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Socialismo

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Por: Gerardo Garibay Camarena*

Jeff Deist, presidente del Mises Institute, visitó México hace unas semanas, invitado por México Libertario, y tuve la oportunidad de platicar con él en exclusiva, acerca de la situación actual y del panorama para la libertad.

Aquí les presento la segunda de tres partes, ahora respecto a la lucha contra el socialismo y la tiranía disfrazada de “corrección política” la transcripción (en inglés) está en Wellington.mx

Gerardo Garibay: El muro de Berlín cayó hace 30 años. Entonces parecía que el socialismo, y el comunismo en particular, estaban política y racionalmente derrotados. Sin embargo, apenas una generación después, vemos este resurgimiento, no solo de las ideas, sino incluso de los nombres y símbolos de esa desastrosa utopía. Incluso en Estados Unidos, personas como Bernie Sanders o Alexandra Ocasio-Cortez, se han convertido en favoritos de la prensa, mientras que la famosa encuesta de Gallup del 2016 proclamó que la mayoría de los jóvenes estadounidenses (55%) tienen una opinión positiva del socialismo. ¿Cómo podemos mejorar nuestros esfuerzos para que la gente recuerde la terrible tragedia del socialismo en el siglo 20? ¿Qué pasos podemos dar para presentar un mejor argumento, de forma que podamos evitar que la historia se repita en las próximas décadas?

Jeff Deist: Es muy atemorizante el que pareciera que el socialismo simplemente no se irá. El respaldo hacia el socialismo sigue apareciendo, y creo que en buena parte se debe a que en nuestra cultura y sociedad no leemos. No leemos historia. Por supuesto, las personas no leen grandes libros como “Socialismo”, de [Ludwig von] Mises [donde explica la imposibilidad de ese sistema], que escribió en los 1920’s y fue traducido al español poco después de que visitó México en los 1940s.

Mises explica que hay dos motivos por los que el socialismo tiene atractivo para las personas: El primero es que asume una posición “ética” y pretende –a pesar de toda la evidencia histórica que lo desmiente- que se interesa por las personas. El segundo era esa idea de que el socialismo era inevitable, y [los promotores del socialismo] siempre han sido muy efectivos para caracterizarlo como este “siguiente paso para la humanidad, al que eventualmente vamos a llegar.”

Bernie Sanders, la amenaza del socialismo con nuevos bríos.

Por supuesto, ninguna de esas cosas es verdad. El socialismo no es ético y ciertamente no es inevitable… Nuestro trabajo consiste en educar a las personas al respecto, pues el argumento teórico en contra del socialismo se ha planteado de forma absolutamente definitiva…Además tenemos la historia del siglo 20 y millones de personas asesinadas [por sus propios gobiernos] que plantean el argumento empírico contra el socialismo.

Tenemos los argumentos teóricos y empíricos. Lo que no estamos haciendo, al menos no lo suficientemente bien, es llevarlos a las personas, que cada vez leen menos… Creo que todos los que valoramos la libertad debemos estar muy preocupados de que seguimos peleando la vieja lucha contra el socialismo.

Pensábamos – a finales de los 1980s, cuando finalmente colapsó la Unión Soviética y cayó el muro de Berlín- que la conversación había terminado.

…Ahora vemos que eso no era cierto, que el colectivismo y las variantes del socialismo siguen apareciendo, de forma que nuestro trabajo no está terminado, y quizá es simplemente parte de la naturaleza humana el que tendremos que combatirlo mientras los seres humanos tengan un impulso hacia el “atractivo” del socialismo.

Gerardo Garibay: La primera vez que te vi hablar en vivo fue en el 2015, durante el Mises Circle en Dallas-Fort Worth. Ahí dijiste algo que tengo muy presente desde entonces, específicamente respecto a cómo la “corrección política” no se trata de ser amable, de ser educado o de respeto, sino de cambiar la forma en que las personas hablan y piensan, para impulsar una agenda izquierdista. Tres años después, tras la victoria de un Presidente decididamente anti-corrección política en Estados Unidos y con la casi permanente ira en redes sociales contra presuntas infracciones a la corrección política, muchas de ellas basadas en mentiras, como vimos hace unas semanas con el linchamiento mediático de los alumnos de Covington, ¿cuál es tu diagnóstico de la batalla por la corrección política en Estados Unidos y el mundo occidental? ¿Qué podemos hacer, bajo las actuales circunstancias, para enfrentarnos a esta tiránica imposición de lenguaje y opiniones?

Jeff Deist: Es difícil. Las personas están perdiendo sus trabajos, reputaciones, carreras, posiciones académicas o espacios editoriales por decir lo que ahora se perciben como cosas políticamente incorrectas en redes sociales.

La corrección política es real. No es una fobia que los derechistas se hayan inventado. Existe un esfuerzo activo y concertado para cambiar la forma en que pensamos y hablamos, y eventualmente modificar la forma en que actuamos. No hay duda al respecto y tenemos que luchar en su contra por una importante razón: Todas las personas, sin importar nuestra ideología –pero especialmente los libertarios- tenemos una obligación en primer lugar hacia la verdad. Cualquiera que se considere académico, cualquiera que se considere políticamente activo, tiene que buscar decididamente la verdad. No hay otro camino.

La corrección política es muy peligrosa y necesitamos tener el valor para enfrentarla a través de la verdad.

Jeff Deist.

Ninguna sociedad puede construirse a partir de falsedades, porque cuando lo hacen, obtienen cosas como el socialismo y la antigua Unión Soviética. Por lo tanto, nuestro interés no está en el libertarismo en sí, sino en la verdad y el florecimiento humano. Una vez que lo aceptamos debemos entender que las personas necesitan ser libres para discutir diferentes ideas y [que hay un precio a pagar por la diversidad], concluyendo el hacernos fuertes para leer cosas con las que estamos en desacuerdo y que eso es parte del vivir en sociedad.

Creo que las cosas se están poniendo muy Orwellianas en las universidades de los Estados Unidos. La corrección política está limitando lo que se publica y lo que recibe financiamiento. Ciertamente lo vemos en la investigación sobre cambio climático. Desafortunadamente, en el pasado lo hemos visto en investigaciones sobre SIDA y cáncer…vemos investigaciones que no reciben financiamiento por que las personas que las realizan han desafiado la ortodoxia en algún ámbito de la ciencia.

Esto es muy peligroso, y me parece que hay una pobreza de la mentalidad en occidente… Creo que esa no es una receta para una sociedad sana, en especial cuando tenemos estas elecciones presidenciales con un sistema donde el ganador se lo lleva todo, que es muy centralizado desde Washington D.C., de forma que nos quedamos con una minoría muy enojada cuando sufren una derrota política, y la corrección política es parte de ello, es parte de demonizar o alejar a las personas que no están en la mayoría cultural, social o política.

[La corrección política] es muy peligrosa y necesitamos tener el valor para enfrentarla a través de la verdad. No tenemos otra opción.

Continúa la próxima semana.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra*

Todos queremos que el porvenir de Venezuela sea distinto a su tragedia actual. Ojalá que así sea.

La caída de Nicolás Maduro se ve cerca, por primera vez en mucho tiempo. No hay forma ni escenario en que Maduro sobreviva la actual crisis. Pero no debemos olvidar que, al final, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y los colectivos militarizados tendrán la última palabra. En tal sentido, la caída puede tardar unos días. O meses. Dependiendo de qué tan cara quieran vender su posición los militares.

¿Qué será de Venezuela tras la salida de Maduro? Cabe dejar clara una cosa, de inicio: La renuncia de Maduro será una salida al actual impassepolítico, pero no una solución per se.

Al respecto, por ejemplo, tomará años estabilizar la producción petrolera y más tiempo, mucho más aún, estabilizar y encarrilar a la propia economía venezolana. Incluso con una transición pacifica de gobierno, es poco probable que el proceso resulte en mejoras significativas para la población más vulnerable, de manera inmediata.

Aunque no es imposible: países como Ruanda y Sri Lanka han registrado, en los últimos diez años, aumentos en sus niveles de prosperidad tras crisis políticas, genocidios y guerras intestinas. Y es posible también en Venezuela, porque su tragedia ha sido política y económica, y por lo tanto, plenamente rectificable y superable.

Lo terrible es que por ahora, todo el programa de la oposición a Maduro se limita a desalojarlo del poder. Quizá no podía ser distinto. Pero no hay un planteamiento serio de cómo reconstruir la economía y no volver a caer en la misma situación. No hay planes, no hay planteamientos, no hay soluciones distintas a las del chavismo.

Con un doble agravante: Por un lado, muchísimos venezolanos (incluyendo parte de la oposición) quisieran un vuelta al chavismo, solo que sin Maduro, creyendo erróneamente que el fracaso generalizado de Venezuela, fue culpa de Maduro, no de Chávez, en la creencia de que “Chávez era Chávez”. Obviamente se equivocan: Chávez instituyó una forma de robo generalizado, organizado por el gobierno, con apariencias de legalidad, que destruyó la economía venezolana. Su nombre es Socialismo. Volverlo a instituir y legitimarlo es cavar más hondo el hoyo en que se encuentra el país.

En el mismo sentido, van tomando posiciones para insertarse en un hipotético futuro nuevo gobierno, expresiones políticas que uno creería irredimibles, como el llamado “chavismo democrático”. En realidad, muchos de estos “chavistas democráticos” siguen aferrados a sus ideas sobre la economía y la sociedad, a pesar de la hecatombe económica y ética que causaron, porque creen que solo ellos son capaces de reunir empatía, bondad e inteligencia; incluso, creyendo en su buena fe, siguen pensando en llegar al poder mediante el voto (como Allende, como Chavez), para desde allí tomar el control total de la economía por parte del sistema político, y partir y repartir de acuerdo a su peculiar idea de superioridad moral.

El “chavismo democrático” y tantos tránsfugas en el exilio son el mismo chavismo de siempre. Solo tuvieron la suerte de no estar en las primeras filas del chavismo e irse o encabezar instituciones “desde el exilio” antes de que los echaran (en esos periódicos ajustes de cuentas en el socialismo), o se documentaran suficientemente sus propias tropelías.

Ese “chavismo democrático” y muchos “opositores” en instituciones “desde el exilio”, son parte de los asesinos intelectuales de la economía venezolana, y de muchísimos venezolanos, triturados en las fauces de una ideología asesina.

Quizá sea inevitable contar con ellos en las tareas verdaderamente urgentes de expulsar a Maduro del poder, y de constituir después un gobierno mínimamente eficaz y representativo. Pero mal harían los venezolanos en olvidar y perdonar todos sus crímenes, y volverlos a encumbrar al poder.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Venezuela está en un laberinto, del que será difícil que salga. Es un laberinto de muchos recovecos y riesgos, dónde están metidos muchísimos actores. Pero estar conscientes de esa dificultad es el primer paso para salir.

También hay que reconocer que esa salida estará siempre a medio camino entre los principios y la realidad.

Los principios son establecer, al contrario de lo que dicen los cómplices de la dictadura, que Juan Guaidó no se “auto proclamó” presidente: La mayoría parlamentaria lo instó a asumir la Presidencia de Venezuela, de acuerdo al artículo 288 de la Constitución promulgada (ojo) por el propio chavismo. Esto al cesar automáticamente la Presidencia de Nicolás Maduro el 9 de enero pasado, al no tener legitimidad alguna la elección presidencial de mayo pasado. Entonces, el único presidente legítimo es Guaidó, por más que Maduro se autonombre y él sí se haya autoproclamado. En los hechos, Maduro está usurpando la Presidencia.

En tal sentido, que la comunidad internacional reconozca a Guaidó es una indispensable contribución a lograr que en Venezuela haya una salida pacífica y democrática, no un derramamiento de sangre. Posponer su reconocimiento bajo el disfraz de la “neutralidad” es, por el contrario, abogar por una salida a sangre y fuego del impasse, impuesta por quienes tienen el control de la fuerza.

Para dejar contentos a quienes enarbolan esa supuesta neutralidad, ¿debe negociarse con el régimen chavista? Yo creo que debe negociarse con todos los involucrados en el conflicto y por ende, también todo puede negociarse, menos una cosa: la renuncia automática del usurpador a seguir detentando el poder. Con Maduro solo pueden negociarse los términos de su renuncia inmediata.

Al respecto, ¿puede ser López Obrador un intermediario para el diálogo y la paz, como propone el gobierno mexicano? La invitación a Maduro a su toma de posesión, y el envío de una representación de su gobierno a la teatral toma de posesión de Maduro, lo descalifican como un intermediario neutral y de buena voluntad. Y lo mismo puede afirmarse con relación al gobierno uruguayo, que sostiene una propuesta similar.

Igualmente, pedir como hace la Unión Europea, a instancias del gobierno de España, que antes de reconocer al presidente Guaidó Maduro debe convocar a elecciones, es un despropósito. No repara que en Venezuela no hay un árbitro electoral imparcial y que todo el aparato de justicia está partidizado a favor del PSUV. Que hay posibles candidatos presos, inhabilitados o exiliados. Que hay partidos inhabilitados o perseguidos. Que todos los medios de comunicación están controlados por el chavismo. Así es imposible que se hagan unas elecciones limpias, convocadas y organizadas por el propio chavismo. Por tanto, Guaidó debe ser reconocido como presidente, sin ninguna condición previa, porque así lo marca la propia Constitución venezolana.

Hasta aquí los valores que se deben privilegiar en la construcción de una salida al laberinto venezolano. Pero la realidad también cuenta y debe considerarse con la misma atención.

La realidad es que Maduro sigue manteniendo el control de las Fuerzas Armadas y éstas son las que impiden que éste se desplome, arrastrándolas con él. Sin ellas, Maduro sería un mero extra cinematográfico o un figurín de moda. Y no lo es, por desgracia.

Considerando que Maduro no dejará de motu propio el poder, mientras siga contando con el monopolio de la fuerza, ¿debe prometer Guaidó algo más allá de la Constitución para que Maduro abandone pacíficamente el poder? Para la mayoría, eso es anatema: quizá lo único que creen debe prometérsele es realizar un referéndum para legislar una amnistía y poco más.

Al respecto, muchos creen, legítimamente, que millones de venezolanos debieron de abandonar todo y huir al exilio, donde sobreviven mendigando, por lo que no sería justo que a cambio, a Maduro (y en general a la plana mayor del chavismo) se le dejara tranquilo con sus riquezas mal habidas, viviendo impunemente fuera del poder.

La verdad es que pensar en desocupar a Maduro sin darle alguna garantía, sin negociar con la Fuerza Armada Nacional y ofrecerle algo a sus mandos (considerando que perderán sus negocios en el narco y otras actividades ilegales), o sin negociar con Rusia o China, poseedores reales del petróleo venezolano y cuya posesión se vería en peligro (negociando en contrapartida posiciones en Medio Oriente o en el Extremo Oriente o el retiro de algunas sanciones económicas) no es realista. Está bien ser puro o principista en la filosofía política, pero la real politik es otra cosa. Como dice mi amigo y tocayo venezolano, Hugo González @hugonz: “Si saben que van a terminar presos, no entregan nunca el coroto ni por las malas”.

Igualmente, debe considerarse que prolongar el conflicto sin negociar, creyendo que solo la movilización de la ciudadanía presionará al régimen, podría ser una estrategia que termine jugando a favor del autócrata. Lo mismo creer que la presión internacional será suficiente, lo que podría terminar asustando a los ciudadanos indecisos pero nacionalistas, aglomerando a las fuerzas pro gubernamentales y dando justificaciones al régimen para presentarse como víctima y tomar medidas represivas más duras.

Finalmente, debe tenerse siempre en mente que con Guaidó o con quien sea quien finalmente sustituya a Maduro (incluyendo un personero del chavismo, como podría ser Tareck El Aissami), la sociedad venezolana seguirá creyendo que es el Estado quien crea y debe partir y repartir (y quedarse con la mayor parte) de la riqueza, por encima del mercado. Y que incluso, con Guaidó (un convencido socialdemócrata, cuyo partido está afiliado a la Internacional Socialista) las cosas podrían cambiar poco o casi nada en lo económico. En tal sentido, no tener demasiadas ilusiones sobre Guaidó y su futuro gobierno, sería razonable: daría tiempo y calma a su gobierno para implementar y corregir las primeras medidas necesarias y dolorosas. Ese posible gobierno tendrá un aprendizaje duro, largo y quien sabe si infructuoso al final.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por Rafael Acevedo*

Como tantas veces en los últimos 20 años, Venezuela está en manos de la “buena fe” de la “oposición”. Sin embargo, esta vez a los cohabitantes de la narcodictadura se les está haciendo difícil repetir la misma ruta de siempre para llegar al mismo final, seguir compartiendo cuotas de poder con el chavismo. Por primera vez en la historia de Venezuela la oposición, eternamente socialista, le tocó abrir paso a las ideas de verdadera libertad y estoy hablando, por supuesto, de la reunión sostenida en la cancillería de Brasil donde digna y merecidamente se encontraban los representantes de Rumbo Libertad.

Sin embargo, como muchos dicen, el camino es largo y aún la noche es muy oscura. Los intrincados caminos de la política, y peor aún la que hace la MUD y otras de sus sucursales con distinto nombre, dificultan la urgida implementación de las propuestas que van dirigidas a reconstruir una República sobre las bases de una verdadera libertad. A la muestra está, todo socialista se acomoda a lo que mejor le convenga. Si le da frutos “respetar” una constitución, que para lo único que sirve es para suplir la escasez de papel higiénico, hace el llamado a respetarla pero cuando no, pide que todos, inclusive gobiernos extranjeros, vayan en contra.

Mientras tanto, los venezolanos debemos tener presente los puntos fundamentales para que la libertad, una vez restaurada, sea sostenible y duradera en el tiempo. Hay que recordar que cambiar de una cárcel muy pequeña, asfixiante, inhumana a otra celda un poco más grande, ventilada y quizás, si es que se puede hablar de eso, un poco menos inhumana, no significa que seas libre. El símil de las cárceles es el caso de cambiar el modelo chavista para retornar al modelo de la 4ta República de la MUD y sucursales, o aplicar las cosas que dicen, y lo peor es las que callan, algunos supuestos “liberales”.

En anteriores artículos expliqué el porqué la libertad es inherente al individuo y no al Estado. Que toda propuesta de Libertad debe asegurarse que el derecho a la propiedad privada sea exclusivamente de los individuos, es decir el Gobierno jamás puede “ser dueño” y hay que eliminar la retórica marxista de que como “algo” es de todos los venezolanos entonces el Estado es el propietario o aquello de “empresas o sectores estratégicos”. Es necesario asegurarle la posibilidad a los ciudadanos de literalmente eliminar al Estado en alguna función que ya no la cumpla o que esté interfiriendo a que el sector privado la realice de una mejor manera, es decir no tiene derecho a la vida. Que esa palabra “central” –que encierra el poder omnipotente de decidir sobre todos- atenta en contra de la sostenibilidad de la Libertad, el centralismo debe ser eliminado totalmente. La necesaria limitación del Estado para asegurarse que en el futuro los socialistas no se aprovechen de haber dejado bajo custodia de la “buena fe”, “disciplina” y/o “sabiduría” de planificadores centrales el hilo, muy delgado y frágil, de la que dependería la libertad. 

Es por ello que en la transición se tiene que aplicar una serie de reformas económicas, mundialmente comprobadas, como la única vía a la prosperidad. Las he llamado “El Decálogo para la Prosperidad”:

I- Disminución inmediata del aparato burocrático, eliminando todas aquellas instituciones que están corrompidas y que no permitirán el surgimiento de nuevas, buenas y sólidas instituciones -empezando por la deshonrosa Guardia Nacional-.

II – Libertad monetaria. Aplicación inmediata de la ley de dolarización propuesta por el profesor Steve Hanke mientras se institucionaliza la eliminación del curso forzoso de cualquier moneda.

III – Eliminación inmediata de todo tipo de aranceles, impuestos y barreras al comercio internacional.

IV – Iniciar el proceso de privatización de TODAS las empresas y activos del Estado, siguiendo la propuesta que hemos desarrollado.

V – Entregar directamente a todos los venezolanos el total recaudado por concepto de impuestos a las actividades de petróleo y minas.

VI – Descentralización Municipal. Otorgamiento de autonomía administrativa y presupuestaria a los municipios -el mínimo gobierno central es quien debe pedirle a los municipios y no lo contrario-.

VII – Creación e implementación de un nuevo sistema tributario conformado por un único impuesto al consumo, administrado municipalmente. Establecer como requisito un referendum aprobatorio por parte de todos los electores para nuevos impuestos y para el aumento por encima del máximo establecido por períodos específicos.

VIII – Aceptación inmediata de la ayuda humanitaria y militar internacional.

IX – Desmovilizar todos los colectivos armados, depurar las cárceles, implementar porte abierto de armas, y subastar al público todo el armamento decomisado a los criminales. La idea es que a cada venezolano se le asegure su derecho de autodefensa.

X – Contratar inmediatamente servicios externos para aquellas funciones que el Estado momentáneamente no puede realizar, como justicia –mientras se depura el poder judicial todos los juicios deben ser realizados por cortes internacionales-, seguridad –la ayuda militar internacional jugará un rol importantísimo para asegurar el orden natural durante la construcción de una nueva República-, registros nacionales y aparato burocrático –buscar la asesoría de los mejores para cada ramo, ejemplo Nueva Zelanda para crear un ambiente de negocios idóneo…-.

Los cantos de sirena que llaman a endeudarse más, por cualquier vía, deben ser obviados. Todos los grandes reformistas de países que estaban literalmente hundidos en la miseria por el socialismo, al cabo de un par de años se han arrepentido públicamente de haber aceptado la “ayuda” y “buenos consejos” de entes como el Fondo Monetario Internacional. Si se va a aceptar cualquier ayuda debe ser bajo los términos de una propuesta de libertad. Pero todas esas instituciones tienen una agenda pautada, lamentablemente el socialismo tiene raíces en todos lados, y lo peor que puede hacer un paciente de cáncer de pulmón es cambiar la marca de cigarrillos que fuma para ver si se mejora.

El proceso de transición indiscutiblemente no será fácil. Pero si quienes toman el poder político en ese período tan desafiante e importante elijen las personas adecuadas, comprometidas con la libertad y en implementar lo que se necesita y no lo que políticamente les conviene -para perpetuarse en el poder-, de seguro Venezuela será a la vuelta de unos años un caso exitoso de aplicación de verdaderas políticas de libre mercado como lo son tantos países.

*Rafael Acevedo es Research Associate en el Free Market Institute en la Texas Tech University, Profesor Agregado de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, Director Político del Movimiento Libertad Venezuela y Director-Fundador de Econintech.org.

Este artículo se publicó originalmente en: https://independent.typepad.com/elindependent/2019/01/dec%C3%A1logo-para-la-prosperidad.html

Por: Víctor H. Becerra*

Dos artículos recientes se preguntan si llegó la hora de empujar a Nicolás Maduro fuera del poder en Venezuela. Uno es de Richard Hass, presidente del Council on Foreign Relations de EEUU. El otro fue escrito por Jorge G. Castaneda, ex secretario mexicano de Relaciones Exteriores. La revista colombiana Semana también dedicó su número más reciente al tema. Con distinta intensidad y argumentos, los tres trabajos se responden que pese al doloroso drama de la población venezolana, aún no están dadas las condiciones para un eventual Golpe de Estado o una intervención militar externa, existiendo aún algunos (pocos) recursos para presionar a Maduro y su régimen.

Pero el clamor para sacar del poder a Maduro se acrecienta. A mediados del recién concluido mes de septiembre, el propio secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) habló abiertamente de la posibilidad de una intervención militar para expulsarlo del poder. Donald Trump habla de lo mismo un día sí y otro también, mientras anuncia nuevas sanciones a funcionarios venezolanos, y se filtran informaciones de que militares rebeldes venezolanos se entrevistaron con funcionarios del gobierno Trump. Iguales declaraciones hace el nuevo presidente colombiano, Iván Duque, así como analistas militares norteamericanos.

A ello se suman otros acontecimientos que hablan de la creciente desesperación internacional en contra de Maduro, aunque ninguno de ellos tendrá un efecto inmediato y quizá tampoco ningún efecto práctico. Así, seis países americanos pidieron a la Corte Penal Internacional (CPI) que abra un proceso contra el gobierno venezolano por abusos a los Derechos Humanos, en la primera ocasión que Estados miembros refieren ante el tribunal a otro Estado miembro. Paralelamente, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU adoptó el jueves una resolución histórica sobre Venezuela en la que demanda al gobierno de Maduro “aceptar la ayuda humanitaria” para solucionar los problemas de falta de alimentos y medicamentos, y pidió a la presidente del Consejo, Michelle Bachelet, que presente un “informe completo” sobre la situación en Venezuela en la 41 sesión del Consejo, que tendrá lugar hasta junio de 2019.

Los organismos internacionales más respetados en materia de DDHH también echan luz sobre la “violencia armada endémica” en Venezuela, la cual ha provocado un aumento de las ejecuciones extrajudiciales practicadas por el Estado y que están especialmente dirigida hacia jóvenes pobres, y sobre las crecientes evidencias del grado de brutalidad dictatorial que ha alcanzado el régimen chavista bajo el mando de Nicolás Maduro. Hoy, Maduro es tan indefendible y tan impresentable como lo fueron en su momento Fidel Castro o Augusto Pinochet.

Pero a pesar de la creciente repulsa internacional en contra de Maduro y su régimen, conviene preguntarse si es obligación de los gobiernos, ciudadanos y contribuyentes de otros países el expulsarlo del poder, por cualquier medio. No sé que responderá usted, lector, pero en lo personal creo que no. Gobiernos y ciudadanías de América Latina ni siquiera pueden arreglar sus economías ni sus contrahechos regímenes políticos como para aspirar a arreglar medianamente bien los de Venezuela. Una solución real y duradera a la tragedia venezolana sólo puede venir de los propios venezolanos, que fueron, al final de cuentas, quienes eligieron a Maduro. Y en dos distintas oportunidades, en una reiteración de lo que, ya en el siglo XVI, Étienne de La Boétie llamó, no sin cierta perplejidad, la “servidumbre voluntaria”.

Al respecto, no debemos subestimar el apoyo popular con el cual aún cuenta Maduro dentro de Venezuela: Mandatarios como Enrique Peña Nieto o Michel Temer estarían satisfechos con sus números. Si bien tal apoyo es claramente minoritario porque la mayoría de los venezolanos quiere un cambio, las evaluaciones recientes de su respaldo se mantienen, en parte debido a las políticas sociales de su gobierno, la inscripción (obligada pero creciente) en el llamado Carnet de la Patria (por el cual se distribuyen subsidios, bonos y racionamientos a las clientelas chavistas) y el aumento sustancial de los salarios, aunque tales aumentos pronto se desvanezcan en el aire hiperinflacionario. Podrá alegarse que tales instrumentos no son más que demagogia o perversidades populistas, pero son populares (como todo populismo, claro), le generan respaldo y le permiten a Maduro y al chavismo comprar tiempo.

Tiempo extra que vale el doble si consideramos que no hay actores en la oposición que sean, ahora, una alternativa real a Maduro. Esto en parte gracias a las duras restricciones y la represión contra la oposición, y también, por el desprestigio de la mayoría de los líderes opositores, por no hablar de que muchos de tales “opositores” no son más que versiones light de Maduro: creen lo mismo que él, en sus mismas “soluciones”, harían casi lo mismo que él, sólo que con manos limpias, lavanda y mejores modales.

¿Qué es pues lo que los países del continente pueden hacer para erradicar la podredumbre del chavismo, representada por Nicolás Maduro? Poco en realidad. Pero más de lo que han hecho hasta ahora. Podrían tratar de aislar diplomáticamente al régimen; perseguir financiera y judicialmente a sus principales funcionarios; dar y promover un mayor reconocimiento político y protagonismo a los actores en el exilio (aunque muchos ellos no sean más que chavistas caídos en desgracia); aplicar un embargo al petróleo venezolano, para retirar al chavismo todo soporte financiero; remover obstáculos para que los migrantes venezolanos sean inmediatamente productivos en los países de acogida. Pueden hacer aún algunas cosas, más allá de la sola retórica empleada hasta hoy, antes de siquiera plantearse apoyar un golpe de Estado o, peor aún, una intervención militar concertada.

Las experiencias de países como Irak o Afganistán o Ucrania muestran que una intervención externa no resuelve ninguna crisis. Al contrario: las perpetúa. Máxime en un escenario como el venezolano, en donde Cuba, Irán y China comandan allí una intervención de baja intensidad. La dura realidad es que una intervención militar externa en Venezuela no es la panacea para sus actuales y gravísimos problemas. De hecho, es posible que empeorara las cosas en una vorágine de extremismos, oportunismos y guerra civil. Al respecto, es útil recordar lo que dijo Ron Paul a propósito de la crisis en Ucrania: El intervencionismo mata.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Diego Armando Maradona llegó hace unos días a México, para afincarse y dirigir a un oscuro equipo de futbol de la división de ascenso, el equipo Dorados de Sinaloa, colocado en el fondo de la tabla y asentado en una de las zonas de mayor influencia del narcotráfico. Su llegada ha sido, como se esperaba, motivo de suma atención y polémica. Aunque también de sátiras y burlas. Vale la pena detenerse un poco en el episodio, del cual pueden extraerse algunas lecciones.



El dueño de Dorados, Jorge Hank Rhon, es el hijo menor de Carlos Hank González, un profesor rural que se convirtió en uno de los políticos más prominentes del PRI en los 60s y 70s, del que se recuerda su enorme capacidad para enriquecerse al amparo de la política, bajo su máxima: “Un político pobre es un pobre político”; a su muerte, sus hijos heredaron grandes negocios e importantes relaciones políticas.

Jorge Hank es un millonario mexicano típico, con apellidos de políticos influyentes, con fama de “filántropo” y costumbres extravagantes, y negocios de la mano del gobierno, básicamente casinos, cual Al Pacino en El Padrino. Así, maneja casi la mitad de los juegos de apuestas y casinos de México. Junto con Dorados, posee también al equipo Xoloitzcuintles de Tijuana, de la máxima división. Ambos equipos los administra su hijo Jorgealberto Hank Inzunza.

Jorge Hank de 62 años de edad y con 19 hijos de sus numerosos matrimonios, es también, como su progenitor, un político militante del PRI, donde fue alcalde de Tijuana y candidato perdedor a gobernador de Baja California. Como alcalde, endeudó al municipio todo lo que pudo y lo quebró, aumentó los índices de violencia, al mismo tiempo que daba “apoyos” a los pobres y organizaba grandes espectáculos. En los hechos, compró al PRI y a muchísimos políticos, puestos a su servicio personal y de sus negocios. En esa estrategia, se ha acercado incluso a la dictadura cubana. Es, pues, el típico mafioso tercermundista: con mucho dinero y políticos a su servicio, pero sin blasones ni logros extraordinarios, sólo excentricidades y una vida signada por los escándalos.

Al respecto, se le ha acusado de media docena de asesinatos (de familiares y periodistas entre ellos), posesión de armas, por las que terminó presobrevemente, y de tráfico de pieles y animales exóticos, por lo que también fue detenido. En el año 2000 se hizo público que el gobierno de EEUU lo identificaba como socio del temido cártel narcotráficante de los Arellano Félix.

Tal es el nuevo patrón de Maradona, al que ahora servirá mediante un jugoso contrato, después de haber servido hasta la ignominia a Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Aunque ya conocíamos la clase de servicios que llega a prestar, como señaló el también ex futbolista José Luis Chilavert: “Maradona por un pancho y una Coca se da vuelta. Hace un papel triste, lo usan de monigote”. Justo como sucede ahora en México, donde entrenamientos y entrevistas de prensa son llevadas por sus auxiliares. Él sólo aparece en las fotos y recibe los cheques.

Maradona dice ser un socialista pero habla con el bolsillo derecho lleno. De socialista nada. ¿O se puede tener conciencia socialista y a la vez ser aliado y empleado del mejor exponente del capitalismo mexicano de compadres? ¿Qué clase de socialista cobra millones de dólares trabajando en negocios sospechosos de narcotráfico y de favoritismo político, y se gasta su fortuna en ‘farlopa’, en lugar de dedicarla a obras sociales o para disfrute del “común”, como predica el socialismo que dice profesar? ¿Por qué mejor no hizo una contribución a la “revolución” dirigiendo la selección de Venezuela o la de Bolivia? Expuesto a estas preguntas, quizá Maradona contestaría, como muchos otros correligionarios: “Me gusta el socialismo, pero de lejos y para otros, yo no soy tonto”.

En realidad, un capitalismo de compadres como el mexicano es idóneo para el desarrollo y la complicidad de socialistas, como hoy demuestra Maradona. Es así porque el capitalismo mexicano de compadres, como el de otros muchos países latinoamericanos, está más cerca del socialismo que del real capitalismo, y más cerca fascismo que del socialismo. Es un socialismo corporativo y tal es el verdadero contrato social en nuestros países.



Un socialismo corporativo construido mediante un capitalismo de estado a lo grande, con un intervencionismo estatal pernicioso, desde las relaciones de poder y las complicidades políticas y familiares, hasta llegar a ser un socialismo corporativo con base en la metodología del Lava Jato, con tintes de kirchnerismo, manejo delincuencial a lo Maduro y demagogia a lo Evo Morales o López Obrador.

El socialismo dijo luchar toda la vida por el fin de las clases. Toda la vida defendiendo la igualdad de oportunidades. Y en cambio, llegan Maradona y muchos otros y con su ejemplo lo desnudan y se lo cargan de un plumazo. Así, trayectorias como las de Maradona y su actual discurrir mexicano, prueban que defender el socialismo no es defender a los pobres, sino apoyar el saqueo desde el gobierno y sus empresas favoritas, y promover el enriquecimiento propio en nombre de “la igualdad”. ¿Pero alguien esperaría algo distinto de una ideología que solo prohíja envidiosos y resentidos?

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

Hoy, Venezuela es un infierno en la tierra. Un infierno no sólo por el autoritarismo de los gobernantes, la inflación enloquecida, la corrupción de las instituciones y la violencia desatada de la delincuencia organizada del Estado y de la delincuencia común que la llevan a ser el país con mayor índice de homicidios a nivel mundial (con una tasa 4.5 veces mayor que la de México).



Venezuela es un infierno, principalmente, porque la lógica de la realidad misma ha colapsado en una especie de sueño febril, en el que los líderes políticos hablan de “la patria” y de “la potencia” en un país que colapsa a niveles de Haití, a pesar de tener la riqueza petrolera más grande del mundo, con reservas de aproximadamente 300 mil 900 millones de barriles, y donde la clase política parece sumida en una realidad alterna en la que presumen giras de “inversión extranjera” a Argelia y proclaman una “revolución económica”, mientras se ahogan en una hiperinflación que no tiene para cuando arreglarse y se declaran a la vanguardia del humanismo, pero amenazan con censurar el internet en toda Venezuela para evitar el ataque del imperio. Mientras tanto, los vividores de la opositora MUD también sueñan, con negociarle prebendas a Maduro, con una transición democrática y con ser ellos los que apliquen el socialismo, para que ahora sí –según ellos- funcione.

Lo de Venezuela es trágico, pero no es sorpresa, es la pesadilla de siempre cuando el socialismo radical toma el poder un país. Entonces, la pregunta inevitable es ¿Por qué ese sistema, que tan trágicos resultados ha tenido una y otra vez, mantiene una especie de pátina intelectual y prestigio social? ¿Por qué los socialistas de izquierda no son abiertamente repudiados, como les ocurre a sus primos nacional socialistas?

Bueno, la respuesta es sueño.

Especialmente tras el vergonzoso colapso de la cortina de hierro y de la Unión Soviética, a finales de los 80’s y principios de los 90’s, los intelectuales y politicastros que habían lucrado del socialismo marxista se toparon de bruces con una realidad que demolió completamente su proyecto inicial de una “lucha de clases” al estilo leninista. Su esperanza resultó en vano, y se encontraron en un callejón con dos salidas: Reconocer que se habían equivocado, como lo hicieron algunos, o refugiarse en la fantasía, y ese fue el camino que la mayoría eligió.

En las secuelas de su derrota en la Guerra Fría, la intelligentsia de izquierdas se dedicó a reempacar su producto, añadiéndole nuevas campanitas y adaptándolo en el primer mundo a las “luchas de vanguardia”, y en Sudamérica a un nacionalismo estilo peronista, para formar lo que llamaron Socialismo del Siglo XXI. Mientras tanto, cada que eran exhibidos en el fracaso de sus antiguos ídolos europeos, escapaban hacia las llanuras de la utopía, demandando a los 4 vientos lo que Eduardo Galeano, genial escritor y pésimo analista, definió como el “derecho de soñar” para utilizar la belleza onírica como auto justificación ante el trauma de la caída del comunismo.

Y con ese sueño llegaron a la política venezolana; y con ese sueño convencieron a la mayoría de la población, que votó entusiasta por Hugo Chávez; y con ese sueño se deshicieron en halagos al régimen; empezando por el propio Galeano, que calificó a la Venezuela bolivariana, como el triunfo de los que siempre habían sido “invisibles”, y por supuesto, Noam Chomsky, que alabó el clima de “total democracia” y se refirió a Chávez como el constructor de ese “otro mundo posible”, es decir, el de los sueños.

Ahora el hermoso sueño se ha revelado como una pesadilla de la que ya está huyendo más del 10% de la población venezolana (4 millones de emigrantes en un país de 31 millones), lo que ha provocado una crisis humanitaria a nivel regional, aderezada por las dantescas escenas de escasez, represión y cinismo de una clase gobernante que sigue en brazos de Morfeo y copas de buena champaña.

¿Y los intelectuales? Algunos se hacen patos y otros, como Chomsky, apuran una condena a posteriori, para de inmediato brincar a la siguiente fantasía, al fin que, después de todo, para ellos la vida es sueño y en el viaje a la utopía todo se vale, justificando muy bajas pasiones con el pretexto de muy altas aspiraciones.

Deliremos, pues, por un ratito. El mundo, que está patas arriba, se pondrá sobre sus pies”, se justifica desde el más allá la pluma de don Eduardo.



Pero su alegato será eternamente en vano, porque lo de Galeano y compañía no es delirio, sino la mala maña de empaquetar utopías y venderlas a los tiranos, para que se las receten a precio de oro a sus víctimas por millones.

No, el delirio es el que vive todos los días el pueblo venezolano, que paga en inflación, violencia y desesperanza las consecuencias de su propia credulidad y la inmadurez de creer que en los “delirios” socialistas, que, tanto en Venezuela como en Cuba, Vietnam, Camboya, la URSS y Europa del este, son sueño para los vividores e infierno para todos los demás.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra*

Durante los últimos días, se han multiplicado las imágenes del éxodo de cientos de miles de venezolanos. Son imágenes poderosas y conmovedoras. Pero quizá lo peor es que es una crisis humanitaria predicha desde hace tiempo y que pese a ello, pocos gobiernos hicieron algo frente a la emergencia que se venía. Los gobiernos latinoamericanos, en su mayoría (con la excepción de Perú y tal vez Colombia y Chile), decidieron ignorar el problema. O simplemente no les importó.

Según la ONU, 2.3 millones personas han huido de Venezuela en los últimos años, de entre un país de unos 30 millones de habitantes. Aunque nadie sabe a ciencia cierta cuántas personas se han marchado, por lo que ese número podría ser mucho mayor: tal vez ronde los 4 millones desde 2015, año del colapso económico del chavismo, es decir, más del 12% de la población total del país.



De mantenerse el actual ritmo, la diáspora venezolana “podría superar los 6 millones de personas que huyeron de la guerra civil siria” (una quinta parte de la población siria, similar a la de Venezuela), según alerta la revista The Economist, convirtiéndose así en la mayor crisis migratoria en la historia del continente. A ello sumemos que un 40 por ciento, casi la mitad de la población venezolana, desea emigrar, sobre todo jóvenes y clases medias y altas. Si esto se volviera una realidad, implicaría alrededor de 13 millones de inmigrantes más en total o al menos, otros dos millones adicionales a los actuales, con lo que se llegaría a los mismos números de la tragedia siria.

Para muchísimos venezolanos hoy la prioridad es abandonar Venezuela, poco importa cómo ni a dónde, simplemente para sobrevivir. En contraste, muchos gobiernos y una creciente proporción de latinoamericanos, ven su éxodo como un peligro, desentendiéndose de que en el pasado reciente Venezuela fue receptor de millones de migrantes, por ejemplo de Colombia: en 1980, el PIB per capita venezolano triplicaba al de su vecino. Pero también de Argentina, Chile, Ecuador, Panamá, muchos huyendo de las dictaduras sudamericanas o de las crisis económicas de los 80s: Venezuela fue en algún momento la cuarta mayor economía del mundo (primera de América Latina), con el mejor sistema de salud del mundo occidental.

Colombia, Perú y Ecuador exigen hoy a venezolanos contar con pasaporte, para “hacer un control efectivo de las personas que entran y salen del territorio”. Otros países como Chile han sumado obstáculos al movimiento migratorio. Y ya hay episodios de violencia contra los migrantes, como en Brasil, ejemplo verdaderamente vergonzoso de xenofobia violenta, por no hablar de la explotación laboral de los migrantes, casi en condición de esclavos. Con todo, las condiciones que generalmente encuentran, para ellos y para sus hijos, son mejores a las que abandonan en Venezuela.

Obstaculizar el movimiento migratorio no tiene ningún sentido, no sólo porque el pasaporte en Venezuela es un documento de casi imposible acceso por su alta demanda y altísimo costo, sino porque en nuestros países el pasaporte sirve de poco: es un mero documento burocrático de identidad, de control tributario y poco más, pero no de seguridad ni protección ni control de estancia; cuanto más, un certificado que constata nuestra condición de presos en cárceles a cielo abierto.

Igualmente, los obstáculos y trámites puestos al movimiento migratorio contradicen los principios básicos de atención humanitaria, que es lo que necesita Venezuela hoy. En realidad, y contra lo que se espera, el principal efecto de estas restricciones será el de un mayor número de cruces ilegales, un floreciente negocio de corrupción burocrática y tráfico de personas, y una menor integración económica de los migrantes.

La xenofobia, la desconfianza de muchos latinoamericanos frente a los migrantes venezolanos, la oportunidad que ven de abuso y maltrato impune, el nacionalismo y su deseo de poder e imposición, es un episodio vergonzoso (con el agravante de que es entre supuestos “hermanos” latinoamericanos), fruto de la ignorancia, del pequeño y mezquino Trump que todos llevamos dentro. En realidad debiéramos verlos como una oportunidad de enriquecimiento mutuo.

Así que, después de verlos como sujetos de conmiseración y ayudarles a reponerse de enfermedades, cansancio y hambre, debiéramos darles la oportunidad de contribuir: La gran mayoría de ellos son jóvenes y con niveles de preparación superiores a los países receptores. Por tanto son potenciales creadores de riqueza, en lugar de supuestos oportunistas o consumidores sin oficio ni beneficio de nuestros “envidiables” estados de bienestar.

Por ello, mientras más rápido puedan trabajar y/o crear sus negocios y en consecuencia, mantenerse por cuenta propia, más rápido se aliviará la carga sobre los servicios públicos y los contribuyentes nacionales. Así que en lugar de pedir pasaportes y sumir, por ende, en la informalidad y las tinieblas a millones de migrantes, los gobiernos debieran emitir permisos de trabajo y de creación de negocios.

A todos conviene que los migrantes venezolanos sean capaces de trabajar legalmente, crear riqueza, dinamizar las economías en los lugares donde se instalen y así, sufraguen sus propias necesidades y las de sus familias. No permitírselo iría en detrimento de la racionalidad económica, con el agravante de que estarían ilegalmente en el país, cosa que reduciría más los salarios y aumentaría la competencia por los empleos, con el consiguiente desempleo de los nacionales y el deterioro de la seguridad pública.

El de Venezuela es el mayor movimiento migratorio en la historia recientedel continente. Los venezolanos no huyen de un conflicto bélico, como en Siria, sino de la escasez de alimentos y medicinas, los salarios bajos, la hiperinflación (los precios subirán este año 1.000.000%, según el FMI), las colas de 8 horas para comprar cualquier cosa y la inseguridad pública, además del creciente autoritarismo y brutalidad del régimen venezolano, y porque no avizoran en Venezuela un futuro personal acorde con sus expectativas. No es un montaje escenificado por cientos de miles de personas, según dice la dictadura chavista. Es el resultado trágico pero natural del colapso económico venezolano, que se acentuará tras las últimas medidas económicas de Nicolás Maduro. Así que el éxodo continuará, no hay forma de frenarlo en el corto plazo.



De modo que los gobiernos latinoamericanos debieran abocarse a crear un acuerdo regional, por ejemplo, mediante el cual los países del hemisferio les otorguen un estatus temporal de protección y acepten, por lo menos, cierta cantidad de refugiados venezolanos (y nicaragüenses, un éxodo menor pero que allí está), flexibilizando para ellos el mercado laboral y desregulando la creación de negocios, además de establecer una amnistía general para quienes ya llegaron y se encuentran ilegalmente, sobreviviendo en la informalidad. Este conjunto de medidas sería correcto por razones humanitarias, económicas y del propio interés nacional.

Un acuerdo de tales características podría ser el resultado mínimo de la próxima reunión de la OEA sobre el tema, o de la promovida por el gobierno ecuatoriano, en lugar de incrementar las declaraciones, discursos y toneladas de documentos oficiales sin resultados concretos, cerrando de otra manera las puertas frente a miles de venezolanos desesperados por huir de una nación que se cae a pedazos.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Hiram Pérez Cervera*

“No hay esperanzas para una civilización, cuando las masas están a favor de políticas nocivas”

-Ludwig von Mises.

La contundente victoria de Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) en las elecciones pasadas marca un cambio de rumbo drástico para nuestro país en los años que vienen. La marcada tendencia de izquierda nacionalista tuvo un profundo impacto en una sociedad mexicana que, harta de los escandalosos casos de corrupción y del número constante de 50 millones de mexicanos en pobreza, decidió entregarle poder absoluto al caudillo que ofreció cambiar todo de un pincelazo, con alguna extraña magia que nuestro país desconoce, al menos hasta que este taumaturgo, de apellido López Obrador, asuma el poder en diciembre.

El propósito de esta reflexión es intentar aproximarse a las causas por las que, un partido como MORENA, ganó de manera tan aplastante esta elección y dar aviso sobre la enorme tarea que tenemos los libertarios para evitar que, en palabras de Mises, la barbarie socialista se apodere por completo de la política de nuestro país.



Uno de los factores determinantes para esta elección fue que, mediante del uso del discurso, se fueron construyendo diversos conflictos que, finalmente, darían origen al sujeto de la revolución. Esta estrategia, no fue creada por el equipo académico ni de campaña de López Obrador, fue diseñada por teóricos de corte marxista para reincorporar el ideal socialista una vez que fracasó el socialismo real de la Unión Soviética.

Este es el análisis que comparte Agustín Laje en el Capítulo 1 de “El libro negro de la nueva izquierda” que escribió juntamente con Nicolás Márquez, en el cual, explica como teóricos como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, comienzan a trazar un camino por el cual el socialismo va a entrar nuevamente en la escena de la política para hacerse con el poder. América Latina es un ejemplo de cómo esta reinvención del socialismo fue exitosa al conseguir gobernar buena parte de esta región del mundo.

Entender el concepto de hegemonía es clave aquí para ver con claridad el desarrollo de estas ideas. Gramsci argumentaba que la hegemonía era un sistema de alianzas de clase que le permitirían al proletariado hacerse con el poder, ello con un cambio de paradigma dentro del mundo del marxismo tradicional. La batalla no se daría exclusivamente en el ámbito de lo económico, sino en el cultural, de ahí que para este teórico era de importancia crucial la proliferación de marxistas dentro de la esfera académica.

Ernesto Laclau, uno de los grandes exponentes del marxismo en América Latina, analiza que el mundo después de la caída de la URSS es un lugar en el que las clases obreras han mejorado sus condiciones de vida, además de que la expansión de la democracia generó nuevos conflictos políticos cuyo centro no es el ámbito económico, idea que provoca el rompimiento definitivo con el marxismo tradicional e incluso con parte del pensamiento gramsciano pues, la clase proletaria no va a poseer ese lugar privilegiado como agente revolucionario, de modo que se abrirá ese campo a un universo aún mayor. Esto quiere decir, que los agentes de la revolución se van a construir mediante el discurso, a través de la generación de historias y relatos que provoquen conflictos que le sean funcionales a la izquierda.

Tenemos que madurar políticamente y superar las nocivas discusiones sobre “pureza libertaria”

En este punto, MORENA deja muy en claro que esta es su estrategia, al presentarse como resultado de las luchas sociales que existen en México y, por tanto, como agente de articulación entre toda esta diversidad de movimientos. El énfasis debe caer sobre el concepto de articulación, entendida por Laclau y Mouffe como la modificación que surge de la alianza entre dos actores políticos.

En nuestro país, el resultado de esa articulación es precisamente la creación de MORENA, movimiento en el cual se han incrustado diferentes causas del país, con el objetivo de abatir un enemigo común, el capitalismo liberal. Algo que queda patente cuando en la declaración de principios de este nuevo partido se habla del modelo “neoliberal” como factor que genera desastres en la sociedad.

Una vez expuesta la estrategia ideológica, queda ahora explicar de qué manera van a llevar a cabo tal fin. El proceso será mediante la radicalización del componente igualitario de la democracia, es por eso que su discurso hace énfasis en los temas de la desigualdad como generador de conflicto, de manera que profundizar sobre este ideal de igualdad será necesario al grado en que colapse por sí mismo, ejemplo de ello son declaraciones como las de Olga Sánchez Cordero, en las que hace un llamado a la democratización de las familias, la idea constante de llevar a consulta el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México o la revocación de mandato a mitad del sexenio, en palabras de Ernesto Laclau “ No es en el abandono del terreno democrático sino, al contrario, en la extensión del campo de las luchas democráticas al conjunto de la sociedad civil y del Estado, donde reside la posibilidad de una estrategia hegemónica de izquierda”[1]

Radicalizar la democracia no será el fin, más bien será el medio por el cual se pretende lograr la destrucción de la noción del individuo, en otras palabras, la destrucción de las nociones sobre los derechos individuales y la propiedad privada. De modo que, esta nueva concepción de democracia radical es el disfraz de un nuevo socialismo que ahora a conseguido incluir demandas que trascienden el aspecto puramente económico.

¿Qué debemos hacer los libertarios ante un embate de esta magnitud?

La respuesta es generar un movimiento de respuesta que sea homogéneo, en el que las diferentes corrientes que existen dentro del mundo de la libertad puedan avanzar de manera transversal en la academia, la sociedad y lo económico para hacer frente ante esta nueva estrategia que los teóricos del socialismo han puesto en marcha.



Esto quiere decir que tenemos que madurar políticamente y superar las nocivas discusiones sobre “pureza libertaria” que se dan habitualmente y que impiden que podamos construir una hegemonía por la libertad. En este momento, lo que esta en juego no es el flamante título de “Libertario”, sino la libre voluntad de poder simpatizar con el ideal de la libertad.

Finalizaré este análisis con una frase más de Mises para reflexionar sobre la enorme tarea que tenemos como único frente capaz de responder coherentemente la batalla cultural que se recrudecerá a partir de diciembre.

“Si queremos salvar a nuestro planeta de la barbarie, lejos de ignorar los argumentos socialistas, es preciso refutarlos.”

-Ludwig von Mises

*Hiram Pérez Cervera es internacionalista, enfocado en el estudio del impacto de la política sobre la economía. En twitter lo encontrará como: @hiram_perezc

[1] Laclau, Ernesto. Mouffe, Chantal. Hegemonía y estrategia socialista. P. 222.

Por: Víctor H. Becerra*

Parece una película o una nueva serie de Netflix, pero fue real: durante 10 años, el chofer de Roberto Baratta, un muy alto funcionario argentino, anotó en varios cuadernos, con precisión y meticulosidad, cada uno de los millonarios sobornos que recibía dicho funcionario, por parte de empresarios contratistas del ramo de la Energía, sobornos que a su vez entregaba al presidente Nestor Kirchner y, después, a la muerte de éste, a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Al anotar todo lo que veía y escuchaba (acompañándolo también con fotografías y videos), el chofer Oscar Centeno construyó una sorpresiva y enorme prueba de la trama de corrupción del kirchnerismo, del sistema para hacer negocios que se impuso por años entre el Estado argentino y sus contratistas.



Los cuadernos fueron revelados a la prensa y a la justicia hace una semana por un amigo del chofer, quien se los dejó en resguardo, metidos en una caja de galletas. Son relatos cuidadosos y exactos de entregas, recibos y montos de sobornos. Escépticos, neutros, casi sin opiniones personales. Y con serias implicaciones sobre toda la estructura del gobierno kirchnerista y potencialmente destructivas contra la propia ex presidenta: Según los cuadernos, Cristina Kirchner cobró sobornos hasta apenas un mes antes de dejar el gobierno, cuando ya Mauricio Macri era presidente electo. Y recibía bolsos con millones de dólares en su domicilio particular y en la quinta presidencial de Los Olivos, ataviada con trajes deportivos, ese atuendo favorito de Fidel Castro y otros ‘progresistas’.

El Cuadernogate o escándalo de Los cuadernos de las coimas, como ya se le conoce, ha causado la detención de varios ex funcionarios y de una decena de los principales empresarios argentinos, muchos de los cuales aceptaron ser informantes en la investigación judicial, para evitar la cárcel. Casi todos han señalado que los sobornos les fueron solicitados para financiar las campañas políticas del kirchnerismo.

El propio socialismo lleva a la corrupción. No se puede ser honesto en un sistema que anula cualquier incentivo a la probidad, decencia e independencia.

Pero esta versión ya flaquea. En realidad serían meros sobornos, coimas, sin eufemismos, que aceitaban un mecanismo grosero: Los empresarios acordaban precios inflados en un 20 por cierto en las obras públicas o negocios energéticos que concursaban, y se presentaban a las licitaciones, a sabiendas de quién ganaría o perdería cada contrato, repartiéndoselos equitativamente. En tanto, el gobierno adjudicaba y pagaba un 20 por cierto de adelanto de la obra o negocio. Ese dinero de los contribuyentes salía sin dilación de las cajas del Estado para terminar enseguida en manos de los funcionarios recaudadores, quienes lo trasladaban al jefe político de la banda. Una buena parte de ese dinero terminaría en cuentas bancarias, sociedades offshore, cajas fuertes y el pago de propiedades de los implicados y sus familiares.

El kirchnerismo en Argentina es inagotable en su capacidad de sorprendernos. El Cuadernogate es solo el último de una larga cadena de escándalos: Ya otro funcionario, compañero de Baratta, responsable de la contratación de obras públicas, fue detenido tratando de enterrar millones de dólares y euros en un convento; el último vicepresidente de Cristina Kirchner acaba de ser condenado a varios años de cárcel, por querer apropiarse la imprenta de los billetes del Estado; la hija está procesada por acumular millones de dólares en cajas de seguridad; sigue irresuelto el asesinato del fiscal que investigaba a la ex presidenta, junto con presiones e intimidaciones mafiosas contra jueces dictadas presuntamente por ella, mientras los procesos abiertos contra ella misma siguen acumulándose y profundizándose. Todo ello aderezado con detalles como la práctica de los Kirchner de no contar el dinero que recibían de sobornos, sino que sólo lo pesaban (dada las enormes, inmanejables cantidades), el uso de los aviones presidenciales para transportar el dinero, la enfermiza obsesión de los Kirchner por las cajas fuertes, e incluso, rumores inconcebibles de que el mismo mausoleo del ex presidente funcionaría como bóveda de seguridad.

Si algo deja en claro el Cuadernogate es que los implicados no fueron políticos que se corrompieron circunstancialmente, sino que son mafiosos que se hicieron con el poder político nacional por largos doce años con el beneplácito de los ciudadanos: baste recordar que los implicados fueron altos funcionarios de Nestor Kirchner desde su época de gobernador de Santa Cruz (1991-2003) y que Cristina Kirchner logró su reelección presidencial en 2011 con un abrumador porcentaje del 54%, una de las votaciones más altas de toda la historia argentina. La corrupción no era un sistema en Kirchnerlandia: era EL sistema.

Y todo esto fue posible usando al socialismo como mecanismo y cobertura lubricante. El mismo Nestor Kirchner señaló, durante un viaje a México, que “ser de izquierda da fueros”, impunidad. Así, el socialismo facilitó el atraco. Porque el socialismo es el poder absoluto de la Economía en manos del Estado. Y todos sabemos que el poder absoluto corrompe absolutamente. Incluso, el socialismo, como la esclavitud, busca tomar la posesión más valiosa: a la propia persona, como puede ahora atestiguar Oscar Centeno. Así, el problema es el mismo socialismo, porque propende inevitablemente a la corrupción. Y no se puede ser honesto e íntegro en un sistema que en la práctica anula cualquier incentivo a la probidad, a la decencia y a la independencia, porque todo lo quiere controlar, centralizar, decidir, prever, dar seguridades y, en cambio, lo único que logra es, precisamente, corrupción para enriquecer a quienes deciden y a sus súbditos favoritos, y empobrecer a todos los demás.



Aún es temprano para prever cómo terminará el escándalo y sus posibles derivas. Como sabemos de escándalos similares, sus trayectorias suelen ser incontrolables, sus consecuencias imprevisibles y sus damnificados los menos esperados. Todo puede pasar. Incluido un cataclismo político como los sucedidos en EEUU, Italia o México, espoleado por la imparable crisis económica del país. Quizá lo único seguro sea el aniquilamiento del kirchnerismo como opción político-electoral. En hora buena.

Hubo un tiempo en que decirse kirchnerista (o chavista o lulista o como fuera el apellido del mandamás de cada pandilla) tal vez quiso significar progresismo, solidaridad, revolución, derechos humanos. Hoy sólo es sinónimo de robo, delincuencia organizada, saqueo sistemático, a manos llenas, desvergüenza. Con suerte, esperemos que en adelante también sea sinónimo de político preso y en descrédito.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra