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Por: Ricardo Valenzuela*

Hace unos días, Mark Levin entrevistaba a Niall Ferguson considerado como el más importante experto mundial en historia, economía, finanzas y relaciones internacionales. Una de sus primeras afirmaciones fue que, “cuando pasen los años se va a recordar como la política más acertada de la presidencia de Trump, el haber enfrentado a China en su conduta como el gran pirata de los mercados mundiales a quien siempre se le había permitido su fraudulenta avanzada”. El día siguiente, China, usando otro de sus trucos, devaluaba su moneda.

Afirmaba también que; “EU se empezó a preguntar si no había ido demasiado lejos promoviendo el crecimiento de China. Trump ha sido el despertador del país exhibiendo la conducta fraudulenta de la nación asiática. Provocó también una actitud partidista para entender que China es una amenaza no solo en aspectos económicos, también es una seria amenaza estratégica. China fue aceptada en la OMC en 2001 para debutar usándola con fines alarmantes. Porque no solo progresa económicamente, también se ha involucrado en una peligrosa extensión territorial parecida a la ejecutada por Alemania Nazi y la vieja Unión Soviética—pero más importante, compite tecnológicamente usando propiedad intelectual robada”. Su héroe es Winston Churchill por haber enfrentado el parlamento cuando pretendía entregar Britania a Hitler. 

La gente se sorprendería al saber que Donald Trump—crítico de tratados de libre comercio, de países “comiéndose el almuerzo de EU,” y piensa que el TLC ha sido uno de los peores—no se considera proteccionista. Y cuando alguien lo acusa de serlo se molesta y aún más cuando lo describen como otro Herbert Hoover, acusado de ser el causante de la Gran Depresión de 1929 con sus políticas proteccionistas.

Durante su campaña, Trump solicitó la ayuda de Laffer y Moore en una presentación de política económica que haría frente al Club Económico de Detroit. Trump ya era candidato y todos querían saber cuál sería la agenda de este fuereño, no probado, que se enfrentaría a Hillary. El evento había despertado descomunal interés tanto que, ante una asistencia inesperada, se tuvo que cambiar el lugar del auditorio normal a un masivo centro de convenciones, y sabían que los votantes y la media lo observaría con una potente lupa.

Volando de Nueva York a Detroit revisaban su mensaje, línea por línea, para que tuviera el lenguaje económico preciso y cumpliera su objetivo. Se unían también Steve Mnuchin, Steve Miller, Jared Kushner. Después de una larga discusión, el mensaje estaba listo para acomodarlo en la pantalla y Trump pregunta ¿Qué piensan del contenido? Los participantes se miraban unos a otros y Kudlow le responde: “Nos gusta, Donald, pero nos preocupa que no incluyas los beneficios del libre comercio internacional. Tienes que asegurar que entiendes el comercio es bueno y no dar la impresión de proteccionista”. Todos pensaron que Trump lo sacaría por una ventana.

De inmediato respondía: “Es cierto, debemos dejar claro ese punto. Soy hombre de negocios y por supuesto que entiendo el valor del comercio internacional”. Luego mirando a Steve Miller le dice: “Steve, necesitamos agregar algo que afirme nuestra posición sobre la bondad del libre comercio, pero un comercio justo, y justicia no es un comercio manipulado ni debe ser “an equal opportunity exporter”, debe ser a base de competencia. Para mí, comercio justo significa una actitud universal de abrir totalmente las puertas al comercio de todos los países. Por supuesto que no quisiera causar la impresión de ser proteccionista. Eso lo aprendí en la escuela de negocios de la Universidad de Pensilvania”.

Días después, Laffer tuvo una conversación con él. Después de hablar sobre el recorte de impuestos, Laffer trató de presionarlo con el tema del comercio. De forma política le advirtió que proteccionismo era uno de los peores verdugos de la prosperidad del brazo con impuestos, inflación y regulaciones. Le advirtió también que, elevando las tarifas, podía deshacer algunos beneficios del recorte de impuestos. Siempre sus tres economistas le repitieron. “Las tarifas son impuestos”. Trump no rechazó los consejos de Laffer y, a partir de esos momentos, se convirtió en un proyecto en proceso y ha asimilado 100% el comercio internacional en toda su magnitud.

Algo que compartió con sus asesores, es que sus bravatas con tarifas a China, Canadá, México y la Unión Europea, es conseguir que ellos reduzcan las suyas. Su forma de interpretar este escenario es que los persistentes déficits comerciales de EU son evidencia del abuso que sufre en los mercados y que, con amenaza de sanciones, podía lograr que esos países abrieran las puertas a productos americanos. Con el paso del tiempo los economistas entendieron bien su filosofía, sus tácticas para negociar y sus objetivos. Ahora están seguros qué firmemente reconoce las ventajas del libre comercio. Pero con igual firmeza cree que la forma de establecer mejores relaciones comerciales es usando el mercado de consumidores en EU, de trillones de dólares, como la zanahoria para motivar a esos países y abran los suyos hoy día manipulados.

Para entender a Trump hay que leer su libro; “El Arte de Negociar”. Afirma Laffer que aprendió del presidente que no importa si está negociando con el Congreso o gobiernos foráneos, el objetivo es lograr el mejor acuerdo posible. Y Trump es un gran negociador y mejor jugador de póker. En aspectos de comercio internacional siempre ha mostrado una postura agresiva. Pero confiesa que ha sido para llamar la atención mundial y comunicar ahora hay alguien que vigila las leyes comerciales se cumplan, y naciones como China, que se han beneficiado de la apertura total de los mercados de EU, ahora deben hacer lo mismo con los suyos. ¡Nunca ha considerado que las tarifas sean permanentes!

En el caso de China, especialista en el robo de patentes, secretos, tecnología, manipulación de su moneda, lo que administraciones pasadas siempre lo permitieron, no era tolerable y se debía corregir. La situación ideal para él sería un mundo en donde se aniquilen todos los elementos negativos que han acudido a establecer un entorno de comercio, que nada tiene de libre. Su visión es una en la cual se abolieran 100% tarifas, subsidios, impuestos, tratos preferenciales, manipulación de monedas, y él está decidido a romper esas cadenas para lograr el objetivo que le diera vida, ¡que sea verdaderamente libre!

Afirma su estrategia es la de Mohamed Alí quien, a base de intimidación, ganaba sus peleas antes de subir al ring. Alí, quien fue amigo de Trump, en cierta ocasión le comentaba que estando en el ring para enfrentar a Liston se moría de miedo, pero, cuando vio en los ojos de su adversario que el miedo de Liston era aún más grande, la pelea estaba decidida. ¿Es una buena estrategia? Solo el tiempo lo dirá, pero las herramientas de Trump frente a China son superiores a las de Mohamed Alí cuando, en 1964, enfrentara al temible ogro invencible y ya conocemos el desenlace. Pareciera que Trump cree en el refrán: “Cría cuervos y te sacaran los ojos”. Y como cantara José Alfredo; “aquel que doble las corvas, le va a costar su dinero”. 

*Ricardo Valenzuela es economista, empresario y analista. Su cuenta en twitter: @elchero

Por: Víctor H. Becerra*

Por un pelito, México evitó la peor debacle de su historia reciente: Al ceder a todas las pretensiones migratorias de Donald Trump, México evitó un golpe mortal a sus exportaciones a EEUU y a su economía.

Bueno, esa es la versión con la que tratan de convencer los gobiernos de Donald Trump y de Andrés Manuel López Obrador: como buenos populistas, tratan de vender las idea de hombres iluminados y salvadores, con decisiones providenciales. Pero la realidad es mucho menos heroica.

Al amenazar, hace unos días, con la imposición de aranceles a las exportaciones mexicanas si el gobierno de López Obrador no controlaba a la inmigración centroamericana, Trump creó un conflicto que podía ganar si el gobierno de López Obrador actuaba atropellada e inconscientemente. Justo tal como lo hizo. Al respecto, la autoridad legal de Trump (basándose en la International Emergency Economic Powers Act) para imponer dichas sanciones era dudosa, y no contaba con el apoyo de las cámaras legislativas, ni siquiera de su propio partido, ni de los gobernadores y alcaldes involucrados, ni de las cámaras empresariales, asociaciones industriales o agrupaciones de agricultores y ganaderos, incluso dentro de su propio Gabinete se veía con reservas la idea… Vamos: La probabilidad de la imposición era muy baja, si no es que inexistente.

Sin importarle dicha debilidad y la falta de sustento legal, López Obrador envío apresuradamente a su canciller a Washington… solo para que casi nadie lo recibiera por la temporada vacacional, resignándose a iniciar negociaciones casi una semana después de su llegada a Washington. Así, en lugar de explorar salidas jurídicas, tanto las ofrecidas por la legislación estadounidense, como las del propio TLC o las de los organismos de comercio internacional. O realizar lobbyng con los actores políticos y económicos relevantes. O generar una narrativa sobre los reales y duros costos para EEUU de esa medida (por ejemplo en inflación, más graves que la Guerra comercial con China, por la integración de nuestras economías), sobre todo en los estados electoralmente sensibles para Trump, el gobierno López Obrador se apersonó con el único e invariable propósito desde el inicio de negociar manzanas (aranceles) por peras (migración), en una atolondrada aceptación asimétrica de imprevisibles consecuencias futuras. Negociar así era ceder todo, de inicio.

¿Qué habría pasado si en lugar de negociar sobre las rodillas y a la desesperada, como sucedió, el gobierno mexicano hubiera dilatado el proceso, explorado otras opciones y creado una coalición en contra del proyecto de Trump, ya que previamente nuestra diplomacia hizo poco y nada para prevenir el escenario en que se encontró? Probablemente algunos días de gran nerviosismo, mientras los contrapesos a Trump se manifestaban y hacían su trabajo de contención y reversión. No hubiera sido la primera vez: Ya sucedió en las repetidas amenazas de Trump de denunciar el TLCAN. Es lo que yo creo. Pero es difícil decirlo, sin caer en la especulación.

Lo cierto son las gravísimas consecuencias de lo pactado: Según lo que se conoce, porque ha faltado transparencia, México destinará su recién creada Guardia Nacional no a labores muy urgentes de seguridad pública, según la justificación para su creación constitucional, sino para “la aplicación de la ley y frenar la inmigración irregular”, sobre todo en la frontera sur, pero ordenándosele actuar en todo el país para ello.

Vea usted lo grave, lo descabellado: Una corporación militarizada se hará cargo de contener el flujo migratorio! Con los consecuentes riesgos para migrantes, niños, familias… Se responderá y perseguirá militarmente a millones de personas que, en las peores condiciones, huyen de la tragedia económica que sus gobiernos les impusieron. ¿En que país es posible tamaña locura? Y esto, ¡con el inconsciente aplauso de tantos mexicanos que felicitan a López Obrador por su “exitosa” negociación, y que confunden el legítimo provecho propio con el mezquino e injusto traslado de males a otros!

Esto sin contar con que dicha Guardia Nacional será el muro que Trump prometió que nuestro país pagaría: Todo México, sus casi 2 mil millones de kilómetros cuadrados, serán ese muro, somos el Muro de Donald Trump. O sin contar que en los hechos, descarnados y sin atenuantes, Trump será, al final, el real comandante supremo de nuestra Guardia Nacional: Quién definió sus prioridades y formas de operación. Tanto escándalo para terminar así, patéticamente: No con un aplauso por resolver el angustiante problema de violencia interna, sino con una vergonzante capitulación frente a Donald Trump.

En los hechos, también, aunque no se ha reconocido abierta ni públicamente, México será un “Tercer País Seguro” de facto, es decir, será el patio trasero de EEUU, para recibir, contener y atender durante meses a todos los solicitantes de (un casi imposible) refugio en ese país. Tan solo el año pasado, hubo 93 mil solicitantes de asilo en la frontera México-EEUU. Este año podrían superar los 100 mil. ¿Con cuáles recursos se les atenderá, en vista de los auto infligidos problemas presupuestales de la administración y la pertinaz observación de las calificadoras internacionales? La demagogia populista no tiene respuesta a problemas reales.

Y esto sin contar los acuerdos “secretos” cuya existencia Trump se ha encargado de remarcar, que podrían ir desde la compra “inmediata” de alimentos a EEUU para compensar el deficit estadounidense, hasta cualquier otra locura que se le haya ocurrido a Trump. Quienes hoy aplauden la “exitosa” y “razonable” negociación de López Obrador, harían bien en tener mayor seriedad y esperar a conocer todos los acuerdos. Si ya era chocante ver a libertarios aplaudir a Trump por dos o tres declaraciones, quizá la sífilis ideológica del populismo se ha contagiado a otros, que hoy aplauden a López Obrador por una negociación de la cual, bien a bien, nadie sabe sus reales alcances.

En lo personal, si ya lo alcanzado me parece inaceptable, no quiero ver qué nuevas sorpresas nos presentará el poco serio gobierno de López Obrador. Si ya en lo interno ha dado muestras sobradas de tal falta de seriedad, ¿de verdad habría que esperar algo distinto en este escenario? Al respecto, una reciente nota del The New York Times (no desmentida hasta ahora), revela que lo acordado el viernes ya había sido acordado desde diciembre, pero que el gobierno López Obrador nunca lo puso en práctica. Así, quienes señalan que el acuerdo mejorará la relación con EEUU, quizá harían bien en esperar a la implementación por parte de López Obrador, o a que Trump no tenga pronto otra prioridad electoral, o esperar los tres meses que se fijaron para evaluarlo.

Pero al final, lo lamentable del reciente acuerdo entre EEUU y México es que hace inviable un enfoque serio sobre la migración. La migración y la pobreza, que es una de sus más poderosas causas, no se resuelven con militares o aranceles. Sólo el flujo comercial libre, y el continuado respeto al derecho de propiedad y al Estado de Derecho son soluciones reales. México y su muy baja migración a EEUU tras 25 años del TLCAN son prueba de ello.

Con el acuerdo que se negoció, el país y los mexicanos se sometieron a dos posiciones peligrosas para sus intereses, en el corto y el largo plazos:  Los caprichos de Trump y la irresponsabilidad de López Obrador. Solo apuntarlo habla de lo “bien” que seguramente se negoció este acuerdo y de sus perspectivas futuras. Bravo, les quedó “de lujo” el acuerdo: que sus apoyadores sigan aplaudiendo… hasta el próximo susto.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Gerardo Garibay Camarena*

Amigos derechairos:

Les escribo con aprecio, y también con algo de preocupación.

Verán; tenemos años advirtiendo del peligro de que López Obrador llegara al poder e imitara en México las nefastas políticas del chavismo venezolano.

Bueno, pues esta semana llegó uno de los puntos críticos que definirán el rumbo del gobierno. Trump amenazó con aranceles.

Temíamos lo peor. Que AMLO reaccionara como suele hacerlo la izquierda, con bravuconerías, cancelando el TLC, corriendo a los brazos de China y de Rusia, denunciando al “imperialismo” y demás.

Pero sucedió lo contrario. Obrador respondió con mesura e incluso defendió el libre comercio, dejó que su canciller (Ebrard) hiciera lo que le toca, evitó confrontarse con Trump, refrendó la cercanía de México con Estados Unidos y todo terminó en un acuerdo que básicamente sólo obliga a México a cuidar la frontera con Guatemala y aplicar nuestras propias leyes migratorias, además de hacernos cargo de los migrantes ilegales a los que, en nuestra irresponsabilidad, dejamos atravesar todo el país.

Deberían estar felices.

Y, sin embargo, los veo tristes, deprimidos, cabizbajos, buscándole tres pies al gato para rechazar un acuerdo que hubieran aplaudido de pie si lo hubiera firmado Calderón o Peña Nieto.

Quizá esté equivocado, pero me parece que muchos de ustedes, muy en el fondo, quisieran que AMLO hubiera reaccionado al estilo Chávez, sólo para darse el gusto de restregarlo en Twitter, aunque mientras tanto el país se fuera al abismo.

Y eso, me preocupa.

Me preocupa la mezquindad para reconocerle al rival siquiera el menor de los méritos.

Y, sí, sé que así se portaron los chairos en los sexenios anteriores.

Pero eso no es justificación para hacer lo mismo ahora.

No refrenden el ciclo de la mezquindad y de la hipocresía, que tanto daño le ha hecho a México desde la propia independencia.

No sean dere-chairos.

#PorFavor

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Víctor H. Becerra*

El “Estate quieto” de la administración Trump contra Huawei ha sido un duro mentís contra la idea del “imparable” ascenso chino, llamado supuesta e irremediablemente a desbancar la actual supremacía de EEUU. No será así, al parecer aún durante bastante tiempo.

Al respecto, recordemos que la semana pasada, con el argumento de defender la seguridad nacional y por el supuesto uso de software de espionaje por parte de Huawei para enviar datos críticos de sus usuarios al gobierno chino, la administración Trump vetó a las empresas estadounidenses la compra y venta de componentes de Huawei, una decisión cuyo enorme impacto comenzó a verse tras la decisión de Google de cortar sus relaciones comerciales con la empresa china.

La decisión de Google pone en entredicho la viabilidad de la empresa, el segundo mayor fabricante de celulares en el mundo y la más grande de telecomunicaciones. Huawei tiene 180 mil empleados y alcanza con sus productos a “más de un tercio de la población mundial”, según informa en su web. Según la investigadora Counterpoint, 17% de los smartphones en el mundo son Huawei, sólo superado por Samsung (21%) y arriba de Apple (12%).

Así Google ya no servirá actualizaciones de Android ni dará acceso a su tienda de aplicaciones Play Store a los futuros terminales de la marca china, y tampoco permitirá instalar apps tan populares como Gmail, Google Maps o YouTube. Además, inmediatamente, al bloqueo se sumaron numerosas compañías norteamericanas y de otros países: desde fabricantes de procesadores, como ARM, Qualcomm e Intel, a operadoras como Vodafone o las japonesas NTT Docomo, Softbank y KDDI. Esto pone aún más en entredicho a Huawei, porque muchos de los componentes de sus smartphones fueron diseñados sobre las plataformas de estos proveedores.

Ahora bien, ¿hay bases para pensar que Huawei es un real peligro para la seguridad de la información de sus usuarios? Trump no presentó una sola prueba para fundamentar su postura. En tal sentido, ¿usted le creería a Trump solo porque él lo dice? Pero en principio, hay temor fundado de que el gobierno dictatorial chino obligue a las empresas a tener acceso a secretos industriales, datos de usuarios y otra información confidencial. Recordemos solo que China se involucró por muchos años en gran cantidad de tipos de espionaje, incluido el cibernético, el robo de propiedad intelectual y el sabotaje industrial. Adicionalmente y para mayor gravedad, las más recientes leyes chinas, fundamentalmente la Ley de Seguridad del Estado, obligan a las organizaciones chinas a colaborar en los esfuerzos de inteligencia nacional.

Por otra parte, la prevención contra Huawei no se limita a EEUU. Es larga la lista de países que han prohibido su tecnología bajo supuestos iguales o similares: Nueva Zelanda, Australia, tiene restricciones en Inglaterra, Canadá, Bélgica, República Checa, y ha sido puesta bajo evaluación en Alemania, Japón, Corea del Sur… En tal sentido, hay una innegable preocupación por la participación de empresas chinas de tecnología en materia de seguridad, específicamente contra Huawei.

Adicionalmente, los señalamientos contra Huawei por espionaje no son nuevos. Apenas en enero pasado un empleado suyo fue detenido y acusado en Polonia en un caso de espionaje industrial, o bien, recordemos el reciente arresto en Canadá de Meng Wanzhou, la directora ejecutiva y heredera de la empresa, bajo distintos cargos por parte de EEUU, como fraude bancario, electrónico, espionaje y relaciones comerciales con Irán, con un proceso de extradición en marcha. O las acusaciones contra Huawei por los mismos cargos de ahora, pero desde la administración Obama. O en otro rango, la venta frustrada de Moneygram a Alibaba, por el rechazo a que una empresa china accediera a datos de millones de usuarios estadounidenses.

Las acusaciones de Trump contra Huawei podrían ser falsas y ser un mero pretexto proteccionista, a efecto de evitar que ésta tenga la supremacía total en la tecnología 5G, algo que China ha bautizado como la «nueva ruta de la seda» y que decidirá fundamentalmente buena parte de nuestro futuro y su conectividad. No sería la primera vez que un gobierno norteamericano miente descaradamente. Recordemos tan solo las supuestas armas químicas en Irak.

Pero nadie en su sano juicio podría meter las manos al fuego por Huawei o afirmar terminantemente que sus terminales están libres de toda “puerta trasera” habilitada para espiar. El miedo a que el 5G chino deje un puerta de atrás abierta y meta un : del mundo está más que justificado y tiene antecedentes creíbles. Mas a fin de cuentas, la dictadura china no harían nada que no haya hecho antes el gobierno de Washington en complicidad con Silicon Valley, como Edward Snowden nos reveló con toda crudeza.

En todo caso, quienes hoy protestan por el veto de Trump, convenientemente olvidan que China impone más duras restricciones a las empresas norteamericanas y nunca ha habido una protesta para rechazarlas. Así, empresas como Google, Facebook, Twitter, Instagram y otras tanto de EE.UU. como de Europa e, incluso, de otros países asiáticos como Japón y Corea del Sur, tienen vedado el mercado chino. Los que hoy protestan solo por Huawei tienen la memoria corta o una agenda descaradamente política.

China es hoy igual a nulo respeto por la propiedad intelectual y las leyes ambientales, bajos costos por mano de obra casi esclava y trabajo infantil. China es también la existencia de campos de concentración para el lavado de cerebro, la re educación, la represión y el internamiento ilegal de parte de su población. Es una dura persecución religiosa. Es también el paraíso del trabajo esclavo: Hay en ese país, por ejemplo, 100.000 trabajadores esclavos norcoreanos, más que en ningún otro país: Una esclavitud contemporánea de personas desarraigadas y desprotegidas que no tienen a dónde ir, no pueden dejar su trabajo, no pueden decir que no a nada, y no se les paga por ello. Así, si alguien no respeta las reglas del libre mercado son China y sus empresas, hoy supuestas adalides de la “libre competencia” para algunos sectores.

China y EEUU tienen hoy de rehenes al libre mercado, a la globalización y a la innovación tecnológica. En todo caso, todo podría apuntar, como sugiere Steve Bannon, a una estrategia para obligar al gobierno chino a realizar algunas reformas liberalizadoras en su sistema económico. En ese escenario, Huawei quizá sea solo una víctima incidental, víctima de su propio éxito, pero no la única. Está por verse, en ese sentido, la réplica china, que podría ser muy dura también. Pero lo cierto hasta ahora y al final, es que en manos de Trump y del presidente chino, Xi Jinping, el libre comercio, la globalización y la innovación tecnológica comienzan a ser menos ellos mismos y más meras gestiones burocráticas a manos de políticos deshonestos, inescrupulosos y ambiciosos.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Víctor H. Becerra*

Sabemos (o debiéramos de saber) que toda verdad que requiera del Estado es, desde el inicio, una mentira. La mentira siempre necesitará el apoyo del Estado. La verdad no lo necesitará para mantenerse en pie. Verdad y Estado son términos contradictorios.

Viene esto a cuenta de las reacciones generadas por dos episodios en días recientes, que involucran verdad y libertad de expresarla. El primero, la discusión pública entre el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador y el periodista mexico-estadounidense Jorge Ramos, el viernes pasado. El segundo, la detención del periodista Julian Assange el jueves anterior en Londres.

López Obrador fue increpado por Jorge Ramos en su escenario favorito, sus largas conferencias matutinas, por las crecientes cifras de violencia en México, pero también por los frecuentes ataques del presidente a la prensa, particularmente al periódico Reforma, y su reticencia a responder a las provocaciones del presidente Donald Trump, cuando en campaña ofreció, vociferante, contestar una a una. El incidente mostró a un presidente desinformado, si no es que francamente mentiroso.

En un país con una democracia consolidada, instituciones transparentes y libertades plenas (todo lo que no es México), el episodio sería apenas anecdótico, pero no lo fue, como lo mostró la desmedida reacción de supuesta “indignación” nacionalista en Redes Sociales por parte de las cuentas que respaldan al régimen mexicano (y que muy probablemente son financiadas por el gobierno López Obrador). Una “indignación” que por cierto, no mostraron cuando los expresidentes Peña Nieto o Calderón se vieron en peores aprietos por parte de periodistas, lo que demuestra que dicha “indignación” no es más que partidismo disfrazado o al mejor postor.

Por desgracia, esto ocultó la realidad de la tragedia denunciada por Ramos: Hay zonas de México en franca situación de guerra. De hecho, México vive ya el año más violento del que tenga memoria. Basta ver, por ejemplo, lo que viene sucediendo en una ciudad tan importante como Salamanca, casi en guerra civil, semiparalizada por la violencia indiscriminada y masiva, frente a la inacción, catatonia e ineficacia del gobierno López Obrador en estos casi cinco meses de gobierno.

La excesiva reacción del régimen y sus secuaces por “defender” a López Obrador de los “ataques” de Jorge Ramos, también ocultó la terrible realidad de que México es el país del hemisferio occidental donde más peligra la vida de los periodistas. Los ataques diarios del presidente López Obrador a la prensa, y su enorme eco en redes sociales, solo normaliza tales ataques, y hace natural y hasta legítimo pasar del insulto a la acción. Y demuestra que todo lo que toca el Estado, lo envilece: El Estado no es la verdad, ni la busca. El Estado es y vive de la mentira.

El Estado se sostiene de la obediencia de las mayorías, a las que busca manipular, aprovechando su propensión a la envidia y la credulidad. En ese juego, quien sea el mejor demagogo ganará. López Obrador es un buen ejemplo. En tal sentido, la acción del Estado lleva por necesidad a la perversión de la verdad, la belleza y la justicia. Una de las pruebas más concluyentes de esto nos la proporcionó el trabajo de Julian Assange en WikiLeaks: Desde 2006, Assange ha mostrado a la luz más de 10 millones de archivos clasificados, en los que se evidencian actos de corrupción y ocultamiento, abusos de poder, maquinaciones criminales, asesinato de civiles, por parte del gobierno norteamericano y de otros gobierno.

Hay una fuerte sospecha de que Assange es perseguido, en última instancia por revelar estos documentos confidenciales. La forma poco transparente y rayana en la ilegalidad con que el gobierno ecuatoriano le “suspendió” la ciudadanía y autorizó la entrada de la policía londinense a su Embajada para apresarlo, sólo incrementa tales sospechas.

Aunque esto no disculpa en modo alguno los posibles errores posteriores de Assange: Las acusaciones de violación y acoso en Suecia (de la que, por cierto, ni siquiera se ha concluido la investigación por las autoridades suecas) y, sobre todo, la muy alta factibilidad de que en su tentativa de huída, Assange haya terminando pactado con el régimen ruso, convirtiéndose en la mascota digital de Vladimir Putin, sirviéndole más que eficientemente en las elecciones norteamericanas de 2016, favoreciendo a Trump.

La enorme contribución de Assange a sociedades más libres, destacando en primer lugar el libre flujo de información e identificando al Estado como su principal obstáculo, no debiera disculpar sus probables errores últimos. Pero éstos tampoco deberían usarse para demeritar a aquella. Son ámbitos distintos, que debieran juzgarse separadamente, por sus propios méritos. Aunque tal vez sea cierto, en una triste pero no inusual paradoja, que en su lucha por mostrar la verdad, Assange haya terminando transando con el Estado, el principal interesado en instrumentarla y deformarla a su favor.

Quizá sea el destino de toda verdad en cuanto el Estado la toma en sus manos: termina siendo decidida por voto mayoritario o, en el peor de los casos, prostituida al servicio del mejor postor.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

An interview with Jeff Deist.

By: Gerardo Garibay Camarena*

Gerardo Garibay: Hi! Jeff. Thanks for accepting this interview with Wellington.mx and welcome to Mexico. We are sure that all the events will be a success and will be instrumental in planting the seeds of academic curiosity and action in many Mexicans. By being here, you also follow in the steps of Mises himself, who gave a series of talks here in Mexico City, back in 1942.

Gerardo Garibay: I’d like to begin this interview by asking about the article you published a month ago about the Federal Reserve. There you wrote about “The fundamental corrections that must take place”, like “bankruptcy, liquidation and restructuring of firms to clear out bad debt; higher interest rates to encourage capital formation and discourage more malinvestment; an end to direct bailouts by Congress and roundabout bailouts by the Fed; and a serious program of spending and debt reduction in Washington that spares neither entitlements nor defense.” Could you elaborate a little bit more about this? How can a country turn back the engine of seemingly perpetual debt and government spending, which has trapped The U.S. and many other countries, such as Mexico?

Jeff Deist: It’s interesting. It really goes back to a fundamental disagreement and what I would argue is a fundamental error in economics. Is economy driven by production or consumption? And of course those of us who have read the Austrian tradition and are familiar with Joan Baptiste Say, Say’s law states that you have to produce first, before you can sell that, and of course production precedes consumption and so debt is a means of consuming, but if debt becomes the entire driver of an economy there you’re in big trouble and what we’ve seen across the west, and I include Latin America an México, but also the United States and Europe and Canada, what we’ve seen across the west since the crisis of 2008 is that debt has exploded.

The recession of 2008 didn’t cause what most recessions cause, which is bankruptcy and insolvency and liquidations and restructuring of debt and creditors taking “haircuts” and management being fired and new owners coming in and buying all the assets on the cheap. None of these things happened.

What happened instead was that both the United States Federal Reserve and the European Central Bank went into basically an orgy of money creation and credit creation, and as a result of this the whole world has more debt today than it did in 2008. I’m talking at the governmental level: sovereign debt, corporate debt, household debt, student loans, credit cards, mortgages, you name it. The entire world has more debt than it did in 2008. So, who can we say on that basis that we’re better off? I don’t think we can and I think what we’re realizing is we live in an are were people believe that through fiscal or monetary tinkering, through technical application of statistical modeling or thinks like these, that we can create prosperity, without actually doing the hard work that it takes.

By hard work I mean, you have to make an economy that’s more productive, and to be more productive people have to be engaged in money-making things, so they make a profit, that profit accumulates over time and becomes capital and then that capital is invested into the economy, hopefully in ways that make it more productive, and there’s no trick to get around that, there’s no way to avoid that if we want to create a real economy with a real foundation for future growth.

So, what we did in 2008, instead of allowing the painful correction to happen, maybe that would have been a year or two years. They call it ripping off the band-aid. Instead we just re-inflated these bubbles that were all across the various sectors of the economy in 2008 in the West: housing, auto, student loans, etcetera. So, we haven’t fixed it yet, but we’ve just kicked the can down the road and in fact we’ve made it far worse, because we have more debt than ever.

So, that’s very frightening to me, and is not just that we have a fiscal or monetary policy problem. We have an intellectual, an ideological problem. We’ve come to believe in something for nothing. We imagine these brilliant people: they go to Harvard, they’re well-meaning, they’re very intelligent people that they can somehow just tinker with thing and apply technical techniques to make us all more wealthy, but we know that creating new money doesn’t bring new products or services into the economy, I mean it just brings more money. If everyone on earth just had a couple of zeroes added to their bank accounts today, it wouldn’t make any difference, prices would simply adjust and we’d be exactly where we were before.

But here’s the thing: The new money and credit doesn’t just apply to everyone universally, at the same time. It enters the economy at different points over time, and some people do in fact become enriched by the new money, especially people who are involved in investment and commercial banking, for example, who are closer to the FED and so the avail themselves at this new, inexpensive money, earlier. People who are close to government benefit, because government is allowed to operate with huge deficits and sort of paper those over by selling U.S. Treasury debt, so because government can spend more and more, and engage in what are now almost twenty years-old wars in the middle east for example, the defense contractors and government employees and other people who are close to the State actually do benefit from that new money earlier, before it spreads itself throughout the entire economy.

So, not only do we kick the can down the road. Not only do we create a situation that could be more severe and more dangerous than 2008, we create sort of an underserving class of wealthy people, specially in the banking and government sector. It’s a huge problem.

What we need to do is what the great automaker Henry Ford said more than a hundred years ago: we need to liquidate bad debt, and unfortunately, we’re going in the opposite way. So is our job, those of us who have read Austrian literature, those of us who believe in markets, those of us who just believe in human flourishing, and want people to be successful and do well; we have to get back to a sober and sane monetary policy, and until we do that, it doesn’t matter what we do politically or fiscally or socially or culturally. Without sound money in the economy we’re in big trouble and so that’s one of our biggest jobs: to educate people about money and credit and their purposes.

Gerardo Garibay: I had the chance to attend Mises University in 2017. There you gave the closing speech, which was very good by the way, and You talked at length about how libertarians risk irrelevance when we ignore concepts, such as God and nation, that entice a profound response in the individuals. So my question here is, how can we libertarians walk that complex gray area of group identity within our social environment without falling into the collectivist traps on both the left and the right? How do we balance this understanding of the shared identities with the message of individual liberty and individual choice?

Jeff Deist: Well, it’s difficult, and those of us who are liberty minded we tend to be individualistic, we don’t think of ourselves in groups. In fact, we don’t like group identity because, as we know from history, group identity -tribalism- can turn very nasty, it can lead to wars and it can lead to all kinds of bad things.

That said, the focus of my talk was that, if libertarianism is to gain ground, I think it needs to be presented and understood as a philosophy that comports with human nature. Human beings like to believe in something. So, as society becomes increasingly secular, atheist, agnostic, which a lot of libertarians are, as more and more people choose or simply don’t have the financial ability to marry and have children, as people get away from older traditional societies. In the United States, for example, we used to have a lot of vibrant societies, like the Elks and the Chamber of Commerce, and a lot of these things are falling by the wayside. As the writer Robert Putnam wrote on a book called “Bowling Alone” we don’t have bowling leagues and softball leagues. We’ve reached this point, especially in the west, where a lot of individuals feel alienated -to use a Marxist term.

So, if we say to people: “we’re not going to believe in God, we’re not going to believe in family, we’re not going to believe in marriage and children, we’re not going to believe in culture and we’re not going to believe in philosophy” we reach the point when we say: “what do people believe in?”.

People want to have a purpose in life, a higher purpose than just their own day to day existence and I’m afraid that as these other things -that we used to call civil society- are swept aside, that the State is going to become the new religion, and I think we’re seeing that in the United States, where we have what really is a demagogue, someone like Bernie Sanders, he seems like a sweet old man but if you listen to things he says, he’s a demagogue. We have younger politicians, like Alexandra Ocasio-Cortez.

People like the idea of believing in something, of being part of something. Look at the Obama revolution, when people would go out and follow him and wear the “hope & change” t-shirts. There was a certain segment of America that got swept in the Trump phenomenon; they too want to be part of something and they feel like “we’re fighting back against these blue states that looked down on us”.

I think is very dangerous to present libertarianism as an ideology, or philosophy or theory of law for hyper-individualistic, super-rational society. I think we need to accept humans the way they are, meet them where they are, which sometimes they’re stubborn or irrational, or they have allegiances to family or culture or religion or God or whatever, that supersedes maybe their political perspectives.

The point of the speech was really to offer up a kind of liberty that’s just strictly a political perspective, but otherwise allows an individual to have all kinds of other things in his or her life that give them meaning, that we don’t have to have libertarianism as our be all end all on life.

I got a little bit of a mixed response from that talk. I’ll be honest with you, but I think, for instance, here in Mexico you’re still a more culturally catholic country than the United States. I think there’s some people who can understand that.

Gerardo Garibay: The Berlin Wall fell thirty years ago. Back then, it seemed that socialism and communism, in particular, were politically and rationally defeated. However, a mere generation later we see this resurgence not only of the ideas but even the names and symbols of that disastrous socialist utopia. Even in America, people like those you mentioned earlier: Bernie Sanders or Alexandra Ocasio-Cortez, have become darlings of the mainstream media, while the infamous 2016 poll by Gallup proclaimed that most young people (over 55% of those aged 18-29) have a positive view of socialism. How can we improve our efforts to make people remember the heinous tragedy of socialism in the 20th Century? What are some steps we can give to present a more compelling argument about it, so that we may prevent history from repeating itself over the next decades?

Jeff Deist: Well, it’s very frightening that it seems that socialism just won’t go away. The support for socialism keeps cropping up, and I think a big part of it is that in our culture and society, we just don’t read. We don’t read history. Of course, people don’t read great books, like Mises’ Socialism, which he wrote in the 1920’s and was actually translated into Spanish not long after he was here in the 1940s.

In that book Mises says that there’s basically two reasons why socialism has an allure for people: the first is that it takes the ethical high ground, it pretends -despite all historical evidence to the contrary- that it is a caring ideology and that people who advocate socialism, regardless of their workability of it they’re actually operating on a higher ethical plain, so that attracts people. The second thing that attracts people to socialism -in Mises’ view- was this idea that socialism is inevitable, and socialism has been very good at sort of characterizing it as this “progressive next step for mankind and that we’re going to get there eventually and so people who oppose socialism are simply against progress, because it’s inevitable”.

Of course, neither of these things are true. Socialism isn’t ethical and it’s certainly not inevitable, but none the less I think, almost a hundred years now since he wrote that book, I think most of those things still ring true. So, it’s really our job to educate people about socialism, because the theoretical case against it has been made absolutely in a bulletproof way. If we look back to some of the great works of Mises on socialist calculation, just the impossibility of socialism to provide what it claims to provide. And then, of course, we have infinite historical models. Now, there’s variants of socialism, collectivism. We could call communism a variant of socialism, we could call social-democracy a variant of socialism. We have plenty of history in the 20th century and, of course, many millions of people killed, that make the empirical case against socialism.

We got the theoretical and empirical case. What we’re not doing -at least well enough- is getting it out to the masses, who increasingly don’t want to read more philosophical and denser texts, and that’s a real problem with our education system and the dumbing down of people. So, we shouldn’t treat Bernie and Alexandra Ocasio-Cortez as a lark. I think all of us who are liberty minded should be very concerned that we’re still fighting this old fight against socialism. We thought – in the late 1980s, when the Soviet Union finally collapsed & the Berlin wall came down- that this conversation was over. Francis Fukuyama wrote his famous book “The End of History” in the early 1990s to say that “well, now that socialism and communism don’t work, we’re going to have this future that’s going to be this ‘final ideology’, this third way between hyper-capitalism, which is awfully cruel, and hyper-socialism, which also leads to bad results. We’re going to have this third way down the middle. It’s going to be the end of history”.

And, of course, we’ve seen that it isn’t true; that collectivism and variants of socialism still keep cropping up, so our work is not done, and perhaps is just part of human nature that we have to fight this as long as human have an impulse towards the so-called ‘allure’ of socialism.

Gerardo Garibay: The first time I saw you speak was back in 2015, on the Mises Circle in Dallas-Fort Worth. There you said something that has really stuck with me since then, specifically about how Political Correctness is not about being nice, or about politeness or respect, but about changing the way in which people speak and think, in order to advance a progressive agenda. Three years later, after the victory of a decidedly non-P.C. President in America and the almost permanent rage on social media about presumed infractions against political correctness -some of them based on blatant lies, as we saw last week with the unfair media lynching of the Covington boys, what’s your diagnosis of the P.C. battle in America and the western world? What can we do, under the present circumstances, to push back against this tyrannical enforcement of language and opinions?

Jeff Deist: Well it’s difficult. People are, in fact, losing their jobs, losing their reputations, losing their careers or their academic standing or their ability to get published, because of saying what is now perceived as non-politically-correct things on social media. So, the social media, the digital, false, fake world is actually starting to come over and affect the real world.

I would just say this: P.C. is real. Is not something that right-wingers have just conjured up as a phobia. There’s an active, concerted effort to change the way we think and speak, and ultimately change the way we act. There’s no question about this and I think we have to fight back against it, for one major reason: all people, regardless of their ideology –but specially libertarians- have an obligation first and foremost, not to libertarian theory, but to truth. Anyone who calls themselves an academic, anyone who calls themselves politically active I think has to ruthlessly seek out truth. I think there’s no other way.

No society can be built on falsehoods, because when you do you get things like socialism and the former Soviet Unión. So, our interest is not libertarianism per se –that’s just a vehicle. Our interest is in truth and human flourishing. Once we accept that we have to realize that people need to be free to discuss different ideas. They need to be free academically to research, or investigate or write about different things. And more importantly, I think we have to understand the left is always telling us that ‘we have a pluralistic, that we need diversity’ well, there’s a price to be paid for that. Part of that is that we all have to kind of toughen up and we have to read and see things –perhaps in social media. If you want to, you don’t have to look at social media, but we all have to read things with which we disagree and that’s just part of living in a society.

I think things are getting very Orwellian on campuses in the United States. I think political correctness is having a very chilling effect on what gets published, what gets funded. We certainly see this in the climate science research. We’ve seen unfortunately, in the past, in research like AIDS and cancer, where anyone who’s got, maybe a theory that it seems a little crazy off the wall, but if some time and effort went into it, might actually yield a tremendous breakthrough. We’re seeing things not being funded because perhaps the people behind them have challenged the orthodoxy in a certain area of science.

This is a very dangerous thing, and it seems to me that there is a poverty to all of this. In America, specially, we have a lot of stuff, we have a lot of wealth, we have a lot of ease in material comfort, but there is a poverty of the mindset in the west.

[There’s] Sort of a deep-rooted unhappiness and this inability to think before one speaks and this need to react and lash out at people on social media or even in real life, when they say something that bothers us. I think this is not a recipe for a healthy society, especially when we have these presidential elections, this sort of ‘winner take all’ system that is very top-down from Washington D.C. So, we get a very embattled minority when they suffer a political loss, and P.C. is part of this, is part of demonizing or other-ing or vanquishing people who are not in the cultural, social or political majority. [Political correctness] is part of something bigger, is very dangerous and we just have to have the courage to fight back with truth, we have no other choice.

Gerardo Garibay: I’d like to ask you about the way forward for liberty. What are the biggest challenges and hopes that you perceive on the horizon? Would you bet on an increased impact of the libertarian message in the 2020 electoral cycle and beyond?

Jeff Deist: I’m not sure about 2020 –and excuse me for speaking so much about America. I’m obviously more familiar with the political landscape in the United States. I think 2020 is going to be about beating Trump. I think the left is not going to accept any third party candidates. They’re just going to say: “no, no, no, we have to defeat Trump, nothing can go forward until then”. And I think that on the Trump side they’re going to say: “no, no, no, we have to reelect Trump, nothing can go forward with you third party guys. I think that, as a political moment, libertarianism had some peaks. I think around the Ron Paul Revolution and his son, Ran Paul, running for Senate, and let’s be honest, I think that from the political perspective, interest in libertarianism has diminished a bit since then. But on ideological and educational side I think is growing, because more and more people are starting to understand what we’re up against. So, when you talk about, hopefully, the future successes of a more libertarian world, I think it’s going to come down to a couple things. First and foremost is the debt, which we discussed earlier in this conversation, and just the inability of western governments to provide all the things they say they’re going to provide. In the U.S. we like to give people social security and Medicare when they get old. The problem is that the number of older people are set to double and the triple over the next thirty years. So, the amount of taxes that we’re likely to bring in versus the cost of these promises we’ve made to people –there’s a difference of like $200 trillion dollars, and there’s no way we’re going to raise $200 trillion dollars in taxes. So, a lot of people are going to be made worse off, because they’re not going to be paid what they thought they were going to be paid in entitlements, at least in terms of inflation adjusted entitlements.

I think when things get less comfortable materially in the United States is when people are going to start being more interested in looking at the timeless ideas of people like Menger, Mises and Hayek. Until then, I think that from a strategic and tactical standpoint, libertarians should promote decentralization, federalism, and even secession in the case of places like Catalonia in Spain. Not everyone agrees with that.

There are a lot of libertarians that think: “well, we need not just a universal libertarian ethos, a universal humanity, but we also need a universal or globalist program, and we have to have sort of western liberalism for the world. I thank that is not only incorrect, but I think is also tactically unsound.

In the United States we would need seventy million people to vote for a Rand Paul, who’s only somewhat libertarian for president. That is an awfully tough thing to do. But if we promote federalism, if we promote subsidiarity -much like the model in Switzerland, which I think that if you’re going to believe in democracy, I’d like to see it at the smallest, most local level- we can go a long way towards making the west a more hospitable place.

For example, California –which now has a very left wing governor and a majority left wing legislature- is going to try some big new things, is going to raise taxes is going to try some environmental initiatives that are going to be very expensive, and I think a lot of people are going to leave California as a result. But that’s fine, as long as I don’t necessarily have to pay for that as an ex-Californian. I no longer live there.  

Similarly, on the cultural side, the State of New York recently passed a bill dealing with abortion that allows vey late-term abortions in certain cases when the mother’s health is in jeopardy. I disagree with that law. However, I don’t have to live in New York. If I lived in New York I could leave without having to obtain a passport. So, I think this kind of federalism is the way to go in the short term. I think could have more libertarian states and less libertarian states and let people vote with their feet.

We already see this to an extent. A lower tax state like Texas is currently booming as a lot of people immigrate into it from other states, but I’d like to take that experiment a lot farther, and I’d like to apply it to the world. I was a big fan of Brexit, I’d like to see the Scots secede from the U.K. –even though they would probably be more left wing in Holyrood that they are in Parliament in London. I’d like to see Catalonia going its own way, even if it wants to be more left wing. I’d like to see more U.S. states secede if that’s what they want to do.

I think that –in the short term especially- the goal is not just educational but –when it comes to tactics or strategy- I think decentralization, secession and federalism are the most fertile grounds for getting something done.

Gerardo Garibay: Finally, a message for the Mexican libertarians and the libertarians in Latin America

Jeff Deist: I think that, when we get outside sort of the jaded, tired United States, the jaded, tired western Europe; when we got to places like Latin America, when we go to places like Asia, we actually see a lot of enthusiasm and interest in ideas. And maybe that’s just because America has been rich for so long that has gotten kind of lazy and complacent. In areas like Latin America, we certainly find that there is a huge amount of growing interest, because people want to understand what makes a society rich, what makes us wealthy and what would happen if it all just went away? That’s a very important question, and is not a rhetorical or academic one. It’s a real question for a lot of people.

Any country that wants to be on the upswing, that wants to be alleviating poverty, that wants to be a bigger player on the world scene, that wants to be wealthier, that wants to be technologically more advanced, that wants to attract capital, it think is going to have to be a society that is -at least economically- more libertarian. That would be my message to Mexico or to any country in Latin America: embrace capital and you will see Mexico become more and more prosperous

Gerardo Garibay: Thank you very much for this interview and thank you once again to all the fellows and staff of the Mises Institute for the great job you do in order to promote Austrian economics, freedom and learning for all of us.

Jeff Deist: Thank you very much.

*Gerardo Garibay Camarena is a Mexican writer and political analyst with experience in the private and public sector. He’s editor of Wellington.mx, author of two books – Sin Medias Tintas and López, Carter, Reagan – and a weekly columnist for many online news organizations.

Por: Víctor H. Becerra*

Tres caravanas formadas por miles de migrantes centroamericanos cruzan en estos momentos México, con la esperanza de llegar a EEUU, y solicitar allí asilo humanitario. La mayoría de los migrantes son hondureños, y a ellas se han sumado cientos de salvadoreños y guatemaltecos. 

Nadie sabe con seguridad cuántos migrantes forman estas caravanas. Algunos hablan de 7 mil; otros de 14 mil personas, de las cuales alrededor de una tercera parte son menores de edad. Pero sea cual sea el número real, se estima que solo el 20 por ciento de los migrantes podrán completar el viaje a la frontera méxico-americana, una muy dura expedición de más de 2.000 kilómetros.

Algunas opiniones señalan que dichas caravanas no son espontáneas, sino que se trata de centroamericanos manipulados por intereses políticos. Algunos sostienen que el origen de ellas es una estrategia de Donald Trump, para dar fuerza a su discurso anti inmigrante a unos días de las elecciones legislativas de este martes 6 de noviembre, o bien, presionar al gobierno mexicano para aceptar el acuerdo de tercer país seguro, que establecería que si un centroamericano cruza México sin pedir asilo ya no podrá hacerlo en Estados Unidos.

Otros las atribuyen a Nicolás Maduro o a Daniel Ortega, como una estrategia para desviar la atención de las brutales represiones que realizan sus gobiernos. Algunos más apuntan que la oposición al presidente hondureño, Juan Orlando Hernández, quiere desprestigiarlo. Y finalmente, unos más hablan de un movimiento financiado por el multimillonario George Soros, tradicional financista de causas “progresistas”. Pero en realidad, todas son meras teorías sin pruebas.

Al final de la jornada, es la combinación de pobreza, violencia extrema, crisis económica y falta de oportunidades que caracteriza desde hace décadas la vida en esos países, la que es decisiva para entender por qué tantas personas parecen dispuestas a todo con tal de huir de sus países de origen.

Tan solo en lo que se refiere a la violencia, y según la Fundación Insight Crime, en 2017 se registraron en El Salvador 60 homicidios por cada 100.000 habitantes y 365 niños fueron asesinados ese año. Esta tasa fue del 26,1 en Guatemala, con 942 pequeños muertos, y del 42,8 en Honduras, donde durante la última década se asesina una media de un niño por día. En México, la tasa es de 25 por cada 100.000 habitantes. Para efectos de comparación, la media mundial asciende a 5,3 y la de España, por ejemplo, es de 0,7 por cada 100.000 habitantes.

Pero el trayecto de los centroamericanos hacia EEUU ha sido un calvario, particularmente en los últimos años. Los migrantes están bajo acecho de narcotraficantes, secuestradores, funcionarios migratorios corruptos, policías locales venales, asaltantes, soldados violadores de DDHH… Así, 4 de cada 10 migrantes que pasan por México en su paso a EEUU, simplemente desaparece. Nunca más se vuelve a saber de ellos. Las autoridades mexicanas (y la sociedad mexicana también) han tolerado por largos años esto, sin mayor preocupación.

En ese sentido, la idea de viajar en caravanas tiene su lógica. Más aún si, adicionalmente, los integrantes de ellas son personas que no tienen absolutamente nada para pagar el viaje o para defenderse de los muchos peligros que deben enfrentar. En tal sentido, la posibilidad de hacer multitudes, y protegerse mutuamente, es su único recurso. Así, en la medida en que sean muchos viajando juntos, será más difícil atacarlos, además de que pueden convertir un proyecto individual en uno colectivo, muy visible, casi político, capaz de sumar apoyo de diferentes sectores y atención prioritaria de la prensa, como es lo que ha sucedido con las caravanas que hoy cruzan México.

Mediante las caravanas, los inmigrantes se han librado de las redadas gubernamentales, los secuestros, los asaltos, las extorsiones policiales, las violaciones, la explotación sexual, el tráfico de personas, las golpizas, el abandono de los traficantes. Para ellos, huir en masa, por los caminos que antes les eran sumamente riesgosos, ha sido la forma más segura de atravesar uno de los países más peligrosos de América Latina. Nadie puede reprocharles haber usado tal recurso. Menos aún quienes callaron o miraron a otro lado, durante tanto tiempo, frente a los infinitos peligros y penalidades de los viajeros centroamericanos por México.

Su presencia en este país ha provocado un abanico de emociones, desde la solidaridad y la piedad (minoritarias), hasta las típicas reacciones de prevención, odio, rechazo, reclamo, repulsión, que me parece han sido las mayoritarias en medios de comunicación y Redes Sociales. Todas ellas muy similares a las de las clientelas políticas de Trump en EEUU. Todas se sintetizan en el ansia de orden ante el miedo a lo desconocido.

Significativo que eso suceda en un país como México, que se ha beneficiado enormemente de la migración. También muy significativo que las posturas anti migrantes sean llamativas y ruidosas entre quienes se dicen liberales o libertarios, justificándolas en un supuesto respeto positivista a la legalidad, al orden y a las fronteras nacionales.

Un sinsentido que también se ejemplifica, por parte del gobierno de Trump, en el despliegue de 15 mil efectivos en la frontera entre México y Estados Unidos, para detener a las caravanas, un despliegue parecido en tamaño a la presencia de EEUU en Afganistán, y que podría costar un mínimo de 200 millones de dólares, según analistas consultados por el Washington Post. Es decir, un enorme costo de al menos 14 mil dólares por migrante, si acaso llegaran a la frontera los 14 mil que se supone iniciaron. Un gasto sustraído al contribuyente solo para alimentar prejuicios y que podría tener mejores usos para evitar, de verdad y de manera productiva, la migración, en conjunto con proyectos novedosos como la propuesta de ley del republicano Glenn Grothman. Al respecto, la alternativa al proyecto Grothman es seguir alimentando el odio contra inmigrantes que llegan supuestamente a “aprovecharse” del Estado de bienestar norteamericano (o de cualquier otro país).

Pero tales contradicciones no son inusuales, tratándose de un tema tan emocional. El propio Thomas Jefferson, redactor del borrador de la Declaración de Independencia estadounidense, ejemplificó dicha contradicción. Jefferson defendió la idea de EEUU como nación de inmigración y fue pionero en formular “el derecho natural de todas las personas a abandonar su país en que por casualidad nacieron o a donde fueron a parar por cualquier razón para ir a buscar condiciones favorables de vida allá donde se encuentren o piensen encontrarlas”.

Sin embargo, en Notes on the State of Virginia, de 1782, Jefferson expresó una profunda desconfianza hacia la inmigración, particularmente de países con regímenes monárquicos, y habló en términos amenazantes contra ellos.

La discusión emocional y muchas veces prejuiciosa sobre la inmigración, a propósito de la #CaravanaMigrante, es otro indicio de que la antigua institucionalidad anclada en los partidos, los sindicatos y las ideologías políticas sucumbe ante la Internet, las Redes Sociales, la comunicación directa y las fake news. Son cambios demasiado rápidos, que hace que veamos a los inmigrantes como extraños irreconciliables. O hasta enemigos.

Así, para los nuevos políticos y ciudadanos latinoamericanos es mejor reprimir que ofrecer oportunidades, despreciar antes que respetar, discriminar antes que integrar, azuzar el odio antes que convencer y educar. Habrá que ver el impacto de esto en nuestros regímenes políticos. El arribo al poder de populistas como Andrés Manuel López Obrador o Jair Bolsonaro es apenas un augurio de lo que puede venir.

El fenómeno de la Caravana Migrante probablemente se repetirá y continuará durante un largo tiempo, dependiendo de sus resultados. Pero no debemos de dejar de mirar dicho fenómeno como una expresión, una más, legítima, de lo que lo que Adam Smith llamó en 1776 “el plan liberal de igualdad [social], libertad [económica] y justicia [legal]”, y que aún inspira a la gente común a buscar la oportunidad de una vida mejor. 

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

En estos días, México discute, negocia, ensaya, pone en escena el futuro que quiere. Por desgracia, ese futuro es el atraso respecto a sus reales potencialidades, cuando no el franco regreso al pasado.

Por un lado, las negociaciones para salvar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con EEUU y Canadá están en punto muerto, a pesar de la aparente buena noticia de haberse alcanzado un acuerdo bilateral entre México y EEUU hace unos días, que a la larga podría ser mero papel mojado.

Por otro, el sábado pasado inició el viaje (al parecer sin retorno) al neo-autoritarismo mexicano: Ese día, tomaron posesión los nuevos legisladores, electos en julio pasado bajo la influencia del Tsunami López Obrador. Así inició lo que con propiedad puede llamarse el reinado presidencial de Andrés Manuel López Obrador; de ese tamaño es el poder que acumula y que en apariencia busca acrecentar aún más. Quizá hasta llegar al absolutismo despótico de los más recientes caudillos latinoamericanos.



Respecto al TLCAN, lo alcanzado hasta ahora es insatisfactorio, sólo atenuado por la alternativa de quedarnos sin TLCAN, lo que significaría una hecatombe para la economía mexicana. Hoy queda claro que lo negociado es claramente inferior al actual TLCAN: crea un nuevo Tratado hiper-regulado, con nuevas reglas que favorecen a las clientelas electorales de Donald Trump, que promueven un comercio lastrado y obstaculizado, más caro para el consumidor y menos competitivo, y por tanto, bastante lejos (aún más) del verdadero libre comercio.

Quizá fueron inevitables tales costos en aras del imperativo estratégico más grande, que era conservar el TLCAN, en vigor desde 1994. Pero también fueron resultado, en buena medida, de la prisa política del gobierno de Peña Nieto para firmar el nuevo TLCAN antes de dejar el poder el próximo 1ero de diciembre, prisa compartida aparentemente por el propio López Obrador, quizá para no tener que negociarlo en desventaja, bajo mayor presión de los mercados y seguramente en un escenario de disensiones y peleas sobre lo negociado entre su variada coalición gobernante.

Una mejor alternativa era seguir negociando sine die, apalancándose con Canadá, hasta extenuar a Trump, bajo el riesgo de prolongar la incertidumbre entre inversionistas y mercados, aunque quizá dicha incertidumbre por unos meses más hubiera sido preferible a 16 años (la duración con la que se encorseta al nuevo Tratado) de menor comercio e inversiones en descenso. Pero eso ya no lo sabremos con seguridad.

Y lo peor es que al no sumarse Canadá todavía al nuevo Tratado, hay pocas posibilidades de que, en noviembre próximo, el Congreso estadounidense apruebe lo negociado: no habrá los votos para ello, al retraerse los legisladores interesados en el comercio con Canadá, ni el gobierno de Trump tendrá la autoridad legal para presentar un acuerdo bilateral, en lugar del trilateral TLCAN.

Sin embargo, en un tuit reciente, Trump advirtió al Congreso que de no aceptar el acuerdo bilateral, “simplemente pondré fin al TLCAN por completo y estaremos mejor”. De modo que quizá Trump sólo está mostrando su objetivo real: Denunciar y acabar con el TLCAN al menor costo político posible para él. Así que la incertidumbre continuará para México, con la alta posibilidad de un fracaso final.

En paralelo, el sábado pasado inició el viaje sin retorno de la democracia mexicana: Ese día, tomaron posesión los nuevos legisladores, electos en julio pasado bajo la influencia del Tsunami López Obrador. La nueva legislatura tiene una contundente mayoría de adictos a López Obrador: De 500 diputados, MORENA, el partido fundado por López Obrador, cuenta con 247, más 60 de sus aliados. En el Senado, de 128 senadores, MORENA tendrá 55, más 14 de sus aliados. Adicionalmente, MORENA tiene el control de 19 congresos locales (se requieren 17 para aprobar cambios constitucionales) y 5 de 32 gubernaturas.

Las escenas que vimos estos días, de los nuevos legisladores coreando a gritos a López Obrador, reflejan muy bien la real composición del nuevo Congreso: Los legisladores que llegan de la mano de López Obrador son legisladores con menos experiencia y formación escolar, menos profesionales y son, en contraste, sumisos y lisonjeros, porque no tienen capital político propio. Están dispuestos a apoyar a López Obrador hasta la obsecuencia total y el silencio cómplice.

López Obrador todavía no gobierna de jure, pero ya lo venía haciendo de facto. Ahora lo hará más, con un Congreso dispuesto a escuchar hasta sus pensamientos. A partir del 1ero de diciembre, cuando jure el cargo formalmente, será un presidente con muchísimo poder, como no se había visto al menos desde 1991. Y su Presidencia será una campaña electoral permanente, para reforzar nuestro régimen político centrado en la Presidencia y su papel en la distribución de privilegios, régimen que no ha cambiado una coma desde el fin de la Revolución hace un siglo.

Enfrente de ese gran poder, está el desierto: los partidos opositores prácticamente desaparecieron y su lugar lo ocupan las simples bandas captoras de rentas. Como sucede con los carteles de narcos al descabezarse: se han convertido en pandillas más pequeñas, menos disciplinadas y más hambrientas, ambiciosas, desesperadas.



Los partidos contrarios a López Obrador hoy simplemente se ocupan en administrar la franquicia y rescatar algo de los desechos de su ruina: pelean internamente los pocos cargos de mando y las menguantes prerrogativas financieras, eluden un análisis serio y proactivo de su derrota, evaden la política para la solución de sus problemas, postergan el relevo de sus dirigencias y reparten las migajas políticas que les restan.

Lo que ambos episodios muestran es que tal vez existe una relación sórdida, íntima y cómplice entre los retiemblos del TLCAN y el regreso al autoritarismo. Esa relación existe, opera en las sombras y conspira: El autoritarismo en el poder somete y corrompe y en la economía retrasa e incendia. En conjunto, impiden que la mexicana sea una sociedad moderna, responsable y próspera.

Pero tal vez sea solo que la sociedad mexicana no esté preparada para el futuro, y que quizá necesite de la mentira populista del pasado para no morir de hastío y conformismo.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Víctor H. Becerra*

Durante los últimos días, se han multiplicado las imágenes del éxodo de cientos de miles de venezolanos. Son imágenes poderosas y conmovedoras. Pero quizá lo peor es que es una crisis humanitaria predicha desde hace tiempo y que pese a ello, pocos gobiernos hicieron algo frente a la emergencia que se venía. Los gobiernos latinoamericanos, en su mayoría (con la excepción de Perú y tal vez Colombia y Chile), decidieron ignorar el problema. O simplemente no les importó.

Según la ONU, 2.3 millones personas han huido de Venezuela en los últimos años, de entre un país de unos 30 millones de habitantes. Aunque nadie sabe a ciencia cierta cuántas personas se han marchado, por lo que ese número podría ser mucho mayor: tal vez ronde los 4 millones desde 2015, año del colapso económico del chavismo, es decir, más del 12% de la población total del país.



De mantenerse el actual ritmo, la diáspora venezolana “podría superar los 6 millones de personas que huyeron de la guerra civil siria” (una quinta parte de la población siria, similar a la de Venezuela), según alerta la revista The Economist, convirtiéndose así en la mayor crisis migratoria en la historia del continente. A ello sumemos que un 40 por ciento, casi la mitad de la población venezolana, desea emigrar, sobre todo jóvenes y clases medias y altas. Si esto se volviera una realidad, implicaría alrededor de 13 millones de inmigrantes más en total o al menos, otros dos millones adicionales a los actuales, con lo que se llegaría a los mismos números de la tragedia siria.

Para muchísimos venezolanos hoy la prioridad es abandonar Venezuela, poco importa cómo ni a dónde, simplemente para sobrevivir. En contraste, muchos gobiernos y una creciente proporción de latinoamericanos, ven su éxodo como un peligro, desentendiéndose de que en el pasado reciente Venezuela fue receptor de millones de migrantes, por ejemplo de Colombia: en 1980, el PIB per capita venezolano triplicaba al de su vecino. Pero también de Argentina, Chile, Ecuador, Panamá, muchos huyendo de las dictaduras sudamericanas o de las crisis económicas de los 80s: Venezuela fue en algún momento la cuarta mayor economía del mundo (primera de América Latina), con el mejor sistema de salud del mundo occidental.

Colombia, Perú y Ecuador exigen hoy a venezolanos contar con pasaporte, para “hacer un control efectivo de las personas que entran y salen del territorio”. Otros países como Chile han sumado obstáculos al movimiento migratorio. Y ya hay episodios de violencia contra los migrantes, como en Brasil, ejemplo verdaderamente vergonzoso de xenofobia violenta, por no hablar de la explotación laboral de los migrantes, casi en condición de esclavos. Con todo, las condiciones que generalmente encuentran, para ellos y para sus hijos, son mejores a las que abandonan en Venezuela.

Obstaculizar el movimiento migratorio no tiene ningún sentido, no sólo porque el pasaporte en Venezuela es un documento de casi imposible acceso por su alta demanda y altísimo costo, sino porque en nuestros países el pasaporte sirve de poco: es un mero documento burocrático de identidad, de control tributario y poco más, pero no de seguridad ni protección ni control de estancia; cuanto más, un certificado que constata nuestra condición de presos en cárceles a cielo abierto.

Igualmente, los obstáculos y trámites puestos al movimiento migratorio contradicen los principios básicos de atención humanitaria, que es lo que necesita Venezuela hoy. En realidad, y contra lo que se espera, el principal efecto de estas restricciones será el de un mayor número de cruces ilegales, un floreciente negocio de corrupción burocrática y tráfico de personas, y una menor integración económica de los migrantes.

La xenofobia, la desconfianza de muchos latinoamericanos frente a los migrantes venezolanos, la oportunidad que ven de abuso y maltrato impune, el nacionalismo y su deseo de poder e imposición, es un episodio vergonzoso (con el agravante de que es entre supuestos “hermanos” latinoamericanos), fruto de la ignorancia, del pequeño y mezquino Trump que todos llevamos dentro. En realidad debiéramos verlos como una oportunidad de enriquecimiento mutuo.

Así que, después de verlos como sujetos de conmiseración y ayudarles a reponerse de enfermedades, cansancio y hambre, debiéramos darles la oportunidad de contribuir: La gran mayoría de ellos son jóvenes y con niveles de preparación superiores a los países receptores. Por tanto son potenciales creadores de riqueza, en lugar de supuestos oportunistas o consumidores sin oficio ni beneficio de nuestros “envidiables” estados de bienestar.

Por ello, mientras más rápido puedan trabajar y/o crear sus negocios y en consecuencia, mantenerse por cuenta propia, más rápido se aliviará la carga sobre los servicios públicos y los contribuyentes nacionales. Así que en lugar de pedir pasaportes y sumir, por ende, en la informalidad y las tinieblas a millones de migrantes, los gobiernos debieran emitir permisos de trabajo y de creación de negocios.

A todos conviene que los migrantes venezolanos sean capaces de trabajar legalmente, crear riqueza, dinamizar las economías en los lugares donde se instalen y así, sufraguen sus propias necesidades y las de sus familias. No permitírselo iría en detrimento de la racionalidad económica, con el agravante de que estarían ilegalmente en el país, cosa que reduciría más los salarios y aumentaría la competencia por los empleos, con el consiguiente desempleo de los nacionales y el deterioro de la seguridad pública.

El de Venezuela es el mayor movimiento migratorio en la historia recientedel continente. Los venezolanos no huyen de un conflicto bélico, como en Siria, sino de la escasez de alimentos y medicinas, los salarios bajos, la hiperinflación (los precios subirán este año 1.000.000%, según el FMI), las colas de 8 horas para comprar cualquier cosa y la inseguridad pública, además del creciente autoritarismo y brutalidad del régimen venezolano, y porque no avizoran en Venezuela un futuro personal acorde con sus expectativas. No es un montaje escenificado por cientos de miles de personas, según dice la dictadura chavista. Es el resultado trágico pero natural del colapso económico venezolano, que se acentuará tras las últimas medidas económicas de Nicolás Maduro. Así que el éxodo continuará, no hay forma de frenarlo en el corto plazo.



De modo que los gobiernos latinoamericanos debieran abocarse a crear un acuerdo regional, por ejemplo, mediante el cual los países del hemisferio les otorguen un estatus temporal de protección y acepten, por lo menos, cierta cantidad de refugiados venezolanos (y nicaragüenses, un éxodo menor pero que allí está), flexibilizando para ellos el mercado laboral y desregulando la creación de negocios, además de establecer una amnistía general para quienes ya llegaron y se encuentran ilegalmente, sobreviviendo en la informalidad. Este conjunto de medidas sería correcto por razones humanitarias, económicas y del propio interés nacional.

Un acuerdo de tales características podría ser el resultado mínimo de la próxima reunión de la OEA sobre el tema, o de la promovida por el gobierno ecuatoriano, en lugar de incrementar las declaraciones, discursos y toneladas de documentos oficiales sin resultados concretos, cerrando de otra manera las puertas frente a miles de venezolanos desesperados por huir de una nación que se cae a pedazos.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]¿H[/dropcap]ace algunos días, la administración Trump anunció que destinará cerca de $12 mil millones de dólares en subsidios para respaldar a los granjeros que han sido afectados por los aranceles impuestos por otros países a consecuencia de las actuales guerras comerciales con China, la Unión Europea y Canadá, que por lo visto no son tan “buenas y fáciles de ganar”.

A primera vista, los nuevos apoyos podrían parecer una buena idea; suena más o menos lógico el dar un paso adelante para ayudar a quienes están sufriendo y echarles la mano para que se mantengan en pie. Sin embargo, detrás de su máscara sonriente, esos subsidios son la preocupante señal de un ogro cada vez más grande en los pantanos de Washington.

¿Un ogro? Déjeme explicar:

En 1978, el escritor Octavio Paz definió al gobierno como el ogro filantrópico es decir, una criatura que reparte subsidios y programas para supuestamente aliviar la pobreza, pero que al mismo tiempo devora una parte cada vez mayor de la prosperidad nacional a través de los impuestos requeridos para financiar esos programas sociales y de la consecuente corrupción en el uso de los recursos. El ogro pudiera incluso tener buenas intenciones, pero sus actos harán mucho más mal que bien.



Pudiéramos decir que este ogro, que se oculta dentro las estructuras gubernamentales de todo país en el planeta, tiene incluso una cierta clase de ritmo, casi como una danza. Se mueve en una sucesión de pasos, devorando más y más con cada uno de ellos, hasta que engorda tanto que ya no puede bailar, y cuando el vals se detiene finalmente muestra su verdadero rostro de tiranía y violencia, y de fracaso, como podemos observar actualmente en el colapso de Venezuela.

¿Cuáles son esos pasos? Bueno, el vals comienza cuando el ogro interviene en una parte de la economía para, digamos, imponer aranceles en unos cuantos productos, algo fácil de justificar, nada demasiado notorio o preocupante. Sin embargo, esto crea una disrupción; aquellos afectados por la intervención original del gobierno se vuelven hacia este demandándole que los ayude y, siendo después de todo un filántropo, el ogro está feliz de acceder a su deseo, desviando dinero en respaldo de ese grupo vulnerable. Con cada nuevo paso, se multiplican las disrupciones en el panorama económico y el número de actores que demandan un apoyo.

Ya que el dinero es indispensable para cumplirles, el ogro pronto enfrenta una de dos opciones: adquirir mayores deudas o imprimir más dinero. En ambos escenarios el costo del vals será eventualmente pagado por los ciudadanos, que terminan cargando con más impuestos y con el costo, tanto en efectivo como de oportunidad, que implica vivir en una economía cada vez más intervenida.

El ogro pudiera incluso tener buenas intenciones, pero sus actos harán mucho más mal que bien.

Eventualmente, las señales de oferta y demanda se obscurecen tanto por la intervención gubernamental que los agentes económicos quedan simbólicamente en penumbras, yya no saben si es que avanzan en la dirección correcta, con el resultante desperdicio de valor y recursos, lo que a su vez lleva a las personas a demandar incluso más acción del gobierno. Por lo tanto, el vals aumenta su velocidad, convirtiéndose en una vertiginosa demostración de gasto, un río turbulento donde los compadres pescan todos los pescados, mientras que las demás personas se quedan con hambre.

Esa es la verdadera perversidad del vals del ogro: Una vez que inicia la música, es casi imposible detenerla. No importa cuántas leyes se aprueben o estudios se financien, y ni siquiera el qué tan honestas sean las intenciones de la monstruosa figura; los problemas creados por el incremento en la intervención gubernamental no pueden resolverse con nuevas regulaciones. Por el contrario, cada problema aparentemente “resuelto” crea una multitud de nuevas externalidades, hasta que el sistema ya no puede gastar, porque todos están quebrados.

He ahí el genuino peligro de los nuevos subsidios anunciados por Trump. No solo distorsionarán los incentivos de la industria agropecuaria, sino que también añadirán incluso más peso a la de por sí asfixiante deuda nacional norteamericana, que supera ya los $21 billones de dólares.

Esa deuda nunca se reducirá mientras el ogro siga añadiendo nuevos programas “temporales” que pronto se convierten en derechos adquiridos en la mente de los beneficiarios, incluyendo entre ellos, por supuesto, a todos los políticos locales y estatales que buscarán ser electos con el respaldo de la “generosidad” de Washington D.C.



No sé, quizá Trump tiene buenas intenciones. Sin embargo, poner en marcha el vals del ogro, al embarcarse primero en una guerra comercial y luego recurrir a subsidios para “ayudar” a los más afectados por ella seguramente no funcionará.

Esos subsidios elevarán la deuda, debilitarán aún más a la economía y abrirán las puertas a una marabunta de oportunidades para la corrupción el capitalismo de cuates, y al final del día América será menos próspera, y el mundo será menos libre debido a ello. Como dice el dicho, el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones, y esa es una senda que no admite subsidio.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.