la libertad de que le dejen en paz. Cuando supuestos libertarios buscan imponer un modelo dado de sociedad o de moralidad, en esa misma medida se alejan de las ideas libertarias. Porque tarde o temprano para imponer ese modelo (o en temas específicos tales como aborto, matrimonio, sexualidad, idea de familia, educación, etc.) lo harán con la fuerza del Estado.

Muchos de los libertarios que hoy nombran a Bolsonaro como una especie de hermano mayor o guía moral y política (el gran Capitão), son meros nuevos fanáticos obsesionados con mejorar a la humanidad. En masa y a la fuerza si fuera necesario. En la lucha personal que creen a muerte contra la izquierda (con su mantra todoterreno del “marxismo cultural”) han olvidado que Libertad no es coacción, no es amenaza, no es violencia, no implica vulneración de derechos de otros: es libertad, sin imponer y sin que te impongan, sin que te den y sin que te quiten, sin agredir y en tolerancia.

La manipulación de la esperanza y su par, la desesperanza, tiene consecuencias, reales, sin importar si esa manipulación es hecha por la izquierda o los conservadores o quien fuera. Y los libertarios debiéramos ser, en mi humilde opinión, los primeros en advertir de los peligros supervenientes, antes que aplaudir y vitorear a los nuevos manipuladores, solo porque supuestamente son “libertarios”.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Con apenas 15 días en el puesto (15 días que ciertamente se sienten como meses), el de López Obrador es un gobierno de muchas expectativas y en contraste, no solo de pocos logros (lo que sería natural por el escaso tiempo de ejercicio), sino al contrario: de muchos, muchos estropicios y desencantos.

Los mexicanos presenciamos todos los días (a veces con burla, otras con furia contenida o impotencia) las decisiones erróneas y las declaraciones desafortunadas de los nuevos funcionarios, y también vivimos la decepción porque las cosas no salen según lo prometido o lo esperado por las altas expectativas de la gente. Cómo estarán las cosas que ahora, en ese cuadro, hasta el ex presidente Peña Nieto les parece a muchos un ejemplo de estadista y de gobernante prudente.

Frente a ello, el gobierno de López Obrador parece únicamente empecinado en destruir los logros de los gobiernos anteriores, tales como el Aeropuerto de Texcoco, el Seguro Popular, la Reforma Educativa, la Reforma Petrolera, la autonomía y el profesionalismo de muchas instituciones que se fueron ganando en la larga transición democrática del país; al respecto, incluso se habla de la posibilidad de un golpe de Estado judicial en ciernes, el primero en la ya larga historia institucional de México.

La actual disputa entre López Obrador y la Suprema Corte de Justicia, por la ley que reduce sueldos en todo el aparato estatal mexicano, para que nadie gane más que el presidente de la República, así como los masivos despidos de la actual burocracia, por haber servido a los regímenes “neoliberales”, por parte de los nuevos funcionarios designados por López Obrador, en realidad solo buscan la mayor cantidad de renuncias y puestos de poder, para allí acomodar a los adictos al nuevo mandamás y su corte: López Obrador quiere lealtad completa y una burocracia voluntariamente ciega que solo le rinda cuentas a él. A cambio, el costo será una nueva burocracia inexperta, centralizada, temerosa, con una empinada curva de aprendizaje, que por ello, impedirá que muchas políticas del nuevo gobierno salgan bien u obstaculizarán su implementación. Se vienen días aún más aciagos en el nunca eficaz ni eficiente (ni honesto) Estado mexicano.

A ello sumemos las pérdidas económicas ya resultantes de la gestión del nuevo gobierno. Solo la cancelación del Aeropuerto de Texcoco, por ejemplo, costará al menos 13,500 millones de dólares, sin considerar los costos de los litigios por la cancelación injustificada, el pago de las líneas de crédito que utiliza el proyecto, la reparación del terreno actual y, al final, los costos por adecuar las alternativas aeroportuarias en que se ha empecinado el nuevo gobierno. Al final, resultará que era más barato concluir Texcoco que entrar al berenjenal en el que se está convirtiendo el asunto, por la soberbia y la inexperiencia del nuevo gobierno.

Como consecuencia, esto ha quitado a los inversionistas confianza en lo que suceda en el país en el corto y mediano plazos, induciendo a un encarecimiento permanente del dólar, abruptas caídas en los mercados, salida de capitales, aumentos en tasas de interés y en el servicio de la deuda, renuencia a invertir y pérdidas de oportunidades económicas y de empleos, muchísimos empleos. La situación se complicará con el inminente aumento por decreto al salario mínimo, que presionará las expectativas inflacionarias y de un mayor desempleo. Muchas de estas consecuencias económicas las seguirá resintiendo el país, aún después de que López Obrador deje el cargo, tentativamente en 2024.

La imposibilidad del nuevo gobierno de comunicar mejor sus objetivos, presentar una agenda en positivo y dejar de demonizar a sus críticos y opositores, ha resultado en una mayor crispación social, de por sí intensa tras la polarización resultante en el pasado proceso electoral. La reciente tentativa de ataque físico a miembros de la Suprema Corte, junto con la supuesta propuesta de desaparecerla y convertirla en un Tribunal Constitucional, eligiendo incluso por elección popular a los nuevos ministros, o bien, la supresión de algunos espacios informativos críticos al gobierno, en apariencia por el deseo de los dueños de los medios de comunicación de no enemistarse con López Obrador, ejemplifican bien el estado de alarma pública por un desaseado y equívoco manejo de los temas por parte del nuevo gobierno y su mayoría en el Congreso.

Frente a ello, sorprende un poco que los otrora partidos dominantes en el sistema político mexicano, sean hoy organizaciones meramente testimoniales, y hasta fantasmales, en oposición al partido del presidente López Obrador, absolutamente dominante en las dos cámaras del Congreso federal. Hoy la única oposición real a López Obrador está en algunos medios de comunicación y, sobre todo, en una ciudadanía crítica, actuante en múltiples y atomizados grupos de activistas, a los que lo único que los une es evitar, por métodos democráticos, un regreso al pasado autoritario.

México con López Obrador hoy experimenta una regresión política y se encamina de nuevo al autoritarismo que hace casi 20 años creíamos haber dejado atrás, ilusoriamente, para siempre. No es posible aún saber si esa restauración autoritaria tomará la forma de un populismo corruptor como el del PRI de los 70s o bien, uno aún más destructivo, como el chavismo bolivariano. La llamada Cuarta Transformación de López Obrador es, por ahora, un régimen anfibio entre ambos escenarios.

La democracia ha mostrado en México sus limitaciones y contrahechuras: Ésta hizo posible que A y B se unieran para “castigar” a C, quedando C en la indefensión, mientras B se va dando cuenta, amargamente, de que fue el tonto útil del cuento y que pagará las consecuencias. Lo que pasó entonces en México no fue ni democracia ni justicia, sino un simple asalto multitudinario. “Se las metimos doblada”, dijo muy gráficamente uno de los comisarios políticos del nuevo régimen.

Por ello, hoy más y más ciudadanos van dándose cuenta de que decisiones irresponsables o de simple protesta, tienen consecuencias reales en su vida, en forma de malos gobiernos y peores gobernantes, tal como lo había advertido Ludwig von Mises (en Omnipotent government: the rise of total state and total war): “El culto del Estado es el culto de la fuerza. No hay amenaza más peligrosa para la civilización que un gobierno de incompetentes, corruptos u hombres viles. Los peores males que la humanidad haya tenido que soportar fueron infligidos por los malos gobiernos”.

En México hay un ambiente de desengaño y alarma, por parte de muchos que ya se han convencido de que el de López Obrador será un mal gobierno. Solo estamos expectantes frente al número y la magnitud de los males por infligir. Ojalá que a ese desengaño ciudadano le siga rápidamente una actividad constructiva en defensa de sus libertades y derechos, para que el daño sea limitado y los culpables transitorios.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

La credibilidad de un gobierno, y con él, de un país (al menos mientras los gobiernos ocupen espacios tan amplios en la actividad económica) es fundamental para asegurar estabilidad, promover políticas públicas serias, fomentar un mejor clima de negocios, atraer inversiones y con ello, crear más y mejores empleos, los que promueven a su vez mayor consumo y más consumidores, y bajo su empuje, de nuevo más empleos: oportunidades de mayor bienestar.

Por el contrario, los inversionistas huyen como la peste de países donde el capricho es el sustento de las políticas públicas o de las leyes; nada es seguro en un país de políticos caprichosos y arbitrarios. La irresponsabilidad y el capricho políticos son repelentes del dinero y de los inversionistas. Hoy ese es el caso de México con Andrés Manuel López Obrador, que aunque aún no toma posesión de la Presidencia, amenaza con regresar a México al “país de un solo hombre” y de “la Presidencia imperial”, propios de la etapa del PRI hasta inicio de los años 90s.

En apenas unos meses (y reitero: sin haber tomado aún el poder), López Obrador y su coalición gobernante ya en el Congreso, causaron un gran estropicio económico: un fuerte aumento del dólar, caídas en el mercado de valores, un aumento en la deuda del país, por la volatilidad cambiaria, una caída del 75 por ciento en la inversión extranjera directa durante el tercer trimestre, una reducción de empleos registrados en la seguridad social, y una inicial estampida de inversiones hacia mercados con mayor confianza y previsibilidad.

Esto lo lograron cancelando un mega aeropuerto ya muy avanzado en su construcción, mediante una ilegal y sesgada “consulta ciudadana” (organizada, vigilada y dictaminada por su propio partido y cuya figura será, al parecer, en lo sucesivo, su instrumento preferido para pasar por encima de toda legalidad), y las millonarias pérdidas causadas a las empresas privadas y fondos de pensiones que habían invertido en el aeropuerto; enseguida, un proyecto de ley para usar las reservas internacionales del Banco central para “promover” el “desarrollo”, otro más para eliminar las comisiones por los servicios bancarios, y uno más para expropiar los fondos privados de ahorro para el retiro, junto con el anuncio de endurecer la regulación contra las compañías mineras, desplomando su valor, y el propósito de crear el Tren Maya y la Refinería de Dos Bocas, que en el papel se ven como megaproyectos fantasiosos e improductivos, entre los principales desatinos.

Como consecuencia, en octubre salió una importante cantidad de dinero del mercado de deuda mexicano: Más de 11 mil millones de dólares, en parte (aunque no exclusivamente) por la tensión causada por la cancelación del proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de Texcoco. Y apenas hace unos días entraron a Brasil 367 millones de dólares, mientras que en México salieron 214 millones de dólares de los mercados de valores, siendo México el único mercado emergente con pérdidas. López Obrador y su coalición van demostrando que el populismo y la irresponsabilidad son costosos.

Al respecto, resulta muy interesante comparar esta situación con la de Brasil y el gobierno venidero de Jair Bolsonaro, electo poco menos de cuatro meses después que López Obrador. Ambos asumirán el poder con apenas un mes de diferencia. Su sincronía permitirá una privilegiada observación de dos estrategias económicas diametralmente opuestas, y de sus resultados finales, en las dos principales economías de América Latina: Una estrategia, la de López Obrador, de redistribución de la riqueza; la otra, de creación de riqueza.

En contraste con López Obrador, los primeros anuncios económicos de Jair Bolsonaro, en Brasil, han sido serios, cautelosos y dirigidos a crear condiciones de certeza y credibilidad. Así, el área económica del gobierno brasileño y la empresa petrolera están siendo ocupadas por los llamadosChicago Boys, lo que sin duda es una buena noticia, en vista de los resultados excepcionales (vigentes hasta la fecha) de esta Escuela económica en un país como Chile.

Pero no todo será sencillo para el gobierno Bolsonaro: el Congreso brasileño ya ha puesto freno a algunos proyectos de su próximo gobierno. Si no logra destrabarlos, negociando con el podrido sistema de partidos brasileños, otros proyectos como la privatización de empresas estatales o, más aún, la indispensable reforma del sistema de pensiones y la reducción del persistente déficit fiscal, serán simples castillos en el aire.

Apenas el año pasado, Brasil dejó dos años consecutivos de crisis, la peor recesión de su historia, creciendo apenas 1 por ciento. La expectativa es que este año crezca alrededor del 1.3 por ciento y que el crecimiento vaya incrementándose lentamente a futuro. Estas previsiones, modestas, han recibido un fuerte impulso con la elección de Bolsonaro, al grado de que al impacto positivo en la economía brasileña por su elección ya se le llama el Bolsorally.

De esa manera, ya se anuncian millonarias inversiones en Brasil, por parte de empresas globales como EneliFood, Toyota, Shell, Carghill y otras, en sincronía con la confianza que Bolsonaro genera en los mercados. Del mismo modo, ya se habla de lograr un mayor acercamiento con la economía estadounidense, quizá en detrimento de Mercosur, y un freno a la creciente presencia de China en la economía brasileña.

Así, parece ser un hecho que las inversiones que salgan de México, como efecto de la incertidumbre política y económica, irán principalmente a Brasil, tal como ya lo pronostican las principales empresas calificadoras y los fondos de inversión, apuntalando el crecimiento en ciernes de ese país.

De tal modo, hay un inicial trasvase de fondos e inversiones de México a Brasil, que podría acrecentarse en el futuro, si el nuevo gobierno mexicano no logra transmitir calma a los mercados o su coalición partidaria sigue actuando irresponsablemente. El tiempo que tarde en lograrlo será crucial: Un año espantando inversionistas y empresas podrían significar desperdiciar medio periodo de gobierno de López Obrador. O más. Esto lo lamentaremos muchísimo si es que llega a concretarse el escenario de recesión en EEUU, que los especialistas prevén para 2019 o 2020: en lugar de aprovechar el sólido crecimiento actual de EEUU, estuvimos desperdiciando el tiempo “ablandando” inversionistas (¿a fin de prepararlos para un esquema irregular de financiamiento político similar al Lava Jato de Lula Da Silva? Pareciera).

El dinero no tiene ideología. Solo busca condiciones de confianza para crecer y multiplicarse. Y por ahora, los mercados han dictado un KO claro a favor de Bolsonaro y en contra de López Obrador en el terreno económico. Por desgracia, no se ven señales de que López Obrador mejore en el futuro cercano su desempeño. Al contrario: su daño a la economía podría extenderse también a la democracia y al Estado de Derecho.

Sobre Bolsonaro hay dudas reales sobre su real compromiso con la democracia y los Derechos Humanos. Sobre López Obrador hay cada vez menos dudas, cómo dejan ver sus teatrales “consultas ciudadanas”, su culto a la personalidad, su propuesta de centralización del poder, atacando el federalismo y la división de poderes… Pero en unos días, una vez tomando el poder, tendremos hechos reales de uno y otro, no solo declaraciones y proyectos.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Dos artículos recientes se preguntan si llegó la hora de empujar a Nicolás Maduro fuera del poder en Venezuela. Uno es de Richard Hass, presidente del Council on Foreign Relations de EEUU. El otro fue escrito por Jorge G. Castaneda, ex secretario mexicano de Relaciones Exteriores. La revista colombiana Semana también dedicó su número más reciente al tema. Con distinta intensidad y argumentos, los tres trabajos se responden que pese al doloroso drama de la población venezolana, aún no están dadas las condiciones para un eventual Golpe de Estado o una intervención militar externa, existiendo aún algunos (pocos) recursos para presionar a Maduro y su régimen.

Pero el clamor para sacar del poder a Maduro se acrecienta. A mediados del recién concluido mes de septiembre, el propio secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) habló abiertamente de la posibilidad de una intervención militar para expulsarlo del poder. Donald Trump habla de lo mismo un día sí y otro también, mientras anuncia nuevas sanciones a funcionarios venezolanos, y se filtran informaciones de que militares rebeldes venezolanos se entrevistaron con funcionarios del gobierno Trump. Iguales declaraciones hace el nuevo presidente colombiano, Iván Duque, así como analistas militares norteamericanos.

A ello se suman otros acontecimientos que hablan de la creciente desesperación internacional en contra de Maduro, aunque ninguno de ellos tendrá un efecto inmediato y quizá tampoco ningún efecto práctico. Así, seis países americanos pidieron a la Corte Penal Internacional (CPI) que abra un proceso contra el gobierno venezolano por abusos a los Derechos Humanos, en la primera ocasión que Estados miembros refieren ante el tribunal a otro Estado miembro. Paralelamente, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU adoptó el jueves una resolución histórica sobre Venezuela en la que demanda al gobierno de Maduro “aceptar la ayuda humanitaria” para solucionar los problemas de falta de alimentos y medicamentos, y pidió a la presidente del Consejo, Michelle Bachelet, que presente un “informe completo” sobre la situación en Venezuela en la 41 sesión del Consejo, que tendrá lugar hasta junio de 2019.

Los organismos internacionales más respetados en materia de DDHH también echan luz sobre la “violencia armada endémica” en Venezuela, la cual ha provocado un aumento de las ejecuciones extrajudiciales practicadas por el Estado y que están especialmente dirigida hacia jóvenes pobres, y sobre las crecientes evidencias del grado de brutalidad dictatorial que ha alcanzado el régimen chavista bajo el mando de Nicolás Maduro. Hoy, Maduro es tan indefendible y tan impresentable como lo fueron en su momento Fidel Castro o Augusto Pinochet.

Pero a pesar de la creciente repulsa internacional en contra de Maduro y su régimen, conviene preguntarse si es obligación de los gobiernos, ciudadanos y contribuyentes de otros países el expulsarlo del poder, por cualquier medio. No sé que responderá usted, lector, pero en lo personal creo que no. Gobiernos y ciudadanías de América Latina ni siquiera pueden arreglar sus economías ni sus contrahechos regímenes políticos como para aspirar a arreglar medianamente bien los de Venezuela. Una solución real y duradera a la tragedia venezolana sólo puede venir de los propios venezolanos, que fueron, al final de cuentas, quienes eligieron a Maduro. Y en dos distintas oportunidades, en una reiteración de lo que, ya en el siglo XVI, Étienne de La Boétie llamó, no sin cierta perplejidad, la “servidumbre voluntaria”.

Al respecto, no debemos subestimar el apoyo popular con el cual aún cuenta Maduro dentro de Venezuela: Mandatarios como Enrique Peña Nieto o Michel Temer estarían satisfechos con sus números. Si bien tal apoyo es claramente minoritario porque la mayoría de los venezolanos quiere un cambio, las evaluaciones recientes de su respaldo se mantienen, en parte debido a las políticas sociales de su gobierno, la inscripción (obligada pero creciente) en el llamado Carnet de la Patria (por el cual se distribuyen subsidios, bonos y racionamientos a las clientelas chavistas) y el aumento sustancial de los salarios, aunque tales aumentos pronto se desvanezcan en el aire hiperinflacionario. Podrá alegarse que tales instrumentos no son más que demagogia o perversidades populistas, pero son populares (como todo populismo, claro), le generan respaldo y le permiten a Maduro y al chavismo comprar tiempo.

Tiempo extra que vale el doble si consideramos que no hay actores en la oposición que sean, ahora, una alternativa real a Maduro. Esto en parte gracias a las duras restricciones y la represión contra la oposición, y también, por el desprestigio de la mayoría de los líderes opositores, por no hablar de que muchos de tales “opositores” no son más que versiones light de Maduro: creen lo mismo que él, en sus mismas “soluciones”, harían casi lo mismo que él, sólo que con manos limpias, lavanda y mejores modales.

¿Qué es pues lo que los países del continente pueden hacer para erradicar la podredumbre del chavismo, representada por Nicolás Maduro? Poco en realidad. Pero más de lo que han hecho hasta ahora. Podrían tratar de aislar diplomáticamente al régimen; perseguir financiera y judicialmente a sus principales funcionarios; dar y promover un mayor reconocimiento político y protagonismo a los actores en el exilio (aunque muchos ellos no sean más que chavistas caídos en desgracia); aplicar un embargo al petróleo venezolano, para retirar al chavismo todo soporte financiero; remover obstáculos para que los migrantes venezolanos sean inmediatamente productivos en los países de acogida. Pueden hacer aún algunas cosas, más allá de la sola retórica empleada hasta hoy, antes de siquiera plantearse apoyar un golpe de Estado o, peor aún, una intervención militar concertada.

Las experiencias de países como Irak o Afganistán o Ucrania muestran que una intervención externa no resuelve ninguna crisis. Al contrario: las perpetúa. Máxime en un escenario como el venezolano, en donde Cuba, Irán y China comandan allí una intervención de baja intensidad. La dura realidad es que una intervención militar externa en Venezuela no es la panacea para sus actuales y gravísimos problemas. De hecho, es posible que empeorara las cosas en una vorágine de extremismos, oportunismos y guerra civil. Al respecto, es útil recordar lo que dijo Ron Paul a propósito de la crisis en Ucrania: El intervencionismo mata.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra