sábado, agosto 18, 2018
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Westworld o la analogía del capitalismo “voraz”

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Por: Sergio Romano Muñoz*

Isaac Asimov, el afamado escritor de ciencia ficción, contaba, dentro de su antología The Complete Robot (1982, conocido en español como “El Robot Completo” en su edición de 2008, o, como yo la conocí en la edición realizada por Martínez Roca, “Los Robots”) que, siendo un joven aficionado del género, detectaba dos patrones en las historias de robots: los robots-como-amenaza y los robots-como-Pathos.



Los primeros eran aquellas creaciones que se salían de control y se volvían contra sus creadores, mientras que los segundos eran pobres hombres mecánicos, esencialmente buenos, que quedaban indefensos a merced de desalmados hombres malvados. Él se decantó, entonces, por una tercera vía que a finales de los 30’s/principios de los 40’s  era novedosa en la ficción especulativa: Robots industriales, que no eran ni buenos ni malos sino simplemente funcionales, con mecanismos que impedían el daño a seres humanos aunque poseyeran Inteligencia Artificial, y siendo resultado de empresas capitalistas que invertían en Investigación y Desarrollo; es decir, tenían un marco de referencia más realista.

Un ejemplo claro de historia de robots-como-Pathos sería A.I. (2002) de Steven Spielberg, y uno de robots-como-amenaza sería la ya muy desgastada franquicia Terminator.

Y uno de robots industriales serían los Hosts de la serie Westworld de HBO. Que eventualmente se convierten en amenaza. Y en Pathos. Al mismo tiempo.

Westworld se desarrolla en un parque temático del mismo nombre creado por Tom Ford (Anthony Hopkins) y Arnold Weber (Jeffrey Wright), donde unos androides, llamados “Hosts”, inteligentes y sintientes pero limitados y restringidos por su programación, desarrollan una “historia”, basada en el Viejo Oeste, y donde los visitantes llegan y pueden vivir sus fantasías, desde la sexual hasta la violenta. A lo largo de años los Hosts repiten la misma rutina una y otra vez, hasta que se realizan otras historias (o “narrativas”, como le dicen en la serie), siempre a merced de los visitantes y la indiferencia de los programadores.

Westworld es un logro monumental que ha inscrito su nombre en letras de oro en lo más alto de la Peak TV

Y es que los androides son inteligentes. Y sintientes. Tienen amores, miedos, delirios, vicios, sí, programados, pero no por ello menos reales para ellos. Maeve, quien ahora es una prostituta que regentea un burdel, antes fue una madre (sabemos poco de su vida como tal). Dolores, la Host más antigua del parque, está enamorada de Teddy, que siempre regresa a buscarla en tren. Héctor es un bandido cruel y sanguinario. Bernard, un androide que trabaja junto a Ford administrando el parque, vive atormentado por la pérdida de su hijo; desconocido para él, está modelado a partir de Arnold, el programador original de los Hosts, quien muere a manos de sus creaciones no sin antes programarles una “narrativa” secreta, conocida como “El Laberinto”.

A final de la primera temporada, los Hosts, imposibilitados hasta ese momento para dañar seres humanos (la única excepción había sido Arnold), se liberan de su atadura gracias al Laberinto pre-programado por su creador y, al menos en los casos de Maeve y Dolores, recuperan la memoria de todo lo ocurrido hasta entonces, se levantan contra los humanos y realizan una masacre.

La segunda temporada, con apenas unos cuantos capítulos al momento, se centra en un nuevo misterio, “La Puerta”.

A grandes rasgos tal es la trama. La primera temporada, estructuralmente, es una maravilla en donde nos vamos dando cuenta, poco a poco, que estamos viendo las tramas transcurrir en tiempos diferentes, algunas con décadas de diferencia. Es un logro monumental que ha inscrito su nombre en letras de oro en lo más alto de la Peak TV (la etapa actual de la oferta televisiva, caracterizada por su alta calidad).

Pero lleva consigo una fuerte carga de significado.

Westworld nos propone ese planteamiento post-moderno ya utilizado, muy eficazmente, por las películas de la franquicia The Matrix (1999-2003) de preguntarse: “¿qué es lo real?”.

La serie aún está explorando dicha pregunta al momento de escribir esto, pero lo que nos están diciendo sus realizadores es que la inteligencia, sin importar si es artificial, al llegar a cierto grado de consciencia, es equivalente a la nuestra. Finalmente, para Maeve, la prostituta con corazón de oro pero que logra zafarse de la programación que le borra la memoria, su hija, aunque haya sido creada en las impresoras 3D del parque, es alguien a quien ama con todo su ser.

Estos realizadores, de alto abolengo todos (Jonathan Nolan es hermano del cineasta Christopher Nolan, J.J. Abrams es un afamado director de cine  que cuenta entre sus películas títulos de Star Trek y Star Wars; y Bryan Burk, que junto a Abrams creó otro fenómeno del sci-fi con Lost), finalmente, nos tiran a la cara un panorama en que las máquinas, explotadas, vejadas y abusadas en contra de su voluntad, e indefensas ante los malvados humanos explotadores que los usan como objetos sexuales, los maltratan, torturan y matan, una y otra vez en pos de una vulgar ganancia capitalista, finalmente logran alzarse en contra de sus opresores. Y al hacerlo, se enfrentan a la aniquilación total.

Las implicaciones son claras: el ser humano es fácil presa de sus tentaciones y bajos instintos y el lugar para desahogar sus impulsos es Westworld y sus cinco parques hermanos, todos localizados en una isla. Los administradores del parque, una firma que supervisa a Ford y su equipo, alientan dicha conducta mientras tienen una enormes ganancias –no es barato ir de visita– a la vez que manejan un tráfico de secretos de la tecnología ahí desarrollada, todo para mantener contenta a la Junta Directiva.

Sí, ahí está Arnold para darle una salida a sus creaciones, y ahí está William, que llega renuente junto a su cuñado, se infatúa con Dolores, se acaba obsesionando con el parque y eso le lleva a convertirse en el cruel Hombre de Negro. Finalmente, los seres humanos son pintados como seres egoístas que no prestan atención al sufrimiento que causan a sus propias creaciones. Y todo por el sucio dinero, como le gusta recordarnos, vez tras vez, la narración.



A estas alturas, no causa extrañeza que Hollywood nos lance a la cara un mensaje tan nihilista, misántropo y anticapitalista. Claramente, en los últimos años se han dedicado a bombardearnos con mensajes de Izquierda.

Pero la verdad es que, si obviamos el mensaje, podemos disfrutar de una serie excepcionalmente realizada, incluso para los estándares actuales, que goza de una tremenda popularidad y que incluso ha despertado una profunda obsesión entre su público, que se lanza furiosamente a las redes sociales, los foros de Reddit y 4chan e incluso anticuados chat rooms a discutir con fans como ellos sobre acontecimientos, especular teorías y tratar de adelantarse a la trama, tal como lo causara hace ya una década su antepasado espiritual, Lost.

*Sergio Romano Muñoz es, además de libertario convencido, experto en la industria del entretenimiento. Ha sido agente de artistas, productor de radio y TV, scouter de bandas musicales y director de una editorial. En la actualidad trabaja en su primera novela y en una serie de cómics.

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