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Por: Gerardo Garibay Camarena*

El problema de decir que cualquier cosa es facista, racista o machista es que ello le quita peso a estas palabras e implica la tentación de olvidarnos de que sí hay monstruos facistas, racistas o machistas.

Hoy en la ciudad de El Paso el mundo fue testigo de uno de estos monstruos, que asesinó a 20 personas e hirió a otras 26.

De confirmarse su autoría del manifiesto que circula en redes, el asesino de hoy en El Paso es un supremacista blanco/ecologista profundamente corrompido y confundido en sus ideas (por ejemplo, primero se queja de la “invasión” hispana a Estados Unidos y dice que quiere recuperar todo el país, y luego propone dividir E.U.A. en naciones racialmente distintas).

En el manifiesto y en la masacre que le siguió se refleja un profundo miedo, que se convirtió en odio y se tradujo en un crímen horrendo.

El miedo que lo corrompió es el miedo a los cambios culturales, pero también a la automatización y la tecnología, pues según dice, “el trabajo de sus sueños ya estará automatizado”.
En castellano: su capacidad mental no le da para los nuevos empleos y se siente condenado a la irrelevancia y a la pobreza.

Él, al igual que muchos otros “supremacistas blancos” se dan de bruces con una realidad que les demuestra que las personas de razas a las que consideran “inferiores” los superan en empleos, en nivel y en calidad de vida, y ello constituye una humillación que no saben cómo procesar.
Y no es el único caso.

Ya van varios ataques similares por parte de “supremacistas blancos”, es decir: personas de raza blanca que no tienen ni el talento ni la disciplina para lograr algo por sí mismas, y que por lo tanto recurren a la supuesta “superioridad” de su raza para aferrarse a algo que los haga sentirse seguros ante un mundo que los rebasa por completo.

Y si a este coctél le añadimos el ambiente de persecución y “deconstrucción” (léase: demolición) de la identidad norteamericana por parte de la izquierda, el resultado es odio e incluso violencia, que a su vez brinda el escenario para que los antifas y “activistas” de izquierda hagan lo propio.
Revisen la historia previa a las guerras civiles, en España, en Yugoslavia, por ejemplo. La espiral se inicia con actos de odio que “provocan” una reacción de la contraparte, hasta que las cosas se salen de control…y millones mueren.

Por una parte…
Estados Unidos está a tiempo de detener esta espiral antes llegar al punto de no retorno, y ello implica que la derecha denuncie y mantenga alejados a los supremacistas blancos, pero también que la izquierda deje de arrojarle gasolina al fuego.

Por otra parte…
Es necesario entender que las políticas y la retórica, de ambos lados, tienen consecuencias, especialmente en personas de pocas luces, para quienes el colectivismo es su única fuente de identidad y consuelo.

Finalmente…
El temor a la disrupción que generará la cuarta transformación industrial es una realidad que debemos tener en cuenta. Las nuevas tecnologías son maravillosas y en términos generales representan un gran beneficio, pero en el camino hay muchas personas cuya forma de vida se ve directamente amenazada por los cambios.

Por ejemplo, los choferes de camiones, que son el trabajo más común para hombres con educación de nivel preparatoria (High School) en casi los 50 estados de la Unión Americana…y que serán reemplazados por vehículos autodirigidos en los próximos 15 o 20 años.

¿Qué va a pasar con ellos?
¿Qué va a pasar con sus hijos, que esperaban crecer para seguir el camino de sus padres y ahora tendrán cerrada esa oportunidad?

No son preguntas sencillas, no tienen respuestas mágicas, y cada vez más los acontecimientos las gritarán ante nuestra sociedad.
La incertidumbre lleva al temor, el cual se traduce en odio y cuando se mezcla con la ambicion de controlar, se traduce en violencia…
Y en tragedia.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]stamos en el inicio de la 4ta revolución industrial, que promete transformar radicalmente la forma en que vivimos, trabajamos y convivimos, con una multitud de oportunidades y temores surgidos de la tecnología.

Pero al mismo tiempo en México también estamos por arrancar la “4ta Transformación” encabezada por López Obrador, con la mezcla de esperanzas y del temor a una regresión autoritaria y una crisis económica.

¿Qué podemos esperar? ¿Qué podemos hacer?

De esto platicamos con Héctor Uriel, CEO de DirigeHoy – Mejora tu Vida Profesional y consultor experto en temas de empresa y administración.

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Por: Alexander Hammond*

La abrasadora ola de calor en Gran Bretaña ha creado una demanda record para la golosina que, durante el último siglo, se ha convertido en una favorita de verano en el mundo entero: el helado. Las ventas se han incrementado 100% respecto al año pasado y Londres incluso es cede de una exhibición adecuadamente titulada “Scoop” (Cuchara).

Hace apenas 350 años, el helado era una rara exquisitez, reservada para reyes y los más acaudalados aristócratas. Para disfrutarla, era necesario contar con refrigeración, que en el mundo pre-industrial era difícil y costosa.



En aquellos tiempos, si querían refrigerar comida, las personas necesitaban el terreno para construir una bodega de hielo (para almacenarlo), acceso a agua dulce y sirvientes para cortar el hielo, que debía ser constantemente resurtido y sólo estaba disponible en algunos climas y en algunas ocasiones. Sin embargo, gracias al progreso tecnológico y científico, el helado está al alcance de prácticamente cualquiera.

La primera mención registrada del helado fue en el menú de un festín organizado en 1671 por el Rey Carlos II de Inglaterra. El banquete celebrara el décimo aniversario de la llegada de Carlos al trono británico. El sabor sigue siendo desconocido, pero el postre fue exclusivo para la mesa del Rey y se sirvió acompañado de “un plato de fresas blancas”.

La nueva golosina despegó rápidamente. Comer helado no sólo demostraba un muy alto estatus social, sino que los propios sabores eran una forma de presumir. Desde el pepino hasta el clavel, del Jerez a los narcisos (incluso aunque estos últimos son venenosos), entre más extraño el sabor, más era valorado por los aristócratas.

Adelantamos 150 años a los 1850s, y el helado se había vuelto accesible a las masas, aunque en una forma muy diferente a la que conocemos hoy. Los migrantes italianos que arribaron al Reino Unido para escapar de las Guerras Napoléonicas crearon el Penny Lick (la lengüetada de a penique). Vendedores callejeros vendían un pequeño vaso de helado por un penique (centavo de Libra Esterlina) a gozosas multitudes de consumidores. Este artilugio desenfadado terminó teniendo consecuencias mortales.

El Penny Lick fue prohibido en 1898, después de que fue directamente vinculado con un brote de tuberculosis. La tuberculosis se contagia al toser, estornudar o escupir, así que no es sorprendente que un vaso “limpiado” con un paño sucio antes de reusarse esté infestado con gérmenes. Afortunadamente, la necesidad es la madre de la invención, y las preocupaciones respecto a la higiene llevaron que tras su invención en 1896 en Nueva York (o en 1904, en San Luis, no estamos completamente seguros) el cono de helado desplazó al vaso del Penny Lick.

Tendemos a pasar por alto nuestro verdaderamente espectacular ascenso de la demoledora pobreza a una abundancia antes inimaginable

Entonces llegó la máquina de helado a manivela manual, de la londinense Agnes B. Marshall. A finales de los 1800s, Marshall comenzó a usar la nueva tecnología del nitrógeno líquido para hacer helado de mejor calidad. Sam Bompas, el codirector de la exhibición de helados Scoop, describe a Marshall como “la equivalente victoriana de James Oliver”, y las máquinas que ella creó siguen siendo más efectivas que las fábricas caseras de helado actuales.

En 1930, Cadbury’s comenzó a servir helado suave con una pequeña hoja de chocolate –conocido como “el 99”. Al usar proceso de manufactura más eficientes, el postre alcanzó nuevos niveles de popularidad y rápidamente se volvió sinónimo del verano británico, vacaciones en la playa y postales perfectas.

La del helado es una historia común: de ser algo reservado para los reyes pasó a ser un símbolo de estatus entre la aristocracia, hasta ser algo que disfrutamos todos. Esta clase de progreso, del producto de lujo al producto cotidiano, es compartida por casi toda la comida moderna, desde el pastel hasta el chocolate, desde los waffles hasta el jarabe. Incluso la idea del recalentado es un fenómeno relativamente reciente, posible gracias a la refrigeración barata.



Como Humanprogress.org continúa demostrando, “en la mayoría de los casos, tendemos a pasar por alto nuestro verdaderamente espectacular ascenso de la demoledora pobreza a una abundancia antes inimaginable…el progreso científico convierte en rey a cada uno de nosotros.”

El futuro del helado es, literalmente, brillante, hay en el horizonte variedades que brillan en la obscuridad, con goma de mascar, con espuma y alcohol. Incluso una variante no venenosa de helado de narcisos ya está disponible. Mientras que esperamos el regreso del clima templado, recordemos que ahora todos podemos disfrutar una delicia que hace apenas unos siglos era exclusiva de reyes.

*Alexander Hammond es asistente de investigación en HumanProgress.org.

 

Publicado originalmente por CapX y FEE.org

Traducción por Wellington.mx

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]Y[/dropcap]a en unos días nos vamos de vacaciones. Pero antes de echar la flojera, hay que echarle un ojo al inicio de las campañas y particularmente a la visión de país que están planteando los diversos pre-candidatos.



La semana pasada comentábamos que uno de los principales puntos que nos tienen que aclarar los candidatos presidenciales es el de cómo piensan pelear y ganar la “guerra” contra el narcotráfico, en la que nos ensartó la torpeza de Fox, la necedad de Calderón y la complicidad de sus antecesores. Sin embargo, no es el único tema que es necesario tener en cuenta.

Gane quien gane en 2018, los próximos años serán muy turbulentos para este país.

Como extras en esa gran ópera bufa de los comicios presidenciales, tenemos la obligación de (al menos) exigir que los protagonistas del show nos aclaren específicamente en qué consisten sus propuestas para lidiar con algunos de los radicales cambios que experimentará México en el corto y mediano plazo. Algunos de estos no se vivirán plenamente antes del 2024, pero sus condiciones y alteraciones comenzarán a gestarse a lo largo del próximo sexenio. He aquí algunos de ellos.

  • El fin de las oficinas. Bueno, quizá no el fin, pero sí la drástica reducción en el número de personas que se trasladan todos los días para trabajar en una oficina.

Los grandes complejos de oficinas fueron uno de los símbolos de estatus empresarial en el siglo XX, cuando eran la muestra de que una compañía era digna de confianza porque tenía la fuerza suficiente como para mandarse construir o rentar un gran edificio y llenarlo de escritorios y de Godínez, para supervisar y coordinar centralizadamente el trabajo.

Sin embargo, el crecimiento de la ciudades, que ha vuelto cada vez más desgastante y oneroso el tiempo de traslado de la casa a lugar de trabajo; y los avances tecnológicos, que han facilitado el trabajar desde casa y el supervisar dicha labor, están gestando la que puede ser una de las transformaciones más radicales de nuestra época: la masificación del trabajo a distancia.

En una encuesta realizada en 2014 dentro del Global Leadership Summit en Londres, casi un 60% de los directivos empresariales señalaron que más de la mitad de sus empleados trabajarían a distancia para el año 2020, y de hecho ya el año pasado casi la mitad de los profesionistas estadounidenses pasó al menos parte de sus días trabajando en casa.

Por supuesto, la tendencia quizá tarde un poco más en consolidarse en México, pero en todo caso es indudable que, particularmente considerando las dificultades de transporte en las grandes ciudades de nuestro país, el número de trabajadores que laboran desde casa se multiplicará entre 2018 y 2024.



Esto significa cambios en el diseño y la logística urbana, que deberá adaptarse a la nueva realidad, una realidad a la que también tendrá que adaptarse la burocracia. Al próximo presidente le tocará encabezar, quiera o no, la transformación de la administración pública, de un ejército de oficinistas en horarios estandarizados, a una fuerza cada vez más dinámica, con horarios mucho más flexibles, basada en la atención en línea y con un grado de descentralización nunca antes visto, lo que implicará espinosas negociaciones con sindicatos y con mandos medios. Por otra parte, el costo de no hacerlo sería el de una administración pública que se vea cada vez más ineficiente y fosilizada ante los ojos de la sociedad.

  • Los autos que se conducen solos. Durante los últimos 100 años, el trazado de las ciudades y nuestra propia forma de vida se adaptó drásticamente a los vehículos de motor conducidos por seres humanos. Para ello diseñamos calles, reglamentos, cadenas de valor etc. Sin embargo, todo eso está a punto de cambiar.

Los primeros vehículos de conducción automática ya están en las carreteras haciendo pruebas que en términos generales han resultado exitosas, y no sólo hablamos de empresas especializadas en tecnología, tipo Google, Apple o Tesla, también los fabricantes tradicionales, como Volvo y General Motors, están experimentando con esquemas parcial y plenamente autónomos, y seguramente durante el próximo sexenio veremos a los primeros de estos modelos abriéndose paso en las calles de todo el mundo, México incluido.

Esto implica una enorme cantidad de desafíos, que podemos distinguir  a su vez en dos grandes vertientes:

1) La transformación de los reglamentos de tránsito a todos los niveles y los cuestionamientos respecto a si las máquinas serán susceptibles de alguna multa o regulación particular, por poner un ejemplo. Por el contrario, el incremento de este tipo de vehículos también podría significar el fin de la policía de tránsito, pues si sólo tenemos en las calles vehículos que estén programados para respetar el reglamento y no exceder límites de velocidad, estacionarse en lugares prohibidos o cometer infracciones, no habrá necesidad de tener burócratas para que cacen infractores que ya no existirán. Aunque esto a primera vista es tema de las autoridades locales, en un país como el nuestro seguramente el Gobierno Federal tendrá que marcar línea, para bien o para mal.

2) La multiplicación de los vehículos sin conductor provocará una enorme crisis política con las mafias de taxistas y con los conductores de plataformas como Uber, Lyft, etc. Si con la llegada de de Uber los taxistas hicieron berrinche y recurrieron muchas veces a la violencia, se enchina la piel de sólo pensar lo que van a hacer estos señores cuando sean, ahora sí, completamente superados por la tecnología.

Lo cual nos lleva al tercer punto.

  • La automatización de empleos. Los avances tecnológicos volverán redundantes e inefectivos muchos puestos de trabajo que hoy son ocupados no sólo por obreros, sino también por profesionistas. Según algunas proyecciones, 800 millones de empleos desaparecerán a nivel mundial en los próximos 13 años a causa de la automatización.

El caso de los chóferes quizá sea el más evidente, pero ni de lejos será el único. Tanto las empresas, como la sociedad civil organizada y la administración pública tienen que ser conscientes de que esta transformación, aunque sea necesaria y positiva, también tendrá efectos negativos de corto plazo para millones de familias.

¿Qué hacer? De entrada es necesario apostar por la capacitación, pero no sólo con el enfoque limitado con el que se ha entendido hasta la fecha.

Es necesario repensar todo el sistema educativo, particularmente en los niveles medio superior y superior, reorientándolo para que sea menos costoso, no sólo en términos de dinero, sino también de tiempo. Pasar cuatro o cinco años aplastado por horas en un pupitre será cada vez más una grave desventaja competitiva para el estudiante. Al mismo tiempo, será necesario liberar, o al menos facilitar la creación y edición de programas de estudio por parte de las instituciones académicas.

Sin embargo, aunque esas estrategias servirán para los nuevos estudiantes, también será necesario diseñar otras para atender a quienes vayan quedándose sin sus anteriores empleos, ayudándolos a reducir el dolor de su salida e, inmediatamente después, facilitándoles el ingreso al ámbito académico y al mercado laboral.

Incluso en el mejor de los casos, todos estos cambios apuntan a un periodo de conflicto y tensión entre lo viejo y lo nuevo, en el que no bastará con choro, ni con soluciones fáciles.

Por eso me preocupa tanto ver un nivel de debate tan pobre por parte de muchos precandidatos, como Margarita Zavala, con su ideota de hacer una cárcel para los “criminales y los corruptos”, o López obrador con su amnistía y sus refinerías. De Anaya y Meade habrá que esperar perspectivas más concretas, para saber si es que alguien, de entre toda la manada electoral, está pensando más allá de los clichés.

En caso contrario, estaremos en serios problemas.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.