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Por: Angélica Benítez*

¿Un policía blanco asesinó a un delincuente negro? Es por racismo. ¿Un hombre mató a una mujer? Es por misoginia. Por ende, los blancos están matando a los negros por ser negros, y los hombres están matando a las mujeres por el hecho de serlo. Pensar es fácil cuando los demás te dan las conclusiones. No puede haber absolutamente ninguna otra explicación… ¿o sí?

Los medios de comunicación, en perfecta sincronía con los organismos internacionales y los gobiernos, nos han ofrecido una premisa muy básica pero conveniente: no necesitas analizar la realidad. El mundo es simple y nosotros ya te lo explicamos digerido.

La semana pasada la cadena infantil Cartoon Network, por ejemplo, publicó en sus redes sociales una imagen -caricaturizada- de George Floyd con la leyenda “él cambió al mundo”. Un héroe que murió en manos del enemigo, es decir, la policía, ¿verdad? Recordemos en primera instancia, que es una televisora dirigida, al menos en teoría, a niños.

Lo que no dice ningún medio de comunicación es que George Floyd estuvo preso por lo menos cinco veces, una de ellas por apuntar con una pistola hacia el vientre de una mujer hispana embarazada, delante de su otro hijo mientras buscaba drogas y dinero en su casa. Tampoco habla nadie de que estuvo en prisión por robo con agravantes o que al momento de su arresto estaba bajo la influencia de fentanilo y metanfetamina.

¿Esto justifica lo que hizo el policía? Desde luego que no, pero la información que se da es imparcial, mientras que tampoco hay evidencia de que la causa del asesinato haya sido el racismo. Ese policía pudo haber sido igualmente abusivo con todas las personas que arrestaba sin importar su raza… pero decir eso rompería la narrativa victimizante y sentimentaloide que ha construído Black Lives Matter.

Los argumentos de la izquierda son generalmente emocionales, poco hablan de datos y hechos. Y como vivimos en una sociedad que tiene pereza de informarse, leer y pensar, resulta muy conveniente el discurso de la “empatía”, utilizado prácticamente para cualquier cosa que objetivamente es inaceptable. ¿Están saqueando tiendas, derribando estatuas, graffiteando monumentos? Apliquemos la respuesta que aplica para cualquier situación: “Ten un poco de empatía. Son una minoría que ha sufrido mucho y es su manera de manifestarse”. Aunque suene inverosímil, es siempre la misma respuesta sin importar el caso, los involucrados, las circunstancias o el país donde suceda.  

De igual manera, hace algunos días en Estados Unidos se viralizó el video de una pareja blanca que, al ver amenazada su casa por los manifestantes de Black Lives Matter, salió a defenderla con un arma en la mano. Los mensajes de “qué falta de empatía, hay muy poco amor en el mundo” no se hicieron esperar. Porque la narrativa oficial es ser empáticos con las “minorías” aunque sean ellos quienes estén infringiendo la ley o creando caos.

Pensemos con un poco más de profundidad, no por ser de raza negra son todos personas buenas, no por ser mujeres somos todas unas santas. No por ser blancos son ellos malos. El mundo es más complejo de lo que nos dicen.

Para los intereses neo marxistas no necesitamos usar tanto el cerebro, no sea que se nos desgaste. Solo “empaticemos” (así, entre comillas, porque hacia quien), reproduzcamos las conclusiones pre digeridas de la prensa internacional e indignémonos solo por aquello que ellos digan que debamos indignarnos, ignorando otros temas que no estén de moda (¿acaso alguien se acuerda de los cristianos perseguidos y asesinados todos los días en medio oriente?).

*Angélica Benítez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por parte de la Universidad Autónoma de Baja California. Cuenta con una Maestría en Administración de Empresas por parte de CETYS Universidad, y se desempeña actualmente como docente universitaria.

Por: Víctor H. Becerra*

La estrategia del gobierno mexicano de contención del covid-19 ha sido un verdadero desastre. Desde la negativa por realizar pruebas de diagnóstico hasta la equivocación constante para determinar el pico de la pandemia, pasando por la compra tardía de equipo  y materiales, han fallado todos y cada uno de los pasos de la estrategia de López Obrador, y todo básicamente para seguir financiando sus “proyectos estrella” y disfrazar los cada vez más frecuentes casos de corrupción en su gobierno, incluyendo ya varios escándalos en el mismo sector salud.

Mientras miles de mexicanos mueren, López Obrador y su gobierno han hecho política y corrupción con la pandemia.

Los datos avalan esto: Hoy México se coloca entre los países, según los registros oficiales, con los índices más altos en la pandemia, tanto en número de contagios diarios como de muertes diarias: el décimo y el cuarto lugares, respectivamente.

Durante 2019, López Obrador gastó parte de su capital político en rediseñar por completo el sistema de salud: Desapareció el Seguro Popular y creó en su lugar el INSABI (Instituto de Salud para el Bienestar), para atender a los 75 millones de mexicanos sin seguridad social; para ello, eliminó o no re-contrató 10 mil plazas de trabajadores de la salud, estableció un nuevo sistema de compras de medicamentos e insumos que causó su insuficiencia crónica de los mismos, y durante el primer trimestre de 2020, cuando ya se veía la llegada de la pandemia a México, decidió reducir dos terceras partes del presupuesto de salud respecto a 2019, y gastar sólo un peso de cada 100 gastados por su gobierno, en dicho sector. Esa insuficiencia explica políticas tales como la negativa a realizar testeos masivos, el no considerar los cubrebocas como auxiliares importantes contra contagios o la compra atrasada y sobre las rodillas de equipos e insumos: Todo para no gastar más.

¿Fue incompetencia? No, simple decisión política considerando los réditos electorales: Antes que la salud de los mexicanos, le interesa sobre todo fondear sus proyectos insignia: Las becas de clientelismo político a jóvenes, el aeropuerto de Santa Lucía, el llamado Tren Maya y la refinería de Dos Bocas, todos los cuales solo significan pérdidas hoy y significarán pérdidas mañana. Los resultados de esa decisión están a la vista.

Así, en México son cosas de todos los días las protestas de padres de familia porque a sus hijos se les restringieron quimioterapias o medicamentos contra el cáncer, de trabajadores de la salud que dicen no contar con el equipo necesario de protección contra el coronavirus, de familiares de enfermos que fueron descuidados para dar prioridad a aquejados por covid 19, de médicos a los que se les dejó de pagar o se les restringieron prestaciones… la salud pública en México es un campo de desastre en apenas 18 meses de gestión de López Obrador.

Pero no para todos. Recientemente nos fuimos enterando, por primera vez y gracias a una investigación del diario digital mexicano Animal Político, de algunas características del convenio entre los gobiernos de México y Cuba, por el que se trajo al país a 585 médicos y enfermeros cubanos para enfrentar la pandemia en diferentes hospitales de la Ciudad de México. Otros convenios se habrían suscrito para destinar médicos a otros estados del país. Hasta ahora, el gobierno mexicano había sido lacónico al respecto y lo poco que se sabía del tema, era por información indirecta.

Dicho convenio implica un gasto de 6.2 millones de dólares, a cargo del INSABI (es decir, a expensas de los mexicanos más pobres), para pagar a los trabajadores cubanos de la salud, dando un promedio de 10,700 dólares por trabajador, aunque en realidad éstos sólo han recibido 220 dólares por mes, según el Diario de Cuba, desde su llegada el pasado 27 de abril. Los gastos en hospedaje corren a cargo de “donaciones” de empresas hoteleras y la alimentación es responsabilidad del gobierno capitalino.

Cabe aclarar que las autoridades de salud mexicana han señalado que parte de estos 6.2 millones de dólares, se destinará a “pagar diversas actividades que tiene que ver con capacitación, especialización, atención directa, asesoría e investigación conjunta”, exactamente el mismo fraseo y recurso técnico que se usó en Brasil, durante los gobiernos de Lula Da Silva y Dilma Rousseff, para transferir todos los recursos al gobierno cubano e impedir la transparencia y la rendición de cuentas ante el Congreso.

Como ya había señalado en un artículo anterior, la dictadura cubana se apropia del 75 por ciento del salario de esos médicos, y del 25 por ciento restante sólo entrega a los trabajadores la mitad, depositando la otra mitad en una cuenta en Cuba, que se le entregaría a los trabajadores a su regreso, como forma de evitar su deserción. Otros recursos para evitar su huída son retenerles el pasaporte a su llegada a México, la presencia de un grupo de espías para vigilarlos de cerca, el impedimento de usar teléfonos celulares y de hacer amistad con la población local, así como el alojamiento y la transportación en grupo para un mayor control, además de la amenaza sobre su familia en Cuba. Sin embargo, esto no ha impedido las deserciones, que supuestamente ya se empiezan a dar.

Los recursos de los que se adueña la dictadura castrista cuadruplican los ingresos por turismo de la isla, y equivale a cerca del 6% de su PIB, convirtiéndose en un gran negocio de tráfico de personas que ayuda a que no se hunda la decadente economía de la isla, golpeada por su permanente crisis estructural, el desplome del turismo, el impacto del coronavirus y el recrudecimiento de las sanciones norteamericanas decretadas por la administración Trump.

Así, es un régimen de semi-escavitud: trabajadores vigilados por el aparato de seguridad de su país, impedidos de viajar acompañados de sus familias y despojados de la mayor parte de su salario. Los Castro son los negreros modernos, sin que nuestros “anti-racistas” modernos se hayan atrevido a alzar la voz hasta ahora. 

Lo más grave aún es que según hechos documentados en Brasil, Venezuela, Nicaragua y otros países, estas “brigadas” se introducen bajo el camuflaje de “labor humanitaria”, pero en realidad realizan actividades políticas: de identificación de liderazgos, capacitación y entrenamiento, difusión y divulgación de propaganda política e ideológica, conformación de “brigadas” de defensa de la “revolución” y labores de espionaje.

Al respecto, existen múltiples testimonios y documentos que prueban que antes que realizar labores médicas, hacen lobby político -ideológico en favor del gobierno del país, del socialismo y de la dictadura cubana. Incluso, en México, su competencia médica y su preparación han sido ya cuestionadas por sus pares mexicanos. Al final, los enviados por el aparato de espionaje y seguridad cubano terminan ocupando importantes cargos en todo el gobierno, como en Venezuela, incluidas las fuerzas armadas.

La llegada de las brigadas médicas cubanas podría ser un aviso, uno más, de que el gobierno de López Obrador ha decidido acudir a cualquier recurso a su alcance para conservar el poder todo lo que pueda, preocupado frente a la constante caída de su popularidad, teniendo enfrente las vitales elecciones intermedia de julio de 2021, y al caos y desprestigio que sacuden a su partido, MORENA.

Y que lo hará entregándose ya sin remilgos a la dictadura cubana.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

El gobierno de López Obrador y su partido MORENA, siguen demostrando una y otra vez, que no es una exageración decir que México se encamina a ser una especie de Venezuela del Norte. López Obrador y MORENA son el chavismo mexicano en el poder.

Lo han demostrado reiteradamente, con terquedad: Por ejemplo, con la intención más abierta que velada de intervenir sobre la autonomía del Banco central, o contra las Administradoras de fondos para el retiro, o su propuesta de desaparecer las comisiones bancarias, o bien, impulsar la militarización del país, cebando con dinero público y jugosos negocios a las Fuerzas Armadas, entre otros. Si la intención de López Obrador y sus aliados no es copiar el modelo del chavismo venezolano, pues se le parece mucho.

Sus últimos avances en ese sentido han sido, por un lado, cambiar la regulación de las productoras de energía eléctrica limpia, cancelando las reglas de interconexión para empresas que ya habían ganado una licitación pública, cerrándoles el mercado, lo que significa una expropiación en los hechos, y por otro, la reciente ley impulsada por el gobierno de MORENA en Puebla, que se apropia de todos los planteles de educación privada en ese estado.

Quisiera referirme a esto último, conocido ya como la Ley Barbosa, por el nombre del gobernador de MORENA que impulsó la legislación. La nueva Ley de Educación de Puebla aprobada apresuradamente hace unos días, establece por ejemplo, que los bienes muebles e inmuebles de las escuelas particulares pasarán a ser parte del Sistema Educativo Estatal, lo que puede significar nada o bien, el inicio de una expropiación de facto.

Ya sabemos cómo vino actuando el chavismo en Venezuela en sus inicios: Dictando regulaciones que podían entenderse de varias formas, pero dejando cabos sueltos para amenazar, atropellar y confiscar al final.

La nueva ley también establece que el gobierno podrá “investigar” el aumento en las cuotas y colegiaturas de colegios, lo que puede ser también el antecedente para un posterior control de precios, aunque de hecho ya es una ilegal intervención gubernamental en un contrato privado que debe interesar únicamente a escuelas y padres de familias.

La nueva ley establece además, el requisito de una abusiva aprobación previa de los planes de estudio de las escuelas particulares por parte del gobierno estatal, y que hasta ahora sólo le correspondía hacerlo a la Secretaría de Educación federal, lo que también era un requisito igualmente centralista, abusivo y adoctrinador.

Los castigos por infringir la nueva legislación van desde cuantiosas multas económicas, hasta la revocación de los permisos de funcionamiento: Es decir, una especie de expropiación sin indemnización, una confiscación con todas sus letras. Esto es una estatización de la educación. Una auténtica venezualización

Y todo esto bajo el argumento de que la educación no debe ser negocio, cuando debiera ser exactamente lo contrario: La educación no debe ser una área de gobierno, porque entonces se vuelve un aparato de propaganda oficialista, propiedad de sindicatos y políticos, y con una calidad más que cuestionable, con un costo sin proporción a sus exiguos resultados. La muy baja ubicación de la educación de nuestros países en cualquier ranking en la materia, es una muestra palpable de ello. 

El caso de Puebla muestra, una vez más, que el Estado de Derecho en México está siendo atacado una y otra vez por el gobierno de López Obrador y sus aliados nucleados en MORENA, para ver hasta donde resiste. Enseguida podrían venir las expropiaciones y confiscaciones sin tapujos, como sucedió en Venezuela. Quizá lo único que les detiene por ahora es el mal estado de las finanzas públicas, imposibilitando indemnizaciones a gran escala. Pero con la lentitud característica de nuestro sistema de justicia, esto puede salvarse “pateando” tales indemnizaciones hasta el próximo gobierno, dejando así en la incertidumbre jurídica y la indefensión real a empresarios y propietarios.

El caso de Venezuela y otros países más (Nicaragua, Ecuador, Argentina, Bolivia, etc. y ahora México) nos demuestran que en América Latina es relativamente fácil que cualquier gobierno surgido de las urnas se desboque y se torne autoritario, y que después será muy difícil regresarlo a los límites del Derecho. Por eso hay que dar la batalla hoy frente a cualquier intento de atropello. O mañana podría ser muy, muy tarde.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

Chile está sumido en un período de turbulencia. Como también sucede en Ecuador, Costa Rica, Argentina, Perú, Bolivia, y hasta España… En esas circunstancias, América Latina parece a ratos un campo de batalla. En una decadente Ciudad Gótica en un remake de “Joker”.

Pero el problema descollaste lo tiene Chile, ciertamente. Desde una inicial inconformidad estudiantil por el encarecimiento del Metro de Santiago, las protestas han desembocado en una supuesta demanda de terminar con el modelo socioeconómico que ha tenido Chile en los últimos 45 años y que lo llevaron a ser el país con mejor calidad de vida de Latinoamérica. Para algunos analistas, en vistas de las protestas, el modelo chileno fracasó y los jóvenes lo rechazan.

Mas si observamos de cerca, Chile no sólo tiene el ingreso per capita más alto de la región, el cual se ha cuadruplicado desde 1975, sino también tiene los menores índices de pobreza, el mejor índice de Desarrollo Humano, la mejor educación según las mediciones internacionales y la mayor movilidad social ascendente, incluyendo una drástica reducción de la desigualdad: En 1990, casi el 70 % de los hogares chilenos vivía en condiciones de pobreza. Hoy esa cifra es del 8,6 %. Chile ahora es más igualitario que en 1990 y es el primer país latinoamericano en encontrarse a las puertas de ser un país desarrollado. Si hay un país latinoamericano exitoso en incorporar a los pobres al desarrollo, durante las últimas dos décadas, ha sido Chile precisamente.

Como respuesta a las protestas, y en lugar de defender el modelo chileno de mercado, el presidente Sebastián Piñera respondió con una “Agenda Social”, es decir, mero keynesianismo puro y duro. Aunque en realidad, conociendo la anterior gestión de Piñera, pocos pueden decirse sorprendidos por esa decisión.

Dejando a un lado las causas y su solución provisional, quizá la parte más llamativa del conflicto ha sido la creencia de que grupos financiados desde el exterior están detrás de las protestas en Chile y, en general, en América Latina: Así, Cuba pondría los cuerpos de inteligencia, el régimen de Maduro el dinero y Rusia la operación en redes sociales para sembrar la desinformación e incentivar las protestas. Pero todo han sido suposiciones, sugerencias, atribuciones de que los gobiernos de Cuba y Venezuela están detrás de los grupos violentos, de delincuentes sin control, que terminan por dañar severamente a los más pobres que supuestamente defienden.

En realidad, no hay nada que sustente dicha idea, excepto meras palabras, incluyendo las de una nueva xenofobia en nuestra región, que usa las protestas para hablar en contra de los migrantes, o las del propio chavismo que llamó a las protestas “una brisita bolivariana” y se las adjudica, instrumentalizándolas para aparentar una fortaleza que no tiene.

En lo personal, considero que creer en grupos malignos y todopoderosos es un escudo, un refugio mental y, también, signo de una gran flojera intelectual. Significa azuzar las emociones y usar el espantapájaros de una falsa confrontación ideológica. Pero incluso si tales gobiernos estuvieran detrás, tal vez sería su respuesta (¿legítima?) a los pedidos de intervención militar en Venezuela, hechos por tantos que desde sus cómodos cubículos universitarios o de sus mesas de trabajo, piden que soldados brasileños o colombianos o de donde sea, se sacrifiquen a favor de sus ideas y “salven” a los propios venezolanos de lo que ellos eligieron reiteradamente y han sido incapaces de unirse para desmontar.

Atribuir al Foro de Sao Paulo, al Grupo de Puebla o a la “Liga de la Justicia” (sic) los problemas, inconscientemente nos exime de una revisión de lo que posiblemente hemos hecho mal, de lo mucho que como liberales nos falta por hacer y de la cuestionable trayectoria de los gobiernos y políticos que defendemos. Las “teorías de conspiración” sólo nos disculpan, eximen y nos evitan mirar nuestros errores.

Tal vez lo que pasa en Chile y en otros países es sólo una natural reacción de las clases medias que ante la ausencia de reformas y frente a una desaceleración económica precisamente por la falta de  dichas reformas, por la cercanía de una recesión mundial y por la muy prolongada caída del precio de las commodities, con el consecuente deterioro del clima de inversión, se asustan ante la expectativa de volver a la pobreza y quieren mantener su nivel de vida, mejores servicios públicos y mayores oportunidades, y en consecuencia, luchan y se insurreccionan, con protestas que las redes sociales amplifican y hacen simultáneas  A este cuadro no le veo sospechosas casualidades ni malignas maquinaciones clandestinas, sino una simple sincronicidad en causas, ánimos y efectos.

En tal sentido, quienes interpretan las protestas en Chile y otros países como un rechazo al libre mercado, se equivocan. Y si algunos manifestantes efectivamente lo rechazan, también se equivocan lamentablemente. Lo que nuestros países requieren son más reformas de mercado. Las soluciones de izquierda, ya lo sabemos, no lograrán un mayor bienestar entre nuestras sociedades, sino al contrario: Lograrán la igualdad en la miseria, excepto para los políticos que lideran el proceso de “justicia social”. Lo vemos todos los días en Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, México…

América Latina es gobernada hoy por regímenes socialistas, desde el socialismo light hasta el rojo oscuro. Y todos tienen malas cuentas que entregar. Excepto Chile. Así que si algunos manifestantes chilenos y varios pseudo interpretes de lo que allí sucede desean subsidios al por mayor, servicios “gratis”, economías cerradas y protegidas, sindicatos todopoderosos, intervención estatal arbitraria, que se muden a cualquier otro país de América Latina. Allí tenemos de sobra lo que piden. Quedarían muy contentos. Aunque también muy pobres.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Ricardo Valenzuela*

Hace unos años tuve una entrevista en una estación de radio de Los Angeles. Pero, con participación de los radioescuchas, se inició una avalancha de llamadas tratando de lincharme por defender el retiro del gobierno de actividades que pertenecen a la iniciativa privada. Me impresionó una dama acusándome de aliado del capitalismo salvaje mexicano y, al responderle que en Mexico nunca había existido el capitalismo, me rebatía esgrimiendo como ejemplos a Azcárraga, Slim etc. Al ver su furiosa reacción cuando le notifico que eso no era capitalismo, me di cuenta de la gran confusión que existe de lo que realmente es y el motivo de la mala reputación del mercado libre y entendí claramente por qué la gente, entre el paraíso o el infierno, escogen el infierno. 

¿Qué realmente es capitalismo? 

Hay solo dos formas para organizar la vida económica. La primera es por decisión de familias e individuos de operarla a base de cooperación voluntaria, y este arreglo se le conoce como mercado libre. La otra, es bajo las órdenes de un dictador—persona o partido— y es la economía comandada. En su forma más extrema el estado expropia los medios de producción y es llamada socialismo o comunismo. Sin embargo, puede haber una mezcla y es la que portan hoy día la mayoría de las naciones del mundo. Pero esa química es sumamente peligrosa. Sí es economía libre sazonada con coerción, los aplicantes siempre tienden a incrementar esa coerción hasta lograr dominio total y, sin expropiación de los medios de producción, a base de impuestos pretorianos son socios mayoritarios.

Una de estas etiquetas necesita ser bien definida. Mercado libre no significa que todo mundo puede hacer lo que le dé la gana. La humanidad siempre ha operado bajo el estado de derecho, escrito o no escrito. En un sistema de mercado a la gente no se le permite matar, robar, defraudar, agredir, o intencionalmente perjudicarse unos a otros. Porque si no fuera así, la libre elección y todas las libertades individuales serían un imposible. Pero un sistema económico debe ser libre o comandado. ¡No hay de otra! 

Desde la introducción del marxismo, la mayoría de la gente que participa en discusiones de temas económicos siempre lo hacen en un estado de confusión. Es común escuchar a “líderes sociales” denunciando los sistemas económicos que, según ellos, responden solo a las fuerzas del mercado y son gobernados por la motivación de ganancias para unos cuantos, en lugar de las necesidades de muchos. Advierten que ese ese tipo de organización económica puede causar que “el suministro mundial de bienes llegue a un nivel sumamente peligroso”.

Tal vez haya sinceridad en esas barrabasadas, pero demuestran cómo la ignorancia nos puede traicionar. Nos han llevado a pensar de “la motivación por ganancias” como un motor egoísta confinado a un grupo pequeño de ricos y cuyas ganancias se producen a expensas de todos los demás. Pero la motivación por las ganancias es algo que todos tenemos. Es un motivo universal para lograr condiciones más satisfactorias para todos nosotros. Es una motivación de auto preservación. Es lo que motiva a un padre a no solo tratar de alimentar y dar un techo a su familia, sino que, además, constantemente buscar el mejorar esas condiciones. Este es el motivo dominante para lograr que las actividades sean productivas.

Cooperación voluntaria

Esta motivación seguido es calificada como egoísmo y hasta cierto punto lo es. Pero es difícil imaginar cómo la humanidad pudiera sobrevivir sin un “egoísmo racional”. El individuo tiene que asegurar su sobrevivencia antes que las especies sobrevivan y es miope considerar egoísta la motivación por las ganancias. Una organización que no produce ganancias fracasa y desaparece. Y al desaparecer se esfuman los empleos, los servicios o productos que ofrecía en el mercado, los impuestos que pagaba al gobierno. En una sociedad primitiva la unidad raramente era el individuo, sino la familia, e inclusive el clan. La división del trabajo se iniciaba en la familia. El padre salía a cazar o a sembrar los campos; la madre cocinaba, cuidaba y alimenta a los niños; los niños salían por la leña.

En grupos más amplios hay aún más especialización. Hay agricultores, carpinteros, comerciantes, doctores, abogados. Ellos se abastecen unos a otros intercambiando sus servicios y productos. Debido a esta especialización la producción se incrementa más que proporcionalmente a los números; se convierte en un conjunto de acciones increíblemente eficientes y sus participantes en expertos. Desarrollan un inmenso sistema de cooperación voluntaria productiva y un intercambio benéfico para todos. Cada uno de nosotros es libre para decidir la ocupación en la cual nos vamos a especializar. Y al seleccionarla, somos guiados por las recompensas que podamos obtener en ella, su relativa facilidad o dificultad, lo placentero o no placentero, requerimientos especiales, habilidades necesarias, entrenamiento requerido. Su recompensa es decidida por la forma en qué valúan nuestros servicios y productos otras gentes.

Economía de Mercado

Este inmenso sistema de cooperación es conocido como economía de libre mercado. No es algo que haya sido conscientemente planeado por alguien. Fue producto de una evolución. No es perfecto en el sentido que pueda llevarnos a un balance máximo de producción y/o distribución de las recompensas o penalidades en proporciones exactas a los beneficios/castigos que cada quien merece. Pero esto no es posible bajo ningún sistema económico.

El destino de cada uno de nosotros es siempre afectado por los accidentes o catástrofes, bendiciones o maldiciones de la naturaleza, como lluvia, temblores, huracanes etc. Una inundación o una sequía podría destruir nuestras cosechas y eso provocaría un desastre entre determinados productores, y tal vez precios récord y grandes utilidades para quienes no fueron afectados. Pero no hay sistema económico que pueda solucionar la negligencia de los seres humanos que los operan—la ignorancia, ineptitud, la irresponsabilidad de algunos, o la falta de visión de otros. Y nadie merece que lo rescaten a costa de otros.  

Sin embargo, las alzas y bajas en la economía de mercado siempre tienden a la autocorrección. La sobreproducción de automóviles se traducirá en menos productos al año siguiente. Una producción limitada de trigo provocará que las siembras de este producto el siguiente año sean mayores. Aún antes de que hubiera estadísticas del gobierno los productores eran guiados por precios y ganancias. La producción entonces constantemente tenderá a ganar eficiencia porque los productores menos eficientes serán eliminados del mercado, y los más eficientes tendrán incentivos para invertir y expandirse.

La gente que reconoce las ventajas de este sistema lo llaman economía de mercado. La gente que quiere abolirlo lo han llamado—desde la publicación de “El Manifiesto Comunista” en 1848—capitalismo. El título fue inventado con la intención de desacreditarlo asegurando era un sistema desarrollado por y para los “capitalistas”—por definición los odiados ricos que, según ellos, usaban su capital para esclavizar y explotar a los trabajadores. Y es cuando el inepto gobierno interviene con sus mágicas soluciones como las que en estos momentos implementa el Peje en México. 

*Ricardo Valenzuela es economista, empresario y analista. Su cuenta en twitter: @elchero

Por: Eduardo Ruiz Cuevas*

¿Qué es el socialismo? Es mirar una estrella y pestañear varias veces. El socialismo es una promesa que aspira a la fraternidad humana. Arroja frente a sus feligreses la esperanza de un nuevo tipo de sociedad, donde habrán de renunciar a la individualidad y libertad, a cambio de seguridad e igualdad, y es que libertad e igualdad no fueron paridas por la misma madre.

Un socialista no necesariamente cree que la sociedad pueda armonizar de manera perfecta, pero sí cree que tal sociedad podría ser mucho mejor de la que existe en su presente. Considera que todos los males cometidos por el hombre vienen de la injusticia provocada por la desigualdad. ¿Qué puede pensarse de esto? Que la base del socialismo es el humanismo.

El humanismo marxiano puede coexistir como lo hace cualquier religión, depende de la promesa y la creencia. Asume que el hombre es una criatura limitada que tiende hacia el mal; que sus impulsos, pasiones y deseos son meramente un acto egoísta. El altar del nuevo templo se llama Estado.  

El redentor socialista es totalitario, no se pertenece, él es el pueblo y habla a través del pueblo en forma de Estado. La promesa es el paraíso que se toca, el que se vive y siente; es la materia. La predicación ha superado a la fábula, pues aquél nuevo santo se dice científico y descubridor de estrellas.

¡Oh, hermanos míos! el paraíso terrenal nunca se ha “materializado”, pero la “idea” es perfecta, tanto que es utópica. La materia se extingue y desaparece. Así ha pasado con el socialismo cuando ha sido llevado a la práctica: ha caído por todas partes; ha creado estatuas de gigantes que después han aplastado a sus adoradores; ha creado canciones para deleitar los oídos con miel, después llegaron moscas a pegarse y convertirse en costras. El socialismo se desmorona y extraordinariamente se levanta y rehace con nuevos nombres, pero siempre con la misma esencia. Es la idea quien permanece. ¡Ah! no hay belleza comparable. Sigue el tempo de la naturaleza, juega y se esconde, muestra y oculta cual apariencia seductora que en sus formas se sabe cautivante, pero tal natura está enferma, viciada y torcida.

El rasgo principal de un socialista es su pasión por la mentira, el ardid y la estafa ¿acaso no terminan comiéndose los unos a los otros? El líder le habla al corazón del oprimido -es cautivante- no olvidemos que posee algo y mucho de apóstol. El discurso tiene fines subversivos, esto es parte del encanto: la venganza, la dulce venganza del eterno perdedor que encuentra cobijo en el calor de la plaza pública.

La metafísica socialista se encuentra en lo patético, pues lo patético es aquello que permite que las doctrinas igualitarias permanezcan: subrayar el dolor, resaltar la arbitrariedad, encender la caldera del rencor y el resentimiento para generar la sed de venganza, venganza, venganza. Este lado emotivo tiene más simpatía que el racional, pues da un aire de imploración a la revuelta y a la idealización revolucionaria.

El manifiesto es un panfleto semejante al libro catequista: palabra divina que autoriza a los humildes reclamar la igualdad como regla y fundamento. Es esta la fórmula sentimental de todo marxista, comer y predicar el patetismo. Es así como el socialismo se constituye como religión, una que pretende bajar el cielo a la tierra para construir el paraíso, sin embargo, al intentarlo no sólo mató al cielo sino que en la tierra impuso el infierno.

La tarea es desnudar al socialismo, no importa que el rojo sacerdote aparezca para recubrirle. El método es la burla, pues el socialista es un corazón apasionado que no entiende de razones, mientras que la risa y la ironía son los elementos que aniquilan la seriedad de un enamorado. Así se mata el corazón de un socialista, haciéndole reír, ridiculizando aquella solemnidad de cristo rojo que le constituye. Ríete de Lenin, el gran patriarca, hoy una momia millonaria; ríete del troglodita de Stalin refrigerando soviéticos en los gulags; ríete de los Castro, los empresarios socialistas más exitosos de la historia; ríete de los Chávez, los Maduro, los Ortega, los Morales, los Kirchner, los Lula,  los Obrador, todos ellos simples aprendices que apenas saben hablar; ríete del pueblo, de cercanos y no tan cercanos, de aquellos que fueron amigos, pero sobre todo de ti mismo, pequeño socialista sardónico.

*Eduardo Ruiz Cuevas es profesor de literatura y filosofía. Además dirige una editorial en ciernes “La Sombra de Prometeo”.

Por: Víctor H. Becerra*

Los latinoamericanos terminamos amando al político (o a la política, que las mujeres también tienen lo suyo) que nos roba, nos asalta, nos golpea, abusa de nosotros. Eso se ve claramente en un país como Argentina: Los electores argentinos colocaron, en sus pasada elecciones PASO (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias), en primer lugar, enfilada a la Presidencia, a la dupla integrada por Alberto Fernández y Cristina de Kirchner, tal como si no los conocieran, como si fueran un par de neutros outsiders de la política, ciudadanos inocentes metidos a políticos.

Es claro que en estas primarias (en realidad, un macrosondeo electoral), la gente mostró un gran repudio a la política económica de Mauricio Macri. Pero la misma gente olvidó todos los males del régimen Kirchner: Default, control de pagos, corrupción a manos llenas, el chantaje elevado a la categoría de política de Estado, uso de las instituciones con fines facciosos, agresión a críticos y opositores, extrema polarización social, alineamiento con el chavismo y el llamado socialismo del siglo XXI…

Por eso es que la perspectiva de que el kirchnerismo recupere la Presidencia y regrese a sus comportamientos ya conocidos, causó gran nerviosismo en los mercados, provocando que el peso argentino, perdiera en unos días hasta el 30% de su valor, la Bolsa se hundiera, la inflación se disparara, al igual que el riesgo país, causara un tsunami financiero en otras economías latinoamericanas…

Hoy, entre los argentinos hay mucha gente candorosa que cree que con Alberto Fernández y Cristina Kirchner, capitaneando a un peronismo unificado, las cosas serán diferentes para bien, cuando muy probablemente serán distintas, pero para mal. La dupla obtuvo 47% de los votos; el 27 de octubre, en la primera vuelta presidencial, les bastaría retener un 45% para ser declarados presidente y vicepresidenta electos.

Su discurso es un discurso ganador: Es uno que insiste en “vamos a salir del pozo”, no en “vamos a volver”, y en la reconciliación nacional. Por lo demás, Alberto Fernández cumple bien su papel de parapeto político, que atenúa el repudio contra Cristina de Kirchner y ayuda a unificar al peronismo.

En contraste, se ve difícil, muy cuesta arriba el horizonte para el presidente Macri, que obtuvo solo el 32% de los votos, en una contundente desautorización de su política económica de los pasados cuatro años.

De allí la inmediata renuncia de su ministro de Hacienda y que sus primeras decisiones tras la paliza electoral sean de corte económico, en la mejor tradición populista y de abjuración de la ortodoxia financiera: redujo el IVA en alimentos y el impuesto a la renta, otorgó pagos extras a los funcionarios, aplazó deudas fiscales y congeló el precio de la gasolina. Se entiende, pero no se justifica: Macri debe remontar en las generales del próximo 27 de octubre 15 puntos de desventaja.

En países como Rusia, Venezuela o Hong Kong, muchísimos de sus ciudadanos se juegan hoy la vida, todo los días, para recuperar o defender la democracia. En Argentina, en contraste, casi la mitad del electorado decidió rendirse, sin pelear, frente a sus verdugos. Pocas veces se ha visto tamaña falta de valor cívico, de cobardía política, de renuncia a los valores civilizatorios.

En cuatro años verán el costo de hacerlo: El kirchnerismo y los peronistas nunca decepcionan, siempre son los verdugos, los castigadores sin piedad de sus propios conciudadanos. Bastará solo esperar.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

Los últimos acontecimientos en México prefiguran un mal porvenir, ominoso.

El gobierno de López Obrador actúa como otros gobiernos de izquierda en el pasado: como Sísifo, que una y otra vez carga la misma piedra con la esperanza de que (ahora sí, ahora sí!) algo varíe en su ya inmutable destino. Sin embargo, al final, la pesada roca siempre vuelve a precipitarse una y otra vez hacia abajo. El socialismo y todas sus variantes terminan invariablemente igual.

A diferencia de lo que afirman López Obrador y sus seguidores, México no es ningún país neoliberal. Es un país socialista. Y de los duros. Sólo por simple hipocresía los mexicanos no reconocemos nuestra situación. Así, México está en el lugar 82 en la última edición del Índice de Libertad Económica en el Mundo del Fraser Institute, justo en el último escalón de su categoría. En contraste, países como El Salvador, Honduras, Nicaragua o República Dominicana están por encima de México, y no se diga de países como Chile, España o Costa Rica, en la sección superior del Índice. México es simplemente un país lleno de intervenciones estatales, políticas redistributivas, impuestos arbitrarios, burócratas todopoderosos, donde para producir se requiere el permiso de quien no produce nada (Ayn Rand dixit). Es simple: Cuando ciudadanos y consumidores no son soberanos a la hora de decidir dónde se asignarán los recursos, lo son los burócratas y políticos, tal como sucede en México. 

Con López Obrador la situación amenaza con recrudecerse: Hace apenas unos meses cambió la Constitución para ampliar las causales de la figura de Extinción de Dominio. Antes ésta se limitaba, básicamente, a cuestiones relacionadas con el narcotráfico, pero tras la reforma, ahora involucra delitos de delincuencia organizada, homicidio doloso, violación, secuestro, trata de personas, delitos violentos cometidos con armas, el uso de programas sociales con fines electorales, enriquecimiento ilícito, ejercicio abusivo de funciones, extorsión, delitos en materia de hidrocarburos, abuso y violencia sexual contra menores, feminicidio, robo a casa habitación, robo a transporte de carga, desaparición forzada, incluyendo las cometidas por particulares, delitos contra la Ley de Armas de Fuego, etc., etc., etc.

El tema volvió a la palestra tras la promulgación, hace unos días, de la ley reglamentaria de dicha figura de extinción de dominio, que según la norma aprobada, se define como la “pérdida de los derechos que tenga una persona en relación con los bienes a los que se refiere la presente ley declarada por sentencia de autoridad judicial, sin contraprestación, ni compensación alguna para su propietario”. Es una simple pérdida de los derechos de propiedad de los bienes de una persona, si éstos han sido utilizados supuestamente en la comisión de un hecho ilícito y, como consecuencia, pasan a ser del Estado sin que exista contraprestación alguna.

El asunto es muy grave porque el gobierno puede dictar la extinción de dominio antes de que exista una decisión de las autoridades judiciales. Puede asegurar dichos bienes por simple sospecha o denuncia sin bases. La extinción se aplicaría incluso cuando el imputado haya fallecido, dirigiéndose contra herederos y sucesores. La pérdida puede ser retroactiva, sobre delitos del pasado, infligiendo nuestro orden jurídico. Y en el grado sumo de la ilegalidad, las personas deberán comprobar que sus bienes tienen una procedencia lícita, en lugar de que el Estado compruebe su supuesta ilegalidad.

Es la “Ley Exprópiese” en alusión a esas escenas del fallecido Hugo Chávez ordenando expropiar diversos inmuebles. Quienes así la llamaron no están equivocados: Este instrumento puede ser utilizado para abusar del poder y perseguir opositores, y pone en riesgo la seguridad jurídica, la presunción de inocencia, el debido proceso y el derecho a la propiedad. En suma, la nueva Ley da facultades arbitrarias al Estado, por lo que es una aberración jurídica, que debiera recordarnos que cualquier poder que otorgues a políticos y burócratas para que lo usen contra otras personas, será finalmente utilizado por futuros políticos y burócratas en tu contra. Es, bien vista, un más tramo en el camino socialista al subdesarrollo.

Al respecto, en México, todos los días vemos el suplicio que viven hoy cubanos, venezolanos, nicaragüenses: Ellos son la verdadera cara del socialismo frente a nosotros. En ellos vemos no el paraíso traído a la tierra, sino el infierno trasplantado a esos países. Si no lo vemos, es porque nuestra hipocresía o indolencia es muy, muy grande.

Por ejemplo, desde la llegada al poder de Maduro, en 2013, la economía venezolana se contrajo en torno al 50% y este año caerá otro 35%, según estimaciones oficiales. Ese país sufrió una inflación del 1.370.000% tan sólo el año pasado. Y carga una deuda externa de 160.000 millones de dólares, insufrible, junto con una caída del 60% en sus exportaciones y un 39% de sus importaciones. Agréguele el conmovedor cuadro de sus 4 millones de migrantes en los últimos años, así como la caída en todos los servicios y satisfactorios básicos, que llevan a plantear una verdadera emergencia humanitaria.

Este cuadro es algo no visto en país alguno desde el crack del 29 o guerras civiles como la de Siria. Así, Venezuela retrocedió décadas en unos pocos años, gracias al socialismo. Según el Banco Mundial, la de Venezuela es la peor crisis en la historia de América Latina. Y ojo: ese podría ser el destino final de México.

Comparativamente, en su primer medio año de gobierno, López Obrador redujo la economía mexicana a su mínima expresión. Apenas se le siente el pulso, con un crecimiento oficial de menos del 0.1%.

En México, de continuar las cosas como van con López Obrador, con políticas tan desacertadas como la nueva Ley de Extinción de Dominio, las hojas del calendario no sólo seguirán deteniéndose, sino que pronto retrocederán, años, décadas atrás, como en Venezuela.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

Quien haya acuñado la famosa frase “López Obrador es un peligro para México”, fue un buen adivino o un gran profeta. En unos meses, efectivamente, López Obrador colocó a México cerca de una gran catástrofe económica.

En el sexenio pasado se creció, por ejemplo, todos los trimestres. Y entonces nos parecía mediocre un crecimiento anual del 2%. En contrate, con Andrés Manuel López Obrador, en solo siete meses de gobierno, llevamos dos trimestres seguidos contrayéndose la economía, generando más pobreza, desempleo. Y ciertamente, no se ve en el corto plazo ninguna solución que nos saque del actual retroceso. Al contrario.

La economía mexicana es hoy una economía llena de sombras, incertidumbres. Y se le acumulan: Hay desconfianza sobre las políticas públicas y los proyectos improductivos del presidente López Obrador, que ahuyentan y limitan la inversión; sobre la falta de garantías y seguridades en México, frente a la inacción de un gobierno incompetente; sobre las siempre presentes presiones comerciales de Donald Trump; sobre si nos afectará aún más la Guerra comercial entre EEUU y China, que desacelera la exportación de manufacturas; sobre una posible próxima desaceleración en la economía estadounidense, durante 2020, y para la cual México, como siempre, no está preparado; sobre la actual desaceleración económica internacional…

Las dudas se acumulan si sumamos la inconclusa aprobación del T-MEC; los problemas financieros de PEMEX, con la petrolera estatal siempre al borde de la quiebra, arrastrado consigo a la calificación crediticia del país; el alza en el servicio de la deuda mexicana por el aumento en los réditos; la perspectiva de que algunas calificadoras, como Moody’s, puedan disminuir aún más la calificación soberana del país, originando de inmediato una salida masiva de capitales del país…

El Bank of America habló hace unos días de que la economía mexicana se encontraba en “recesión técnica”; sólo faltaría algo de tiempo para confirmarla. Sería la primera recesión originada por factores internos en 23 años. Recordemos que entre 2008 y 2009 México vivió una recesión, pero originada por la crisis subprime internacional. Esta es una recesión sin ningún factor de crisis económica externa o interna que la explique, con una economía estadounidense floreciente y dinámica, con alto crecimiento. Una recesión, la actual, originada por los desvaríos económicos del régimen de López Obrador.

López Obrador fue un buen candidato, a pesar de frases como las señaladas, pero ha sido un mal presidente, por soberbia, arbitrariedad e ineptitud. Lo que ha causado en su gobierno no se llama recesión en realidad, sino simple socialismo, redistribución para aumentar la pobreza, populismo autoritario: su gobierno ha sido solo tirar dinero, a la basura, o creando clientelas personales y perdiendo credibilidad frente a inversionistas y mercados, con solo un “yo tengo otros datos” para justificar sus errores.

Al respecto, los argumentos utilizados por López Obrador y sus personeros para hablar de una “economía que va muy bien”, solo se refieren al trabajo de las instituciones especializadas, como el Banco de México, en relación con la inflación. O al nivel cambiario del peso, solo sostenido por las altas tasas de interés que debemos pagar. Pero los fundamentos económicos se están resintiendo: La casa se incendia y solo el inquilino presidencial y sus empleados no lo ven.

López Obrador prometió un crecimiento anual del 4% durante su gestión y un superávit primario del 1%. Estamos muy lejos del primer objetivo, sin acciones creíbles para alcanzarlo, y sobre el segundo, en algún momento López Obrador decidirá entre sostener el equilibrio de las finanzas públicas o regalar todo el dinero que quiere y cree necesitar: De allí su empecinamiento por rescatar a PEMEX contra toda evidencia. Sueña a PEMEX como esa PVDSA que sostuvo al régimen chavista y su popularidad durante muchos años.

Con la pelea de López Obrador con los mercados financieros (una pelea perdida de antemano), quizá ya cruzamos el punto donde el gobierno y el presidente perdieron toda confianza de inversionistas y mercados, siendo irrecuperable en lo que resta al final del sexenio, en 2024. De cualquier modo, el papel de López Obrador debiera ser, de ahora en adelante, el de generar la mayor confianza aún posible entre ellos. El presidente todavía puede evitar que miles de empresas quiebren y millones de empleos se pierdan. Evitarlo será la real medida de éxito de su gobierno.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Graciela Aceves Jiménez *

Es imposible no darse cuenta de nuestro contexto social: mujeres jóvenes embarazadas, delincuencia, narcotráfico, desempleo, contaminación; parece que estos problemas no desaparecen, sino al contrario, se intensifican y marcan nuestras vidas de manera desagradable. Ante la desesperación, las personas piensan que deben buscar soluciones drásticas para hacer frente a estos problemas, esperando que logren eliminar las causas de manera rápida con acciones como la legalización del aborto, prohibiendo los popotes para reducir el plástico o intentar eliminar el crimen organizado con la fuerza del ejército, entre otras más. Estas medidas son sólo la punta del iceberg de un problema mayor y ninguno de estos remedios superficiales solucionará estos grandes desafíos en nuestro país.

Entonces, ¿cuál es el problema? y ¿qué lo origina? Estas son preguntas reflexivas que, al parecer, no muchos actores relevantes en la sociedad se hacen. Los políticos hacen campañas con propuestas vagas y mentirosas que saben que no cumplirán, empero lo hacen para ganar votos. Quizá el estímulo es más grande para lograr algún puesto público, no obstante, cabría preguntarse ¿es lo anterior resultado del desinterés de las personas que ocupan el poder o es la incompetencia de los que llegan de estos?

Jorge Familiar, vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe dijo en 2017 lo siguiente:

“Los altos niveles de crimen y violencia tienen un alto costo en vidas humanas y lastiman el desarrollo […] para tener éxito, la región necesita construir un tejido social más inclusivo y con mayor igualdad de oportunidades, así como implementar políticas de prevención que hayan funcionado en disminuir la violencia, tales como la reducción de las tasas de deserción escolar y el aumento de empleo juvenil de calidad”[1].

Como se puede notar, los organismos internacionales, como el Banco Mundial, piensan que mediante el asistencialismo y soluciones superficiales se eliminarán esos problemas y, estiman que para llevar a cabo esas actividades se requerirá de la recaudación de impuestos. Esto alimenta los vicios de nuestro gobierno, porque los políticos y candidatos enganchan con regalos, despensas y dinero a los votantes para ser elegidos como sus gobernantes. Los programas sociales se vuelven un medio para perpetuarse en el poder, con promesas de más regalías y eso mismo es lo que incentivan los organismos internacionales.

Esta fórmula lleva consigo el hundimiento económico de muchas familias porque genera pobreza y lo único que producen es que la gente se haga dependiente a los programas, en sí, no soluciona la raíz del problema. La causa real de los problemas sociales de nuestro país es que la sociedad no es libre para emprender sus proyectos personales, debido a que se encuentran  condicionados a pagar impuestos  que, con el tiempo, aumentan  cada vez más y más para solventar la necesidad de los gobiernos en la creación de programas sociales, con el que puedan mantener el voto cautivo de las personas marginadas, cuyo drama es acostumbrarse al grado de ser dependientes a que se les regale recursos y dinero.

Hasta este punto, es de notar que el gobierno y los Organismos Internacionales se enfocan en resolver los síntomas, no en erradicar la enfermedad que los ocasiona. La característica principal del socialismo es desviar la atención, enfocarse en limpiar por encima y no profundizar. Crean amigos imaginarios como la “mafia del poder” para justificar sus acciones, lucran con la necesidad de los pobres y les infunden odio hacia los ricos y los empresarios, haciéndoles pensar que son los enemigos. Argumentan que, en el mercado, los empresarios, especialmente los grandes, abusan de ellos porque los salarios son bajos y no brindan a sus trabajadores Seguro Social. Pero ¿acaso el gobierno proporciona facilidades para que las empresas se fortalezcan y crezcan? No, lo que hace el gobierno es generar impuestos y regulaciones que limitan el crecimiento de las empresas, lo que ocasiona que sus ganancias sean pocas por lo que no pueden mantener con bienestar a sus trabajadores.

El socialismo presume la “buena intención” de que a todos se nos provea para nuestras necesidades, que nadie sea excluido ni marginado por su estrato social y sea el gobierno el administrador de la riqueza para asegurarse de que todos tengan, de ahí la grandiosa frase “de cada cual según sus capacidades a cada cual según sus necesidades”. Sin embargo, el gobierno no puede contar con la información de las necesidades que los ciudadanos requieren, debido a que todos perseguimos fines distintos y no nos pueden cortar con el mismo molde. Lo que realmente hace este marco social es imponer su poder, sus parámetros coactivamente por medio de regulaciones e impuestos excesivos.

Cierto es que, no existe una receta única, debido a que somos humanos y cada uno de nosotros somos impredecibles, por lo que no se pueden crear estrategias certeras que funcionen en todos los estratos sociales. Por esta razón, la mejor forma hacer frente a la problemática es permitir que las personas tomen decisiones empresariales que se ajusten a sus necesidades. Si el gobierno permite la inversión y las facilidades para emprender, habrá crecimiento económico, más empleos y, a largo plazo, esos puestos de trabajo serán mejor pagados y se generarán innovaciones tecnológicas que tendrán como consecuencia el desarrollo del país[2].

Nuestro gobierno y, toda persona que ocupe un puesto importante debe entender que el gobierno no puede coordinar a toda la sociedad en su conjunto, por lo que debe ofrecer las facilidades para la inversión, para que nosotros estemos en disposición para emprender proyectos, innovar y desarrollar tecnología según sean nuestras necesidades. Al permitirnos tener esa libertad crearía la riqueza que nos hace falta como nación, lo que nos permitiría competir frente a otros países, incluso con los más desarrollados. Sin embargo, mientras sigamos con una mentalidad en la que el “capitalismo” es el malo, no podremos salir del agujero del que nos encontramos.

*Graciela Aceves Jiménez es internacionalista, enfocado en los acontecimientos políticos, sociales y tecnológicos de México y el mundo. En twitter la encontrará como @Grace1690


[1] http://www.bancomundial.org/es/news/press-release/2017/02/07/prevention-is-crucial-to-reduce-crime-and-violence-in-latin-america-and-the-caribbean

[2] https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/benito-solis/crecimiento-clave-para-superar-problemas-economicos