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Violencia

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Por: Angélica Benítez*

“Te importan más los vidrios rotos”: la gran mentira en la que se esconde la violencia feminista.

Hace unos días la Ciudad de México vivió un episodio de violencia que dejó como saldo a más de 34 personas heridas, de las cuales 16 fueron hospitalizadas. Monumentos históricos fueron vandalizados y propiedad privada fue destruida bajo el argumento de “protestar contra la violencia de género”.

Las responsables fueron integrantes del movimiento feminista, quienes tras los hechos emitieron un comunicado exigiendo a los medios de comunicación evitar hablar de los daños materiales y agresiones físicas que se llevaron a cabo durante la manifestación. Más aún: cuando en redes sociales se toca el tema, muchas feministas responden diciendo: “las paredes se limpian, las mujeres asesinadas no reviven”, o bien, “te importan más los vidrios rotos que la violencia hacia las mujeres”.

La realidad es que esta respuesta es un engaño en el que podemos caer con facilidad: el hecho de que nos importen y nos indignen las muertes y la violencia hacia las mujeres, no significa que no podamos también indignarnos y exigir justicia por los daños materiales ocurridos en la manifestación feminista. Ambas acciones deben ser castigadas, cada una según su gravedad, pero al fin y al cabo ambas son delitos. No permitamos que queden impunes simplemente porque “otros hacen cosas peores”.

¿Acaso los agresores de mujeres verán los monumentos vandalizados y, en consecuencia, dejarán de asesinar o violentar mujeres? Por supuesto que no. Esto no les afectará en absoluto, especialmente después de que las mismas feministas promovieron y lograron que se aplique en todo el país la NOM 043, que permite que una mujer pueda acceder a abortos simplemente diciendo que fue víctima de violación, sin necesidad de levantar una denuncia y sin que el responsable -suponiendo que la palabra de la mujer sea cierta- pague por lo que hizo.

“¿Cómo te atreves a dudar de la palabra de la mujer?”, dirán muchos por ahí. Lamentablemente vivimos en una sociedad que se ha dedicado a colocar a las mujeres en una posición de casi-santas: nosotras las mujeres no mentimos, no asesinamos, somos sólo víctimas del sistema patriarcado opresor. No caigamos en la trampa. Las mujeres también somos capaces de muchos males, y basta con leer los medios para encontrarnos casos donde asesinan a sus hijos, a sus parejas y difaman a hombres asegurando  que fueron víctimas de violación cuando sólo buscan venganza por alguna situación. Estos hechos son minimizados, porque lo que vende hoy son los llamados “feminicidios”. La mayoría de las muertes en México son de hombres, pero el movimiento feminista sólo habla de las muertes de mujeres. Y luego se atreve a decir que lo que busca es igualdad.

Hace varias décadas que el movimiento feminista dejó de ser un espacio que defiende los derechos de la mujer, para convertirse en una estrategia política que victimiza, miente y genera mucho dinero a través de organismos como el IPPF.

“Tengo derecho a decidir sobre mi cuerpo”, dicen las que lucen el pañuelo verde pidiendo que sea legal matar a sus hijos en el vientre. “Lo que llevas ahí ya no es tu cuerpo”, respondemos quienes hemos leído sobre embriología.  “Te importan más los vidrios rotos”, dicen quienes quieren que sus actos queden impunes justificando su violencia. “Eso se llama dañar propiedad privada, y es un delito al igual que aquello contra lo que dices protestar”, decimos quienes no caemos en el juego del lenguaje de la “sororidad”.

¿Cómo se defiende realmente a las mujeres? Promoviendo políticas públicas que generen consecuencias reales para los agresores, y no implementando la NOM 043 que invita a los agresores a continuar abusando de las mujeres para posteriormente llevarlas a abortar, quedando libres y destruyendo la única prueba de que hubo delito. 

*Angélica Benítez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por parte de la Universidad Autónoma de Baja California. Cuenta con una Maestría en Administración de Empresas por parte de CETYS Universidad, y se desempeña actualmente como docente universitaria.

Por: Gerardo Garibay Camarena*

La esperanza es el nombre del juego. López Obrador lo entendió mejor que nadie y centró sus esfuerzos en una estrategia dual de comunicación, que por una parte erosionó continuamente el respeto hacia los partidos e instituciones de la era tecnocrática (contando con bastante ayuda de la escandalosa corrupción peñanietista) y por la otra se enfocó en controlar la bandera de la esperanza y ondearla en todo lo alto de su proyecto político.

El modelo funcionó, y fue tal el éxito, que llegó a Palacio Nacional con 30 millones de votos, casi el doble de los que obtuvo en los comicios del 2012. Ello se tradujo el porcentaje de apoyo electoral más alto desde hace 37 años. Es decir, en la era democrática, ningún presidente inició su mandato con un apoyo siquiera parecido al que respaldó a Andrés Manuel López Obrador. Así de claro.

Sin embargo, también queda muy claro que no es lo mismo prometer que cumplir, y en los primeros meses de su gobierno, Andrés Manuel está experimentando de primera mano el vértigo de estar al borde de ese abismo que separa las esperanzas de los hechos, donde tantos otros demagogos se han despeñado en la historia de nuestro país. Y, mientras pisa justo en el borde, titubea, culpa, pretexta y renueva promesas, que al igual que las enormes expectativas que alimentó en campaña, se quedarán en el aire o en todo caso lo acompañarán hasta las profundidades.

Esta semana, la renuncia de Germán Martínez al Instituto Mexicano del Seguro Social fue la grave señal de un paso más al vacío, no solo por el impacto logístico de un reemplazo en el IMSS a menos de medio año del inicio de la administración, sino porque refleja de forma inocultable un resquebrajamiento de la alianza política que construyó López Obrador. Después de todo, Germán Martínez no llegó al Seguro Social por su linda cara o sus muy discutibles talentos, sino por el capital financiero o político que aportó a la campaña, y debemos entender sus denuncias contra el equipo de Andrés Manuel en el marco de la guerra intestina del gabinete presidencial, acuciada por sus caprichos y la incompetencia de los funcionarios que provocan crisis sin sentido, desde el cerro fantasma de Santa Lucía hasta la falta de antiretrovirales o la eliminación de recursos para combatir el cáncer. Para usar el término tenístico, son “errores no forzados”, léase idioteces de a gratis, que son potencialmente letales para cualquier administración.

Por otra parte, conforme avanzan las campañas del 2019 y mientras empiezan a mostrar el cobre los gobiernos locales que ganó el año pasado, Morena se revela ante los ojos del público como un partido político más, culpable de las mismas mañas y corruptelas que hicieron que las personas rechazaran a los anteriores, con el problema añadido de que su único punto de identidad es la figura presidencial, y eso quizá sea suficiente para sobrevivir una campaña en elecciones generales, pero a mediano plazo es una receta para el desastre. Como ya se empezó a ver con el fuego amigos contra Barbosa en Puebla, los peores enemigos del obradorismo serán ellos mismos.

Estos tres elementos: la fractura de su alianza, la incompetencia de sus colaboradores y la caída del mito de Morena, son los grandes riesgos para el éxito del proyecto político que se ha articulado alrededor de la figura de Andrés Manuel y que aun ahora resplandece de orgullo con sus mayorías legislativas, impulsadas por el inestable combustible de la esperanza, que puede estallarles en las manos.

Si lo que se encendió como esperanza estalla convertido en odio, el peligro no es solo para Obrador, sino para el país, especialmente porque –al menos hasta ahora- la oposición parece absolutamente incapaz de recuperar para sí la bandera de la esperanza, e incluso si los ciudadanos llegan a la conclusión de que Obrador es corrupto e inepto, eso no borra de las mentes de millones de mexicanos su percepción respecto a que todos los otros también lo son.

Entonces, aparecen en el panorama dos fantasmas. El primero es el del pleno cinismo, donde nada importa, el rey va en cueros y los súbditos se burlan de sus miserias, lo que a mediano plazo es mortal para cualquier sistema político, porque la coacción del estado solo es tolerable cuando se legitima al vestirse con mitos: de justicia, estado de derecho, representación y demás. Si se le quitan sus disfraces, nos queda la violencia desnuda del aparato gubernamental. Eso elimina los diques simbólicos que mantienen la lucha política en un cauce relativamente pacífico e incentiva el uso directo de la esa misma violencia como arma de negociación.

El segundo es el fantasma del radicalismo. Los más encendidos seguidores de AMLO, al enfrentarse a la realidad de su fracaso, no reconocerán su error, sino que lo explicarán culpando a la debilidad del proceso. Dirán que el problema de Obrador no estuvo en sus propuestas o acciones de gobierno, sino en que no destruyó con la rapidez necesaria los restos del antiguo sistema. Por lo tanto, proclamarán con un hilo de locura en sus ojos que la solución es la revolución: Acelerar las reformas del obradorismo, desmontar radicalmente los contrapesos, recurrir a la violencia contra los opositores.

¿Cómo impedirlo? ¿Generando un nuevo líder que retome la esperanza? Quizá esta, por improbable que resulte, pareciera la solución más simple en el corto plazo, pero no es la mejor opción.

¿Por qué?

Porque poner la esperanza en los políticos alimenta un ciclo permanente de decepciones. Incluso si encontráramos a la proverbial persona honesta y le entregáramos las llaves de Palacio Nacional, el margen de maniobra de los gobernantes es bastante más limitado de lo que gente cree, y el potencial destructivo de la administración pública es mucho mayor que su capacidad de construir.

¿Entonces?

La esperanza que tenemos que recuperar es la que surge de la libertad de cada persona, que visualiza el futuro, que enfrenta la incertidumbre y que colabora en la familia, la comunidad o la empresa para darle vida a esa visión, con madurez, audacia y creatividad. En todo caso habrá que construir liderazgos e instituciones que surjan de esa misma esperanza, pero no podemos simplemente encajarle un slogan bonito a un tipo con carisma y esperar que nos saque del atolladero, esa falsa esperanza siempre termina en fiasco.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Artemio Estrella*

[dropcap type=”default”]L[/dropcap]a amnistía propuesta por Andrés Manuel López Obrador, que a algunos les parece trivial, principalmente a sus seguidores que lo defienden con el ya clásico “Andrés Manuel no quiso decir eso”, parece tener sus raíces en el miedo que la clase política, incluído Andrés López, le tienen al crimen organizado.



A casi 40 días de las elecciones en México, se está presentando un fenómeno criminal que ni los medios se atreven a mencionar con la merecida cobertura, ni los políticos se atreven a enfrentar por temor a ser una presa más. Van alrededor de 20 candidatos a distintos puestos de elección que han caído abatidos en manos del crimen organizado, poco más de 90 políticos[1] (al momento, entre candidatos y servidores públicos) asesinados y ya más de 1000 candidatos han renunciado a sus respectivas candidaturas por temor a perder la vida.

Cobra sentido el porqué Andrés Manuel le ofrece el perdón a los criminales, no es por algo trivial, no es un desliz ni se está tomando las cosas a la ligera: El candidato de MORENA a la presidencia de México, Andrés Manuel López Obrador, tiene miedo y es un cobarde.

Se debe de entender que la amnistía no es un borrón y cuenta nueva para los criminales. La amnistía es un proceso en el que se le otorga perdón a personas que cometieron un crimen sin víctima, lo derivado de leyes que criminalizan cualquier estupidez, o el perdón a personas que fueron obligadas a cometer crímenes.

Para la tiranía del crimen no hay ni debe haber perdón. Por mucho que existan personas presuntamente inocentes dentro del crimen organizado, a los líderes criminales no hay que otorgarles tregua. En el fondo lo correcto es enfrentar al crimen, aunque resulte que las formas lleguen a ser las incorrectas, pero siempre hay que hacerlo.

Dicen que tenemos a los políticos que nos merecemos. Creo que México es un país de gente valiente, espero que las elecciones no nos demuestren lo contrario.

*Artemio Estrella es tecnólogo especialista en TICs, columnista invitado en Asuntos Capitales y en Wellington.mx, y en asuntos políticos un impulsor de los principios republicanos.

[1] Fuente Violenta Campaña electoral en México: fueron asesinados 93 candidatos



Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]s el 1 de julio a las 11:00 de la noche. En las pantallas de la televisión nacional aparece el rostro tenso y demacrado de Lorenzo Córdova, Consejero Presidente del INE, listo para anunciar los resultados de las elecciones tras una hora de espera y de especulación desatada en las redes sociales y en la prensa. Se acomoda la corbata, mira fijamente a la cámara y anuncia:



Los resultados del conteo rápido ordenado por el Instituto Nacional Electoral nos permiten en estos momentos anunciar una tendencia que consideramos irreversible respecto a sus resultados de la elección presidencial 2018: Andrés Manuel López Obrador, de la coalición “Juntos Haremos Historia” registra el 43% de los votos; Ricardo Anaya, de la coalición “Por México al Frente” ocupa el segundo lugar con un 36%; José Antonio Meade, de la coalición  “Todos por México”, aparece en tercer sitio con 14%, los candidatos independientes Jaime Rodríguez y Margarita Zavala suman en 4% en conjunto, y un 3% corresponde a votos nulos.

A lo largo del país, los gritos de júbilo se entremezclan con los suspiros de temor y los de la resignación.

De inmediato las redes obradoristas celebran la contundencia de su victoria, mientras que en los grupos de Facebook y WhatsApp de los simpatizantes de Anaya y Meade se intercambien tanto visiones apocalípticas como análisis que pretenden ser más centrados y llaman a la calma diciendo que lo importante no es sólo la elección presidencial, sino la composición del congreso. “Hay que esperar, seguramente Obrador no va a tener mayoría en las cámaras y entre la autonomía de Banxico y un congreso opositor, vamos a parar sus locuras.

Sin embargo, conforme avanzan los conteos distritales incluso esa esperanza se vuelve amarga en la boca. Los partidos de AMLO suman 257 diputados federales y 61 senadores. Aún entonces, la menguante esperanza se centra en que le faltan cuatro senadores para llegar a los 65 que implican mayoría en el Senado. “No tiene carro completo.”

Una vez más, rápidamente la ilusión defrauda. Conforme avanzan las negociaciones del presupuesto 2019 queda claro que Andrés Manuel cuenta no sólo con los 257 diputados y 61 senadores de su coalición, sino con varias decenas de otros legisladores que de manera formal o subrepticia han aceptado apoyar la agenda obradorista a cambio de recursos para obras en sus distritos y prebendas políticas que los ayuden a reelegirse. Antes de final de año la duda ya no es sobre si “El Peje” tiene mayoría en el congreso, sino sobre si alcanzará el apoyo de dos terceras partes de los legisladores.

Desde el primer minuto del 2019 quedan claros los nefastos efectos del centralismo presupuestal que empezó Peña Nieto y ahora fortalece Obrador. A los gobernadores de oposición se les niega siquiera un peso de recursos federales, amenazando con el colapso de las finanzas en Guanajuato, Jalisco, Chihuahua y Querétaro, entre otros estados.

A los gobernadores se les cita en la Secretaría de gobernación y se les plantea directamente una decisión: Quedarse sin ningún recurso federal o integrarse a la agenda de López Obrador, ya sea cambiándose de manera directa a Morena o manteniéndose simbólicamente en sus partidos de origen, pero cediendo todas las capacidades de operación del gobierno del Estado a las nuevas estructuras de Movimiento Regeneración Nacional en sus respectivas entidades.

Los gobernadores Corral, de Chihuahua y Alfaro, de Jalisco, aceptan con mal disimulada alegría subirse al barco de Morena, mientras que Sinhué, de Guanajuato y Pancho Domínguez, de Querétaro, recurren a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, para exigir los recursos presupuestales que por ley les corresponden a sus estados. Sin embargo, la Corte, sometida a cada vez más presiones políticas, movilizaciones violentas afuera de sus tribunales y a las insinuaciones por parte de Obrador en el sentido de que es necesario “renovar al poder judicial”, opta por no entrar al fondo del asunto y desecha sus amparos con base en algún tecnicismo irrisorio.

Sólo el gobierno de Nuevo León logra mantener una cierta independencia financiera, pero está se mantiene sólo unos cuantos meses, pues el Congreso de la Unión, controlado por Morena, aprueba una serie de reformas que limitan prácticamente por completo la capacidad recaudadora de los estados, dejándolos completamente en manos de la buena o mala voluntad del gobierno federal.

Mientras tanto, utilizando abiertamente el presupuesto para desarrollar su capacidad de movilización corporativa, el gobierno de Andrés Manuel suplanta o al menos limita a las élites políticas locales y prepara el camino para una victoria absoluta de sus huestes en las elecciones intermedias de 2021, que confirman el triunfo del nuevo oficialismo obradorista en 240 de los 300 distritos, dándole un total 270 de 400 curules en la Cámara de Diputados (pues previamente eliminaron 100 plurinominales, pretextando austeridad).

Mientras tanto, la impresión desatada de dinero público impulsa artificialmente la economía y genera enormes fortunas para los “empresarios” cercanos al régimen, pero el fantasma de la inflación no tarda en aparecer y con las primeras señales de crisis económica se recrudece la virulencia del discurso oficialista, echándole fuego a la gasolina de los rencores que entre 2018 y 2021 ya se habían traducido en disturbios y actos de violencia aislados, pero que al acercarse las elecciones generales de 2024 alcanzan niveles nunca antes vistos, provocando un círculo vicioso de agresiones, incertidumbre, desempleo, pobreza, marginación y resentimiento.

Eventualmente, tras la reelección de Andrés Manuel, las condenas a los “traidores a la patria” saltan de las planas de la prensa oficialista a las hojas de los expedientes penales y los siniestros pasos de los pelotones de fusilamiento vuelven a escucharse en los pasillos de las cárceles mexicanas. Primero despliegan su plomo contra los líderes de la resistencia empresarial que no lograron salir del país, y luego voltean hacia los demás.

Aquellos “fifís”, “intelectuales” y políticos “progresistas” o “liberales” a quienes, en su momento, antes de las elecciones del 2018, les tembló la mano para denunciar el peligro, ahora les tiembla el resto del cuerpo frente a las bocas de los fusiles. Uno de ellos suplica misericordia del subsecretario, diciéndole: “Pero yo en 2018 descalifiqué a quienes lo criticaban, señor Taibo, diciéndoles que no estaban a la altura de la obra que usted ha escrito”. Pero el ahora coronel Francisco Ignacio está más interesado en las purgas políticas que en las críticas literarias, y da la orden de abrir fuego.

Mientras esto ocurre en las sombras, la prensa proclama a una voz los triunfos de la “Revolución de la Esperanza” y la “República del amor”, que también se explaya en sendos carteles y pintas a lo largo de las calles, en las que cientos de personas hacen fila ante la “Tienda Solidaria de Abasto Popular” para hacer válidas sus tarjetas de racionamiento, por supuesto, por culpa de la guerra económica norteamericana.



¿Y dónde están los Estados Unidos? Se pregunta la gente mientras pasa una y otra hora en la fila. La respuesta es muy sencilla: del otro lado de su muro. En 2020, como parte de su campaña de reelección, el expresidente Trump terminó la construcción del muro fronterizo y llegó a un acuerdo extraoficial con el gobierno mexicano: Washington dejaría que Obrador hiciera lo que quisiera en México, a cambio de que este cuidara el muro del lado mexicano y contuviera la migración proveniente de Centroamérica. Ese mismo acuerdo permaneció en vigor después del triunfo en 2024 del demócrata Joe Kennedy III, disfrazado ahora de “respeto por la soberanía mexicana”.

¿Y la opinión pública internacional? Demasiado ocupada con el colapso europeo y la guerra en medio oriente como para brindarle mucha atención a los mexicanos atrapados en su folclor y su violencia cotidiana.

Y mientras tanto en México, el eco de los fusilamientos rompe el silencio de la desesperanza con gritos de agonía, seguidos de un nuevo silencio, el de la resignación. Después de todo, mañana habrá que hacer fila temprano por la nueva tarjeta de racionamiento, y los que llegan primero siempre alcanzan un poco más de frijol, el arroz hace 6 meses que ya desapareció.

Igual que la carne, igual que el color.

Por supuesto, probablemente esta historia resulte más que exagerada, quizá el AMLOcalipsis no sea tan terrible, pero el riesgo existe y a esas alturas el negarlo ya no es simplemente cosa de necios, sino de suicidas. Basta ver los ríos de odio y de amenazas contra de quienes no son obradoristas, y como respuesta la vergonzosa sumisión de Televisa y Milenio al sacrificar a Ricardo Alemán.

Basta, peor tantito, con ver los insultos hacia Eugenio Derbez, por el aparentemente imperdonable pecado de opinar que: “No estoy seguro de que AMLO sea la mejor opción.” El actor ni siquiera afirmó oponerse a Andrés Manuel, simplemente expresó dudas, y cuando las dudas son tratadas como herejías, es señal de que los fanáticos llevan la voz cantante, y si no entendemos nos harán bailar a su ritmo.

Conste.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Hoy sobre lo qué pasó en las campañas, que regresaron a la flojera de las semanas previas al debate, sobre los fifís en las campañas de Anaya y Meade, cuya incompetencia nos puede costar una tiranía obradorista y sobre el preocupante tuit del Papa Francisco que ahora sí desbarró por completo #PersonayLibertad



[dropcap type=”default”]D[/dropcap]esde 1964 y durante más de 50 años, las autonombradas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) sembraron el terror y la violencia a lo largo de Colombia, en una de las guerras civiles más crueles e inútiles del continente.

Sus líderes se disfrazaron de defensores del pueblo para imponer una grotesca tiranía sobre los territorios que controlaban y mantener a sangre y fuego un millonario flujo de ganancias provenientes de la extorsión, el secuestro y el crimen organizado.



Durante décadas también los crímenes de las FARC fueron “justificados” o escondidos por buena parte de la dizque intelectualidad de izquierdas alegando que la guerrilla se mantenía en la lucha porque tenía el respaldo del pueblo.

Bueno, pues eso es completamente falso.

Ayer, las FARC participaron por primera vez en unas elecciones, ahora convertidas en Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, y no los apoyó prácticamente nadie.

Las FARC, que presumían miles de guerrilleros y de supuestos apoyos sociales obtuvieron apenas el 0.2% de los apoyos, que equivalen a 32,636 votos en las elecciones para la Cámara de Representantes.

Es decir, apenas 1 de cada 500 personas respalda el proyecto comunista de las FARC, que llenó de tumbas durante 50 años el campo y las ciudades de Colombia.

Más aun, considerando que desmovilizaron aproximadamente 7,000 pistoleros tras los acuerdos de paz, eso significa que, ya sin la amenaza de las balas “revolucionarias” ni siquiera las familias directas de esos guerrilleros apoyaron con su voto a las FARC.

Una vez más queda muy claro: La capacidad de la izquierda radical para asesinar, para extorsionar y para hacer ruido mediático es mucho mayor que su respaldo real entre la gente a la que dicen defender mientras someten bajo un puño de hierro, de sangre y de muerte.

Así de Claro.

Por: José Joaquín Galván*

[dropcap type=”default”]U[/dropcap]n paso importante  para entender la complejidad al hablar de “narcotráfico” es dimensionar que este sólo es una de las formas de obtención de recursos de los grandes grupos criminales en México y no representa una totalidad.Al hablar de carteles no solo hablamos de drogas, sino de un ejercicio de actividades ilícitas que complementan la obtención de ingresos, incluyendo trata de blancas, extorsión, secuestro, piratería, tráfico de armas, etcétera. Desde hace mucho tiempo, el crimen organizado dejó de tratarse solo de marihuana y coca, claro que todo lo demás representa ganancias menores en comparación con la droga, por ahora.



Cuando discutimos las estrategias para erradicar la violencia que se genera a causa de los diversos tipos de tráfico ya sea entre carteles, carteles vs estado, ó carteles vs sociedad asociamos casi ya de manera generalizada que se ha creado una violencia innecesaria cuando la legalización de las drogas para consumo personal resuena como opción determinante, sin embargo la legalización de las drogas es una realidad que sólo puede discutirse en aras de la libertad individual y la responsabilidad de consumo, a lo que considero, es un paso importante para que las personas puedan ser más libres en sus decisiones.

Sin embargo, me parece incorrecto que la legalización de las drogas se asocie con la erradicación de los altos niveles de violencia generadas por los grandes carteles, ya que como mencioné, hace mucho tiempo pasamos del narcotráfico al “crimen organizado” que  son conceptos totalmente distintos, pues el crimen organizado engloba el ente que puede usar o no al narcotráfico como una de sus actividades ilícitas para la obtención de recursos, una diferencia entre generalidad y particularidad.

Ahora bien, planteemos dos hipótesis al respecto: si la legalización de las drogas se lograra, su producción o comercialización sería, uno, controlada por el estado convirtiéndose en un monopolio, o dos, otorgada a particulares. Ambos implicarían para el crimen organizado una reducción de ingresos, y cambiar los altos niveles de ingresos a los que están acostumbrados por una regularización no es opción. Es importante mencionar esto (aunque guarden más complejidades) para ubicar que el principal factor que motiva al crimen organizado es el monetario, generar ganancias.

Pasemos entonces a la amnistía, la amnistía es un recurso contemplado en diversas legislaciones de estado y contemplado en los tratados internacionales, la amnistía ha sido utilizado en contextos generalmente de oposición política, de resistencia y guerrilleras, cuando el poder oficial se encuentra en conflicto con un grupo social en concreto o con el descontento social generalizado, que responde con algún tipo de movimiento que suele unificarse y usa posiblemente la violencia hacia el status quo llegando incluso a las armas, lo que genera que se conformen ideologías que las sutentan, convirtiéndolas en propuestas políticas ya sea para modificar las políticas de estado o en su caso abolir incluso al modelo estado mismo para instaurar uno nuevo, (recuerden que estoy hablando del uso más común, sin descartar otras hipótesis) por tanto la amnistía es la ausencia de la ejecución de la facultad coercitiva del estado hacia una persona responsable de uno o varios delitos en arás de que su aplicación genere un beneficio social como la concordia y la paz, o por lo menos así lo define textualmente la Suprema Corte de Justicia de la Nación: “La amnistía es una medida prevalentemente política, que significa el olvido de un hecho delictivo, para establecer la concordia y la paz social” (J.A 59-740)



Es sumamente importante reconocer  el contexto donde la amnistía torna un sentido de reciprocidad “perdonar  a cambio de…” Andrés Manuel López Obrador planteó la posibilidad de amnistía en contextos de narcotráfico y algunos defendieron la posibilidad citando por ejemplo las amnistías en el contexto de Nelson Mandela y la inestabilidad social en Sudáfrica. Pero no vayamos tan lejos, tan solo en México tras el levantamiento del EZLN en los 90´s y los ataques a cuarteles militares  entre otras cosas dieron pie a una tregua a través de la no persecución de los responsables del movimiento zapatista, especialmente durante los acuerdos de San Andrés que fueron un parte aguas para la reforma del artículo segundo constitucional congruente al  convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo en las políticas de estado. En estos dos hechos recordados tenemos un claro ejemplo de en qué momentos la amnistía ha tenido por resultado relativamente el orden social, y es hasta que se ven atendidas o integradas las propuestas políticas del grupo social inconforme en las políticas de estado. De ahí la lucha se desintegra, se oficializa o se mantiene a discreción.

Una amnistía hacia quienes no tienen el mínimo interés de mantener el orden social si ello les implica perdidas monetarias es un absurdo.

La diferencia con lo que considera Obrador, no solo es abismal, sino sin sentido, el narcotráfico nunca ha tenido una propuesta política qué conciliar, nunca ha representado una lucha social, el crimen organizado no  ha  reclamado siquiera una legalización de drogas, el crimen organizado no está sustentado con una ideología social o política, el crimen organizado sabe que una legalización implicaría perdidas y a su vez implicaría reestructurar sus actividades de comercio con nuevas formas ilícitas, el crimen organizado no tiene una estructura unificada o centralizada con el cual conciliar a diferencia de donde sí se han aplicado las amnistías a cambio de algo, el crimen organizado es motivado por intereses meramente monetarios y no de interés social por tal motivo una amnistía hacia quienes no tienen el mínimo interés de mantener el orden social si eso le implica perdidas monetarias es un absurdo, no existe el “a cambio de”, una amnistía hacia los agentes del narcotráfico no garantiza la disolución ni  la no reestructura del crimen organizado, ni los nuevos enfoques de explotación ilícita para generar recursos, una amnistía al narcotráfico nos lleva  a nada.

Quizá y solo quizá la legalización de las drogas, que debe ser discutida con base en la libre determinación de las personas, genere un impacto a las estructuras criminales, posibilitando su debilitamiento. Ese momento debe ser aprovechado para desmantelarlas antes de que logren empoderarse nuevamente (aunque la legalización es algo que no ha definido Obrador). Sin embargo, en las circunstancias actuales, conceder amnistía para lograr la paz, como propone Andrés Manuel resulta, con base en la evidencia y contextos históricos de otros países donde la amnistía ha sido aplicada, es un sinsentido.

*José Joaquín Galván es libertario, estudiante de la licenciatura en Derecho en la Universidad La Salle, originario de Ayutla Mixe  en el Estado de Oaxaca.

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]E[/dropcap]sta semana López Obrador lanzó una nueva ideota, de esas que le brotan por generación espontánea: amnistía para los líderes del narcotráfico. De inmediato toda la clase política le dio hasta con la cubeta, y con toda razón, pues AMLO confirma una y otra vez que no tiene idea de lo que está hablando, sus planteamientos son cosas que se oyen bonito, pero no tienen ni pies ni cabeza, son una mezcla de pensamiento mágico y demagogia pura y dura, lo mismo en temas de seguridad, que de economía y respecto a Pemex o el nuevo aeropuerto.



Sin embargo, una vez dejando bien en claro que la propuesta de Obrador es una ocurrencia sin sentido, es necesario que vayamos más allá de la crítica para cuestionar qué es lo que pretendemos y qué es lo que estamos logrando con la llamada guerra contra el narcotráfico.

Los defensores de esta guerra recurren normalmente a uno o más de estos tres argumentos:

  • Que la guerra sirve para debilitar al crimen organizado, disminuir la violencia y proteger a la población civil;
  • Que la guerra sirve para combatir el crecimiento en las adicciones y
  • Que la guerra sirve para evitar que el narcotráfico se infiltre en el gobierno y en las estructuras de poder político

El problema es que en ninguno de esos frentes hay buenos resultados.

  • Si de lo que se trata es de debilitar al crimen organizado, disminuir la violencia y proteger a la población civil, la guerra no está funcionando, porque la violencia se ha multiplicado y también lo han hecho las víctimas, miles de las cuales fueron simplemente personas inocentes que estuvieron en el momento y lugar equivocado. Para medir el tamaño del problema, veamos algunas estadísticas: en los primeros 10 meses del año 2000 se registró un total de 11,499 homicidios dolosos a nivel nacional, una cifra que prácticamente se ha duplicado. A más de una década de “lucha contra el narcotráfico” el número de asesinatos suma 20,878 en los primeros 10 meses del 2017.

Más o menos la misma historia se puede contar con muchos otros delitos, particularmente aquellos que tradicionalmente se han relacionado con la acción de los cárteles. Por ejemplo, los secuestros pasaron de 507 casos registrados entre enero y octubre del 2000, a 951 en el mismo periodo del 2017; la extorsión se multiplicó casi por 5 y pasó de 1,007 casos en el 2000 a 4,797 en este año.

  • Si de lo que se trata es de combatir el crecimiento en las adicciones el fracaso es incluso más abrumador. De acuerdo a las propias cifras de las encuestas encargadas por el gobierno federal, el porcentaje de personas que han consumido drogas ilegales aumentó a más del doble en los últimos 15 años, pasando de 4.1% a 9.9% entre la población de 12 a 65 años, y la situación es incluso más dramática al enfocarnos en las mujeres, donde el consumo se cuadruplicó en ese mismo periodo (pasando de 1% en 2002 a 4.3% en 2016).

No sólo hay más mexicanos que han consumido drogas, sino que las usan más a menudo. El número de mujeres que usaron drogas en el último año se multiplicó por 11 entre 2002 y 2016, mientras que el de hombres casi se triplicó, y la tendencia se refleja también en el consumo mensual, que se disparó un 260% en el caso de los hombres y un 400% en el caso de las mujeres. Y eso con los que abiertamente le respondieron a un encuestador del gobierno; Las cifras reales seguramente son mucho mayores.

  • Si de lo que se trata es de evitar que el narcotráfico se infiltre en el gobierno y en las estructuras de poder político, entonces lo que hay ya no es sólo fracaso, sino cinismo, porque el propio narcotráfico fue cobijado y alentado durante décadas a la sombra de los grupos de poder político. En otras palabras: es, por decir lo menos, ingenuo pensar que una guerra contra el narcotráfico va a impedir que este adquiera vínculos con el gobierno, cuando fue desde el propio gobierno que nació la criatura.

De hecho hay referencias respecto a Gobernadores y funcionarios de alto nivel vinculados con el narcotráfico que datan por lo menos desde 1917 y las acusaciones se extienden durante los siguientes 100 años, hasta llegar a los presuntos sobornos recibidos por gobernadores como Humberto Moreira (Coahuila), Fidel Herrera (Veracruz), Mario Villanueva Madrid (Quintana Roo) y por quizá miles de funcionarios de todos los niveles, como el exprocurador nayarita Edgar Veytia, de los cuales apenas un puñado llega a comprobarse y menos aún a castigarse en los tribunales.

Es decir: desde hace más de una década estamos metidos en un berenjenal, una estrategia que simplemente no tiene grandes victorias que presumir. A pesar de absorber más de mil 300 millones de millones de pesos (sí, no es error de redacción, son más de $1,130,000,000,000 pesos) los resultados son tenues en el mejor de los casos.



Por lo tanto, más allá de criticar la indudable simpleza de Obrador, es necesario que los demás candidatos a la presidencia nos expliquen no sólo cómo van a pelear la guerra contra el narcotráfico en sus administraciones, sino cómo piensan ganarla.

Señores pre y candidatos ¿Cómo se ve el escenario de una victoria en esta guerra?

  • Si de lo que se trata es de debilitar al crimen organizado, disminuir la violencia y proteger a la población civil, entonces lo que se necesita no son soldados en las calles, sino contadores y expertos en auditoría financiera, y de paso una reforma a fondo del poder judicial y de las procuradurías y corregir el entuerto del sistema de justicia penal, para que los índices de impunidad dejen de rondar el 99%. Perdón, pero mientras haya delincuentes que han sido arrestados más de 200 veces y están libres, seguirá en claro que el sistema no funciona, por más bonito que lo pinten y por más adornos que le cuelguen.
  • Si de lo que se trata es de combatir el crecimiento en las adicciones, entonces esas inversiones multimillonarias se deben reorientar hacia el tratamiento y la prevención, dos temas en los que tantos los gobiernos de los estados como el federal siguen dejando mucho que desear. Al mismo tiempo, todos los individuos que integramos la sociedad deben asumir su propia responsabilidad, porque la epidemia de las adicciones va mucho más allá del ámbito de la seguridad pública, es fundamentalmente un tema cultural.
  • Si de lo que se trata es de evitar que el narcotráfico se infiltre en el gobierno y en las estructuras de poder político, entonces lo que se necesita es más y más transparencia sobre los ingresos y los gastos de los funcionarios públicos y de los partidos políticos, particularmente en las campañas. Iniciativas como 3 de 3 pintan por buen camino, pero es necesario darles seguimiento y perfeccionarlas.

Llevamos casi 3 sexenios con una estrategia de lucha contra el narcotráfico que simplemente no ha funcionado como debería, en especial considerando las monumentales cantidades de recursos que se le han destinado. Siendo realistas, ningún candidato propondrá la legalización en las elecciones del 2018, pero al menos es necesario que nos expliquen claramente cómo piensan luchar y ganar la guerra más costosa de la época moderna en nuestro país.

La amnistía no es lo adecuado, pero necesitamos escuchar y discutir más ideas, porque lo peor que puede hacer el próximo presidente es lo mismo que hicieron sus antecesores, y así lo demuestran los datos.

Por cierto…

El destape de Meade ha sido lo suficientemente exitoso como para revivir las esperanzas del PRI, ahora falta ver con qué tanto ímpetu arranca el candidato del Frente. Sólo entonces podremos empezar a profetizar.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Por: Gerardo Garibay Camarena*

[dropcap type=”default”]H[/dropcap]oy Cataluña nuevamente va a la urnas para pronunciarse sobre la independencia en un referéndum considerado como ilegal por los jueces y el gobierno de Madrid y marcada por la polémica y los reportes de enfrentamiento. Sinceramente el tema me causa conflicto, Pues por una parte, si Escocia y Quebec ya tuvieron su referéndum ¿por qué Cataluña no?. Sin embargo, la camarilla que controla la política catalana es socialista y ha sembrado y explotado el odio durante demasiado tiempo para crear una lucha donde realmente no había necesidad.

En 2012 escribí un artículo completamente a favor del referéndum, y aunque ahora lo matizaría un poco, mantengo la esencia de lo que dije entonces:

“Si Rajoy, el Rey y el resto de la tramoya política española quieren mantener a Cataluña –y al resto de las provincias- dentro de su país, tendrán que convencer a la sociedad catalana de que vale la pena seguir siendo españoles y de que dicha nación les ofrece un mejor futuro para sus familias, deben dejarlos elegir por las buenas antes de que la presión social o, peor aún, la violencia, los obliguen a ceder por las malas.”

“Al final del día, para superar el conflicto es necesario superar los teísmos patrioteros y comprender que el estado-nación no es un tótem ni un poder por sí mismo, es simplemente un vehículo de organización ciudadana, que solo tiene razón y sentido a partir de la participación voluntaria de las personas que lo conforman y que, cuando una amplia parte de la población quiere formar un país independiente no hay razón legítima para impedírselo, de otro modo estaríamos ante la tiranía.”

Por ello es tan preocupante la torpeza con la que el gobierno de Rajoy ha manejado el tema durante los últimos años e incluso ahora, seguramente tendrá justo el efecto contrario al que busca, la represion alentará a los independentistas y les  dará nuevas banderas políticas. En su necedad por conservar Cataluña, España se arriesga a perderla.

*Gerardo Garibay Camarena es editor de wellington.mx, columnista en diversos medios digitales y autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”.

Mientras el país está de luto por los cientos de víctimas de los sismos del 7 y el 19 de septiembre, algunos grupos de supuestos activistas simplemente son incapaces de controlar sus ganas de odiar y destruir. Así lo podemos comprobar con este video que se hizo llegar a nuestra página.

¿En serio estos tipos quieren ser maestros? ¿maestros de qué? ¿de la violencia?

Este sábado, decenas de “estudiantes” de la “escuela normal” de Ayotzinapa, apoyados por otros radicales, atacaron uno de los cuarteles del ejército en el estado de Guerrero, como parte de sus actividades de desestabilización a unos días de que se cumpla otro año más de la desaparición de 43 alumnos de dicha escuela a manos del crímen organizado.

Durante estos años buena parte de la opinión pública, especialmente de izquierdas, se ha empeñado en justificar todas las tropelías que cometen estos seudo profesores, pero las imagenes dicen más que mil palabras. ¿En serio estos tipos quieren ser ejemplos de conocimiento y de superación para sus alumnos?

Para no ir más lejos…¿En serio estos tipos quieren ser maestros? ¿maestros de qué? ¿de la violencia?