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Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

El pasado primero de julio el tsunami del López-obradorismo superó prácticamente todas las expectativas y arrasó incluso en estados como Nuevo León, que tradicionalmente habían sido percibidos como abiertamente hostiles contra la figura y el mensaje del ahora presidente electo. Sólo hubo una discrepancia en ese consenso electoral: Guanajuato, convertido en la única isla azul en medio de un mar de Morena.



Quien busque comprender por qué, necesita voltear la mirada tanto hacia la historia como la composición del panismo local. Y ese panismo guanajuatense, como alguna vez lo explicó el ya fallecido don Jorge Dávila (uno de los decanos de ese partido en el estado) no se entendería sin la figura del doctor López Sanabria.”

Por eso acepté de inmediato el ofrecimiento, por parte del Dr. Éctor Jaime Ramírez Barba y la fundación López Sanabria, para editar y darle un nuevo giro a la biografía Juan Manuel López Sanabria, titulada ahora “El Principio del Cambio”, la cual tuvimos el honor de presentar el pasado lunes 3 de septiembre, en el teatro María Grever, de la ciudad de León. A continuación, les comparto algunas de las reflexiones que comenté en el evento.

Para quienes no sean de estos rumbos, López Sanabria fue durante varias décadas la principal figura de la oposición democrática en Guanajuato, líder regional de los panistas y una excepción en el panorama de la “grilla”, por su alto perfil de prestigio social en una época donde militar en un partido de oposición implicaba el desprecio o al menos el recelo de la alta sociedad, y la constante vigilancia de autoridades con un muy tenue sentido de la diversidad democrática.

Aun a pesar de eso, Juan Manuel López Sanabria logró convertirse en diputado y labrarse un prestigio generalizado en el ambiente político guanajuatense, pero irónicamente fueron las dos campañas que no ganó oficialmente las que generaron el mayor impacto en la historia del PAN y de Guanajuato: La elección a Presidente Municipal en 1976 y la elección a Gobernador en 1985.

Especialmente la campaña de 1976 fue un parteaguas en más de un sentido. López Sanabria modernizó radicalmente la mercadotecnia de campaña, al apostar por una estrategia de cambios semanales en la publicidad, generando una gran expectativa incluso a pesar de tener un presupuesto mucho más pequeño que el de su rival del PRI. Fue pionero también de los análisis de lo que hoy conocemos como rentabilidad electoral y de un discurso que bajo al PAN de las alturas de la filosofía al terreno de los hechos y a la voz de la gente. Como reconoce Ling Altamirano, Acción Nacional le debe a López Sanabria “la apertura a sus propias bases”, es decir, a los militantes que hacen el trabajo en las colonias y en las comunidades.

El resultado de esa campaña fue un triunfo contundente, justo en 1976, el peor año en la historia del PAN, cuando el partido estaba tan dividido que ni siquiera pudieron presentar candidato a la Presidencia de la República, y cuando muchos veían al blanquiazul sumido en una decadencia irreversible. Justo ahí, López Sanabria ganó el voto de los leoneses, pero el régimen no estaba dispuesto a reconocerlo.



Siguieron semanas de tensiones y finalmente un punto medio. Aunque la victoria de Juan Manuel no fue aceptada, el candidato del PRI no consiguió consolidar la usurpación, y en su lugar se nombró a una Junta de Administración Civil, cuya exitosa gestión marcó el inicio del León moderno, incluyendo el arranque de la construcción de los bulevares y del Poliforum, que hoy definen el paisaje urbano y productivo no sólo de la ciudad, sino del estado.

9 años después, en 1985, el propio López Sanabria encabezó la campaña a gobernador que impulsó la consolidación de una estructura panista a nivel estatal y demostró que el partido estaba por fin listo para competir de tú a tú con el PRI en las grandes ligas y no solo en municipios aislados.

Un año más tarde falleció en un accidente automovilístico, y no pudo ser testigo de los grandes triunfos que lograron sus pupilos a partir de 1988, pero su influencia en ellos es indiscutible, y en su legado hay 5 cosas que sus compañeros de partido y los ciudadanos en general haríamos bien en tener en cuenta:

  • Recuperar la valentía, para enfrentarse al sistema incluso cuando todas las circunstancias están en contra.
  • Recuperar la alegría, para evitar la tentación de cinismo pesimista, tan peligrosa en la arena pública.
  • Recuperar la efectividad, para entender que no se trata de oponerse por el mero testimonio, sino de hacer todo lo que se pueda, y hacerlo bien.
  • Recuperar la humildad, algo que les urge a los líderes sociales en este país, pero una humildad de a de veras, no de retos Tupperware.
  • Recuperar la esperanza, de que la situación puede mejorar y de que en nuestras manos está al menos una pequeña parte de esa solución.

Seguramente no era perfecto, pero fue uno de los mejores y más efectivos ejemplos de vida en la oposición mexicana al viejo PRI, y por ello es muy necesario recuperar su legado en el 2018, especialmente para quienes tras el primero de julio quedamos convertidos en la oposición, desde los partidos y desde la sociedad, al nuevo monstruo de estado, que ahora se llama Morena. Pues ahora, como en 1976, y como decía López Sanabria, donde termina el miedo empieza la libertad.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Hiram Pérez Cervera*

“Si sólo se tratara de la ruina del PRI como partido, tal vez me daría gusto; pero se trata de los destinos de la patria, común a todos los mexicanos y por eso les hacemos las advertencias dichas, aunque moleste a algunos de los oyentes”

José González Torres.

Históricamente, Acción Nacional es el único partido que no surgió gracias a una división interna del PRI, más bien fue producto de un esfuerzo intelectual por buscar una fuerza que fuera capaz de responder al colectivismo que reinó en nuestro país en aquellos tiempos.

Hablo de colectivismo porque, en el partido dominante existieron dos corrientes, la primera respondía a la moda teórica del momento, el marxismo; la segunda obedecía a un ideal nacionalista más moderado con respecto al anterior, pero en la práctica, igual de dañina en el sentido de que ambas tienen como punto en común la completa sumisión del individuo a la voluntad proletaria o nacional, respectivamente.



El pilar más fuerte de la doctrina filosófica panista es el respecto a la dignidad del individuo, en tanto lo reconoce como persona con voluntad propia y con necesidades que trascienden lo meramente material, razón por la cual existió un vínculo fuerte con la defensa de principios apegados a la propiedad privada y la libre empresa. Por eso no es casualidad que figuras con un fuerte apego a los ideales de la libertad, tales como Luis Pazos, Pancho Búrquez o Jorge Triana, provengan de este partido.

Dicho lo anterior, es importante destacar que, a raíz de la llegada al poder en el año 2000, estos ideales doctrinales fueron cediendo ante un pragmatismo que, en la actualidad, llegó a niveles insanos. La ciudadanía ha mostrado su desconfianza y es algo que Acción Nacional tiene que plantearse de manera muy seria, situación que también advierte el actual senador por el estado de Sonora, Francisco Búrquez, al decir que este partido tiene un pie en la tumba.

Ahora que el PAN se encuentra al inicio de un proceso para renovar su dirigencia, es necesario que deje el pragmatismo político a un lado, que deje la búsqueda de un voto progresista que jamás será por la opción azul.  En este sentido, Acción Nacional permitió que se colaran en su doctrina aspectos que son abiertamente contrarios a la doctrina filosófica que se ganó la confianza de la gente en el pasado.

Como nueva oposición, este partido tiene que tener la audacia de salir a la defensa de la ciudadanía como lo hizo en el pasado, fuere en la tribuna del Congreso o en las calles junto con la gente de a pie, donde sin ningún temor podían señalar los atropellos y los errores del régimen desde la razón, pero, aún más importante, con ese respaldo moral que le fue característico y que no podía ser objetado por las élites en el poder. Ese es el PAN que México necesita hoy.

Ante el escenario complejo que el blanquiazul tiene en la actualidad, sólo un partido de convicciones genuinas y claras será el que pueda representar mejor a la ciudadanía, una vez que la desilusión se haga presente por el gobierno entrante. La escuela ciudadana que se propuso ser en un principio debe retornar con fuerza para que sean los principios y no el pragmatismo los que guíen la agenda política de esta institución, de otro modo nuestro país retornará nuevamente a sucesiones de gobiernos autoritarios cuyos resultados ya conocemos.



El Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) no tiene comprada todavía a la sociedad, de modo que el PAN tiene una importante área de oportunidad si vuelve a sus principios y hace las cosas bien de hoy en adelante, porque el principal reproche que la sociedad tiene contra este partido es el abandono paulatino de su integridad y sus principios, no es ese fantasmagórico neoliberalismo ni los miles de muertos de Calderón, sino la pérdida de esa esencia que hacía de Acción Nacional la única opción viable y creíble.

Todo esto no es meramente una cuestión partidista, más bien es una cuestión que puede modificar el curso de la vida política nacional, ya que es el único partido opositor que aún mantiene fuerza en nuestro país.

De ellos dependerá si resurgen de las cenizas o si fenecen como el PRI.   

*Hiram Pérez Cervera es internacionalista, enfocado en el estudio del impacto de la política sobre la economía. En twitter lo encontrará como: @hiram_perezc

Por: Víctor H. Becerra*

El socialismo fracasa siempre. No importa en que país, ni en que momento de la historia, pero siempre fracasa. La evidencia histórica es clara y contundente al respecto. Pero no es necesario remitirse mucho en el pasado, el que nos brindaría muchísimos ejemplos. Basta con ver lo que pasa hoy en Cuba, Nicaragua y Venezuela para apreciar la enorme magnitud de ese fracaso y sus dolorosas consecuencias.

El régimen cubano, por ejemplo, inició hace unos días la discusión de un nuevo proyecto de Constitución. En él se elimina el término comunismo, por lo que desaparece la referencia al “avance hacia la sociedad comunista”, si bien se mantiene al socialismo como política de Estado. También se añade “el reconocimiento del papel del mercado y de nuevas formas de propiedad, entre ellas la privada” y se destaca “la importancia de la inversión extranjera para el desarrollo económico”, aunque la planificación socialista constituye “el elemento central del sistema de dirección del desarrollo económico y social”.



Así, la dictadura cubana reconoce el fracaso del comunismo y el socialismo pero no cambia nada en lo sustantivo, de modo que “el socialismo y el sistema político y social revolucionario, establecidos por esta Constitución, son irrevocables”, y dicta que el Partido Comunista es “la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Aspira pues, a grandes rasgos, a trasplantar el modelo chino al trópico caribeño para remendar su fracaso económico y seguir reinando.

Tras largos 60 años en el poder, el régimen castrista reconoce así que erró en sus metas y estrategias, pero decide aferrarse al poder, elaborando una nueva constitución a su modo y para su beneficio, sometiéndola a una consulta controlada, solo para mejorar su imagen. “A falta de pan, hagamos circo”, parece decir la dictadura cubana: el proyecto deberá discutirse en 135 mil asambleas públicas y después, aprobarse en referéndum. Una inmensa puesta en escena en un país que controla la vida de cada ciudadano, no sólo públicamente, sino uno a uno, vecino a vecino, casa por casa. Ni los nazis tuvieron semejante control: Hitler creó comités de vigilancia por regiones urbanas. Fidel Castro fue aún más lejos y los estableció en cada calle, en cada cuadra, instituyendo un sistema de control, delación e intimidación nunca antes visto.

En Nicaragua, el régimen de Daniel Ortega continua la represión contra sus opositores, contabilizándose 317 muertos hasta ahora y varios miles de heridos. Tras 11 años en el poder (y otros 11 años con anterioridad), en los que burló todos los procedimientos y reglas de la democracia liberal, en que secuestró instituciones y compró o eliminó opositores y críticos, Ortega ha llegado al punto de quiebre de todo socialista: usar la fuerza bruta para continuar en el poder, evidenciando así que su ambición y codicia están muy por encima de sus supuestos ideales.

Tras 100 días de protestas, son preocupantes los signos de que Daniel Ortega ha decidido atornillarse en el poder para siempre, con el apoyo del Ejército y de grupos paramilitares, siguiendo el ejemplo de los regímenes de Cuba y Venezuela. El apoyo público de estos regímenes a Ortega (y quizá también su apoyo en armas y grupos estrenados para reprimir), junto con el del Foro de San Pablo, habla de que se teme que su posible caída podría repercutir en la estabilidad del chavismo venezolano.

En Venezuela, en tanto, el FMI ha calculado que, este año, su economía se contraerá un 18 por ciento, totalizando una caída récord del 50 por ciento en los últimos cinco años, además de estimar que la inflación podría llegar al millón por ciento, entrando a la nómina de las mayores hiperinflaciones en toda la historia; en el futuro, quizá ya nadie hablará de las hiperinflaciones de Alemania o Zimbawue, sino de la de Venezuela, como modelo de lo que no se debería hacer.

De allí el reconocimiento de Nicolás Maduro: “Los modelos productivos que hasta ahora hemos ensayado han fracasado y la responsabilidad es nuestra”, como señaló recientemente. Pero ese mea culpa no es sino una estrategia para ir ganando tiempo, en espera de un milagro, que no se dará. La supuesta tentativa de magnicidio en contra de Maduro, el sábado pasado, que parece ser un montaje o un simple accidente doméstico usado políticamente, para distraer la atención de los problemas de Venezuela (y de Nicaragua), y tratar de unir a un crujiente chavismo, habla del nivel de desesperación del gobierno venezolano, desesperación que puede llevar a mayores locuras.

Dicho esto, la dolorosa experiencia de esos países debiera ser una seria advertencia para México. El ganador de la elección presidencial, Andrés Manuel López Obrador, ciertamente está (creo) lejos de cualquier veleidad socialista: es sólo un priista decrépito, anhelante de reconstruir el viejo presidencialismo autoritario de este país (aunque muchísimos de sus aliados son admiradores, cómplices jubilosos de los regímenes de Cuba y Venezuela). Pero sus proyectos se van encaminando a poner en cuestión todo principio de una democracia liberal.



Así, López Obrador anuncia crear una “Constitución Moral” para buscar el “bienestar del alma y fortalecer valores”. También propone quitar al Poder Judicial la facultad de controlar la constitucionalidad, imponer un fiscal anticorrupción adicto a él, establecer un sistema de jefes políticos o procónsules para sustituir a los gobernadores y consolidar la presencia territorial de su partido desde el gobierno, cuestionar facultades y atribuciones de autoridades autónomas (la autoridad electoral, las universidades públicas, el sueldo de los otros poderes), entre otros proyectos más y más desaforados (desaforados incluso para un régimen tan intervencionista como el mexicano). López Obrador parece ignorar todo límite legal y creer, en cambio, que su amplio triunfo le permite pasar encima de todo y de todos.

México podría así irse alejando de tal modo de la idea de una democracia liberal, manteniendo los procedimientos electorales pero solo para ir eliminando enseguida sus prácticas e principios, precisamente como hicieron los gobiernos de los que hablamos. De allí al salto al vacío del Socialismo del Siglo XXI podría mediar solo un paso.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]¿O[/dropcap]brador es el tirano? ¿Será un dictador estilo Chávez/Maduro, o un autócrata suave, de ese estilo priísta al que estamos más acostumbrados? Estas preguntas, con crecientes niveles de angustia, circularon durante la campaña, y se repiten especialmente a partir de la noche del 1ro de julio entre quienes no apoyamos a Andrés Manuel y observamos con auténtico terror como se imponía con más del 50% de los votos en la elección presidencial y con muy cómodas ventajas en ambas cámaras del Congreso de la Unión, sumiendo en el peor ridículo de su historia a sus rivales del Partido Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional, quienes por lo menos durante los siguientes tres años quedarán reducidos a una participación meramente testimonial en las decisiones políticas nacionales. Al menos de aquí al 2021, AMLO tendrá cancha libre para impulsar su agenda de gobierno.



El tema amerita varias reflexiones.

  1. El resultado de los comicios no se debe, en términos generales, a una negociación macabra o a los fantasmagóricos complots que en las últimas semanas se han sacado de la manga los equipos de Anaya y Meade para justificar su fracaso. La contundencia de su derrota se debió a que ambos hicieron una pésima campaña y a esto se sumó el rechazo de la mayor parte de la población hacia los consensos cupulares y las políticas que han impulsado durante las últimas décadas.

En especial los votantes reaccionaron en repudio hacia lo que hemos vivido en el gobierno de Enrique Peña Nieto, quien fracasó rotundamente en materia de comunicación. fue un desastre para construir percepciones, transmitir mensaje y construir una narración del sexenio, más allá de sus éxitos y fracasos en términos de política pública, que solo podrán juzgarse plenamente a la serenidad del largo plazo.

Para decirlo claro: Lo que vimos el 1 de julio fue ante todo resultado del fracaso tecnócrata en cuanto a construir un consenso ciudadano que respaldara los cambios legales y en especial las famosas “reformas estructurales” que son mayormente positivas, pero que se han logrado a través de negociaciones en la cima, sin molestarse en aterrizar esos acuerdos con la gente normal.

  1. El “problema o el “tirano” no es López Obrador como persona, sino que Andrés Manuel simplemente se ha aprovechado de una mezcla del tradicional anhelo autoritario de la sociedad mexicana (el viejo sueño de un papá gobierno encabezado por un caudillo justiciero que lo resuelve todo) y la evidente crisis de partidos e instituciones. La sombra de la tiranía de un Estado que interviene de más en la sociedad no sólo asomó su feo rostro en las propuestas de Morena, sino en las de los 4 candidatos presidenciales, porque ese tipo de propuestas paternalistas le gustan a la gente. Si hemos de buscar al tirano, la lista de culpables se extiende mucho más allá de Obrador. Incluso si, gracias a algún artilugio mágico, AMLO se hubiera disipado en el aire, los resultados electorales en estas elecciones hubieran marcado un giro hacia la izquierda y hacia la regresión, encabezado por alguien más.

Por lo tanto, al centrar todas las críticas y todos los temores en él, corremos el grave riesgo de cegarnos a la parte de responsabilidad que deben asumir los liderazgos del PAN, del PRI, de los empresarios y de la sociedad civil no obradorista. Dicho de otro modo: Terminada la campaña no podemos mantener y menos aún creernos el discurso de que Obrador es el gran tirano y el único culpable, a riesgo de condenar de antemano a cualquier movimiento opositor a la intrascendencia y la ineficacia.

  1. Muchas personas, y yo en primer lugar, habíamos previsto un escenario mucho más negativo en el caso de un triunfo de López. Cuando escribí sobre el “Amlocalipsis” lo hice con la absoluta sinceridad de lo que a mi leal saber y entender era un escenario extravagante, pero probable.

Sin embargo, por lo menos en el primer mes desde su victoria, Andrés Manuel se ha esforzado en enviar señales claras de que no pretende convertimos en Venezuela. En términos generales, las declaraciones del próximo mandatario y de sus consejeros en materia económica han ido de lo tranquilizador a lo directamente emocionante; hablan de ampliar las zonas económicas, de no incrementar los impuestos, de mantener las negociaciones con el TLC. En pocas palabras, lo que proponen implica conservar la esencia del rumbo macroeconómico que hemos vivido durante los últimos 30 años.

Aun así, no podemos cantar victoria, porque a pesar de todo, lo que se ha declarado hasta ahora es mero verbo. Tendremos que esperar a que Obrador empiece a gobernar para saber realmente cuál será el rumbo que tomará su administración, y para ello las primeras señales clave serán qué tanto margen de maniobra le da desde la Presidencia a sus asesores sensatos (gente como Alfonso Romo) y qué tanto le otorga a los delirantes (Noroña, Taibo y compañía).

No es lo mismo gritar sandeces desde la tranquila poltrona de la oposición, que enfrentar al toro en medio del ruedo.

  1. El pésimo manejo que del equipo de Andrés Manuel ante el escándalo por el fideicomiso de morena para “apoyar” a las víctimas del sismo, que supuestamente se desvió para gastos de campaña en las pasadas elecciones, nos recuerda una profunda verdad de la democracia: No es lo mismo gritar sandeces desde la tranquila poltrona de la oposición, que enfrentar al toro en medio del ruedo.

Las primeras señales, incluyendo el gaffe de los aluxes y el fiasco del fideicomiso, muestran que, ya con la dificultad añadida de estar en la silla presidencial, el manejo de la comunicación de López Obrador pudiera llegar a ser incluso tan malo como el de Peña Nieto. En los tiempos de las redes sociales manejar la política y la comunicación social al estilo antiguo es imposible; Eso lo aprendió el PRI por las malas entre 2012 y 2018, y pareciera que ahora a Morena le toca repetir la lección.

  1. Cada vez queda más claro que el objetivo obradorista no es convertirnos en la nueva Venezuela, sino en todo caso en el México del viejo PRI, centralizando las decisiones en el presidente y en su estructura cercana, a través de los súper delegados nombrados por Andrés Manuel para manejar directamente los recursos federales de los que dependen los gobiernos estatales para su propia subsistencia política.

En su planteamiento administrativo, Obrador deja ver el anhelo de la presidencia imperial, pero, una vez más, la época y los escenarios han cambiado. Para tener éxito Andrés Manuel deberá equilibrar la nostalgia del pasado con la creatividad y el dinamismo de los nuevos tiempos.

Hablando en plata: Si lo que pretende es copiar el autoritarismo de antes, se va a quedar muy corto. En todo caso tendrá que inventar un nuevo autoritarismo y en la administración pública, como en la vida misma, crear desde cero es exponencialmente más difícil que replicar modelos previos, así que el éxito de su administración no está, ni mucho menos, asegurado.

AMLO acierta al enfocar su estrategia en el diálogo y en la empatía con Trump.

  1. En relación a su trato con Estados Unidos, la carta de Andrés Manuel a Trump fue muy criticada por quienes todo le condenarán a Obrador, pero siendo objetivos, en este tema Andrés Manuel está haciendo lo correcto, incluso a pesar del enojo de la prensa fifí, tan acostumbrada a adular los demócratas.

AMLO acierta al enfocar su estrategia en el diálogo y en la empatía con el Presidente de los Estados Unidos. Efectivamente el Obrador del 2018 tiene muchas similitudes en su campaña y su planteamiento con los de Donald Trump, y esas semejanzas se volvieron más evidentes por la necia idea de Ricardo Anaya de copiarle la estrategia perdedora a Hillary Clinton. Desde la propia campaña, Obrador y el Bronco eran los menos delirantes al hablar de la relación con los Estados Unidos, y al menos hasta este momento, Andrés Manuel está ratificando esa sensatez ya en la diplomacia práctica.

  1. Finalmente, ¿qué nos toca hacer en este escenario a quienes no votamos por Obrador, no queríamos que fuera presidente y no estamos de acuerdo con él?

Lo mismo que si hubiera ganado Anaya o Meade:  respaldar lo correcto y denunciar los errores, analizar un paso a la vez, dividir bien las culpas de lo que pasó y entender que en todo caso, incluso en su peor faceta, Obrador no es el tirano que salió de la nada, sino la consecuencia de una tendencia autoritaria e inmadurez política que comparten todos los colores y todos los espacios del diálogo público en este país.



Concluyendo: Vista la enorme derrota que nos encajaron en las elecciones federales, nos queda deslindar responsabilidades para entender bien por qué nos pasó el tren encima. Mientras tanto a esperar lo mejor, prepararnos para lo peor y construir alternativas para el futuro, conscientes de que Obrador no necesariamente es el tirano, pero esa tiranía está latente en el propio sistema, y Andrés lo va a controlar con muy pocos contrapesos. Así de claro, aunque duela.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]as elecciones en México entran a su etapa decisiva, aunque anti-climática. A veinte días de la elección presidencial la única disputa real es por el segundo lugar, según indican todas las encuestas. Si la elección fuera hoy, Andrés Manuel López Obrador obtendría alrededor del 50% de los votos, en apariencia, una proporción no vista desde las épocas en que el PRI era el partido hegemónico, durante el siglo pasado.

Por supuesto que la aparente inevitabilidad del triunfo de López Obrador y la enconada disputa entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya por el segundo lugar, han propiciado un ambiente sobrecargado de tensiones en la política mexicana, agravado por los 112 asesinatos y más de 400 agresiones a políticos y candidatos en este proceso electoral desde septiembre de 2017, atentados en su mayoría impunes y quizá indicativos de una más agresiva y envalentonada incursión del narcotráfico en la actividad política.



Así, se especula (creíblemente) en una nueva tentativa del gobierno del presidente Peña Nieto para afectar la campaña del opositor Ricardo Anaya, a partir de un video anónimo que lo vuelve a ligar (sin datos nuevos) con el lavado de dinero para financiar su carrera política, y transmitido (inusualmente) en horario estelar en las dos principales cadenas televisivas del país, además de una agresión al automóvil del propio candidato.

El supuesto interés de Peña Nieto en afectar a la campaña de Anaya no sería ya tanto favorecer a José Antonio Meade y al PRI, sino asegurar el triunfo sin protestas, cuestionamientos legales ni sobresaltos a López Obrador, a cambio de que éste garantice impunidad a Peña Nieto y a sus principales funcionarios. En los hechos, la realidad poco a poco va dando la razón a estas sospechas, y todo parece indicar que se va creando un co-gobierno entre PRI y MORENA, para lo que resta del actual gobierno.

Al respecto, la respuesta de Anaya ha sido rápida y contundente, logrando controlar y quizá hasta revertir el daño, en apariencia, lo que también haría pensar si el nuevo video no fue, en realidad, una operación del propio Anaya para victimizarse, aprovechando el repudio contra el gobierno de Peña Nieto y su partido. En la hora decisiva de la política mexicana todo puede ser posible.

A ello sumemos la discusión sobre la credibilidad de las encuestas, a pesar de que todas presentan resultados similares. En buena medida, la discusión sobre ellas podría tacharse como una actitud de malos perdedores. Lo mismo que López Obrador en el pasado, ahora PRI y PAN (y sus seguidores) muestran una desconfianza selectiva: Eligen qué creer y qué ignorar dependiendo de si les favorece o no.

Por ahora y de no mediar una sorpresa de último minuto, por ejemplo en el tercer y final debate presidencial de este martes, lo único que se disputa es si Anaya o Meade terminarán en segundo lugar de las encuestas antes de la elección. Estar en ese segundo lugar es estratégico para la coaliciones encabezadas por PRI y PAN respectivamente, suponiendo que ya no tengan chance de ganar la Presidencia. Esto les significaría, a uno u otro, aprovechar el posible movimiento de “voto útil” en contra de López Obrador y así, una mayor votación nacional y por tanto, mayores posiciones en el Congreso federal, en las gubernaturas y en los congresos locales en disputa.

Hoy ser mexicano es tener que padecer en el espacio público las discusiones políticas más estúpidas y áridas que uno pueda imaginar. Toda esta discusión hiperpolitizada oculta una realidad: La de la inoperancia del gobierno mexicano desde siempre, y con él, de sus políticos y sus partidos. Muchos mexicanos, seguidores de uno u otro candidato, están hoy obsesionados a toda hora por la política y por quién llegará al poder, como si su destino personal dependiera de quién estará en el gobierno más que de su propia acción individual. Si cualquier mexicano espera hoy que el nuevo gobierno le resuelva una necesidad personal (sea quien sea el que llegue al poder), le espera una gran desilusión… como tantas otras en el pasado.



Los electores mexicanos de hoy cometen el mismo error que los electores mexicanos de ayer (aunque sin la disculpa del crónico fraude electoral del pasado): creen que ellos son más vivos, más preparados, más informados y que por ende, ellos sí podrán escoger a un mandatario más honesto y eficaz que les resolverá todos sus problemas (en el fondo, esa es la creencia que subyace en la popularidad de López Obrador). Pronto se van a encontrar con otra decepción y una nueva derrota.

Por eso el populismo y el proteccionismo que hoy abandera López Obrador están muy en sintonía con las esperanzas sin sustento de muchísimos mexicanos. La experiencia de países como Venezuela, Nicaragua, Ecuador y tantos más, muestra que el populismo suena bien. Antes también ha sonado bien. Y probablemente seguirá sonando bien mañana. Pero cuando uno va más allá de la retórica y comienza a mirar los hechos concretos y diarios es cuando se ve que el populismo y sus gobiernos aparte de ser una decepción, son un enorme desastre. Y esa es la realidad de fondo que los mexicanos hoy no quieren enfrentar de cara al 1ero de Julio, pero que les arrollará en algún momento futuro.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]s el 1 de julio a las 11:00 de la noche. En las pantallas de la televisión nacional aparece el rostro tenso y demacrado de Lorenzo Córdova, Consejero Presidente del INE, listo para anunciar los resultados de las elecciones tras una hora de espera y de especulación desatada en las redes sociales y en la prensa. Se acomoda la corbata, mira fijamente a la cámara y anuncia:



Los resultados del conteo rápido ordenado por el Instituto Nacional Electoral nos permiten en estos momentos anunciar una tendencia que consideramos irreversible respecto a sus resultados de la elección presidencial 2018: Andrés Manuel López Obrador, de la coalición “Juntos Haremos Historia” registra el 43% de los votos; Ricardo Anaya, de la coalición “Por México al Frente” ocupa el segundo lugar con un 36%; José Antonio Meade, de la coalición  “Todos por México”, aparece en tercer sitio con 14%, los candidatos independientes Jaime Rodríguez y Margarita Zavala suman en 4% en conjunto, y un 3% corresponde a votos nulos.

A lo largo del país, los gritos de júbilo se entremezclan con los suspiros de temor y los de la resignación.

De inmediato las redes obradoristas celebran la contundencia de su victoria, mientras que en los grupos de Facebook y WhatsApp de los simpatizantes de Anaya y Meade se intercambien tanto visiones apocalípticas como análisis que pretenden ser más centrados y llaman a la calma diciendo que lo importante no es sólo la elección presidencial, sino la composición del congreso. “Hay que esperar, seguramente Obrador no va a tener mayoría en las cámaras y entre la autonomía de Banxico y un congreso opositor, vamos a parar sus locuras.

Sin embargo, conforme avanzan los conteos distritales incluso esa esperanza se vuelve amarga en la boca. Los partidos de AMLO suman 257 diputados federales y 61 senadores. Aún entonces, la menguante esperanza se centra en que le faltan cuatro senadores para llegar a los 65 que implican mayoría en el Senado. “No tiene carro completo.”

Una vez más, rápidamente la ilusión defrauda. Conforme avanzan las negociaciones del presupuesto 2019 queda claro que Andrés Manuel cuenta no sólo con los 257 diputados y 61 senadores de su coalición, sino con varias decenas de otros legisladores que de manera formal o subrepticia han aceptado apoyar la agenda obradorista a cambio de recursos para obras en sus distritos y prebendas políticas que los ayuden a reelegirse. Antes de final de año la duda ya no es sobre si “El Peje” tiene mayoría en el congreso, sino sobre si alcanzará el apoyo de dos terceras partes de los legisladores.

Desde el primer minuto del 2019 quedan claros los nefastos efectos del centralismo presupuestal que empezó Peña Nieto y ahora fortalece Obrador. A los gobernadores de oposición se les niega siquiera un peso de recursos federales, amenazando con el colapso de las finanzas en Guanajuato, Jalisco, Chihuahua y Querétaro, entre otros estados.

A los gobernadores se les cita en la Secretaría de gobernación y se les plantea directamente una decisión: Quedarse sin ningún recurso federal o integrarse a la agenda de López Obrador, ya sea cambiándose de manera directa a Morena o manteniéndose simbólicamente en sus partidos de origen, pero cediendo todas las capacidades de operación del gobierno del Estado a las nuevas estructuras de Movimiento Regeneración Nacional en sus respectivas entidades.

Los gobernadores Corral, de Chihuahua y Alfaro, de Jalisco, aceptan con mal disimulada alegría subirse al barco de Morena, mientras que Sinhué, de Guanajuato y Pancho Domínguez, de Querétaro, recurren a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, para exigir los recursos presupuestales que por ley les corresponden a sus estados. Sin embargo, la Corte, sometida a cada vez más presiones políticas, movilizaciones violentas afuera de sus tribunales y a las insinuaciones por parte de Obrador en el sentido de que es necesario “renovar al poder judicial”, opta por no entrar al fondo del asunto y desecha sus amparos con base en algún tecnicismo irrisorio.

Sólo el gobierno de Nuevo León logra mantener una cierta independencia financiera, pero está se mantiene sólo unos cuantos meses, pues el Congreso de la Unión, controlado por Morena, aprueba una serie de reformas que limitan prácticamente por completo la capacidad recaudadora de los estados, dejándolos completamente en manos de la buena o mala voluntad del gobierno federal.

Mientras tanto, utilizando abiertamente el presupuesto para desarrollar su capacidad de movilización corporativa, el gobierno de Andrés Manuel suplanta o al menos limita a las élites políticas locales y prepara el camino para una victoria absoluta de sus huestes en las elecciones intermedias de 2021, que confirman el triunfo del nuevo oficialismo obradorista en 240 de los 300 distritos, dándole un total 270 de 400 curules en la Cámara de Diputados (pues previamente eliminaron 100 plurinominales, pretextando austeridad).

Mientras tanto, la impresión desatada de dinero público impulsa artificialmente la economía y genera enormes fortunas para los “empresarios” cercanos al régimen, pero el fantasma de la inflación no tarda en aparecer y con las primeras señales de crisis económica se recrudece la virulencia del discurso oficialista, echándole fuego a la gasolina de los rencores que entre 2018 y 2021 ya se habían traducido en disturbios y actos de violencia aislados, pero que al acercarse las elecciones generales de 2024 alcanzan niveles nunca antes vistos, provocando un círculo vicioso de agresiones, incertidumbre, desempleo, pobreza, marginación y resentimiento.

Eventualmente, tras la reelección de Andrés Manuel, las condenas a los “traidores a la patria” saltan de las planas de la prensa oficialista a las hojas de los expedientes penales y los siniestros pasos de los pelotones de fusilamiento vuelven a escucharse en los pasillos de las cárceles mexicanas. Primero despliegan su plomo contra los líderes de la resistencia empresarial que no lograron salir del país, y luego voltean hacia los demás.

Aquellos “fifís”, “intelectuales” y políticos “progresistas” o “liberales” a quienes, en su momento, antes de las elecciones del 2018, les tembló la mano para denunciar el peligro, ahora les tiembla el resto del cuerpo frente a las bocas de los fusiles. Uno de ellos suplica misericordia del subsecretario, diciéndole: “Pero yo en 2018 descalifiqué a quienes lo criticaban, señor Taibo, diciéndoles que no estaban a la altura de la obra que usted ha escrito”. Pero el ahora coronel Francisco Ignacio está más interesado en las purgas políticas que en las críticas literarias, y da la orden de abrir fuego.

Mientras esto ocurre en las sombras, la prensa proclama a una voz los triunfos de la “Revolución de la Esperanza” y la “República del amor”, que también se explaya en sendos carteles y pintas a lo largo de las calles, en las que cientos de personas hacen fila ante la “Tienda Solidaria de Abasto Popular” para hacer válidas sus tarjetas de racionamiento, por supuesto, por culpa de la guerra económica norteamericana.



¿Y dónde están los Estados Unidos? Se pregunta la gente mientras pasa una y otra hora en la fila. La respuesta es muy sencilla: del otro lado de su muro. En 2020, como parte de su campaña de reelección, el expresidente Trump terminó la construcción del muro fronterizo y llegó a un acuerdo extraoficial con el gobierno mexicano: Washington dejaría que Obrador hiciera lo que quisiera en México, a cambio de que este cuidara el muro del lado mexicano y contuviera la migración proveniente de Centroamérica. Ese mismo acuerdo permaneció en vigor después del triunfo en 2024 del demócrata Joe Kennedy III, disfrazado ahora de “respeto por la soberanía mexicana”.

¿Y la opinión pública internacional? Demasiado ocupada con el colapso europeo y la guerra en medio oriente como para brindarle mucha atención a los mexicanos atrapados en su folclor y su violencia cotidiana.

Y mientras tanto en México, el eco de los fusilamientos rompe el silencio de la desesperanza con gritos de agonía, seguidos de un nuevo silencio, el de la resignación. Después de todo, mañana habrá que hacer fila temprano por la nueva tarjeta de racionamiento, y los que llegan primero siempre alcanzan un poco más de frijol, el arroz hace 6 meses que ya desapareció.

Igual que la carne, igual que el color.

Por supuesto, probablemente esta historia resulte más que exagerada, quizá el AMLOcalipsis no sea tan terrible, pero el riesgo existe y a esas alturas el negarlo ya no es simplemente cosa de necios, sino de suicidas. Basta ver los ríos de odio y de amenazas contra de quienes no son obradoristas, y como respuesta la vergonzosa sumisión de Televisa y Milenio al sacrificar a Ricardo Alemán.

Basta, peor tantito, con ver los insultos hacia Eugenio Derbez, por el aparentemente imperdonable pecado de opinar que: “No estoy seguro de que AMLO sea la mejor opción.” El actor ni siquiera afirmó oponerse a Andrés Manuel, simplemente expresó dudas, y cuando las dudas son tratadas como herejías, es señal de que los fanáticos llevan la voz cantante, y si no entendemos nos harán bailar a su ritmo.

Conste.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Fausto Hernando Canto García*

[dropcap type=”default”]A[/dropcap] menos de dos meses para las elecciones del primero de julio, siguen tibios muchos liderazgos; empresarios, activistas, intelectuales e incluso políticos, pues se resisten a afrontar de manera contundente el populismo que representa Andrés Manuel López Obrador.



¿Qué será que están esperando? ¿A qué le apuestan? ¿O al menos que saben, que nosotros (la ciudadanía que no necesitamos más propaganda sobre AMLO y Venezuela para no votar por él) no sabemos? ¡Pues el peligro desde aquí se ve MUY REAL!

¿Estarán esperando el segundo debate? A mucho nos quedó CLARÍSIMO desde el 23 de abril que Ricardo Anaya Cortés es la opción para vencer a López Obrador: su desempeño en el primer debate fue estupendo y las encuestas del post-debate así lo reflejaron.

¿Acaso le apuestan a no exhibir su repudio para que, en caso de que gane Andrés Manuel, vivan una transición menos tortuosa hacia el socialismo?

Nadie cosecha oportunistas como lo está haciendo AMLO, pero basta escuchar y leer a sus más cercanos asesores e intelectuales (como Paco Ignacio Taibo II)* para darse cuenta que, de llegar al poder, el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) se va deshacer de aquellos sectores que, simple y sencillamente, no van con el socialismo (A.K.A. expropiaciones, censura, persecución política, etc.).

¿O será, pues, que tienen una bola mágica o los poderes de Dr. Strange para ver los 14 millones de desenlaces de esta elección y, según a como van las cosas, vamos por el camino correcto?

Nos guste o no, Ricardo Anaya es el que más ha acortado distancia contra López Obrador, pero pese al ascenso del primero, no se ha notado un estancamiento en el segundo. Ello significa que ni las estrategias de campaña, ni el debate, han conseguido darle a nuestra gente la verdadera esperanza de un cambio, por lo cual se resignan a otra “esperanza”, la obradorista, llena de contradicciones y falsedades.



Por ultimo, quienes hemos denunciado las barbaries del socialismo –electo o consumado por golpe de Estado- nunca nos hemos cambiado de bando: siempre le hemos apostado a los mismos PRINCIPIOS, pero no entendemos: ¿Qué están esperando? El peligro es real, no pierdan el tiempo en tratar de convencer a la gente de la relación AMLO-Venezuela; mejor lideren la opinión contra sus ideas autoritarias, unan la voz contra sus amenazas hacía empresarios y combatan los falsos dilemas a los que suele poner a la gente pues, según él, quien no vote por su partido, es cómplice de corrupción.**

Si no es mucho pedir, sumemos esfuerzos para defender la libertad individual y la propiedad privada. El primero de julio por Anaya y a partir del dos, por nosotros.

*Taibo recomienda a AMLO expropiar empresas que “lo chantajeen”: https://www.huffingtonpost.com.mx/2018/04/28/paco-ignacio-taibo-ii-recomienda-a-amlo-expropiar-empresas-que-lo-quieran-chantajear_a_23422754/

**AMLO pretende poner en grueso dilema a la gente: peligroso: http://www.milenio.com/elecciones-mexico-2018/morena-amlo-elecciones-corrupcion-mexico-elecciones-campana_0_1166883615.html

*Fausto Hernando Canto García es Internacionalista, libertario y actualmente trabaja en la administración pública en su natal Othón P. Blanco, Quintana Roo.

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]D[/dropcap]e todas partes llegan las advertencias: Hoy el factor más desequilibrante de la economía mexicana es Andrés Manuel López Obrador. Desde el habitualmente flemático Financial Times, hasta el propio Banco de México, pasando por el movimiento cada vez más nervioso de la paridad peso-dólar, todos advierten del peligro que corre la economía mexicana de llegar López Obrador al poder.



Ciertamente la incertidumbre política representada por López Obrador y sus anuncios de cambios sustanciales en el modelo económico, no es el único factor que incide en la economía mexicana, pero por ahora, en lo interno, es el factor determinante, al menos hasta que las negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte no arrojen un resultado definitivo —para bien o para mal—, a lo cual parece que ya nos acercamos.

Los últimos movimientos telúricos en la economía mexicana tienen que ver con la andanada de descalificaciones que López Obrador ha iniciado contra los empresarios. Hace unos días, el candidato de izquierda injurió a varios empresarios, a quienes acusó de apoyar a Ricardo Anaya para vencerlo, e incluso de que comandan una “guerra sucia” en su contra. Ninguna prueba aportó de sus dichos, de una ligereza alarmante. Eso provocó un desplegado de rechazo por parte de una organización empresarial, con el apoyo tácito de otras organizaciones privadas, al que siguieron nuevas injurias por parte de López Obrador, en general contra todos los empresarios.

El discurso anti-empresarial de López Obrador es un regreso a lo peor del nacionalismo revolucionario del PRI, y también al de la izquierda más arcaica

Este episodio es solo el último choque entre el puntero de las encuestas y los emprendedores, tras las pasadas y recurrentes amenazas de López Obrador de echar atrás la reforma energética, y con ella los contratos de explotación petrolera ya otorgados a inversionistas, así como revocar la multimillonaria construcción del nuevo aeropuerto capitalino —ya en marcha—. Volvió así el López Obrador real, el del odio sin matices ni distingos, el del rencor vivo, eclipsando al López Obrador del “amor y paz”.

Una cosa queda clara de estos episodios: López Obrador no duda en abrazar y dar impunidad a políticos acusados de corrupción, si le juran obediencia, pero injuria a los creadores de empleos y de riqueza simplemente por cuestionarlo o por no apoyarlo electoralmente. López Obrador puede perdonar a delincuentes, como promete en su amnistía, pero descalifica y amenaza a quienes invierten  productivamente sus propios recursos. Para él, los “buenos” son los políticos y delincuentes que lo apoyan. Los “malos”, quienes honradamente arriesgan sus recursos y con sus impuestos mantienen al gobierno y a los políticos. Eso dice mucho del proyecto de López Obrador, de sus prioridades, de su visión del mundo y, también, del riesgo en que puede meter a la economía mexicana, a los empleos y los hogares de todos los mexicanos.

Acusar y acosar a los empresarios como forma de camuflar la irresponsabilidad, la ignorancia económica y la demagogia con la pobreza no es algo nuevo en México. En realidad el actual discurso de López Obrador reproduce, casi punto por punto, las demagógicas posturas de los ex presidente Luis Echeverría y José López Portillo contra los empresarios, en el contexto de una doble debacle de la economía mexicana, causada por sus gobiernos, en 1976 y 1982. Desde entonces proviene la alarma automática que se dispara en la mayoría de los mexicanos en cuanto se producen oscilaciones bruscas en el precio peso-dólar, aún cuando desde 1994 opera un esquema de libre flotación en la paridad.

El discurso anti-empresarial de López Obrador es un regreso a lo peor del nacionalismo revolucionario del PRI, y también al de la izquierda más arcaica: Una visión que juzga a la empresa privada como un obstáculo para el control autoritario de los políticos, no como un activo para la sociedad que hace funcionar a todo el sistema económico y también al sector público. Una que cree que las empresas son instrumento del enriquecimiento de unos cuantos a costa del bienestar de muchos y que por ello, se justifican la persecución y el intervencionismo estatal.

Aumento de tasas, escasez, inflación, desempleo, mayor pobreza… hacia allá va México, si Obrador gana la Presidencia

Pero la experiencia de México y de otros países, muestra que las peores crisis, las que más han empobrecido y agraviado a la población, las han provocado decisiones de políticos que no entienden o subestiman la importancia del mercado, la iniciativa privada y las libertades económicas, y se creen con el poder de limitarlos, manipularlos y jugar con ellos en beneficio propio. Pelear con los empresarios significa expatriar confianza, dólares, empleos: Precisamente lo que pasó en 1976 y 1982, causando la llamada “Década Pérdida” de los 80s, con nulo crecimiento, una hiperinflación acumulada del 3710.10 % en los años siguientes, devaluaciones sin límites y un empobrecimiento generalizado.

El discurso anti-empresarial de López Obrador omite que cuantos más empresarios tengan confianza y decidan invertir, más crecerán empleos, salarios, empresas, sectores económicos no manipulados por el gobierno, sindicatos o políticos. En suma, habrá mayor bienestar y más oportunidades. Sus injurias, amenazas y propuestas de gobierno ciertamente no contribuyen a crear ese ambiente de confianza y certidumbre para las inversiones. En tal sentido, la lucha de López Obrador contra los empresarios es, en realidad, una lucha contra la racionalidad económica, las libertades y la creación de nuevas oportunidades, y por ello, contra los pobres por los que dice velar. Sin empresas no hay empleos.



La experiencia histórica muestra que sin empresas ni empresarios, no hay riqueza ni oportunidades, ya que el Estado no produce nada, solo consume y gasta lo que producen empresas e individuos. Misma experiencia que ha dejado constancia de que cuando gobiernos y políticos se entrometen en el funcionamiento de los mercados, lo que ocurre es un aumento incesante de la incertidumbre y de sus fenómenos resultantes: falta de inversiones, aumento de tasas, escasez, inflación, carestía, desempleo, mayor pobreza… y hacia allá va México, si López Obrador gana la Presidencia, según nos advierte su comportamiento actual.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]ste domingo se efectúo en México el primero de los tres debates obligados por la ley electoral entre los candidatos presidenciales. Fue un debate con poco espacio para la discusión, la improvisación, la sorpresa, cuidando más el interés de los partidos que el derecho de los ciudadanos a una elección informada y de contrastes. Fue, para decirlo gráficamente, como un partido de futbol jugado en un estadio sin público, sin emoción ni exigencia. Aunque siendo justo y comparándolo con cualquier otro debate presidencial desde 1994 (cuando se efectuó el primero en México) éste fue ágil e inquisitivo, gracias en gran medida a los moderadores Denisse Maerker, Sergio Sarmiento y Azucena Uresti, que pidiendo a los candidatos profundizar en sus propuestas o responder a las acusaciones, por primera vez no se resignaron al tradicional papel del semáforo que solo da o quita la palabra.

Siendo realistas también, el interés de este debate estaba puesto en presenciar un traspié electoralmente grave del puntero en las encuestas, López Obrador, o bien, un claro despegue de cualquiera de los dos candidatos, José Antonio Meade o Ricardo Anaya, con posibilidades reales de disputarle el triunfo. Nada de eso sucedió. Al menos por ahora.



Y es que López Obrador fue al debate presidencial decidido a no caer en ninguna provocación y rehuir toda discusión, volviendo una y otra vez a las cinco o seis frases de sus spots y a su discurso de siempre. No es exagerado decir que si el candidato de MORENA mejor hubiera decidido enviar un holograma, programado con las frases que ya conocemos desde 2006 y grabado con buen maquillaje, quizá habría tenido un mejor desempeño que el candidato huidizo, frágil, soberbio, descuidado en su aspecto y cansado (¿nuevamente enfermo?) que vimos. Pero logró lo que buscaba: reiterar su discurso, no cometer ningún exabrupto y así, no arriesgar su gran ventaja electoral.

El primer debate presidencial no permitió apreciar, aún, a un ganador inevitable de las elecciones

En consecuencia, a Ricardo Anaya y José Antonio Meade se les acaba el tiempo para despuntar. Y las oportunidades. Por eso sorprende que cuando habían logrado acorralar a López Obrador durante el debate, denunciando la corrupción de sus colaboradores y las propiedades que supuestamente esconde, hayan decidido retomar los ataques entre ellos (ciertamente tras una provocación preparada ex professo por Meade), con una saña personal que no habían utilizado antes, ante la divertida mirada de los otros contendientes. Así, pareciera que Meade no aprendió nada en estas aciagas semanas, en las que sus ataques a Anaya solo lo hundieron más en la contienda. No deja de ser paradójico que el candidato del PRI que durante todo el debate presumió de su gran “preparación”, en realidad parece que aprende poco o nada.

En tal sentido, si hubo un derrotado en el debate éste fue precisamente Meade: sin emoción como buen técnico, carente de personalidad y carisma como buen tecnócrata, gris como buen burócrata, repitiendo hasta la extenuación sus muchas virtudes (según él), con pocas propuestas concretas, con tan mala preparación que se quedó sin tiempo para responder a la acusación de Anaya de que le tocó una tajada de dinero en la corrupción del PRI y sus gobernadores. Si algún resultado habrá de este debate, será que Meade quizá descienda todavía algunos puntos más en las encuestas, puntos que me temo no irán a Anaya (como imaginan los creyentes de esa ficción del “voto útil” o del “júntense, agárrense de las manos”), sino a López Obrador: El verdadero voto útil del PRI (y de otros partidos coaligados alrededor de Meade o de Anaya, como Nueva Alianza o el PRD) es para MORENA y López Obrador. De continuar por ese derrotero en los algo menos de 70 días que restan para la elección, Meade no tendrá mucho futuro político. Así, la idea (antes mera burla interesada) de que el gobierno de Peña Nieto y el PRI pudieran cambiar de candidato, podría ir considerándose con creciente preocupación, o bien, obligarlos a llegar a algún tipo de pacto con Anaya en las siguientes semanas.



El primer debate presidencial no permitió apreciar, aún, a un ganador inevitable de las elecciones. Cuando más, permitió ver a un gran derrotado, Meade, y a otro, López Obrador, que se decía tigre y resultó mucho menos atemorizante, hasta vulnerable y vulnerado. No marcará por tanto un cambio sustancial de tendencias. Pero desde hace 50 años sabemos que los debates no influyen decisivamente en el voto de los ciudadanos, sino que su función, en lo posible, es dar información y claridad al elector, desalentando la ignorancia, la confusión y los enconos. Y me parece que por ahora, este debate cumplió, no en demasía, pero sí con lo indispensable.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra