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Por: Angélica Benítez*

Hace unos días unos amigos me pidieron cuidar a sus tres niños porque ellos tenían un compromiso. Llegué poco antes de su hora de dormir, y uno de los pequeños me confesó que había estado teniendo pesadillas recientemente, y que tenía miedo de tenerlas de nuevo esa noche.

  • ¿Qué sueñas? – le pregunté.
  • Con monstruos.

Esbocé una sonrisa y le dije: “No tienes nada que temer. Los monstruos no existen”.

Al día siguiente, al despertar, recibí la impactante noticia de que dos amigos muy queridos, gente buena, fueron asesinados de una forma muy cruel, en medio de la ola de violencia que atraviesa su ciudad y el país entero.

La nota salió publicada en la prensa local. Mucha gente seguramente leyó esa página del periódico mientras daba un sorbo a su café, pensando: “por algo les habrá pasado eso”, juzgando sin tener idea. Y cómodamente los responsables viven una redención social de sus actos.

Pareciera no tener relación alguna, pero, por los mismos días, en varios lugares del mundo personas causaron incendios y saqueos a propiedad privada, con el pretexto de su coraje ante determinadas injusticias.

Mis amigos fueron víctimas de una injusticia. Pero no por eso voy a quemar propiedad de otras personas, porque si lo hiciera automáticamente me convertiría en eso que tanto critico: el victimario, y a los demás en víctimas de mi coraje mal encausado.

“El día que asesinen a una de tus amigas, vas a querer ir a quemarlo todo como nosotras”, me dijo una feminista alguna vez al ver mi desacuerdo con el vandalismo de sus manifestaciones. Ya me pasó algo así. Pero no podemos actuar con base en sentimentalismos y emociones, sino basados en la razón, el amor y la esperanza. El mal no se combate con mal, sino con bien. Las injusticias no se combaten con más injusticia.

Recordé los miedos de aquel niño: los monstruos. La verdad es que, a sus inocentes cuatro años, de forma abstracta, ha descubierto un aspecto real del mundo. Los monstruos sí existen, y lo más peligroso es que después de que ellos actúan, tienen la capacidad de convertir a otros en monstruos también. Algo así como ese juego infantil que jugábamos en aquellos años: si los “malos” te alcanzan, te vuelves uno de ellos y les ayudas a alcanzar a los que quedan en el juego como “buenos”.

Tras una tragedia, uno puede adoptar la proactiva idea de comprometerse para terminar con la violencia, formando con más ímpetu a la juventud en temas de paz y justicia, fortaleciendo a las familias y creando conciencia sobre el respeto a la vida… o uno puede ser víctima de sus viscerales emociones afectando a terceros que no han hecho ningún mal.

No somos jueces, las conclusiones les toca determinarlas a las autoridades correspondientes. Somos ciudadanos que pagan impuestos esperando que la justicia se haga presente, y que nuestras familias se encuentren seguras. Por eso, en esta historia tenemos tres opciones: ser el monstruo o el héroe, y el héroe nunca actúa como el monstruo sin dejar de ser lo que es.   

*Angélica Benítez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por parte de la Universidad Autónoma de Baja California. Cuenta con una Maestría en Administración de Empresas por parte de CETYS Universidad, y se desempeña actualmente como docente universitaria.

Por: Hiram Pérez Cervera*

“Si sólo se tratara de la ruina del PRI como partido, tal vez me daría gusto; pero se trata de los destinos de la patria, común a todos los mexicanos y por eso les hacemos las advertencias dichas, aunque moleste a algunos de los oyentes”

José González Torres.

Históricamente, Acción Nacional es el único partido que no surgió gracias a una división interna del PRI, más bien fue producto de un esfuerzo intelectual por buscar una fuerza que fuera capaz de responder al colectivismo que reinó en nuestro país en aquellos tiempos.

Hablo de colectivismo porque, en el partido dominante existieron dos corrientes, la primera respondía a la moda teórica del momento, el marxismo; la segunda obedecía a un ideal nacionalista más moderado con respecto al anterior, pero en la práctica, igual de dañina en el sentido de que ambas tienen como punto en común la completa sumisión del individuo a la voluntad proletaria o nacional, respectivamente.



El pilar más fuerte de la doctrina filosófica panista es el respecto a la dignidad del individuo, en tanto lo reconoce como persona con voluntad propia y con necesidades que trascienden lo meramente material, razón por la cual existió un vínculo fuerte con la defensa de principios apegados a la propiedad privada y la libre empresa. Por eso no es casualidad que figuras con un fuerte apego a los ideales de la libertad, tales como Luis Pazos, Pancho Búrquez o Jorge Triana, provengan de este partido.

Dicho lo anterior, es importante destacar que, a raíz de la llegada al poder en el año 2000, estos ideales doctrinales fueron cediendo ante un pragmatismo que, en la actualidad, llegó a niveles insanos. La ciudadanía ha mostrado su desconfianza y es algo que Acción Nacional tiene que plantearse de manera muy seria, situación que también advierte el actual senador por el estado de Sonora, Francisco Búrquez, al decir que este partido tiene un pie en la tumba.

Ahora que el PAN se encuentra al inicio de un proceso para renovar su dirigencia, es necesario que deje el pragmatismo político a un lado, que deje la búsqueda de un voto progresista que jamás será por la opción azul.  En este sentido, Acción Nacional permitió que se colaran en su doctrina aspectos que son abiertamente contrarios a la doctrina filosófica que se ganó la confianza de la gente en el pasado.

Como nueva oposición, este partido tiene que tener la audacia de salir a la defensa de la ciudadanía como lo hizo en el pasado, fuere en la tribuna del Congreso o en las calles junto con la gente de a pie, donde sin ningún temor podían señalar los atropellos y los errores del régimen desde la razón, pero, aún más importante, con ese respaldo moral que le fue característico y que no podía ser objetado por las élites en el poder. Ese es el PAN que México necesita hoy.

Ante el escenario complejo que el blanquiazul tiene en la actualidad, sólo un partido de convicciones genuinas y claras será el que pueda representar mejor a la ciudadanía, una vez que la desilusión se haga presente por el gobierno entrante. La escuela ciudadana que se propuso ser en un principio debe retornar con fuerza para que sean los principios y no el pragmatismo los que guíen la agenda política de esta institución, de otro modo nuestro país retornará nuevamente a sucesiones de gobiernos autoritarios cuyos resultados ya conocemos.



El Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) no tiene comprada todavía a la sociedad, de modo que el PAN tiene una importante área de oportunidad si vuelve a sus principios y hace las cosas bien de hoy en adelante, porque el principal reproche que la sociedad tiene contra este partido es el abandono paulatino de su integridad y sus principios, no es ese fantasmagórico neoliberalismo ni los miles de muertos de Calderón, sino la pérdida de esa esencia que hacía de Acción Nacional la única opción viable y creíble.

Todo esto no es meramente una cuestión partidista, más bien es una cuestión que puede modificar el curso de la vida política nacional, ya que es el único partido opositor que aún mantiene fuerza en nuestro país.

De ellos dependerá si resurgen de las cenizas o si fenecen como el PRI.   

*Hiram Pérez Cervera es internacionalista, enfocado en el estudio del impacto de la política sobre la economía. En twitter lo encontrará como: @hiram_perezc

Por: Ricardo Stern*

[dropcap type=”default”]I[/dropcap]ncluso en sociedades pequeñas, es casi impensable poder fiarse por completo de los otros miembros. Siempre puede haber gente no digna de confianza entre ellos. Todos observamos que hasta en grupos de amigos o matrimonios es común que alguien traicione la confianza; cuánto más en sociedades grandes o naciones. Y mientras esto suceda, hablar de sociedades libres seguirá siendo una utopía o una forma relativa de expresarse. La libertad absoluta es una imposibilidad para el ser humano, en tanto exista un solo delincuente.

Hay varias razones para lo que acabo de afirmar, pero con una basta, y es que un sistema hipotético donde hubiera total libertad para el justo, implicaría también total libertad para el injusto, ya que no es posible adivinar cuál es cuál, y solo es posible concebir restricciones para todos o libertades para todos. Es cosa de elemental sentido común, que prevenir el delito siempre será mejor que castigarlo cuando ya ocurrió, y la prevención del delito implica, básicamente, restricciones sobre la población. Se pueden hacer pequeñas “discriminaciones” para intentar molestar menos a quienes tienen menos probabilidad de ser delincuentes, pero hay un límite y al final tendrá que optarse por una serie de restricciones generalizadas. Lo contrario implicaría, sí, libertad para la gente de bien, pero también para los delincuentes, quienes usarían invariablemente dicha libertad para atentar e intentar destruir la libertad de los justos. De este modo, el máximo grado de libertad se obtiene, paradójicamente, a través de cierta restricción de la misma.



En otras palabras, “libertad total” en una agrupación humana es un contrasentido, ya que pasado cierto grado de libertad, ésta se empieza a destruir a sí misma, en manos de los delincuentes. Si se requiere aún de un ejemplo para entender, podemos tomar, de entre muchos que me vienen a la mente, el de la facultad que tiene un gobierno para espiar a los ciudadanos. Este es un tema que suscita innumerables protestas y molestias entre gente que asegura ser inocente de cualquier delito y, por lo tanto, que debería tener el derecho de que nadie invada su privacidad. Estrictamente hablando, esto es cierto, y quien no ha violado ninguna ley debería ser dejado en paz. Pero lo que no notan es que nadie tiene poderes adivinatorios para saber si son inocentes o no, y la manera de averiguarlo es precisamente invadiendo hasta cierto punto su privacidad. Y lo mismo aplica con retenes en las carreteras, revisiones en aeropuertos, detenciones preventivas, obligación de presentarse a testificar, traer en regla la documentación del vehículo en que se transita, y un largo etcétera. La única otra forma sería tener poderes divinos o de adivinación, o que desaparecieran por completo los delincuentes (y además tener poderes de adivinación para saberlo con certeza). Es decir, no en esta realidad y en algún plazo previsible. Así que si en verdad son gente de bien y ciudadanos que cumplen con las leyes, deben ser los primeros no sólo en aceptar, sino incluso en aplaudir que el Estado realice su trabajo para beneficio de ellos. No es razonable pedir, por un lado, que el Estado les dé seguridad, y al mismo tiempo criticar las acciones que este realiza para la consecución de tal fin.

Hablamos, por supuesto, de acciones que, en general causan pequeñas molestias (aunque en tiempos muy críticos pueden ser mayores, obviamente, como toques de queda, etc.), y por eso es racional pedir que sean aceptada incluso con gusto por parte del que la sufre sin merecerlo, ya que gracias a su utilización es posible detectar a verdaderos delincuentes que ponen en peligro a toda la sociedad, incluyendo al quejoso. En otras palabras, el sistema opera a favor de quien protesta, lo que hace ridícula dicha protesta. San Pablo lo explica inmejorablemente: “Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella”. (Rom. 13:3)



Mucho más grave sería la violación a sus derechos que haría el delincuente si no se le detecta y detiene. Como decía Roussseau, sólo hay dos opciones: o se obedece a la Ley o se obedece a un Amo. Y la ley puede ser incómoda a veces, pero mucho menos que el amo, a menos que realmente se exceda y, pasando cierto límite, se convierta ella en el nuevo amo.

La verdadera discusión, pues, entre personas que ponen a la libertad como centro de sus valores cívicos y políticos, no es si puede tenerse una libertad total o no, sino cuál es el punto exacto en que las restricciones darán un grado de libertad óptimo, esto es, el punto de equilibrio justo entre incomodidades aceptables y opresión, entre una ley eficaz y una ley que ya se convirtió de pronto en el Amo del que tendría que habernos librado. Mi regla es que, siendo imposible una ley que dé gusto a todos, debe tomarse por óptima aquella que sólo incomode a delincuentes, nihilistas, anarquistas y plañideros profesionales que protestan de todo.

*Ricardo Stern, Ciudad de México, 1976. Estudió piano, literatura dramática y arquitectura del paisaje. Es autor de Aquí no se sirve café (novela, Sediento, 2012) y La razón ardiente (ensayo, Galma, 2015). Actualmente trabaja en consultoría política e investigación.

Por: Hugo Marcelo Balderrama*

La cultura moderna ha perdido gradualmente el sentido de orden, a medida que la filosofía se fue desvinculando de la realidad cotidiana para refugiarse en un juego mental, sin contacto con la realidad cotidiana. Así han surgido en los últimos dos siglos diversas doctrinas, a veces enfrentadas entre sí, pero cuya común denominador es la negación del orden natural.

El socialismo en sus distintas variables (Nazismo, internacionalismo, maoísmo, trotskismo y guevarismo) es un rechazo al orden natural y las instituciones que lo conforman. Para el socialista la propiedad privada, la familia y el sexo son solo “construcciones sociales” que impiden a la sociedad retornar al paraíso socialista, un paraíso pansexual, ecologista y sin propiedad privada.



Desde la publicación de “El Emilio” de Jean-Jacques Rousseau la educación es el camino elegido por los socialistas para construir al “hombre nuevo”. La construcción de este “hombre nuevo” debe empezar en la tierna infancia. El niño debe ser aislado y estimulado en potenciar su bondad natural, con pocos libros, sin memorizaciones y en contacto con la naturaleza. Los planteamientos educativos rousseaunianos tienen hasta el día de hoy una enorme influencia en las leyes educativas. Por ejemplo: la ley educativa 070 en Bolivia plantea un modelo de educación “anti colonizadora” “anti patriarcal” y un “vivir bien” en armonía con la madre tierra.

Los grupos ecologistas se rasgan las vestiduras ante los experimentos con animales, pero a nadie le importa, cuando los pedagogos usan a los niños como experimentos de sus fantasías.

En el siglo XX las utopías educativas encontraron en la psicología un aliado estratégico. Con este apoyo, el control social se hizo más fácil. La patologización a quienes no se adapten al modelo educativo de los mandarines de turno es la técnica empleada.

El psicólogo español Marino Perez explica que Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) aprobada en España el año 2013, es el típico intento de manipulación social. En su libro “Volviendo a la normalidad”, Marino Perez muestra que el Trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un diagnostico que carece de sustento clínico, y la medicación, lejos de ser un tratamiento es, en realidad, un dopaje. Lastimosamente, LOMCE reconoce el TDAH y hace obligatoria la medicación, incluso ante la negativa de los padres. Los grupos ecologistas se rasgan las vestiduras ante los experimentos con animales, pero a nadie le importa, cuando los pedagogos usan a los niños como experimentos de sus fantasías.

A diferencia de los animales, el hombre posee por esencia una naturaleza racional. El conocimiento humano trasciende las limitaciones de la sensibilidad y capta, en el seno de la realidad, su constitución esencial, lo que cada cosa es.



Al aplicar su capacidad de conocimiento al plano de la acción, surge otra propiedad esencial del ser humano: su libertad. El ser humano es dueño de sus actos. Y por lo tanto, es responsable de los resultados de sus decisiones. La felicidad consiste en tener libertad de elegir. Por eso, cualquier intento de dirigir la educación desde el poder de turno es una crueldad, una lucha contra la naturaleza humana.

En su canción “Another Brick In The Wall” el grupo de rock Pink Floyd expresó una gran verdad: “We don’t need no education, We don’t need no thought control, No dark sarcasm in the classroom, Teachers leave them kids alone”

*Hugo Marcelo Balderrama es Licenciado en economía y licenciado en Ciencias políticas. Se desempeña como profesor de economía, comercio exterior y planificación financiera. En Facebook: facebook.com/Marcelo.derecha

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]M[/dropcap]éxico está peor que nunca, sumido en la crisis más grave de su historia, ahogado en un mar de violencia nunca antes visto, con un porcentaje de pobreza que se eleva incesantemente y sumerge a las ciudades en escenas de marginación que antes hubieran sido impensables. Así lo dicen con mal disimulada alegría “expertos”, políticos, quejumbrosos profesionales y amateurs. Pero no es cierto.

De hecho, la verdad es justo la opuesta. Basta una cucharada de sentido común y una mirada a la historia para comprobar que en todo caso sería más cierto afirmar que, por el contrario, México está mejor que nunca.



Sin embargo, la sociedad mexicana es particularmente pesimista respecto a su situación actual, al grado de que un estudio publicado en diciembre del año pasado por el Pew Research Center arrojó que un 68% de los mexicanos cree que se vivía mejor en 1967 y sólo un 13% afirma que la vida es mejor en la actualidad, y esa percepción trágica se refrenda constantemente en redes sociales, debates políticos y diálogos familiares.

La pregunta es ¿por qué?

En parte se debe al funcionamiento de nuestro cerebro: los seres humanos estamos diseñados para enfocarnos en las memorias más felices de nuestro pasado, y además la certeza de saber lo que sucedió ayer es comparativamente más cómoda que el estrés provocado por la incertidumbre actual. Sin embargo, eso solo explica la mitad de la historia.

Detrás de la otra mitad del pesimismo desbordado se encuentra una estrategia de manipulación política, con el objetivo claramente definido de convencer a las personas de que rechacen las transformaciones institucionales impulsadas a lo largo las últimas décadas y respalden nuevamente a los grupos de poder y los paradigmas del viejo PRI, ahora disfrazado de izquierda.

Sólo así se explica la flagrante deshonestidad intelectual, por ejemplo, del estudio publicado hace unas semanas por la UNAM afirmando que en 1987 bastaban menos de cinco horas de trabajo para adquirir la canasta básica, y que en cambio hoy se necesitan más de 24 horas. Cualquier persona que tenga más de 35 años recordará que México en 1987 no era una utopía de desarrollo en la que un trabajador con salario mínimo comiera a llenar y además adquiriera toda la canasta básica trabajando medio tiempo.

El mensaje que transmite (con toda mala fe) ese panfleto del Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM es que los trabajadores están hoy proporcionalmente seis veces peor de lo que estaban en 1987, justo en el momento culminante de la larga crisis económica la década de los ochentas. Simplemente falso.

Más o menos la misma tonada cantan los coros que denuncian que ha aumentado la pobreza en México, comparando para ello las espurias cifras del gobierno mexicano en la época dictatorial del PRI, con las mediciones actuales del Coneval (producto de un análisis mucho más estricto y que contemplan la pobreza como un fenómeno multidimensional, mucho más allá de la sola falta de alimentos). Para decirlo claro, si hubiéramos analizado la realidad de México en 1967 usando las herramientas actuales, la pobreza hubiera sido mucho mayor a la actual.

Entonces, ¿cómo afirmar que de hecho la situación está mejor ahora que nunca en la historia?

Fácil, recurriendo a los datos que se refieren directamente a aquellos elementos que tradicionalmente consideramos como reflejo del progreso económico: por ejemplo: disponer de un vehículo, tener acceso servicios de salud, a servicios públicos como drenaje, agua potable y luz eléctrica, consumir productos considerados para clase media o media alta, y tener acceso al sistema bancario. En todos estos ámbitos es claro el avance.

  • Empezamos con los coches. De acuerdo con datos del Inegi, el parque vehicular pasó de 5.7 millones en 1980 a 42.9 millones en 2016. Es decir, que actualmente hay 800% más vehículos. Millones de familias que antes dependían sólo de la bicicleta o del camión hoy tienen un coche propio, lo que de hecho ha provocado nuevos desafíos en materia de infraestructura vial.
  • En materia de salud de los avances son incluso mayores. En 1967, cuando según la percepción de las encuestas “vivíamos mejor que ahora” la tasa de mortalidad infantil en bebés era de un 8.4%, hoy es de apenas el 1.2%; la esperanza de vida pasó de 60 años en 1967 a más de 76 años en 2016; el porcentaje de niños con bajo peso se redujo de un 13.9% en 1990 a prácticamente nada en 2016; todo ello de acuerdo al Banco Mundial.

A esto hay que añadir (más allá del debate sobre si la salud debería o no estar en manos del gobierno) la cobertura del Seguro Popular, con más de 53 millones de afiliados, que antes no podían cotizar en el IMSS o en el ISSSTE, y por supuesto el maravilloso sistema de consultorios gratuitos (o casi gratuitos) anexos a miles de farmacias privadas en todo el país, así como el acceso a medicamentos genéricos, que han permitido reducir enormemente el costo del tratamiento privado de enfermedades.

  • Por lo que se refiere a los servicios públicos, la cobertura de energía eléctrica pasó de un 94% en 1990 a más de un 99% en 2014, la de agua potable se elevó de un 78% en 1990 a 94.4% en 2015 y la de alcantarillado brincó de un 61.5% en 1990 a un 91.4% en 2015.
  • En cuando a ingresos, el porcentaje de personas que viven con menos de dos dólares al día se redujo de 9% a 3% entre 1990 y 2016; en ese mismo periodo el porcentaje de ingresos obtenido por el 20% más pobre de la población aumentó en una quinta parte, de 4% a 5.1%.

A estas cifras hay que sumarle la evidencia ante nuestros ojos: Los centros comerciales se han multiplicado no sólo en la capital, sino en ciudades grandes y medianas. tan sólo la ANTAD tiene registro de 5,410 tiendas de autoservicio, 2,307 departamentales y 43,992 especializadas, con más de 27 millones de metros cuadrados de piso de venta.

A tiros y jalones, pero la economía ha crecido en forma constante desde 1996 y ciudades que antes tenían sólo un pequeño mercado hoy tienen varios centros comerciales de gran tamaño que ofrecen marcas internacionales y que están repletos incluso cuando no es día de quincena. Evidentemente millones de personas que hace 50 o 30 años no habrían podido comprar ahí, ahora sí están consumiendo. 

  • Cerramos con el acceso a los servicios bancarios. Durante muchos años este ha sido uno de los puntos pendientes de la modernización económica de México. Sin embargo, hay elementos para señalar que la situación está mejorando: De acuerdo con la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2015, ese año un 68% de los adultos contaban al menos con un producto financiero, un marcado incremento respecto al 56% del 2012.

Pero entonces, ¿esto implica decir que la situación es maravillosa?

Quienes manipulan la percepción para hacernos creer que todo está “peor que nunca” tratan también de encerrarnos en un callejón sin salida, alegando que si rechazamos su visión catastrofista negamos que sigan existiendo problemas. Es lo que se conoce como falacia del falso dilema, en la que se plantean sólo dos opciones posibles, sin considerar la alternativa.

La alternativa es entender que:

aunque siguen existiendo problemas, la situación ha mejorado en términos generales.

¿Que existe pobreza? Por supuesto que sí, pero era mucho peor en 1980 o 1967, cuando millones de personas no sólo enfrentaban la falta de recursos económicos, sino también de agua potable, de luz eléctrica, de servicios médicos básicos y de acceso a oportunidades elementales de educación y de empleo.

Efectivamente siguen existiendo partes del país, particularmente en zonas serranas, donde los niveles de pobreza son lacerantes, pero no debemos cometer el error de tomar el caso extremo como si fuera la regla, tampoco debemos pecar de ingenuos al comprar el discurso catastrofista sin dedicarle un poco de atención a entender su objetivo.



Además, si en serio queremos facilitar condiciones que permitan seguir avanzando en beneficio de los más pobres, es indispensable hacerlo partiendo de bases firmes, basadas en datos que tengan el respaldo de la experiencia práctica, y de principios políticos claros: libertad de acción y asociación, respaldo voluntario y subsidiario, preferentemente desde la propia sociedad. Especialmente es necesario perseverar en la eliminación de las cadenas caciquiles y corporativistas, que durante décadas han mantenido a millones de familias bajo el oprobio de la marginación.

¿Qué quieren los que nos dicen que todo está peor que nunca?

Quienes nos dicen que todo tiempo pasado fue mejor pretenden justamente convencernos de regresar a ese, su pasado: al México de la economía controlada centralmente por el Estado, es decir por las burocracias y los grupos de poder que hoy se quejan amargamente de haber perdido sus privilegios: sindicatos, mafias del viejo PRI, académicos que anhelan empresas paraestatales donde meter mano, etc.

Ellos sí están “peor que nunca.”

 

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Gerardo Garibay Camarena

[dropcap type=”default”]U[/dropcap]no de los mayores mitos de nuestros tiempos es la idea de que todos somos especiales y de que, si deseamos algo con la suficiente fuerza, podemos lograrlo, sin importar de lo que se trate. Este mito es una de las razones subyacentes de muchas de las inconformidades sociales y políticas, que se agravan conforme las generaciones que crecieron bajo este paradigma en su infancia, escuchando que eran maravillosos, que el cielo era el límite y recibiendo trofeos por participar, se enfrentan a una realidad que choca directamente con sus pretensiones.