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Por: Víctor H. Becerra*

A muchos gobiernos latinoamericanos parecen estorbarles las empresas. La actual crisis va a arrasar con millones y millones de puestos de trabajo. Esto debiera obligar a un claro liderazgo de los gobiernos para preservar el tejido empresarial, y salir así lo más indemnes y pronto posible del desastre en ciernes. Pero sucede lo contrario: Los gobiernos hacen todo lo posible para estorbar.

El gobierno latinoamericano promedio cree que imponiendo cierres forzosos y sin atenuantes, controles de precios, prohibiciones de ajustes salariales y de plantillas laborales, nuevos impuestos y regulaciones, es decir,  dinamitando al sector privado, va a garantizarse mayores recursos para proveer abundancia, justicia e igualdad en la sociedad. Ese es un error que la historia y la estadística han desmentido, una y otra vez. Actúan con una enorme ignorancia en lo económico y un temerario bolivarismo en lo político.

Nunca es tarde para recordar que los gobiernos no producen riqueza; ésta la producen las empresas. El Estado sólo gestiona, bien o mal (generalmente mal), el dinero que arranca a las empresas. Así, no hay gobierno sin empresas: El sector público se paga gracias a las empresas privadas. Por eso, sólo con las empresas podríamos salir de esta crisis, si no se les pone más escollos y cargas.

Ha sido un error mayúsculo el cerrar la economía, sin atenuantes, y sin ofrecer a las empresas la posibilidad de exonerar impuestos, reducir sus tasas o, al menos, posponer su pago mientras dura el confinamiento.

Al respecto, no es posible que el gobierno de manera abrupta haya ordenado el cierre masivos de la actividad económica sin siquiera ofrecer algún tipo de compensación, de la misma manera que es dable esperar una compensación justa por una expropiación estatal. Lo adecuado es que el Estado se haga cargo de las consecuencias de sus órdenes, en lugar de actuar irresponsablemente, dejando a su suerte a los damnificados.

Sin duda, apoyar fiscalmente a las empresas supondría una disminución adicional de la recaudación y un alza del déficit a corto plazo, pero permitiría sobrevivir a muchas empresas y les proporcionaría los incentivos necesarios para reactivar la economía.

Después, prohibir a las empresas el despedir o ajustar salarios ha sido como si el gobierno prohibiera a las personas enfermarse. O morir. Y significará enviar a miles de empresas a la quiebra, haciendo irrecuperables sus empleos, que ya no estarán allí cuando pase la tormenta.

Recargarse contra las empresas y asfixiarlas, sabemos, es la típica jugarreta populista, que finge proteger a trabajadores y consumidores, pero que sólo empeora las cosas al final. El gobierno echa así sobre las empresas los costos de sus propios errores y de sus malas y tardías decisiones.

En lo sucesivo, ¿quién va a crear un negocio o invertirá en un país donde lo primero que se decide en un cierre de actividad por emergencia es que las empresas carguen con todos los costos, paguen todos los impuestos y se endeuden con el propio gobierno? Eso significa socializar los errores de políticos y gobiernos.

En plena crisis, por el contrario, abundan los ejemplos de empresas y empresarios que se han arremangado los puños y ayudado a paliar los efectos de la crisis de formas innovadoras, desprendidas y sin esperar la orden del gobierno. Han puesto el ejemplo.

En cambio, a los tradicionales activistas en contra del capitalismo, las empresas, la globalización, la propiedad privada, etc. no se les ha visto durante ella, excepto en su papel de insultadores públicos. El capitalismo ha sido más eficiente y solidario que el gobierno y los enemigos de la sociedad abierta y de la cooperación voluntaria.

Si algo ha demostrado la actual crisis es el fracaso del estatismo y del intervencionismo. Al enfrentarla, no han fracasado el capitalismo ni las empresas o los empresarios, sino el Estado, reflejado en el desastre generalizado, por no haber actuado el gobierno a tiempo, de manera previsora y organizada, con información real y transparente, sin histerias irresponsables.

Basta ver que la catástrofe sanitaria ha sorprendido al Estado sin reservas financieras y sin capacidades administrativas para enfrentarse a lo inesperado. Es el Estado, no el libre mercado, el que ha fallado trágicamente en su capacidad de reaccionar adecuadamente frente a desgracias inesperadas.

El impacto económico será peor cuanto más dure la negativa de los gobiernos de respaldar a las empresas, y en cambio, sigan repartiendo dádivas clientelares que serán difíciles de revocar cuando cese la alarma. Con dicho proceder, el papel del Estado se va a deteriorar de manera dramática. Muchos países se encaminan así a la insolvencia del Estado, que desembocará en una grave crisis fiscal. Y cuando las medidas gubernamentales prolonguen innecesariamente la recesión venidera, el mismo gobierno echará la culpa al capitalismo y pedirá más impuestos y más intervención.

Sabemos lo que pasará: Aumentar la carga fiscal y la intervención del Estado durante una recesión la profundiza y prolonga en el tiempo. Esperemos pues una larga crisis económica en la región.

En contrasentido, para mucha gente es cada vez más y más evidente que son las empresas y las personas que trabajan las que crean riqueza y empleo, por lo que la mejor forma de recuperar la economía no es castigándolas con más trabas e impuestos, condicionamientos y controles, sino facilitando e incentivando su labor. Hoy cada vez más latinoamericanos son conscientes de que la iniciativa empresarial es su principal recurso para crecer, generar riqueza y crear empleos, lo cual eleva el nivel de vida de todos.

En tal medida, el reto futuro está planteado: Aprovechemos la cada vez mayor conciencia social sobre el papel capital de empresas y empresarios, para lograr que Latinoamérica se convierta en una real economía de mercado o de lo contrario, estaremos condenados a un empobrecimiento generalizado y duradero, tal vez similar a la década pérdida de los 80s. No hay otra alternativa. Y tal es la lección anticipada y la tarea impostergable que nos dejará el desastre de 2020.

*Víctor Hugo Becerra: Especialista en comunicación política (ITAM) y planeación metropolitana (UAM). Secretario general de México Libertario. Ha creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y América Latina. Tiene interés en el estudio y la creación de redes libertarias y la organización de actividades académicas de divulgación de las ideas de la libertad.

Por: Jeffrey Tucker*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]a gran caída en monedas de todo tipo –convencionales y cripto- tienen a las personas preguntándose qué salió mal. ¿Qué podría haber detonado esta pasmosa venta? ¿Qué ha espantado a los mercados? Cuando no hay respuestas obvias, y esta vez realmente no la hay, ello tienta a las personas a creer que los mercados como tales están quebrados. Seguramente los precios deberían comportarse en forma más racional y predecible. No hay justificación para que los precios cambien tanto.

Estoy aquí para argumentar una verdad difícil. Mientras los mercados estén a cargo no hay tal cosa como un precio correcto, justo, moral, racional o estable. Sólo hay una base para un precio: El punto de acuerdo entre comprador y vendedor, decidido con base en los juicios de la mente humana como extensión de deseos humanos subjetivos. Esto es cierto incluso respecto a las compraventas por software, pues son humanos quienes escriben la programación.

El precio refleja juicios humanos, y por ende puede considerarse como un transporte de información

Es un hecho que todo comprador quisiera pagar cero y que todo vendedor quiere volverse rico en cada intercambio. Ninguno puede salirse con la suya. Encontrar un punto donde ambas partes se beneficien del acuerdo, cediendo menos de lo que él o ella está obteniendo, es el objetivo mismo de los mercados. Los precios que proponemos y aceptamos hoy reflejan información acerca de acuerdos completados del pasado, corregida a la luz de lo que esperamos en el futuro.



El precio refleja juicios humanos, y por ende puede considerarse como un transporte de información acerca de lo que las personas creen acerca de sus necesidades actuales y futuras. Cuando hablamos de un precio de mercado, conocido por cualquier interesado, podemos considerarlo como una institución que plantea conocimiento acerca de los deseos sopesados en relación a la disponibilidad de aquello que pretenden.

Esta es una piza de información muy importante a la que la sociedad tiene acceso. Permite un uso eficiente de los recursos y construye un sistema económico al servicio de todos. “Si queremos entender su función real, debemos ver al sistema de precios como un mecanismo para comunicar información.” Escribió F.A. Hayek.

Quizá usted leyó esto y pensó: “¿En serio?. Eso todos lo saben”. Pues no es así. Podemos observar los escritos de los antiguos filósofos y encontrar que realmente no lo entendían. Aristóteles planteaba la opinión prevaleciente de que el precio correcto es uno en el que el valor resulta igual a ambos lados del intercambio. Sin embargo, ese estándar de equivalencia no tiene sentido. Si está obteniendo exactamente lo que entrega, no hay razón de ser para un intercambio. En realidad, esta teoría de la equivalencia resulta perniciosa, porque trata a los mercados como ejercicios sin sentido, cosas que se mueven de aquí para allá, cambiando de manos sin razón en particular.

Conforme las finanzas modernas se volvieron más sofisticadas al final de la edad media, nuevos teóricos se involucraron tratando de teorizar sobre los precios. En tiempos cuando la teología moral era la reina de las ciencias, intelectuales como Santo Tomás de Aquino postulaban que el precio necesita reflejar las necesidades de la justicia. En sus escritos hay algo de ambigüedad, de forma que el precio justo no era siempre el precio de mercado (un error corregido con el paso de los siglos). Esta es una visión profundamente peligrosa, que da pie a reguladores, moralistas y nobleza eclesiástica que se interponen en constante juicio respecto a lo que las personas deciden por sí mismas.

Siglos más tarde, emergieron nuevas teorías de los precios. Quizá el precio de mercado encarna la labor que se requiere para producir el bien o servicio en cuestión. Esta se convirtió en la opinión prevaleciente en el periodo clásico, y eventualmente dio pie a la posición marxista de que en el sistema capitalista los trabajadores –que eran los verdaderos creadores de valor- no estaban obteniendo la parte justa del valor y, por el contrario, estaban supuestamente siendo explotados.

Sin embargo, esta teoría no se sostiene. Puedo pasar el resto de la semana haciendo castillos de arena y trabajar más duro que nunca en mi vida. Ese sólo trabajo no provoca que los frutos de mi esfuerzo se vuelvan valiosos. A un comprador no le importa en lo más mínimo cuánto tiempo de trabajo o sudor se dedicó a fabricar el producto. O lo valora o no. Una idea de un billón de dólares puede ocurrírsele en un minuto o tomar años para emerger. Lo que importa no es el tiempo que gastó, sino la idea resultante.

Ningún modelo puede predecir en forma perfecta, de otro modo ya lo hubiéramos descubierto y nadie perdería dinero

Una teoría relacionada dice que los precios reflejaban no sólo los costos de trabajo, sino todos los costos de producción. A mayores costos, mayor precio. Esta chapucera opinión encuentra algo de bases en la realidad empírica. Es más difícil fabricar un Maserati que un Honda Civic, así que seguramente por eso es que el auto de lujo es mucho más caro. De hecho, esa teoría revierte causa y efecto. La razón por la que el productor de los Maserati está dispuesto a gastar los recursos necesarios para construirlos es precisamente porque los mercados han mostrado que valoran el resultado. Es el precio lo que determina los costos que los fabricantes están dispuestos a cargar, y no a la inversa.

En tiempos más modernos, hay toda clase de teorías de buen cubero respecto a los mercados financieros. Se dice que las acciones están sobrevaluadas o subvaluadas con base en los valores subyacentes de las compañías que las emiten. Se dice que debería analizar las acciones, el desarrollo de productos, las ventas al consumidor, la carga de deuda y los prospectos para el futuro. Combinando todos estos factores teóricamente le da una idea aproximada de si es que el precio de las acciones es muy bajo o muy alto.



Esta teoría es grandiosa, excepto cuando deja de serlo. Como lo hemos visto este año en las finanzas convencionales, el precio de todo ha caído, sugiriendo que todo estaba sobrevaluado. Aquellos que predijeron la venta le dirán que tenían una perfecta comprensión de dónde estábamos y hacia a dónde nos dirigíamos. Le restregarán sus modelos y proclamarán tener conocimientos especiales. Sin embargo, algo que hemos aprendido durante los últimos cincuenta años es que ningún modelo puede predecir en forma perfecta, de otro modo ya lo hubiéramos descubierto, todos lo estarían usando, y nadie perdería dinero.

Todo modelo técnico falla por la misma razón: El futuro es incierto. Ninguna computadora es capaz de superar la terrible realidad de que ver hacia el futuro es siempre una labor de observar a través de un cristal opaco, como dijo San Pablo.

Carl Menger. El precio es un punto de acuerdo. Ni más, ni menos

Hay una tentación constante de deconstruir un precio en las partes que lo conforman, y posicionar estas como la base real del precio. Esto es especialmente cierto en el caso de las criptomonedas. El Bitcoin ha demostrado mal desempeño como medio de intercambio; es demasiado lento y costoso cuanto intenta escalarse. Tampoco ha sido un almacén confiable de valor. ¿Cómo puede justificarse un precio elevado? Bien, en este caso la fuente de valor podría ser como una capa de registro de acuerdos de la cadena de bloques. ¿Cuál es el valor de eso? Descubrirlo le corresponde al mercado; podría ser bajo o podría ser mucho más alto. Simplemente no lo sabemos.

El valor de las cripto se determina por su valor de uso para la comunidad humana, y el precio representa un estimado de cómo ese valor se traduce en intercambios reales. Encontrar el precio correcto es un proceso de descubrimiento.

Regresemos a la idea inicial obtenida del trabajo de Carl Menger. El precio es un punto de acuerdo. Ni más, ni menos. No puede deconstruirse. No puede entenderse separado de la elección humana. No tiene un componente moral en lo absoluto. No se trata de igualdad, justicia, trabajo o costo. Es sólo un precio. Todo precio en el mercado es el precio correcto, en este momento. Cualquiera que sea el precio en una hora, día, semana o año también lo será.

¿Eso suena atemorizante? Quizá. Lo único más atemorizante es un mundo sin precios. Piense acerca de cada experimento para controlarlos o abolirlos. Los resultados nunca son buenos. El propósito de los precios es revelar la verdad hasta en tanto pueda ser conocida, sin importar qué tan imperfectamente. Los precios nos brindan una enorme perspectiva de información que necesitamos conocer sobre el entorno, ayudándonos a navegar un mundo que de otro modo sería caótico.

*Jeffrey A. Tucker es Director editorial del American Institute for Economic Research. Es autor de miles de artículos en prensa académica y de divulgación, además de 8 libros traducidos a 5 Idiomas. Contacto: email.  Tw | FB | LinkedIn 

Artículo originalmente públicado en AIER

Traducción por Gerardo Garibay Camarena, para Wellington.mx