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Socialismo

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Por: Hugo Marcelo Balderrama*

En 1990, el fallecido Fidel Castro y Lula Da Silva fundaron el Foro de Sao Paulo. Según ambos personajes “el Foro fue constituido para reunir esfuerzos de los partidos y movimientos de izquierda después de la caída del muro de Berlín y las consecuencias del neoliberalismo en los países de Latinoamérica y el Caribe”. En la época de su fundación Castro era el único miembro en un cargo de poder. Pero la pandilla izquierdista la tenía muy clara: había que tomar el poder. En agosto de ese año en Bolivia se realizó la marcha por el “Territorio y la Dignidad”, primeros embates del indigenismo. El 4 de febrero 1992, Hugo Chávez ejecutó un intento de golpe en Venezuela. Y la defensa de la hoja de coca aparecía en escena de la mano de Evo Morales.



Para finales del siglo XX y principios del XXI, Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales habían ganado las elecciones presidenciales en Venezuela, Ecuador y Bolivia. La revolución cubana recibía un aire de renovación. Y las viejas fuerzas de izquierda tenían en los homosexuales nuevos militantes, tanto así, que el “Che” Guevara, un asesino de homosexuales, pasaba a ser símbolo de las nuevas “minorías” discriminadas por la sociedad. El foro de Sao Paulo se convertía en la fuerza hegemónica de la política regional.

Una vez en el poder, los presidentes foristas actuaron bajo el mismo libreto.

Primero, convocaron asambleas constituyentes con el objetivo de fabricar constituciones a medida de las ambiciones del foro. Segundo, debilitaron las fuerzas políticas de oposición. Tercero, establecieron grupos paramilitares con el fin de apuntalarse en el poder. Cuarto, empezaron un plan de nacionalización y expropiaciones de empresas nacionales y extranjeras. Quinto, avasallaron el derecho propietario con regulaciones sobre las tasas de interés, incrementos de impuestos y endurecimiento a las leyes laborales. Sexto, realizaron modificaciones a las leyes electorales con el objetivo de instalar tiranías por la vía democrática. Y séptimo, incrementaron el gasto estatal a niveles astronómicos.

Una población muerta de hambre y con todo tipo de padecimientos es fácilmente controlable.

Como la realidad no puede ser burlada, tarde o temprano, los desordenes provocados en la economía pasan factura. La mora bancaria se incrementa haciendo tambalear el sistema financiero, la inflación empieza con un espiral ascendente que parece no tener fin, los productos desaparecen de los mercados y los trabajadores ven diluirse el poder adquisitivo de sus salarios. Cuba está en ese círculo de pobreza más de 50 años y Venezuela cerca a los 20. Sabiamente, el teólogo americano R. J. Rushdoony llama “Planificación de la hambruna” a las políticas económicas socialistas.

Lastimosamente, la derecha Latinoamérica fue tomada por sorpresa. Las fuerzas políticas seguían repitiendo la receta del “neoliberalismo”, un intento de tener un estatismo ordenado y con salud financiera. Los “think thank” defensores del libre mercado adoptaron, sin crítica alguna, los dogmas del marxismo cultural. Y los pocos académicos no socialistas, como mi querido maestro Alberto Benegas Lynch, siguen sin entender la naturaleza del socialismo.

El socialismo no es un error como ingenuamente piensan muchos intelectuales. El socialismo es la representación política de la maldad. Los socialistas no son buenos muchachos a los que les falta aprender economía. Los socialistas son sujetos con un profundo odio a la humanidad. La izquierda es la reunión de los peores elementos de una sociedad. Los vagos, los ladrones, los resentidos y los fracasados encuentran en la izquierda los pretextos para culpar a los demás de sus propias angustias.



Entonces, hundir a sus países en la miseria es un éxito. Una población muerta de hambre y con todo tipo de padecimientos es fácilmente controlable. Por ejemplo: un sándwich de jamón era la forma de obligar a los cubanos a soportar los interminables discursos de Fidel Castro. Y qué venezolano piensa en política cuando tiene una inflación del 14000 por ciento.

¿Hay salida? Si, aunque en el largo plazo. El primer paso es empezar a ganar espacio en el espectro político. Los conservadores debemos hablar de las bondades del libre comercio con los comerciantes informales, los pequeños ahorristas y los trabajadores por cuenta propia, todos victimas del actual sistema. Los cristianamos debemos predicar en nuestras iglesias que cristianismo y socialismo no son compatibles. La derecha debe dejar los guetos académicos, está muy bien hacer libros y ensayos, pero es insuficiente. Finalmente, hay que terminar con ese discurso de “mi país es distinto”. No señores, la verdad es única y universal. No existe una verdad para Bolivia y otra para Cuba o Venezuela ¡por favor! Ese chauvinismo infantil es muy funcional a las tiranías.

*Hugo Marcelo Balderrama es Licenciado en economía y licenciado en Ciencias políticas. Se desempeña como profesor de economía, comercio exterior y planificación financiera. En Facebook: facebook.com/Marcelo.derecha

Por: Víctor H. Becerra*

El socialismo fracasa siempre. No importa en que país, ni en que momento de la historia, pero siempre fracasa. La evidencia histórica es clara y contundente al respecto. Pero no es necesario remitirse mucho en el pasado, el que nos brindaría muchísimos ejemplos. Basta con ver lo que pasa hoy en Cuba, Nicaragua y Venezuela para apreciar la enorme magnitud de ese fracaso y sus dolorosas consecuencias.

El régimen cubano, por ejemplo, inició hace unos días la discusión de un nuevo proyecto de Constitución. En él se elimina el término comunismo, por lo que desaparece la referencia al “avance hacia la sociedad comunista”, si bien se mantiene al socialismo como política de Estado. También se añade “el reconocimiento del papel del mercado y de nuevas formas de propiedad, entre ellas la privada” y se destaca “la importancia de la inversión extranjera para el desarrollo económico”, aunque la planificación socialista constituye “el elemento central del sistema de dirección del desarrollo económico y social”.



Así, la dictadura cubana reconoce el fracaso del comunismo y el socialismo pero no cambia nada en lo sustantivo, de modo que “el socialismo y el sistema político y social revolucionario, establecidos por esta Constitución, son irrevocables”, y dicta que el Partido Comunista es “la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Aspira pues, a grandes rasgos, a trasplantar el modelo chino al trópico caribeño para remendar su fracaso económico y seguir reinando.

Tras largos 60 años en el poder, el régimen castrista reconoce así que erró en sus metas y estrategias, pero decide aferrarse al poder, elaborando una nueva constitución a su modo y para su beneficio, sometiéndola a una consulta controlada, solo para mejorar su imagen. “A falta de pan, hagamos circo”, parece decir la dictadura cubana: el proyecto deberá discutirse en 135 mil asambleas públicas y después, aprobarse en referéndum. Una inmensa puesta en escena en un país que controla la vida de cada ciudadano, no sólo públicamente, sino uno a uno, vecino a vecino, casa por casa. Ni los nazis tuvieron semejante control: Hitler creó comités de vigilancia por regiones urbanas. Fidel Castro fue aún más lejos y los estableció en cada calle, en cada cuadra, instituyendo un sistema de control, delación e intimidación nunca antes visto.

En Nicaragua, el régimen de Daniel Ortega continua la represión contra sus opositores, contabilizándose 317 muertos hasta ahora y varios miles de heridos. Tras 11 años en el poder (y otros 11 años con anterioridad), en los que burló todos los procedimientos y reglas de la democracia liberal, en que secuestró instituciones y compró o eliminó opositores y críticos, Ortega ha llegado al punto de quiebre de todo socialista: usar la fuerza bruta para continuar en el poder, evidenciando así que su ambición y codicia están muy por encima de sus supuestos ideales.

Tras 100 días de protestas, son preocupantes los signos de que Daniel Ortega ha decidido atornillarse en el poder para siempre, con el apoyo del Ejército y de grupos paramilitares, siguiendo el ejemplo de los regímenes de Cuba y Venezuela. El apoyo público de estos regímenes a Ortega (y quizá también su apoyo en armas y grupos estrenados para reprimir), junto con el del Foro de San Pablo, habla de que se teme que su posible caída podría repercutir en la estabilidad del chavismo venezolano.

En Venezuela, en tanto, el FMI ha calculado que, este año, su economía se contraerá un 18 por ciento, totalizando una caída récord del 50 por ciento en los últimos cinco años, además de estimar que la inflación podría llegar al millón por ciento, entrando a la nómina de las mayores hiperinflaciones en toda la historia; en el futuro, quizá ya nadie hablará de las hiperinflaciones de Alemania o Zimbawue, sino de la de Venezuela, como modelo de lo que no se debería hacer.

De allí el reconocimiento de Nicolás Maduro: “Los modelos productivos que hasta ahora hemos ensayado han fracasado y la responsabilidad es nuestra”, como señaló recientemente. Pero ese mea culpa no es sino una estrategia para ir ganando tiempo, en espera de un milagro, que no se dará. La supuesta tentativa de magnicidio en contra de Maduro, el sábado pasado, que parece ser un montaje o un simple accidente doméstico usado políticamente, para distraer la atención de los problemas de Venezuela (y de Nicaragua), y tratar de unir a un crujiente chavismo, habla del nivel de desesperación del gobierno venezolano, desesperación que puede llevar a mayores locuras.

Dicho esto, la dolorosa experiencia de esos países debiera ser una seria advertencia para México. El ganador de la elección presidencial, Andrés Manuel López Obrador, ciertamente está (creo) lejos de cualquier veleidad socialista: es sólo un priista decrépito, anhelante de reconstruir el viejo presidencialismo autoritario de este país (aunque muchísimos de sus aliados son admiradores, cómplices jubilosos de los regímenes de Cuba y Venezuela). Pero sus proyectos se van encaminando a poner en cuestión todo principio de una democracia liberal.



Así, López Obrador anuncia crear una “Constitución Moral” para buscar el “bienestar del alma y fortalecer valores”. También propone quitar al Poder Judicial la facultad de controlar la constitucionalidad, imponer un fiscal anticorrupción adicto a él, establecer un sistema de jefes políticos o procónsules para sustituir a los gobernadores y consolidar la presencia territorial de su partido desde el gobierno, cuestionar facultades y atribuciones de autoridades autónomas (la autoridad electoral, las universidades públicas, el sueldo de los otros poderes), entre otros proyectos más y más desaforados (desaforados incluso para un régimen tan intervencionista como el mexicano). López Obrador parece ignorar todo límite legal y creer, en cambio, que su amplio triunfo le permite pasar encima de todo y de todos.

México podría así irse alejando de tal modo de la idea de una democracia liberal, manteniendo los procedimientos electorales pero solo para ir eliminando enseguida sus prácticas e principios, precisamente como hicieron los gobiernos de los que hablamos. De allí al salto al vacío del Socialismo del Siglo XXI podría mediar solo un paso.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]¿O[/dropcap]brador es el tirano? ¿Será un dictador estilo Chávez/Maduro, o un autócrata suave, de ese estilo priísta al que estamos más acostumbrados? Estas preguntas, con crecientes niveles de angustia, circularon durante la campaña, y se repiten especialmente a partir de la noche del 1ro de julio entre quienes no apoyamos a Andrés Manuel y observamos con auténtico terror como se imponía con más del 50% de los votos en la elección presidencial y con muy cómodas ventajas en ambas cámaras del Congreso de la Unión, sumiendo en el peor ridículo de su historia a sus rivales del Partido Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional, quienes por lo menos durante los siguientes tres años quedarán reducidos a una participación meramente testimonial en las decisiones políticas nacionales. Al menos de aquí al 2021, AMLO tendrá cancha libre para impulsar su agenda de gobierno.



El tema amerita varias reflexiones.

  1. El resultado de los comicios no se debe, en términos generales, a una negociación macabra o a los fantasmagóricos complots que en las últimas semanas se han sacado de la manga los equipos de Anaya y Meade para justificar su fracaso. La contundencia de su derrota se debió a que ambos hicieron una pésima campaña y a esto se sumó el rechazo de la mayor parte de la población hacia los consensos cupulares y las políticas que han impulsado durante las últimas décadas.

En especial los votantes reaccionaron en repudio hacia lo que hemos vivido en el gobierno de Enrique Peña Nieto, quien fracasó rotundamente en materia de comunicación. fue un desastre para construir percepciones, transmitir mensaje y construir una narración del sexenio, más allá de sus éxitos y fracasos en términos de política pública, que solo podrán juzgarse plenamente a la serenidad del largo plazo.

Para decirlo claro: Lo que vimos el 1 de julio fue ante todo resultado del fracaso tecnócrata en cuanto a construir un consenso ciudadano que respaldara los cambios legales y en especial las famosas “reformas estructurales” que son mayormente positivas, pero que se han logrado a través de negociaciones en la cima, sin molestarse en aterrizar esos acuerdos con la gente normal.

  1. El “problema o el “tirano” no es López Obrador como persona, sino que Andrés Manuel simplemente se ha aprovechado de una mezcla del tradicional anhelo autoritario de la sociedad mexicana (el viejo sueño de un papá gobierno encabezado por un caudillo justiciero que lo resuelve todo) y la evidente crisis de partidos e instituciones. La sombra de la tiranía de un Estado que interviene de más en la sociedad no sólo asomó su feo rostro en las propuestas de Morena, sino en las de los 4 candidatos presidenciales, porque ese tipo de propuestas paternalistas le gustan a la gente. Si hemos de buscar al tirano, la lista de culpables se extiende mucho más allá de Obrador. Incluso si, gracias a algún artilugio mágico, AMLO se hubiera disipado en el aire, los resultados electorales en estas elecciones hubieran marcado un giro hacia la izquierda y hacia la regresión, encabezado por alguien más.

Por lo tanto, al centrar todas las críticas y todos los temores en él, corremos el grave riesgo de cegarnos a la parte de responsabilidad que deben asumir los liderazgos del PAN, del PRI, de los empresarios y de la sociedad civil no obradorista. Dicho de otro modo: Terminada la campaña no podemos mantener y menos aún creernos el discurso de que Obrador es el gran tirano y el único culpable, a riesgo de condenar de antemano a cualquier movimiento opositor a la intrascendencia y la ineficacia.

  1. Muchas personas, y yo en primer lugar, habíamos previsto un escenario mucho más negativo en el caso de un triunfo de López. Cuando escribí sobre el “Amlocalipsis” lo hice con la absoluta sinceridad de lo que a mi leal saber y entender era un escenario extravagante, pero probable.

Sin embargo, por lo menos en el primer mes desde su victoria, Andrés Manuel se ha esforzado en enviar señales claras de que no pretende convertimos en Venezuela. En términos generales, las declaraciones del próximo mandatario y de sus consejeros en materia económica han ido de lo tranquilizador a lo directamente emocionante; hablan de ampliar las zonas económicas, de no incrementar los impuestos, de mantener las negociaciones con el TLC. En pocas palabras, lo que proponen implica conservar la esencia del rumbo macroeconómico que hemos vivido durante los últimos 30 años.

Aun así, no podemos cantar victoria, porque a pesar de todo, lo que se ha declarado hasta ahora es mero verbo. Tendremos que esperar a que Obrador empiece a gobernar para saber realmente cuál será el rumbo que tomará su administración, y para ello las primeras señales clave serán qué tanto margen de maniobra le da desde la Presidencia a sus asesores sensatos (gente como Alfonso Romo) y qué tanto le otorga a los delirantes (Noroña, Taibo y compañía).

No es lo mismo gritar sandeces desde la tranquila poltrona de la oposición, que enfrentar al toro en medio del ruedo.

  1. El pésimo manejo que del equipo de Andrés Manuel ante el escándalo por el fideicomiso de morena para “apoyar” a las víctimas del sismo, que supuestamente se desvió para gastos de campaña en las pasadas elecciones, nos recuerda una profunda verdad de la democracia: No es lo mismo gritar sandeces desde la tranquila poltrona de la oposición, que enfrentar al toro en medio del ruedo.

Las primeras señales, incluyendo el gaffe de los aluxes y el fiasco del fideicomiso, muestran que, ya con la dificultad añadida de estar en la silla presidencial, el manejo de la comunicación de López Obrador pudiera llegar a ser incluso tan malo como el de Peña Nieto. En los tiempos de las redes sociales manejar la política y la comunicación social al estilo antiguo es imposible; Eso lo aprendió el PRI por las malas entre 2012 y 2018, y pareciera que ahora a Morena le toca repetir la lección.

  1. Cada vez queda más claro que el objetivo obradorista no es convertirnos en la nueva Venezuela, sino en todo caso en el México del viejo PRI, centralizando las decisiones en el presidente y en su estructura cercana, a través de los súper delegados nombrados por Andrés Manuel para manejar directamente los recursos federales de los que dependen los gobiernos estatales para su propia subsistencia política.

En su planteamiento administrativo, Obrador deja ver el anhelo de la presidencia imperial, pero, una vez más, la época y los escenarios han cambiado. Para tener éxito Andrés Manuel deberá equilibrar la nostalgia del pasado con la creatividad y el dinamismo de los nuevos tiempos.

Hablando en plata: Si lo que pretende es copiar el autoritarismo de antes, se va a quedar muy corto. En todo caso tendrá que inventar un nuevo autoritarismo y en la administración pública, como en la vida misma, crear desde cero es exponencialmente más difícil que replicar modelos previos, así que el éxito de su administración no está, ni mucho menos, asegurado.

AMLO acierta al enfocar su estrategia en el diálogo y en la empatía con Trump.

  1. En relación a su trato con Estados Unidos, la carta de Andrés Manuel a Trump fue muy criticada por quienes todo le condenarán a Obrador, pero siendo objetivos, en este tema Andrés Manuel está haciendo lo correcto, incluso a pesar del enojo de la prensa fifí, tan acostumbrada a adular los demócratas.

AMLO acierta al enfocar su estrategia en el diálogo y en la empatía con el Presidente de los Estados Unidos. Efectivamente el Obrador del 2018 tiene muchas similitudes en su campaña y su planteamiento con los de Donald Trump, y esas semejanzas se volvieron más evidentes por la necia idea de Ricardo Anaya de copiarle la estrategia perdedora a Hillary Clinton. Desde la propia campaña, Obrador y el Bronco eran los menos delirantes al hablar de la relación con los Estados Unidos, y al menos hasta este momento, Andrés Manuel está ratificando esa sensatez ya en la diplomacia práctica.

  1. Finalmente, ¿qué nos toca hacer en este escenario a quienes no votamos por Obrador, no queríamos que fuera presidente y no estamos de acuerdo con él?

Lo mismo que si hubiera ganado Anaya o Meade:  respaldar lo correcto y denunciar los errores, analizar un paso a la vez, dividir bien las culpas de lo que pasó y entender que en todo caso, incluso en su peor faceta, Obrador no es el tirano que salió de la nada, sino la consecuencia de una tendencia autoritaria e inmadurez política que comparten todos los colores y todos los espacios del diálogo público en este país.



Concluyendo: Vista la enorme derrota que nos encajaron en las elecciones federales, nos queda deslindar responsabilidades para entender bien por qué nos pasó el tren encima. Mientras tanto a esperar lo mejor, prepararnos para lo peor y construir alternativas para el futuro, conscientes de que Obrador no necesariamente es el tirano, pero esa tiranía está latente en el propio sistema, y Andrés lo va a controlar con muy pocos contrapesos. Así de claro, aunque duela.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Fausto Hernando Canto García* 

Después de la contundente victoria en las urnas de Andrés Manuel López Obrador y su partido, el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), el pasado primero de julio, el panorama político se encuentra enrarecido por las especulaciones sobre las primeras acciones que el tabasqueño ha anunciado que realizará: rechazo tajante o paso a paso a las reforma, que si sí o si no se venderá el avión presidencial, que si la descentralización de las dependencias federales es viable o no, que si bajará el precio de la gasolina, el impuesto o si seguirán los aumentos con los llamados “ajustes inflacionarios” y una larga lista que sería ocioso verter aquí.



Lo cierto es que López Obrador recibe un país dividido y endeudado, donde las grandes obras de infraestructura del sexenio de Enrique Peña Nieto o bien han presentado defectos (el socavón) o están inconclusas (el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México), donde las reformas estructurales de gran necesidad para apuntalar la modernización del país están gravemente cuestionadas por su mañosa formulación en nuestra Constitución y su pésima implementación, donde el número de muertos y desaparecidos supera al sexenio de Felipe Calderón, la que en su momento fuera la principal bandera tanto del PRI como de la Izquierda para criticar el mandato del panista.

Dado lo anterior, las recientes palabras postales que se han intercambiado el presidente electo de nuestro país y Donald Trump parecen aclarar algunas cosas bastante sorpresivas –por ahora.

Con fecha del 12 de julio, la misiva que AMLO envió a Trump, propone que sean cuatro temas los que sobresalgan en la relación bilateral entre México y Estados Unidos: El comercio, la migración, el desarrollo y la seguridad.

Sería digno de un ensayo escudriñar punto por punto los postulados de AMLO en la carta pero lo que más llama atención en todos ellos, es que el tabasqueño se compromete a crear zonas especiales para el comercio en la frontera norte, ampliando tierra adentro de territorio mexicano la frontera y reduciendo los impuestos sobre la renta, al consumo y a servicios y productos especiales, así como un corredor comercial en el Istmo de Tehuantepec, además que se ofrece a renegociar “en caliente” el Tratado Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) diciendo que, incluso, no requiere entrar en funciones para esto toda vez que los plenipotenciarios actuales de México escucharán a sus asesores.

A todo esto, el mandatario estadounidense mostró su beneplácito en una carta con fecha del pasado 20 de julio, donde enfatizó la urgencia para renegociar el TLCAN de lo contrario “tendría que tomar una ruta diferente” en pro de los Estados Unidos y sus contribuyentes, algo que –personalmente- me parece más una demanda al equipo de Enrique Peña Nieto más que al mismo Andrés Manuel.



Bueno, señoras y señores, si esto no es amor, ¿qué lo será? Pues todo parece indicar que hay un entendimiento entre López Obrador y Trump y este es, incluso, todavía anterior a los resultados, pues en sus cartas ambos se congratulan de haber combatido al régimen o “establishment” en turno.

Mientras tanto, en La Habana, Cuba, un “equis” como Gerardo Fernández Noroña acudió al Foro de Sao Paulo (donde se reúnen partidos y gobiernos de izquierda latinoamericanos) para alardear del triunfo de MORENA y AMLO. Digo que dicho personaje es un “equis” porque no es un alto rango del partido creado por el tabasqueño, ni es un portavoz de gran envergadura de lo que será el gobierno de transición de AMLO, por lo que –a ojos pelados- parece que al presidente electo poco le importa vincularse con dicho grupo pues era más de esperarse la presencia de alguien más relevante o, de plano, al mismo Andrés Manuel lo que hubiese hecho del Foro una auténtica fiesta pero no, fue más parecido a un funeral ¿Será que hubo llanto en La Habana? Señoras y señores, nos darán socialismo en la vieja receta de nacionalismo ya que, en el foro de Sao Paulo, enterraron el cadáver del Socialismo del Siglo XXI.

PD: Finalmente en Cuba se reconoció la propiedad privada para apuntalar el desarrollo de la Isla.

*Fausto Hernando Canto García es egresado de la Universidad de Quintana Roo en Relaciones Internacionales.

Consulte ambas cartas aquí:

https://lopezobrador.org.mx/wp-content/uploads/2018/07/Carta-de-Trump-a-AMLO.pdf

https://es.scribd.com/document/384428879/Carta-de-AMLO-a-Trump-Documento#from_embed

 

 

Por: Víctor H. Becerra*

Hace unos días se efectuó, en La Habana, el encuentro anual del Foro de São Paulo, la internacional regional que reúne a los partidos latinoamericanos de izquierda, acompañados por una extensa corte de agrupaciones satelitales. Formado en 1990, bajo las figuras tutelares de Fidel Castro y Luiz Inácio Lula Da Silva, el Foro trató entonces de dar una respuesta al mundo post Caída del Muro de Berlín, y frente al veloz derrumbe de la Unión Soviética, que dejaba a la izquierda en orfandad.

Siguiendo la doctrina castrista, el Foro trató entonces de “multiplicar los ejes de confrontación” a fin de remodelar y disfrazar los evidentes fracasos de la revolución proletaria y del enfrentamiento del comunismo contra el capitalismo. Para ello incorporó al discurso de la izquierda temas de grupos sociales, sectoriales, funcionales y territoriales como el feminismo, el indigenismo, el ecologismo, el regionalismo, la defensa de género, de grupos estudiantiles y todos los temas posibles para enfrentar a la democracia que tildó como neoliberalismo.

Ahora, basta leer su Declaración de La Habana y constatar que, tras casi 30 años de elaborado, ese discurso continua, pero que ha envejecido mal, revelando únicamente que ser de izquierda en América Latina, hoy, es adoptar un discurso dogmático, viejo, anacrónico, de frases rituales y acartonadas, de enemigos fantasmales, alejado de la realidad, sin respuestas frente a las perplejidades del mundo.



Pero al momento de su creación, junto con un nuevo discurso, el Foro también dio a la izquierda instrumentos para llegar y mantenerse en el poder. Así, surgió una explosiva mezcla de ideología y corrupción política, pero de manera acentuada a partir de 2002 con la elección presidencial de Lula Da Silva en Brasil: Lula (y después Dilma Rousseff) usó a la constructora Odebrecht como el principal brazo financiero del Foro, financiando la elección de políticos ligados al Foro, a fin de dar viabilidad a un proyecto de poder continental. A cambio, esa contratista (a la que se sumaría después otras pocas empresas) reinaría en la asignación de contratos gubernamentales en varios países, como reveló la Operación Lava Jato.

Lava Jato echó luz sobre las razones detrás del gran avance del Foro de São Paulo en el continente durante casi dos décadas, así como sobre el papel de Odebrecht como recaudadora, financista y distribuidora de dinero, la que ofrecía a los socios del Foro marketing político de alto nivel –inicialmente con Duda Mendonça y luego con João Santana, socio y ahijado profesional del primero–, planes de gobierno con obras caras y la asesoría para su financiamiento, muchas de las cuales recibieron recursos de BNDES, el banco estatal brasileño, y el lobby de alto nivel a cargo del propio Lula Da Silva en persona.



En La Habana quedó claro que esas prácticas son consustanciales al Foro de São Paulo, por lo que éste, sin vergüenza, defendió en su Declaración la corrupción en Brasil y en todo el subcontinente, la violación sistemática de DDHH en Nicaragua y Venezuela, las cruentas prácticas de regímenes que permanecen indefinidamente en el poder contra la voluntad de sus pueblos e ignorando el repudio internacional. Así, la izquierda post moderna, la del Socialismo del Siglo XXI, en connivencia con la vieja, la de la dinastía de los Castro, hoy traduce la utopía socialista en un simple llamado al enriquecimiento de sus líderes, a la tortura de los pueblos en aras del poder sin límites, creyendo que la revolución termina por justificarlo todo.

Con Lula preso, Fidel muerto, Raúl retirado, Maduro martirizando a los venezolanos, Ortega siguiendo el mismo camino, con varios de sus socios Premium a un paso de la cárcel, con el régimen cubano abjurando del comunismo, el Foro se reveló en La Habana, descarnadamente, como lo que fue desde un inicio, sin cosméticos ni falsas ilusiones: el club de ladrones y dictadores de São Paulo.

Un club cuyos productos políticos prohijados en estos años han sido solo tres: Dictaduras sangrientas como las de Daniel Ortega y Nicolás Maduro, dictaduras plebiscitarias con reelecciones infinitas como las de Hugo Chávez y Evo Morales, y episodios de corrupción fabulosa como la exhibida por Lula, Cristina Kirchner o Rafael Correa. Esta herencia del Foro de São Paulo, quedará como ejemplo duradero de uno de los mayores engaños en la historia, perpetrado a nombre de los pobres, pagado por éstos mismos con su hambre y su sangre.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Como si detrás hubiera una operación concertada, la izquierda latinoamericana salió durante los últimos días en defensa de sus exponentes más distinguidos, específicamente Cristina Fernández de Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva y Rafael Correa. Pero en realidad solo fue una reacción de desesperación frente al avance de la justicia. Esa izquierda poco podrá hacer cuando la justicia efectivamente toque a sus puertas. Al respecto, si algo debiera de destacarse en estos momentos es el creciente vigor y profesionalismo de los sistemas de justicia en casi toda América Latina (México y Venezuela serían sus grandes hoyos negros), bajo el empuje de jueces independientes, medios de comunicación libres y una empoderada y actuante sociedad civil.

La actuación desesperada de la izquierda comenzó a principios de julio, con el pedido de cárcel preventiva contra el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa, y enseguida, la solicitud de captura de su auto exilio en Bélgica, por su vinculación en el breve secuestro del político Fernando Balda, antiguo aliado suyo, en Colombia, durante 2012; sobre ello, la Interpol aún debe decidir si acepta o no dicho pedido de captura internacional. No debe perderse de vista que este caso es el más avanzado en contra de Correa, pero que hay otros, en temas como corrupción con fondos públicos, la venta irregular de petróleo a China y otros casos menores que van sustanciándose.



Quizá estos procesos contra Correa no se habrían desarrollado sin la disputa por el poder entre el propio Correa y el sucesor que él mismo designó, el presidente Lenin Moreno. Estaríamos pues frente a un simple vendetta entre pandillas rivales, o quizá, una simple estratagema para ocultar los problemas del país y la creciente impopularidad presidencial. Pero hasta ahora ha sido cuidadosa y quizá hasta intachable la actuación de la justicia ecuatoriana. Habrá que esperar un mayor avance del caso o su conclusión para determinar si hubo o no un completo proceder fundado en derecho.

Pero la fuerte presión de la justicia ecuatoriana en contra de Correa llevó a un intempestivo contraataque por parte de Nicolás Maduro, defendiendo también a Lula Da Silva y a Cristina Kirchner, la cual está cada vez más implicada en sus crecientes problemas judiciales, los que la tienen a un paso de la cárcel. Pero casi de manera simultánea comenzó en Brasil, con Lula Da Silva, una especie de capítulo de los Looney Tunes, con el Pato Lucas poniendo el cartel de “Liberado” y Bugs Bunny superponiendo otro de “No Liberado”, y así hasta el infinito.

Esto fue el intento de liberar a Lula de la cárcel, donde está desde el pasado 6 de abril, purgando una sentencia de 12 años y un mes por corrupción pasiva y lavado de dinero, por parte de militantes de su partido, el Partido dos Trabalhadores (PT). Al respecto, y a pedido de legisladores del PT, el juez Rogério Favreto ordenó reiteradamente la liberación de Lula, argumentando que el encarcelamiento atentaba contra su derecho a ser candidato a la Presidencia de la República en los comicios del próximos 7 de octubre. Hasta en tres ocasiones jueces distintos rechazaron el pedido, aduciendo que Favreto no tenía ninguna facultad para ocuparse del caso.

Pero en la cuestión de fondo, la cárcel no castiga los derechos políticos de Lula Da Silva: estos aún se harán valer en otras instancias, ajenas a la penal. Al respecto, Lula tiene recursos pendientes, a desahogarse durante agosto y septiembre próximos por las instancias electorales y tal vez la Corte Suprema, que debieran permitirle (o impedirle) postular a la Presidencia. En tal sentido, su fallido intento de liberación fue solo una tentativa política, de mero espectáculo público, a fin de forzar a las instancias electorales para aceptar ya a Lula como candidato presidencial, pero que no varía lo fundamental: Lula es un político que hoy está en la cárcel por corrupto, según lo determinó un proceso judicial riguroso y por distintos jueces en varias instancias sucesivas. Así, su postulación tendrá que vérselas con la ley brasileña de “Ficha Limpia” (aprobada en 2010, bajo la segunda Presidencia de Lula y respaldada por él), por la que ningún condenado por un delito confirmado en dos instancias (precisamente el caso de Lula) puede postularse para un cargo electo durante al menos ocho años. Pero la última palabra la tiene el Supremo Tribunal Electoral.

El inicio de una investigación contra el juez Favreto, por la presunción de que actúo motivado por intereses políticos, dada su antigua y larga militancia (19 años) en el partido fundado por Lula, el haber sido funcionario a las órdenes de Lula y ser nombrado juez por la presidenta Rousseff, sin la trayectoria judicial para serlo, fundamentan esta idea de que todo fue una puesta en escena, para chantajear a las instituciones electorales.

Pero el daño a la credibilidad del sistema brasileño de justicia ya estaba hecho, y fue como el pistoletazo de salida para que la izquierda latinoamericana se lanzara a defender a sus héroes. En esta defensa de Correa y Lula, principalmente, no hubo ni decencia ni cuidado. Decencia, para referirse a otros casos de mayor relevancia y urgencia, como la masacre contra jóvenes nicaragüenses por parte del régimen cuasi dictatorial de Daniel Ortega. Cuidado, para revisar siquiera mínimamente las causas judiciales de sus defendidos. De haberlo hecho, seguramente habría actuado con la prudencia pedida por el ex canciller chileno Heraldo Muñoz, a la ex presidenta Bachelet y a otros políticos chilenos de izquierda, por la carta de apoyo a Lula que suscribieron.  El gesto de Muñoz, que por su antiguo rango debe poseer muchos datos no públicos del caso Lula, fue un gesto solitario (y honorable) entre la izquierda de la región.

Tanto Lula, como Correa y Cristina Kirchner seguramente terminarán por recibir la pena que merecen por las vías judiciales, sin importar las presiones políticas. Y eso debiera ser una buena noticia y un gran rasgo distintivo respecto a nuestro pasado. Hoy, más de dos decenas de gobernantes latinoamericanos están en la cárcel o en riesgo de estar en ella, además de cientos de políticos investigados y que poco a poco son procesados. Nunca antes en nuestra historia habíamos visto a tantos políticos castigados por una justicia imparcial y profesional, con un mayoritario apoyo social.



Los regímenes políticos en Latinoamérica durante el siglo XX se permitían todo o casi todo. Bajo la forma de regímenes autoritarios, dictaduras militares o democracias imperfectas, los gobernantes tenían control absoluto o casi absoluto sobre las instituciones, especialmente los aparatos judiciales, lo que les permitía administrar la justicia en función de sus intereses políticos, lo que explica muchísimos hechos corruptos que pasaron desapercibidos y quedaron sin castigo en nuestra historia común. En contraste, gracias a las reformas de los sistemas judiciales que se han dado en los últimos 20 años y a una vigorosa reacción social, hoy líderes, ministros, exministros y cientos de funcionarios de altos cargos se enfrentan a la acción de los tribunales. Algunos ya están presos, muchos están siendo procesados y varios más terminarán en la cárcel.

El creciente protagonismo de las instituciones de justicia es una buena noticia para América Latina, una que por desgracia no valoramos en toda su importancia. Los actuales aprietos judiciales de Lula, Correa y Kirchner son un gran cambio cualitativo respecto a nuestro pasado, no dejando sus posibles crímenes al arbitrio de la impunidad o la venganza política. Y eso es algo que debiera alegrarnos a todos, por encima de las diferencias ideológicas.

Al respecto, es natural que la mayoría de los procesados sean hoy políticos de izquierda, tras sus varios lustros de poder, casi sin contrapesos. Y es natural también, hasta cierto punto (un punto antes de la ceguera interesada y la alcahuetería), que muchos en la izquierda se sientan acosados. Pero esa izquierda (si es honrada) no debiera perder de vista que, tras de ellos, seguramente seguirán muchos de los actuales gobernantes de otros signos ideológicos, si dejan a la justicia madurar más y ganar todavía mayor profesionalismo e independencia.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

No. López Obrador no llevará a México hacia el socialismo o lo convertirá en una nueva versión del chavismo venezolano. No. Al menos no por ahora.La semana que ha pasado desde su triunfo ha sorprendido a muchos: López Obrador se ha comportado con una civilidad política que no se le conocía en su larga carrera política, reuniéndose en términos respetuosos y constructivos con el presidente Peña Nieto, gobernadores opositores y empresarios. Además, algunos de sus próximos funcionarios han anunciado reversa a varios proyectos preocupantes, como clausurar la apertura en el sector energético o subsidiar las gasolinas, o bien, han guardado una apaciguante indefinición en temas como la cancelación del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México.



Para muchos, es un perfil inédito en López Obrador. Para otros, López Obrador simplemente está comenzando a hacer el pago de facturas a quienes le ayudaron (al menos en parte) a alcanzar la Presidencia, precisamente a Peña Nieto, gobernadores supuestamente opositores y empresarios. Al respecto, lentamente van saliendo a la luz los posibles acuerdos políticos entre López Obrador y Peña Nieto, así como con algunos gobernadores del opositor PAN, que explicarían parte de la impensable debacle electoral del priismo, incluso en sus más preciados bastiones históricos, con el único propósito de detener un probable repunte de Ricardo Anaya y el PAN, y apuntalar el triunfo de López Obrador.

La contención y civilidad actuales de López Obrador no es sólo por el pago de posibles facturas políticas. Tiene también un componente económico, ahora que los mercados son, quiérase o no, una especie de quinto poder en las decisiones de gobierno. Al respecto, el populista segundo discurso de López Obrador la noche de su triunfo, significó una mala señal para los mercados y conllevó, en tiempo real, una fuerte caída del peso frente al dólar. Esto ha obligado a sus futuros funcionarios a ser prudentes e insistir en la necesidad de conservar la confianza de los mercados.

Sin embargo, el real López Obrador, ya sin afeites, disfraces ni acuerdos de por medio con sus adversarios, lo veremos a partir del 1 de septiembre, cuando asuma el nuevo Congreso (él asumirá tres meses después), donde su facción política tendrá una aplastante mayoría, incluso para revertir todas las reformas constitucionales que quiera.Al respecto, la Constitución mexicana impone requisitos muy exigentes para cambiarla. Para hacerlo es necesario que estén a favor dos terceras partes de la Cámara de diputados y otro tanto del Senado, así como 17 de las 32 legislaturas locales. Ningún Gobierno mexicano había tenido en los últimos veinte años tal grado de control y poder políticos. Hasta ahora.

Aunque López Obrador no tendrá, en apariencia, la mayoría suficiente para impulsar cambios sustantivos a la Constitución, estará muy cerca de lograrla, sea mediante un acuerdo político con el PRI o el PAN, o bien, como creo que será el camino a andar, por la simple compra de algunos legisladores del PRI, el PRD o de otros partidos, como los que desaparecerán por su baja votación, pero tendrán legisladores por sus convenios de coalición con PRI y PAN.En tal sentido, López Obrador será un mandatario muy poderoso: será además de presidente, jefe de Estado, jefe de Gobierno y jefe de las Fuerzas Armadas. También será el jefe de su partido, líder de los gobernadores de su partido y de la coalición que lo llevó al poder, la cual tendrá la mayoría relativa en el Congreso. Esto le permitirá a López Obrador promover iniciativas que tendrán garantizada la aprobación del Poder Legislativo.

Además, tendrá la posibilidad de colocar a cualquiera de sus partidarios en cargos claves del Poder Judicial, incluyendo la Suprema Corte de Justicia, o en organismos autónomos, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos o el Banco de México, o dependencias que requieren la intervención del Congreso, como la Procuraduría de Justicia, la Secretaría de Hacienda y todas las representaciones diplomáticas.Si a ello sumamos lo que vimos estos últimos días, con empresarios y opositores en franca declinación ante López Obrador, sin condicionar su apoyo, sin esperar a sus primeras decisiones de gobierno y renunciando sin presión a su condición de ciudadanos, para adoptar la posición de meros súbditos, veremos como diría el analista Macario Schettino, que regresamos políticamente a un tiempo anterior a 1986, a la época del PRI monolítico y absorbente.

Así, si López Obrador, una vez tomando posesión de su nuevo cargo el próximo 1 de diciembre, no nos lleva al socialismo o a cualquier otra forma de coacción social, no será porque no pueda, sino simplemente porque quizá no quiera. Así de omnipotente será su poder.Pero, al final, ¿qué queremos decir con llevarnos al socialismo? Visualizarlo en ese hipotético futuro nos impide percatarnos que ya vivimos en él. Todo nuestro arreglo institucional y político es una forma de socialismo, quizá light en sus formas y discreto al no auto definirse como tal, pero socialismo al fin. Como insiste el académico Arturo Damm: Gobernar hoy en México es sinónimo de redistribución gubernamental del ingreso. Y redistribución del ingreso, en cualquier forma o magnitud, es socialismo.



Por otro lado, basta consultar cualquiera de los más importantes índices de Libertad Económica y la posición de México en ellos: puesto 63 en el Índice de la Fundación Heritage, y puesto 76 en el Índice del Instituto Fraser, o bien, cualquier otro que mida aspectos de apertura, conectividad, competitividad, etc., para percatarnos que vivimos muy, muy lejos del “neoliberalismo” que López Obrador aduce. Los políticos como él hablan y hablan de que México sufre por el liberalismo y el neoliberalismo, cuando en realidad vivimos en un infierno socialista. Por honestidad que nos diga qué tenemos de libre.

Basta también revisar las principales ofertas de los ex candidatos presidenciales competidores de López Obrador, para observar que todas ellas, sin excepción, eran variantes de una misma visión y práctica socializante. Vivimos en México en un socialismo puro y duro, y estamos educados y condicionados para no observar que vivimos en él. Vamos: Ni siquiera para quejarnos. Al contrario: Pedimos cada día a nuestros políticos más y más socialismo, más Estado. En tal sentido, López Obrador es sólo la culminación de esa súplica.Así que no: López Obrador no llevará a México al socialismo. Ya vivimos desde hace mucho en él.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Hugo Marcelo Balderrama*

La filosofa venezolana Yorbis Esparragoza, describe la política Latinoamérica como una competencia de grupos de presión, magistralmente, las llama “Elites herméticas”. Estos grupos de grupos de poder, utilizan el aparato estatal como un medio de enriquecimiento y dominio social.

Las universidades son las encargadas de brindar sustento intelectual al sistema, por eso: la supremacía del positivismo jurídico en ciencias jurídicas, la corriente neoclásica y el keynesianismo en economía y el enfoque de género en otras ciencias sociales.



El positivismo jurídico enseña que el Estado es la única fuente de autoridad y derecho, ergo, se debe considerar ley a cualquier cosa que los gobernantes decreten. Entonces, nadie puede oponerse a una ley, sin importa si esta es injusta o inmoral. Obviamente, las elites gobernantes son las mayores beneficiadas de este sistema legal, porque les permite obtener privilegios en desmedro de la población.

Los economistas keynesianos, sostienen la curiosa idea que una economía puede tener “fallos” y situaciones indeseables como la falta de empleo y el comportamiento mezquino de los capitalistas. Fallas que solo pueden ser corregidas mediante la intervención del estado.

Los gobernantes son tan egoístas como cualquier empresario, y quieren maximizar utilidades

Los profesores Gordon Tullock y James M. Buchanan padres del “Public Choice”, explican que el intervencionismo, propio de la escuela keynesiana, está sostenido en la falacia de la “bondad perfecta del burócrata”. Estos maestros, demuestran que los gobernantes son tan egoístas como cualquier empresario, y ambos quieren maximizar sus utilidades. La diferencia radica en el medio. El empresario lo hace invirtiendo y arriesgando sus capitales. El burócrata lo hace mediante el crecimiento del gasto fiscal. Su brillante análisis, también incluye el comportamiento de los “Cazadores de rentas”, básicamente, organizaciones que son parte de las elites herméticas.

En Bolivia “los cazadores de rentas” lo conforman cuatro grandes grupos.

  • Los empresarios que quien subsidios y mercados cautivos. Por ejemplo: Los exportadores quieren devaluaciones “competitivas” y los constructores quieren créditos blandos. Ambas medidas perjudican el bolsillo de la población.
  • Los políticos que quieren el monopolio de la acción política. Se comportan igual sin importar si son del oficialismo o la oposición. En Bolivia la oposición es el principal obstáculo para el surgimiento de un Partido liberal, demostrando así, que solo persiguen el poder y los privilegios.
  • Los colegios profesionales persiguen privilegios y puestos de trabajo en las altas esferas. Por ejemplo: los economistas quieren ser empleados del banco central o formar parte del viceministerio de planificación.
  • Los altos jefes de los departamentos estatales. El ministro de educación quiere más presupuesto para su área. La socióloga feminista persigue el ministerio del género. Y el periodista de izquierda quiere el ministerio de informaciones.




Este modelo político basado en los privilegios y transferencias de rentas es inmoral. Convierte a la sociedad en un sistema de castas: capitalismo para pocos (las elites) socialismo para muchos (la gente común).

La única salida de este sistema es por la vía política, y para eso, se necesita un partido político que enarbole los gobiernos limitados, los mercados libres y la propiedad privada. ¡Si señores! Hay que proponer el capitalismo.

*Hugo Marcelo Balderrama es Licenciado en economía y licenciado en Ciencias políticas. Se desempeña como profesor de economía, comercio exterior y planificación financiera. En Facebook: facebook.com/Marcelo.derecha

Por Carlos Gutiérrez Heredia*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]s un fenómeno muy interesante aquel que se manifiesta en aquellas personas que están politizadas y han alcanzado un grado de polarización en las sociedades, es decir, ese fenómeno que hemos advertido bastante pero que normalmente no le prestamos atención.

Las personas (generalmente, pero no siempre) de izquierda, suelen tener un discurso en extremo pesimista en referencia a la situación del mundo y de su sociedad. Vemos por ejemplo especie de profecías en el que el mundo acabará o que ocurrirán grandes cataclismos que castigarán a los habitantes del planeta.



Sí, efectivamente este fenómeno lo podemos apreciar también en líderes religiosos o simples fanáticos, y de hecho, desde tiempos remotos la Historia ha tomado registro de estos personajes en todos los centros urbanos importantes del pasado. En esta situación, podríamos pensar que de hecho es un comportamiento natural, solo que cabría la necesidad de preguntarse: ¿por qué existe y por qué se manifiesta este comportamiento tan insistentemente?

¿Hay más pobreza? No ¿hay menos oportunidades? No ¿estamos peor que Venezuela? Por supuesto que no.

Hay básicamente dos tipos de manifestación en esta clase de profetas de la destrucción: aquellos que por cuestiones religiosas advierten del fin del mundo; y aquellos que creen que su sociedad está cerca del fin por cuestiones menos supersticiosas. Nos enfocaremos en los segundos, aunque los dos están relacionados.

De aquellos que se manifiestan en fenómenos más realistas, suelen ser proféticos en cuanto a la destrucción de su sociedad, ya sea a grandes rasgos o pequeños, desean el fin del status quo.

Por ejemplo, podemos notar y muy reiteradamente que los izquierdistas viven haciendo predicciones del fin del capitalismo, que evidentemente no llega, sino que más bien cada vez se vuelve más resiliente. Podemos ver a aquellos que desean el colapso del sistema financiero internacional, y en el caso de México, y seguro se observa en otros países, aquellos que desean de todo corazón ver al país hundirse en pobreza, miseria, llegando al grado de asegurar que todo está hundido y no hay escapatoria, cuando en realidad los números y los hechos demuestran que se vive todo lo contrario.

En todo este fenómeno hay espectros de manifestación, pero estos últimos que desean ver arder el mundo tienen algo muy característico.

Para todos los no fanáticos de la izquierda y que nos hemos informado de la situación real, podremos saber que nada de lo que dicen estos militantes es real. ¿Hay más pobreza? No ¿hay menos oportunidades? No ¿estamos peor que Venezuela? Por supuesto que no. Sin embargo, estas huestes insisten en creer que el país está hundido en la desesperanza.

Mucho de este fenómeno tiene que ver del sentimiento derrotero que nos han inculcado desde nuestra educación al concebirnos como “derrotados”, “conquistados” y “robados”. Estos ánimos nacionales permean duro y fuerte en nuestra psique individual y colectiva. Pero, por otro lado, podemos observar esta insistencia en algunas personas, la razón es ¿por qué?

Para poder entender esto, debemos comprender que todos los humanos tenemos ese germen de la autodestrucción, y que todos sentimos una atracción por el fin del mundo y esos cataclismos, pero aún así es diferente a como lo manifiestan estas personas. ¿hay algo común en estas personas que manifiestan tales actitudes? ¿hay algo que los hile con otras actitudes? Sí. En primero lugar, los que se aglutinan y aseguran tal declive, son personas en extremo frustradas con sus vidas personales; y en segundo lugar, suelen juntarse entre ellas para poder reforzar esta idea de derrotismo y esperan que algo o alguien venga a cambiar el estatus quo de las cosas en forma de un caudillo.

En esencia: las personas que desean el fin de cierto status quo lo hacen por un lado por ver que aquellos que les va bien les deje de ir bien; y por otro porque creen que de este modo se “rebarajean” las cartas de la vida y se puede iniciar un nuevo juego. O por así decirlo, como cuando alguien va perdiendo por paliza en un juego y lo que quiere es volver a repetir en ceros. Pero aún más importante y esto es lo principal: hacer cuadrar la versión de que el sistema es el que está mal y no ellos, y que si ellos están así de mal no es su culpa, es la culpa del sistema y este debe de terminar.

El frustrado quiere ver arder al mundo porque quiere ver a los otros estar en la misma situación que ellos, no es casualidad que el socialista hable de igualdad destruyendo a otros, solo que unos toman acción y otros solo desean que alguna catástrofe reinicie el mundo. Esto en esencia, es la igualdad de la que pregonan tantos: rebajar a los que han triunfado.

La diferencia con los profetas del Apocalipsis religioso estriba en que estos en su megalomanía creen poder someter al mundo a sus designios de los que creen ser parte y sentirse así superiores. Los otros, los derrotistas, quieren sobajar junto con ellos a los demás. Es decir: unos se quieren elevar sobre los demás mediante la destrucción; y los otros quieren rebajar a los demás mediante la destrucción.



Esta actitud tiene una lógica evolutiva, pues de hecho parte de los grandes movimientos sociales ha sido a partir de estos descontentos sociales ¿pero es posible que estos no siempre tengan razón? Efectivamente, de hecho, por manipulación populista, por frustraciones personales, por la siembra de odio a base de “fake news” y sobre todo por esa desesperación humana al vivir en un sistema que ya ha dado todo de sí, y que solo repite los mismos vicios una y otra vez.

La frustración de la que se valen los populistas no la crean realmente ellos, ya está ahí y la exacerban

Es decir, la frustración de la que se valen los populistas no la crean realmente ellos, ya está ahí y la exacerban. Podría decirse que de hecho los populistas son el producto inevitable de un sistema que da vueltas en sí mismo y necesita ser reiniciado, y ellos y sus huestes son esas células que fagocitan el sistema para reiniciarlo. Por eso las personas son tan receptivas el discurso de que todo está mal y reciben a estos líderes tan fácilmente.

También es necesario hacer diferencias en los espectros de manifestación de este fenómeno, pues algunos, aunque no viven tan mal como otros, quieren sentir que son parte de un evento de mayor envergadura, es decir, ser parte de algo mayor a sí mismos.

Viéndolo objetivamente, y desde este punto de vista, el error no es de ellos, pues aún con su obvia frustración y responsabilidad personal, los humanos vivimos en una ilusión donde creemos decidir nuestras posturas, cuando estas sin saber, están decididas por mecánicas cualitativas que difícilmente podemos apreciar. Que este sistema esté saturando presión como en una olla exprés, es porque precisamente falta evolucionar a otro sistema, y pues mientras se da ese salto, el sistema dará vueltas en sí mismo, pasando entre izquierdas y derechas, aunque cada vez menos radicales. La solución en realidad está en un salto cualitativo del sistema, y este afortunadamente no se encuentra tan lejos.

Sea como sea, creo fue pertinente escribir sobre este fenómeno social de autodestrucción y pesimismos que se ve más claro en sociedades tan adoctrinadas a la derrota. Pero es menester comprender que no es un fenómeno aislado y que, en cierta forma, todo es causa y efecto de sí mismo.

*Carlos Gutiérrez Heredia nació hace 32 años en la Ciudad de México. Tiene estudios en psicología y derecho. Autodidacta en muchos otros temas. Empresario, freelancer y actualmente escribe un libro sobre filosofía.

Por: Osvaldo Flores*

[dropcap type=”default”]N[/dropcap]ací en 1975, justo a tiempo para ser testigo de los cambios más asombrosos del mundo. Justo para ver la caída del muro de Berlín, y el colapso de la Unión Soviética. Pero a mi en ese momento no me preocupaba nada de todo ello, sólo quería ver la televisión para ver series como “He-Man y los amos del universo” y los “Halcones galácticos”. La televisión era el único medio que yo tenía para ver el mundo, y pobre como era, sólo tenía tres o cuatro canales abiertos para devorarlo. La información era escasa, y tenías que ir a la biblioteca para consultarla, aunque en aquel entonces, las bibliotecas públicas de barrio contaban con un acervo muy limitado para la sed de conocimiento de mi generación.



Es por eso que mi generación adora la internet, adoramos los videojuegos, adoramos a Lucas y a Spielberg. Los de cuarenta adoran los gadgets, nos recuerdan aquel deseo de tener un mapa en una tableta que pudiera darnos la localización exacta de alguien en el radar. La ciencia aún nos debe un sable láser.

La ciencia aún nos debe un DeLorean que vuele.

Ernest Cline es un escritor estadounidense que en 2011 lanzó su primera novela “Ready Player One” cuyos derechos ya habían sido adquiridos para hacer una versión cinematográfica a pesar de que aún no había terminado la novela. El escrito se convirtió en un éxito instantáneo y en objeto de culto. Warner Brothers adquirió los derechos y Steven Spielberg se mostró interesado en dirigir el proyecto, regresando a la ciencia ficción después de casi una década.

La premisa es fresca y original: Wade Watts es un huérfano pobre que vive en Oklahoma en el año 2044, en un mundo agobiado por la crisis energética y la falta de combustibles fósiles, lo que hace que los Estados Unidos viva en una gran crisis. Las personas utilizan OASIS, un juego en línea creado por un genio excéntrico llamado James Halliday, que vivió en los años ochenta y creó una compañía de videojuegos junto con un socio. James Halliday muere, y deja un extraño testamento: Ha dejado tres retos casi imposibles, que darán tres llaves, aquél que se haga con las llaves, habrá ganado el reto; el premio es el control total del billonario juego OASIS y la fortuna inmensa que viene con éste.

Wade se convierte en uno de los millones de jugadores que han buscado las llaves por años, pero para algunos, sólo es un mito, y fue la última broma del creador del juego para con sus seguidores. La búsqueda de las llaves decae con los años, aunque aún hay muchos como Wade que siguen buscándolas, en parte por el premio, y en parte por tener un propósito en un mundo desolado y sin futuro. Wade es un fanático de los años ochenta, por que siempre ha admirado a Halliday, por lo que es un ávido lector e investigador de cultura pop. Esta habilidad le ayuda a entender la mente de Halliday y acercarse a ganar la primera llave.

Bueno, hasta aquí todo iba muy bien, novela fresca, juvenil, de aventuras y sobre adolescentes buscando su lugar en el mundo.

Pero a Ernest Cline lo traiciona la ideología marxista y vuelve a nuestro héroe un libertador y un revolucionario que busca las llaves para devolverle OASIS “a la gente”. Hay una malvada corporación (todos sabemos que las corporaciones son malvadas, por supuesto) que tiene a un ejército de jugadores sin identidad propia, llamados “Sixers”, buscando la llave para hacerse con el control del juego; sólo es un número que los diferencía unos de otros.

Engaña al lector joven haciéndole creer que en la pobreza más miserable se encuentra la nobleza que salvará al mundo y que las cosas deberían ser gratis

Mientras que Wade y los demás jugadores tienen avatares personalizados, que van de acuerdo a sus gustos y preferencias, los “Sixers” tienen una apariencia generalizada, que simboliza que las corporaciones te deshumanizan, aunque el mismo Wade admite que su nombre del juego “Parzival”, lo tomó por que como es obvio, “Percival” ya estaba tomado.

La Corporación quiere el control de OASIS pues el juego tiene el Big Data más grande y jamás logrado del mundo, una gigantesca base de datos segmentada que ayudará a la corporación a hacerse más y más rica, por que ya todos sabemos que capitalizar y explotar un recurso es de gente desalmada. Desde un principio Wade establece que es pobre no sólo en el mundo real, dentro del juego tiene un avatar genérico, ya que vestir a su personaje, al igual que en los videojuegos actuales, cuesta dinero: Vehículos, armas, equipos tácticos, pieles, cambio de sexo, especie, incluso ser un robot o King Kong, Mazinger o Voltron, cuestan mucho dinero que Wade no tiene, y él desea que una vez que haya ganado el juego, las personas comunes como él, no tengan que gastar para tener la piel que quiera, el auto que desee, o incluso el Halcón Milenario para viajar a otros universos dentro de OASIS.

El autor se traiciona a sí mismo, pues idealiza a Halliday, el creador del juego, poniéndolo a la altura de Steve Jobs, pero con un alma distinta, un soñador, que sólo dese que sus creaciones sean jugadas por todo el mundo, una suerte de Willy Wonka, un extraño genio, que nunca se casó ni tuvo hijos, pero si era tan buena persona y tan dadivosa, ¿por que fue él el que hizo de OASIS un lugar tan prohibitivamente caro? El autor menciona que OASIS es tan gigantesco que a veces tienes que viajar días para poder llegar a planetas lejanos. Planetas llenos de zombies, planetas donde se recrean películas, planetas que son escuelas gigantes, de hecho Wade y muchos de los jóvenes del planeta estudian en estas aulas virtuales que son “gratis” aunque jamás el autor menciona que para poder crearlas, debió haber sacado algún beneficio de los juegos que creaba para poder dar tan generoso servicio a las personas.



El autor engaña de forma descarada al lector joven haciéndole creer de nuevo, que en la pobreza más miserable se encuentra la nobleza que salvará al mundo, que las cosas deberían ser gratis, incluso Wade tiene como plan donar todo el dinero que gane, si es que llega a encontrar las llaves, porque prefiere dárselo a la gente antes de dárselo a la malvada corporación que tiene planes oscuros con OASIS, aunque nunca sabemos los planes oscuros de una corporación que, me imagino, tiene como único deseo que el juego llegue a más y más personas cada vez. Sería ingenuo creer que esta corporación volvería los servicios o beneficios de OASIS más asequeibles para los pobres, pero por ley de oferta y demanda, al haber cada vez más personas buscando una solución, el mercado provee generando competencia. Al menos la corporación seguiría manteniendo el juego, al sacarle rendimientos, pero si el juego es gratis, y no hay incentivos para que los programadores analistas y creadores sigan creando armas, robots, vehículos o extraños planetas, ¿cúal es el incentivo de dar un tiempo a cambio de nada?

Es una lástima que Ernest Cline olvide de manera ventajosa que él vivió en una época en la que todos los avances y cosas que hoy en día tenemos como cosa natural y concedida, se crearon en un ambiente de  libertad económica. Ordenadores, internet, robótica, inteligencia artificial fueron creadas para beneficio de la humanidad, son cosas muy importantes, pero no podemos minimizar la importancia de los videojuegos y las consolas que han inspirado y entretenido a millones, que se crearon con el noble fin de ganar dinero y darle reconocimiento y prestigio a sus creadores y compañías. El necio siempre insiste en que casi todas las invenciones útiles en esta época fueron subsidiadas por el gobierno, haciéndole creer a esos necios, que “son de todos”, que sin un Estado fuerte, esas invenciones o investigaciones jamás hubieran aterrizado en tierra firme. Esos necios olvidan que las primeras computadoras se armaron en garages y sótanos de California. Olvidan que esos ordenadores fueron creados para que otras personas crearan y soñaran.

Esos necios nos dicen que la Unión Soviética tuvo grandes avances, pero el único videojuego que se creó en la URSS fue Tetris, mientras que Estados Unidos ya gozaba de una industria boyante en el área de videojuegos. Es de extrañar que esos necios no reconozcan que el entretenimiento le ha dado al mundo la inspiración para sus mejores avances. Por ejemplo, pocos saben que la pornografía en línea es y ha sido pionera en la investigación y desarrollo de las tecnologías más ingeniosas y que hoy en día utilizamos como cosa natural: videollamadas, compresión de archivos, formatos estandarizados, pagos en línea por tarjetas de crédito, banda ancha, realidad virtual. Todos estos adelantos, fueron impulsados en gran parte por las necesidades que el mercado de la pornografía había creado en su clientela.

Ready Player One es ese deseo tramposo y utópico de desear que las cosas estén a mi alcance, y que piense que no están a mi alcance sólo por que algún malvado desea que no las tenga.

Los videojuegos son y seguirán siendo una fuente inagotable de historias y aventuras. Las empresas que los crean cada día se mejoran en todos los aspectos: Historia, efectos visuales, y aquellos que no tienen lo que el público desea, fracasan. Las empresas de videojuego son gigantescas corporaciones que cada vez hacen juegos más y más grandes, con historias más elaboradas, filosofías más y más acercadas a religiones, con más de doscientos técnicos y programadores trabajando a marchas forzadas, las grandes corporaciones contratan a actores de Hollywood para ser personajes de sus videojuegos para darles voz y vida. No es rara la historia de fracaso en algún juego que invirtió millones y no fue el éxito que se esperaba, el mercado manda. Las grandes empresas de videojuegos quebrarán, como Atari o prevalecerán, como Nintendo. Es lógico que el jugador promedio se queje por el cada vez más excesivo precio de los videjuegos, pero finalmente él decidirá si su necesidad de tenerlo es más grande que el billete que trae en su cartera. Pero es más ingenuo aún que crea que sólo por desearlo, las empresas y corporaciones bajarán sus precios quitando incentivos a los creadores y técnicos que se machacan trabajando en algún lugar de Montreal o Bulgaria para entregar un juego que convenza a la audiencia. Ready Player One es ese deseo tramposo y utópico de desear que las cosas estén a mi alcance, y que piense que no están a mi alcance sólo por que algún malvado desea que no las tenga.

Ready Player One es una declaración de principios: Hagamos que los ricos nos den, hagamos que los ricos se quiten un pelo de gato para dárselo a todos. Los pobres somos buenos, sólo los pobres tenemos deseos empáticos, los pobres tenemos rostro, los pobres somos únicos y especiales.

Esa es la ideología que permea a los progresistas del mundo: creer que es alguien, un ente sin rostro el que les impide el pleno desarrollo, ellos creen que encontrando las llaves de Halliday salvarán al mundo y al medio ambiente, él es mejor moralmente pues no tiene deseos de fortuna o reconocimiento, sólo quiere que el mundo sea mejor.

Yo, por mi parte, estoy convencido de que el mundo es mejor que hace cuarenta años, porque fue mejorado por personas que no tenían deseos tan elevados, sólo querían jugar en una computadora.

*Osvaldo Flores, nacido en 1975, es empresario, autodidacta y amante de la libertad. Fue administrador de Puma Capitalista UNAM, asesor y consultor de empresas para cuestiones tecnológicas y de estrategia de marketing y branding