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Turquía

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Por: Víctor H. Becerra*

El mundo está con el Jesús en la boca, atestiguando expectante la crisis financiera en la que se hunde Turquía. Así, la moneda de Turquía, la lira, se desplomó un 25% en los últimos días, sus mayores pérdidas en una década, en el contexto de los problemas diplomáticos de Turquía con EEUU y el gobierno de Donald Trump, arrastrando a los bonos y divisas de los mercados emergentes a sus niveles más bajos en un año. ¿Tendrá la turbulencia económica de Turquía un efecto aislado o, más bien, de contagio, como muchos temen, desatando una crisis global?

Al respecto, precisemos primero que Turquía no está en crisis por Trump o porque el mundo le tenga mala voluntad al gobierno turco. En realidad su crisis se vino gestando en los últimos años, como resultado de la propensión de su gobierno y sus empresas a endeudarse con créditos baratos, para hacer crecer más su economía y, de paso, apuntalar la popularidad del presidente Recep Tayyip Erdoğan. Esto provocó un enorme deficit fiscal, mientras los créditos comenzaron a encarecerse en el último año, irremediablemente. Las señales de deterioro eran claras desde hace tiempo: La lira se ha devaluado 45% desde principios de año y apenas el mes pasado Turquía tuvo una inflación del 16%.



A ello sumemos la irresponsabilidad política: el presidente Erdoğan asumió la presidencia de Turquía hace apenas un mes, tras recibir el 53 por ciento de los votos, para un nuevo periodo con poderes mucho más amplios y casi mayoría absoluta en el Congreso. Así, nombró a su yerno como ministro de Finanzas, asumiendo un control personal sobre la economía, y socavó la autonomía del banco central, al protestar contra la posibilidad de tasas de interés más altas, la única salida a la crisis, argumentando que aumentarlas causaría más inflación, cuando en realidad harían lo contrario y retendrían inversiones nerviosas. En su lugar, como buen dictador, ha responsabilizado de su crisis a los especuladores, a Trump, a la Unión Europea, etc. y propuesto soluciones irreales y erráticas. Pero lo único que ha logrado es extender la creencia en los mercados mundiales de que ha perdido contacto con la realidad, avivando la desconfianza y la percepción de riesgo.

Al margen, cabría preguntarse porqué estas charlatanerías económicas y teorías de conspiración, tienen oídos receptivos en tantos dictadores y gobernantes autoritarios y populistas, como escribió recientemente la profesora rusa Nina Khrushcheva. Así, las ideas de Erdoğan sobre los efectos inflacionarios de aumentar las tasas, se corresponden a las ideas de, por ejemplo, Trump sobre el déficit comercial, de Maduro y Cristina Kirchner sobre la emisión monetaria y los controles de precios, de Lula y Dilma Rousseff sobre las virtudes interminables de estimular el mercado interno, o de López Obrador sobre la autosuficiencia alimentaria. Quizá dictadores y autoritarios de toda laya les prestan oídos porque les permiten acrecentar su popularidad y poder, mientras socavan a instituciones y rivales renuentes a su control, y no las corrigen tras sus malos resultados, porque se arriesgan entonces a enajenarse el apoyo de los leales con que aún cuentan.

El contagio de la crisis turca ha sido más bien moderado, hasta ahora: Argentina, Rusia, Sudáfrica, Indonesia, India. Pero aún tiene el potencial de convertir una crisis local, restringida, en una global, sin control. Los inversionistas extranjeros tienen miedo. De modo que han estado sacando dinero de Turquía. En la práctica, eso significa que venden liras y compran dólares u otras monedas. Y lo mismo han hecho otros inversores en países emergentes, empezando a deshacer algunas posiciones en bonos y acciones, generando reacciones en cadena en los mercados financieros.

Una de las vías a través de las cuales el problema se extiende es el sistema bancario. Es lo que está pasando con los bancos europeos y especialmente, con los españoles BBVA y Santander, con muy fuertes posiciones en Turquía y también en América Latina. Esto sucede porque los bancos prestan dinero a compañías, inversionistas y gobiernos. Conforme quienes recibieron los préstamos no pueden cumplir con sus pagos, en los países afectados por una crisis, causan pérdidas enormes que amenazan la salud del sistema financiero a miles de kilómetros de distancia.

Hasta hace un año, los mercados prestaban dinero a prácticamente cualquiera que alzara la mano. Eso ya terminó. La subida de tipos en Estados Unidos hace cada vez menos atractivas estas arriesgadas inversiones. Ya hay un rechazo al riesgo que representan los mercados emergentes. Al mismo tiempo, un dólar más fuerte representa malas noticias para los países y compañías que piden préstamos en dólares, ya que un dólar más caro hace más difícil pagar los préstamos en esa moneda.

Por ello, ahora los países, entre ellos muchos de América Latina, deberán hacer en tiempos extras lo que no hicieron cuando podían y debían: mantener variables macroeconómicas estables, como un superávit primario, baja inflación, control en el crecimiento de la deuda, reducir el gasto público y disciplina fiscal, así como actuar con seriedad en todas sus decisiones, a fin de resistir mejor los vaivenes económicos y la percepción de riesgo sin distingos.



Aún es pronto para saber si la crisis turca acabará teniendo un impacto significativo en otros países. Todo depende de que Erdoğan tome pronto la amarga medicina de la disciplina fiscal, financiera y monetaria. Al respecto, antes de fin de año, gobierno y acreedores privados en Turquía deben efectuar una reestructuración de la deuda por valor de 230,000 millones de euros, lo que corresponde a más de una cuarta parte del producto interno bruto de ese país.

Esto abre la posibilidad de que los problemas financieros en ese país puedan expandirse entonces a otros países de rápido crecimiento. Así, naciones como Colombia, México o Brasil podrían ser las siguientes en resentir sus efectos, en un contexto donde el crecimiento de los emergentes es el día de hoy muy relevante para la economía mundial. Por ello, la crisis en Turquía debería preocuparnos (y ocuparnos) a todos.

Finalmente: Lo de Turquía es una muestra más de cómo las decisiones irresponsables de un líder carismático y demagogo, sin contrapoderes, pueden arruinar a un país prometedor, una lección que hemos repasado una y otra vez en América Latina, con pocos resultados.

*Víctor H. Becerra es Secretario general de México Libertario. En Twitter: @victorhbecerra

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]l 22 de agosto de 1939, días antes de la invasión a Polonia y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, en su discurso de Obersalzberg, Adolf Hitler ordenó a los líderes de su ejército lanzarse al asesinato masivo de los polacos. Lo hizo con estas palabras:

“Nuestra fortaleza yace en nuestra velocidad y brutalidad…he ordenado poner en acción a mis formaciones, con la instrucción de que, sin descanso ni compasión, manden a la muerte a las mujeres y niños de origen y lenguaje polaco. Sólo así podemos ganar el espacio vital que necesitamos. Después de todo ¿quién habla ahora de la destrucción de los armenios?”.

Lo que pasó después ya todos lo sabemos, hoy a mí me interesa especialmente lo que pasó antes. ¿A qué se refería cuando hizo mención a la “destrucción de los armenios” de la que nadie se acordaba?

Hitler hablaba del genocidio armenio, el primero de los grandes genocidios del Siglo XX. Este crimen contra la humanidad ocurrió entre 1915 y 1923, durante el colapso del Imperio Otomano y el nacimiento de la moderna República de Turquía, controlada por una facción conocida como “Los Jóvenes Turcos”, que se envolvieron en un discurso nacionalista para asesinar a más de un millón y medio de mujeres, niños y hombres de origen armenio, como parte de una estrategia que los “jóvenes turcos” habían comenzado a delinear desde años atrás, con el objetivo de construir una nación dominada enteramente por ellos el “Gran Turán”, que pretendían imponer desde Mongolia hasta Kazán o, en su versión más delirante, desde la región escandinava hasta el lejano oriente.

En el camino les estorbaban asirios, griegos y árabes, pero a quienes Los Jóvenes Turcos identificaron como su principal obstáculo fue a los armenios, cuya población ascendía a poco más de dos millones dentro de las fronteras otomanas. Mataron a un millón y medio, y a los demás los obligaron al exilio y los sometieron a infinidad de vejaciones.



Y eso es indiscutible. Ya desde el 16 de julio 1915, en un telegrama enviado al Departamento de Estado, el embajador norteamericano en Constantinopla reportó la existencia de una campaña de exterminio racial. Días antes, el Conde Wolff-Metternich, embajador de Alemania, envió otro telegrama a su gobierno, señalando que, en su intento por llevar a cabo…la destrucción de la raza armenia, el gobierno turco no aceptó ser disuadido por nuestros representantes, ni por la embajada americana, ni por el delegado del Papa, ni por las amenazas de los Poderes Aliados, ni en consideración a la opinión pública de Occidente que representa la mitad el mundo.

Los Jóvenes Turcos mataron a un millón y medio de armenios y a los demás los obligaron al exilio y los sometieron a infinidad de vejaciones.

El propio Ministro del Interior del gobierno otomano, Talat Pachá, envió órdenes al ejército instruyéndolo, entre otras cosas, a arrancar a los niños armenios de sus familias y asesinarlos (marzo 7, 1916). Talat lo reconoció incluso en una conversación con el antes mencionado embajador norteamericano, a quien directamente le dijo: Hemos liquidado ya la situación de tres cuartas partes de los armenios. El odio entre las dos razas es tan intenso que tenemos que acabar con ellos.

Así lo hicieron. A los hombres armenios los ejecutaron por miles casi de inmediato, muchísimos más fueron arrastrados junto con sus esposas e hijos en caravanas de la muerte, sin agua ni comida, sometidos a la esclavitud, al acoso sexual o directamente asesinados. Aquellos que sobrevivían eran llevados a campos de concentración en el territorio de lo que hoy es Siria e Irak, donde los ahogaban o los asfixiaron con humo, en lo que constituyó una evidente prefigura del genocidio judío, sucedido apenas una generación más tarde.

la indolencia del mundo hacia el sufrimiento de los armenios motivó a Hitler y a otros sátrapas alrededor del mundo a repetir estos asesinatos masivos

Todavía 100 años después, el gobierno turco, construido por los mismos ejecutores e instigadores del genocidio, se niega a reconocer que este sucedió, y durante muchos años ha presionado al resto del mundo para evitar que esta tragedia sea conocida y denunciada. ¿Por qué? La respuesta, en palabras del historiador turco, Taner Akcam, es que, si se reconoce el genocidio armenio, entonces hay que aceptar que buena parte de los padres fundadores de Turquía estuvieron directamente involucrados en el genocidio, o se volvieron ricos (a través del robo de las propiedades de los armenios asesinados).

Trágicamente, esta presión de silencio ha sido muy exitosa. Sólo 30 países (México, vergonzosamente, no está en la lista) habían reconocido oficialmente el genocidio armenio, y cuando Alemania se unió a este grupo de naciones, en junio del 2016, a través de una resolución parlamentaria, el primer ministro turco, Binali Yildirim condenó la votación y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, amenazó con represalias a la canciller alemana, Angela Merkel.



Para no ir más lejos, en 2015 el gobierno mexicano cedió a la presión turca y obstaculizó los eventos que la comunidad armenia preparó en nuestro país para conmemorar el 100 aniversario de esos acontecimientos, incluyendo el anuncio de la cancelación de una muestra de cine armenio en el Museo Nacional de las Culturas y la censura inicial contra la pieza musical “Requiem”, del compositor Tigran Mansuryan.

En la historia del genocidio del pueblo armenio se entrelazan la violencia inimaginable de los asesinos con la censura injustificable de los burócratas y la memoria inquebrantable de los sobrevivientes, es que necesitamos rescatar esta tragedia en el recuerdo y el espíritu de nuestra civilización, honrar a sus víctimas y desplomar a los victimarios en el fango de la deshonra.

Justamente por eso, porque la indolencia del mundo hacia el sufrimiento de los armenios motivó a Hitler y a otros sátrapas a repetir estos asesinatos masivos, que se tradujeron en más de 170 millones de personas muertos a manos de sus gobiernos durante el Siglo XX, es que no debemos olvidar.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

*Este artículo fue originalmente publicado en versión ampliada en abril del 2017. Puede consultarse en el siguiente enlace: http://www.wellington.mx/genocidio-armenio/